Menú

"Fargo": qué bien que has vuelto

2

Hace dos semanas me parecía imposible que alguien, quien fuera, tuviera el arrojo de hacer un remake de una película de los Coen y no contara con mi fruncimiento de ceño e indisimulada mueca de ofensa. Pero visto el piloto de Fargo, la miniserie de FX que adapta el laureado film de los de Minneápolis, no me queda más remedio que envainármela y reconocer no solo que me ha gustado, sino que quizás no fuera tan descabellada la idea de revisitar un clásico. Porque eso es lo que es esta miniserie, por encima de todo: un regreso a la gélida ciudad de Dakota del Norte, un homenaje y una oda que exuda profunda veneración por el film de 1996. A estas alturas, me van a permitir que deje a un lado a los no hayan visto el clásico de los Coen, quienes espero cuenten con una excusa a la altura para semejante osadía. Pero no teman: esta vez, no habrá espoilers de la serie.

Lo primero que hay que decir de “The Crocodile’s Dilemma“, que así es como se llama el primer capítulo de los diez que compondrán la temporada, es que los segundos iniciales de su arranque logran devolvernos al Minnesota que recordábamos. La serie arranca con la misma música de Carter Burwell (aunque esta vez firmada por Jeff Russo) y el idéntico falso aviso de “basado en hechos reales” de su original. Pero a partir de ahí, la historia que narra es otra, aunque si piensan sacudirse la sensación de familiaridad, vayan olvidándose. Porque ese regusto cálido de deja-vu constante, no desaparecerá en los cincuenta minutos del capítulo. Y es parte del disfrute.

El actor que-cae-bien-a-todo-el mundo, Martin Freeman, encarna a nuestro loser protagonista, llevando hasta el extremo toda esa mezcla de candidez y fracaso que nos escupieron los ojos de William H. Macy años atrás. Esta vez, no es un vendecarros como el inolvidable Jerry Lundegaard, sino un vendedor de seguros que responde al nombre de Lester Nygaard y que no parece conocer más ambiciones que una vida tranquila y reposada en este níveo entorno. Alguien que anhela ser feliz en su patetismo cotidiano. Pero el hombre menudo tiene la clásica esposa destrozanervios, adicta a la tortura psicológica y la envidia patológica de todo triunfo que no sea propio. Y el tierno Freeman es el blanco de todas sus frustraciones y anhelos incumplidos: una lavadora con secadora, unas vacaciones paradisíacas y sobre todo, un marido mejor que el que le ha tocado.

Y es que Lester es, en suma, el pobre tonto que pone los intermitentes cuando circula por una calle desierta, el inteligente que acaba en un trabajo de mierda bregando con inútiles, el tonto al que le han robado la merienda hasta después de la veintena. Y es precisamente es un encuentro con el matón el instituto y sus dos descomunales vástagos lo que propicia el arranque de la trama principal y la consecución de todo lo que sucederá a después, y que no tendrá vuelta atrás. Lester acaba humillado -si es que alguna vez dejó de estarlo- esperando a que le borren los rastros de su última doblegación, cuando se cruza en su camino Lorne Malvo, el villano encarnado por Billy Bob Thornton. El personaje supone una mezcolanza extraña pero perfecta entre los dos protagonistas del filme, trayéndonos de vuelta la maldad sibilina y retorcida de Buscemi y el enigmático y alelado silencio de Stormare.

Pero si los malvados patanes tienen en Thornton mucho más que un sustituto, la serie adolece de una figura a la altura de la esa embarazadísima Frances McDormand que nos enamoró en la original. En la serie, las dos figuras policiales -o tres, ya entenderán- están interpretadas por Allison Tolman y  Bob Odenkirk (Better call Saul) que serán los encargados de desenmarañar el puzzle criminal (profunda y extrañamente cotidiano) que se desencadena ya en el primer capítulo. Lograr que no añoremos a la oscarizada protagonista será, a buen seguro, el gran reto que tendrá que afrontar esta adaptación.

Adaptación o revisita, como quieran llamarlo. En este Fargo de la pequeña pantalla, las referencias a la original se diseminan con mimo durante todo el metraje, haciendo guiños a los acólitos de la original, y de los hermanos Coen en general. Y ese es quizá, su más grueso mérito: ser un recordatorio de por qué adoramos la cinta, sin necesidad de copietear escenas ni adulterar el espíritu. En Fargo hay un embarazo, una pareja que deglute con fruición, una habitación por pintar y un desequilibrado, pero ninguno en en lugar que las colocó la original. Las referencias son una melodía de fondo agradable, pero no distorsionadora, porque la serie apunta intenciones de llevar la trama por un lugar distinto, cimentado sobre los mismos principios. La crueldad, la frialdad, el patetismo de lo cotidiano, la pulsión del mal a la que todos podemos sucumbir si nos aprietan las tuercas en el lugar adecuado.

Como dice la entrañable protagonista de la película, este piloto es “un día hermoso”. Habrá que ver si nosotros logramos entenderlo, o no.

Herramientas

2
comentarios
1 Juan Nadie, día

Por favor, por enésima vez, utilicemos bien el verbo "adolecer". Para nada significa "carecer", su significado es el contrario, aunque en sentido negarivo. Por favor ver el diccionario de la RAE (Tener o padecer algún defecto. Adolecer de claustrofobia). Entrando en el tema: Si la serie es una décima parte de buena que la película, de veras que merece la pena verla.

2 david, día

Ayer vi su último episodio. Qué gran serie de principio a fin. Aquí os dejo mi opinión por si tenéis curiosidad ;) http://seriesanatomy.blogspot.com.es/2014/06/fargo-reloaded.html Saludos!