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23 de Julio de 2009 - 07:39:27 - Pío Moa
Simultáneamente con los arduos conflictos europeos prosiguieron las exploraciones y conquistas por América y el Pacífico, desde la Patagonia hasta Oregón y el tercio sur de la actual Usa, fueron expulsados los hugonotes que pretendían conquistar Florida, repelidos muchos ataques corsarios, descubiertas cientos de islas del Pacífico (todavía con nombres españoles bastantes de ellas: este océano fue conocido informalmente como "el lago español"), se asentó la colonia de Filipinas, la ruta comercial entre China y Nueva España, y por las islas Filipinas, Salomón y Nueva Guinea. Sorprende el número de destacados exploradores, conquistadores, colonizadores, misioneros y cronistas que jalonan estas empresas. No cesaron de fundarse ciudades, de construirse vías de comunicación y obras públicas, y se acuñó moneda, lo que no admitirían otros imperios en sus dominios. Fueron creadas seis universidades (otra en Filipinas a comienzos del siglo XVII) y centros para las élites indias, hechos demostrativos del interés de los colonizadores en la educación superior; funcionaron imprentas en las mayores ciudades y comenzó un arte y literatura criollos siendo exponente de esta el Inca Garcilaso de la Vega. Millones de indios fueron bautizados, como ya se indicó.
De América vinieron alimentos que mejorarían la dieta europea, como la patata, el tomate o el maíz, también el tabaco; y el nuevo continente recibió nuevos cereales y frutas, la vid, la caña de azúcar y otras plantas, así como ganadería bovina, ovina y equina. A cambio de las importaciones de todo género, las posesiones americanas enviaban a España remesas de oro al principio y cada vez más de plata, al descubrirse las minas de Zacatecas en Méjico y Potosí en Bolivia. La plata se convirtió en un gran negocio dentro de las proporciones de la época (hoy se produce en un año más plata que toda la llegada de América en el siglo XVI), y las monedas españolas circulaban por todo el mundo. La plata, mucho más que el oro, ayudaba a la siempre apurada hacienda imperial, aunque no tanto como los impuestos de Castilla. La explotación de las minas solo podía hacerse con mano de obra de los indígenas, que según la ley no podían ser obligados; pero que lo fueron en las zonas próximas a las minas mediante expedientes seudolegales o por la pura fuerza, a veces en condiciones próximas a la esclavitud.
Los nuevos territorios y ciudades fueron a menudo bautizados con nombres como Nueva España, Nueva Galicia, Nueva Granada, Cartagena, Santiago, Nueva Toledo, Nueva Castilla, Córdoba, etc. Administrativamente, fueron divididos entre el virreinato de Nueva España en el norte, que incluía Filipinas, y el del Perú, extendido por Suramérica, excepto Venezuela, que dependía de Nueva España a través de la audiencia de Santo Domingo. Los virreyes solían ser nombrados entre personajes experimentados. Fundaron ciudades y centros de enseñanza, auspiciaron exploraciones y en general defendieron a los indios. Bajo los virreyes estaban las audiencias, que tenían, como en España, importantes poderes judiciales y gubernativos. Los cabildos o ayuntamientos eran el tercer escalón administrativo y, también como en España, gozaban de amplia autonomía. Constaban de un grupo de regidores elegido por el vecindario (los enfrentamientos, a veces sangrientos, entre los vecinos hicieron que, como en Castilla, los reyes nombraran corregidores y a parte de los propios regidores). A su vez, los regidores elegían a principios de cada año al alcalde (podían ser dos). Este esquema administrativo demostraría considerable operatividad durante tres siglos.
Los virreyes debían atender a una doble "república", la de los españoles y la de los indios, pues estos últimos mantenían territorios propios y muchas de sus costumbres e instituciones, aun si transformadas por el cristianismo. Las autoridades, incluidos los virreyes, se sometían a la vigilancia reglamentada de visitadores enviados desde España para examinar la situación, y de los juicios de residencia al final de su mandato, un juicio por el que se atendían los cargos y quejas de los gobernados contra ellos. Esta vigilancia no impedía abusos y corruptelas (ningún método los suprime del todo), máxime al tratarse de territorios tan alejados de la metrópoli. Pero sin duda los limitaba.
