Pío Moa

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El terror rojo en España

28 de Septiembre de 2007 - 13:35:38 - Pío Moa

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Es extraordinario cómo la izquierda y los separatistas persisten incansables en sus versiones, perfectamente ficticias, sobre la guerra civil. En los años 70, diversos autores, en especial los hermanos Salas Larrazábal y Ricardo de la Cierva, desmontaron gran parte de su tinglado de argucias propagandísticas, pero a base de repetir las mismas como si nadie las hubiera rebatido, y de satanizar a los críticos, al estilo stalinista, con ayuda de los fondos públicos y medios manejados por la izquierda y la vergonzosa inhibición de la derecha, consiguieron imponer en la sociedad sus puntos de vista. Claro que desde entonces, la crítica creciente les ha obligado a retroceder un tanto. Su último baluarte era la represión, en torno a la cual han construido una serie de mitos que volvían inatacable el comportamiento de la izquierda, y doblemente culpable el de la derecha. Por algo el montaje de la “memoria histórica” reposa, precisamente, sobre esa pretensión: las víctimas del franquismo, supuestamente caídas en defensa de la libertad.

Sobre esa falsedad se elevaba una argucia: no podía dejar se reconocerse el terror masivo llevado a cabo por las izquierdas, que manchaba un tanto el “buen nombre” humanista y democrático de las mismas. Pero, claro, debíamos tener en cuenta que, por una parte, fue un terror causado por la sublevación fascista o franquista, una reacción defensiva al golpe militar; y que, por otra parte, se ejerció al margen de los deseos e intenciones del gobierno, los dirigentes y los partidos del Frente Popular, fue un terror popular, espontáneo y desordenado, nacido de una “opresión de siglos”. El terror derechista, en cambio tenía los rasgos contrarios: antipopular, sistemático, organizado de arriba abajo por una oligarquía ferozmente reaccionaria.

Hacía falta un libro que dejara las cosas en claro y documentara la doble falsificación. De hecho han salido un buen número de ellos tratando aspectos parciales, como la persecución religiosa, los crímenes en determinadas provincias, el caso de Paracuellos, etc. Pero este de Javier Esparza El terror rojo en España. Epílogo: el  terror blanco, es, como señala su prologuista Stanley Payne, el más completo y ordenado publicado hasta hoy. Esparza ha realizado un trabajo brillante, intelectualmente bien organizado, que demuele toda la fantasía propagandística creada al respecto. No fue “el pueblo” descontrolado, sino los partidos y sus dirigentes, el mismo gobierno,  quienes organizaron el  terror. Un terror preparado de largo tiempo atrás por una propaganda de odio, de una tosquedad brutal, en especial la antirreligiosa, pero efectiva. Otra cosa es que entre los diversos partidos del Frente Popular menudearan las rivalidades que les impedían un pleno control, y que terminaron en otro terror típico y olvidado, pero recordado por Esparza: el aplicado entre las propias fuerzas del Frente Popular.

El autor realiza una serie de aportaciones de gran interés, como un documento de Dimitrof sobre la responsabilidad de Carrillo en la matanza de Paracuellos, que corrobora lo que en realidad es evidente, salvo para algunos interesados de izquierda y unos pocos bobalicones de derecha. También aclara el proceso de creación del terror comunista, a menudo bajo el control del NKVD, por inspiración del cual creó Prieto el tenebroso SIM. Obsérvese: el socialista "moderado" Prieto lo crea, aunque aproveche sobre todo a los comunistas. El papel del PSOE en el terror –aunque sufriera también alguno por parte de sus aliados del PCE– y en el desencadenamiento de la guerra, es expuesto inapelablemente en el libro.

¿Qué decir del terror “blanco?  Tuvo grandes semejanzas con el rojo en un primer período, el más sangriento en los dos bandos, caracterizado por el hundimiento radical de la legalidad republicana. Después, conforme la guerra se iba decantando a favor de los franquistas, su persecución atendió sobre todo a la necesidad de asegurar la retaguardia. La represión de posguerra tuvo otro carácter, el de hacer justicia tal como la entendían los vencedores, castigando los crímenes del enemigo (no los propios, claro, pero esto ha ocurrido siempre).

A mi juicio, la cuestión clave en torno a estos tristes episodios gira en torno a cómo y por qué se destruyó la república. Hoy, después del fracaso de los historiadores de izquierda y separatistas en su intento de refutar la documentación y testimonios contrarios, no puede caber duda de que fueron unas izquierdas revolucionarias o jacobinas las que destruyeron una legalidad que ellas mismas impusieron al principio; una legalidad solo parcialmente democrática, pero con decisivos elementos de libertad susceptibles de desarrollo y asentamiento mediante las reformas que enseguida impuso la experiencia. Aquellos mismos destruyeron la ley, unos porque creyeron llegada la ocasión histórica de pasar de la “democracia burguesa” a la “revolución proletaria”; y otros porque, al no admitir la posibilidad de que la derecha gobernase, intentaron transformar el régimen en algo similar al PRI mejicano, seudodemocrático y muy masonizado. Contaron finalmente con la ayuda de Alcalá-Zamora, un derechista acomplejado y resentido que con su insensatez desató un proceso hasta entonces evitable.

Sin duda es una paradoja, impuesta por la propaganda, que a los destructores de la república –stalinistas, marxistas, separatistas, racistas, jacobinos, anarquistas– se les siga conociendo en todas partes como “los republicanos”. Esta paradoja define una mentira esencial.

En fin, un libro serio y sólido, muy bien escrito, y un golpe demoledor a la “memoria histórica” de los falsarios. 

