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5 de Julio de 2009 - 12:50:27 - Pío Moa
Lo someto a su dura crítica:
España llegaba a Trento con poder político y con la autoridad de haber reformado su Iglesia ya en tiempos de los Reyes Católicos. Ello la convirtió en el principal escudo y espada del catolicismo, si bien chocaría aún con el papa Pablo IV, enemigo de la hegemonía hispana, que dejó empantanado el concilio durante su pontificado, de 1555 a 1559. De ahí que, al lado de los italianos, llevasen la voz cantante en Trento teólogos españoles como los jesuitas Diego Laínez y Alfonso Salmerón, los dominicos Melchor Cano y Domingo de Soto, y otros como Francisco Torres, Turriano o Arias Montano. Los jesuitas citados habían estado entre los siete que formaron el núcleo de la orden jesuita, y el soriano Laínez había sucedido a Ignacio de Loyola como general de la orden desde 1558 hasta 1565 (la enemistad del papa Pablo IV mantuvo a la orden dos años sin superior general, tras la muerte de Ignacio en 1556). Bajo el mandato de Laínez los jesuitas se extendieron por Francia y Polonia, aumentaron las misiones y crearon colegios en varios países. Laínez preparó una lista de "errores protestantes" y estuvo a punto de ser elegido papa, pero huyó para evitarlo. El toledano Salmerón, estudiante en Alcalá y París, nuncio papal en Irlanda, ante la Dieta de Ausburgo de 1555, en Polonia y en Bélgica, y predicador prestigioso, enseñó en la universidad bávara de Ingolstadt y en Verona, y fue provincial de la orden en Nápoles. Entre muchas obras, interpretó al modo católico la Epístola a los Romanos, de San Pablo, en la que Lutero se había inspirado de preferencia para su tesis de la salvación solo por la fe.
Francisco Torres, palentino, fue un teólogo renombrado, a quien comisionó el papa ante el concilio. Domingo de Soto, Melchor Cano y, más tangencialmente, Arias Montano, forman parte de la llamada Escuela de Salamanca.
La autoridad hispana en Trento no procedía solo del poder político y el prestigio de su previa reforma eclesial, o de la militancia de la orden jesuita, sino aún más de la potencia del pensamiento teológico-filosófico de sus numerosas universidades, sobre todo la Complutense y la Salmantina. Dentro de ellas tuvo la mayor notoriedad la inquieta y creativa Escuela de Salamanca, que tomó cuerpo durante varias generaciones e hizo aportaciones decisivas al derecho, la economía y otras disciplinas.
Los mayores protagonistas de la Escuela fueron dominicos y jesuitas, que renovaron los laureles de la Escolástica, a la que se suponía agotada tras las controversias de la Edad de Afianzamiento. Si el protestantismo venía a derivar, al menos en parte, del nominalismo y el occamismo, la Escuela de Salamanca derivó del tomismo, dándole una fecundidad inesperada en la especulación moral, el derecho, la política, la economía, incluso en las ciencias naturales, mezclada del espíritu convencionalmente llamado humanista.
Un problema clave no solo en la polémica con Lutero, sino más amplio, era el de la existencia del mal. El mal se presenta como daño causado por la naturaleza, tal una peste o una inundación, carentes de valor moral pero que arrojan una sombra sobre la justicia divina, pues en ellas perecen indistintamente justos y pecadores (no pocas veces se consideraban esas catástrofes como castigos divinos). Y se presenta ante todo como el daño causado por los hombres por ir contra los mandamientos y revelación divinos, contra el sentimiento de que entre las diversas tendencias e intereses de los individuos debe haber un equilibrio que llamamos justicia, querida por Dios. El malvado obra así contra la voluntad divina, o prefiriendo unos intereses y valores inferiores a otros superiores, pero ello ¿no pone en entredicho la omnipotencia de Dios? Francisco de Vitoria, a quien suele considerarse fundador informal de la Escuela, abordó este mal desde el punto de vista del libre albedrío: Dios ha dotado al hombre de libertad para elegir, lo que significaba que podía optar por el mal en lugar de por el bien, y así condenarse en lugar de salvarse. Es decir, se puede hacer el mal aún conociendo la voluntad de Dios expuesta en las Escrituras, y por otra parte se puede hacer el bien, aunque de modo incompleto, sin conocerla, como podía ser el caso de los indios americanos. El problema, como ocurre con los grandes problemas filosóficos, no queda del todo resuelto, pero encuentra cierta base razonable y fecunda.
