Son las doce. El sol está en todo lo alto. Bien arriba. Reventando. Los rayos de sol salpican por todas partes. No hay nadie por las calles. Hace mucho calor. Se fríe el asfalto. En la esquina de la calle de la panadería, parcheó el ayuntamiento un bache con asfalto joven. Si alguien lo pisara, dejaría huella. Las chicharras se asfixian encaramadas a las secas cortezas de los sauces y extienden sus alaridos de calor por doquier y por donoquier. Se oye el avispeo de una moto lejana. Alguno viene de la tierra y se le ha hecho mediodía reventando terrones y limpiando ribazos. Huye del calor en la solana como si lo persiguiera una plaga, buscando el frescor del bar de la plaza del Ayuntamiento. Casi la boca se le hace agua pensando en la Paloma que le va a preparar su paisano tras la barra, en la sombra fresca y agria de barriles de su bar. Tiene la boca seca de escupir mosquitos. Alguna vieja de luto se asoma, valiente, a la puerta y otea la soledad de la calle con la mano en la frente, como los indios. No ve a nadie. Sólo ve el aire derritiéndose y arrugándolo todo. De las casas parece salir olor fresco a verdura recién cortada, y olor a cocido lejano, maternal. En los soportales de la plaza del Ayuntamiento alguien mordisquea un palillo sentado con la silla al revés, apoyando los antebrazos en el respaldo. Cuando pasa alguien levanta la mano con un gesto cansino. No sabes si dice ¡Anda con Dios! o ¡Ande irás! Algún crío chapotea en los brazales que bordean las fincas, observados, tal vez con envidia, por alguna mujerona que anda con prisa con una llanda en equilibrio camino del horno de la panadería, para hacer una rustidera. No hay quien ponga el horno en casa. Dentro, en las casas, chatas y albayaldadas, viven seres humanos haciendo los menos movimientos posibles en las sombras, en los zaguanes, en las corrientes. La noche ha sido dura. Cuentan que no se pudo respirar hasta las tres de la madrugada, que no corría hasta las cuatro, por lo menos. Los supervivientes de la aciaga noche se abanican con lo primero que pillan dentro de las casas. Los ventiladores buscan oscilantes de izquierda a derecha un poco de frescor que escupir. Las casas son frescas, pero es mediodía. Son las doce. El sol está en todo lo alto. Reventando. Y las corazas de cal se resquebrajan y si no fuera por la gruesa sillería…
El calor, como casi todo, nos trae recuerdos. Piensas. Ese grito de las chicharras te hace recordar a personas que ya no están. Como casi todo.
Me encuentro en el sexto cubo derecho de una cubitera de plástico blanco. Hice hueco, vacío y me coloqué la mesa, la silla el ordenador… nos enanizamos y sobrevivo rodeado de un agradable y gélido frío ártico. Está un poco oscuro, pero me he agenciado una linterna militar polar y la he colgado de un témpano que sobre mi cabeza parece sólido. A mi derecha se levanta una torre de Haggendusz de nata nuez, escachado y hermético. Un poco más allá sobreviven pechugas de pollo ordenadamente apiladas en estratos, un pintoresco trozo de calabaza y un despedazado cuerpo de conejo paellaturus. Hace unas horas me sentía como un huevo frito, aplatanado en el fondo de un plato llano, anegado en salsa de chistorra y un bosque talado de patatas fritas. Se derrite hasta el tiempo. Hace calor. Mucha. El calor no le sienta bien al ser humano. Apenas sobrevivimos a la última glaciación. Somos seres fríos, nos movemos mejor en el frío. La humanidad acabaría por autodestruirse si tuviese que besar en ambas mejillas a su semejante a 43 de los Celsius de modo constante. El calor nos irrita y no nos deja progresar. Buscamos las sombras y lo húmedo por capricho del adeene. Alguno de mis hijos ha debido sacar la horchata de los pisos superiores y ha provocado un pequeño movimiento de tierra-hielo acá abajo. Un alud de guisantes perlados y brillantes inunda mi pequeño y fresco compartimento. Tras los guisantes se abre el telón de toda una amplia gama de comida rápida: salteados, quichés, bocas de mar… Hay fósiles navideños y un tesoro de gamba roja resguardado tras los huesos de rape, ternera rígida y merluza pleistocénica. En verano, Tales cobra vigencia con su infantil teoría de que estamos hechos de agua, hechos y desechos. Este año, gracias a la cobertura energética del socialismo del progreso, la gente sudará más la gota gorda. Nos tiembla el pulso a la hora de apretar el mando del Split. La gente va dando tumbos por las aceras buscando el canto de sombra de los exiguos balcones. Los cuellos escuecen de sudor y los pies alpargatean desinhibidos. Aquí, brisa, brisera, el calor se hace agua y te empapas sólo de cruzar un semáforo que acaba por ponerse rojote y tieso del subidón mercuriano. En busca de la rebaja, el colesterol anda intranquilo y las fábricas de cerveza se sienten tentadas de seguir el camino del petróleo.