Comentarios (114)

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101 riesgo, día 28 de Septiembre de 2007 a las 23:45
No denebola, yo creo que haces bastante bien
Y sí Ronin, el problema es que si los pisos siguen subiendo, por que hay turismo a rebosar que demanda, y los sueldos no suben, pues no te lo podrán comprar los españolitos, o te la comprarán por un precio justo si de verdad pretendes vender, por que todos, y más en Baleares, sabemos la mina del turismo en España, tanto conquistar mundo para hacernos con oro y ahora el oro lo tenemos en casa, siempre lo hemos tenido pero no hemos tenido posibilidad de explotarlo, pues no había el ocio y las comunicaciones que ahora tenemos

En baleares está la figura del heredero, es decir el que escoje la mayor y mejor parte, que siempre era tierra de interior, al segundon la zona de playa
Ni que decir tiene quien ha sido el sengundon hasta ahora, por que hace tiempo que incluso el interior es tambien deseado y ahora con la protección de la costa no se yo si seria posible hacer ciertas cosas, aunque posibilidades despues de ver las flores de emiratos árabes en el mar, infinitas
102 Ronin, día 28 de Septiembre de 2007 a las 23:51
Riesgo, tu vives en Ibiza claro. Allí es posible que haya turistas que se quieran comprar un piso en la isla.
Pero te diré que la inmensa mayoría de los turistas que vienen a España son estacionales, vienen a pasar las vacaciones, se alojan en hoteles o como mucho alquilan una casa para los meses de verano.
Turistas que quieran comprar un piso en España poquitos chaval.
103 tachuela, día 29 de Septiembre de 2007 a las 00:20
93 Riesgo.

La otra noche estaba usted transmutado y no quise dejar de hacérselo notar. Hace muchísimos meses que leo sus aportaciones en este foro y nunca le había visto así.

No tenía mayor importancia. Sobre todo viniendo de usted.

104 riesgo, día 29 de Septiembre de 2007 a las 00:59
Toda la costa está plagada de turismo , de una u otra manera, y por estos lares muchos turistas de poder adquisitivo alto compran casas, en el interior de España aún no, me imagino, pero aquí sí, y en todo el litoral mediterraneo, jubilados, y gente que considera tiene las conexiones necesarias para pasar una buena época a la semana o al mes en la costa española

Por eso sube el mercado inmobiliario nacional, aquí todo lo que se construye se vende, o se alquila rápidamente si así lo deseas, por que se necesita personal para la actividad turística, el lunes pasado he estado en Palma y el aeropuerto era un hervidero de gente, muchos en autobuses concetados, pero cola inmensa en los taxis, y ni que decir de reservas de coches alquilados, ni intentarlo

Así que hay un motor de cash en España, al menos en muchas regiones, que se trasforma en trabajo para una población bastante importante, pero no invento nada nuevo, Fraga dicen que és el autor de las vacaciones en España como mejor fuente de ingresos del mundo

Tachuela, si que estaba trasformado, es que hay dias que te encuentras cosas, y no en el ordenador, que te hacen replantearte muchas cosa, o te cambian el caracter, claro que al final del dia, o al dia siguiente vuelve la normalidad de aceptación de la realidad y de su análisis racional, o su intento
Al menos delante del ordenador, para distraerte ya tienes todas las teles del mundo, y muchas cosas más
Gracias por hacermelo notar, amigo Tachuela
105 asturovi, día 29 de Septiembre de 2007 a las 01:04
Compro una casa por 15 millones. A los 10 años, la vendo por 30. Como necesito una casa, compro una por 35. ¿Cuanto gano? Nada.
Solo ganan los que compran casa para invertir, no para vivir. El que compra casa para vivir, y vende, necesita otra casa para vivir y vuelve a comprar.
106 riesgo, día 29 de Septiembre de 2007 a las 01:13
Pues tienes razón, pero recuperas más de lo que has pagado por ella, si cojes la pasta y te vs de alquiler con opción compra, o no?
La pasta vuelve a tí, y más cuanto más caro la vendas.
Lo que suele pasar es que se empieza por una casa de quince millones y luego puedes pagarte una de treinta con mayor confort para la familia, por que una vez empufado y cumpliendo el crédito no disminuye, sino aumenta, claro que todo el mundo no tiene por que comprar para vender, sino para vivir y tener herencia para los suyos, o para al final de su vida hacer lo que le salga de los mismisimos la temporada que le llege para vivir de alquiler y disfrutar de la vida
Lo que és un gasto es tambien un ahorro, y una posibilidad de hacer hacienda que no és poco, no?
107 asturovi, día 29 de Septiembre de 2007 a las 01:16
Compras un techo para vivir, no haces un negocio.
108 Sherme, día 29 de Septiembre de 2007 a las 09:59
Del libro de Michael Burleigh "CAUSAS SAGRADAS" (Edit Taurus):
"ANTROPOLOGÍA FASCISTA

El marxista Benito Mussolini era una estrella en ascenso en el ala izquierda revolucionaria del Partido Socialista Italiano. A partir de 1912 fue miembro de su comité ejecutivo y director de Avanti, el principal periódico de los socialistas, ya que el periodismo era el verdadero oficio de Mussolini.
Procedía de la Romaña, una de las regiones italianas más anticlericales, un rasgo muy presente en su padre, un herrero anarquista, aunque su madre, Rosa Maltoni, maestra, era bastante piadosa. Su historia resultaría útil más adelante, cuando Mussolini necesitase unos antecedentes más convencionales. A diferencia de Hitler, Mussolini había leído mucho y estaba informado sobre el pensamiento moderno, como sabemos por los libros que sacó de la biblioteca de la Universidad de Ginebra en 1902-1904. Leía en tres idiomas extranjeros: francés, alemán e inglés, aunque sólo hablaba con fluidez los dos primeros. Gran parte de esas lecturas le ayudaron en un debate público con un ministro protestante italiano sobre la proposición «Dios no existe: la ciencia demuestra que la religión es un absurdo, es en realidad inmoral y una enfermedad entre los hombres». Seguiría siendo estridentemente anticlerical (lo primero que publicó fue un libro titulado Dios no existe), pero acabaría teniendo en cuenta la utilidad política de la religión.

