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07/04/2009 10:50:02
APELACIÓN A LA RESPONSABILIDAD
Por JUAN GOTI ORDEÑANA
Nos
tiene acostumbrados este Gobierno a hechos bochornosos, y no me refiero a la
fuga de Kosovo, que ha sido objeto de crítica de todo el mundo, sino a la
reacción que ha tenido juntamente con la izquierda progre ante las palabras del
Papa en su viaje a Camerún. Suele ser vergonzoso y ofensivo el lenguaje que se
utiliza por los progres españoles, en temas que afectan a la Iglesia católica, pero en
este caso se han pasado mucho. Hemos podido ver, cómo en lugar ofrecer una
información objetiva y veraz de la visita que el Papa ha hecho al África
católica, se ha pretendido ridiculizarlo con el cuento del condón, y con el
envío, con gran dosis de demagogia, por parte del Gobierno español de 125.000
euros para proveer de preservativos a los pueblos que visitaba el Papa, como si
ese fuera en estos tiempos el problema de España, y echando así una cortina de
humo sobre el atormentado paro.
En
primer lugar convendría saber lo que ha dijo el Papa y luego los resultados que
ha tenido su enseñanza, precisamente, en muchos pueblos de África. Lo que dijo
el Papa yendo hacia Camerún respondiendo a una pregunta de un periodista
francés, y que se difundió por los noticiarios que informaron bien, fue que: «No
se puede resolver el flagelo del SIDA con la distribución de preservativos: al
contrario, el riesgo que se corre es el de aumentar el problema». Ciertamente,
no se atuvo a lo políticamente correcto inventado por los progres, sino que
habló sobre datos de una experiencia y de estudios científicos hechos en África,
cuando dijo: que es
mucho más efectivo para luchar contra el SIDA una educación sexual responsable,
que potencie el papel del matrimonio y la familia, que la difusión del uso del
preservativo y la destrucción de la familia tradicional, que, además, es a la
que se recurre cuando una vida de despilfarro, como la que se ha promovido, hace
quiebra, pues también en esta materia es efectiva la familia
tradicional. Claro que esta doctrina está en
contra de lo que tienen que predicar los profesores de la Enseñanza para la Ciudadanía, que en
realidad promocionan una educación sexual, que camina hacia la promiscuidad.
Luego
debemos recordar los movimientos de científicos, que ya están de vuelta de estas
teorías progresistas. El mayor experto en epidemiología del SIDA, profesor en
Harvard, Edward C. Green, después de grandes estudios sobre esta materia en
África, manifiesta sin paliativos que «a mayor disponibilidad de preservativos,
aumenta la tasa de contagio». Así que a pesar de tantas críticas, el criterio
válido avalado por los científicos es el que el Papa aconsejó en Camerún.
Entrado en algunos datos de los estudios, el citado experto en epidemiología del
sida Edward C. Green, especialista en la integración de indígenas y en modernos
sistemas de sanidad, y que ha sido director de numerosos proyectos de USAID, el
pasado mes de abril publicaba en la revista de pensamiento «First Things», que
el SIDA se ha reducido en Uganda, Kenia, Haiti, Zimbabwe, Tailandia y Camboya, y
en zonas urbanas de Costa de Marfil, Etiopía, Zambia y Malawi. Y ¿cuál había
sido el tratamiento? Sencillamente, el haber impulsado en la población la vuelta
a las costumbres de la familia tradicional, reduciendo el número de parejas, y
aumentando la fidelidad, la monogamia y la abstinencia.
Es
una materia que se viene trabajando desde hace más de 20 años y se han lanzado
programas como el trazado en 2004 en la revista médica «The Lancet», donde 140
expertos de 36 países proponían el método «ABC», es decir, («Abstinence», «Be
faithfull» -sé fiel- y «Condom») comprometiéndose con una actuación uniforme.
Del estudio se concluía que lo más seguro y eficaz eran los modos A y B, puesto
que el condón no elimina el riesgo sino que lo sumo lo reduce. En
otra ocasión con motivo de una entrevista en el «National Review Online», Edward
Green reconoce que la mera distribución de
preservativos, sin un cambio de comportamiento, puede aumentar el peligro de
contagio de de SIDA, pues «a
mayor disponibilidad de preservativos, aumenta la tasa de contagio» por
desidia de las personas. El preservativo no elimina
el riesgo de contraer la infección, sino que solamente lo reduce, y
«cuando se usa alguna tecnología para reducir un riesgo, como el
preservativo, a menudo se pierden los beneficios asumiendo un mayor riesgo que
si uno no usara esa tecnología», porque puede
propiciar conductas irresponsables que incrementan el riesgo de contraer la
enfermedad.
Hay
una creencia generalizada que la Iglesia condena el preservativo por
ser pecado, conste que eso es un error, pues el preservativo ni quita ni pone
nada a los pecados sexuales. Lo que la Iglesia condena directamente, como se
deduce de toda la enseñanza bíblica, es la fornicación y el adulterio, con
independencia del uso de condones. Además, no sé por qué se ponen nerviosos los
progres, pues esta enseñanza o precepto se dirige sólo a los fieles de
la Iglesia, y
a los que la escuchan libremente, a los demás no les afecta en nada, por lo que,
a qué viene tanto enojo y enfado. En cuanto a los católicos, que es a quienes se
dirige, lo que está prohibido son los pecados sexuales lo hagan con condón o sin
él. El uso del preservativo únicamente puede afectar a una pequeña cantidad de
católicos casados, a aquéllos que por estar enfermo el otro cónyuge con el SIDA
u otra enfermedad contagiosa puede tener problema. Y a estos casos la moral
cristiana da alguna solución, pues se puede aplicar la doctrina del mal menor
que el cardenal Javier Lozano Barragán, siendo Presidente del Consejo Pontificio
de Pastoral Sanitaria, exponía así: Si «en la legítima defensa de la propia vida
se puede llegar incluso a matar al agresor. En el caso de un marido enfermo de
SIDA, la esposa tiene derecho a que su cónyuge utilice el condón».
