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1 de Septiembre de 2009 - 12:17:04 - Pío Moa
De Años de hierro:
"Tampoco faltaban algunos rasgos comunes entre los máximos líderes de ambas ideologías, Hitler de 50 años, y Stalin, de 61. Los dos se sentían poseídos de una misión histórica ante la cual deberían ceder cualesquiera otras consideraciones, y mostraron en todo momento una resolución despiadada hacia sus enemigos, incluso hacia sus correligionarios. Nadie había matado hasta entonces más comunistas que Stalin, empezando por la plana mayor de los revolucionarios de octubre del 17, y seguiría con esa costumbre hasta el fin de sus días; Hitler había hecho asesinar, en 1934, a unos 200 seguidores suyos de las primeras horas, en la "noche de los cuchillos largos", entre ellos la plana mayor de las SA, (Sturmabteilungen o Secciones de asalto), que tanto le habían ayudado a conseguir el poder; si bien, al revés que Stalin, no insistiría en esa línea contra los suyos. En lo demás, diferían. Hitler tenía una mentalidad más militar, y Stalin más policíaca; el historial de Hitler era más bien el de un agitador de masas, y el de Stalin el de un conspirador y terrorista; el alemán preconizaba abiertamente el fanatismo y la violencia, y el georgiano empleaba demagogia seudohumanista. Éste poseía también una amplia cultura, bastante superior a la del líder nazi. En 1939, Stalin cargaba ya con montañas de cadáveres, siendo aún escasas las víctimas de Hitler. Compartieron también el sistemático "culto a la personalidad", como sería llamado más tarde.
Los nacionalsocialistas habían llegado al gobierno sobre la ola de la frustración popular por una crisis económica que golpeaba al país con especial crudeza, del resentimiento por las condiciones abusivas del Tratado de Versalles impuesto a Alemania cuando ésta perdió la I Guerra Mundial, y del temor al comunismo. Alcanzado legalmente el poder, destruyeron las leyes y libertades democráticas, aplastaron a los comunistas y aplicaron una planificación económica que dio, de principio, excelente fruto. El paro galopante fue absorbido y la industria volvió a trabajar a pleno rendimiento, mucha de ella para el ejército. En solo seis años, de 1933 y 1939, Alemania recobró el rango de gran potencia.
El mayor peligro del dinamismo nazi provenía de sus pretensiones expansivas. Según sus doctrinas, los alemanes tenían derecho a un "espacio vital" a costa de las naciones vecinas. Hitler expresaba doctrinalmente esas aspiraciones, y al mismo tiempo afirmaba que sus proyectos señalaban el camino hacia una "paz auténtica y duradera", superando los abusos del pasado. Parejamente Stalin, constructor de la dictadura quizá más absoluta que había conocido el mundo, y director de la Comintern, dedicada en cuerpo y alma a atacar el capitalismo, predicaba sin descanso la democracia y la paz.
Para el Kremlin, el ascenso nazi había sido un flagelo, no sólo porque había aniquilado al partido comunista alemán, puntero de la Comintern, sino, sobre todo, porque auguraba la agresión a la URSS, aunque ésta se hallase protegida, de momento, por los estados intermedios Checoslovaquia, Polonia y Rumania. Esa inquietud había cambiado la anterior estrategia comunista, de subversión directa y violenta contra la burguesía en todos los países, por la de "frentes populares", buscando acuerdos con las potencias democráticas y con amplios sectores burgueses a fin de aislar al fascismo en general, y a Alemania muy en particular. En la doctrina y mentalidad soviéticas, tanto las democracias como los fascismos eran potencias "imperialistas" que colisionaban entre sí, en su afán por nuevos mercados y por la explotación de las colonias. Stalin venía anunciando la proximidad de una nueva guerra imperialista, y esa idea determinaba su orientación global. El dilema era: ¿empezaría ese conflicto como una agresión nazi a la URSS, o como un choque entre las potencias democráticas y las fascistas? Su máximo interés estaba en lo segundo, pues entonces todos sus enemigos se agotarían luchando entre sí, dejando la Europa centro-occidental aún más devastada que la guerra del 14, y a la URSS como árbitro absoluto de la situación, abriendo paso a la revolución en todo el continente.