Una leve capa de escarcha esta opacando la ventanita de mi Flatron, y el teclado tirita. Se me atasca la eññññññe. Posiblemente moriré congelado. ¡Qué bendición!
¿Que por qué escribo esto? Pues porque me apetecía un montón. Las cabezas calientes escupen palabras que son balines de hielo. Me apetecía sobre todo comerme un buen polo, un enorme sorbete de lengua castellana congeladita y envuelta en papel albal. Algo así como un regusto de saborear durante unos instantes, al mismo tiempo que me olvido de este sofocante bochorno – climatológico también-, de saborear, decía, unos instantes la mayor de las riquezas culturales que me dejaron mis mayores: el español, posiblemente la mejor cerveza del mundo, digo, lengua… las demás lenguas se merecen su hueco, es cierto, como el sánscrito, el indoeuropeo, el etrusco, el micénico – saludos profe- el lenguaje de las ballenas, los criptogramas, y toda suerte de lenguas pequeñas y coquetamente respetables por diminutas e insignificantes.
Me compré un chándal. Hace ya bastantes años. No era de marca. O sí. Era Delmon Ton Sport (Delmon-tón). Cuando me lo compré se diría que realzaba mi figura, me estilizaba… aquel logotipo aviesamente zurcido movía mis articulaciones para lanzarme a la carrera, al llóguin, al fútin, al corre-corre, vamos. ¡Qué diseño! ¡Qué colores aerodinámicos! ¡Qué tacto, táctil al roce! ¡Cómo se remataba con el bordón de mis zapatillas blancas impolutas de marca Paredes! ¡Con aquellos calcetines toalla que tanto sudor absorbían! ¡Qué drenaje! Ni Zatopek, ni Owens, ni Lewis. Mi imaginación se metamorfoseaba en gacela, la misma gacela de Ibn Hazm “Un mancebo hermoso como una gacela, par de la luna llena ...”
Ahora, desnudo, me siento en el balcón y lo observo cogido por dos pinzas dejándose llevar por una ligera brisa. Ajado, zurcido, con más sietes que en el cuento de Blancanieves. Ya no llama la atención por su prestancia y fortaleza. Aquel pellejo se liberó de mí y me observa sin cabeza y sin pies como socarrón, moviéndose bailón con la brisa de la ironía. Curtido de cien mil batallas me espejea sarcástico. Pellejo andante y pesado. Su química composición tan ligera como las plumas de las merlas se fue haciendo plúmbea y con ella el gris. Los colores chillones diseñados en los años equis más ene para ser rescatado con prontitud de un alud de nieve, los colores eléctricos desafiantes, altaneros… se apagaron. Cuando caen las tinieblas sus contornos se asocian esquivos con las sombras grises y desaparece. Sólo el sol lo trae un poquico a la vida. Se apagó porque su relleno se revuelve en la indiferencia y lo ignora. Pronto volverá al ataúd perchado donde descansan en coquetas horcas otras pieles de otras cientos de batallas.