La
doctrina de la
Iglesia tiene recursos para los casos conflictivos, pero la
proliferación de preservativos, por el peligro en general, es no sólo peligroso
sino perjudicial, como dice el citado Edward C. Green y los expertos que
investigan esta materia, lo más eficaz en África ha sido educar en abstinencia y
la monogamia, como demuestra desde hace años el caso de Uganda y, recientemente,
el de Kenia, países que han invertido en estos valores y han visto reducirse los
contagios. Así sostienen que el modelo en la lucha contra el SIDA sigue siendo
el ugandés, donde el Gobierno adoptó en los años 80 un programa que decía
«quédate con tu pareja o sé fiel», y se ha reducido la enfermedad del 20% al 6%, con la vuelta a los valores
de la familia.
Francamente resulta
extraño que nos quieran meter ahora una nueva sala de los Derecho Humanos en el
edificio que utiliza la ONU en Ginebra, y que fue en otro tiempo
de la
Sociedad de Naciones, porque ya en dicho edificio existe una
Sala con este título, y decorado por un pintor español. Por mediación de Salvador de
Madariaga, el pintor español José María Sert y Badía se encargó de la
ornamentación de la gran Sala del Consejo del Palacio de la Sociedad de Naciones en
Ginebra (1935-1936),
desarrollando una serie de alegorías de la Guerra y la Paz, del Progreso de la Humanidad, de
la Justicia y
del Derecho Internacional. ¿Qué pretende el Gobierno español
con la nueva Sala de Barceló? ¿Ignorar y olvidar la obra de Sert? Más bien parece por una gran
incultura, impericia e ignorancia de lo que tenemos en Ginebra, o a lo mejor se
pretende matar la auténtica idea de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones
que plasmó nuestro gran pintor Sert con un gran
simbolismo.
Por las fotografías que
se han publicado en los diversos medios, la nueva sala que se ha embadurnado de
pintura y la antigua del pintor Sert no tienen ni punto de comparación.
Difícilmente en los montones de pintura de Barceló se puede ver el simbolismo de
los Derechos Humanos y menos una Alianza de Civilizaciones. Entonces ¿a qué
responde ese gasto de 20 millones de Euros, que no quiero traducirlo en pesetas
porque supone una barbaridad, cuando tenemos ya en Ginebra una magnífica
creación artística sobre el mismo tema, y que no se va superar? ¿Gastos
políticos de un Gobierno megalómano? No es el momento para tales gastos cuando
los centros de Cáritas se llenan de gente que solicita lo elemental para
comer. No es cierto que el arte no tiene valor, como decía el Ministro
Moratinos. Tiene el que el público comprador quiera darle, pues el pintor puede
valorar su trabajo en el precio que quiera, pero tendrá que guardarla en su
propiedad o darla al precio que se le dé el comprador. Por tanto tiene el valor
que la sociedad le dé. En este caso ¿de donde procede que la picardía, la
ineptitud y la incultura califiquen esta obra como la Capilla Sixtina del
siglo XXI? ¿Quién iba a soñar, como les ha pasado a algunos artistas, que el
apoyar ciertas políticas era un oficio tan rentable? Es evidente que cuando no
se alcanzan los fines pretendidos y no se simboliza la realidad, hay tapar y
calificar con rimbombante epítetos.
Si nuestros políticos
han estado en Ginebra ¿cómo no han visto la Sala dedicada a los Derechos Humanos
decorada por José María Sert? Pintada en reconocimiento de la labor de
la Escuela de
Salamanca a favor de la paz mundial y los Derechos Humanos, parece que nadie ha
advertido cómo éste pintor plasmó en el techo de la Sala del Consejo del Palacio de
la Sociedad
de Naciones en Ginebra, hoy Sede de la ONU, una gran alegoría utilizando, como
era propio en él, colores
monócromos, sepias y dorados, y con
figuras colosales en las que los
volúmenes se muestran con progresiva desnudez.
El
plafón central es una alegoría de los continentes, donde cinco colosos simbolizan las cinco partes del mundo, unidos con
sus manos en un amplio espacio. Esas cinco gigantescas figuras que destruyen un arco -símbolo
de la guerra- representan
las consecuencias de las
guerras, con su doble versión de vencedores y vencidos, mientras en los extremos
avanzan las alegorías de la paz muerta y la paz resucitada. En los laterales se representan los
éxitos de la humanidad y las virtudes que los guían. En el centro del plafón el Derecho Internacional de
Francisco de Vitoria. Éste personaje forma la unión de la
clave de la bóveda alegórica de la
sala, que como describe L. Pereña: «A sus pies, sabios españoles
discuten, rodeados de alumnos, en la famosa Universidad de Salamanca, donde enseñaban en el siglo XVI, los
principios de la paz y fraternidad. El artista representa al maestro Francisco
de Vitoria mostrando el camino a los juristas que, inspirados en su doctrina,
formularon las normas de Derecho Internacional…. El objeto de exaltación tenía por fin
honrar la figura del gran maestro Francisco de Vitoria desde su cátedra de
Salamanca, fue el primero que formuló la noción del Orbis concibiendo el mundo como una
unidad política que tiene el poder de hacer leyes aplicables a todas las
naciones y a todos los hombres. En una época tan atormentada por los conflictos
religiosos y las guerras de conquista, Vitoria afirmaba que “la diversidad de
religión no era causa justa de guerra”, ni lo es tampoco “el deseo de ensanchar
el imperio”, ni “la gloria o cualquier otra ventaja del príncipe”; que no
existirán la paz y la concordia
entre los pueblos, hasta que la violencia no quede eliminada como arma de
razón».
