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1 de Abril de 2009 - 08:12:47 - Pío Moa
Los Reyes Católicos encontraron en Aragón y Cataluña un panorama muy poco de alentador, una descomposición social, política y religiosa con tendencia a empeorar. Por ello trataron con éxito de meter en cintura a los turbulentos nobles castellanos, gallegos, extremeños, etc. Encarcelaron e incluso ejecutaron a varios de ellos (sufrieron mucho los nobles gallegos, medio bandoleros muchos de ellos, como el famoso Pedro Madruga o el mariscal Pardo de Cela, este condenado a muerte, que pocos años antes habían aplastado a los Irmandiños), y desmocharon muchos de sus castillos. Aseguraron la presencia regia en las ciudades por medio de corregidores, limpiaron de bandidos los caminos mediante la Santa Hermandad y castigaron sin remilgos la delincuencia. Con el Ordenamiento de Montalvo empezaron a legislar mediante pragmáticas, mermando el poder de las Cortes. Racionalizaron el gobierno con un sistema de consejos (de Estado, Hacienda, Aragón, Órdenes militares, la Santa Hermandad, más tarde de la Inquisición), esbozo de los ministerios de los estados posteriores, por encima de los cuales estaba el Consejo Real; y escogieron a sus consejeros más por su valía (universitarios a menudo) que por linaje. Aumentaron también su independencia de Roma al adquirir el derecho de presentación de los candidatos a obispo.
Estas medidas robustecían la autoridad monárquica en Castilla, pero Fernando no puso mucho empeño por aplicarlas a Aragón, fuera por resistencia de las oligarquías, fuera por estimarlo asunto secundario, ya que la empobrecida y poco poblada corona aragonesa tenía a efectos prácticos, finanzas sobre todo, mucho menos interés que Castilla. Aun así, el rey pasó por encima de nobles y burgueses, y solucionó uno de los problemas que más habían sacudido a Cataluña: la opresión del payés. La gran guerra campesina dentro de la civil de diez años había terminado sin apenas reformas, por lo que los payeses volvieron a rebelarse en 1485. Fracasaron, pero Fernando comprendió que el conflicto continuaría como una llaga abierta, y al año siguiente, por sentencia dada en el monasterio jerónimo de Guadalupe, en Extremadura, abolió el derecho de los señores a golpear a los campesinos, y otros malos usos o costumbres inicuas. Los siervos podían emanciparse pagando una cantidad simbólica y adquirir el dominio útil de las tierras, aunque el dominio directo siguiera en manos de los señores. Fue una medida realmente trascendental, pues creó en Cataluña un campesinado libre y próspero que compensaría en alguna medida la ruina anterior. Por el contrario el principado, con población débil y riqueza y poder mucho menos concentrados, perdía su capacidad anterior para empresas políticas y culturales, y no estaba en condiciones de sostener sus posiciones en el Mediterráneo, tarea que poco a poco heredó Castilla.
Los reyes también favorecieron las universidades, sanearon las finanzas, fijaron la relación entre las numerosas monedas de los reinos y el maravedí, que tenía cierta oficialidad, y protegieron las ferias e industrias locales. El conjunto de estas medidas robusteció la autoridad regia, acabó con el caos anterior y favoreció el comercio y la economía en general, todo lo cual ganó a los reyes un prestigio popular extraordinario. Fernando introdujo en Castilla algunas instituciones aragonesas, como los gremios o el Consulado del Mar barcelonés, imitado en Burgos, así como la Inquisición, en 1480, que funcionaba en la corona aragonesa, con poca actividad, desde 1249.
La política exterior dio un cambio radical. La vieja alianza castellana con Francia fue sustituida por la hostilidad catalana-aragonesa, y los Reyes Católicos se empeñaron en aislar al país transpirenaico por medio de enlaces matrimoniales con las dinastías del Imperio, de Inglaterra y de Portugal. Ese designio no daría resultado por cuanto, salvo una hija, los seis hijos de la pareja, también algún nieto que debía enlazar con Portugal, morirían sin descendencia o prematuramente. Tantas desgracias familiares minaron seguramente la salud de Isabel. Por otra parte los reyes consiguieron, en 1493, la vuelta a España de la Cerdaña y el Rosellón, enajenados durante la guerra civil catalana.
El reinado de Isabel y Fernando alcanzaría su apogeo en 1492, con la culminación de la reconquista al ocupar el reino de Granada y, sobre todo, con el Descubrimiento de América. También fue el año de la expulsión de los judíos. Pero esa fecha marca para España, también para Europa y en cierto modo para el mundo, un cambio de época, el paso firme a la Edad de Asentamiento a la Edad de Expansión de la civilización europea, que por primera vez en la historia afectaría a todos los continentes habitados.
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**** La corrupción política es inevitable, pero tiene grados: la de los socialistas cuando Felipe González alcanzó niveles intolerables para el sistema democrático; Aznar consiguió rebajarla a niveles mucho menos peligrosos. Con los futuristas llegó a darse un sobreentendido pacto entre, digamos, "caballeros", por el cual perro no muerde a perro, y ninguno ponía mucho interés en airear asuntos sucios del contrario, con lo que la corrupción de ambos partidos ha vuelto a aumentar, combinada con la destrucción de la oposición por Rajoy (me refieron a una oposición democrática, no a la simple competencia por despachos y cargos). Sin embargo los golfos socialistas siempre fueron más espabilados que los golfos futuristas, y estuvieron todo el tiempo atentos a los "deslices" de su adversario, que podían destaparse oportunamente ante unas elecciones, a través de jueces políticos como Garzón. Y así lo han hecho, aunque no les salió del todo bien la jugada, en parte porque la sociedad está muy polarizada, y a los forofos y júligans de cada partido les da igual lo que este haga, bueno o malo.
