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6 de Marzo de 2009 - 08:45:57 - Pío Moa
El concepto de leyes de la naturaleza viene a ser una analogía de las leyes políticas: la naturaleza "obedece" a unas "disposiciones" que le permiten funcionar sin hundirse en la nada. Se trata de una analogía, claro está. Pero esa analogía hace que nos perdamos al volver a la sociedad: hay en ella tal disparidad de leyes en el tiempo y en el espacio, que se diría que la sociedad puede sobrevivir y funcionar prácticamente con las leyes más diversas. ¿Es posible reducir el espíritu de todas esas leyes dispares a una ley básica?
"Ley es la ordenación de la razón encaminada al bien común y promulgada por aquel que tiene el encargo de cuidar la comunidad", decía Tomás de Aquino. Pero en una especie tan individualizada como la humana, con tal diversidad y oposición de intereses, etc., ¿existe solo una razón o muchas razones? ¿Y qué debe entenderse por bien común en tales circunstancias? ¿Y de dónde viene la legitimidad, es decir, el "encargo" de cuidar la comunidad?
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**** Ángel Viñas: ¿de dónde viene su capacidad, y la de tantos otros, para distorsionar hasta tal punto los hechos históricos (http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/los-mitos-de-angel-vinas-48082/)? De una concepción de base evidentemente errónea: considera al Frente Popular, alianza de totalitarios, golpistas, racistas y simples delincuentes, como representante de la república del 14 de abril y de la democracia. De esa idea solo pueden salir monstruosidades, cada mentira debe apuntalarse en otras mentiras, en una red de cadenas sin fin. Su método es fácil, porque en la historia se encuentra de todo. Basta olvidar los hechos clave y centrarse en citas y datos secundarios para crear una "historia" de aparente coherencia. Y sustituir la argumentación contra los contrarios por cuatro etiquetas descalificadoras: franquista o neofranquista, conservador, etc.: con eso basta.
**** Dice Rafael López-Diéguez que coincidimos en muchos asuntos (http://www.alternativaespanola.com/blog1/?p=39) No estoy muy seguro. Coincidimos en el respeto a bastantes cosas, pero, en general, lo que para él son certezas para mí son problemas. Él es un político y debe actuar sobre certezas más o menos fundadas, lo cual no es mi caso.
**** Por redacción imprecisa, parecía que los comentarios de ayer sobre Brassens eran de García Domínguez. Eran míos. Brassens estaba orgulloso de sus simplezas, pero orgullosísimo, y criticaba el orgullo ajeno.
**** Aido y su pandilla de miembras igualitarias deberían proponer que los hombres también pudieran abortar desde los dieciséis años sin permiso paterno-materno. ¿Por qué no van a poder abortar los varones? ¡Eso sí que es una desigualdad intolerable! ¿Acaso no sabemos, desde Simona de Bellover, que las mujeres (como los hombres) no nacen, sino que se hacen, las hacen los prejuicios sociales, en concreto? Y a ver cuándo los del gobierno salen en la tele echando unos casquetes, para liberar y desprejuiciar al personal; y Mariano en tanga, para demostrar su progresismo. No son consecuentes, sino hipócritas. ¿Para cuándo una recogida de firmas exigiéndoselo de forma razonada?
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Tres Europas al terminar el primer milenio
Por el oeste la energía expansiva musulmana se había agotado hacia el año 1000, precisamente en España. Desde las invasiones islámicas, el cristianismo se replegó a Europa, habiendo perdido la ribera meridional y oriental del Mediterráneo, salvo partes de Anatolia. El retroceso se compensó con una expansión hacia el norte y el este que abarcó, en el espacio de seis siglos, a todo el continente europeo. Los pueblos de la actual Alemania fueron bautizándose, y a fines del siglo X comenzaba la cristianización de los vikingos. El proceso alcanzó a varios pueblos eslavos, empezando por los búlgaros. La mayoría eslava pudo haberse islamizado, hasta que Vladimiro, monarca de los rusos de Kíef, optó por el bautismo a finales del siglo X, y el cristianismo se extendió rápidamente mediante una mezcla de prestigio político, predicación pacífica y a veces brutales represiones sobre los paganos persistentes, como había ocurrido también con los germanos y ocurriría con los vikingos. La conversión impulsó un rápido proceso civilizador, y Kíef rivalizó pronto con Constantinopla en prosperidad y monumentos. La forma de cristianismo adoptada por rusos y pueblos afines fue la bizantina, no la latina de los germanos y algunos eslavos (polacos, croatas etc.). Ello tendría la mayor relevancia histórica, debido a las considerables diferencias entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla.