Es la Sala de la paz, donde la
declaración de Vitoria sobre los derechos del hombre y de los pueblos aún
resuena como en aquellas lecciones de Salamanca. Se recuerdan los principios
jurídicos de su doctrina, que merecen ser contemplados despacio, pues dieron
lugar al Derecho Internacional y a algo que no se ha afirmado tan claramente, a
las bases y a la estructura de los Derechos Humanos, hoy tan en boga. Cuando el
maestro dictaba las Relecciones sobre el problema indiano, como ejercicio de las
lecciones magistrales que los catedráticos tenían que dar cada año en
la
Universidad de Salamanca del siglo XVI, se enfrentaba con unos
sucesos nuevos: el descubrimiento de un continente y el encuentro con otras
culturas y unos pueblos desconocidos hasta entonces. Ante estos hechos presenta
una pregunta fundamental: ¿Qué consideración jurídica hay que dar a todos los
hombres y a todos pueblos? Su
respuesta que fue la vía clara para
llegar a los Derecho Humanos está plasmada en la Sala del Palacio de
Ginebra.
Según dicen las
crónicas, el martes se ha inaugurado otra sala en el mismo palacio de Ginebra
que pomposamente califican de Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones.
A los que hayan asistido a esa inauguración les rogaría sencillamente que
visiten la sala de los Derechos Humanos de José María Sert, y que hagan una
reflexión y un estudio comparativo entre una y otra pintura, con independencia
del gasto que cada una haya tenido, examinando el simbolismo que han sabido plasmar uno y
otro pintor.
Hay en la realidad social de estos tiempos
muchas cosas difíciles de comprender, pero ninguna como la sin par salida del
juez Garzón. Hablo de la providencia de 28 de agosto de 2008, por la que oficia
a innumerables entidades públicas y privadas, para que informen a las personas que
él envíe de las muertes violentas, desapariciones, enterramientos anónimos y
exhumaciones presuntamente incontroladas hasta ahora, por lo que el jurista
Horacio de la Oliva extrañado exclama:
«Escribo porque, como ciudadano y
como jurista, me parece que no debo pasar en silencio un episodio judicial de
grave ilegalidad y de aún más grave tolerancia del abuso de poder».
Son muchas las razones por
las que no tiene ni pies ni cabeza, desde el punto de vista procesal, esta
pretensión del referido juez. Aunque es cierto, que si Garzón se siente
historiador puede hacer una investigación sobre todos los hechos que se presumen
en su providencia, y sobre cualesquiera otros de la historia. Pero que lo haga
como una labor privada, de la que es libre toda persona que quiera entrar en
este tipo de estudios, si es por su cuenta y riesgo, no con recursos del Estado,
mandando a la Policía Judicial a
recoger datos, y, además, teniendo
en cuenta, que las personas a quienes pregunte tienen plena libertad para
facilitarle datos o no. Lo que no puede hacer es urgir mediante una actuación
judicial y utilizando los medios públicos que le concede su función de juez.
Pero
parece que se ha propuesto llevar esta acción utilizando el derecho procesal, lo
que constituye tal incoherencia que hace dudar del juez. Y por si fuera poco, a
quien primero dirige el requerimiento es a la Conferencia
Episcopal. Pero
parece que se ha propuesto llevar esta acción utilizando el derecho procesal, lo
que constituye tal incoherencia que hace dudar del juez. Y por si fuera poco, a
quien primero dirige el requerimiento es a la Conferencia
Episcopal Española,
para que comunique a las parroquias que permitan el acceso a la Policía
Judicial
que él designe, con la finalidad de identificar las posibles víctimas
desaparecidas
a partir de cierta fecha, y lo hace en virtud de lo que el Centro
Documental
de la Memoria
Historia informa en fecha 14 de agosto de 2008. Se ha dirigido
a quien debe saber que por sus estatutos no tiene poder sobre las diócesis,
que
son independientes en sus actuaciones y mucho más en la administración de las
parroquias. ¿Cómo esta ignorancia de un juez? ¿Es que no sabe que
la Conferencia
Episcopal Española no tiene facultades en esta materia? Item
más, ¿es que no sabe que los registros de las parroquias no llevan libros de
desaparecidos, sino sólo de las personas que se han enterrado en su cementerio?
Y lógicamente éstos, los enterrados en el cementerio, no son los que le interesa
requerir a las parroquias porque ya las tienen sus familias. ¿Qué puede buscar
con esta petición de muertes violentas, desapariciones, enterramientos anónimos
y exhumaciones presuntamente incontroladas, sino acusar a la
Iglesia?
Además, el procedimiento
judicial, con el que debe actuar un juez, tiene unos elementos precisos que no
pueden faltar, como son los sujetos, el objeto, la competencia y un proceso por
cauces claramente definidos, pues bien ninguno de estos elementos se cumplen en
este caso.
En primer lugar, como
enuncia la providencia, no hay ningún sujeto a quien incriminar, esto es, que
pueda figurar como acusado, ya que en este caso han muerto todos los posibles
acusados y no hay a quien citar en el juicio para que siente en el banquillo. O
mejor dicho, si hay uno que es Santiago Carrillo sobre quien pesan las matanzas
de Paracullos, hechos fáciles de probar, por lo que sí quiere, ahí tiene una
persona a quien incriminar, porque estuvo implicado en estos crímenes. Y aun
más, no hace mucho se presentó escrito de acusación contra él, como presuntamente implicada, por lo que se podía
introducir una causa. Pero no, el mismo juez Garzón se negó a admitirla Y si
negó a esta causa, cuando ahí están los crímenes. ¿Cómo va ahora a introducir
una causa sin ningún acusado? Realmente produciría risa estas pretensiones, si
no fuera que el Gobierno apoya su actitud, aduciendo la buena intención del juez
para cerrar heridas históricas ¿Es que el Ejecutivo no lo ha intentado con su
Ley de la Memoria Histórica
para que venga ahora a incitar a un juez en lo que él está fracasando? Es
deseable que desde el Estado no se confunda el ejercicio de la potestad
jurisdiccional con un paliativo
histórico-social.
