Hank Schrader, el bueno (en progreso) de ‘Breaking Bad’

Miércoles 2 de octubre de 2013 - Juanma González - 2 Comentarios
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Breaking Bad y su final están en boca de todos. El trayecto vital y emocional de Walter White ha acabado, y con él la droga semanal de muchos espectadores y consumidores compulsivos de series. Las audiencias han sido de récord para una serie de cable, superando con mucho los diez millones de espectadores en EEUU, por no hablar de las incontables descargas ilegales. Y la impresión general ha sido altamente satisfactoria.

Pero la épica ficción de Vince Gilligan, tan centrada en el arco de transformación de su protagonista, no sería tan grande sin unos secundarios que sirviesen de adecuada palanca para la conversión del pacífico Walter White en perverso traficante (¿conversión… o será descubrimiento?). Algunos de ellos, como Gustavo Fring, han alcanzado la categoría de tipos de culto, y otros han pasado a recoger (inmerecidamente) la cuota de odio de los fans, como es el caso de la pobre Skyler interpretada por Anna Gunn, una actriz que cada vez se parece más a Gillian Anderson. Esto último, por cierto, es un elogio.

Pero para un servidor, una de las grandes sorpresas de Breaking Bad junto al Mike interpretado por Jonathan Banks ha sido -y es- el bueno de Hank Schrader, un agente de la DEA encargado de controlar la entrada y salida droga de Albuquerque y a quien se le escapa la doble vida de su cuñado, ese pusilánime con el que hace barbacoas los domingos por la tarde. Un personaje que, además de estar rematadamente bien escrito e interpretado -en toda su estupidez, humanidad y ocasional grandeza- consiguió desplegar las alas y mutar de monigote a tipo de verdad, uno de carne, hueso y sangre. Quizá por eso mismo, Hank Schrader fue la razón de ser del que se ha convertido en el mejor capítulo de la serie, ese Ozymandias dirigido por Rian Johnson (Looper).

De manera relativamente inesperada, el personaje interpretado por Dean Norris se erigió como el verdadero antagonista de Walter, un honor que hasta el final muchos pensábamos que recaería sobre Jesse Pinkman, el camello interpretado por Aaron Paul. Hank no es, como aquel, el Sancho Panza del extraño Don Quijote en el que se constituye finalmente Walter White, sino más bien el reverso de esa moneda que tiene la cara de Heisenberg acuñada en su otro extremo. Pero a la vez, y como toda némesis inquietante (aunque… ¿acaso no sería Heisenberg el reverso de Walter White?) Hank comparte con su enemigo más de lo que él mismo querría aceptar. Como diría nuestro profesor del carnet de conducir (sí, sé que vosotros tampoco lo habéis olvidado), ambos personajes circulan en la misma dirección pero en sentidos opuestos.

De ese modo y por cortesía del buen pulso de la serie a la hora de hacer evolucionar a sus personajes, Hank pasa de fotografiarse con cadáveres, vestir camisas hawaianas y ejercer de gallito con Walter y sus camaradas (con esa insoportable risita nerviosa), a descubrir al espectador pero también a sí mismo una importante cuota de angustia personal, una incuestionable faceta de sabueso policía, para finalmente ejercer -a su pesar- de combustible para el formidable twist final de la serie. Mientras tanto, recordemos, Walter White cogía la directa en dirección contraria, mutando en Heisenberg a la misma velocidad que su cuñado policía atravesaba su propia travesía por el desierto. Aunque muchos nunca tendremos muy claro si Walter White realmente existió alguna vez.

