Pío Moa

Octubre 2009


Una revolución científica

30 de Octubre de 2009 - 09:50:38 - Pío Moa - 171 comentarios


Muy apto para la crítica: 

No solo hubo revoluciones políticas en el tránsito del siglo XIX al XX, también se produjo también una verdadera revolución científica y filosófica Hasta  entonces parecía que la Física, la ciencia por excelencia, solo tenía que desplegar las ideas de Newton, de  Maxwell o Carnot y Clausius para completar un sistema majestuoso, coherente de leyes deterministas, que explicaría el mundo a partir de conceptos que, salvo las algo misteriosas gravedad y electricidad,  resultaban familiares a la razón. Kant había forjado buena parte de sus teorías apoyándose en el universo newtoniano infinito, homogéneo, encuadrado en un  espacio y un tiempo intuitivamente firmes, que funcionaría como un reloj gobernado por la necesidad, aunque dentro de él funcionase de un modo no del todo explicable la libertad moral humana. Había problemas como la incongruencia de la débil luz nocturna pese a las infinitas estrellas, o entre algunos conceptos newtonianos y otros electromagnéticos, pero nadie dudaba de que se irían solucionando, y hacia finales del siglo XIX  la impresión extendida era que faltaba poco para completar la teoría.

   
 Pero al profundizar en el inmensamente grande universo, como en el enormemente pequeño átomo, se presentaron unos mundos increíblemente extraños a las ideas que la razón humana había forjado a partir de su experiencia y de sus sentidos. El átomo resultó no serlo en el sentido de Demócrito (a su vez inconsistente), sino un compuesto de cuerpos aún menores con un comportamiento por así decir irracional, en parte al azar e impredecible, salvo a nivel estadístico, y que desafiaba los conceptos habituales de causalidad y orden temporal, según empezó a establecer Max Planck. Desde Einstein, el tiempo y el espacio dejaron de ser un marco por así decir sólido para los fenómenos físicos, y la gravedad se explicó por algo tan incomprensible para la experiencia habitual como una curvatura del espacio causada por la masa. La gravedad misma solo podía gobernar parcialmente el universo: a gran escala era incompatible con su presunta estabilidad e infinitud. Desde que, siglos y milenios atrás, los sacerdotes de diversas culturas observaran el firmamento más o menos sistemáticamente, pensando en su relación con los  dioses y en cómo influiría sobre el destino humano, el conocimiento había conducido a un mundo ajeno a la visión intuitiva y sensorial, ininteligible, aun si aprehensible a través de las matemáticas y manejable a partir de ellas.

  
Siempre se había creído que el universo observable a simple vista o con telescopios menores, con sus pocos miles de estrellas, era el todo. Pero en las primeras tres décadas del siglo se descubriría que ese firmamento observado solo abarcaba una fracción de una galaxia, la cual no constaba de unos miles de estrellas, sino posiblemente de cientos de miles de millones, algo ya inconcebible para la mente; y al poco tiempo se descubrió que existían decenas y decenas de miles de millones de galaxias más o menos parecidas, las cuales, nuevo hallazgo asombroso, se alejaban unas de otras, lo que suponía que el espacio del universo se ampliaba, cualquier cosa que ello significase.   

  
Estos nuevos conocimientos abrumaban la psique. Aunque el cielo y la misma Tierra siempre habían impresionado al hombre por su inmensidad, comparada con su propia pequeñez, esto superaba  todo lo imaginable y, de modo vagamente consciente, corroía el sentido de la vida humana. ¿Qué significado podía tener la Tierra, irrisoria como una invisible mota de polvo en medio de una gigantesca tormenta sahariana, y qué valor tendría la incesante agitación de los mínimos seres humanos apiñados sobre aquella mota?  Ni aun la aparición del hombre, tan tardía sobre la Tierra, se parecía a aquella necesidad expresada en una ley natural que volvía tan satisfactorio el mundo newtoniano, sino a una improbabilísima combinación de azares. El cristianismo hablaba del carácter sagrado de la vida humana, algo difícil de entender a la luz de la ciencia,  como asimismo la  noción de un Dios que amaba y cuidaba de modo especial a sus criaturas. Y sonaban grotescos los criterios narcisistas del hombre como medida de todas las cosas o la autoadmiración propuesta por el humanismo.


  
El por entonces joven filósofo inglés Bertrand Russell expuso una consecuencia psicológica de ese conocimiento en unas frases que, escribe Ramiro de Maeztu, se convirtieron en oración peculiar para una generación de intelectuales anglosajones: “Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes que el golpe caiga, los pensamientos elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su condenación, sostener por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha aplanadora del poder inconsciente".


 
Estas frases, opone Maeztu, son “retórica altisonante y contradictoria”, proponen una resistencia obstinada  y sin sentido a fuerzas que sobrepasan absolutamente al ser humano. Para Maeztu, el hecho de que el hombre pueda conocer y transformar en alguna medida el mundo, es indicio de una chispa divina que asemeja al hombre al Creador del universo. Opinión consoladora, pero no del todo sostenible racionalmente. En todo caso, para muchos, esa “chispa” y sus efectos demolían la idea de un Dios.
 

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 En Occidente estos hechos debilitaron la fe religiosa, que  revirtió –acusaban los cristianos-- sobre las ideologías, hijas bastardas de la razón. Para Ortega y Gasset, el problema radicaba en acomodar la razón a la realidad, en lugar de lo contrario, como vino a señalar comentando la teoría de Einstein: la idea de que la razón todo  lo puede, conduce a la utopía, y “la propensión utópica [nacida de un racionalismo remontable a Grecia] ha dominado en la mente europea durante toda la época moderna”, lo cual pudo llevar a la civilización occidental “a un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo no es que dé soluciones falsas a los problemas –científicos o políticos—sino algo peor: es que no acepta el problema –lo real--  según se presenta; antes bien, desde luego –a priori—le impone una forma caprichosa”.

     
 El darwinismo  había asestado, según interpretaban muchos, un golpe decisivo a la religión, al explicar la presencia del hombre y de las demás especies no como una creación directa de Dios, según afirmaba la Biblia, sino como producto de un largísimo proceso evolutivo. No explicaba por qué esa evolución había culminado (al menos de momento)  en el ser humano en lugar de mantenerse indefinidamente en el nivel animal, como había ocurrido durante tantos millones de años; ni cómo el medio ambiente seleccionaba a sus criaturas, ni la aparición de la reproducción sexual, etc., pero tales problemas debían ir solucionándose con el tiempo, una vez establecida firmemente la base teórica. Una potente derivación del darwinismo, aunque no engendrase un partido preciso, fue la filosofía de Nietzsche. Este acusó al cristianismo de contradecir la ley biológica  más elemental, la preservación de los más aptos,  cargando a la sociedad con una masa parasitaria de gentes que la naturaleza habría eliminado. Peor aún: la masa parasitaria había impuesto su propia moral, la del esclavo, el débil y el incapaz, sobre la de los ejemplares mejor dotados, los amos y los nobles. Por ello la cultura occidental estaba corrompida y solo podía salvarla una evolución contrario. Era, según él, la época de “la muerte de Dios”, es decir, del abandono de la fe cristiana, base de la civilización occidental, abandono que  podía derivar a un  nihilismo asolador o bien a un nuevo tipo humano, el “superhombre”, plenamente individualista, capaz de crearse sus propias normas morales y dirigirse por “la voluntad de poder”, propia de la vida frente a las ideologías de la sumisión y la muerte.