En segundo lugar, hay un error no menos rechazado en el proceso
como es la
«inquisitio
generalis», es decir, la falta de concreción del objeto. ¿Cómo no sabe un juez,
que un proceso penal tiene que tener como objeto, incluso en su fase inicial de
instrucción, un hecho delimitado con apariencia delictiva y merecedor de
investigación, y que parezca que tiene una pena? El hecho puede ser simple,
complejo o muy complejo pero siempre ha de estar delimitado y con apariencia
delictiva. Y lo que aquí pretende el juez es una inquisición general sin fines
claros. El proceso es un método de investigación con límites muy definidos, y
que proporciona la posibilidad de que todas las partes puedan intervenir
posicionándose como acusación o defensa. En este caso no sé si se ha hecho una
petición de auxilio judicial, que acaso se ha hecho por algunos sectores,
entonces debe limitarse a esa petición, pero repugna la amplitud que el juez
propone.
En tercer lugar, a esto hay que añadir, que no puede ser
objeto de instrucción este proceso, porque en 1978 hubo una amnistía general,
que, según los técnicos, incluía todos los delitos anteriores, también los que
se citan en esta providencia, y que fue para poder alcanzar el consenso que dio
paso al actual sistema democrático, lo que imposibilita entrar en el estudio
procesal de este tema.
Todavía hay algo más, la falta de competencia de
la Audiencia
Nacional en este tipo de asuntos. Su competencia es
extraordinaria y por tanto tiene unos límites muy determinados entre los que no
se incluye esta materia. Y si alguien quiere hablar de genocidio, que ningún
buen jurista lo haría, es un tema que se sale de su competencia, y tendría que
pasar a un tribunal muy especial que no existe en
España.
Como conclusión, D. Baltasar Garzón puede
hacer como, también, cualquier
persona interesada por tener familiares entre esos muertos o desaparecidos, o
por simple afición a estudios históricos, una investigación histórica de los
fallecidos y desaparecidos, así como dedicarse a trabajar en las fosas comunes y
tratar de identificarlos en cuanto resulte posible. Pero debe costearse este trabajo por su cuenta
o consiguiendo subvenciones de entidades y fundaciones para llevar a cabo sus
pretensiones, pero no es legítimo que esto lo haga por medio de un proceso
judicial y valiéndose de su categoría de juez, ni tampoco utilizando los medios
Aunque
no es extraño por toda la trayectoria que ha recorrido el profesor Peces-Barba,
causa estupefacción la interpretación que hace de las relaciones Iglesia-Estado,
uno de los Padres de la Constitución. Le aconsejaría
que lea y estudie la magnífica lección que sobre esta materia ha tenido estos
días el Cardenal Rouco Varela al entrar como Miembro en la Real Academia de
Doctores. Sin afirmaciones extemporáneas y ateniéndose a la historia y al
significado de los términos de la legislación ha hecho una brillante exposición
de toda la problemática de las relaciones Iglesia-Estado, poniendo las bases
para dialogar y tratar el tema.
Muy de
otra forma es como se ha expresado el profesor y exrector de la Carlos III. Da la
impresión que no domina el tema, y que recita lo que le prepara el equipo que
tiene en la cátedra Fernando de los Ríos, que sí defiende, aunque con poca
lógica, eso de que los acuerdos con la Iglesia católica son
preconstitucionales porque fueron estudiados y acordados antes la Constitución.
Pretende acusar ahora una irreal inconstitucionalidad de los
acuerdos, lo que no hizo en su momento, cuando fueron aprobados, con Peces-Barba
como uno de sus fautores, por el Parlamento con todos los requisitos de los
tratados internacionales. ¿Y qué es lo que se acusa? La formalidad o la materia
de fundo, pues es irrelevante cuándo se estudia y prepara un tema, lo decisivo
será su aprobación. Si la formalidad, qué es lo que hay acusar, si se aprobó por
el Parlamento con todos los requisitos para ese tipo de acuerdos. Y si se trata
de la materia de fondo, que parece que es a lo que se refieren sus impugnadores,
¿por qué en 1992 elaboró Dionisio Llamazares, brazo derecho de Peces-Barba en
esta materia y entonces director General de Asuntos Religiosos, los acuerdos con
Evangélicos, Judíos y Musulmanes que son una reproducción de los acuerdos con
la Iglesia
Católica, y se aprobaron. ¿Y por qué no impugnan también estos
acuerdos?
Tuve la
oportunidad en otro artículo (LNE. 29/10/2007) de mostrar cómo Peces-Barba no
sabía interpretar la objeción de conciencia del artículo 30 de la Constitución, objeción
al servicio militar que se había introducido por expresa propuesta suya, pues
bien, en esta ocasión también tengo que decir, por la interpretación que ha
hecho estos días en el Seminario «Laicidad y Democracia» en su ponencia de
«Laicidad, libertad de conciencia, pluralismo y pacto para la convivencia», que
no conoce el contenido del artículo 16,3 CE a pesar de haber intervenido en su
elaboración como Padre de la Constitución. Este
artículo en ningún momento habla de un Estado laico, y mucho menos de la
laicidad. La
Constitución tiene que decir expresamente las cosas no
sobreentenderlas para una interpretación tergiversada de algunas
ideologías.
