Veo una entrevista de la Sveriges Television, una televisión sueca, al abad del Valle de los Caídos, Anselmo Álvarez. Una simpática militar española que conoce bien el "tema sueco" me prevenía contra el carácter manipulador, en general, de la política socialdemócrata de aquel país, y aquí se ve bien. Hacen al abad preguntas capciosas sobre el monumento y sobre las víctimas de la represión en la guerra civil, apoyándose en un "prestigioso historiador" como Beevor, perfecto y presuntuoso ignorante sobre la historia de España, que afirma que habría habido 200.000 víctimas de izquierda (las llama "republicanas") contra solo 35.000 víctimas derechistas de la represión. El abad, con buena fe, se encuentra ante la desvergüenza de la televisión sueca, gran simpatizante de la ETA en sus buenos tiempos, no sé si aún ahora. Con un mínimo de sentido de la decencia y de la democracia, esa televisión habría consultado a un especialista español en estos temas, Martín Rubio, o a mí mismo, al menos para contrastar al "respetado" Beevor.
La clave del asunto está en una pregunta que le hace el periodista al abad cuando este habla de reconciliación: en las tumbas del monumento se habla de los muertos "Por Dios y por España", que, claro, eran palabras usadas por los nacionales. Pero la cuestión no es si las usaban los nacionales, sino si respondían a la verdad. Ciertamente el Frente Popular no luchaba por Dios, sino directamente por expulsar la religión cristiana de España y arrasar hasta su recuerdo. Y ciertamente tampoco luchaban por España. Una gran parte de ellos trataba directa y claramente de disgregar la nación, y de casi todos los demás, de doctrina "internacionalista", lo menos que puede decirse es que España les importaba tan poco que no vacilaron en entregarse a Stalin, pues lo de Stalin fue mucho más que una simple ayuda. ¿Luchaban en cambio, por la libertad y la democracia, como se pretende? Sí: unos, por la
democracia a la soviética o similar, otros --pocos e impotentes-- por la corrupta
libertad a la mejicana de entonces. Pero estas cosas nunca la entenderá la arrogante ignorancia de los manipuladores suecos.
De modo que, sin duda, los caídos de un lado, si bien no lucharon por la democracia, ya que la identificaban con la experiencia desastrosa de la república, lucharon en cambio por Dios y por España; o si se prefiere, por la preservación de la religión y de la unidad nacional. ¿Y los otros? El abad sugiere que que si en "Por Dios y por España" se cambia la "y" en "o" se encuentra el sentido de lo que sucedió realmente. Los rojos de a pie, en gran parte engañados por el "Himalaya de mentiras" de que hablaba Besteiro, creyeron también luchar por España contra los "invasores" alemanes e italianos. Porque los jefes izquierdistas --los que luego se fugaron llevándose inmensos tesoros y dejando en la estacada a sus propios sicarios--, al ver que las cosas no les iban tan bien como pensaron al principio, se volvieron de pronto de un nacionalismo exaltado, con vistas a movilizar a los ingenuos. Y eso fue, lisa y llanamente, lo que ocurrió. Decía Goebbels, al parecer maestro de esa televisión sueca, que una mentira muy repetida se convierte en verdad. Yo creo que por mucho que se repita, o por mucho que se la dé por cierta, no deja de ser una mentira.
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Pues claro: dentro están bien apoltronados, ¡como para cuestionar nada! Qué pandilla.
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De mangantos y mangantas.
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Dos conquistadores frustrados
Vuelven a ilustrar aquel espíritu casos como el de Gonzalo Jiménez de Quesada en Colombia o el de Pedro Valdivia en Chile. Jiménez, intelectual y abogado formado en Salamanca, optó por ir a combatir a Italia, como tantos, y luego por la incertidumbre de las Indias. En 1536 llegó a Colombia Pedro Fernández de Lugo, ya con sesenta años, para someter a los indomables indios de la costa y explorar el interior, pero murió enseguida y el más joven Jiménez de Quesada (33 años), cordobés o granadino, quedó encargado de remontar el río Magdalena. Salió con una expedición de 800 hombres, de los que al cabo de seis meses quedaban doscientos: los demás habían muerto de fiebres, privaciones y heridas. Aun así, Quesada prosiguió a través de selvas, montañas, ciénagas y ríos hasta un altiplano donde encontró alimentos, esmeraldas y oro. Sobre la marcha había sabido de la supuesta existencia de un lugar llamado Eldorado o El Dorado, pródigo en oro, mito que habría de consumir muchas vidas. Al llegar al altiplano en 1537, con apenas ciento sesenta hombres, fundó la población de Santa Fe, futura. Pero al poco se acercaban a aquel lugar remoto otras dos huestes inesperadas: una de alemanes y españoles, mandada por Nicolás Federmann y otra enviada por Pizarro desde Quito, dirigida por Sebastián de Belalcázar. Los tres capitanes decidieron volver a España para que el rey decidiera el reparto de la zona.