También provocó disputas entre los salmanticenses, particularmente entre dominicos y jesuitas, la cuestión protestante sobre la predestinación y la gracia. Los jesuitas y fray Luis de León pusieron el énfasis en el libre albedrío, en detrimento del pecado original, a un nivel que pareció herético al dominico Domingo Báñez, el cual les acusó ante la Inquisición. A su vez, Luis de León denunció a Báñez como próximo a Lutero por proclamar una esencial corrupción humana por el pecado original, que daría valor exclusivo a la gracia. Estas intrigas indican idea de cuán agrias podían volverse las polémicas. Uno y otro terminaron exculpados por la Inquisición, pero el debate continuaría con otros protagonistas, en particular por el jesuita conquense Luis de Molina, que insistió en el libre albedrío desde una posición intermedia: Dios puede prever tanto las posibilidades de la decisión humana como las decisiones que efectivamente tomará el hombre, y con ello admite cierta forma de predestinación. A esa versión se opusieron con calor los dominicos y más tarde la corriente jansenista, próxima al calvinismo en cuanto al papel de la gracia y de la predestinación. La controversia, llamada De auxiliis, continuó hasta el que papa Pablo V, ya a principios del siglo siguiente, admitió ambas posiciones como matices de una misma actitud, al modo como la Iglesia había admitido las de nominalistas y realistas siglos antes; pero prohibió continuar la discusión. La relación entre la gracia, la predestinación y la libertad, o la existencia del mal, fue siempre muy difícil de aclarar, aunque los esfuerzos al respecto dieran otros frutos.
Un punto básico de la Escuela fue el del gobierno legítimo, la tiranía y el origen divino del poder. Desde San Isidoro al menos, la idea de que el poder venía de Dios se expandió por la cristiandad. No obstante, el aserto podía interpretarse de varios modos: como un poder absoluto del monarca sobre sus súbditos, caso de la autocracia rusa; como la unión del poder religioso y político en un solo soberano, al modo del anglicanismo inglés; como el derecho del monarca a dirigir a la Iglesia como en la Constantinopla cristiana o Rusia, menos acentuadamente en el Sacro Imperio, Francia o España. Y no faltaban otras interpretaciones.
El caso ruso tiene considerable relevancia: si Iván III había asentado la autocracia, su sucesor Iván IV el Terrible lareforzó imponiéndose sangrientamente sobre la oligarquía de los boyardos. Este zar, contemporáneo de Carlos I y de Felipe II (reinó de 1547 a 1584), organizó un cuerpo militar adicto en exclusiva a él, los streltsí, y después la opríchinina, especie de guardia pretoriana autora de un terror masivo que creó un clima de sumisión temerosa (sus jefes también sufrieron represiones brutales, y a veces se la considera un precedente de la policía política de Stalin en el siglo XX). No por ello dejó Iván de procurar la lealtad de una parte de las oligarquías urbanas y de nobles menores, convocando el primer Zemski Sobor, asamblea semejante a las Cortes españolas; y organizó un concilio de la Iglesia ortodoxa para asegurarse la colaboración de esta, promulgó un nuevo código legal y fijó los campesinos a la tierra en condiciones de completa dependencia. Emprendió grandes campañas hacia el este, sobre Siberia, y hacia el oeste, para abrirse una salida al mar Báltico. Aunque el janato de Crimea llegaría a incendiar Moscú, Iván acabó definitivamente con la amenaza turco-mongola de los janatos de Kazán y Astrakán, y dio impulso a la magna expansión rusa más allá de los Urales. En cambio sus ofensivas por el oeste resultaron baldías ante la oposición de Suecia, Polonia, Lituania y la Liga Hanseática.En España nunca se puso en cuestión la primacía religiosa del Papado; y aunque la expulsión de los judíos y la Inquisición entran en la misma concepción de los príncipes y reyes protestantes, no era del todo así, porque permanecía una considerable minoría morisca pese a lo ficticio de su conversión y a su colaboración con la plaga interminable de la piratería magrebí. En cuanto a la soberanía regia, muy robustecido por los Reyes Católicos tras el período de anarquía oligárquica, tampoco se parecía en casi nada al de Iván el Terrible, pues la interpretación del origen divino del poder tomó en España un rumbo muy diferente del de Rusia o el de Inglaterra.
