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13 de Marzo de 2010 - 10:20:58 - Pío Moa
Espero sus aceradas observaciones críticas:
Se ha solido fechar el comienzo de la transición, y yo mismo lo he hecho, en 1973, después del asesinato de Carrero Blanco, pero parece más adecuado hacerlo en 1969, cuando se decide la sucesión en Juan Carlos y dentro del régimen se acentúan las divisiones entre los llamados evolucionistas e inmovilistas, entre el sector azul y el tecnocrático, y
Aunque en 1969 Franco era ya anciano y parece haber contraído entonces el mal de Parkinson, lenta enfermedad degenerativa del sistema nervioso, se conservaba bien, mental y físicamente, y, procediendo de familia longeva, podría durar aún muchos años en el poder, acaso hasta edad comparable a la del alemán Adenauer. Pero dentro y fuera de España crecía la preocupación por el destino del país una vez falleciera. Una advertencia de calado provino del Vaticano. El 23 de junio, el papa Pablo VI, en una alocución al Colegio Cardenalicio, expresó su “inquietud” por España, propugnando “un ordenado y pacífico progreso” en que “no falte una inteligente valentía en la promoción de la justicia social”. Dado que el régimen se jactaba precisamente de su justicia social y de su ordenado y pacífico progreso, las palabras del papa encerraban un ataque. El ministro del Plan de Desarrollo, Laureano López Rodó, comentó a Franco: “Esto nos hace ver que en los ambientes vaticanos se considera al Régimen en sus postrimerías. (…) Pienso que lo mejor sería (…) designar sucesor al Príncipe Don Juan Carlos, de 31 años, que va a garantizar la continuidad, va a darnos otros treinta años de paz y que cuenta, si es preciso, con el respaldo de las Fuerzas Armadas. La designación del sucesor aseguraría una perfecta soldadura del presente con el futuro”.
Desde 1946, España había quedado definida como reino, reafirmado por referéndum al año siguiente, pero sin monarca mientras viviese el Caudillo. La sucesión en Juan Carlos debió de tenerla decidida Franco desde su entrevista con Don Juan en 1948, en la cual se acordó que el infante, entonces con diez años, se trasladase a España para cursar sus estudios y formación militar. Pero, con lentitud característica y previendo diversas contingencias, no se decidió al nombramiento oficial hasta 1969. El 21 de julio expuso a sus ministros: “Los años pasan (…) voy a cumplir 77 (…) He querido enfrentarme a esta realidad. No debo dejar sin resolver la incógnita del sucesor porque (…) el riesgo es grande de que, en la crisis que habría de provocar mi desaparición de la escena, los grupos y grupitos de intrigantes renacieran y se produjera una situación confusa. (…) La persona que voy a proponer es el Príncipe Don Juan Carlos, que es un hombre de magníficas cualidades y pertenece a
Aparte del príncipe Juan Carlos, otros personajes se consideraban con derechos, en particular el carlista Carlos Hugo, que iba derivando hacia posturas comunistoides, algo en verdad sorprendente en aquel partido, y había habido alguna especulación con Alfonso de Borbón Dampierre, primo del príncipe. Pero el mayor escollo legitimista provenía de Don Juan, hijo de Alfonso XIII y padre de Juan Carlos, que invocaba su derecho como heredero legítimo de la corona y se veía así postergado por su hijo. Otros intentaban que no hubiese rey, sino regente.
Don Juan había quedado descartado hacia el final de la guerra mundial cuando, creyendo al régimen a punto de caer por la intervención de los Aliados, había apoyado las presiones exteriores. A los ojos de Franco, ello le había descalificado como persona oportunista y poco entera, que no había extraído lecciones de
Poco antes había hablado con su padre: “Si, como yo creo, se me invita a aceptar, ¿qué harás tú? ¿Es que hay otra solución posible distinta de la que Franco decida? ¿Eres capaz tú de traer la monarquía?”. La irritación de Don Juan fue manifiesta y, guiado por sus consejeros Areilza, Sainz Rodríguez y García Trevijano, declaró ante la prensa internacional que la decisión de Franco contrariaba “la tradición histórica de España”, denunciando que no se había consultado con él “ni con la voluntad libremente expresada del pueblo español”, y reiterando su deseo de ser “Rey de todos los españoles” como “poder arbitral por encima y al margen de los grupos”, dentro de una “representación auténtica popular”, “garantía integral de las libertades colectivas e individuales” e integración en el marco político de
Otra oposición a Juan Carlos provenía de sectores falangistas antimonárquicos, que propugnaban un “regencialismo” a desempeñar por algún militar o personalidad política, arguyendo que tanto Don Juan como su hijo, “fueran cuales fuesen sus declaraciones y juramentos, demolerían el Estado del 18 de julio”.
A principios de año, y ante la aproximación del suceso, varios ministros lograron declarar un estado de excepción en el país so pretexto de algunos disturbios universitarios en Madrid y Barcelona. La medida parecía muy excesiva para la magnitud del desorden, y sus promotores intentaron prolongarla, quizá para retrasar la decisión sucesoria, pero López Rodó consiguió cortarla a los tres meses. Los políticos contrarios al príncipe demandaron en vano la ausencia de Franco en la votación de las Cortes, a fin de evitar su influjo. Los procuradores recibieron cartas llamándoles a votar NO la designación de Juan Carlos, arguyendo que “todos sabemos que este paso no garantiza el futuro de
El día 22, en las Cortes, 491 procuradores votaron a favor, 19 en contra y 9 se abstuvieron. Juan Carlos, dio un fuerte abrazo a López Rodó, que tanto había trabajado a su favor, y le comentó, “con pena”, cómo la gente suele uncirse al carro del vencedor: su padre solo había recibido “cincuenta telegramas y ochenta y tres llamadas telefónicas; en cambio a él le habían llegado las felicitaciones por millares”
En realidad, como señala con bastante justeza el ex ministro Licinio de
Con la incertidumbre de si finalmente Juan Carlos llegaría a ser aceptado por la mayoría de la población y de los grupos políticos, y de lo que haría llegado al trono, el régimen pareció culminar así su trayectoria y asegurar con firmeza su continuidad, con cambios, sin duda, pero sin afectar al marco de sus leyes. Aquel año se cumplían 30 desde el final de la guerra civil, tres décadas en las que el franquismo había desafiado y sorteado los mayores peligros, desde una entrada muy difícil de evitar en la contienda mundial al aislamiento y el maquis, había mostrado flexibilidad suficiente para cambiar la línea económica y presidir el “milagro español”, que llevaría al país al mayor acercamiento en siglos a la renta per capita de los países ricos europeos, y que tardaría muchos años en recuperarse después del franquismo; Franco había mantenido la unidad suficiente entre las tendencias interiores de su régimen, un logro bien difícil, y había triunfado una y otra vez sobre todos sus enemigos internos y externos. Sin embargo, aquel año el régimen entraba también en crisis.
****Los políticos ensalzan a un novelista para siempre que huyó de los homenajes. Como buitres, a sacar tajada del cadáver. La chusma