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14 de Octubre de 2010 - 08:25:28 - Pío Moa
Una parte de la necesaria rebelión cívica contra un gobierno anticonstitucional y delincuente son las pitadas. Donde apareciera un miembro de la chusma política –y con las debidas excepciones-- debía estar un grupo de ciudadanos abucheándole. Insisto, no se trata de una actitud indiscriminada, no se trata de imitar los abucheos, agresiones e intentos de asalto a sedes de un gobierno y un partido (entonces) constitucional, como era el de Aznar, sino de protestar con la mayor energía posible contra un gobierno que pisotea
Con su natural talante totalitario, la ministra Burrianes (en realidad todo el gobierno es Burrianes) ha amenazado con tomar medidas contra las pitadas. Estos canallas piensan que los ciudadanos tienen que, o bien aplaudir sus fechorías o quedarse quietos y callados. Pero no. E insultando la inteligencia,
Aun tiene más gracia la cosa cuando se quejan de que se interrumpiera el homenaje a los caídos. ¡Qué mayor insulto a los caídos que ver a esos políticastros traidores a España y a la democracia haciendo la farsa del homenaje!
Se trata de que la oposición de la calle supla a la de un PP lacayo de los Burrianes. Hay una indignación muy amplia, pero soterrada y confusa, a la que nuestros corrompidos políticos intentan privar de cauce. Pero el cauce debe abrirse, y la pitada ha sido un buen ejemplo.
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“Los pastores protestantes (…) no atribuyeron la hambruna al fracaso de Inglaterra por no actuar a tiempo y con el suficiente esfuerzo e interés, sino a la mano de
No hay ninguna prueba histórica que implique al gobierno británico en una conspiración para exterminar a la población de Irlanda, pero muchos funcionarios del gobierno, así como sus consejeros, veían la hambruna como una solución, enviada por Dios, a la llamada cuestión irlandesa. Uno de ellos fue Nassau Senior, catedrático de economía política en Oxford y firme defensor de la postura del erario británico. Senior no vacilaba a la hora de manifestar su opinión (…) y tras exponérsela a un colega de Oxford llamado Benjamín Jowett, este último exclamó: “Siento un cierto horror hacia los economistas políticos desde que oí a uno de ellos decir que temía que la hambruna (…) en Irlanda no mataría a más de un millón de personas, ya que eso apenas serviría de algo”. Este frío lamento (…) era compartido por los miembros del gobierno, que hablaban públicamente de los irlandeses como si no pertenecieran al género humano (…) Sir Charles Trevelyan había señalado que “al estar completamente fuera del poder de los hombres, el remedio ha sido aplicado por el golpe directo de una Providencia omnisciente, de un modo tan inesperado e imprevisible como lo eficaz que probablemente resultará”
“Cuatrocientas mil personas habían muerto ya en Irlanda y el gobierno seguía refiriéndose al asunto como “una desgracia local”. Tampoco olvidaban los irlandeses que tras el Gran Incendio de Londres en 1666, cuya llamas estuvieron cinco días destruyendo prácticamente la ciudad (…) los irlandeses ayudaron a los desdichados londinenses con veinte mil cabezas de ganado, cuyo valor en 1846-47, cuando los irlandeses morían de hambre, excedía con mucho la ayuda enviada a Irlanda desde Inglaterra y Europa (…) Un gestor gubernamental de estadísticas, el capitán Larcom, estimó que el valor total de la producción agrícola de Irlanda en ese año (…) era suficiente para alimentar , al menos durante los desesperados años de la hambruna no solo a los ocho millones de personas que vivían en Irlanda, sino a muchos más (…) Trevelyan no podía desconocer lo que ocurría con toda esa producción. Durante ese período, en todos los puertos de Irlanda, por cada buque que llegaba con maíz desde Estados Unidos, media docena de buques británicos zarpaban con trigo, avena y ganado irlandeses. Pero para Trevelyan y para la mayor parte de los miembros del Parlamento, Inglaterra estaba libre de cualquier culpa, porque todos estaban de acuerdo en que “no se debe intervenir en el curso natural del comercio” (…) . Bajo el dominio británico, Irlanda era impotente para reaccionar ante la plaga como hicieron otros países. La patata se había convertido en un alimento básico porque todos los demás alimentos que producía Irlanda estaban destinados, bajo la estrategia económica de Gran Bretaña, a ser consumidos en cualquier otro lugar. Era esta estrategia, más que la pérdida de vidas entre los irlandeses, lo que los funcionarios del gobierno británico consideraban sagrado.
Otro inglés, William Bennet, contradijo la atribución de la catástrofe a
(En Thomas Gallagher Hambre en Irlanda. La elegía de Paddy, pp. 84 y ss)
Por supuesto, no todos los ingleses pensaban así, y hubo algunas protestas y medidas de ayuda, pero en conjunto fueron ineficaces, por no decir insignificantes, como demuestra la amplitud de la catástrofe.
Hay que decir también que la mayor y mejor parte de la tierra irlandesa estaba en manos de terratenientes ingleses, que las habían usurpado en las sucesivas invasiones de la isla y aprovecharon la Gran Hambruna para extender sus propiedades. El sistema era que los irlandeses arrendaban la tierra de los terratenientes para producir ganado, cereales y patatas, y su parte final consistía en estas últimas, con las que alimentaban además a algunas gallinas. Por ello estaban condenados a una miseria perpetua. Al pudrirse las patatas, los terratenientes continuaron exportando los restantes alimentos, protegidos por las fuerzas armadas británicas.
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****Blog: Resumiendo mucho, de Nueva historia de España: Leovigildo hizo mucho más que acabar con el reino suevo: creó un estado nuevo identificado con España, abolió la prohibición de matrimonios entre godos e hispanolatinos, comenzó la igualación de las leyes para unos y otros, y persiguió sistemáticamente una política de reunificación de la Hispania romana contra otros poderes y contra los bizantinos (cuyo estado, no obstante, trató de imitar). Con él, y no antes de él, existe un proyecto y realidad de estado español. Antes, los godos eran solo una minoría semicivilizada, que había migrado presuntamente desde Suecia por Polonia, Ucrania y el sur del continente, que no se identificaba con los pueblos donde se asentaba y que podía haber seguido su marcha hacia el norte de África, como habían hecho los vándalos, o reemprender la vuelta hacia las Galias o Italia. A partir de Leovigildo hay una identificación fundamental con el territorio y la población de España, que se convierte en el país más civilizado de Europa, después de Italia, un proceso del que ya no hay marcha atrás cuando su hijo Recaredo adopta el catolicismo de la mayoría. Leovigildo fue propiamente el primer rey de España, y con él comienza un sentimiento patriótico español bien visible en Isidoro de Sevilla. A Clodoveo suele considerársele el fundador de Francia, pero el reino franco siguió una tendencia dispersiva, rompiéndose en diversos reinos, mientras que el visigodo, una vez se convirtió en hispano-godo, manifestó una tenaz orientación unitaria.