La presencia de los alemanes se debía a que Carlos I, para satisfacer deudas, había cedido a la banca Welser la colonización y explotación de Venezuela. Pero los alemanes tuvieron poca suerte. Uno de sus capitanes, Alfinger murió por una flecha india; otro, Hohermuth, buscó también Eldorado, pero enfermó y falleció; un tercero, Hutten, cruel gobernador, fue ejecutado, junto con Bartolomé Welser, por Juan de Carvajal, debido a disputas de poder. Carvajal sería condenado y ajusticiado después. Y Federmann, moriría en prisión, en Valladolid, tras querellas con sus patronos, los Welter. Y así terminaría la aventura alemana, que en ningún momento buscó colonizar el territorio, sino solo oro.
Así, Carlos I repartió el territorio hoy colombiano entre Jiménez y Belalcázar. El primero quedó diez años en España, dedicado a escribir, pero volvió a Colombia, donde siguió escribiendo crónicas de los viajes, reflexiones políticas o un tratado militar. Por desgracia de sus libros solo hay referencias indirectas, pues todos se perdieron excepto su
Antijovio, refutación de los ataques del obispo italiano Paulo Jovio contra los españoles con motivo de las guerras de Italia, que Jiménez conocía de primera mano.
Jiménez de Quesada fue quizá el primer europeo que descubrió la utilidad alimenticia de la patata, y usó el petróleo para calafatear barcos. Empleaba la violencia si lo juzgaba preciso, pero procuraba evitarla y dedicaba a los caciques indios discursos peculiares: "Debemos tratar de muchas cosas tocantes a tu alma y a las almas de tus vasallos". Deploraba los robos y peleas entre españoles y chibchas, una cultura no civilizada que trabajaba con notable arte joyas de metales preciosos. Los indios, clamaba Jiménez, "son hombres como nosotros, y todo hombre tiene natural inclinación a ser amigo de quien le trata con amistad. Y así de estos indios no hemos de tomar más de lo que nos quisieran dar, porque, al fin, todo cuanto vamos pisando es suyo por derecho natural y divino y el dejarnos entrar es gracia que nos hacen, y de justicia nada nos deben".
Teniendo sesenta años, ya en 1569, Jiménez marchó con más de 1.500 indígenas, 400 españoles y 8 sacerdotes, en busca de Eldorado: después de tres años de inútiles y terribles marchas volvieron sin hallar nada, habiendo perecido todos los alistados menos 4 indios, 64 españoles y 2 sacerdotes. Milagrosamente, Quesada, ya anciano, había sobrevivido; y aún duraría hasta 1579, falleciendo de lepra.
Interés no menor tiene el fracaso parcial de Pedro de Valdivia, que había cometido al lado del Gran Capitán, en la guerra de los comuneros, en la conquista de Venezuela y en la del Imperio inca. Allí pudo terminar su carrera, pues logró una encomienda y una mina de plata provechosas. No obstante, en 1538 pidió permiso a Pizarro para ir a Chile, donde había fracasado Almagro el año anterior tras sufrir las calamidades del desierto de Atacama, acaso el más riguroso del planeta, y donde no había fama de que existieran muchas riquezas. "Os habéis vuelto locos", respondió Pizarro, pero dio el permiso, aunque no ayuda económica. Valdivia quería "dejar fama y memoria de mí" arrostrando los mayores desafíos, y hacerse gobernador del nuevo territorio. Salió con 150 soldados, dos clérigos y 2.000 nativos auxiliares. Durante la infernal travesía de Atacama encontraron cadáveres momificados de gente de Almagro, estuvieron muy cerca de morir de sed y de fatiga, y unos rivales por el mando estuvieron a punto de asesinar a Valdivia. Por fin salieron a tierras más acogedoras, que el conquistador ocupó en nombre del rey de España, sin citar a Pizarro, causando descontento en la hueste.
