Mensajes etiquetados NBC

Pues no ha gustado la nueva adaptación de Rosemary’s Baby, la mítica novela de Ira Levin titulada en España La Semilla del Diablo, ahora en formato de miniserie televisiva. Pese a los intentos de su directora Agnieszka Holland de alejarse de la película de Polanski, su recuerdo campa a sus anchas por la nueva producción, concebida para el lucimiento de la actriz Zoe Saldana. Ella es probablemente lo mejor de todo el invento, pero no compensa el tiempo invertido. Se lo explico mejor en el vídeo así que vean, vean… antes de que sea demasiado tarde.

Jonathan Rhys-Meyers es Drácula

“Los zombies son los nuevos vampiros”. Esta frase la he escuchado en una de las últimas temporadas de True Blood, una serie de fantasía y terror sumamente entretenida en la que lo único que queda por ver es, precisamente, a Anna Paquin darse el lote con un muerto rancio. True Blood es también mucho más divertida que Drácula, nueva serie de la NBC cuyos productores llegan tarde a casi todo: a la moda de los chupasangre (resucitados para la cultura popular con la funesta serie Crepúsculo), a la de las series de fantasía adultas turbio-sexys, a los seriales de conspiraciones secretas con organizaciones taimadas y ladinas de simbología arcana…. Porque de todo ello hay un poco en nueva serie concebida por y al servicio de Jonathan Rhys-Meyers, un actor deseoso de reverdecer los laureles de Los Tudor y establecerse como galán oscuro y tenebroso (pero galán al fin y al cabo) en un papel que, ciertamente, no le encaja nada mal.

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Hoy me juego la crucifixión, lo sé. Porque hasta el momento, no tengo noticia de nadie que haya salido indemne de la innoble tarea de sacarle pegas a los mitos del cine universalmente aceptados. Tanto más si hablamos de personajes umbilicalmente ligados a los actores que les dieron vida: Scarlett O’Hara siempre tendrá el rostro de Vivien Leigh, no admitiremos otro Don Vito que el de Marlon Brando y Norman Bates siempre nos mirará desde los ojos de Anthony Perkins. Son más que iconos: ellos son el personaje. Por eso, las adaptaciones o remakes lo tienen crudo, porque en el fondo, volver a interpretar esos roles es casi como profanar terreno sagrado. Y criticarlas, también.

Convendrán conmigo en que Hannibal Lecter forma parte de esa lista: el doctor caníbal  de las novelas de  Thomas Harris, permanecerá asociado a la interpretación que de él hizo Anthony Hopkins en El silencio de los Corderos. Nadie más podrá ser Lecter… ¿o sí?

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La tertulia de esta semana en Es la mañana de Federico me ha animado a reanimar mi entusiasmo por Corrupción en Miami, una de las series trascendentales de los ochenta, década adorada o denostada sin términos medios, y en cuya espectacularidad y desencanto habitan algunos de los logros más revolucionarios de la producción audiovisual de aquella época. El impacto de los valores estéticos de la serie, desde la manera de vestir de sus protagonistas al uso de la música electrónica y temas pop en su banda sonora, fueron elementos que ayudaron a renovar el adocenado panorama televisivo de los ochenta, dejando atrás el bienintencionado simplismo pop por el que se iba deslizando entonces la producción catódica. No obstante, sus virtudes narrativas resultan tanto o más interesantes que las aparentemente superficiales, debido precisamente a que éstas iban en todo momento asociadas de manera inseparable a lo anterior. El gran mérito de Corrupción en Miami, impresión que se refrenda tras su ingesta masiva gracias al DVD (la serie está editada en su totalidad en España) es precisamente ese cambio de prioridades, su voluntad de ensalzar los valores plásticos de la imagen alejándose de los asociados tradicionalmente a la televisión, revigorizando con ellos la dureza y oscuridad del género policial y de acción tanto en la pequeña como incluso en la gran pantalla.

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