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'The Americans': Guerras Frías y series calientes

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Temporada 2 de The Americans

The Americans fue una de las novedades más interesantes del año pasado. La serie del canal FX dio en la diana con una sobria y sombría combinación de thriller paranoico, drama familiar y relato de época que retrotraía a cierta clase de thriller setentero, demostrando de paso que la intriga conspiranoica ya existía antes del 11-S. Su segunda temporada, o lo que hemos visto hasta ahora de ella (se estrenó el pasado 26 de febrero en EEUU) mantiene el nivel e incluso sube la apuesta, profundizando en los aciertos de la fórmula y desarrollándose en nuevas direcciones más profundas, ya sin necesidad de perder el tiempo en algunos planteamientos y casualidades. Aunque sí, esta vez también hay un pero.

Resumiendo: la serie ideada por el exagente de la CIA Joe Weisberg narra la doble vida de una pareja de espías soviéticos que se hacen pasar por un matrimonio estadounidense en plenos años setenta/ochenta. Mientras esto ocurre y como quien no quiere la cosa, la serie realiza un exhaustivo repaso a los momentos trascendentales de la Era Reagan, introduciendo a los Jennings -así se llaman- en toda una serie de avatares que contribuyeron en la escalada de tensión de la contienda. La diferencia con otras apuestas recientes en el mismo género es la combinación de tramas episódicas con un arco de la historia muy extenso que, esta vez sí, intenta siempre aportar un punto de vista dramático e incluso doméstico a las situaciones de lo que entendemos como un relato de espias. Sin tratarse de una serie exactamente realista (no se preocupen, fans de Alias: también hay pelucas) The Americans sí rehúye ciertas fórmulas y excesos a la vez que potencia el componente puramente dramático, situándose en esa esquiva liga de “series reflexivas” y “de prestigio” (aunque no siempre merecedoras de él) en la que ha devenido el entretenimiento televisivo.

Sea como fuere, a la chita callando y sin hacer tanto ruido mediático como otras (algunas de ellas ya ni siquiera en antena), The Americans resultó una de las series revelación del año pasado. Quizá porque más que una serie de espías, o al menos tanto como eso, la serie es la historia de la familia Jennings y la doble vida de ellos y todos los implicados en su historia. Phillip y Elizabeth (Keri Russell, la antigua Felicity, y el británico Matthew Rhys) son, al fin y al cabo, un falso matrimonio que ha creado lazos de afecto genuinos, que afronta problemas cotidianos con la misma filantropía y falibilidad de quien no está envuelto en una misión de ese calibre. El de los Jennings es un matrimonio de conveniencia (y de espías) muy ordinario, que con el tiempo ha desarrollado emociones auténticas porque, quizá, se ha creído su propia mentira o porque la mentira no es, realmente, tanto la de ellos sino la de todo lo que está alrededor, y lo que les queda es tan sólo su propia humanidad.

¿Novedades? Las hay. En el comienzo de la nueva temporada resulta bastante sólida la manera en el que Paige, la hija mayor de los los protagonistas, intuye el engaño de sus padres a la vez que éstos experimentan el miedo tras el misterioso asesinato de otro matrimonio infiltrado, una subtrama que dará mucho que hablar y que debería significar la entrada en escena de nuevas amenazas. Ya sabemos que Keri Russell y Matthew Rhys parecen tan rusos como la Pepsi, de modo que una vez superado ese escollo sólo quedan un par de esforzadas interpretaciones. Mientras tanto, el agente del FBI Stan Beeman  (Noah Emmerich), que debería funcionar como el asidero moral de la audiencia, se encuentra atrapado en otro engaño similar, el de la relación extramatrimonial que mantiene con su topo en la administración soviética, y que de alguna manera le distrae del engaño de los Jennings. El trabajo de Emmerich me ha acabado de parecer también bastante correcto, el adalid de la cortesía americana pero con muy oscuro revolviéndose dentro. Y no pregunten por el papel de Meryl Streep y La mujer del teniente francés, que también tiene un papel en el inicio de la temporada y representa perfectamente la situación personal del personaje.

Uno de los grandes méritos de la ficción de Joe Weisberg es su renuncia expresa a presentar a los rusos como villanos, situándonos desde el comienzo en una zona de grises en la que los protagonistas no sólo funcionan como agentes de la KGB, sino también como personas movidas por ideales y sentimientos legítimos. Estamos en la época de Breaking Bad, señores. Los Jennings pueden ser brutales, pero cuando depende de ellos -siempre eligen otra vía. Se trata de una pareja de idealistas, cada uno con su propia evolución personal, pero unidos cada vez más por la creciente desconfianza hacia sus superiores (atención aquí a Margo Martindale). Phillip y Elizabeth se ven obligados a mantener su propio pulso con sus perseguidores, que parecen estar también dentro de sus filas, además de consigo mismos y con las autoridades americanas. En resumen, ellos son los infiltrados en la primera gran guerra librada en territorio USA, la avanzadilla (sin ellos saberlo) de un orden mundial que vivimos hoy. The Americans es, por todo eso y más, una serie de espías que detalla su procedimiento con detalle, pero que no va de tecnología: el centro de la serie es, siempre, la mentira y la alienación que fundamenta los planes de una y otra parte, la necesidad completamente creada y artificial de crear un oponente para jugar esa eterna partida de ajedrez condenada a quedar en tablas hasta que una de las dos partes estalle.

Bien es cierto que en ocasiones las relaciones entre sus personajes, ya perfectamente establecidos, no traspasan la pantalla o parecen obedecer a las necesidades de la intriga (caso del larguísimo, inverosímil y aburrido romance de Phillip con la asistente del FBI), cayendo en numerosas inverosimilitudes emocionales. Pero pese a eso y también cierta falta de garra, la serie jamás resulta soberbia y siempre muestra buenas maneras, manteniendo la cordura y el tono pese a manejar mercancía peligrosa. The Americans carece aún, de todas formas, de esa magia que distingue lo bueno de lo mejor, de ese toque final que separa Ray Donovan o The Bridge de Breaking Bad, pero triunfa en lo más difícil, compaginando bien ese afán introspectivo y el lío de espionaje y tecnología (ochentera) que esperamos de un thriller de bandera. Sin nostalgias ni anacronismos, y con bastante afán de trazar paralelismos con la actualidad. En resumen, un producto adulto y digno que sigue bien encarrilado para lograr apuntarse una buena segunda temporada.

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