Dispérsense
9 de Abril de 2009 - 03:31:04 - Víctor Gago
Hola. Hoy va de dispersión. Lo disperso como tema y como punto de vista para contar una historia. Lo bueno de no tener lectores es que hablas de lo que te da la gana. El público esclaviza lo suyo, no crean.
A mí me gusta mucho cuando
Federico ––lo llamo así, pese a que sólo lo he tratado dos veces en mi vida, porque es como todo el mundo lo trata, lo abraza y lo estrecha contra el pecho
–– se pone a hablar de libros y descansa de políticos. Lo hacía a veces, en verano, en su blog. Le daba la venada y comentaba sus últimas lecturas de
Dickens o de
Stifter, un tío al que no he leído, ni creo que lo haga, después de saber que su
Verano tardío es "implacable, sólida y minuciosamente plúmbeo".
Hay lectores capaces de contagiar la experiencia lectora incluso cuando ponen un libro a caer de un burro.
Nabokov en sus clases de Cornell sobre
La metamorfosis,
El Quijote y
Alicia, era uno, según reflejan los apuntes de uno de sus alumnos más aventajados,
John Updike. El señor
Sergio Pitol es otro que tal baila. Y
Augusto Monterroso, ni te digo. Una vez le oí hablar en la Biblioteca Nacional sobre los cuentos más tristes del mundo. Parecía un niño, mostrando orgulloso las tripas del juguete nuevo que acaba de desmontar. Nunca olvidaré esa conferencia junto a su esposa, la señora
Bárbara Jacobs.
En realidad, todo artesano del idioma ha sido antes un lector enorme, ecléctico y retorcido, aunque parezca, como el autor de
Movimiento perpetuo, que nunca ha roto un plato. Federico, por lo poco que se muestra y le dejan mostrarse en esa faceta, es uno de ellos. Pero cuando se zafa del comentario contingente hacia una región más suya, el público le recuerda sus obligaciones como azote de la corrupción. Empieza por un chasquido de impaciencia en un comentario en el
blog, y acaba con el respetable pataleando y pidiendo que vuelva a correr la sangre. El público es reacio a la dispersión. Lleva fatal los cambios de registro.
El lunes, por ejemplo, dieron en La 2
Lost in traslation, de
Sofía Coppola, una peli dispersa donde las haya. No la había visto hasta ahora, a pesar del prestigio que la rodea.
Seguramente ya lo saben: un actor cincuentón en plena cuesta abajo de su carrera (
Bill Murray) llega a Tokio para grabar un anuncio de una marca de wiskhy. En el hotel de la cadena
Hyatt, todo es lujo asiático, pero también se nota más que en ningún otro sitio la soledad frente a la mega-urbe, contemplada desde la habitación en lo alto de un imponente rascacielos. Allí conoce a una joven de Nueva York (
Scarlett Johanson), que acompaña a su marido, fotógrafo de moda, en un viaje de trabajo en el que parece que no hace demasiado caso a su esposa. La chica, licenciada en Filosofía en Yale y lectora de
Evelyn Waugh, parece estar en crisis, al igual que el actor, pero nunca acabamos de enterarnos del todo por qué, en uno y otro caso. El hecho es que flirtean, van a discotecas ultra-modernas, él canta en un karaoke
More than this de
Roxy Music y ella lo mira con ojitos, se fuman un
peta, ella usa peluca de color malva como un personaje de
manga, recorren salas inmensas llenas de video-juegos de última generación, se mezclan en la muchedumbre bajo una lluvia de luces de anuncios e imágenes proyectadas en pantallas de plasma gigantes que recuerdan la ciudad de
Blade Runner, se tumban en la cama a intercambiarse cuatro lugares comunes sobre la crisis de los 50, la crisis de los 20 y lo perdidos que andamos a cualquier edad, siempre en transición hacia ningún lugar en concreto. De ahí, lo del "lost" y lo de "translation" del título. ¿Lo pillan?
El caso es que, pese a toda esta dispersión sobre superficies luminosas y deslizantes, sin nada debajo, la peli funciona a pedir de boca como elección del punto de vista sobre la realidad que se quiere representar.
El artista hace exactamente eso, al ponerse a escribir. De hecho, es una de sus elecciones más arriesgadas: el punto de vista desde el que va a representar un mundo que, para resultar creíble, debe acabar fundando su propia lógica.
En toda verdad artística, por delirante y dispersa que nos parezca, hay coherencia. Incluso en poemas tan aparentemente herméticos como
Trilce, de
Vallejo, o
Muerte sin fin, de
Gorostiza, el código de lo extraño acaba mostrando una arquitectura perfectamente natural a través de imágenes que se repiten a su propio ritmo y derivan a otras imágenes. Ya sé que estoy muy rayado últimamente con las ideas de "verdad", "mentira", "realismo" e "imaginación", y que en el programa no hablo de otra cosa. Pero es que las mentiras que cuentan los políticos, los periodistas y los amantes en la vida real son de tan mala calidad, que la única escapatoria para los tiempos de plomo que se avecinan es exigir la verdad más pura a los libros.
Lo disperso puede ser el mejor punto de vista para representar el hecho de que ya no estamos en un punto fijo de la realidad ni miramos a un sólo sitio. Un mismo perfil de
Facebook está lleno de declaraciones de afición a la música clásica y el pop, la pintura y la gastronomía, el golf y las matemáticas. Somos la primera generación que tiene la suerte de no tener que elegir, aunque el precio de poder dominarlo todo, como el personaje de
El Aleph de
Borges, sea el vértigo y, al fin y a la postre, el vacío, la superficialidad y la melancolía.
Sabemos que la chica estudió a los clásicos en Yale y ha leído
Retorno a Brideshead, pero el punto de vista no puede detenerse a profundizar en estos detalles, si de verdad quiere abarcar una realidad giratoria y caleidoscópica en la que coexisten la biblioteca y el tren de alta velocidad sobre campos magnéticos; Evelyn Waugh y las máquinas tragaperras de un centro comercial en Tokio.
Ellen Glasgow, de la que comentamos
La casa resguardada en el programa, prescribe la máxima concentración en un tema y en un objeto poético. Y alguien como
Lezama Lima, que apenas salió de su casa en la calle Trocadero de La Habana, dijo que si alguien se pasa la tarde mirando un punto fijo de la pared de su habitación, puede ser considerado, con justicia, un lunático; pero alguien que pasa toda la vida contemplando ese mismo punto es un genio.
Me pregunto si la concentración es hoy un recurso eficaz, capaz de producir tanta verdad como en la época de Ellen Glasgow y en la de Lezama Lima. Yo creo que el público sigue pidiéndole a sus genios, de alguna forma, que miren un solo punto de la pared y los esclavizan para que no se dispersen.