Si el
profesor Peces Barba hace su interpretación diciendo que la Constitución afirma la
laicidad, hay que concluir que no supo lo que copiaba cuando colaboró en la
redacción de nuestra Carta Magna, pues la expresión: «ninguna confesión tendrá
carácter estatal» (art. 16,3 CE), es una traducción literal de la Constitución alemana
de Weimar, y en Alemania nadie cree que se afirme una laicidad. Esta expresión
tenía justificación en aquel país porque las religiones admitidas eran del
Estado, para las que tenía su Departamento de donde dependían, y con esta norma
lo que se hizo fue dar libertad a las confesiones, para que en el futuro no
dependieran de la
Administración del Estado. En España no había tal problema y se
debería haber encontrado otra fórmula que respondiera a su tradición, porque
aquí nunca hubo Iglesias del Estado. Por tanto, lo que dice la Constitución en esta
materia es que las confesiones son libres y que se rigen por sus propias normas
sin ninguna dependencia del Estado. Y nada más.
¿Se
puede dar mayor independencia a las confesiones? Si se hace una nueva ley de
Libertad Religiosa, lo único que se puede intentar es filtrar limitaciones en su
texto, sino se pretende llegar a que las confesiones dependan del Estado, o lo
que parece más probable hacer de la laicidad una confesión que se imponga a
todos los ciudadanos, desde donde el Partido del Gobierno domine la ideología de
la sociedad. Lo que se intenta, ¿no será que se pretende imponer una ideología?
En cuyo caso ¿cómo se puede negar o prohibir la objeción de
conciencia?
Acusa
además a la
Iglesia de no aceptar al Estado como educador de la ciudadanía,
y que «la única beligerancia que ve es la de la Iglesia católica contra el Estado».
En verdad muestra una vista miope y unilateral que le incapacita para realizar
tantas funciones como se le han encomendado. Antes se le confió aquel
Comisariado de las Víctimas del terrorismo, y ahora llevar a cabo la laicización
de la sociedad. Todos conocemos el fiasco que fue aquella misión, con una visión
tan parcial de la realidad, a nadie se puede extrañar que el tiempo nos llevara
a contemplar el fracaso a donde le condujo su escorada postura. Ahora ha
emprendido la batalla para poner en manos del partido del Gobierno la enseñanza,
no para ordenarla con una legislación adecuada, sino para adoctrinar en una
laicidad inventada. Pero no puede ser que, a pesar de toda la fuerza con que
cuenta, pueda llegar a imponerse en uno de los derechos humanos originarios, el
derecho de las personas y en caso de menores de sus padres a elegir el sistema
de educación que esté de acuerdo con sus convicciones (art. 27,3
CE).
A esta
actitud de Peces-Barba y de su equipo, que quieren justificar la sinrazón del
Gobierno de construir una sociedad laicista, sin duda se puede oponer una
persona con toda razón. Una objeción de conciencia, que en otro tiempo tanto le
gustó defender cuando se refería al servicio militar, ahora la niega cuando se
refiere a la secularización de la sociedad mediante la enseñanza unilateral de
un partido. ¿Quién puede dudar que cuando el Gobierno y su equipo transgreden
una norma como la del artículo 27,3 de la Constitución necesariamente
tiene que admitirse la objeción de conciencia?
Debería
saber el exretor de la
Carlos III y el Gobierno, que lo que define a un Estado como
democrático es la posibilidad de objetar ante una tropelía de las autoridades.
Si se niega la objeción de conciencia se niega la democracia. Si contra una ley
que contradice una norma enunciada y protegida por la Constitución se impide la
objeción de conciencia estamos ante un Estado no democrático sino autoritario,
ya que la nota más radical que define a un Estado como democrático es la
existencia de la objeción de conciencia.
Todavía recuerdo a don José Jiménez Lozano,
viniendo con frecuencia a la librería Sandoval que estaba debajo de mi casa en
la plaza San Salvador de Valladolid. Llegaba despacio y con tranquilidad para
ver y examinar los libros de las novedades que llegaban. En aquellos tiempos era
el director de El Norte de Castilla, y entonces empecé a escribir en su periódico.
Siempre he admirado sus libros en un perfecto castellano, con una gran
profundidad y con una visión de la actualidad que cincela en sus numerosas
publicaciones. Ha ganado un montón de premios literarios: el Premio de Castilla y
León (1988), el Premio
Nacional de las Letras (1992), el Premio Luca de Tena de Periodismo (1994),
la
Medalla
de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1998), el Premio
Nacional de Periodismo Miguel Delibes (2000) y, finalmente, el prestigioso
Premio Cervantes
(2002), que obtuvo después de una reñida – y polémica, debido a motivos más
políticos que literarios – votación. Publica una media de dos libros por año, amén de las
colaboraciones en periódicos y
revistas.
Huye de la vorágine política, pero medita y
contempla la sociedad desde su retiro castellano de Alcazarén, a pocos
quilómetros de Valladolid. Y no deja nunca de sorprender con sus atinadas
observaciones de la realidad que se mueve a su alrededor. Quiero glosar aquí un
pensamiento suyo que se ha publicado en la Razón y que muestra como vive y da su
criterio sobre la realidad de los problemas que vivimos.
No deja de sorprender, para empezar, el
comentario que hace con estupor: «Este país es un país donde siempre ocurre lo
mismo». Y, dada la precisión que tiene en sus
expresiones, afirma como con cierta incredulidad: «No pensé que estas cosas
todavía estuvieran de actualidad». Por lo que se ha animado a reeditar un ensayo
de 1978: «Los cementerios civiles»,
con algunas modificaciones para acomodarlo a las cuestiones de hogaño. Era una
reflexión sobre la libertad de cultos, que en aquellos tiempos era de gran
actualidad, y, cuando creía superada aquella mentalidad, resulta que con las
manifestaciones de la
Vicepresidenta viene a ser, con estos disparatados anuncios del
Gobierno, un tema de máxima actualidad. De modo que, con unas correcciones
oportunas, vuelve a ser una novedad, un libro actual, con objeto de participar
en el debate Iglesia-Estado. Y claro, al introducirse en la discusión política
el problema religioso, no puede menos de manifestar: «que está fuera de época ser
antirreligioso».