Los españoles distaron de emigrar en masa a América, como quedó indicado, porque la corona procuró controlar la emigración y evitar el paso de maleantes y gente de "baja calidad". La posición de los encomenderos no dejó de empeorar, y pocos de los inmigrantes llegaban a hacerse ricos, lo que sin duda disuadió una posible marea de emigración ilegal. Por ello sorprende que siendo tan pocos pudieran extenderse, controlar y administrar tan vastos territorios, para lo que no basta la constatación del historiador francés Pierre Chaunu: por su propia escasez tenían una extraordinaria movilidad y "estaban en todas partes". Realmente, se trataba de una red de pequeñas poblaciones rodeadas de haciendas y encomiendas, entre vastos territorios apenas controlados administrativamente, aunque por ellos se atareasen los misioneros. El número de españoles creció con rapidez debido a la abundante procreación, mayormente mestiza. En las Antillas los indios se extinguieron prácticamente, y los negros, por lo común esclavos, así como los mulatos, formaban un alto porcentaje de la población. Por la mayor parte del continente, el número de indios superaba al de blancos y mestizos, aun si hicieron estragos entre ellos diversas epidemias, propias o contagiadas por los europeos. Así, a los cien años del viaje de Colón, el panorama humano y cultural de América había evolucionado profundamente,
Sevilla y secundariamente Cádiz monopolizaron el tráfico con América. La medida ha sido criticada, pero era lógica, porque los demás puertos estaban mucho más expuestos a la piratería, la ruta desde ellos iba de todos modos próxima a Cádiz, y la concentración en un punto permitía articular convoyes (dos al año), eficaces contra los corsarios. Sevilla, ciudad rica ya antes de la conquista de América, se convirtió en un centro económico europeo, al que afluían comerciantes flamencos, alemanes e italianos, además de españoles, así como artistas, espías aventureros y hampones, al calor de sus negocios lucrativos, aunque riesgosos. Su Casa de la Moneda acuñaba más que cualquier ciudad otra europea, y su Casa de Contratación fue una institución polivalente, que registraba el tráfico americano, tenía funciones judiciales, formaba los excelentes pilotos de las flotas y cartografiaba las nuevas tierras.
La nave base de las flotas era el galeón, inventado probablemente en España, en su forma acabada, y adoptado por Inglaterra, Holanda y Francia: combinaba la capacidad de carga de las naos y carracas con la rapidez y maniobrabilidad de las carabelas y una extraordinaria resistencia, de modo que, cuando la Gran Armada, todo el poder artillero inglés solo consiguió hundir uno, y casi todo los demás se salvaron de las posteriores tormentas. Desempeñaron las principales misiones del tráfico a América y en el Pacífico, en calidad de buques de guerra y de mercantes.
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**** Pedraz vuelve a permitir homenajes a etarras
Nada más normal en cualquier juez pro terrorista. Y en un gobierno pro terrorista.
**** La prensa británica, encantada con Moratinos
Como la tiranía marroquí. Como el régimen totalitario de Castro. Como los terroristas palestinos. Como Chavez. Como todos los enemigos de la libertad y de España.
**** Leo que Conde Pumpido, fiscal pro "proceso de paz", es decir, pro terrorista, ha considerado "inevitable" la violación del secreto del sumario e incluso la ha relacionado con la libertad de expresión. También los asesinatos, las violaciones o los atracos son inevitables y podrían relacionarse con algún tipo de libertad. Según la ley, los funcionarios culpables de difundir datos del sumario deberían ser perseguidos. En este caso es el fiscal general del estado el responsable máximo y protector de esas actividades delictivas. La justicia en tiempos de colaboradores del terrorismo y donjulianes.