  
Las ideas de Nietzsche, como las además ateas, tenían varias consecuencias que se manifestarían en el siglo XX. Por ejemplo, si el ser humano es un animal no distinto esencialmente de aquellos otros animales a los que él mismo sacrifica por millones para alimentarse, y si no existe
sanción ni castigo para sus actos más allá de la naturaleza, los crímenes más horrorosos carecerían de otra sanción que la muy limitada que impusieran los propios hombres… en el caso de que no fueran los criminales quienes definieran e impusieran la ley. Es más: la noción de lo que es criminal y lo que no, se volvería solo convencional, decidida por los que mandasen en función de su mayor fortaleza y voluntad de poder. Las ideas de Nietzsche tienen algo de desarrollo extremo, bajo inspiración científica, del nominalismo de Occam, que disociaba el bien y el mal de la razón, atribuyéndolos a la libre voluntad divina, dejando a su vez la guía de conducta humana a la voluntad del individuo,  tanto más cuanto que la voluntad divina era, en definitiva, inaccesible al entendimiento humano. Esta inaccesibilidad lleva a prescindir de Dios a efectos prácticos, y finalmente teóricos. Las concepciones nietzscheanas  habían de influir en ideologías como el fascismo o el nacionalsocialismo; y el marxismo traslucía un fundamento parecido. Cabría atribuir a los dos primeros una visión de la vida aristocratizante, y democratizante a la tercera, aunque siempre dentro de contradicciones: los aristocratizantes fascismos insistirían en la voluntad de los  pueblos, y el democratizante marxismo en élites (“vanguardias”), con poder omnímodo sobre la sociedad. Unos y otros dotados de una desmedida voluntad de poder.

  
 
Entre las distintas corrientes de pensamiento de entonces destacó el freudismo o psicoanálisis, que, como el marxismo, lleva hoy bastante tiempo en crisis, pero que ha teñido de un color peculiar el siglo XX. En Freud podemos encontrar, según el psicólogo Paul Diel, el trascendental descubrimiento del lenguaje simbólico en que se expresan las instancias no conscientes del individuo, junto con una interpretación arbitraria de este. Simplificando mucho, para Marx  la clave de la conducta e historia humanas estaría en el estómago, y para Freud en el sexo, partiendo ambas concepciones de una base animal, “material”, del ser humano. Las dos comparten también el rasgo teórico de descartar críticas o estudios discrepantes atribuyéndolos, en el primer caso, a  “intereses de clase”  burgueses, y en el segundo a tendencias neuróticas que dificultan o impiden aceptar la realidad. Freud no predicaba la “liberación sexual” como ariete contra la familia o la sociedad cristiana; por el contrario, opinaba que la civilización no puede subsistir sin un grado de represión sexual, venero de malestar psíquico o de neurosis, un mal menor comparado con la lucha general que nacería de la plena libertad a las apetencias sexuales; pero la idea de esa “liberación sexual” como arma contra la represora sociedad burguesa  se abrió paso enseguida, y llegaría, sobre todo en los años 60 del siglo XX, a combinarse adecuadamente con el marxismo.

 
  
Si el arte expresa el sentimiento del mundo al margen de la razón, cabe entender una fracción característica del arte del siglo XX como producto subconsciente de las ideologías y el pensamiento de esa época, sumados al desconcierto causado por la ciencia: arte “deshumanizado”, decía Ortega, con su inclinación a lo grotesco, lo desarticulado y lo demoníaco.

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   ****”Como hombre de honor y de conciencia, abrigo el absoluto convencimiento- afirmó Concas- de que en Madrid han decidido sacrificar la escuadra, lo antes posible, como un medio para que se establezca rápidamente la paz. Por tanto, conviene salir, y no porque sea lógico, sino porque recibiremos la orden militar y terminante de hacerlo aun en peores condiciones”.

 

  Estas frases equivalen a una confesión.  Si los políticos querían liquidar de ese modo la escuadra, debe reconocerse que no podían haber elegido mejores mandos para la misión, el propio Concas entre ellos. La escuadra española no era en absoluto despreciable –nada de barcos de madera y esas historietas—y tenía ventajas, sobre todo la velocidad. Pero evidentemente Cervera  quería liquidarla o simplemente no sabía qué hacer con ella, y en todo caso eligió la fórmula más eficaz para anular cualquier ventaja suya y dársela al enemigo. Con semejante mentalidad, Aníbal se habría dado por vencido de antemano en Cannas, como Cervera, lo mismo habría hecho Pelayo,  Franco, etc., etc. Es ridículo especular con la potencia artillera cuando, incluso si hubiera sido equiparable a la useña, la autoencerrona  organizada por Cervera la habría vuelto inservible. Aparte de que su estrategia de “defender” las Canarias es de lo más cómico que se ha escrito en la materia. 

   Los argumentos de  
Concas y Cervera o Montojo no son los de verdaderos jefes militares, sino de burócratas  cuya mentalidad les llevaba a buscar  minuciosamente todas las excusas posibles para justificar la derrota y luego echar la culpa a otros.  Repito, si los políticos querían liquidar la escuadra, dieron enseguida con los hombres más adecuados para ello. La elección de Cervera es el único indicio serio de que efectivamente quisieran tal cosa.

**** Agustín R. Rodríguez, Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica.
Ed. Actas, Madrid, 1898

Aspectos de la I Guerra mundial

29 de Octubre de 2009 - 11:32:48 - Pío Moa - 109 comentarios

Mientras España seguía la evolución descrita, más allá de los Pirineos se acumulaban peligros que los regeneracionistas no podían imaginar siquiera en su beata admiración por "Europa", es decir, por Francia, Inglaterra y Alemania. Al lado de esos peligros, los problemas españoles eran casi insignificantes.

A pesar de su turbulenta historia, Escandinavia se mantenía como la parte más tranquila del continente. Finlandia estaba bajo dominio ruso, y en conjunto seguían siendo países pobres, pero experimentaban movimientos reformistas que, ayudados por una larga paz, los colocarían en el siglo XX entre los más prósperos de Europa. Un problema surgió cuando Noruega, que tras las guerras napoleónicas y por presión británica había pasado a unirse a Suecia, quiso independizarse en 1905. Suecia movilizó sus tropas, pero una oportuna advertencia de Londres impuso una separación "pacífica". Inglaterra, a su vez, tenía que afrontar la creciente resistencia irlandesa.

Las rivalidades entre Gran Bretaña, Francia y el II Reich alemán amontonaban los nubarrones. Alemania trataba de aislar a Francia por medio de la Triple Alianza con el Imperio Austrohúngaro y con Italia; Francia maniobraba para envolver a su vez a Alemania, dando lugar a la Triple Entente con Rusia y Gran Bretaña. Todos, menos Rusia, eran regímenes parlamentarios más o menos firmes y más o menos liberales, y en todos, excepto Gran Bretaña, existían potentes grupos revolucionarios e internacionalistas. Al mismo tiempo se habían formado enormes compañías y cárteles que interrelacionaban las economías de todos los países, con mutuas y crecientes penetraciones de capital. Los marxistas teorizaron que el capitalismo entraba en una etapa nueva, llamada de monopolismo o imperialismo, concentrándose según lo que había predicho Marx, proletarizando a la masa de pequeños propietarios y agravando las crisis económicas y para terminar en una conflagración por el reparto del mundo.

Con todo ello, hacia 1912, cuando España afrontaba huelgas salvajes y atentados como el asesinato de Canalejas, crecía la impresión de que no tardaría en estallar un conflicto general, para el que unos y otros se preparaban en una carrera armamentista. Gran Bretaña, principal beneficiaria de la anterior expansión imperial, temía la política neoimperialista germana, Francia ansiaba la revancha por su derrota de 1870 y Alemania calculaba el momento oportuno para resolver por la fuerza sus contenciosos.