Las consideraciones de la Escuela llevaban directamente al concepto de los que más tarde se llamarían derechos humanos: puesto que todos los hombres, sea cual fuere su grado de civilización, comparten una misma naturaleza, tienen los mismos derechos básicos. Y el derecho natural debe prevalecer sobre el derecho positivo de los gobiernos, si estos debían considerarse justos y no tiránicos.
La actividad y crueldades de Iván, de rasgos a veces alucinados, dejaron el país exhausto, pero no impidieron al zar, hombre instruido, teorizar sobre el origen divino de su poder en cartas a los reyes polaco y sueco y a Isabel de Inglaterra, y sostener una feroz polémica con el príncipe Kurbski, rebelde a la autocracia, en la que aquel acusa a los boyardos, y no a la política absolutista, de ser los destructores de Rusia. Iván consideraba su poder otorgado directamente por Dios, y por ello no admitía límites al mismo, pues ¿qué clase de soberanía era la que admitía asambleas de ciudadanos u otros poderes intermedios con capacidad decisoria? "Todos los súbditos son iguales ante el zar, y están obligados por Dios a ser los esclavos del zar". En compensación, el zar debía a su vez hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios, premiando a los buenos y castigando a los malos. Claro que él mismo, como portavoz de la voluntad divina, fijaba el bien y el mal, y lo hacía de forma expeditiva: eran buenos quienes se plegaban ciegamente a las exigencias del soberano, y malos quienes se oponían o mostraban reticencia. Este concepto radicalmente autocrático solo fue relativamente frenado por la resistencia pasiva, rara vez activa, de la Iglesia y otras instituciones.
La corona inglesa mantenía una posición de principio no disímil de la de Iván IV: el monarca reunía directamente el máximo poder político y religioso. De acuerdo con ello, Enrique VIII e Isabel I aplastaron sin misericordia cualquier oposición, si bien no llegaron a aplicar una represión tan masiva y en parte demencial como el zar. Por su parte, el protestantismo tendía a crear iglesias nacionales bajo el lema cuius regio eius religio, que daba a los príncipes la potestad de imponer su religión a sus súbditos. El principio no concordaba mucho con la libre interpretación de la Biblia, pero ayudó a la expansión protestante, por las prerrogativas concedidas a los potentados. Por lo demás, garantizarse la religión de los súbditos en una época en que los conflictos de fe tomaban tan inmediato carácter político-militar, propiciaba la estabilidad social interna.
La Escuela de Salamanca distinguió siempre el poder temporal del espiritual, idea arraigada en la mentalidad española, que la alejaba de programas como el anglicano. Francisco de Vitoria, tenido por fundador informal de la Escuela, consideró que el papa tenía solo autoridad espiritual, y no debía utilizarla para entrometerse en la temporal del emperador o de los reyes. El emperador carecía de potestad para dictar la acción eclesiástica, como solía pretender desde Carlomagno; y no representaba políticamente a la cristiandad, sino solo a la parte de ella bajo su control directo.
Esta teoría fue desenvuelta, entre otros, por el citado Luis de Molina. Según él, Dios no otorga el poder directamente al monarca, que viene a ser más bien un administrador de la soberanía. Esta recae en los individuos del pueblo, los cuales nacen libres y con derechos naturales que el rey no puede oprimir. Su teoría destacaba la individualidad en un grado desconocido hasta entonces. No obstante, Molina justificaba la esclavitud en casos excepcionales, por ejemplo como alternativa a la pena de muerte o en caso de guerra, para resarcir al bando "justo" por los daños causados; pero rechazaba como ilegítimo y motivo de condenación eterna el tráfico de esclavos organizado por portugueses, ingleses y holandeses, en el que los españoles participaban poco, pero no dejaban de comprar tal mercancía humana para sus plantaciones.
Al poco de terminar el siglo XVI, estas ideas tuvieron un nuevo despliegue con motivo de las ideas expresadas por Jacobo I de Inglaterra, sucesor de Isabel. Jacobo amplió en sentido absolutista las ideas anglicanas del poder divino, afirmando al monarca como "anterior a cualquier estado, parlamento o ley", y propietario inicial de toda la tierra, de modo que "los reyes fueron los autores de las leyes y no las leyes de los reyes"; ideas parecidas a las de Iván IV, aunque en la práctica el inglés siguiera una política bastante moderada. Pero en 1613 obligó a sus súbditos a prestarle juramento de fidelidad como rey y como máximo jefe religioso.