Mussolini empezó a familiarizarse con el marxismo durante su estancia en Suiza, pero lo que promovió su imaginación fue el darwinismo social, Friedrich Nietzsche y Georges Sorel, una combinación que le llevó a creer que la revolución real se produciría en los terrenos de la cultura y de los valores. Siguió siendo un socialista cada vez más inconformista hasta la Gran Guerra, pero la lectura de Nietzsche provocó tensiones intelectuales que resolvería en último término el fascismo, ya que ¿cómo podía conciliarse el Hombre Nuevo superior con una filosofía basada en el igualitarismo y en las masas? Su interés creciente por la cultura y los valores le llevó también a una concepción semirreligiosa de la política, en la que una élite consagrada ayudaría a regenerar la humanidad de los males sociales y espirituales que se consideraba generalizadamente que la debilitaban en las últimas décadas del siglo XIX. El problema era que parecía no existir tal élite.35

Mussolini había pasado en 1912 a criticar el pragmatismo reformista de la mayoría socialista, considerando el acto de la revolución violenta como el tipo de expectativa ilimitada que era para los socialistas la huelga general o para los nacionalistas italianos extremistas un gran conflicto internacional. Tanto su temperamento explosivo como sus ávidas lecturas le condujeron a apartarse cada vez más de la visión marxista del mundo, que en su opinión se interesaba demasiado por las formas externas y no lo suficiente por la moral del hombre. En 1914 fundó un periódico propio, Popolo d´Italia, y a su regreso del servicio bélico cinco años más tarde fundó un nuevo opúsculo político llamado los Fasci di Combattimento. La guerra había creado la élite que Mussolini había buscado en vano hasta entonces. Su filosofía política sumamente ecléctica encontró un vehículo viable para exponer una revolución antropológica de la que surgiría un nuevo hombre fascista.

La Gran Guerra, además de destruir el mito de la solidaridad proletaria internacional, creó las condiciones afectivas en las que podía hallar eco el «credo» fascista, especialmente porque algunos de sus valores eran transposiciones de la experiencia de la «trincherocracia» del periodo bélico, la pandilla sagrada de combatientes que vivían y morían juntos en alguna sombría ladera luchando contra los austriacos. El fascismo inició su andadura como una milicia variopinta en medio de los bohemios, ex soldados, colegiales y estudiantes de la Italia septentrional urbana; sólo descubrió su auténtica vocación en los grupos de acción formados para aterrorizar a la izquierda en las provincias rurales «rojas» del valle del Po y de la Italia central. La militancia de trabajadores rurales, ferroviarios o proletarios urbanos garantizó que personas como capataces, jefes de cuadrilla, vendedores de billetes y jefes de estación se sumaran al partido del Orden.

Mientras los gobiernos liberales en quiebra parecían impotentes frente a lo que era en realidad un movimiento socialista dividido, cuya amenaza nunca constituyó más que una molestia exasperante y a menudo gestual, los fascistas hicieron uso de aceite de ricino, porras, cócteles Molotov y explosivos. De este modo, los jefes fascistas de provincias consiguieron notoriedad y poder, mientras que Mussolini (cuya jefatura rara vez se aceptaba sin discusión en esos círculos) allanaba simultáneamente el acceso fascista a las élites rectoras de la política, los negocios y la banca. Hitler utilizaría la misma estrategia dual en Alemania, cambiando periódicamente su chaqueta de cuero de revolucionario por un esmoquin. En 1921, 35 fascistas (la mitad de menos de cuarenta años) accedieron al Parlamento como parte de una «coalición nacional» presidida por el veterano estadista liberal Giolitti, que imaginaba que podría asimilar al fascismo, lo mismo que había conseguido asimilar otros retos en el pasado, mediante acuerdos y clientelismo. Predijo así confiadamente: «Veréis. Los candidatos fascistas serán como fuegos artificiales. Harán un montón de ruido, pero no dejarán nada más que humo».

«El Fascismo —recordaba Giuseppe Bottai en 1922— no era para mis camaradas ni para mí más que un medio de continuar la guerra, de transformar sus valores en una religión civil». Mussolini estaba de acuerdo con esto cuando proclamó cuatro años más tarde: «El fascismo no es sólo un partido, es un régimen, no es sólo un régimen, sino una fe, no es sólo una fe, sino una religión que está conquistando a las masas trabajadoras del pueblo italiano». Ingresar en las milicias fascistas significaba hacer un juramento, la afirmación constante de la comunidad sacrificial, la consagración de símbolos sagrados y la veneración de los caídos en la guerra y de las víctimas de sus propias tropelías de tal modo que se hizo imposible diferenciar las dos categorías. Cada crimen contra los adversarios reforzaba los vínculos de complicidad moral entre los miembros de la banda, aunque sus nefandas actividades se viesen rara vez perturbadas por las fuerzas de la ley y el orden, con las que los fascistas se fundían bajo la bandera de un patriotismo común.

Buena parte de la nueva forma de actuación pública (la teatralización de la Piazza) procedía del régimen operístico creado en el puerto adriático de Fiume por el caprichoso y pintoresco poeta nacionalista Gabriele D'Annunzio. Éste usurpó allí el poder, proclamándose comandante, durante un año, en 1919-1920, con la ayuda de desertores y la connivencia de las autoridades militares. La llamada Constitución de Carnaro promulgada por él incluía planes para un culto político público, cuyo elemento central habría de ser un auditorio circular con un aforo de diez mil personas. A falta de un lugar así, D'Annunzio se dirigía desde un modesto balcón a las multitudes de seguidores, que respondían a la pregunta A chi l´Italia? Con un atronador A noi!, mientras sus camisas negras lanzaban un bárbaro grito de guerra (eia eia alalá) en una muestra de ruptura con una clase política burguesa de levita y cuello duro. Las cosas degeneraron después de que en la «Ciudad del Holocausto», como la llamaba el poeta, proliferasen las orgías de sexo salvaje y cocaína. Al cabo de un año, el gobierno italiano decidió expulsar al poeta. Unos cuantos cañonazos del acorazado Andrea Doria le obligaron a hacer las maletas y despejaron la plaza pública. Los fascistas procedieron, con muy poca generosidad, a tratarle como persona non grata, aunque gran parte de su propio estilo procediese de él.