En el centro-este del continente, los imperios otomano y austrohúngaro sufrían la corrosión de los nacionalismos. El primero, llamado "el hombre enfermo de Europa", no superaba su declive a pesar de algunos intentos reformistas. Rusia, con problemas internos algo similares a los españoles, crecía con rapidez: una de sus facetas fue un esplendor literario comparable o superior al del resto del Europa, y un nivel científico que a España le faltó, acaso porque en el siglo XVIII se había creado en Rusia, y no en España, una Academia de Ciencias. Pero Rusia padeció en 1904-5 una gran derrota a manos de Japón, y en 1905 una conmoción revolucionaria que forzó a medidas liberalizantes. Pero era en el "avispero balcánico" donde se concentraban las tensiones más difíciles de controlar, zona de fricción de intereses austro-húngaros, otomanos y rusos, complicados por los nacionalismos y con proyecciones al resto de Europa. 

Y así, el 28 de junio de 1914, el asesinato del príncipe heredero de Austria-Hungría y su esposa en Sarajevo, por un nacionalista serbio, fue como una chispa en una pradera seca. Tras un mes de dilaciones Viena declaró la guerra a Belgrado, y en el mes siguiente siguieron las declaraciones de guerra entre los países de la Entente y los de la Alianza. Los turcos se alinearon también con Alemania, e Italia se tuvo al margen. Los rusos pensaban en la aniquilación final de Alemania, encontrándose en Berlín con el ejército francés, y entre los dirigentes alemanes había planes para ocupar Polonia y Rusia, establecer allí colonos alemanes y desalojar a gran parte de los eslavos.

Berlín había diseñado una estrategia de envolvimiento del norte de Francia desde Bélgica, y París una ofensiva hacia el centro de Alemania, pero las dos fracasaron y durante los años siguientes los ejércitos alemán, francés e inglés se desangrarían en una guerra de trincheras, casi estática. Hubo propuestas de paz por parte del Vaticano y de Washington, pero fueron desoídas, aunque Alemania les prestó mayor atención. El año 1917, el del movimiento revolucionario en España, fue crucial. Las derrotas rusas indujeron una desintegración social, y en febrero una revolución derrocó al zarismo e instauró la república. La campaña submarina alemana amenazaba colapsar el tráfico inglés, pero en abril Usa declaró la guerra a Alemania, recomponiendo la moral aliada. A su vez, en noviembre (octubre según el calendario ruso) los alemanes recibieron un gran alivio con la victoria de la Revolución bolchevique, que retiró a Rusia del campo de batalla. No en vano el estado mayor germano había facilitado el traslado de Lenin a San Petersburgo y subvencionando buena parte de su propaganda.

El Reich pudo emprender al año siguiente una magna ofensiva en el oeste, pero no alcanzó sus objetivos, mientras afluían muchas más tropas useñas y el bloqueo llevaba la miseria a la población alemana. En septiembre, octubre y noviembre los aliados de Berlín capitularon uno tras otro: Bulgaria, el Imperio turco y Austria Hungría. Alemania quedó sin aliados, mientras se extendía por el país una revolución comenzada en la armada. El 9 de noviembre se proclamó la república y el kaiser se refugió en Holanda. El día 11 terminó oficialmente la contienda, que muchos habían esperado corta y que había durado más de cuatro años.

Se calcula que perecieron ocho millones de soldados, cifra nunca vista en una guerra. El número de civiles fue de 1,5-2 millones, exceptuando Rusia y el Imperio turco. La mortandad aumentó por una mortífera pandemia de gripe en 1918-19, originada en Usa, aunque se la llamó "gripe española" y se extendió por todo el mundo. Se calcula que mató a entre 50 y 100 millones de personas, sobre todo en China y la India. En Usa murieron unas 600.000, en Europa occidental y central unos dos millones (entre 200.000 y 300.000 en España). Pudo haber tenido efectos en la posterior epidemia de encefalitis letárgica, que causó millones de nuevas víctimas.

La guerra acabó con los imperios ruso, autrohúngaro y otomano. La caída del ruso desembocó en el primer régimen socialista de la historia, que recobraría los territorios imperiales perdidos, galvanizaría a las izquierdas en todo el mundo y condicionaría profundamente la evolución de Europa y Asia, y desde luego la de España. El Imperio austrohúngaro era continuador parcial del Sacro Imperio fundado a mediados del siglo X tras la disolución del Imperio carolingio, y que tanto protagonismo había tenido en la historia europea y tan estrecha relación con la española; de su disolución nacieron varios países en el centro-sur del continente sobre un "derecho de autodeterminación" auspiciado por Usa, que debía poner fin a los conflictos, pero los aumentaría. El Imperio turco, otrora amo del Mediterráneo y capaz de amenazar el centro de Europa, quedó reducido a la región de Constantinopla o Estambul y la Anatolia (aunque para recuperar toda esta hubo de contender con Grecia, Francia, Inglaterra e Italia, a lo que siguió una limpieza étnica de griegos y turcos en los respectivos territorios). En 1922 se implantó la república. De la parte árabe del imperio surgió Arabia Saudí, y la región entre el Mediterráneo y el Golfo Pérsico fue repartida en zonas de influencia francesa e inglesa. Londres hizo la primera declaración en pro de un hogar nacional judío en Palestina, que llevaría treinta años después a la creación de Israel.

Otro resultado de la disolución de los imperios fue la creación de un rosario de nuevas naciones en la franja central europea: Finlandia, Países Bálticos, Polonia (que recobró su independencia, perdida con el reparto del país entre Prusia, Rusia y Austria en 1795), Checoslovaquia, Hungría, Austria propiamente dicha, Albania, además de las preexistentes Bulgaria, Rumania y Grecia. Una auténtica revolución histórica.

Ligado a la guerra mundial estuvo el genocidio armenio entre 1915 y 1917, debido a la política turca de aniquilar a los cristianos dentro de su imperio. Los cálculos varían entre medio y un millón y medio de víctimas, y sentaría un precedente para nuevos genocidios en el siglo XX.

En Usa, la entrada en la guerra frente a una opinión pública neutralista fue precedida y acompañada de una colosal campaña de propaganda organizada por la Comisión Creel. No fue como la campaña que llevó a la guerra del 98, debida sobre todo a la prensa amarilla, sino que fue instrumentada directamente desde el gobierno de Woodrow Wilson. Reunió a miles de artistas, escritores, periodistas y voluntarios, y empleó todos los recursos de la publicidad: 60 millones de folletos, millones de carteles, películas, 7,5 millones de minicharlas de cuatro minutos. Su masividad aplastó cualquier posible réplica, y mezcló la verdad y la mentira según principios técnicos calculados para conmover los sentimientos y la opinión de las masas. Demostró cómo en ciertas circunstancias, es posible manipular a la opinión, y sus métodos serían imitados por la propaganda totalitaria, que daría tan fuerte matiz al siglo XX y al actual. 

Uno de los mayores méritos de la restauración fue mantener al país al margen de esta conflagración, aunque Romanones, uno de los políticos más baratos y nefastos de la época, estuvo muy cerca de meternos en ella, por medio de hechos consumados aprovechando las vacaciones parlamentarias de verano. Muchos regeneracionistas estaban igualmente empeñados en la intervención. 