En réplica, el jesuita granadino Francisco Suárez escribió Defensio fidei catholicae adversus anglicanae sectae errores, en cuya tercera parte, dedicada a la soberanía política, teoriza en sentido contrario al ruso o al inglés: Dios no concede el poder directamente al monarca, sino al pueblo, que lo transmite libremente al rey mediante un pacto modificable. Por ello, el poder "es de derecho humano", no directamente divino, y más o menos amplio según establezca el libre pacto. El rey no media entre la voluntad de Dios y el pueblo, sino al revés, el mediador es el pueblo. Suárez también se opone a Maquiavelo, quien concibe el poder político como una realidad con sus reglas particulares e independientes de la moral: el poder está sometido a la ley moral y a la obligación de servir al bien del pueblo que lo ha otorgado. Por tanto, el poder político es limitado, y en este sentido y en su origen popular, democrático. No es que Suárez creyera a la democracia, en su equívoca acepción desde Aristóteles, el mejor de los sistemas, pero la admitía como legítima y en la práctica sentaba sus principios antes de que los mismos u otros parecidos fueran expuestos por pensadores como Locke. El libro de Suárez fue quemado públicamente en Inglaterra y Francia, y prohibida su lectura.
Hay una diferencia entre la idea de Molina y la de Suárez, pues este último considera al pueblo como un todo, sin admitir la soberanía de partes de él, y disminuye el papel de los individuos, lo que lleva a dificultades, ya que el pueblo nunca se manifiesta como un bloque. Con ello abre una vía posible –no forzosa– a concepciones como las defendidas más delante por Rousseau, verdadero padre de los totalitarismos del siglo XX.
Este pensamiento alumbraba nuevos problemas en torno a la organización práctica del poder, la concepción del pueblo y del individuo, o la acción frente a la tendencia tiránica del poder, algunos de los cuales habían originado mucha especulación desde al menos San Isidoro. El jesuita Juan de Mariana, nacido en Talavera, formado en Alcalá de Henares y solo tangencialmente relacionado con Salamanca, expuso los deberes del rey y su necesaria sumisión a la ley moral y la del estado, como cualquier súbdito, la obligación de moderar los impuestos, etc. Algunos de sus escritos justificaban el tiranicidio, por lo que sus libros fueron quemados en Francia. En España solo fue prohibido uno suyo relacionado con la moneda y la economía. Las ideas políticas de esta escuela contrariaban la corriente hegemónica europea, que justificaban el directo derecho divino de los reyes, defendido también por Lutero, y conduciría en los siglos siguientes de las monarquías autoritarias a las monarquías absolutas.
En tiempos relativamente recientes, investigadores de la corriente austríaca de economistas, y en particular de la historiadora británica Marjorie Grice-Hutchinson, han descubierto la contribución de la Escuela de Salamanca al pensamiento económico. Quizá sea esta la faceta a la que más atención se ha prestado recientemente, aunque sus aportaciones en otros terrenos no sean menos brillantes.
El problema de la economía y su relación con las prescripciones evangélicas era ciertamente muy antiguo, y en la práctica dichas prescripciones pocas veces se habían aplicado en su literalidad, que aparentemente se infringía, sin que se entendiera bien por qué la realidad marchaba por vías diferentes de los mandatos teológicos y conciliares que prohibían, por ejemplo, el interés, llamado indiscriminadamente usura. Diversos pensadores eclesiásticos italianos habían cambiado o matizado notablemente esos conceptos, pero la cuestión exigía nuevas explicaciones en el siglo XVI, cuando la economía experimenta un tremendo impulso merced a un comercio de amplitud sin parangón con ninguna época anterior y a continuos avances técnicos, cuando la plata española de América relaciona a China y a Europa a través del Pacífico y el Atlántico, y se producen hechos extraños como la elevación incontrolable de los precios o crisis de origen oscuro, cuando decisiones políticas bienintencionadas podían tener efectos ruinosos.... Al abordar estos temas, los de Salamanca pueden optar con bastantes razones al título de fundadores de la ciencia económica, tal como del Derecho internacional o de la apertura de nuevas vías teológico-metafísicas.
