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24 de Octubre de 2009 - 11:34:09 - Pío Moa
El verdadero talón de Aquiles de la Restauración iba a ser esa guerra. En 1868, al abrigo de la "Revolución Gloriosa" en España, algunos rebeldes proclamaron la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud. Contaban con dos robustos aliados, Usa, que los ayudaba con el designio de dominar la isla antes o después, y las enfermedades tropicales, que diezmaban a las tropas españolas. Fueron precisos diez años para someter la rebelión. En 1879-80 fracasó una nueva insurrección y Madrid abolió la esclavitud... a medias, porque continuó unos años más en formas disimuladas. Y en 1895 comenzó una nueva contienda, que iba a ser la definitiva.
Cuba, como Filipinas, era parte de España en teoría, pero en la práctica los naturales tenían menos derechos que los de la metrópoli. La mayoría de los cubanos no deseaba la secesión, pero sí autonomía e igualdad de trato. Aunque Cuba no era pobre, apenas tenía industria, cuyos productos le suministraba sobre todo Barcelona en régimen casi de monopolio, si bien socavado por el intenso contrabando de géneros useños más baratos. De hecho, por medio de inversiones, Usa englobaba cada vez más a la economía cubana, y había propuesto a España, en balde, comprar la isla. Generales como Martínez Campos y Polavieja preconizaban la autonomía como un modo tranquilo y satisfactorio de llegar a una independencia inevitable a la larga, y de mantener la isla al margen del "destino manifiesto" useño. Cánovas, en cambio, adoptó una postura intransigente, en la que entraban, además de sus prejuicios contra los negros y su aversión a las apetencias anexionistas de Usa, la presión de hacendados e industriales que tenían en Cuba un mercado privilegiado y mantenían el esclavismo. Estos creían posible someter cualquier revuelta, sin importar el coste, y se beneficiaban de una extendida corrupción.
El resultado fue un verdadero cáncer para el nuevo régimen hispano. Entre 1895 y 1898 perdieron la vida 55.000 soldados, todos menos 2.000 víctimas de la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales. El país tuvo que pechar nuevamente con el mantenimiento allí de otro ejército de 200.000 hombres, dispendio gigantesco para una economía que convalecía de la ruina anterior. El cuerpo de generales, jefes y oficiales superó en mucho la proporción normal de oficiales-soldados en los más eficientes ejércitos francés, alemán o inglés. Abusos como el de los "soldados de cuota", aquellos que podían permitirse redimir con dinero el servicio militar o pagar un sustituto causaban un sordo malestar social, además de corroer el espíritu militar. La guerra, así, sangraba al país, literal y económicamente, y sembraba el descontento social. Guerra inútil, además, porque Usa constituía un santuario seguro para los independentistas, donde podían reorganizarse y desde el que podían volver una y otra vez a la carga.
Aún así, a partir de 1896 la rebelión retrocedió con rapidez gracias al general Weiler, que la acosaba sistemáticamente y concentraba a parte de la población rural en zonas fuera del control insurgente. De inmediato se alzó en Usa una ola de denuncias de la inhumanidad de Weiler, sobre todo en la masiva prensa amarilla de William R. Hearst. Contra esta propaganda luchaba en Usa la Junta Patriótica Española, impulsada por el multimillonario guipuzcoano José Navarro Arzac, que había hecho en aquel país una fantástica carrera como naviero, dueño de una cadena de hoteles, de seguros, etc. Es difícil saber cuánta verdad había en aquellas acusaciones, pero, en todo caso, fueron jaleadas como fidedignas por el Partido Liberal, para atacar a Cánovas. Sagasta clamó: "Después de haber enviado 200.000 hombres, de haber derramado tanta sangre, no somos dueños en la isla de más terreno del que pisan nuestros soldados". En realidad ello ocurría más bien con los rebeldes, y no se había derramado "tanta sangre", pero la prensa useña recogió ávidamente sus palabras. Moret, también del Partido Liberal, calificó la estrategia de Weiler como "destrucción y exterminio". Para Silvela, disidente de Cánovas, la guerra era dirigida "sin orden ni concierto", "asolando y destruyendo". Weiler comentará en sus memorias, citadas por el historiador Carlos Seco Serrano, que aquellos políticos debían haber ido a Cuba a comprobar que "los que habían quemado ingenios y pueblos enteros y volado trenes de pasajeros eran solo los insurrectos".
