Pío Moa

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30 de Diciembre de 2007 - 12:25:59 - Pío Moa

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   Compárese la campaña electoral de Zapo con la de Rajoy en 2004. Rajoy tenía a su favor los ocho mejores años de la democracia, bajo Aznar. Pese a carencias y errores penosos – uno de los mayores, su incapacidad para explicarse ante el derrocamiento de Sadam--, España había superado la crisis económica y cumplido, contra todo pronóstico, las exigencias de saneamiento económico para el euro, había logrado una influencia sin precedentes en la Unión Europea, rebajado a la mitad los tres millones de parados legados por el PSOE y a mucho menos de la mitad la corrupción del período González, entre otros logros muy notables. Pero el éxito mayor de Aznar y  Mayor Oreja fue el acorralamiento de la ETA con la ley en la mano, y con él el avance del estado de derecho, gravísimamente dañado por los gobiernos de Felipe González: no es de extrañar que sonaran las alarmas de los recogenueces separatistas vascos y catalanes, cómplices morales y políticos de los pistoleros. Por todos estos éxitos fue y es odiado a muerte Aznar. Pues bien, la campaña electoral de Rajoy prescindía por completo de aquella herencia, y el personaje se presentaba con un montón de promesas vacuas, como si saliese de la oposición. De no ser por el legado de Aznar, en el cual se apoyaba sin apenas citarlo, Rajoy habría sufrido una derrota desastrosa, sin necesidad de atentados terroristas.

    Ahora, en cambio, el PSOE explota a fondo los logros de sus cuatro años de gobierno, presentándolos, con perfecto descaro, como la ejecutoria más “brillante” de la democracia. Logros insignificantes al lado de sus fechorías, mucho peores que las que llevaron a la cárcel a diversos políticos de Felipe González. El actual gobierno, ni español ni democrático,  se ha convertido en el colaborador más efectivo que haya tenido el terrorismo en su historia, se ha comprometido con los separatistas contra la nación española y ha dejado la Constitución y el estado de derecho tambaleantes. Ha avanzado en la balcanización de España, así como en el “entierro de Montesquieu” y no cesa en su empeño por silenciar a quienes rechazan tales derivas, aparte de aliarse con una serie de dictaduras (“civilizaciones” en su perverso lenguaje) peligrosas para nuestro país. Entre tantos otros desmanes. El PP de Rajoy no denuncia en todo su significado ninguno de estos hechos determinantes, en la práctica colabora con ellos distrayendo la atención ciudadana  hacia asuntos secundarios, a menudo perfectamente ridículos, y  poniendo en pie -- dato cien veces más grave--  estatutos tan anticonstitucionales como el catalán.

   Esta colaboración con las políticas que simula denunciar por interés electoral se presenta como de “bajo perfil” con el fin táctico de ganar a electores vacilantes entre el PSOE y el PP, a fin de aplicar luego, desde el poder, una acción más enérgica. No lo creo.  Esa política expresa el ínfimo perfil de la cúpula del PP y de ningún modo  una táctica más o menos habilidosa: expresa lo que realmente es y piensa esa cúpula.  Rajoy no es simplemente  flojo, sino algo diferente.

   Gran parte del electorado del PP está desconcertado. Piensa votar a Rajoy solo y exclusivamente porque cree que cualquier cosa es preferible a otro período del PSOE, y el equipo de Rajoy sabe explotar ese estado de ánimo con espíritu de auténtico chantaje.

Algunos ingenuos piensan que una vez en el poder podrán presionar al PP desde la base, cuando, por espacio de cuatro años, esos políticos podrán prescindir tranquilamente de sus votantes, aparte de verse empujados por la presión mucho más efectiva de socialistas, separatistas y terroristas, nuevamente unidos.      

    En mi opinión Rajoy no es alternativa a Zapo, podría incluso empeorar la situación al concitar sobre sí todas las fuerzas disgregadoras y anticonstitucionales del país, que de otro modo se pelearían entre ellas. Por desgracia no se aprecia una alternativa, y debemos verlo así. A veces las sociedades no solo parecen inanes, incapaces de suscitar líderes y movimientos a la altura de los retos, sino que ni siquiera perciben el reto.