Desde muy pronto Roma aspiró, como sede de San Pedro, a presidir la cristiandad, pero en el siglo VI Justiniano creó cinco sedes máximas o patriarcados, iguales entre sí (pentarquía): Jerusalén, Antioquia, Alejandría, Constantinopla y Roma. Solución inestable, resuelta en parte por las invasiones árabes, que conquistaron Alejandría y Jerusalén, y neutralizaron Antioquía. Creció luego una rivalidad soterrada entre Roma y Constantinopla, agravada por el poder que se atribuían los emperadores bizantinos ("Igual a los Apóstoles" era uno de sus títulos) sobre obispos y patriarcas, a quienes nombraban y podían revocar, ejerciendo lo que se ha dado en llamar cesaropapismo. El patriarca de Constantinopla aceptaba la autoridad imperial, pero esta incomodaba a Roma. Desde el año 727 el malestar creció, al imponer los emperadores la iconoclastia. Al final ganaron los partidarios de las imágenes, pero entre tanto el papa Zacarías (741-51) había roto la costumbre de someter su nombramiento al refrendo de Constantinopla, y había buscado el apoyo del rey franco Pipino el Breve. Así se forjó una estrecha alianza entre el papado y los reyes francos, que con Carlomagno llegó a una intimidad similar a la de Bizancio. Hacia 778 los papas habían empezado a invocar la "Donación de Constantino", un documento falsificado según el cual este emperador romano había cedido a la Iglesia la propiedad de Italia y de los países occidentales. La protección franca convirtió al papado en un estado que ocupaba la Italia central, mientras Francia era distinguida como "hija primogénita de la Iglesia", por ello y por ser el primer reino bárbaro convertido al catolicismo.
Entre mediados del siglo IX y mediados del XI había transcurrido la "edad de hierro" del papado – con poca repercusión en España, concentrada en otras luchas–. Con intermitencias, el papado había degenerado en juguete de las facciones oligárquicas romanas, que nombraban, destituían o asesinaba a papas, siendo varios de estos no mucho más que rufianes. Esa larga etapa coincidió con la crisis abierta en toda Europa por las invasiones vikingas y magiares, las ataques árabes por y desde Sicilia (en 846 una flota musulmana saqueó la propia Roma) y por la fragmentación y feudalización del poder político. La combinación de esta crisis y la del papado pudo haber destruido la cristiandad latina, pero esta resistió, en gran medida gracias a la red de monasterios extendida por el continente, con su irradiación religiosa, también cultural, política y económica. Y no se interrumpió el proceso de conquista espiritual sobre los conquistadores bárbaros, propulsado fundamentalmente desde Roma.
Esta época oscura terminó con la elección del papa León IX, en 1054. Pero entonces la discrepancia con Constantinopla llegó al cisma –casi había ocurrido ya en el siglo IX–, y la Iglesia bizantina, regida por el patriarca Miguel Cerulario, rechazó la autoridad de Roma y trató de hereje al papa. El choque provino de la introducción del término Filioque ("y del Hijo"), por el cual el Espíritu Santo procedería del Padre y del Hijo, y no directamente del Padre, tesis originada en España e impuesta por los francos, pero negada por Constantinopla; la cual reclamaba, además, igualdad con el papado, considerándose la segunda Roma, continuadora del Imperio y residencia de los emperadores, mientras que la decaída primera Roma solo presidía un mundo caótico y empobrecido. También diferían en el idioma: Roma había estatuido al latín como la lengua eclesiástica, convirtiéndola en factor de unidad cultural en los ámbitos latino y germánico sobre las intensas discordias étnicas y políticas. Bizancio, a su vez, privilegiaba el griego, aunque aceptó adaptar su liturgia a las leguas eslavas y crearon el alfabeto eslavón o cirílico (por San Cirilo), hoy el de Rusia y varios países eslavos. Asimismo difería algo la liturgia, más pomposa la bizantina, más sobria la latina. Otro rasgo relevante era la escasa difusión de la esclavitud en la Europa occidental.