Por lo mismo, Stalin temía que las democracias hiciesen concesiones a Hitler, a fin de desviar su agresividad hacia la URSS. Temor no irreal, dado que muchos políticos demócratas temían más al comunismo que al nazismo, y la aniquilación mutua entre ambos no dejaba de parecerles una salida interesante.
Sólo dentro de esa concepción general había cobrado sentido el apoyo de Stalin al Frente Popular español, pues, evidentemente, sus protestas de simpatía por la democracia carecían de valor. La intervención en la guerra española había sido una aventura arriesgada para la URSS, por las grandes distancias y por el riesgo de conflicto abierto con Alemania; y también costosa, si no en dinero --se aseguró el pago de la ayuda mediante las reservas de oro españolas-- sí en prestigio. Pero la empresa merecía la pena, porque mantenía lejos de sus fronteras, al otro extremo de Europa, un dramático foco de tensión entre Italia y Alemania, por un lado, y Francia y Gran Bretaña por otro, que debiera abocar al conflicto armado entre ellas, anhelado por Stalin. De paso, la ayuda a España ofrecía la oportunidad de asentar, bajo cobertura democrática, un nuevo régimen de tipo soviético a espaldas de la Europa capitalista.
Pero las democracias no habían respondido a los cálculos del Kremlin. Inglaterra, en menor medida Francia, habían tratado de aislar el foco bélico y revolucionario español, aprensivas de su contagio, y no habían visto mal que las potencias totalitarias se enzarzasen entre ellas a través de España. Además, el asolamiento del país les facilitaría condicionar la política de Madrid al llegar la paz, mediante créditos para la reconstrucción que ni Italia ni Alemania podían ofrecer. Por ello, en lugar de actuar directamente en la contienda, como deseaba Stalin, las democracias habían optado por la no intervención, haciendo la vista gorda a las intervenciones soviética y germanoitaliana, procurando al mismo tiempo mantener el equilibrio entre ambas. Por otra parte Hitler había coincidido con Stalin en el interés por alargar la guerra española, si bien por razones distintas: el primero buscaba alejar la atención de sus maniobras expansionistas en el centro de Europa, dirigidas contra Austria y Checoslovaquia y distanciar a Italia de Gran Bretaña.
Así pues, Moscú no había sacado nada en limpio de su aventura española, salvo bazas propagandísticas como supuesta defensora de la libertad frente a la traición de las democracias "burguesas". Pero mientras intentaba promover el cerco de Alemania y el conflicto en occidente, Stalin, con su clásica ambigüedad "dialéctica", y con el mismo fin de alejar de sí la agresión nazi, procuraba acercarse al III Reich. El acercamiento empezó a concretarse en la primavera de 1939, cuando la lucha en España tocaba a su fin, y se aceleró durante el verano.
A su vez las democracias se hallaban atenazadas por la propaganda pacifista y por el recuerdo de las enormes pérdidas humanas y económicas de la guerra anterior. Ante el enrarecimiento de la situación, habían emprendido un impopular rearme. Gran Bretaña, más fuerte y decidida, parecía vacilar entre la idea de empujar a Hitler contra la URSS --lo cual significaba sacrificar Checoslovaquia y Polonia--, y su política tradicional de equilibro de poderes en el continente. De la anterior guerra europea, Londres había sacado la lección de la inconveniencia de implicarse demasiado en los asuntos continentales, pero Alemania se estaba configurando como un poder excesivo, al que Francia no podría contrapesar por sí sola. Esta trama de expectativas inciertas y contradictorias se desarrolló a lo largo de 1939.
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En marzo, Hitler ocupó y desmembró Checoslovaquia, violando sus promesas de la conferencia de Munich, de septiembre del año anterior, cuando había obtenido la región checa de los Sudetes, de población mayoritaria alemana. Luego arrebató a Lituania la zona de Memel y exigió un paso con garantía de extraterritorialidad entre el territorio alemán y la ciudad de Danzig (Gdansk) situada en territorio polaco y única salida de este país al mar. Danzig, de población muy mayoritariamente germana, había quedado como "ciudad libre" internacionalizada, a resultas de la I Guerra Mundial.