Había en el fascismo mucho más que la estética política, ese aspecto escénico que es lo que más atrae a los historiadores posmodernos de la «cultura», que procuran eludir las antipatías ideológicas viscerales y el conflicto de clase precisamente como propugnaban los propios fascistas. La universidad de izquierdas posmoderna es ostentosamente «apolítica» y prefiere hablar de fronteras, árboles y montañas. El propio fascismo fue un intento de trascender los estrechos horizontes de la política convencional de intereses o de clases, tanto de la izquierda como de la derecha, en favor de una «antipolítica» que lo abarcaba todo, basada en una serie de potentes mitos cuya veneración alcanzaba alturas religiosas.


109 TheFlash, día 29 de Septiembre de 2007 a las 10:02

Más le vale a Rajoy estar muy atento porque vamos a asistir a la metamorfosis de ZP convertido en el defensor de España. El envite de los independentistas catalanes y vascos puede convertirse,- así nos lo venderán los medios- en la triunfal ‘guerra de las naranjas’ de este Godoy trilero.

Pasará factura a Génova 13 la falta de ‘pegada’ de sus ‘señoritos’. Les pesan los brazos. No han sabido/querido elevar la denuncia al nivel de tensión necesario para fijar la imagen de ZAPO en el subconsciente colectivo como el loco que es.

¿Aun el pirómano verá recompensada con la medalla de héroe bombero su política de ruleta rusa?.
Veremos lo que dan de si los reflejos del equipo genoves…O sea Juan Costa, Soraya, Elorriaga y demás.
Uff…
110 Sherme, día 29 de Septiembre de 2007 a las 10:12
(2)
Aunque el perfil social uniforme de muchos fascistas sugería otra cosa, éstos justificaban su rechazo de la política parlamentaria basándose en que eran ellos, más que una gerontocracia liberal canosa, los que representaban verdaderamente al pueblo italiano. La notoria juventud de los dirigentes fascistas les permitía presentarse como la nueva ola del futuro de Italia. Como decía Mussolini en agosto de 1922: «La democracia ha hecho su trabajo. El siglo de la democracia ha concluido. Las ideologías democráticas han sido liquidadas».

Haciendo uso de una metáfora de asombroso mal gusto proclamó su deseo de pisotear el «cadáver más o menos descompuesto de la Diosa de la Libertad». En lugar de la democracia, el fascismo ofrecía una jerarquía militarizada y la abolición de toda distinción entre lo político y lo privado, la aspiración totalitaria básica, a pesar de que, como la mayoría de las aspiraciones, raras veces se materializase plenamente. La posesión de un carnet del PNF se convirtió en la clave para ascender en casi todos los sectores de la vida, desde la inspección del pescado a la concesión de premios literarios; el significado y el valor de una vida individual se calibraban según su contribución a la grandeza del Estado, una forma de «culto al Estado» que adversarios católicos como Luigi Sturzo calificaron de «estadolatría».

Los enemigos, reales o imaginarios, se verían sometidos a la presión de los órganos del poder del Estado, objeto también ellos de un sigiloso control fascista, o a la violencia informal de matones fascistas que seguían operando con licencia. Un partido que decía: «El puño es la síntesis de nuestra teoría» sustituía el argumento razonado por la violencia. El fascismo propugnaba también una revolución antropológica, pretenciosamente denominada a veces «palingenesia», cuyo objetivo era la creación de un hombre nuevo fascista, y una especie de corporativismo económico, que sintonizaba en aspectos superficiales con el catolicismo social.

El Estado liberal italiano había dedicado escasos recursos a la invención de tradiciones nacionales en un pueblo cuyas fidelidades primarias se centraban en la familia, la región y la Iglesia católica. Intentos como el monumento gigante tipo tarta de boda al primer rey resultaban ridículos. Los fascistas trabajaron con lo que tenían a mano en un país cuyas perspectivas urbanas estaban casi proyectadas para el espectáculo público y que proporcionaban un potente telón de fondo arquitectónico. En la capital, se derribaron edificios venerables para crear rutas por las que se pudiese desfilar exhibiendo el nuevo paso de la oca romano. Casi todas las ciudades tenían una piazza, a la que se llegaba por una avenida desde la estación de ferrocarril, que debido a la relativa proximidad de las poblaciones italianas, podría utilizarse para importar hordas de activistas semiprofesionales, tras una programación cuidadosa y con grandes descuentos en los billetes. El partido fascista actuaba de enlace con los departamentos del gobierno, centrales y locales, que eran legalmente responsables de las fiestas públicas y de las vacaciones, y con la Iglesia, que era la que iniciaba algunas de las ceremonias con una misa.

Después de 1922, los fascistas volvieron a consagrar los ritos y símbolos tradicionales de patriotismo que habían heredado, y a edificar a partir de ellos, infundiéndoles una parte de su limitado repertorio político. La bandera nacional pasó a hacerse omnipresente, para indicar que el triunfo del fascismo había traído un renacimiento nacional, mientras que la fecha de la intervención italiana y de la victoria en la Gran Guerra se convirtieron en celebraciones oficiales fascistas en las que se conmemoraba a los caídos de la revolución fascista (calculados teóricamente en tres mil) así como los de la guerra, una fusión que debía de parecerles grotesca a los veteranos supervivientes de otras filiaciones políticas.