Encuentra motivo para avisar y prevenir el mar
de fondo que asoma en las declaraciones del Gobierno, que están alterando
y trastornando la sociedad española: «Parece que se
olvida lo dramático que ha sido en el pasado. Volvemos otra vez por esas
esquinas, a los encontronazos entre Iglesia y Estado. Habría que recordar que la
democracia no tiene ideología. Sólo tiene que resolver los problemas
materiales».
Pero no parece entenderlo así el Gobierno,
ya que anhela volver atrás con su Memoria histórica, y en esta materia Zapatero
pretende ir por sus propios atajos. ¿Quien no le oyó gritar hace pocos meses en
un mitin en plena campaña: «Yo soy laico»? Supongo
que no sabía lo que decía, pues de diccionario no suele andar muy bien, por lo
que no creo que quisiera decir que era laico, sino, más bien, lo que querría
decir es que él era laicista, que son cosa muy distintas. Como ya va advirtiendo
mucha gente últimamente, vamos a necesitar un diccionario de traducciones para
entender a nuestro Gobierno. Laico, en sentido original y primario, significa:
Fiel cristiano que cumple con sus obligaciones religiosas.
Y si se le
quiere usar con un sentido profano, pero teniendo en cuenta que es un
significado derivado e indebidamente usado, se ha de entender como lo hace
Jiménez Lozano cuando dice que: «Laico es algo neutro, no está tintado por
ninguna ideología; el laicismo es lo que está impregnado por cierto tinte
antirreligioso. Por eso, cuando un Estado es laicista, no es laico, y es lógico
que los cristianos, como cualquier confesión, quieran defenderse».
Y abundando en
la indebida derivación que se ha hecho del término laico, insiste: «Ojalá fuera
un país laico. Un Estado no debe meterse en lo que piensa la gente. Eso es lo
que hacen las dictaduras. Se ve a través de la historia. No se puede imponer el
laicismo, porque el Estado no será laicista, sino totalitario. España no es
laica. Ahora mismo existe una confrontación con las cofradías. El Estado no
puede tener una filosofía, porque esa es una realidad que no le compete.
Francia, por ejemplo, nunca ha sido laicista, sino laica. Hay que distinguir el
acuerdo religioso de las manifestaciones religiosas. La política debe ser
neutral y no caer en un confesionalismo
ateo».
Además, el
laicismo que se propone el Gobierno meter en la sociedad, va contra los derechos
fundamentales, porque como dice Jiménez Lozano: «Las personas deben tener su
propia voluntad para elegir que le dejen el espacio. No es necesaria ninguna
filosofía con tal o cual nombre, bien por intereses o por dominio, porque puede
ser un foco de conflictos. Si se vive en paz, en calma, nunca habrá problemas,
porque se conoce al otro, se le entiende, se ven sus costumbres, y eso evita los
conflictos. España, en este aspecto, ha sido históricamente un país
católico».
En conclusión,
no se puede olvidar que ésta es una batalla en toda regla, que el objetivo
inmediato del Gobierno se dirige contra el ámbito católico porque es el más
visible, pero que no se va a parar ahí, se va a intentar barrer todo sentido
religioso de la vida, y para ello se habla de crear una sociedad laica, y se va
camino de ello con enseñanzas de
adoctrinamiento. Los que creen que esto es algo pasajero se equivocan, será
mejor que pierdan toda esperanza de volver atrás los que entren por este
sistema, como Dante al entrar en el infierno en su Divina Comedia. Una vez que
se ponga en marcha ya se apunta la limitación de la libertad frente al Estado,
para ello ya se ha empezado a conformar las conciencias de los jóvenes, aunque
sea con cierta hipocresía, y con violencia de los mismos pensamientos. Hoy día
el único escudo que se puede blandir frente a este Estado es la lucha con
decisión por la libertad.
¿A QUÉ VIENE EL EXPULSAR A LOS CAPELLANES DE LOS HOSPITALES?
Por JUAN GOTI ORDEÑANA
Estamos oyendo a altos cargos socialitas levantar
la voz hasta límites insospechados. Por una parte, la Vicepresidenta del Gobierno,
públicamente, ha pedido al Fiscal General y a los Abogados del Estado que
inicien un expediente para expulsar a los capellanes de los Comités de Ética de
los Hospitales, para ello se ha servido del último acuerdo del convenio del
Arzobispado y la
Comunidad de Madrid. El cual no es más que, simplemente, el
cumplimiento de la ley que hizo Ernest Luch allá por la década de los ochenta.
Por otra parte, al socaire de esta salida
desacompasada, Álvaro Cuesta dice tener «repugnancia» frente a un acuerdo que tilda de
«inquisitorial, fundamentalista e inconstitucional», y que tacha de «mentes
podridas por el dogmatismo». ¡Para estos exabruptos no le hacía falta haber
estudiado Derecho! A un político le
conviene argumentar no insultar. Da muestras de conocer el derecho por la
explicación de dos horas en una tarde. Por respeto a quienes estimábamos a
Álvaro Cuesta, cuando estudiaba en la Universidad, debería reflexionar
lo que dice, porque nos avergüenza que no sepa lo que fue la Inquisición, menos lo
que es el fundamentalismo. Fundamentalista es quien defiende sus ideas con
denuestos no con razones. Y es fácil serlo desde el poder. Y no digamos lo de
inconstitucional, que no es lanzar invectivas al aire, pues si tuviera que
probar lo que ha dicho, vería que se ha dejado llevar por algún inconfesado
prejuicio u odio.