Pero a la prueba del desierto siguieron agotadoras luchas con los nativos, difíciles de doblegar por su dispersión y descentralización. Había recibido pequeños refuerzos de Perú y creó puestos y fuertes que llegarían a convertirse en ciudades, hasta que, en un lugar fértil y con algún oro fundó la ciudad de Santiago. Tuvo al principio colaboración de los indígenas pero estos tramaban una rebelión, al paso que algunos españoles intrigaban para asesinarle y retornar a Perú. Se libró por poco, ahorcando a cinco conjurados, y de inmediato hubo de afrontar la temida rebelión de los indios. Estos retiraron todos los alimentos del alcance de los colonos, destrozaron el lavadero de oro y mataron a varios soldados. Valdivia apresó enseguida a varios caciques, esperando así paralizar el ataque, pero este se redobló, por rescatar a aquellos. Miles de indios asediaron Santiago cuando Valdivia estaba fuera y prendieron fuego a las casas, hechas de madera. En un momento estuvieron muy cerca de acabar con el enclave y todos sus moradores, cuando la amante de Valdivia, Inés de Suárez, tuvo la idea de decapitar a los caciques presos, y lo hizo ella misma, ante la vacilación del guardián. Mostró una cabeza a los nativos y estos, extrañamente, se arredraron y suspendieron el asalto.
Los colonos habían quedado en la miseria, perdida la mayor parte de los caballos, quemadas las casas con la ropa y demás hacienda, sin más alimentos que tres cerdos, dos pollos y algo de trigo para las mil personas que quedaban, entre españoles y auxiliares indios. Pero reconstruyeron la "ciudad" fabricando adobes para evitar un nuevo incendio, y del mismo material alzaron un muro en torno. Asumiendo un hambre extrema, sembraron los granos de trigo que les quedaron y procuraron reproducir los animales, alimentándose entre tanto de frutos silvestres, ratones etc.; pero sobrevivieron. La paz con los nativos les dio algún alivio, pero debían defender día y noche sus sembrados. Muchos decidieron seguir hacia el sur, lo que iba a extender la guerra con los temibles araucanos o mapuches; y prosiguieron las intrigas contra Valdivia.
Entre tanto habían pasado nueve años, Francisco Pizarro había sido muerto y su hermano Gonzalo se había rebelado contra las normas del rey, que modificaban a favor de los indios el régimen de encomienda hasta casi abolirla. Valdivia fue a Perú a ofrecerse al enviado regio, La Gasca, y traer refuerzos, para lo cual engañó a los suyos y les llevó el poco oro que conservaban, pues sin él no reclutaría a nadie en Perú. Contribuyó a sofocar la rebelión y volvió con 200 soldados, para encontrar una de sus fundaciones arrasada y muertos treinta soldados por los indios. Para empeorar las cosas, enfermó gravemente de malaria. Emprendió, pese a todo, varias campañas contra los tenaces mapuches, y en una de ellas batallas hizo amputar a los presos la mano derecha y la nariz, dejándolos libres para que atemorizasen a los suyos; pero consiguió lo contrario. En 1553, yendo con unos pocos compañeros, cayó en una emboscada. Acosado al extremo preguntó a los que aún seguían vivos: "Caballeros, ¿qué hacemos?" Un capitán le respondió: "¡Qué quiere vuestra señoría que hagamos sino que peleemos y muramos!". Valdivia y un fraile escaparon por milagro, pero sus caballos se metieron en una ciénaga y fueron capturados. Valdivia fue sometido a feroces torturas durante tres días, cortándole, con conchas de marisco aguzadas, miembros y trozos de carne que sus torturadores cocinaban y comían delante de él. Ya muerto, le extrajeron el corazón y lo comieron, limpiaron su cráneo y tomaron en él
chicha, una bebida alcohólica.
Pese a todo, el fracaso de Jiménez de Quesada y el de Valdivia no fueron definitivos. Los dos son los fundadores respectivamente de Colombia y de Chile, como el más exitoso Cortés lo es de Méjico y Pizarro de Perú, Ecuador y Bolivia.