Todo ello ocurre por cortesía del excelente equipo de guionistas de Vince Gilligan, que antes que todo ocurriera idearon ese tiroteo en plena tercera temporada (uno de los mejores momentos de la serie) a modo de momento bisagra para el renacer del personaje. Con esa formidable escena de acción y suspense, que no escatimaba espectáculo y gore, los autores de Breaking Bad tiraron al suelo la careta de Hank, sus modales de gallito, y -tras un cambio de vestuario sutil pero radical- conectaron su destino de manera indeleble con el de Walter, que anteriormente también había perdido la suya, ya saben, ésa del afable profesor de química y vecino calzonazos, para convertirse en el mayor narcotraficante de Nuevo México. Esa progresiva pero constante evolución de ambos, cada uno en sentido opuesto, es precisamente lo que tiende el puente entre Hank y Walter (cada uno a un lado de la ley) y ofrece una de las claves para interpretar el verdadero leit-motiv de la serie, cuya interpretación prefiero dejar a ustedes… porque un servidor todavía está en ello.

De ese modo, un tipo un tanto desagradable y que en las primeras temporadas parecía concebido para alimentar la necesidad de venganza del sufrido protagonista, todavía una víctima de las circunstancias y el cáncer, se reivindica como un profesional y un héroe vulnerable, de esos adecuados para los nuevos tiempos que corren. Hank tiene también dos caras: es un devoto marido, un hombre familiar donde los haya, y un tipo con una formidable puntería cuando toca disparar. Aunque también es racista, machista e incluso insoportable en términos generales. Hank, no obstante, perderá ese optimismo tras ver la muerte de cerca en El Paso (con esa imagen de una cabeza humana sobre una tortuga) y, como si su creciente dureza fuera el precio a pagar por algo, también madurará por el camino. Nos vamos poniendo cada vez más de su parte.

Mientras Walter pierde el miedo a satisfacer sus propios impulsos criminales, Hank está ocupado reconociendo por primera vez el horror, asomándose al vacío y convirtiéndose sin él saberlo en el verdadero oponente (moral) de su cuñado, en el bueno de una historia donde el malo es mucho más listo que tú, que yo y que todos los demás. Sobre todo a medida que Jesse Pinkman, antes compañero de fatigas de Walter, pierde la pista de su maestro y se erige como parábola del hijo perdido más que como oponente. La frase que Hank le espeta a su cuñado en el ya mítico capítulo “Ozymandias” (revelarla sería todo un spoiler) nos explica muchas más cosas sobre Hank que sobre Walter. A partir de ahí, éste tendrá carta blanca para terminar las cosas a su manera.

Y para que nosotros podamos acabar con un Bang, hablemos un poco de Dean Norris, actor veterano graduado en Harvard en Ciencias Sociales con al menos media docena de hijos y que disfruta gracias a Breaking Bad de un momento de oro en su carrera, uno como probablemente nunca se hubiera imaginado. De ejercer de secundario en multitud de filmes y series de televisión, hasta un centenar o más de ellas (consulten imdb), ahora ostenta el protagonismo de la exitosa serie La Cúpula en calidad de estrella (el suyo es el único papel con un mínimo de complejidad de toda la serie) y sobre todo, disfruta de una carrera de secundario de raza con fuerzas renovadas. Se lo merece.

Postdata: si creen que han visto antes a Dean Norris, es porque así ha sido. Segurísimo. Y para muestra, un botón de cintas como Desafío Total (sí, ése era él):

Arma Letal 2

Dean Norris en Arma Letal 2

Terminator 2. El Juicio Final

Un Swat en Terminator 2

Gremlins 2: la nueva generación (otra vez de SWAT):

Dean Norris en Gremlins 2

Difícil de matar (contra Steven Seagal. Ay.)

Dean Norris en Difícil de matar

Starship Troopers (de nuevo, y como en Desafío Total, dirigido por el gran Verhoeven):

 


2 Comments

  1. 3 octubre, 2013 at 14:37 | Permalink

    Hola. Disfruto leyendo tus artículos sobre esta serie. Así se mitiga el dolor por su ausencia ;)
    Me he animado a comentar porque para mi Hank es el preferido de la serie. Es el bueno. Empezó siendo un ingrediente más, pero tras su transformación en El Paso, se ganó todo mi respeto y creo que le ha aportado mucho valor a la serie.

    Y nada más. Un saludo amigo. Gracias.

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