A veces mi chándal me persigue por el pasillo, siento que me mira mientras escribo asomado sin cabeza al marco de la puerta de mi despacho. Es un fantasma cómico, al que le hablas y la simple brisa de un portazo le hace encogerse de hombros. Sospecho que por las noches se va de jarana con las chaquetas de ojo de perdiz y coderas, la familia Pinzas y, sobre todo, con Lois y Lewis, colegas suyos muy marchosos, de farra, de borrachera, pateando el Barrio en busca de mojitos, mentiretas y aguas de Valencia.
No quiere ni oír hablar de bolsas de basura negras y de cierre fácil. No quiere ser adoptado por Cáritas, porque disfruta persiguiendo mi ridículo cuerpo desnudo con su contoneo cadencioso y fantasmagórico.. el de los dos… ni siquiera añora el cuerpo de un indigente joven y vigoroso. Parece decirme que ya se hizo a mí y nada… Ahora me deja un poco más tranquilo. El ventilador de techo de mi despacho le da miedo porque le hace contorsionarse, estremecerse, rozando el orgasmo textil. No le gusta el verano. Nunca le gustó.
Allí está él. Sombra de lo que fue. Anhelando volver a pegarse a mi cuerpo. Un cuerpo indiferente ya y distante, pensando en comprarse otro chándal, no sé si tan gris, pero posiblemente igual de pesado.
Es como una escala de grises. Del gris al negro, del negro al gris. Las madrugadas no suenan a moto del regante tempranero, las mañanas ya no huelen a pan recién hecho, los medio días no huelen a cocido, las sobremesas no huelen a achicoria, ni las tardes a brasero o a broza ardiendo, ni las noches a humedad o carne a la brasa. Oler ya no huelen, pero gracias a Dios sigue existiendo la moto del regante, el pan recién hecho, los cocidos, la achicoria, los braseros y la broza y la humedad y la carne a la brasa… incluso los grillos… Gracias a Dios sigue existiendo pese a todo la mañana, el medio día, la tarde y la noche… Y unos ojos que te sostienen y unas sonrisas que se convierten en engranajes que mueven tus rodillas y andas… y sales fuera… Triste Lázaro envuelto en moscardones y podredumbre que desafías de nuevo la luz y el aburrido y patético existir… Gracias a Dios podemos mirar con cierta rabia y decepción este mundo triste y acartonado orlado de traición, frustración y desengaño. Hay quien ya no lo mira, no lo mirará ya jamás… Este mundo es una mierda pero hay que ver cómo suspiramos por seguir sintiendo que la pisamos bajo nuestros pies… ¡cómo lo despreciamos pero cómo a buen seguro lo añoraremos como el crío al pezón!
Al fin y al cabo la muerte y la vida se parecen tanto, pues al vivo no le queda más remedio que seguir viviendo y al muerto seguir muriendo. Mi ajada y asendereada religión, que debe ser la cierta y verdadera, me garantiza el más allá… El más allá lo llevamos puesto en nuestras sienes como una corona de laurel, lo suspiramos y lo sentimos a la par que lo necesitamos. Es curioso, una vez en el más allá... ¿qué hago? ¿Llegará internet tan lejos? Habrá que estrujar esta cebolla que es escarcha de la poca vida que nos va quedando, estrujarla y exprimirla reventando las sensaciones a cien… amar y hacer sentir al que tiene la suerte de todavía estremecerse al sentir tu piel... Habrá quien ya no tendrá la piel sino como forro de recuerdos y buenos momentos…
Igual que hay quien tiene la suerte de ver la botella medio llena en vez de medio vacía, tendremos que sacudir la cabeza cuando veamos la botella rota…injustamente rota... y no tener la suerte de poder verla medio rota llena ni medio rota vacía.. pues rota está... injustamente rota.
Habrá que pedir fuerzas al cielo para que los de más acá sigamos sosteniendo con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro corazón, el más allá pues más allá te llevaste un trozo de mi corazón, hermano mío.
Ya se mueve el barco… ya parece que viene brisa.. Ya salimos del Mar de los Sargazos, querida amiga de mi amigo, y lo siguiente, ¿Qué nos aguarda?¿América?