Para 1897, la rebelión estaba anulada en la mayor parte de la isla. Hearst mandó un periodista a Cuba para dar testimonio de las acciones rebeldes, pero este telegrafió que no encontraba nada que fotografiar. El magnate le replicó: "Usted aporte las fotos y yo aportaré la guerra". Y la situación entró en una nueva fase. Era también una muestra clásica de manipulación de la opinión pública.
Harto menos peligro, aun si creciente, tenía el problema filipino, donde la Katipunan, ("Asociación") emprendió la rebelión armada en 1896, con apoyo useño a través de Hong Kong. Un precursor de la rebeldía fue el tagalo José Rizal, que solo pedía autonomía e igualdad de derechos y había escrito dos novelas muy críticas de la opresión colonial y frailuna, probablemente exageradas: Filipinas había vivido casi cuatro siglos pacíficamente, excepto por las revueltas musulmanas de Mindanao. En desacuerdo con la violencia y sintiéndose español, se presentó como médico militar en Cuba. Al comenzar la acción armada fue arrestado como instigador de ella, lo que no debía ser cierto y, en una reacción desorbitada, condenado a muerte. Escribió entonces un emotivo poema Mi último adiós, que inspiraría a movimientos anticolonialistas por todo el Extremo Oriente. Tenía al morir 35 años, y recuerda en parte a José Martí, líder de los independentistas cubanos, que murió en combate en 1895, con 42 años, al reanudarse la guerra que él mismo decidió. Los dos eran intelectuales, buenos poetas y narradores, y los dos fueron masones, aunque Rizal murió dentro de la Iglesia.
El 8 de agosto de 1897, Cánovas del Castillo fue asesinado por el anarquista italiano Angiolillo. Este afirmó haberlo hecho en venganza por la ejecución de presuntos autores de un atentado contra una procesión, en Barcelona, causante de numerosos muertos y heridos, pero muchos indicios apuntan al Caribe. Angiolillo había tratado con el puertorriqueño Emeterio Betances, promotor de la rebelión en su isla y en Cuba, y había sido protegido en Madrid por el republicano José Nakens, que en 1906 volvería a estar complicado en un atentado, el tremendo de la calle Mayor de Madrid. Siendo de tendencias políticas diferentes, el lazo entre todos ellos bien pudo ser la masonería, pues Nakens y Betances, probablemente también Angiolillo, pertenecían a esa orden.
Asesinado Cánovas, sería Sagasta quien afrontara la guerra de Cuba. Sus primeras medidas consistieron en sustituir a Weyler por el general Blanco, que había fracasado en Filipinas, y ofrecer la autonomía a Cuba. Pero esta oferta llegaba tarde, y Blanco solo consiguió retroceder de lo avanzado por Weyler, favoreciendo la rebeldía. En febrero de 1898 explotó en la bahía de La Habana el crucero useño Maine, lo que tomó Washington como pretexto para declarar la guerra a España, aunque la explosión fue interna, por causas desconocidas, sin haber sufrido el buque ningún ataque exterior. No faltaron las sospechas de un autoatentado para justificar la guerra.
Como fuere, la guerra siguió su curso. Usa no solo era la primera potencia económica del mundo, también estaba situada estratégicamente al lado de Cuba, y a mitad de distancia entre Filipinas y España, esta muy alejada de Cuba y alejadísima de Filipinas. Desde luego, tenía todas las de ganar en una contienda larga, pero no era seguro que venciera en una corta, y un revés claro al principio podría haberle contenido. La armada española poseía buques modernos y era más veloz que la contraria, aun si algo inferior en potencia artillera y acorazados; los mandos useños eran mediocres, y en vísperas de la lucha desertaron numerosos marineros, indicio de una moral no muy alta; además, la infantería española en Cuba, aun con moral decaída y con la mitad de la tropa permanentemente enferma, seguía siendo numerosa, mejor adiestrada que la que pudiera desembarcar Usa, y disponía de mejores fusiles y cañones. La diferencia, por tanto, distaba mucho de ser decisiva, y todo dependería de cómo se condujese la acción.