Allá
por los últimos años de la década de los ochenta, no recuerdo exactamente el
año, vino invitado a la clausura de un curso de verano de la Universidad de Oviedo,
en la Granda
(Avilés), el recordado Ernest LLuch. Era una semana sobre derechos humanos que
dirigió Peces Barba. Ernest Lluch, había cesado como Ministro de Sanidad y en
aquel momento era Rector de la Universidad
Menéndez y Pelayo de Santander. No estuvieron ni María Teresa
de la Vega ni
Álvaro Cuesta, fue una pena. Los estudios de aquella semana no habían sido de
sanidad, sino de derechos humanos en general, pero Ernest Lluch, se sentía tan
satisfecho y orgulloso de la
Ley de Sanidad que había sacado, y en especial de la materia de
la asistencia religiosa en los hospitales, que dedicó toda su alocución a
elogiar la labor de la
Iglesia en la atención de los enfermos y necesitados. Hizo tal
glosa de la labor de los capellanes en los hospitales y de la Iglesia en la atención de
los enfermos, que en verdad uno se pregunta ¿Estamos ante el mismo socialismo o
esta tercera generación de socialistas es otra
cosa?
Recuerdo cómo consideraba que una política social
sanitaria avanzada, debía dedicarse a favorecer un modelo integral de asistencia
sanitaria, y progresar en el método de ayuda clínica pastoral. ¡Cómo hablaba de
una política de integración de la asistencia religiosa, y no de expulsión, de
quienes representan la más alta humanización de la salud y del hombre desde su
naturaleza trascendente!
Cada día que pasa se encuentra este Gobierno
socialista más lejos de sus propias normas y antecedentes. El convenio de
la Comunidad
de Madrid no ha tenido otro referente que el firmado por los Ministros de
Justicia y Sanidad y Consumo y el Presidente de la Conferencia
Episcopal Española el 24 de julio de 1985. Un acuerdo sobre
asistencia religiosa católica en centros hospitalarios públicos, publicado en el
BOE de 21 de diciembre de 1985. El primer convenio del que el de ahora es una
mera repetición fue firmado por el presidente socialista de la Comunidad de Madrid,
Joaquín Leguina, dato que los socialistas de la tercera generación no sólo han
olvidado, sino que parece que quieren culpar a otros y, aun más, quieren por esa
alienación freudiana que padecen acabar con sus antecedentes, y encauzar sus
actuaciones contra los derechos humanos. Pues cada enfermo que sea cristiano no
sólo tiene derecho a recibir asistencia de un sacerdote de su propia religión,
sino, también, a que en las decisiones de la Comisión de Ética se tengan en
cuenta sus creencias cuando se refieran a una decisión que afecte a su
vida.
Esta actitud del partido socialista muestra bien a
las claras, cuál es el camino que se quiere seguir propiciando con su
propaganda: la muerte legal, la eutanasia que se avecina. Con la expulsión de
los sacerdotes de los hospitales consideran que ya queda el terreno expedito
para llegar sin limitación alguna a la cultura de la muerte. Hemos lamentado el
holocausto de los judíos del siglo pasado, y conocen bien éstos lo que sucede el
día después de que la eutanasia se convierta en práctica común.
Con este talante tenga todo ciudadano la
convicción, que éstos políticos nos quieren notificar la claudicación de la
ética de la medicina frente al materialismo, pragmatismo y utilitarismo de las
políticas sanitarias que nos proponen para el futuro.
Los cristianos, aunque sean del
PSOE, no tomen esta invectiva del Gobierno a la Iglesia católica ligera, a pesar de
la visita del Presidente al Nuncio. La ofensiva de Z va en serio, quiere emular
las fiebres dictatoriales de los gobiernos de izquierda del siglo pasado. Su
actitud no es nueva, sino una repetición de tantos políticos marxistas que han
querido alcanzar una dominación del cuerpo y de la mente de las personas. A un
dictador no le basta tener el poder político, tiene, también, necesidad de
dominar las conciencias de los ciudadanos.
Ya lo ha dicho en sus diarios
sermones el predicador don José Blanco, adverado por el Presidente: «que si ganan las elecciones nada será igual». No hay duda
que hay muchos que viven pensando que son exasperaciones de un momento de
irritación, porque se les ha torcido algo el camino hacia las elecciones. Eso es
sólo el motivo para estos alardes, debajo hay unas declaraciones formales no
sólo contra la Iglesia sino contra la razón más acreditada de la sociedad
española. No hay ninguna duda que durante
este Gobierno se ha expandido la moral pública del relativismo, y no sólo se ha
introducido a través de los medios de publicidad sino que se quiere imponer como
asignatura en los estudios. Se ha propiciado, por tanto, una confusión de lo
moral con la norma política, y una identificación de la ley con lo moral, siendo
una peligrosa arma de manipulación de las conciencias.
Y que
sucederá si ganan las elecciones, lo están diciendo: nos llegará el frente
nacional-socialista, con la pretensión ya iniciada de conquistar la totalidad de
la ideología política que bulle en los entresijos del Gobierno. Pero nada de
esto es nuevo, pondrá en orden de batalla a todas sus huestes laicistas para
hacer realidad las ínfulas salvadoras de Z. Volverá a la tradición pagana de la
unión de lo político y lo religioso en manos del poder político, intento que se
ha repetido innumerables veces en la historia, con ello podrá configurar las
formas de vida en la que los resortes del poder estén presentes en cada una de
las acciones del español, aparentemente libre y liberado de toda esclavitud del
pasado, pero privado de su pensar y actuar libre en la sociedad
presente.