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 Segundo paso: el manifiesto ha salido hoy en "El Mundo",   en la sección de Ciencia,  página 33,  ocupando casi la mitad de ella.  La lectura del periódico es hoy muy superior a la de otros días por lo que, teóricamente, lo leerán algunos cientos de miles de personas.  hablaremos de ello en días próximos. El número de firmas ha sido algo superior al expuesto, pero debemos excluir alrededor de una docena de seudofirmas, generalmente insultantes, que se han introducido en las listas.

MANIFIESTO POR LA VERDAD HISTÓRICA

 Diversos políticos  y partidos propugnan una determinada visión de nuestro pasado mediante la llamada  Ley de Memoria Histórica. Este acto, por sí mismo, constituye un ataque a las libertades públicas y  la cultura.

   De modo implícito, pero inequívoco, la ley atribuye carácter democrático al Frente Popular. Hoy está  plenamente documentado lo contrario. Dicho Frente se compuso, de hecho o de derecho, de agrupaciones marxistas radicales, stalinistas, anarquistas, racistas sabinianas, golpistas republicanas y nacionalistas catalanas, todas ellas ajenas a cualquier programa de libertad.

 También está acreditado suficientemente que, ya antes de constituirse en Frente, los citados partidos organizaron o colaboraron en el asalto a la república en octubre de 1934, con propósito textual de guerra civil,  fracasando tras causar 1.400 muertos en 26 provincias; y que, tras las anómalas elecciones de febrero de 1936, demolieron la legalidad, la separación de poderes y  el derecho a la propiedad y a la vida, proceso revolucionario culminado en el intento de asesinar a líderes de la oposición, cumplido en uno de ellos. Esa destrucción de los elementos democráticos de la legalidad republicana hundió las bases de la convivencia nacional y causó la guerra y las conocidas atrocidades en los dos bandos y entre las propias izquierdas.

   La Ley de Memoria Histórica alcanza extremos de perversión ética y legal  al igualar como “víctimas de la dictadura”, a inocentes, cuyo paradigma podría ser Besteiro, y a asesinos y ladrones de las checas, cuyo modelo sería García Atadell. Así, la ley denigra a los inocentes y pretende que la sociedad recuerde y venere como mártires de la libertad a muchos de los peores criminales que ensombrecen nuestra historia. También erige en campeones de la libertad a las Brigadas Internacionales orientadas por Stalin, a los comunistas que en los años 40 intentaron reavivar la guerra civil o a los etarras que emprendieron en 1968 su carrera de asesinatos. ¿Cabe concebir mayor agravio a la moral, la memoria  y la dignidad de nuestra democracia?

    La falsificación del pasado corrompe y envenena el presente. Nos hallamos ante una clara adulteración de nuestra historia agravada por la pretensión de imponerla por ley, un abuso de poder acaso compatible con aquel Frente Popular, pero no con una democracia moderna. La sociedad no puede aceptarlo sin envilecerse: los pueblos que olvidan su historia se condenan a repetir lo peor de ella. Que el silencio no nos condene.

  Pío Moa (historiador), César Alonso de los Ríos (ensayista), Federico Jiménez Losantos (ensayista y periodista), José María Marco (historiador), Adolfo Prego (magistrado del Tribunal Supremo), Milagrosa Romero Samper (historiadora), Pedro Schwartz (catedrático Universidad), José Luis Orella (historiador), Ricardo de la Cierva (historiador), Jesús Palacios (historiador), Juan Carlos Girauta (ensayista), Sebastián Urbina (profesor de  Filosofía del Derecho), César Vidal (historiador), Eugenio Togores (historiador), José Vilas Nogueira (catedrático Universidad y escritor),  y 7.640 firmas más.    

 

Comentarios (102)

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101 Sherme, día 31 de Diciembre de 2007 a las 12:02
Dice hoy el editorial de LD:

http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_4...

Cristianismo y familia, fundamentos de una sociedad libre

Durante demasiado tiempo, especialmente en el siglo XIX, el liberalismo y el catolicismo estuvieron enfrentados. Los liberales veían a la Iglesia como una amenaza a la libertad individual tan grande o en ocasiones incluso mayor que el Estado, mientras que los católicos veían en los primeros un peligro para las costumbres y la moral, además de para el papel de la Iglesia en el orden social. Sin embargo, el paso de los años ha traído un acercamiento que ha llegado incluso a formalizarse en una corriente política, el liberalismo conservador, que cuenta con no pocos seguidores en el mundo y en España.