En 1926 el régimen introdujo un nuevo calendario, en el que se proclamaba octubre de 1922 el advenimiento del «Año I», en una evidente evocación de los jacobinos. Se dedicaron también muchos esfuerzos a remodelar el ciclo de fiestas públicas, aboliéndose no sólo el Primero de Mayo socialista sino también el Statuto que conmemoraba la liberación de Roma de las tropas francesas. En vez de esta festividad polémica de finales de septiembre, el régimen decidió celebrar la Conciliación entre el régimen y la Iglesia a finales de febrero.

Sería tedioso revisar todos los espectáculos fascistas, la mayoría de los cuales experimentaron diversas evoluciones reflejo de las diversas necesidades del régimen. Aparte de las crónicas hiperbólicas de la prensa del régimen, no sabemos muy bien cómo reaccionaba la gente normal ante estos acontecimientos, si se entusiasmaba o si le parecía una molestia aburrida.

El aniversario de la Marcha sobre Roma de finales de octubre de 1922 fue cuidadosamente escenificado para transformar lo que había sido un farol político en un acontecimiento de simbolismos múltiples. En la propia Roma, se demolieron casas e iglesias antiguas para hacer sitio a la triunfal Via dell'Impero, que enlazaba el Coliseo con Piazza Venezia. Se utilizaron ciudades clave para ejemplificar diversas etapas de la versión fascista de la historia reciente: Milán (lugar de nacimiento del movimiento); Cremona (donde había habido el mayor número de mártires fascistas); Bolonia (escenario de batallas campales con la izquierda), Perugia (donde se había coordinado la Marcha) y Roma (donde estaba el monumento soldado desconocido y la sede del gobierno nacional). Se incorporó a las ceremonias a la Iglesia, pues se iniciaban con una misa a primera hora de la mañana, y participaban en ellas las fuerzas armadas (además de las milicias fascistas) con exhibiciones aéreas y desfiles de soldados, mientras que se honraba a las mujeres como madres y viudas de las víctimas fascistas de la agresión «roja» y de los caídos en la guerra que estaban representados también por veteranos supervivientes. Más adelante, la conmemoración de la Marcha se fundió con la celebración de la batalla de Vittorio Venero, que sustituyó al día del armisticio el 4 de noviembre con una semana de fiestas conmemorativas.

Los sucesivos secretarios del partido fascista, Roberto Farinacci, Augusto Turati, Giovanni Giurati y Achille Starace elaboraron los elementos de culto de la fe fascista, con llamas eternas, bosques votivos y rituales para el manejo de estandartes, banderas y banderines sacros del periodo épico de lucha. La imagen talismán pasó a ser la de las fasces lictoriales (y jacobinas), consistente en un hacha atada a un haz de varas, que comenzó a aparecer en los laterales de los edificios públicos y en las paredes de las carreteras. Los actos conmemorativos generaron toda una gama de reliquias fascistas, como medallas, placas y cintas, mientras que firmas comerciales ganaron dinero con ofertas como un perfume llamado Fascio. Proliferaron los edificios destinados a las innumerables instituciones del Partido Fascista, y cada inauguración se convertía en motivo para una solemne ceremonia dedicatoria, lo mismo que lo eran las inauguraciones de presas, carreteras, edificios públicos y fábricas. En 1932, Starace decretó que todo cuartel general fascista debía tener una torre y campanas, con las que convocar a los fieles para actos especiales del partido.

El fascismo se asocia correctamente con una cultura visual derivada de la antigüedad romana y del futurismo moderno, tal como se manifestó en las construcciones, bastante interesantes, de la Esposizione Universale di Roma (como la pirámide cuadrada) instalada en las afueras de la capital. Pero no debería desdeñarse la contribución al espíritu del fascismo de una interpretación vulgarizada de la historia de la Iglesia. La conmemoración de los mártires fascistas confundía libremente el fascismo con el cristianismo, que la presencia de tantos clérigos en esos rituales hacía poco por disipar, mientras que los recuerdos y reliquias fascistas debía mucho al kitsch piadoso. Pero aunque no se deberían forzar esos paralelismos, la historia del fascismo era también congruente con una versión toscamente anticlerical de la historia de la Iglesia, a la que cualquier protestante europeo del norte se habría adherido muy feliz. Era una parodia grotesca de lo que era la Iglesia, que recordaba a su manera siniestra el Anticristo de Signorelli de la catedral de Orvieto. Lo que celebraban de la Iglesia aporta claves sobre el temperamento fascista al que se aspiraba.