Pero, ¿qué le pasa a don José que ya no es mi Pepé? Las aguas bajan revueltas.. ¿de qué? ¿De cadáveres? ¿De miserias? Que no se convierta el partido en un envite de troteras y danzaderas.
Mi adscripción a Esperanza no la oculto. Rajoy no me gusta. Porque empieza a uno gustándole Rajoy y uno puede acabar embarazado, como el estafermo esta de mujer barbuda que exhibe sus ecografías peludas. No sé que lo que le faltará a la Espe para postularse como delfina, no entiendo de maquinarias partidarias ni partidistas, no sé cómo andarán, ni a qué precio, los bicheros de abordaje, ni las patapalos, ni los tatuajes de cormoranes o galápagos, ni los parches “solbentados” . Gran película la de La Bounty o ladeRebelión a Bordo, normalmente bitácoras provocadas por capitanes o almirantes cabezones y corajudos, empeñados en puntos en el horizonte donde no es tierra lo que ven tras el catalejo sino una moto de polvo o cagada de gaviota, ya que nos ponemos en plan correspondance. O por aquellas cosas extrañas de que subir a una mujer a bordo trae mala suerte…cosas de piratas. Bien por sorayas o bien por esperanzas, Cristobalito Palomo (Colombo...Colón o Culom) nuestro Gran Almirante, ya tuvo que retocar, digamos así, su Diario de a Bordo, colocando pinos y canarios donde ni existían y fardando de leguas donde no las habían surcado. Y todo porque sí, tierra se vio, pero oro…del que cagó el moro, ni micanigens. Mientras, nuestro Inquisidor galardonado maniobra en la oscuridad y a la pregunta de algún acólito ¿Cree vuesa merced que el capitán Colón volverá? Responde aquello de “Dios no permitirá que vuelva.”
Pues sí. Volvió y resultó que la Tierra era redonda, diez mil millas más redonda de lo que se pensaban, pero redondita como el parche solbentado… y luego ya llegó Pizarro y bueno, el resto es Historia…
Y esto, ¿a santo de qué venía? ¡Ah, ya! Que resulta que dentro del partido con más militantes de España andan revueltos por quítame allá esas comisiones o esas portavocías…
Lo que no saben ciertos piratuelos de calzón rayado y flecos ajados, lo que no saben algunos avistatierras de pacotilla es que los militantes de esta Armada poco Invencible estarían dispuestos a seguir hasta las costas de la pérfida Albión al mismísimo Nelson Puntiencejado que nos pusieran en la proa de nuestra nao capitana, que da igual marianos que sorayas que esperanzas que escasos gallardones…que da igual al que nos pongan. Claro que si con tanto tifón de mala muerte y tanta vía de agua, y tanta rata roedora de robles en las quillas, si nos quedamos barcos…mmm, si nos quedamos sin barcos…nos quedaremos a merced de las olas o de las “arriolas”…
En fin, Espe chica, aguanta que la esperanza es lo último que se pierde. No te quemes, no te hagas mecha de cañón que al paso que vamos ya vendrán otros Trafalgares….
La sociedad está cambiando. Tanto que ya no se llama sociedad, se llama ciudadanía. (sin coña, ¿eh?) Ya no somos socii somos cives. Y es cierto. Las relaciones personales entre los otrora llamados humanos – se les sigue llamando pero en fin, no deja de ser un cliché- se deterioran a marchas forzadas. Ya sabíamos que nadie conoce al vecino, ya sabíamos que nadie se fía de nadie, ya sabíamos que el tendero de la esquina – es un ejemplo arcaico- no sufrirá si te llevas una punta de chorizo agusanada mientras se la pagues. Todos comprobamos el escaso valor del dinero, la picaresca, el yo te engaño a ti y tu engañas al otro y así la cadena se extiende hasta la desconfianza más caníbal y despiadada. Los electrodomésticos duran exactamente unas horas más que su garantía, los muebles nunca son de maderas, madera, los coches pierden valor en cuanto los arrancas de nuevos, los pisos cuestan millonadas y están hechos de turrón. Las personas tampoco son personas, personas. Somos el fruto de nuestros tiempos. Estamos llegando a unas cuotas de alienación y cosificación que erizarían los pelos de la barba del mismísimo Karl Marx. Vomitamos a espasmos y golpes de diafragma el poco humanismo que nos va quedando. Olvidamos que el hombre es social: zoon politikon. Nos necesitamos desde nuestro odio y desde nuestra desconfianza más atroz en el otro.