Y el mes de abril, comenzado con la victoria de Franco, Italia invadía Albania, mientras Hitler aprobaba el plan Weiss ("Blanco") para invadir Polonia, y cancelaba el convenio naval con Inglaterra, así como el tratado de no agresión con Polonia, firmado en 1934 por diez años. Sin embargo, Mussolini miraba con aprensión la eventualidad de una guerra general. No se sentía preparado para ella, y sabía que los gestos belicosos y el aparato militar de que hacía gala tenían mucho de fachada de cartón piedra. En mayo firmaba con Alemania el Pacto de Acero, de mutua asistencia militar, reforzando el Eje Roma-Berlín, del que se venía hablando desde 1936. Pero seguía manteniendo buenas relaciones con Londres y presionaba a Hitler, entre la esperanza y el desmayo, para evitar el conflicto europeo, a lo cual le ayudaba la diplomacia británica, máximamente interesada en tener a Italia al margen.
La situación se tornó muy alarmante para la URSS, por cuanto la previsible caída de Polonia llevaría el poder alemán directamente a sus fronteras; y Japón hostigaba en mayo a la república títere soviética de Mongolia, cerca del río Jaljin Gol. Durante los meses siguientes las mutuas incursiones derivarían a una guerra no declarada, con intervención de cuerpos de ejército. Japón había firmado con Alemania, en 1936 el Pacto anti Comintern, y sus hostilidades parecían el preludio de un ataque concéntrico contra la URSS desde el este y el oeste. Así, la expansión japonesa por China, que apuntaba ahora a Siberia, constituía otro foco incandescente de conflicto generalizado.
Pero el ejército ruso venció al japonés, a finales de agosto. Y desde abril Londres dio por terminada su política de "apaciguamiento" y concesiones a Hitler, y aceleró su rearme. Entonces ofreció a Polonia garantías frente a las exigencias alemanas, firmando con ella un pacto de asistencia mutua. Francia también respaldó a Varsovia. La victoria soviética en Mongolia y el cambio de política británica mejoraban la capacidad de maniobra de Moscú.
Los meses de junio, julio y agosto, vieron en Europa un complicado juego diplomático entre Francia y Gran Bretaña, la URSS y Alemania. Las dos primeras trataron de entenderse con la URSS para respaldar a Polonia, Rumania y los países bálticos frente a las apetencias germanas, pero la protección soviética espantaba a estos países no menos que la agresividad nazi. Y Stalin llevaba tiempo jugando con dos barajas, pues, como quedó indicado, buscaba el arreglo con Hitler. Tampoco faltaron sondeos de las democracias con vistas a un acuerdo con Alemania. Hitler, a su vez, deseaba concertarse con Stalin, a fin de ocupar Polonia sin correr el riesgo de una guerra en dos frentes. La negociación Berlín-Moscú fue la que prosperó, y el 23 de agosto el mundo entero quedó atónito ante la noticia del Pacto germano-soviético, llamado también Ribbentrop-Mólotof, por los firmantes, ministros respectivos de Exteriores. El pacto sellaba el destino de Polonia y de los países limítrofes, dividiéndolos en esferas de influencia rusa y alemana. Sus cláusulas, rigurosamente secretas, establecían el reparto de Polonia, la inclusión de los países bálticos –salvo Lituania– y de Finlandia, así como de la Besarabia rumana, en la zona soviética.
El acuerdo resonó en el mundo entero como un gran trueno. Dado el odio con que se habían atacado los dos totalitarismos, la casi totalidad de los políticos y expertos en relaciones internacionales había juzgado imposible tal alianza. Walter Krivitski, jefe del espionaje soviético en Europa occidental, había desertado en 1937 y había avisado sobre la política de Stalin, sin que casi nadie le tomara en serio. Ahora, ni Francia ni Gran Bretaña podían echarse atrás de sus garantías, como habían hecho con Checoslovaquia. Hitler intentó, el 25 de agosto, disuadir a Londres de su apoyo a Polonia, proponiéndole una especie de reparto del mundo, con seguridades para el Imperio británico, pero fue rechazado. La rápida evolución de los acontecimientos anulaba la paz obtenida tan solo 21 años antes, tras la I Guerra Mundial.