Los grupos de acción eran la unidad totalitaria en embrión; una fogosa banda masculina que arrostraba riesgos increíbles gracias a la intensidad de su fe y a su lealtad mutua. Matones que conseguían que les matasen en sus peleas con los socialistas se convertían en «mártires» políticos, cuyas crecientes listas de nombres resonaban en unas ceremonias fascistas cada vez más elaboradas, en las que se les certificaba solemnemente como «presentes». Conmemorar a estos mártires sería un rasgo permanente del futuro ceremonial fascista, con «bosques votivos» y parques sagrados dedicados a su memoria, que eran a su vez vigilados por guardias de honor.
111 Sherme, día 29 de Septiembre de 2007 a las 10:16
(3)
Los fascistas, cuando eran aún una minoría entusiasta y denodada se consideraban a sí mismos «misioneros»: «esparcidos por las regiones inexploradas del mundo entre salvajes y tribus idólatras». En esta versión, Mussolini se convirtió en una figura mesiánica «que empezó a hablar para 50 personas y acabó evangelizando a un millón», aunque eso sólo quedase claro retrospectivamente. Los misioneros se metamorfosearon en cruzados, liberando a los italianos de los socialistas infieles que habían ocupado temporalmente la patria, con la ayuda de armas como el «santo Manganello», la porra de madera que «iluminaba cualquier cerebro» convirtiéndolo en una pulpa relumbrante y sangrienta. Cruzados que dejaban a su paso las ciudadelas de los infieles (las oficinas socialistas) en llamas, con todo lo que podía destrozarse roto.
La expansión fue producto de una brutalidad disciplinada. Adversarios inteligentes del fascismo como el periodista liberal Giovanni Amendola percibieron que el fascismo difería en intensidad y ambición de los movimientos políticos tradicionales: «El fascismo quiere apoderarse de la conciencia privada de todo ciudadano, quiere la “conversión” de los italianos [...] El fascismo tiene la pretensión de ser una religión [...] la intransigencia desmesurada de una cruzada religiosa. No promete felicidad a los que se convierten; no deja escape a los que rechazan el bautismo». Los fascistas se rodeaban de la supuesta intolerancia de las órdenes de predicadores medievales, sobre todo los dominicos, convirtiendo el fanatismo ciego en una virtud fascista. Resulta notoria a este respecto la orgullosa proclamación de Roberto Davanzati en 1926:
Cuando nuestros adversarios nos dicen que somos totalitarios, unos dominicos implacables, tiránicos, no retrocedemos asustados por esos epítetos. Los aceptamos con honor y orgullo [...] ¡No rechacéis nada de eso! ¡Sí, es verdad, somos totalitarios! Queremos ser de la mañana a la noche, sin pensamientos que distraigan.
El exterminio de los herejes pertinaces por la Iglesia se convirtió para los fascistas en el modelo para el tratamiento de la disidencia política: «El fascismo es un partido político cerrado, no políticamente sino religiosamente. Sólo puede aceptar a aquellos que creen en la verdad de su fe [...] Lo mismo que la Iglesia tiene sus propios dogmas religiosos, el fascismo tiene sus propios dogmas de fe nacional».

Alfredo Rocco hizo explícita la analogía totalitaria entre la Iglesia y el fascismo:
Una de las innovaciones básicas del Estado fascista es que, en algunos aspectos, como otra institución con siglos de existencia, la Iglesia católica, tiene también, paralelamente a la organización normal de sus poderes públicos, otra organización con una infinidad de instituciones cuyo propósito es acercar más el Estado a las masas, penetrar en ellas, organizarlas, procurar su bienestar económico y espiritual a un nivel más íntimo, ser canal e intérprete de sus necesidades y aspiraciones.

Era bastante fácil pasar de esto a alabar los episodios más sanguinarios de la historia de la Iglesia católica tal como han quedado grabados en la memoria popular. El fascismo había aprendido «de aquellos grandes pilares imperecederos de la Iglesia, sus grandes santos, sus pontífices, obispos y misioneros: espíritus políticos y guerreros que enarbolaban tanto la espada como la cruz utilizaban sin distinción la hoguera y la excomunión, la tortura y el veneno [...] no, por supuesto, buscando poder personal o temporal, sino en beneficio del poder y la gloria de la Iglesia.

Las órdenes militantes de la Contrarreforma se convirtieron en paradigmáticas cuando los fascistas intentaron acomodar a los escuadrones de matones en las formaciones paramilitares controladas por el Estado, una tarea desbaratada por el deseo de los jefes fascistas provinciales de conservar una cierta autonomía frente al gobierno central y frente a la administración regional prefectoral. La organización juvenil fascista tendría como modelo a la Compañía de Jesús, con el credo operativo «Cree, Obedece, Lucha», mientras que la doctrina pretenciosa y proteica del fascismo se condensaría en un sencillo «catecismo» para escolares.

Las declaraciones oficiales sobre la doctrina fascista se caracterizaron rutinariamente por una religiosidad pretenciosa, vaga e imprecisa, cuya opacidad (en cualquier lenguaje) reflejaba fielmente el tono filosófico de la época. El propio Mussolini proclamó en 1932: «El fascismo es una concepción religiosa en la que el hombre establece una relación inmanente con una ley superior y con una voluntad objetiva que trasciende al individuo particular y le eleva a la pertenencia consciente a una sociedad espiritual». Procuraba, sin embargo, evitar las ambiciones desmesuradas de los jacobinos o de los bolcheviques: «El Estado fascista no crea un “Dios” propio, como quería hacer Robespierre, en el apogeo de la necedad de la Convención; ni se propone vanamente, como el bolchevismo, expulsar la religión de la mente de los hombres; el fascismo respeta al Dios de los ascetas, de los santos, de los héroes, y también a Dios tal como le ve y le reza el corazón primitivo y sencillo del pueblo».

La primera frase de Mussolini, «el Estado fascista no crea un Dios» era astuta desde el punto de vista táctico pero era también de una modestia excesiva. Puede que Mussolini tuviese que compartir el poder con la monarquía, y que nunca llegase a controlar por entero algunas instituciones del Estado como el ejército, ni a los grandes personajes de lo que sus adversarios del PNF consideraban su partido, pero había más de un medio de desollar al gato. Mussolini, lo mismo que su contemporáneo Eduardo, príncipe de Gales, era lo suficientemente astuto para darse cuenta de las ventajas de utilizar los mismos medios que convertían a las estrellas cinematográficas de Hollywood en semidioses: biografías de tres al cuarto, revistas llamativas y documentales. A diferencia de políticos italianos anteriores, con el carisma de abogados entrados en años, Mussolini era un personaje viril y omnipresente: practicaba la esgrima, montaba a caballo, esquiaba o dominaba por la fuerza a sumisos leones y tigres en el zoo. Dado que, a diferencia de Hitler, había aprendido a conducir y podía incluso pilotar aviones, se le veía constantemente ir de un sitio para otro, manejando los controles de un aeroplano o corriendo a gran velocidad en una moto o en un coche de carreras, una prisa activista que era esencial para la imagen de cualquier dictador que se preciase en la década de 1930. Mussolini era, como Hitler, un «obrerista», aunque lo mismo que el Führer había eludido con éxito el trabajo honrado durante la mayor parte de su vida. La filmación de Mussolini con su pecho bronceado y su exceso de peso al aire le emplazaba entre sudorosos campesinos en la «Batalla por el grano» fascista, pues a diferencia de la mayoría de sus predecesores liberales, Mussolini fue probablemente el primer dirigente italiano que se aventuró a aproximarse tanto a los italianos ordinarios en su propio medio. Como comentó un periodista francés, estos últimos reaccionaron esperando horas en cruces y estaciones de lugares recónditos por los que él pasaba a gran velocidad. El carácter evanescente de la celebridad moderna quedaba contrarrestado por la asociación del régimen y de su dirigente con la antigüedad romana, el marco más grandioso imaginable. El Duce se convirtió en el Dux. Roma proporcionó también un modelo casi sin paralelo de imperialismo creador, y de la completa subordinación de todas las personas y todas las cosas (incluida la religión) a los intereses superiores el Estado. El atractivo de Roma, eterna y universal, era por tanto irresistible, sobre todo después de que el régimen emprendió sus aventuras imperiales en el Cuerno de África a mediados de la década de 1930. Por entonces ansiaba simplemente la adulación de las masas, que logró en la forma de las «adunare nazionali», las cuatro concentraciones multitudinarias celebradas entre 1935 y 1937 para demostrar que la nación desafiaba a la Liga de Naciones.

