‘Dallas’ ha vuelto: ¿qué pesa más, la sangre o el petróleo?

Domingo 1 de julio de 2012 - Juanma González - Comentarios
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En apenas las escuetas dos escenas que componen su prólogo, los guionistas de la nueva y flamante continuación de Dallas se las arreglan para, en primer lugar, refrescar el recuerdo del espectador veterano, ése que en su momento siguió con ansia el culebrón más lujoso jamás realizado, y en segundo, estimular la curiosidad de las nuevas audiencias entre las que se encuentra un servidor, quizá deseosas, o quizá no tanto, de destapar los nuevos secretos y pasiones que esconden los miembros de la familia Ewing.

En efecto, antes de que aparezca su mítica cabecera (más épica que nunca), en la que la cámara traza panorámicas aéreas sobre los ostentosos ambientes de la serie, la recreación de Dallas golpea al público con dos revelaciones que trastocan el universo de los Ewing: hay petróleo bajo el suelo de Southfork, la ansiada propiedad de la familia, y a Robert Ewing (Patrick Duffy), ahora convertido en uno de los veteranos del elenco, se le diagnostica un cáncer terminal. Pero más preocupado que por su posible muerte, el bueno de Bobby decide que va a mantener su enfermedad en secreto. El que fuera uno de los héroes de la mítica serie creada por David Jacobs no parece tan afectado por su posible muerte como por el hecho de que tiene “asuntos familiares que resolver”. ¿Están listos? Porque ahora sí. Dallas comienza… otra vez.

La verdad es que, nos guste más o menos la reaparición de Dallas, nadie puede acusar a los responsables de esta secuela de haberse dormido en los laureles. Quizá ansiosos por rebatir a los críticos, que tras el anuncio de la serie acusaron a TNT de recurrir a viejas ideas y la nostalgia ante la falta de originalidad, la producción desarrollada por la guionista Cynthia Cidre se dedica a acumular giros, golpes del destino, traiciones y traiciones sobre traiciones, como un verdadero disparo. En una palabra: a dar espectáculo.

Con los datos en la mano, los espectadores han dado su apoyo a una idea que, en principio, no era más que una huida hacia delante similar a la moda de los remakes que ahora mismo asolan el Séptimo Arte (cosa cierta de todas formas, si me permiten). No obstante, el regreso de Dallas se saldó en Estados Unidos con casi 7 millones de espectadores y un récord de audiencia anual en una cadena por cable estadounidense. Tan satisfechos han quedado en TNT, que el canal ya ha anunciado la renovación del show para una segunda temporada de 15 episodios, cinco más que la primera de las tandas, consistente en apenas 10 capítulos (el desenlace de la misma, por cierto, tendrá lugar en agosto). Muy pocos días después tuvo lugar su estreno exclusivo en España, de la mano de la división española del mismo canal.

La jugada, no obstante, tiene su sentido. Sin en la antigua Dallas, que se extendió a lo largo de catorce temporadas (1978-1991, 357 capítulos), eran Barbara Bel Geddes o Jim Davis los veteranos de la función (aunque no siempre), ahora el papel de patriarcas recae sobre los que entonces eran los hijos. El contraste entre las viejas y las nuevas generaciones que articula esa visión de la familia se respeta, ofreciendo a Patrick Duffy y al imprescindible (y envejecido) Larry Hagman la oportunidad de regresar como Bobby y JR, los dos hermanos eternamente enemistados, al tiempo que se cede el testigo a sangre fresca y caras atractivas.

Éstas son las de Jesse Metcalfe (el jardinero mazado de Mujeres Desesperadas), aquí el hijo adoptivo de Bobby y aparente bueno de la función. Christopher, que así se llama, rechaza el negocio del petróleo y tiene un pasado con el personaje de Jordana Brewster, la exótica belleza de la saga A todo gas. Elena Ramos, su personaje, se convertirá en el vértice femenino de un triángulo amoroso que envuelve a éste y al hijo del malvado JR., el no menos malvado John Ross interpretado por Josh Henderson. ¿Se han hecho un lío? Porque esto son solo los primeros veinte minutos del capítulo primero.

Detengámonos un momento sobre J.R., cuya entrada en escena aún se demorará unos minutos. Condenado a una silla de ruedas y al silencio debido a una terrible depresión, su aparición es de todo menos épica: el legendario villano televisivo parece ser ahora una sombre de lo que fue, un despojo humano arrinconado en una residencia como castigo simbólico por sus pecados. Eso, hasta que la aparición de petróleo en Southfork le devuelve la vida de inmediato. J.R. vuelve entonces a las andadas, es decir, a la conspiración y traición, y al menos hasta donde hemos visto “Bobby no es estúpido, pero yo soy un genio”), parece el mismo canalla de siempre.

Y como él, Dallas sigue siendo el culebrón de lujo que siempre fue, elevado a evento épico gracias precisamente a la nostalgia que señalábamos anterioremente. Y es que hay cosas que nunca cambian. Las apariencias engañan y todos escondemos secretos. Los héroes se enfrentarán a situaciones que les pondrán a prueba (Christopher, que rechaza las prospecciones petrolíferas a favor de las energías limpias, acabará provocando seísmos debido a sus experimentos), y los villanos encontrarán su ocasión de abandonar el lado oscuro de la Fuerza (las razones de John Ross para explotar el yacimiento en Southfork parecen de lo más lícitas). O quizá no, dado que las vueltas de tuerca se amontonan una detrás de otra. ¿Son los hijos como los padres? ¿Puede el dinero, el sexo y el poder corromper a la institución familiar?.

Lo mejor de la nueva serie es, de todas formas, la claridad de su exposición y su brutal honestidad. Y es que pese a la  abundancia de personajes, y que una importante parte del público no tiene por qué haber visto la anterior serie, la narración resulta clara y diáfana. El equilibrio entre lo nuevo y lo viejo resulta ejemplar, y Dallas acaba convirtiéndose en otro ejemplo de la resistencia del serial televisivo a la pura y dura prolongación, a la superposición de capas: el más difícil todavía parece estar impreso en su ADN.

Y sobre lo segundo, en Dallas tampoco hay lugar para la experimentación innecesaria, para dobles sentidos o metáforas sobre las familias disfuncionales, o el orden mundial generado por el petróleo. Nos encontramos, simplemente, ante un festival de cuchilladas por la espalda con una excelente factura televisiva, una buena banda sonora y una lujosa fotografía. Un culebrón épico y ostentoso que sólo quiere enganchar y divertir y que, eso sí, necesita de nuestra complicidad. Es la fórmula perfecta para un entretenimiento de verano.


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