Mensajes en la categoría series británicas

¿Hace cuánto que se enganchan a una serie nueva? No hablo de series consolidadas, de cuartas o quintas temporadas de joyas que seguimos como fieles adictos. Digo producciones nuevas, de entrar a vivir. En el pasado Festival de series (a que dedicaremos un post próximamente, que lo merece) este fue uno de los temas recurrentes: ¿Ha pinchado la burbuja seriéfila? Mientras la calidad de nuestras series habituales va in crescendo (ahí está ese final de Breaking Bad o esa épica Boardwalk Empire) cunde la sensación de que los nuevos estrenos tienen poco que ofrecer. Todo huele a antesdeayer, a naftalina o a un tímido “sí pero bah”. ¿O no? ¿No hay nada que merezca la pena en este erial de comedias absurdas?

Llevo tiempo diciéndolo -disculpen la autocita y el postureo- pero estamos mirando en la dirección equivocada. Mientras EEUU ha finiquitado su temporada de estrenos otoñales con un aprobado raspado (apenas Masters of Sex y Ray Donovan se salvan de la quema) en la Pérfida Albión están en otra conversación, mucho más interesante. Southcliffe, Broadchurch, y sí, Peaky Blinders, de lo que venimos aquí a hablar hoy. Nada menos que mi serie de la temporada de fríos.

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Decir que esta temporada “las nuevas series son una basura” está de moda. Además de puro postureo, la frase adolece de un problema fundamental: que temporada tras temporada decimos lo mismo, igual da si hablamos de años con éxitos como Game of Thrones o Homeland. En el universo de las series también se abusa del  “cualquier tiempo pasado fue mejor” y con cada novedad que nos decepciona, rememoramos esa época dorada de The Wire o The Sopranos…. Como si se hubieran emitido en el mismo momento (¡no!) , y como si en esos años no hubiera una gran cosecha de bodrios.

En definitiva: ¿Es este año tan malísimo para los estrenos seriéfilos, como algunos se empeñan en decir? ¿No hay nada que se salve? ¿Apagamos la tele (o el ordenador) hasta nuevo aviso? No. Además de un considerable número de tostones, los nuevos estrenos han dejado algún que otro título al que hincarle el diente o, cómo mínimo seguirle la pista. Si son obras maestras o fracasos rotundos, el tiempo lo dirá, pero no hay duda de que también este año tenemos material como para no caer en la tentación de hablar de fines de ciclo ú otras exageraciones. Eso sí, tomen nota porque la TV británica y francesa amenazan el trono estadounidense de la calidad televisiva.

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Hay series que esperas con ganas, incluso con ansia, y algunas con una pizca de miedo. Y hay otras, como Black Mirror, que servidora aguardaba con una mezcla extraña de todo ello. Porque, como ya dije, los tres capítulos de la primera temporada me parecieron de lo mejor del pasado año; tanto, que no sabía si quería aún más. En parte, por ese cobarde clásico del “déjalo tal cual está, no la vayas a cagar”, es cierto. Pero Charlie Brooker no es de los prudentes, y se lanzó a la segunda temporada tan pronto como crítica y público auparon la primera.

Mis reservas con respecto a una nueva hornada de capítulos no nacían sólo de lo mucho que me habían gustado The National Anthem, 15 Million Merits y The Entire History of you, sino también del temor a que con la extensión se vieran acentuados los defectos de la trilogía -que los tiene, crucifíquenme si quieren-. Sin ánimo de embarullar el asunto, resumiré diciendo que Black Mirror me encantó, pero más como experimento que como parábola alarmista. Me gusta su visión arriesgada de los peligros del mundo hipertecnologizado, su manera de llevarlo a cabo, y me absorben sin remedio las historias que utiliza Brooker para presentar su mensaje. Artísticamente es casi impecable, pero el problema está en esto último: la pretendida intelectualidad de la que reviste un mensaje que, discúlpenme el atrevimiento, me parece menos profundo de lo que pretende parecer. Por concluir, recurro de nuevo a la autocita, y repito que a pesar de todo Black Mirror me engancha más por lo que sugiere y deja en el aire que por lo que concluye; disfrutándola a rabiar como serie sugestiva y como excusa para la discusión de los dilemas éticos que plantea.

Dejaremos para otro momento las disquisiciones sociológicas que subyacen del relato de Brooker para centrarnos de lleno en lo que toca; la segunda temporada, cuyo primer episodio se emitió este lunes en Reino Unido. Antes de nada, una advertencia: creo firmemente que es importante llegar casi virgen a su visionado, para mantener la sorpresa y el suspense de la trama. Por ello, quedarán convenientemente avisados a partir de qué punto deberían dejar de leer, si no quieren descubrir detalles importantes de la historia que pueden chafarles el disfrute. Spoilers los justos, dicho queda.

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Al final me he hecho trampa a mí misma. No he tenido más remedio que, para echarme un buen estreno a las fauces, acudir a ofertas, digamos, más minoritarias apartándome de los superestrenos megaguays de las networks americanas.

Pero entiéndame, hasta que llegue House of Cards la semana que viene, últimamente me he tragado mucha morralla de estreno (Deception, Do no HarmBanshee aún debato si me gusta) y ya me rugían las ganas de buenas series. ¿Y cuál es el reducto donde siempre encuentro consuelo? En la Pérfida Albión. Esa televisión británica que, a la chita callando, está adelantando por la izquierda a los tradicionales gigantes a base de producciones de una calidad casi incuestionable. (Sí, ellos también tienen morralla, pero no nos atosigan tanto).

Y hete aquí que me topé con Utopía, de Channel 4, de la que poco se ha hablado en nuestra piel de toro, y bien merece un espacio.

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