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Creo que una de las mayores catástrofes intelectuales de nuestro tiempo en España ha sido la entronización de la mentira y la farsa sobre nuestro pasado reciente y antiguo, incluso con cientos los personajes públicos que falsifican sus propias biografías o las de sus padres... Un país que vive sobre la mentira sistemática solo puede convertirse en un país de pandereta o en algo peor. Publiqué hace años una serie de artículos que aquí iré exponiendo de nuevo.
BREVE HISTORIA DE UN NO DEBATE
Stanley Payne escribió estas sensatas frases (cursivas mías): "El asunto principal aquí no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Esto no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo en varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada, desde hace mucho tiempo, por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa deben enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales".
Es lo que podía y debía esperarse en cualquier país con un ambiente intelectual medianamente serio. Cuando publiqué Los orígenes de la guerra civil daba por hecha una polémica agria, pero atenida a los datos y argumentos. Obviamente, no conocía nuestra universidad ni al gremio de los historiadores-funcionarios progres, con frecuente vocación de comisarios políticos. En el prólogo a El iluminado de la Moncloa, resumía: "El debate no solo ha sido rechazado, sino sustituido por auténticas andanadas de insultos personales y exigencias de aplicar la censura a mis libros, negándoseme el derecho de réplica en numerosos medios de masas y silenciándose la convocatoria a mis conferencias en lugares como Barcelona". Por no hablar del alud de injurias y amenazas a través de Internet. No solo en El País y en la SER, se me ha censurado incluso en La Razón, donde dejé de escribir por ello. Me han enviado correos sobre libreros izquierdistas que desaconsejan mis libros a los clientes, y otros que han recibido amenazas por exponer títulos de César Vidal y míos en el escaparate. Diversos profesores han avisado a sus alumnos contra la lectura de mis trabajos, no digamos contra su cita en cualquier examen. El historiador Ferrán Gallego recibió "advertencias" por haber aceptado debatir conmigo en un centro universitario de Barcelona; debate boicoteado por la prensa, que ni lo anunció ni escribió una sola línea al respecto.
Y aun podía quedar tranquilo con eso. Pero las autoridades socialistas han llegado a enviar policías a intimidar a los organizadores de alguna de mis conferencias; en la universidad dirigida por Peces Barba sufrí el intento de agresión de unos energúmenos protegidos de hecho por el rector; El Periódico de Cataluña ha propuesto la cárcel para César Vidal y para mí. Truhanes como Carrillo o Alfonso Guerra han lanzado provocaciones con todos los rasgos de la incitación al asesinato.
El profesor Payne constataba algunas de esas reacciones, tan lamentablemente significativas: "Lo que plantea inquietantes cuestiones sobre la situación de la actual democracia española son las persistentes exigencias de que Moa sea silenciado o ignorado. Reclamar tal censura demuestra la estrechez mental de los sectores dominantes de la historiografía española, así como que carecen de todo interés por establecer el menor diálogo o debate, cosas que resultan verdaderamente asombrosas al cabo de cerca de treinta años de democracia". Y denunciaba el empeño oficial y extraoficial por "eliminar su obra mediante una suerte de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o de la Unión Soviética que de la España democrática"; o el empleo sistemático de "observaciones ad hominem aparentemente sensacionalistas, aunque completamente irrelevantes, sobre su antigua militancia en una organización revolucionaria marxista-leninista en los años setenta".
Tal furia inquisitorial ha tenido rasgos realmente cómicos, como cuando esos historiadores (más o menos) perdían todo sentido del ridículo y posaban de intelectuales egregios que, claro, no iban a rebajarse a discutir con un advenedizo. Hubo alguna rara excepción, el señor Moradiellos, de la que ya hablaré. A otros muchos he tenido que bajarlos un poco de su pedestal de barro, rebatiendo sus declaraciones o artículos en que, generalmente sin citarme, me descalificaban. Así durante seis años.