Tal vez se atisbe una vuelta necesaria a nuestros orígenes. Me explico. El sexo ha sido – no sé si sigue siendo- una especie de loctite que ha mantenido unidas a muchas personas. Antaño el sexo era una especie de meta, de llegada, de premio a la relación personal. Bien por su aceptación, bien por su renuncia, bien por su obsesión o, incluso, bien por su persecución, el sexo parecía ser una especie de argamasa que, con la llegada del libertinaje en la segunda mitad del siglo XX, se convirtió en un desaforado animal de compañía. Pero todo se agota. Nuestros jóvenes, las generaciones de mutantes de nuestra propia especie, interactúan con el sexo a diario. Así lo hemos querido sus mayores: sobre todo en los medios de comunicación. Antaño el momento sexual era algo casi mágico, místico, litúrgico, mistérico e incluso sagrado. Hogaño se asimila cada vez más a un cigarro, a una copa, a una velada entre risas con amigos. No hay ya ninguna trascendencia, no hay nada ni mágico ni litúrgico. Lo único que preocupa del sexo es el resultado, no el hecho. Se está diluyendo el concepto de pareja en tanto que propiedad sexual. Nuestras generaciones acabaran aceptando, comprendiendo y asumiendo el adulterio. No le darán importancia…
Se hace el amor en los parking de las discotecas, en los aseos de las macro-salas, se hace el amor con gente que no se sabe ni cómo se llaman, ni tienen pensado volver a ver: se trata de un instinto, un impulso, una pulsión… sin más: un antojo: “Me apetece tarta de manzana”
Bien pensado, y según mi agurusayada opinión, esto no es malo. No es malo porque es bueno que el sexo no sea este producto totémico que se nos ha vendido desde la progresía. Tal vez el sexo acabe en el lugar que realmente se merece, allí, donde habite el olvido, se tratará de una satisfacción más: una buena comida, un buen vino, un buen postre, unas buenas risas. Tal vez esto obligue a rescatar la necesidad de comunicación sincera, la fratría, el estar a gusto con una persona disfrutando de su presencia intelectual y social, no sexual. Hablar con un hombre o una mujer sin que revolotee lo genital como una pesada mosca que no deja ni a uno ni a otra concentrarse. Comunicarse porque sí, porque se necesita, porque estamos muy necesitados de hablar, de conocer, de saber, de navegar en las conciencias y en las personalidades de los que nos rodean. No hay que ver más que los foros, los blogs, los messengers, los móviles, los SMS, los toques, los cuelgues…… Escuchar a las personas, abrirte a las personas, darte a conocer, impregnarte del conocer del otro: la comunicación se abre camino.
La sociedad está cambiando y muchos estamos en el andén esperando a que la pesada y ágil máquina aplaste nuestra moneda contra los raíles y la deje como una cuchilla de afeitar. En el fondo no me parece mal que el sexo acabe en un degradado segundo plano: de capitán general a sargento chusquero.
Ya habrá quien, fingiendo querer sexo, no quiera más que sentirse querido y sentirse a gusto con la persona que tiene en frente: Háblame, dime, déjame que te aprenda… tal vez así salgan ganando los dos… el sexo, pobre, quién te ha visto y quién te ve, el sexo también.