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Blog.- *Desde Luego, Cervera no tenía absolutamente nada de Blas de Lezo o de los almirantes castellanos que cuando la Guerra de los Cien años aplastaron a la escuadra inglesa que había derrotado a su vez a la francesa, y devastaron la costa sur de Inglaterra.. Cervera era un tanto llorón, y proponía la "estrategia" de abandonar Cuba a los useños y "defender "Canarias, que no solo no estaba amenazada por ellos, sino que nunca lo estaría, una vez Cuba les fuera regalada así. Todos sus movimientos echaron a perder, deliberadamente o no, sus propias ventajas y facilitaron que sus adversarios sacasen el máximo partido de las suyas. El resultado de la batalla se debió a que él mismo se encerró en la peor posición posible. La gran ventaja useña fue que sus barcos, desplegados en abanico, pudieron tirar al blanco a los buques españoles según iban saliendo uno a uno, y eso explica la desproporción de bajas. En los combates navales, a veces una ventaja menor produce resultados parecidos. Así, en la batalla de Coronel, cinco cruceros alemanes de Graf von Spee, aprovechando la puesta del sol que dificultaba la visión al enemigo, hundieron dos cruceros ingleses y dañaron a otros dos, causándoles 1.650 muertos, contra sólo dos heridos alemanes. Poco después, en las Malvinas, una escuadra inglesa derrotó a la de Von Spee, explotando la escasez de municiones y el menor calibre de la artillería alemana, ocasionándole 2.000 muertos, con sólo nueve bajas de los vencedores. Ahora bien, la desventaja de Cervera no fue pequeña, sino enorme, y él mismo la construyó a conciencia, con su derrotismo desde el principio. Es de destacar, además, que los almirantes enemigos, en Cuba o en Filipinas, distaban muchísimo de ser genios. Creo que el análisis de Rodríguez es de los mejores que se han hecho. Cervera era evidentemente derrotista, no tenía el menor impulso de victoria sino, desde el principio, de derrota. Claro que la culpa la comparte con quienes le obligaron a aceptar el mando. Pero aun en esas condiciones tenía la obligación de sacar el máximo partido de las fuerzas a su disposición, que no eran nimias en absoluto. En Inglaterra les habría costado muy cara su actuación, pero aquí él y Montojo resultaron mejores estrategas acusando a los políticos para eludir sus propias responsabilidades. Que encima se bautizase un crucero con el nombre de Almirante Cervera demuestra qué bajo ha llegado a caer el espíritu naval español. Como si los ingleses bautizaran a un gran barco con el nombre de Vernon o con el de Mathews.

*Weyler: su estrategia se demostró muy efectiva. Se le atribuye la creación de los campos de concentración, otros dicen que fueron los ingleses durante la guerra de los boers. Se dice también que en las reconcentraciones de Weyler murieron 100.000 personas, pero son cifras puramente propagandísticas, seguramente más absurdas que el célebre millón de muertos de nuestra guerra civil. Los campos de concentración de prisioneros han sido a veces terribles. Los useños durante la Guerra de Secesión fueron casi de exterminio, y otro tanto pasó con los buques prisión ingleses durante la Guerra de Independencia useña. En la Guerra de independencia española, se dio el caso de 9.000 franceses llevados a la isla de Cabrera, donde se calcula que murieron al menos 5.400. Etc. El sistema de Weyler consistía en separar a la población civil del control de los enemigos, una técnica que se ha aplicado muy ampliamente en guerras posteriores, destacadamente por Usa.

**** Dice Chaves: "Ni el PSOE está exento de que en algún momento haya un caso de corrupción". ¿Esta frase qué es? ¿Una perfecta idiotez o una perfecta chorizada? Perfecta, en todo caso.

Efectos del 98

25 de Octubre de 2009 - 09:27:33 - Pío Moa - 226 comentarios

Desde el punto de vista económico, el Desastre tuvo efectos benéficos: el país se libró de un insoportable y sangriento fardo, se repatriaron cuantiosos capitales y por más que la crisis pudo haber dado al traste con el régimen, este se mantuvo en pie, prueba de su vitalidad, y se libró de un ácido que lo corroía. Antes de un decenio la escuadra había sido reconstruida con navíos más modernos, había aumentado la flota mercante y las comunicaciones ferroviarias y por tierra, las obras hidráulicas se multiplicaron por cuatro, etc.; los políticos prestaron mayor atención a la instrucción pública, rebajando el número de analfabetos a algo menos del 50%, todavía muy alto (en Francia estaba en torno 15%), pero una mejora de cierta entidad; se estableció el ministerio de Instrucción Pública, que cuadruplicó su gasto, y un Instituto de Reformas Sociales, del cual partieron las primeras leyes de protección obrera. La industrialización se aceleró, y también la urbanización: Madrid y Barcelona superaron el medio millón de habitantes, Valencia los 200.000 y Bilbao rondaba los 100.000.

Prueba de que la economía no determina a la sociedad, fuera del ámbito económico las dificultades iban a multiplicarse, y lo que pudo ser un contratiempo pasajero se convirtió en crisis moral y política permanente, con el régimen acosado sin tregua por adversarios implacables. El primer golpe y en cierto modo el más grave, provino de intelectuales, periodistas y políticos más prestigiosos que responsables. Aun si la marina y el ejército hubieran combatido mucho mejor, la posibilidades de España en un conflicto tan desigual frente al coloso useño serían mínimas a la larga, y el desenlace tenía aspectos positivos sobre los que se podría mejorar la convivencia nacional. Pero, por el contrario, se construyó un ambiente derrotista y tenebroso, de crítica sin concesiones al régimen que había librado al país de las epilepsias de antaño. Un intelectual ligado a la Institución Libre de Enseñanza, Joaquín Costa, encabezó el ataque con un movimiento difuso, pero influyente, llamado regeneracionismo. Según él, España estaba gobernada por una "necrocracia" de oligarcas y caciques que asfixiaban a las fuerzas sanas del pueblo y condenaban al país a un atraso sin esperanzas.

El tópico cundió. Para José Ortega y Gasset, que ya destacaba como pensador relevante y formador de opinión, Cánovas habría sido "un gran corruptor (...) un profesor de corrupción" y su régimen una losa que aplastaba a "la España vital". Por tanto, no se trataba de pedir reformas más o menos razonables, "Nuestra bandera tendría que ser esta: la muerte de la Restauración". Unamuno hablaba de guerra civil como salida. Manuel Azaña iniciaba su carrera política entre imprecaciones contra el régimen: "No me habéis dado maestros, ni libros, ni ideales, ni holgura económica, ni amplitud saludable humana (...). Yo os exijo que me deis cuenta de todo lo que en mí hubiera sido posible de seriedad, de nobleza, de unidad nacional, de vida armoniosa; que ha fracasado porque no me disteis lo que tiene derecho a recibir todo ser que nace en latitudes europeas". No había análisis real en tales condenas, sino solo una indignación retórica, y poco sincera, pero que creaba su propia dinámica.

La diatriba de Azaña recuerda la de Bolívar en Angostura, y tiene interés, porque, en su evidente puerilidad, su ánimo iba a condicionar la vida político-intelectual del país. Azaña parecía creer que dependían de los políticos la seriedad, nobleza y vida armoniosa de los individuos, que en las "latitudes europeas" todo el mundo gozaba por derecho de tales bicocas; e ignorar que la mayoría de las latitudes europeas eran más pobres que Inglaterra, Francia o Alemania, incluso que España, y que no podía remediarse de la noche a la mañana el desnivel económico con la Europa rica. Diríase que la panacea consistía en liquidar cuanto antes el régimen liberal y evolutivo traído por Cánovas, y sustituirlo por no se sabía bien qué fuerzas y principios. No pocos simpatizaban con el socialismo o ensalzaban a los pistoleros ácratas como héroes morales. Ortega llegó a definir al socialismo y el anarquismo como las dos potencias de modernización. Una de las pinturas del régimen más desgarradas y logradas artísticamente, Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, encomia a un personaje trasunto del sanguinario Mateo Morral. Ignorando la historia y realidad de Francia o Inglaterra, en las que cifraban su concepto de Europa, los regeneracionistas hablaban de España como el país más atrasado y absurdo del mundo, con la excepción implícita de ellos mismos.