Las
pretensiones de este Gobierno no es acallar a los obispos, esto es accidental,
simplemente para que sirva de advertencia, pues bien sabe Z que tienen el
legítimo derecho a hablar y que, además, han dicho algo muy coherente con su
estilo de manifestarse durante muchos años. Lo que pretende es, algo que han
hecho muchos gobiernos socialistas en Europa y en la actualidad en China,
establecer una iglesia nacional al servicio del poder socialista y bajo su
férrea mano, sirviéndose para imponer una religión socialista. No es extraño que
sueñe con el islamismo porque éstos están ciegamente sometidos al poder
político, y a lo mejor, hasta piensa en un Sultanato donde puede imponer un
poder absoluto.
No
puede soportar el ejercicio del realismo al que nos han invitado los obispos, y
su propuesta como un ejercicio de autenticidad. Z y sus corifeos socialistas no
perdonarán a los obispos que hayan denunciado el riesgo de una religión
sustitutoria, civil, positivista, que tenga como cabeza visible a un señor que
con sonreír cree imponer su ideología.
¿Es que
todavía no sabe esta sociedad que bajo la Z quienes salen más perjudicados son
los trabajadores, y las personas más débiles? ¿Cómo no se sabe que está
destruyendo la libertad, la justicia, la igualdad y la solidaridad bajo la
acción de un partido tomado por una pandilla de arribistas y
pre-totalitarios?
Me ha causado gran
sorpresa el eslogan de la próxima campaña del PSOE: «Motivos para creer». Resulta que un partido político laico tiene que
recurrir a la fe para ganar las elecciones. ¡Es algo digno de admiración! Cuando
pretendidamente se promueve el laicismo en argumentos científicos y sus
dirigentes se declaran laicistas, en momento de apuro recurren a la
fe.
A lo mejor la retahíla de declaraciones
contra la Iglesia después de la concentración a favor de la familia del 30 de
diciembre, era porque querían competir en materia de fe, emulando la
doctrina de Gramsci: de que ellos también tienen una fe frente al cristianismo.
Y no se trata de una peregrina interpretación, porque hubo quien recurrió a la
Biblia y su a disposición de dar lecciones de fe al Papa. Por lo que al salirnos
con un eslogan pidiendo no sólo el voto sino también fe, tiene más fondo de lo
que se puede pensar. Ahora bien la fe cristiana tiene su fundamento en la
predicación de una persona, Jesucristo, que expuso una doctrina de verdad, amor,
paz y entrega desinteresada al prójimo, y enseñarnos: «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad;
todo el que es de la verdad oye mi voz» (Jn. 18, 37), y dio testimonio de
su palabra con su muerte en la cruz.
Aquí tenemos el
testimonio de los socialistas en estos cuatro años, y los motivos por los que
nos piden la fe, que no aparecen claros como los del cristianismo. Debe tratarse
de hechos convincentes, que constituyan entrega por el bien de los demás hasta
el sacrificio. Vamos, por tanto, a examinar los hechos que nos ofrece el PSOE
para exigirnos fe: Se inició su actuación con una trasgresión del día de
reflexión, lo que en democracia supone un grave delito, aunque en este caso no
haya llegado a los tribunales.
Se siguió con una
ilusoria negociación con Eta-Batasuna, contra la opinión de la mayoría de los
ciudadanos. Tratos que han sido un túnel oscuro no aclarado en ningún momento,
ni ante pueblo, ni siquiera ante sus representantes, cuando deberían ser con luz
y taquígrafos. Y en esta materia no sólo se ha ocultado, sino que Zapatero confesó impunemente hace poco a Pedro J.
Ramírez, en el reportaje de El Mundo, haber mentido cuando dijo que las
negociaciones con los etarras habían quedado rotas, o suspendidas. Amen de
negociar con un Otegi que era hombre de paz, y privilegiar a De Juana Chaos
queriendo mostrar que estaba a punto de morir de
hambre...
Aun
hay más. ¿Se puede creer a quien confunde la realidad con la ilusión, como
cuando el día anterior al atentado de la T-4 de Barajas, nos aseguró que los
contactos con ETA iban por buen camino y estaban casi solucionados? ¿A quien en
materia económica asegura que tenemos una situación envidiable la mejor de
Europa, y a los pocos días hay un crack económico? ¿A quien habla que tenemos
una fantástica situación de empleo, y a penas decirlo se revela que ésta ha
caído, hasta una situación de alarma, con dos millones de parados? ¿A quien por
boca de la
Ministra de Cultura dice que el dinero del erario público no es
de nadie y como tal lo gastan? Idea que confirma Zapatero con la oferta de 400
euros si le votan.
¿Y qué decir del
11-M? En la Comisión del Parlamento estaba clarísimo para el Presidente, porque
no salió nada. Pero se ha llegado a la decisión de la Audiencia, y quien lea la
sentencia encontrará que no hay un hecho probado, y se ha resulto con el
argumento del: «¡Vale ya!». Todo el Gobierno, en particular el ministro de Justicia,
la vicepresidenta y otros altos cargos políticos, como el Fiscal General, han
despreciado y acosado, cuando no insultado, a las víctimas del terrorismo, pero
ahora dicen que siempre las han tratado con cuidado exquisito.
Como ciudadano no
estoy dispuesto a depositar actos de fe: exijo un programa que responda a la
realidad de España, porque es una necesidad, y ante esta exigencia de fe recuerdo a
Unamuno: «Lo que mata es la mentira y el
error, y hay mentiras que tiemblan de reconocerse tales, mentiras que temen
encontrarse a solas consigo mismas. Hay gentes que vislumbrando que viven de
mentiras, rehuyen examinarlas, y repiten: ¡no quiero pensar en eso! ¿No quieres
pensar en eso?, ¡pues estás perdido!».
JUAN GOTI ORDEÑANA, es catedrático emérito de Universidad