En estas seguíamos cuando, de pronto, sale a la palestra el catedrático Alberto Reig Tapia dedicándome amablemente un libro de 500 páginas, el Anti Moa donde me hace compartir la gloria con César Vidal, Jiménez Losantos, Alonso de los Ríos, José María Marco, Aznar y bastantes más. No he contestado a anteriores diatribas del señor Reig, en parte por su emocionalidad algo pueril, en parte porque se ve que el hombre sufre mucho con estas cosas (así empezaba uno de sus interminables artículos: "Qué pesadez. Qué empacho. Abre uno el correo electrónico por las mañanas e, inevitablemente, se encuentra con el célebre corrido: Estas son... las mañanitas, que cantaba... el rey don Pío... Qué hartazón"); y, sobre todo, porque me fatigaba buscar los argumentos de Reig, perdidos entre la exuberante jungla de su prosa. Él tiene la envidiable facultad de emplear veinte o más páginas, a base de divagaciones, mezcla arbitraria de temas y digresiones gratuitas, para decir lo que otros menos dotados concretaríamos en un par de párrafos.
Y no es que a nuestro buen catedrático le preocupen mucho mis tesis, pues aclara desde el principio que no merecen la pena, aunque no pueda evitar darles vueltas obsesivamente (sin haberlas entendido mucho, me temo, y eso que procuro escribir con sencillez). Su loable propósito consiste más bien en hundirme en la miseria, que diría un castizo. Vamos, que quiere vender libros utilizando mi nombre. Está en su derecho y no me parece mal, conste. El mencionado señor Moradiellos ya hizo lo mismo, y solo me molestó que lo hiciera con engaño, pues su libro no trataba "las mentiras de Moa" anunciadas en su faja publicitaria. Este pequeño fraude no puede achacarse al amigo Reig, que, como digo, sí trata abundantemente mis "mentiras"; derrochando farfolla y retorcimiento, eso sí. Por eso me han aconsejado algunos no prestarle atención, pero voy a hacerlo, aunque con mayor brevedad, por tres buenas razones.
En primer lugar sería una grave descortesía pasar en silencio un trabajo tan notable por su extensión, o menospreciar el esfuerzo de su autor. Un esfuerzo que debe haber sido realmente arduo, pues ha precisado la generosa ayuda de una amplia nomenclatura de colegas progres, como hace constar en los agradecimientos: Joan Maria Thomàs "cuyos argumentos para que aceptara escribir este ensayo fueron mucho más convincentes que los míos para rechazarlo", Julio Aróstegui, Paul Aubert, Arcángel Bedmar, Maryse Bertrand de Muñoz, Walter Bernecker, Gabriel Cardona, Jean-Michel Desvois, Antonio Elorza, Francisco Espinosa (este, por cierto, un energúmeno estalinista, de los más empeñados en conseguir la prohibición de mis libros), Ian Gibson, José Luis de la Granja, Enrique Guerrero, José Manuel López de Abiada, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Francisco Moreno Gómez, Paul Preston (que prologa el libro, para darle más fuste), Julián Santamaría y last but not least, Ángel Viñas". Mencionados todos ellos en compañía de sus flamantes títulos de catedráticos y profesores en universidades alemanas, francesas, suizas o británicas, además de españolas. Muy carpetovetónico.
Se echan de menos algunas firmas, como Santos Juliá, quizá partidarias de continuar como hasta ahora, para no dar publicidad al hereje. En todo caso la lista permite entender que nuestro buen Reig actúa como punta de lanza del gremio de historiadores progres, segunda buena razón para contestarles.
Pero sobre todo me incita a la réplica la oportunidad de discutir algunas cuestiones importantes sobre la misión de la historiografía y su situación actual, por más que Reig y los suyos las traten con decepcionante tosquedad.
Y perdonen que haya tenido que hablar tanto de mí. En adelante iremos a las cuestiones mismas, en cuanto el personalismo extremado del gremio lo permita.