El carisma personal de Mussolini precedía a su relación con el fascismo (ya se le conocía como Duce durante su largo aprendizaje socialista) y aumentó cuando su exigencia de jefatura exclusiva provocó objeciones de barones fascistas rivales. Aunque le dijeron secamente «el fascismo no se resume en ti», los jefes provinciales le consideraron indispensable como intermediario en sus propias intrigas contra sus rivales. El partido fascista garantizó que Mussolini ocupase el escenario central en el culto político emergente. Aduladores intelectuales y propagandistas le atribuyeron prodigios de talento en términos que le habrían parecido muy bien a Stalin: mesías, salvador, el hombre del destino, el César de nuestros días, Napoleón, etcétera. Su hermano Arnaldo se convirtió en jefe de una nueva Escuela de Misticismo Fascista exclusivamente dedicada al gran hombre y a su pensamiento. Esto constituía las cumbres excelsas del culto a la personalidad, la base popular se componía de las formas habituales que tiene la gente de proyectar en un personaje carismático sus esperanzas y anhelos. El Partido Fascista podía orquestar esos sentimientos, a través de instrumentos como el uso juicioso de la mala sincronización dictatorial, en un país en el que los trenes llegaban supuestamente a tiempo, pero no los crearon. Como en el caso de Hitler, y en realidad de los monarcas medievales, la gente disociaba al dictador infalible de un partido cuya corrupción y cuya opresión detestaba cada vez más.

112 Sherme, día 29 de Septiembre de 2007 a las 10:24
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Hemos pospuesto hasta ahora deliberadamente el análisis de cómo la religión política del fascismo se relacionó con el catolicismo de la Iglesia. Mussolini atribuyó un poder extraordinario al catolicismo y reconoció que el choque directo con la Iglesia sería desastroso para el régimen fascista. Ésa fue la razón de que estuviese tan deseoso de resolver la Cuestión Romana, y que evitase a los bolcheviques ateos y el culto cívico de los jacobinos, a lo que añadió (en 1934, durante un breve momento de iluminación en que estuvo distanciado de la Alemania nazi) la «redacción de un nuevo evangelio o de otros dogmas [...] derribando los viejos dioses y sustituyéndolos por otros llamados "sangre", "raza", "nórdico" y cosas por el estilo». Pero era improbable que, una vez sajado el forúnculo de la Cuestión Romana, un partido que deificaba al Estado, que proclamaba explícitamente su derecho totalitario a controlar la mente y la moral de los jóvenes y que era tan desmesurado en el uso que hacía de las metáforas, el vocabulario y los sentimientos religiosos, se diese por satisfecho con una mera cohabitación con la Iglesia católica. Pese a que muchos fascistas católicos ingenuos (y había muchos) pudieran haber visto encarnados sus valores en el régimen de Mussolini, las relaciones entre la Iglesia y el Estado se caracterizaban por múltiples tensiones, que las alusiones aduladoras de intelectuales fascistas a la latinidad y a la universalidad de la Iglesia romana no podían ocultar. Debería añadirse además, en justicia, que tanto en temas como el aborto, los anticonceptivos, el papel de las mujeres o qué bando apoyar en España, había también sectores de amplio acuerdo.

El acercamiento o Conciliación entre el Estado italiano (fascista) y el Vaticano tenía una historia que precedía al advenimiento de Mussolini. Necesitamos saber algo de esto para entender cómo reaccionaron al fascismo la Iglesia y, en términos más generales, los católicos. La política católica de finales del siglo XIX contaba con una rama intransigente que, fiel al espíritu de Pío IX, se abstuvo de toda participación contaminante en la política nacional y con los conocidos como «conciliacionistas» o «clericales moderados», que buscaban un acomodo con los elementos menos radicales del orden establecido liberal dominante. Aunque el papado era hostil a la creación de un partido político católico, por considerar que podría escapar al control clerical, la creciente amenaza del socialismo fomentaba una relación más emoliente con los liberales moderados que también se sentían amenazados por los socialistas, los anarquistas y la vanguardia artística escandalosa y alborotadora, sobre todo los futuristas.

En 1909 el propio gobierno liberal buscó apoyo católico para desbaratar la amenaza de un bloque de izquierdas de radicales, republicanos y socialistas. Pío X reaccionó relajando la prohibición general de la Santa Sede de votar en las elecciones nacionales para reforzar el voto liberal en la Italia septentrional católica. Tras la introducción del sufragio universal en 1912, el llamado Pacto Gentiloni proporcionó votos católicos a un par de centenares de candidatos del gobierno en el norte de Italia, que prometieron en privado respetar los intereses católicos.