Al parecer, en 1517 algunos mercaderes españoles de Amberes preguntaron al dominico Francisco de Vitoria si la moral permitía comerciar para acrecentar la riqueza particular. La consulta afectaba a la prédica de la pobreza, tan popular en la Iglesia, lo que obligó a Vitoria y a otros a investigar y especular al respecto. Los dominicos tomaban una postura menos estricta que los franciscanos, más apegados a la pobreza evangélica (si bien, como vimos, el franciscano Eiximenis había ensalzado dos siglos antes los comerciantes y la riqueza). Vitoria y sus continuadores Azpilcueta, Molina, Suárez, Domingo de Soto, Mercado, Pedro de Valencia, Pedro de Oñate, Mariana, Saravia de la Calle, Felipe de la Cruz, etc., sentaron las bases para un reenfoque científico de la economía: así la concepción de que la esta tenía sus propias normas implícitas, independientes de la voluntad y las leyes de los políticos; que la propiedad privada sobre los bienes y los beneficios extraíbles de ellos, es no solo justificable sino un derecho natural beneficioso para la sociedad y los bienes son mejor cuidados por el propietario que si fuesen comunes; propiedad que, ligada la libre circulación de mercancías y personas, acerca y hermana a los seres humanos y beneficia a la sociedad en general, no solo a los particulares; que el interés privado es justificable moralmente, y necesario; que el precio justo de una mercancía no equivale, como antes se pensaba, a su coste de producción, sino que es variable, al depender de la valoración subjetiva que dan a la mercancía compradores y vendedores en libre negociación, sin monopolios ni interferencias políticas; que, en general, el precio tenía relación con la escasez de la mercancía, de modo que su abundancia rebajaba su valor, como mostraba la llegada de la plata americana, que abarataba esta y por tanto hacía subir los precios de los bienes comprados con ella; que el salario se medía como el precio de las otras mercancías; que el interés en los préstamos, cuestión espinosa, se justificaba como beneficio del capital, semejante al que podría obtenerse de la tierra, y como valoración del tiempo y el riesgo del préstamo, y del lucro que dejaba de obtener el prestamista al prescindir de él por un tiempo (lucro cesante, o coste de oportunidad); y así sobre los impuestos y otras cuestiones.
Con ello, los escolásticos de Salamanca cimentaron pilares del pensamiento económico como la propiedad e interés privados, el mercado libre, la oferta y la demanda, o una teoría cuantitativa del dinero (relación entre la cantidad de este y el nivel de precios). Lo notable es que abordaran correctamente estas cuestiones en estrecha dependencia de consideraciones teológicas y morales, aplicando la razón, cuyo papel siempre defendieron los tomistas, aunque en algunos puntos contradijeran a Tomás de Aquino. Estas ideas quizá no guardaban mucha coherencia con la perfección evangélica, pero se daba por supuesto que la perfección estaba al alcance de pocos. La teorización salmanticense contraría la tesis de Max Weber, hoy en declive, que atribuye el interés por la economía y la práctica capitalista a la ética protestante, en contraste con la católica. Los logros del pensamiento de Salamanca cayeron luego un tanto en el olvido, para alcanzar su desarrollo más completo en otras latitudes y en el siglo XVIII, concretamente en la Escocia de Adam Smith, ya unida a Inglaterra.
Otra faceta del pensamiento salmantino fue la del derecho internacional, a partir de las cuestiones planteadas por la conquista de América, ya aludidas. En ese orden de cosas trataron el problema de la guerra justa, estableciendo criterios que hoy perduran aun si apenas se cumplen. Siendo la guerra un mal, solo debe admitirse como último recurso y para eliminar un mal peor. Aun así, debe respetar normas morales, y no incurrir en crímenes como la masacre de civiles, de prisioneros o de rehenes. Una guerra es injusta si, entre otras cosas, la mayoría de la población la rechaza, y en tal caso el pueblo tiene derecho a destituir y procesar al gobernante. Suárez propuso una ley internacional basada en las costumbres y criterios no escritos, pero más o menos generalmente aceptados, derivados indirectamente de la ley natural.