Ortega y otros se proclamaban liberales, pero su peculiar liberalismo les impedía valorar las libertades y el progreso material sostenido, alcanzados por primera vez desde la invasión francesa. El historiador José María Marco ha explicado cómo tendían a soluciones dictatoriales tipo "cirujano de hierro", propuesto por Costa para realizar su propuesta regeneracionista. Además desbarraban en sus quejas, pues todos eran hijos legítimos de la Restauración, habían tenido libros, maestros, bastantes de ellos habían accedido a estudios en universidades extranjeras y gozaban de holgura económica. Sus protestas chirriaban por cuanto no eran hombres de acción ni proclives a sacrificarse por ideales, sino solo a sabotear desde dentro al régimen que tantas facilidades y libertades les otorgaba. Bajo sus apóstrofes, su primera preocupación consistía en opositar a funcionarios de aquella "corrupta necrocracia".

Y no se conformaban con denostar la Restauración, abominaban de la historia completa de España desde al menos la rebelión comunera del siglo XVI, después de la cual, afirmaba Ortega, todo había sido el "descarriado vagar" de un "país enfermo", por lo que España "no existe como nación"; y proponía quemar la tradición hispana para sacar de sus cenizas "la España que pudo ser". Costa hablaba de una "nación frustrada", a refundar "como si nunca hubiera existido". Nacionalistas paradójicos, pues suponían que España había sido un desastre, que se había desviado de la que juzgaban correcta evolución; aunque gracias a ellos podría corregirse. Unos lucubraban sobre lo bien que habría ido el país si, al terminar la reconquista, se hubiera volcado en África, su extensión "natural", en lugar de perderse lamentablemente en Europa por asuntos que no nos concernían; otros lamentaban la propia reconquista contra los refinados islámicos; o, con un racismo curioso, lamentaban la escasez del elemento "ario"...

Siempre se habían tenido por glorias el descubrimiento de América y el Pacífico, la conquista, colonización y evangelización de América y Filipinas, la lucha con turcos, franceses y protestantes... y de pronto todo eso suscitaba desdén. No era del todo nuevo. Castelar, político republicano y no el más torpe, había descrito el Imperio español como "un abominable e inmenso sudario que se extendía sobre el planeta". Antes, tales juicios pasaban por exabruptos particulares, pero después del 98 formaron un vasto coro.

La incoherencia y vanidad infantil de tales actitudes no disminuía su daño, pues creaban opinión, destrozaban el cimiento moral del régimen, al que privaban de cobertura intelectual, y abrían puertas a corrientes revolucionarias acaudilladas por personajes menos ilustrados pero mucho más peligrosos.

Dos de estos nuevos movimientos fueron los nacionalismos catalán y vasco. Hasta entonces, decía el líder catalanista Francesc Cambó, se componían de tertuliantes a quienes se tenía por chiflados inofensivos. Cambó recuerda cómo, durante la guerra con Usa, "Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos en patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos halláramos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras preocupaciones". Pero eso empezó a cambiar: "La pérdida de las colonias provocó un inmenso desprestigio del estado, de sus órganos representativos y de los partidos que gobernaban España", al tiempo que el capital repatriados de Cuba y Filipinas "dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas, dirigidas a deprimir el Estado español".

Esa propaganda, sumamente ofensiva, afirmaba que España iba "al naufragio, al abismo", y era indispensable aflojar los lazos con ella para no verse arrastrados. Inventaba comentarios de Madrid: "Bueno, hemos perdido Cuba y Filipinas, pero nos queda Cataluña". La cual, "regida por los chiflados y simplones de Madrid, es el pueblo menos pobre y menos atrasado del Estado español; por tanto, si fuera un poco bien gobernada y administrada con inteligencia [por los nacionalistas], sería un pueblo verdaderamente rico". Y deploraba, "Cataluña recibe a los castellanos que la acaban de conquistar con alegría y abrazos". Para evitar tal "monstruosidad", había que cultivar "el odio a Castilla": "Rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida", para "resarcirnos de la esclavitud pasada". A raíz del 98, el poeta Joan Maragall escribió una Oda a Espanya, acusando a esta de vivir "de glorias y recuerdos muertos", de mandar los barcos cargados de hombres a morir" (habían muerto muy pocos) y de ser "triste", despidiéndose con un Adeu Espanya. Fingían olvidar que los industriales y grandes propietarios catalanes, promotores de la riqueza de la región, habían sido los más partidarios de la mano dura y de la esclavitud en Cuba, y los voluntarios catalanes en la isla los mayores defensores de la Cuba española.

El Partido Nacionalista Vasco, fundado por Sabino Arana, siguió una evolución pareja. Apoyó a Usa, en contra de casi todos los vascos, muchos de los cuales luchaban en Cuba o agitaban en Usa a favor de España. Pero la depresión post bélica permitió a Arana salir elegido diputado provincial por Vizcaya. No obstante, admitía, quedaba mucho por hacer porque "Ni parece que hay maketos [como llamaba a los demás españoles] y bizkaitarras, sino que todos somos hermanos"; "El euskeriano y el maketo ¿forman dos bandos separados? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esa unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas", por lo que se proponía "desterrar de nuestra mente y nuestro pecho toda idea y todo afecto españolista", y amenazaba con arrastrar hasta el cabo Machichaco a sus paisanos reticentes u olvidadizos de "la lengua racial".

Los orígenes de ambos nacionalismos son semejantes: el catolicismo tradicionalista, el racismo y el regionalismo romántico. Dos de las zonas más afectas al carlismo habían sido las Vascongadas y Cataluña, y tras su derrota definitiva por la Restauración, se extendió en la masa tradicionalista de esas provincias un velo de amargura, y en parte del clero la idea de que, ya que en España habían triunfado los liberales, al menos aquellas regiones podrían preservar las esencias católicas apartándose del resto del herético país. Con el tiempo, parte del nacionalismo catalán evolucionaría a posturas izquierdistas, que en el vasco no tuvieron peso. La tentación se complicó con el racismo, derivado del auge industrial de sus principales ciudades, que testimoniaría una superioridad innata. Las diferencias raciales entre los vascos, los catalanes y los demás españoles apenas existen, pero teóricos catalanistas como Pompeu Fabra, Pompeu Gener y otros, afirmaron que en la península existían cuatro razas, siendo superior la catalana e inferior la castellana. Cada raza, siguiendo a Gobineau, produciría una cultura y un idioma, por tanto a una nación diferente. Prat de la Riba tenía a Cataluña por una nación específica ya desde los íberos (nunca se había hablado de Cataluña hasta el siglo XII, y no como nación sino como varios condados considerados españoles y parte de la corona de Aragón); según él, "Son grandes, totales, irreductibles las diferencias que separan Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia", los catalanes no podían entender la lengua de los demás españoles y debían preferir la compañía de su perro a la de un gallego, un andaluz, un castellano o un vasco. En realidad prácticamente todos se entendían en el español común, y por lo demás el catalán, el castellano y el gallego son más semejantes entre sí que los dialectos de otros idiomas.

El racismo del PNV era todavía más agresivo. Los vascos formaban "la raza más altiva del mundo", "noble viril, temida y admirada", "tan distinta de la española como lo es de la china o de la zulú", "sin ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española (...) ni con raza alguna del mundo", por lo que "la salvación (...) se cifra en el aislamiento más absoluto, en la abstracción de todo cuerpo extraño". Los vascos, dentro y fuera de sus provincias, se habían mezclado siempre con los demás hispanos (se ha calculado que el 12% de los apellidos en España es de origen vasco), por lo que el PNV advertía que la mezcla con los maketos "causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de la inteligencia, debilidad y corrupción del corazón". La raza vasca tenía la propiedad de ser católica casi por naturaleza, mientras que "no es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente, los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica". Su racismo llevó al PNV a rechazar la propuesta de los catalanistas para una acción común, porque "Maketania comprende a Cataluña", "Ustedes, los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región española", y "Jamás haremos causa común con las regiones españolas".