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FELICIO.- Además, Mauricio, no entiendo esa manía tuya de buscar la razón a todo, hasta a la acción amorosa. Ahora mismo te veo sacando del zurrón un bocata de sardinas que te comerás con sumo deleite, ¿te preguntas acaso por qué vas a comerlo? Tu estómago te lo exige imperativamente y pocos imperativos hay más categóricos: ocurre a todos los seres humanos, independientemente de su país, religión, sexo, estatura, raza o idioma... ¿No es esa una razón suficiente?
MAURICIO.- ¡Pardiez! No sé ni por qué me molesto en hablar con vosotros, par de inanes. ¡Tú qué sabrás si me deleitan o no las sardinas! Y no desvíes el tema hacia la comida, céntrate en el asunto. Y tú, Salicio, deja de darle a la zambomba, ten compasión de tus ovejas, coño... ¿Sabéis acaso por qué fornicáis?
SALICIO.- Te burlas, Mauricio, ya quisiera yo... Pero esta Amartilis me vuelve loco, ya lo he dicho: parece que sí, pero es que no, y siempre igual... De todas maneras te lo diré: eso se hace porque el cuerpo lo pide, lo pide la naturaleza, y uno no puede rebelarse contra la naturaleza. A mí, por lo menos, no me parece correcto.
FELICIO.- Bien dicho, ¡oh Salicio! Mas él no se conforma con tales razones. Él quiere saber por qué Natura ha puesto en nosotros tan formidable impulso. Siempre invoca la razón, pero quiere ir más allá de lo razonable. ¡Pregúntale a Natura, Mauricio! Nosotros tan solo somos sus dóciles creaciones, sus esclavos, si quieres, y no nos sentimos autorizados...
MAURICIO.- ¡Qué horror! Con ese espíritu nunca habríamos salido de las cavernas. Vamos a ver, botarates: una buena razón podría ser la reproducción. Por ese medio nos reproducimos, aunque no se entiende muy bien por qué habríamos de querer reproducirnos. No obstante, esa es otra cuestión. Ahora bien: solo una insignificante cantidad de los polvos se echan con afán reproductivo. ¿No veis ahí algo extraño?
FELICIO.- Bueno, Mauricio, no tan extraño, la verdad. A la hora del yantar no piensas en que estás introduciendo energía en tu cuerpo, piensas más bien en el placer que te produce el comer. Pues lo otro, lo mismo.
MAURICIO.- ¡Y he ahí la cuestión! ¿Por qué ese placer? ¿Por qué se le ha ocurrido a tu Natura hacer las cosas así? ¡Alguna razón ha de haber, digo yo!
FELICIO.- Precisamente me llegó esta mañana por el correo un texto curioso de un pirata chino (ya reproducido en este blog. Nota del transcriptor), a mí me parece muy explicativo, y te lo voy a leer:
"Moh Ul-sih, narran sus curiosas memorias, pasó un año pirateando por la costa entre Hainán y Hong Kong, y poco después se enroló como cocinero en un mercante español que hacía varias rutas entre Manila, China y las islas de la Sonda. El capitán, Artigas, un alavés de quien todos decían que estaba más que medio loco, redondeaba sus ingresos –y en menor medida los de la tripulación– con el contrabando, sin desdeñar la piratería si se le presentaba alguna buena ocasión. Aquellos fueron tiempos dorados para Moh, que recuerda, entre otras cosas, las charlas que, robando horas al sueño en las noches templadas, bajo las brillantes estrellas del trópico, bueno, del ecuador realmente, solía mantener en la toldilla con algunos colegas. Sobre todo con Quiroga, el contramaestre, un médico de Noya que había renunciado a su profesión en Galicia por afición a la aventura y a ver mundo, aunque algunos sospechaban motivos menos confesables, y algún que otro oficial de puente, o incluso marinero con deseos de ilustrarse. He aquí una muestra:
"Total, que salían muchas veces temas escabrosos, como es natural, sobre los que sólo se decían simplezas, así que yo, un poco enfadado, les solté una vez:
–Pues yo opino que los órganos de la jodienda son feos, sucios y huelen mal. Además, los movimientos también son poco dignos, vamos, repugnantes, vamos, impropios de personas educadas. Por eso, como la naturaleza es sabia, ha rodeado todo eso con el placer más completo, porque si no fuera así, la humanidad se habría acabado hace ya mucho tiempo.
Siguió un corto silencio.
–Joder, las cosas que se le ocurren al chino –dijo Bruno, un oficial de puente. Los otros dos se echaron a reír, pero Quiroga me miró muy serio:
–¡Moh! –como ya indiqué, era el único que me llamaba por el apellido, los demás siempre me decían "chino". –La naturaleza será muy sabia, pero tú eres un memo. Vamos, a ver, ¿por qué iba la naturaleza a entretenerse en hacer algo asqueroso y luego compensarlo así, a lo tonto? Entonces no sería sabia, sería solamente enredosa, y aquí el único que embrolla eres tú. La naturaleza tiende a la simplicidad, a la sencillez, ¿entiendes?
–Pero la naturaleza es muy misteriosa, señor –le repliqué..."
MAURICIO.- ¡Qué chorrada, pero qué chorrada...!