Algunos miembros de la Escuela cultivaron la ciencia natural, aunque este extremo apenas ha comenzado a estudiarse hoy. El dominico segoviano Domingo de Soto hizo una aportación notable al estudiar formas de movimiento uniformes y "disformes", esto es, aceleradas, y describió la aceleración de los cuerpos en caída libre, por lo que en alguna medida fue precursor de la mecánica que luego desarrollarían Galileo y Newton. También es reseñable la intervención del teólogo y matemático toledano Pedro Chacón en la reforma del calendario acordada por el Papado, es decir, el establecimiento del calendario gregoriano, aceptado casi universalmente. La reforma exigió cálculos astronómicos y matemáticos muy precisos, tomando como referencia las Tablas de Alfonso X el Sabio, que se aproximaban con muy poca diferencia al cálculo real del tiempo empleado por la Tierra en cada giro en torno al Sol. Por otra parte las exploraciones geográficas y los libros sobre ellas y sobre la naturaleza de los nuevos territorios, así como sobre la historia y costumbres indígenas, son otras tantas aportaciones de alto valor a la ciencia.
Como Vitoria y varios más, Soto participó en la fructífera polémica entre Sepúlveda y Las Casas, la cual resumió de forma neutral, con alguna observación crítica al segundo. Otra contribución intelectual de relieve fue la Historia General de España, de Juan de Mariana, obra no siempre crítica pero en conjunto ejemplar y una de las mejores historias escritas en su época en Europa, por su penetración y fiabilidad general. Fue acusada de poco patriótica por unos y de excesivamente castellanista por otros, de modo que el barcelonés Esteve Corbera y el valenciano Gaspar Escolano reaccionaron contra quienes (como Mariana), "quieren angostar la majestad y grandeza de España en los cortos límites de Castilla", en palabras de Escolano.
La combinación de las ideas económicas y las políticas de la Escuela, ofrece un esbozo bastante completo de lo que andando el tiempo se llamará liberalismo: relevancia a las decisiones del individuo, a la libre circulación de bienes y al mercado libre, el rechazo al poder absoluto, tesis de que el poder, si bien originado en Dios, llega a través de la sociedad; o la agudeza de los debates y la propia audacia con que eran expuestas las conclusiones . Lo último arroja de paso alguna luz sobre el carácter de la Inquisición. Los dominicos, a quienes estaba encomendada, destacaron en la formulación de las ideas aquí sumariamente reseñadas, y sus querellas con los jesuitas, por más que a veces peligrosas, no llegaron a impedir una discusión más libre y sobre temas más enjundiosos, que cualesquiera de los siglos siguientes en España. Sus libros, en general, no fueron prohibidos, y es significativo que tampoco lo fuera el de Mariana que justificaba el tiranicidio, y sí en cambio otro de materia económica del mismo autor, que ponía en entredicho políticas gubernamentales.
Vitoria, Suárez, Mariana y Molina fueron algunos de los filósofos y pensadores políticos más influyentes de su tiempo, y a pesar de que varios de sus libros fueran quemados en Londres o París, sus obras de tema político y metafísico, en particular las de Vitoria y Suárez, se divulgaron por las universidades europeas, incluidas las protestantes, y contribuyeron poderosamente a formar corrientes ideológicas y filosóficas que habían de marcar al continente los siglos posteriores. La escuela estuvo muy ligada a la universidad portuguesa de Coímbra, donde enseñaron varios de sus profesores, y tuvo proyecciones relevantes en el pensamiento económico de Hispanoamérica, en particular la llamada Escuela de Chuquisaca, de Bolivia, según ha estudiado el economista argentino de origen rumano Oreste Popescu.
Los logros intelectuales de una escolástica renovada y racionalista en España, nacidos de la valoración de la razón y del libre arbitrio, fueron realmente brillantes y precursores de evoluciones más tardías en Europa. No desarrollaron varias de sus ideas en una teoría completa, pero iban por el mejor camino, suministraron cimientos para posteriores edificios teóricos, y si no los completaron se debió a la decadencia, casi colapso, del pensamiento español hacia finales del siglo XVII. Pues extendió su actividad durante casi un siglo y medio. Suele considerarse al teólogo Pedro de Godoy, muerto en 1677, su último representante.
Cabe señalar que el valor de muchas de las aportaciones de esta escuela ha permanecido ignorado durante siglos, efecto achacado a veces a una ocultación interesada por parte de protestantes o franceses; pero que en realidad tuvo mucho más que ver con el mencionado semicolapso intelectual español.