Nacionalismos tan paradójicos como el regeneracionismo, pues por un lado exaltaban hasta las nubes a razas tan superiores como la vasca o la catalana, y por otro las denigraban no solo por haber aceptado durante siglos la esclavitud y opresión española o castellana, sino por haberse considerado españoles ellos mismos, cosas que hacían dudar de aquella superioridad. Como los regeneracionistas, debían demoler o reinventar la historia, y presentarse como mesías.

Otra raíz común se encuentra en el interés regional suscitado por el romanticismo, que originó un sinfín de mitos sobre el origen e historia de las regiones. Se ignora el origen del vascuence, lengua muy dialectizada y que apenas tiene literatura, pues los vascos siempre habían preferido escribir en el español común. Algunos nacionalistas creían que el vascuence era el idioma de Adán y Eva. Con menos fantasía, se ha especulado con una migración desde el Cáucaso, o desde el norte de África, o con el asentamiento de los desertores mauritanos del ejército de Aníbal: hay unas pocas palabras semejantes entre las lenguas beréberes y el vascuence, insuficientes para establecer una filiación. El PNV sostenía que las Vascongadas habían sido siempre independientes, porque sus fueros eran impuestos a los reyes de España, y no una concesión de estos. Por más que, se dolía Arana, "Aun en aquella fecha en que estas provincias vascas eran estados independientes, su lengua oficial era la española (...) Ni entonces los vascos amaban su independencia". No se explica cómo un país soberano admitía el gobierno de un rey extranjero y utilizaba el idioma foráneo en sus leyes. Tampoco hubo un fuero vasco, pues cada provincia tenía el suyo, por concesión real.

Prat de la Riba, no menos arbitrario, maldijo el "criminal" Compromiso de Caspe, que había traído la esclavitud nacional, "una dinastía castellana, con la que comenzó la decadencia de nuestra patria". Idealizaba como "libertades catalanas" los fueros oligárquicos que tanto habían pesado sobre el pueblo trabajador, y despreciaba el resurgir económico logrado merced a la supresión de los fueros y al mercado español. Para simbolizar la pérdida de las libertades y crear un mito heroico, los nacionalistas pasaron a llorar y conmemorar la caída de Barcelona en manos de Felipe V y exaltar como héroe "nacional" a Rafael Casanova, caído en defensa de Cataluña. Historia perfectamente ficticia, en la que muchos han visto la síntesis del nacionalismo catalán.

Prat imaginó una Castilla fantasmal contra el que movilizar fobias, cuando la hora de Castilla como región hegemónica había pasado hacía siglos. Los catalanistas vacilaban entre la secesión y el intento anacrónico de heredar la antigua hegemonía castellana con sentido imperial, pues aunque "no todos los pueblos pueden llegar al bello momento de la eclosión imperialista", "el nacionalismo es vida nacional inflamada por un ideal, y eso es ya una conciencia de imperio", y Cataluña debía ejercerlo.

Por su parte, Arana descubrió que el pueblo vasco, "con ser singularísimo entre todos, carece de nombre". Desechó el término Euscalerría e inventó el neologismo Euzkadi, poco afortunado en vascuence, porque la terminación -di/-ti se usa para las plantas, lo que suscitó burlas de Unamuno, mejor conocedor del idioma (la lengua materna de Arana era el castellano). Pero Euzkadi pareció a sus seguidores palabra "luminosa", "creadora", "profunda", "taumatúrgica", que "condensa maravillosamente el anhelo de supervivencia y renovación" racial.

Menor peso, aunque no menos fantasía, tuvieron los nacionalismos gallego y andaluz. En cambio no surgió un nacionalismo en Navarra ni en Valencia, las Baleares o las Canarias, que teóricamente podían resultar proclives.

La guerra de Cuba

24 de Octubre de 2009 - 11:34:09 - Pío Moa - 101 comentarios

**** http://www.corunaliberal.es:80/index.php/component/content/article/1373-lengua-y-politica

El verdadero talón de Aquiles de la Restauración iba a ser esa guerra. En 1868, al abrigo de la "Revolución Gloriosa" en España, algunos rebeldes proclamaron la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud. Contaban con dos robustos aliados, Usa, que los ayudaba con el designio de dominar la isla antes o después, y las enfermedades tropicales, que diezmaban a las tropas españolas. Fueron precisos diez años para someter la rebelión. En 1879-80 fracasó una nueva insurrección y Madrid abolió la esclavitud... a medias, porque continuó unos años más en formas disimuladas. Y en 1895 comenzó una nueva contienda, que iba a ser la definitiva.

Cuba, como Filipinas, era parte de España en teoría, pero en la práctica los naturales tenían menos derechos que los de la metrópoli. La mayoría de los cubanos no deseaba la secesión, pero sí autonomía e igualdad de trato. Aunque Cuba no era pobre, apenas tenía industria, cuyos productos le suministraba sobre todo Barcelona en régimen casi de monopolio, si bien socavado por el intenso contrabando de géneros useños más baratos. De hecho, por medio de inversiones, Usa englobaba cada vez más a la economía cubana, y había propuesto a España, en balde, comprar la isla. Generales como Martínez Campos y Polavieja preconizaban la autonomía como un modo tranquilo y satisfactorio de llegar a una independencia inevitable a la larga, y de mantener la isla al margen del "destino manifiesto" useño. Cánovas, en cambio, adoptó una postura intransigente, en la que entraban, además de sus prejuicios contra los negros y su aversión a las apetencias anexionistas de Usa, la presión de hacendados e industriales que tenían en Cuba un mercado privilegiado y mantenían el esclavismo. Estos creían posible someter cualquier revuelta, sin importar el coste, y se beneficiaban de una extendida corrupción.

El resultado fue un verdadero cáncer para el nuevo régimen hispano. Entre 1895 y 1898 perdieron la vida 55.000 soldados, todos menos 2.000 víctimas de la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales. El país tuvo que pechar nuevamente con el mantenimiento allí de otro ejército de 200.000 hombres, dispendio gigantesco para una economía que convalecía de la ruina anterior. El cuerpo de generales, jefes y oficiales superó en mucho la proporción normal de oficiales-soldados en los más eficientes ejércitos francés, alemán o inglés. Abusos como el de los "soldados de cuota", aquellos que podían permitirse redimir con dinero el servicio militar o pagar un sustituto causaban un sordo malestar social, además de corroer el espíritu militar. La guerra, así, sangraba al país, literal y económicamente, y sembraba el descontento social. Guerra inútil, además, porque Usa constituía un santuario seguro para los independentistas, donde podían reorganizarse y desde el que podían volver una y otra vez a la carga.

Aún así, a partir de 1896 la rebelión retrocedió con rapidez gracias al general Weiler, que la acosaba sistemáticamente y concentraba a parte de la población rural en zonas fuera del control insurgente. De inmediato se alzó en Usa una ola de denuncias de la inhumanidad de Weiler, sobre todo en la masiva prensa amarilla de William R. Hearst. Contra esta propaganda luchaba en Usa la Junta Patriótica Española, impulsada por el multimillonario guipuzcoano José Navarro Arzac, que había hecho en aquel país una fantástica carrera como naviero, dueño de una cadena de hoteles, de seguros, etc. Es difícil saber cuánta verdad había en aquellas acusaciones, pero, en todo caso, fueron jaleadas como fidedignas por el Partido Liberal, para atacar a Cánovas. Sagasta clamó: "Después de haber enviado 200.000 hombres, de haber derramado tanta sangre, no somos dueños en la isla de más terreno del que pisan nuestros soldados". En realidad ello ocurría más bien con los rebeldes, y no se había derramado "tanta sangre", pero la prensa useña recogió ávidamente sus palabras. Moret, también del Partido Liberal, calificó la estrategia de Weiler como "destrucción y exterminio". Para Silvela, disidente de Cánovas, la guerra era dirigida "sin orden ni concierto", "asolando y destruyendo". Weiler comentará en sus memorias, citadas por el historiador Carlos Seco Serrano, que aquellos políticos debían haber ido a Cuba a comprobar que "los que habían quemado ingenios y pueblos enteros y volado trenes de pasajeros eran solo los insurrectos".