El cambio más notable desde el punto de vista de los teóricos liberales ha sido el descubrimiento de la importancia de la tradición dentro de una sociedad libre, y del papel que juegan instituciones como la moral para que el Estado pueda reducirse y confiar buena parte de las competencias que se ha atribuido a los propios ciudadanos. Habría que ser ciego también para no darse cuenta a estas alturas que las mismas raíces de las que creció el árbol del liberalismo sólo se han afirmado en la cultura judeocristiana. No es casualidad que la defensa de los derechos individuales naciera en Occidente, ni que fuera esta civilización, por medio sobre todo del imperialismo británico, la que terminara acabando con una institución hasta entonces universal como es el esclavismo.

Muchos católicos, por su parte, tras la completa aceptación de la separación entre Iglesia y Estado, han sufrido en sus carnes cómo la ideología predominante del progresismo ha ido atacando una por una todas las cosas que les son queridas y que conforman su modo de vida. En muchas ocasiones, sí, el ataque se ha limitado a las tribunas de la prensa y la televisión, pero en otras –especialmente en esta última legislatura– ha sido el propio Gobierno el encargado de encabezar esa ofensiva. Para el progresismo, la religión debe limitarse al ámbito privado, y como el Estado debe ocuparse cada vez de más y más cosas, ese ámbito se ve continuamente reducido. Así, los católicos han visto en la disminución del Estado, al menos en ciertos ámbitos como el educativo, la única vía para poder seguir viviendo de acuerdo con sus creencias.

Durante más de un siglo la izquierda se ha empeñado en situar la familia como un entorno hostil al individuo, que lo coarta y le pone cadenas y le impide alcanzar su pleno potencial. Pero cualquiera que conozca su historial en materia de libertades debería desconfiar de cualquier afirmación que pueda hacer al respecto. Desde Rousseau, el buen progresista considera que el ser humano no es aún el ser bondadoso que considera que es de forma natural por culpa de de diversas instituciones que lo van echando a perder. Sólo la izquierda, desde una posición de poder, puede eliminar esas trabas para que un hombre nuevo pueda alcanzar todo el potencial del que somos capaces. Así, el castigo al delincuente se sustituye por reeducación y reinserción, la enseñanza por educación para la ciudadanía, la familia por el cálido abrazo del asistente social y el apoyo del Estado del Bienestar, la religión por la ciencia.

Pero en lo que cristianos y liberales están de acuerdo es que son precisamente esas instituciones las que impiden que el hombre acabe convirtiéndose en el lobo para el hombre. Si la lucha de Juan Pablo II por librar al mundo de la monstruosa experiencia del comunismo acercó a muchos liberales hacia la Iglesia, el ataque del progresismo contra la civilización occidental debería convertir esa alianza en algo más permanente. La defensa de la familia cristiana, de la familia tal y como la entendemos en España y en Occidente, forma parte sustancial de esa lucha. Pues sin ella nos encontraríamos inermes y desprotegidos frente al Estado. Es un motivo por el que debemos mostrar nuestra satisfacción ante la concentración de este domingo, más allá de la coyuntural lucha frente a Zapatero.

"Si la lucha de Juan Pablo II por librar al mundo de la monstruosa experiencia del comunismo acercó a muchos liberales hacia la Iglesia, el ataque del progresismo contra la civilización occidental debería convertir esa alianza en algo más permanente.

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Probablemente ese sea mi caso y el de muchos más masones.
102 opq5, día 31 de Diciembre de 2007 a las 12:34
valekien

Macho lo de que los que votamos al PP tenemos manchadas las manos de sangre, es una amenaza intolerable y es lo mismo que me llamaron en mi colegio alectoral catalán cuando se dieron cuenta de que el 14-M votaba al PP, añadiendo que era un asesino.

Veo que los extremos se tocan. Visto lo cual me pido perdón a mi mismo, por si alguna vez he sido de derechas.

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