España podía jugar su mejor baza aprovechando la velocidad y atacando las costas y el comercio contrarios, perspectiva que provocó el pánico en algunas regiones litorales useñas, cuya población se retiró al interior. Había mandos dispuestos a llevar adelante esta estrategia, pero, por motivos poco claros, los políticos prefirieron encomendar la expedición al almirante Cervera, que era abiertamente derrotista y no quería mandarla. Cervera desoyó el consejo de subordinados más acometivos, como Bustamante, marino experto e inventor de un nuevo tipo de mina, o Villaamil, inventor del destructor, modelo de buque de gran futuro en todas las flotas del mundo. De hecho, Cervera aseguró con sus movimientos la ventaja enemiga, hasta encerrarse en la bahía de Santiago de Cuba, donde fue bloqueado por la armada del almirante Sampson. Este pudo aplicar allí en las mejores condiciones su superior artillería pesada, pues la salida para las naves españolas era un estrecho canal por donde debían pasar una a una. En el combate final, el 3 de julio, los españoles perdieron toda la escuadra y tuvieron 350 bajas entre muertos y heridos, contra un muerto y contados heridos los useños.
Dos meses antes el almirante Montojo, que defendía Cavite, a la entrada de la bahía de Manila, había mostrado dotes similares a las de Cervera. Su escuadra era peor que la useña del almirante Dewey, pero no se trataba de un conjunto de "barcos de madera", como diría la leyenda, y tenía a su favor la artillería costera. Su enemigo, por falta de bases próximas, fracasaría si no lograba ganar decisivamente al primer choque. En el primer envite, Dewey gastó gran parte de su munición sin haber hundido un solo buque, aunque incendiara varios, por lo que ordenó la retirada. Pero Montojo se dio al mismo tiempo por vencido y marchó a Manila. La moral de sus subordinados se vino abajo, algunos barcos ardieron sin ser apenas contenidos, hasta estallarles la santabárbara. El panorama reanimó a Dewey, que lo intentó de nuevo en un ejercicio casi de tiro al blanco, sin encontrar ya la enérgica respuesta de la primera ocasión. Montojo, además, rindió intacto el arsenal, que los useños aprovecharon para nuevas operaciones.
En los encuentros navales secundarios, señala el historiador Agustín R. Rodríguez, los useños, con superioridad abrumadora, "solo registraron dudosos triunfos y hasta fracasos, al enfrentarse a mandos más decididos y tenaces". El espionaje español actuó con eficiencia y audacia, proporcionó información correcta y logró distraer fuerzas considerables del enemigo. Y en Filipinas un pequeño destacamento resistió durante casi un año, gesta indicativa de un valor desaprovechado por mandos de baja calidad. Probablemente Montojo y Cervera habrían sido sumariados y lo habrían pasado muy mal de ser ingleses, pero la investigación en España no llegó a nada. El segundo, en todo caso, habría podido aducir que la misión le fue impuesta contra su voluntad.
La lucha en tierra cubana, que pudo haber sido favorable a los españoles, como demostraron algunos episodios, terminó enseguida gracias a la iniciativa del general Blanco, que emuló a Cervera en acierto e ímpetu. Se propuso a los insurrectos luchar conjuntamente contra Usa, pero la propuesta fue desoída. A su vez, los useños no tomaron en cuenta a los cubanos al hacer la paz, y la isla se convirtió en una semicolonia. En Filipinas siguió una guerra de Usa contra los independentistas, que fueron aplastados con métodos mucho más duros que los usados por los españoles.
La paz, humillante para España, se firmó en París, el 10 de diciembre. La "espléndida guerrita", como se la llamó en Usa, había aportado a esta los restos del imperio que España había labrado desde finales del siglo XV: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; las islas Marianas, Carolinas y Palaos pasaron a Alemania. La contienda había durado tres meses y el número de caídos en combate por ambas partes no pasaba de unos centenares, más algunos miles por enfermedades, también en los dos bandos.
El modo como ocurrió la derrota provocó en España una marejada de amargas acusaciones y contraacusaciones. Se acusó al gobierno de haber enviado adrede la flota al desastre para llegar a la paz cuanto antes, pero eso es improbable. El desastre no estaba garantizado, y habría sido intolerable entregar sin lucha una isla tan ligada sentimental y económicamente a España y por la que se habían hecho tan enormes esfuerzos.También se ha criticado a posterior, el tono patriotero de la prensa y los políticos; pero otro tanto pasaba en Usa, y nada más normal que animar, y no deprimir, el espíritu de lucha.Los militares salieron con escasa honra, y la población, que había apoyado entusiásticamente a sus tropas, acogió la derrota con desánimo y hastío. Sin embargo, y contra las esperanzas de los republicanos y otros, apenas hubo rebeldía contra el régimen. Silvela diagnosticó una "España sin pulso", los hechos demostrarían su error. Pero el "Desastre" del 98 marcó el final de la etapa ascendente de la Restauración. Comenzaba otra fase, con enemigos internos mucho más enconados.