Para 1897, la rebelión estaba anulada en la mayor parte de la isla. Hearst mandó un periodista a Cuba para dar testimonio de las acciones rebeldes, pero este telegrafió que no encontraba nada que fotografiar. El magnate le replicó: "Usted aporte las fotos y yo aportaré la guerra". Y la situación entró en una nueva fase. Era también una muestra clásica de manipulación de la opinión pública.

Harto menos peligro, aun si creciente, tenía el problema filipino, donde la Katipunan, ("Asociación") emprendió la rebelión armada en 1896, con apoyo useño a través de Hong Kong. Un precursor de la rebeldía fue el tagalo José Rizal, que solo pedía autonomía e igualdad de derechos y había escrito dos novelas muy críticas de la opresión colonial y frailuna, probablemente exageradas: Filipinas había vivido casi cuatro siglos pacíficamente, excepto por las revueltas musulmanas de Mindanao. En desacuerdo con la violencia y sintiéndose español, se presentó como médico militar en Cuba. Al comenzar la acción armada fue arrestado como instigador de ella, lo que no debía ser cierto y, en una reacción desorbitada, condenado a muerte. Escribió entonces un emotivo poema Mi último adiós, que inspiraría a movimientos anticolonialistas por todo el Extremo Oriente. Tenía al morir 35 años, y recuerda en parte a José Martí, líder de los independentistas cubanos, que murió en combate en 1895, con 42 años, al reanudarse la guerra que él mismo decidió. Los dos eran intelectuales, buenos poetas y narradores, y los dos fueron masones, aunque Rizal murió dentro de la Iglesia.

El 8 de agosto de 1897, Cánovas del Castillo fue asesinado por el anarquista italiano Angiolillo. Este afirmó haberlo hecho en venganza por la ejecución de presuntos autores de un atentado contra una procesión, en Barcelona, causante de numerosos muertos y heridos, pero muchos indicios apuntan al Caribe. Angiolillo había tratado con el puertorriqueño Emeterio Betances, promotor de la rebelión en su isla y en Cuba, y había sido protegido en Madrid por el republicano José Nakens, que en 1906 volvería a estar complicado en un atentado, el tremendo de la calle Mayor de Madrid. Siendo de tendencias políticas diferentes, el lazo entre todos ellos bien pudo ser la masonería, pues Nakens y Betances, probablemente también Angiolillo, pertenecían a esa orden. 

Asesinado Cánovas, sería Sagasta quien afrontara la guerra de Cuba. Sus primeras medidas consistieron en sustituir a Weyler por el general Blanco, que había fracasado en Filipinas, y ofrecer la autonomía a Cuba. Pero esta oferta llegaba tarde, y Blanco solo consiguió retroceder de lo avanzado por Weyler, favoreciendo la rebeldía. En febrero de 1898 explotó en la bahía de La Habana el crucero useño Maine, lo que tomó Washington como pretexto para declarar la guerra a España, aunque la explosión fue interna, por causas desconocidas, sin haber sufrido el buque ningún ataque exterior. No faltaron las sospechas de un autoatentado para justificar la guerra.

Como fuere, la guerra siguió su curso. Usa no solo era la primera potencia económica del mundo, también estaba situada estratégicamente al lado de Cuba, y a mitad de distancia entre Filipinas y España, esta muy alejada de Cuba y alejadísima de Filipinas. Desde luego, tenía todas las de ganar en una contienda larga, pero no era seguro que venciera en una corta, y un revés claro al principio podría haberle contenido. La armada española poseía buques modernos y era más veloz que la contraria, aun si algo inferior en potencia artillera y acorazados; los mandos useños eran mediocres, y en vísperas de la lucha desertaron numerosos marineros, indicio de una moral no muy alta; además, la infantería española en Cuba, aun con moral decaída y con la mitad de la tropa permanentemente enferma, seguía siendo numerosa, mejor adiestrada que la que pudiera desembarcar Usa, y disponía de mejores fusiles y cañones. La diferencia, por tanto, distaba mucho de ser decisiva, y todo dependería de cómo se condujese la acción.

España podía jugar su mejor baza aprovechando la velocidad y atacando las costas y el comercio contrarios, perspectiva que provocó el pánico en algunas regiones litorales useñas, cuya población se retiró al interior. Había mandos dispuestos a llevar adelante esta estrategia, pero, por motivos poco claros, los políticos prefirieron encomendar la expedición al almirante Cervera, que era abiertamente derrotista y no quería mandarla. Cervera desoyó el consejo de subordinados más acometivos, como Bustamante, marino experto e inventor de un nuevo tipo de mina, o Villaamil, inventor del destructor, modelo de buque de gran futuro en todas las flotas del mundo. De hecho, Cervera aseguró con sus movimientos la ventaja enemiga, hasta encerrarse en la bahía de Santiago de Cuba, donde fue bloqueado por la armada del almirante Sampson. Este pudo aplicar allí en las mejores condiciones su superior artillería pesada, pues la salida para las naves españolas era un estrecho canal por donde debían pasar una a una. En el combate final, el 3 de julio, los españoles perdieron toda la escuadra y tuvieron 350 bajas entre muertos y heridos, contra un muerto y contados heridos los useños.

Dos meses antes el almirante Montojo, que defendía Cavite, a la entrada de la bahía de Manila, había mostrado dotes similares a las de Cervera. Su escuadra era peor que la useña del almirante Dewey, pero no se trataba de un conjunto de "barcos de madera", como diría la leyenda, y tenía a su favor la artillería costera. Su enemigo, por falta de bases próximas, fracasaría si no lograba ganar decisivamente al primer choque. En el primer envite, Dewey gastó gran parte de su munición sin haber hundido un solo buque, aunque incendiara varios, por lo que ordenó la retirada. Pero Montojo se dio al mismo tiempo por vencido y marchó a Manila. La moral de sus subordinados se vino abajo, algunos barcos ardieron sin ser apenas contenidos, hasta estallarles la santabárbara. El panorama reanimó a Dewey, que lo intentó de nuevo en un ejercicio casi de tiro al blanco, sin encontrar ya la enérgica respuesta de la primera ocasión. Montojo, además, rindió intacto el arsenal, que los useños aprovecharon para nuevas operaciones. 

En los encuentros navales secundarios, señala el historiador Agustín R. Rodríguez, los useños, con superioridad abrumadora, "solo registraron dudosos triunfos y hasta fracasos, al enfrentarse a mandos más decididos y tenaces". El espionaje español actuó con eficiencia y audacia, proporcionó información correcta y logró distraer fuerzas considerables del enemigo. Y en Filipinas un pequeño destacamento resistió durante casi un año, gesta indicativa de un valor desaprovechado por mandos de baja calidad. Probablemente Montojo y Cervera habrían sido sumariados y lo habrían pasado muy mal de ser ingleses, pero la investigación en España no llegó a nada. El segundo, en todo caso, habría podido aducir que la misión le fue impuesta contra su voluntad.

La lucha en tierra cubana, que pudo haber sido favorable a los españoles, como demostraron algunos episodios, terminó enseguida gracias a la iniciativa del general Blanco, que emuló a Cervera en acierto e ímpetu. Se propuso a los insurrectos luchar conjuntamente contra Usa, pero la propuesta fue desoída. A su vez, los useños no tomaron en cuenta a los cubanos al hacer la paz, y la isla se convirtió en una semicolonia. En Filipinas siguió una guerra de Usa contra los independentistas, que fueron aplastados con métodos mucho más duros que los usados por los españoles.