A efectos políticos e históricos, la diferencia mayor consistió en la relación entre el poder espiritual y el temporal. En Bizancio ambos estaban casi tan identificados como en el islam o entre los judíos, y de hecho el patriarca se subordinaba al emperador. Su historia y posteriormente la de Rusia, estaría marcada por esa identificación. En Europa occidental existió, salvo el período carolingio, dualidad y a menudo oposición entre ambos poderes, muy diversificado el político y de tendencia universalista el espiritual. El papa trataba de afirmar su supremacía, mientras que el emperador hacía valer su legitimidad como heredero del Imperio romano y usaba su poder material para controlar al estamento eclesiástico e influir en la definición dogmática y la vida religiosa, como en Constantinopla. De ahí una tensión permanente, nueva en la historia, con difícil armonía y frecuentes conflictos, sin que ninguno de los dos poderes llegara a imponerse del todo. Esa tensión iba a facilitar la libertad espiritual y política y a obrar como fuente de individualismo en un grado que no parece haberse dado en ninguna cultura o civilización anterior
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Encontramos, pues, dos Europas cristianas, separadas por diferencias quizá de matiz, pero de grandes efectos históricos. En Occidente, y por encima de la diversidad casi caótica de poderes políticos, surgió en el siglo XI un movimiento de unidad cultural que se llamaría más tarde románico. Como arte, fue tomando forma simultáneamente en el norte de Italia, en la España de las futuras Cataluña y Aragón, en Alemania y en Francia. Pero solo se normalizaría a partir de esta última, de la abadía benedictina de Cluny, en Borgoña, convirtiéndose durante más de dos siglos, incluyendo la fase de la reforma cisterciense –por el monasterio de Citeaux, Cistercium– en el siglo XII, que defendía el rigor benedictino, la pobreza y el trabajo manual frente al lujo de Cluny, en un fenómeno de vasto alcance desde Escandinavia a Sicilia y desde Polonia a Irlanda o a la Galicia del reino de Oviedo, que se llenarían de monasterios, ermitas, iglesias, catedrales y palacios de un nuevo y vigoroso estilo. En un sentido amplio, el románico abarcaba la liturgia y la teología, la moral, el pensamiento y todas las artes, superando enormemente al precedente carolingio, mucho más limitado en el espacio, más restringido socialmente y de envergadura cultural muy inferior. La cultura de Europa occidental fue fundada en gran medida por los benedictinos.
Cluny y el Císter dependían directamente del papado, sirviendo a este de instrumento contra la presión imperial. Cuando el papa alemán León IX dejó atrás la época de hierro, planeó reformas como la prohibición de compraventa de cargos eclesiásticos (simonía), la reafirmación del celibato sacerdotal y de la autoridad papal en la elección de dichos cargos, frente a la pretensión de los emperadores de "investir" ellos a obispos, abades y otros. Esta línea de independencia de la Iglesia culminaría con Gregorio VII, papa italiano de origen humilde y ex monje de Cluny, que proclamó la superioridad papal sobre cualquier otro poder, incluido el emperador. A ello siguió la "Querella de las investiduras", comenzada en 1073, entre los papas y los emperadores germánicos, y terminada, tras medio siglo de invasiones de Roma, excomuniones y revueltas, con un compromiso (el concordato de Worms, de 1122). La reforma gregoriana buscaba liberar a la Iglesia de las normas feudales, de efecto corruptor sobre ella.
La época del románico, con una Europa occidental ya a salvo de sus enemigos de siglos pasados, fue de auge demográfico y económico, amplia difusión del arte y del comercio y mayor interrelación de todo tipo. Terminaba una edad azarosa de seis siglos, de monasterios y recobro de elementos de la cultura grecolatina, de conquista de los conquistadores bárbaros por el cristianismo, de tormentas históricas en las que se había forjado, a veces al borde del naufragio, la nueva civilización eurooccidental.
Pero los factores unitarios en la Europa occidental, harto distinta de la bizantino-eslava, no impedían una diferenciación, de gran repercusión histórica, entre la parte central del continente, políticamente homogénea dentro de su feudalización, y las regiones más al oeste y al norte, donde surgían nuevos estados, naciones e idiomas.
Durante el siglo X la dinastía carolingia, dispersa en varios estados que habían disuelto el imperio, dio paso a reyes no carolingios y a una situación política confusa, hasta que en 962 –cuando Alhakén II sucedía a Abderramán III en Al Ándalus y los reinos españoles entraban en un período de discordias internas– nació una nuevo imperio en la parte más germánica e italiana del antiguo dominio de Carlomagno. La nueva entidad, bendecida por el papa, se proclamó heredera del Imperio Romano de Occidente, fundando el que sería llamado Sacro Imperio Romano-Germánico, desde el centro de Italia a Dinamarca, y desde Bélgica y el este de la Francia actual hasta las Polonia y Chequia de hoy. El poder imperial era electivo y bastante difuso, pues dependía de los señores regionales, muchos de ellos obispos-nobles, muy autónomos; pero fue lo bastante efectivo para impedir la formación de estados nuevos en su ámbito. Pese a su precaria unidad, el imperio iba a mantenerse hasta el siglo XVI y, ya en crisis permanente, hasta finales del XVIII, determinando la historia del centro de Europa.