SEMANA SANTA: Magistral Clase de Educación para los Ciudadanos
Durante esta Semana Santa, en toda España, la Iglesia Católica, empujada por un extraño fervor de conveniencia mitad fe rancia, mitad tradición secular, mitad snob, mitad tamborilera, mitad “España es ansí”, ha dado una gran clase de Educación para los ciudadanos. Una lección de educación para los ciudadanos de alternativa vital, de entrega voluntaria al sacrificio, de Amor, de recogimiento, de fe. Durante una semana, bien por querer aparentar como costalero, bien como muestra de haber viajado, bien por no saber muy bien por qué, España ha estado flirteando con lo trascendente, con lo divino y, quién sabe si alguno, al paso de alguna de nuestras inmortales tallas, habrá dejado una rendija abierta a la religiosidad, a lo eterno, a lo mistérico de nuestra verdadera religión. Cuando todo un Dios opta por elegir su aniquilación con forma mortal, como para poder sentir toda la gama de dolores posibles que afligen a sus débiles criaturas, y se pasea desollado por las calles de este país seguido de cerca por el pecho traspasado de una mujer que tan sólo ofrece mediación ante la visión de tamaña injusticia… cuando todo un Dios opta por cambiar dolor por amor – algo inaudito e incomprensible para cualquier ignorante agnóstico o ateo, si es que hubiere alguno,- podemos concluir que es una gran clase de educación para los ciudadanos. ¡Qué mayor lección de educación para los ciudadanos!
Este país más que de contrastes, de contradicciones, que te recibe con palmas y hosannas para a los cuatro días pedir a gritos que crucifiquen al primero que se les ponga por delante, en este país donde se dice que se cree en Dios pero no en la Iglesia (algo así como creer en el número pero no en la Matemática), donde la gente se confiesa muy cristiana pero nulamente católica… en este país de contradicciones, el temario de Cristo se plantea de nuevo una vez más, para mirarlo, soslayarlo y sobreseerlo.
El otro día, con las cornetas chirriantes y disonantes de fondo, levantado el cuello de la cazadora para evitar las cuchillas del frío viento que nos cortaba, y admirados con el respetuosísimo silencio con el que la turba de crucificantes recibía los tambaleantes Pasos, quedaba un hueco para la reflexión política. Acallado Zerolo por los tambores de Calanda, ignorada de la Vogue por los sobrecogedores salzillos y ninguneado don Pachi Ninguno por la solemnidad de los Oficios Misteriosos de la Gran Semana, sacaba chispas mi interlocutor, a la vez que pecho, tras su victoria electoral.
“¿Sabes qué ocurre? – le decía yo- Tenéis el defecto de querer llevar vuestro proselitismo exacerbado al paroxismo irracional. Tenéis el defecto de pensar que los que estamos en contra de vuestras posturas, tan legitimas como las nuestras, estamos en las Catacumbas, que somos cuatro cristianos desarrapados que nos cobijamos con la cabeza agachada como si fuéramos cucarachas perseguidas por la grandeza de Roma, pero lo cierto es que somos diez millones cuatrocientos y pico mil españoles los que pensamos así, y que somos cada vez más… cuatrocientos mil más… mientras que vosotros sois los mismos jugando al columpio en los vasos comunicantes de la izquierda. Pensáis que somos cuatro gatos porque los medios de comunicación de los que os nutrís os dan esa sensación. Somos demasiados, querido,… y somos sobre todo nuevos… La izquierda cambia votos de sitio, la derecha los crea… y eso no durará siempre.”
Ni siquiera la llegada de un espectacular Descendimiento lo acalló. Sólo el campanilleo de los costaleros y el ¡arriba! de los dientes apretados nos hizo desviar la mirada hacia esta España extraña… más que de contrastes de contradicciones… que te grita hosanna y crucifícalo en media hora…
Hoy resucita… y con él la clase magistral final de Educación para los Ciudadanos… de Amor, de Entrega, de Fe… Llenos los ojos de lágrimas, henchidos los corazones de espiritualidad (o de buñuelos y Fino…me es igual) España flirtea con la trascendencia de su Historia… ya estamos dispuestos a una nueva etapa política donde veremos de nuevo esa España ilegible e inteligible donde gobernará un señor con los apoyos de votos extranjeros. El único país del mundo donde gente que no se considera de un país le ayuda a formar gobierno…