La opinión católica estaba representada a lo ancho del espectro ideológico izquierda-derecha; los intereses materiales de terratenientes y banqueros católicos eran muy diferentes de los de los jornaleros sin tierra. En la izquierda, los cristianodemócratas estaban situados bastante a la izquierda de los que propugnaban un corporativismo teocrático intransigente, pero a la derecha del socialismo, aunque algunos «católicos rojos» reconocían que era necesario que los sindicatos y las huelgas contasen con un apoyo masivo. En la derecha, algunos católicos escuchaban a las sirenas de un nacionalismo que hablaba de un «estado ético» que reconociese la importancia (y la romanidad) del catolicismo; su búsqueda de orden social sintonizaba con la doctrina del corporativismo; y su deseo de un imperio en África podía formularse como una cruzada en nombre del catolicismo en la mente de los crédulos. En realidad, los nacionalistas eran hostiles a los que apoyaban en su opinión a un papado pro Habsburgo, y consideraban en el mejor de los casos a las masas católicas peones manejables, de una forma bastante parecida a ese modo delirante e ilusorio que tienen algunos neoconservadores de considerar a la derecha cristiana en el Estados Unidos contemporáneo.

Esto no impidió que miembros influyentes de la jerarquía, de la prensa católica y del Banco de Roma apoyasen la guerra de Libia en 1911-1912.51
En 1914, el abogado nacionalista Alfredo Rocco escribió con clarividencia en un folleto:
Los nacionalistas no creen que el Estado deba ser un instrumento de la Iglesia; creen, en vez de eso, que el Estado debe afirmar su soberanía también por lo que se refiere a la Iglesia. Pero, como reconocen que la religión católica y la Iglesia son factores de la máxima importancia en la vida nacional, desean velar por los intereses católicos al máximo, salvaguardando siempre la soberanía del Estado. Y en esta etapa de la vida italiana esa protección debería adoptar la forma de respeto a la libertad de conciencia de los católicos italianos frente a las persecuciones antirreligiosas de demócratas anticlericales. Tal vez sea posible en el futuro ir más allá y establecer un acuerdo con la Iglesia católica, aunque sólo sea tácito, por el que la organización'católica pudiese servir a la nación italiana para su expansión en el mundo.

Rocco dirigiría las negociaciones del régimen fascista en los Tratados de Letrán de 1929, y el folleto anticipaba ya lo que ambas partes pensaban que podrían ganar.

La crisis en torno a la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial profundizó las divisiones ideológicas dentro del catolicismo, en un periodo en que el sistema político tenía que capear el desplazamiento de una política de élite dominada por los liberales, cuyos pecados veniales garantizaban al menos continuidad y estabilidad, a otra con organizaciones de masas mucho más volátiles. La opinión católica estaba dividida en la cuestión de la guerra. El papado tenía razones respetables para la neutralidad, ya que la crisis bélica la había disparado el asesinato del heredero del trono católico más importante de Europa, mientras que el aliado alemán mayoritariamente protestante de ese imperio había invadido luego de forma arrolladora la católica Bélgica. El papa Benedicto XV temía también que un conflicto desastroso desembocase en una vasta revolución social, de la que algunas partes de Italia tuvieron un breve anticipo en 1914. El neutralismo del Papa no lo compartían ni los cristianodemócratas de izquierdas ni los moderados clericales y los nacionalistas, que apoyaron la fatídica decisión del primer ministro Salandra de llevar a Italia a la guerra del lado de la Entente.

El apoyo católico a la guerra y la participación en ella eliminaron el último obstáculo para su intervención directa en la política italiana. El nuevo Partito Popolare Italiano (PPI) fue fundado en enero de 1919 bajo la jefatura del sacerdote siciliano Don Luigi Sturzo, un hombre enormemente atractivo e inteligente que tenían en su contra el hecho de que su condición clerical le impedía formar parte del Parlamento, asegurando al mismo tiempo su sometimiento a una disciplina eclesiástica que reflejaba las serpentinas maniobras políticas de la Iglesia.

El PPI era un partido presuntamente «no confesional» (necesariamente de católicos) más que un partido dominado por sacerdotes. En su primer ensayo electoral de 1919, el PPI obtuvo el 20 por ciento de los votos y un quinto de los escaños del Parlamento, con un apoyo especialmente fuerte en las regiones católicas norteñas tradicionalmente «blancas» de Lombardía y del Véneto. Como el mayor partido del Parlamento (los socialistas) se negó a establecer coaliciones con partidos «burgueses», el PPI participó en seis de esos gobiernos de coalición que se formaron entre julio de 1919 y octubre de 1922. Debía de resultar una experiencia cada vez más desmoralizadora, porque en esos «años rojos» sectores de las fuerzas armadas y de la policía dejaron de ser agentes fiables para tratar con la creciente violencia fascista, que empezó a afectar al aparato del Partito Popolare lo mismo que a la izquierda. Regiones enteras de Italia simplemente dejaron de estar bajo el control del gobierno y pasaron a estar controladas por los jefes fascistas locales. Un motivo más de decepción fue que Pío XI, elegido a principios de 1922, desaprobó el olvido estratégico por parte del PPI de la Cuestión Romana y que se concentrase en cuestiones políticas seculares, lo que en opinión del nuevo pontífice le hacía «no mejor que los liberales».
113 El_Criti, día 29 de Septiembre de 2007 a las 11:38
http://www.libertaddigital.com/noticias/noticia_12...

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Voy a llamar a ONO, me voya dar de alta ahora mismo!!!!!

PD: Zapo es capaz de mandar el ejército a bombardear las instalaciones de ono, juas. Por fin una televisión de derechas en nuestras tele.
114 5326, día 29 de Septiembre de 2007 a las 14:52
Contable, gracias por varias de las cosdas que has dicho hoy, empezando por eso de los e-mails, uno de mis problemas.

Saludos amistosos desde Holanda

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