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Un proceso distinto se abría en el extremo oeste y norte del continente, donde se conformaba una Europa diferente de la eslava, pero también de la imperial. En esas regiones tomaban o retomaban forma varias naciones llamadas a ejercer profundo influjo en los destinos de Occidente y del resto del mundo: Francia, Inglaterra y España. Los reinos escandinavos siguieron una historia hasta cierto punto marginal del conjunto.
Francia, bajo la dinastía de los Capetos, se hallaba dividida en poderes regionales cuya fuerza superaba a veces a la del propio monarca. Este estaba nominalmente por encima de todos, pero la obediencia a él era exigua. No obstante, el poder real iría afianzándose en constante pugna con los poderosos nobles, y pronto rechazaría la pretensión englobadora del Imperio Romano-Germánico. Su territorio incluía parte de Bélgica pero por el este se estrechaba con relación a la Francia actual. Un cuerpo algo extraño dentro de él era la Normandía, creación de los normandos o vikingos que allí se habían asentado a principios del siglo X, con vasallaje formal al rey francés.
Inglaterra, repartida en varios reinos rivales desde la conquista anglosajona, había sido sometida en gran parte por vikingos daneses, en el siglo IX. Los anglosajones, antes cristianizados y civilizados por monjes irlandeses y misioneros de Roma, habían hecho a su vez una gran labor cristianizadora en el continente y la harían después en Escandinavia. En el último tercio del siglo IX, los daneses habían sido frenados por Alfredo el Grande, un rey guerrero y culto, que fundó escuelas y tradujo él mismo obras del latín para facilitar su comprensión a la gente común. Unido el país en la primera mitad del siglo X, se había rehecho la cultura monástica, casi arrasada por los daneses, y acogido amplias influencias culturales de Francia y Alemania. Tributario de los vikingos, y tras una matanza de estos ordenada por un rey inglés, los daneses volvieron a dominar el país, hasta que en 1042 volvió a Inglaterra una dinastía sajona. Situación pasajera, pues catorce años más tarde los normandos del norte de Francia, mandados por Guillermo el Conquistador, invadieron la isla, la reorganizaron según el modelo normando-francés, cambiaron las leyes y desplazaron a la nobleza local. Los tres siglos siguientes dominaría el país una pequeña aristocracia normanda de lengua francesa, que aportaría al inglés gran número de palabras latinas. La etapa normanda reforzó el poder del monarca sobre el de la oligarquía nobiliaria, como ocurriría en Francia, apoyándose en principios en parte originales de Isidoro de Sevilla. Y aseguró la unidad estable del país (con pretensiones sobre Gales y Escocia); en este sentido puede considerarse a los normandos franceses los auténticos fundadores de Inglaterra.
Caso especial es el de Italia, dividida entre un norte incluido en el Imperio Romano Germánico; en el centro los estados pontificios; y en el sur, ducados y principados independientes, zonas vueltas a Bizancio, más Sicilia, islámica desde dos siglos antes. A mediados del siglo XI, los normandos se instalaron a su vez en la isla, se impusieron en la Italia meridional y hostigaron al papado hasta ser reconocidos por este. Los italianos constituían un pueblo cultural e idiomáticamente bastante homogéneo, pero no lograrían unificarse en una sola nación política hasta ocho siglos más tarde.
Por lo que hace a España, su evolución difería considerablemente de las demás, aun siguiéndola en líneas generales. Primer país europeo en alcanzar una unidad cultural y política, perdida con la invasión islámica, trataba de recobrarla en circunstancias que propiciaban más bien la división de la península en varios estados y naciones.
Así, sobre una base religiosa común, había tres Europas en torno al año 1000: la eslavo-rusa al este, la del Imperio en el centro y, más al oeste y en Escandinavia, la que podríamos llamar de las naciones. En rigor, empezaba en Europa una edad nueva, cuya divisoria podría establecerse en 1054, con el fin de la época oscura del papado y el cisma de la Iglesia bizantina, y con la implosión del califato de Córdoba en España. En torno a esa fecha cobran forma otros fenómenos decisivos, como la expansión del románico, la evangelización de los vikingos y de Rusia, o la formación de naciones occidentales. Superados los extremos peligros anteriores, la nueva edad, del románico y después el gótico, pasaría de la cultura de los monasterios a la de las ciudades y universidades, a una elaboración filosófica y religiosa más problemática y refinada, a técnicas superiores y relaciones internacionales más complejas. Las dos edades suelen distinguirse como Alta y Baja Edad Media, pero ya el nombre de Edad Media resulta poco satisfactorio. Llamaremos a la primera, provisionalmente, Edad de Formación (de Europa), y Edad de Asentamiento a la segunda, que durará unos cinco siglos.