El Pacto iba a crear también una larga frontera entre Alemania y la URSS, y con ella las bases para el futuro y decisivo choque entre ambas; pero de momento las dos salían muy beneficiadas. Hitler evitaba un segundo frente en su previsible conflicto con las democracias y, una vez liquidada Polonia, podría volverse contra ellas, si era preciso. Stalin a su vez, ganaba tiempo y obtenía espléndidas ventajas territoriales y económicas. Por otra parte, los japoneses interpretaron el trato germano-soviético como la anulación del Pacto anti Comintern, lo cual, junto con la victoria soviética en Jaljin Gol por esas fechas, alejó la eventualidad de un ataque a la URSS desde el este.
Lo mismo en Alemania que en la URSS, las anteriores propagandas antisoviética y antinazi respectivamente, desaparecieron como por ensalmo, y Stalin hizo fusilar a numerosos jefes comunistas alemanes exiliados en la URSS, en obsequio a la nueva política. En Francia, el potente partido comunista frenó sus ataques al nazismo, denunció una probable "guerra interimperialista" que no interesaba al "pueblo francés" y obró, de hecho, como una verdadera quinta columna del nazismo, por lo que pronto sería puesto fuera de la ley.
El 1 de septiembre, tan solo una semana después del pacto Ribbentrop-Mólotof, Alemania invadía Polonia. Tres días después Francia y Gran Bretaña declaraban la guerra a Alemania.
El nada desdeñable ejército polaco estaba considerado el sexto de Europa, y, al contrario del checo, disponía de amplio espacio para maniobrar. Pero el alemán le superaba en potencia y organización, y, sobre todo, aplicaba la revolucionaria estrategia de blitzkrieg o "guerra relámpago", combinando el empleo masivo de la aviación, la artillería y los carros para romper el frente en determinados puntos, y desde ellos embolsar las concentraciones enemigas mediante profundos avances de carros e infantería motorizada. De este modo logró imponerse enseguida sobre la valerosa y a veces suicida resistencia polaca. El día 17, en poco más de dos semanas, los alemanes habían alcanzado prácticamente la victoria, mientras el gobierno polaco de Moscicki y el jefe del ejército, Rydz-Smygly, huían a Rumania. Varsovia y otros puntos resistieron aún hasta finales del mes. Desde el mismo día 17 los soviéticos ocuparon sin esfuerzo, y so pretexto de "proteger a la población", la extensa zona oriental de Polonia, habitada mayoritariamente por bielorrusos y ucranianos.
De poco valió a Polonia el respaldo de Francia y Gran Bretaña, pese a disponer entre las dos de fuerzas superiores a las alemanas, en general, y absolutamente superiores en su frontera próxima al Rin, al haber concentrado Hitler casi toda su potencia militar en el este. Francia alineó 70 divisiones –estaba en condiciones de movilizar 120– con 3.000 tanques, frente a una fuerza germana insignificante y falta de ellos. La rapidez con que los alemanes conquistaron Polonia sorprendió a todos, pero, aun así, las democracias tuvieron tiempo y facilidades inauditas para atacar. Sorprendentemente, apenas realizaron ningún movimiento efectivo. Comenzó la llamada en Alemania Sitzkrieg (guerra sentada), y en Francia Drôle de guerre (Guerra extravagante). Solo en octubre comenzó Londres a enviar tropas a Francia. Hasta diciembre no tendrían ni una baja mortal en el frente terrestre. El argumento aparente era que comenzaba una guerra global y prolongada y no convenía dejarse absorber por una campaña parcial como la polaca. Tampoco declararon las democracias la guerra a la URSS, pese a la invasión de la Polonia oriental, quizá por no afrontar a dos enemigos a la vez.
Sí hubo, en cambio, considerable actividad naval...