La paz, humillante para España, se firmó en París, el 10 de diciembre. La "espléndida guerrita", como se la llamó en Usa, había aportado a esta los restos del imperio que España había labrado desde finales del siglo XV: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam; las islas Marianas, Carolinas y Palaos pasaron a Alemania. La contienda había durado tres meses y el número de caídos en combate por ambas partes no pasaba de unos centenares, más algunos miles por enfermedades, también en los dos bandos.   

El modo como ocurrió la derrota provocó en España una marejada de amargas acusaciones y contraacusaciones. Se acusó al gobierno de haber enviado adrede la flota al desastre para llegar a la paz cuanto antes, pero eso es improbable. El desastre no estaba garantizado, y habría sido intolerable entregar sin lucha una isla tan ligada sentimental y económicamente a España y por la que se habían hecho tan enormes esfuerzos.También se ha criticado a posterior, el tono patriotero de la prensa y los políticos; pero otro tanto pasaba en Usa, y nada más normal que animar, y no deprimir, el espíritu de lucha.Los militares salieron con escasa honra, y la población, que había apoyado entusiásticamente a sus tropas, acogió la derrota con desánimo y hastío. Sin embargo, y contra las esperanzas de los republicanos y otros, apenas hubo rebeldía contra el régimen. Silvela diagnosticó una "España sin pulso", los hechos demostrarían su error. Pero el "Desastre" del 98 marcó el final de la etapa ascendente de la Restauración. Comenzaba otra fase, con enemigos internos mucho más enconados.

La Restauración y la literatura

23 de Octubre de 2009 - 13:26:26 - Pío Moa - 43 comentarios

Durante esta época de la Restauración comenzó un resurgimiento literario. El siglo XIX fue el de la gran novela europea, desde Inglaterra a Rusia, donde, con Tolstoi y Dostoiefski, quizá alcanzó sus más altas cumbres. La figura de mayor enjundia en España fue el escritor canario Benito Pérez Galdós, que representó lo que Balzac o Dickens en Francia y Gran Bretaña, o Eça de Queiroz en Portugal, y con los cuales ha sido comparado. Se percibe cierta relación entre el espíritu de estos escritores y el de sus países respectivos, aunque Galdós escribió después de ellos. Inglaterra era la sociedad triunfante, con su lado oscuro de pobreza y explotación de las clases bajas, abusos coloniales etc., y Dickens manifiesta una conformidad esencial con sus valores. Sus pinturas de la miseria tienen un fondo de esperanza y épica, pues sus personajes logran superar duras pruebas, el final es feliz, el humor bondadoso y la tragedia se reserva a algunos malos sin remedio. Balzac, incómodo con aquella Francia de una restauración monárquica sin futuro, retrata una sociedad y unos personajes generalmente sórdidos, movidos por el dinero y el sexo, cuya dinámica suele conducirlos a la ruina y la tragedia, pero descritos sin pasión ni sentimentalismo, casi como un estudio zoológico. Su agudeza psicológica resulta fríamente desesperanzada o cínica, sin humor: triunfó en pleno romanticismo, pese a diferir por completo del gusto romántico. Queiroz, francófilo que sentía una mezcla de amor-odio por Inglaterra, donde escribió varias de sus novelas, refleja la decadencia portuguesa con una suave ironía nostálgica.

La España de Galdós no es la del éxito inglés ni la del sordo descontento francés, ni la del letargo portugués. Al siglo XVIII, tiempo de paz interna, constructiva y algo mate, habían sucedido agitaciones frenéticas, llenas de color y de pasión, pero sin salida y protagonizadas casi siempre por personajes de escasa altura, no muy interesantes. Galdós evolucionó de la simpatía pro liberal a un creciente anticlericalismo –no despreocupación religiosa, sino al contrario–, hasta posiciones vagamente socialistas y republicanas. Hizo con sus Episodios Nacionales algo parecido a lo que Balzac con su Comedia Humana: un retrato de sucesos y personajes entre 1805, año de Trafalgar, y 1880, tiempo ya de Cánovas. Si su fidelidad histórica ha sido cuestionada, no así su capacidad para reflejar tipos humanos, influjos políticos, situaciones y ambientes sociales y familiares, tanto en los Episodios como en sus mejores obras. En ellas alcanza un nivel no inferior al de sus admirados maestros Balzac y Dickens, siendo, sin embargo, tan distinto de ellos como la situación española lo era de la de esos países.

Galdós posee un humor algo socarrón, un fondo esperanzado, también distinto del dickensiano, y mucho más calor o ternura que Balzac, lo que da a sus desenlaces trágicos un carácter menos sórdido. Se le ha achacado el lastre de una politización ingenua que matiza levemente sus obras, sin echarlas a perder, ya que no cae en maniqueísmos y trata de penetrar los motivos de sus personajes. Con todo, su bisturí se vuelve algo romo con personajes que ideológicamente le complacen, más afilado con tradicionalistas como los retratados en Doña Perfecta. Y aunque pinta magistralmente a los personajes en su medio, los mismos son siempre mediocres, con escasa épica, ni siquiera en sus Episodios, y cierta caída hacia el costumbrismo. De ahí que Valle-Inclán le llamara malévolamente Don Benito el garbancero.

Pero Galdós fue solo el más destacado de una serie de buenos novelistas de la época como Juan Valera y Vicente Blasco Ibáñez, dos de los mejores y de orientaciones políticas y literarias muy distintas dentro de lo que se ha dado en llamar realismo; la novela fundamental de Leopoldo alas, La regenta, pese a su rigor psicológico y argumental, pierde algo por su demasiado explícita crítica social y la mediocridad de los personajes, que la hacen inferior a Ana Karénina, incluso a Madame Bovary. Muy apreciables son también Pereda, Alarcón o Palacio Valdés, y más que apreciable la condesa de Pardo Bazán, un contraste abrupto, personal y literario, con otra gran escritora gallega del siglo, Rosalía de Castro. Esta, romántica, representa con la máxima intensidad el tópico, no tan tópico en ella, del espíritu gallego brumoso y añorante, con una indefinible angustia de la vida. Pardo Bazán, realista, no tiene nada de ello, salvo la estima por el paisaje de la región. Su actitud literaria y vital recuerda más a la de su maestro Zola, incluso a Balzac en su descripción descarnada de miserias materiales y morales. En Cataluña floreció una literatura regionalista cuyos personajes mayores fueron Verdaguer, Aribau y Maragall. Sus obras, de un romanticismo tardío y muy patriótico, nutrirían el nacionalismo catalán que a finales de siglo cobraba forma.

El intelectual propiamente hablando de mayor relieve, con mucho (moriría en 1912, con solo 56 años), fue Marcelino Menéndez Pelayo, erudito, historiador, crítico del arte y del pensamiento, y el mejor conocedor español de la cultura europea. De ideas tradicionalistas templadas, lindantes con el liberalismo, le disgustaba el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza. Una de sus obras de mayor impacto fue la monumental Historia de los heterodoxos españoles, donde estudia a fondo las vidas y obras de los herejes y adversarios del catolicismo, desde Prisciliano hasta los krausistas, pasando por los judaizantes, luteranos, volterianos y jansenistas. Aunque superada en muchos puntos, como es natural, permanece como una obra de erudición sin paralelo en España. Su punto de vista, en ocasiones demasiado tradicionalista, que identifica políticamente a España y al catolicismo, no merma la profundidad de su exposición y de su crítica. Sus adversarios nunca produjeron algo ni de lejos semejante, y en general se limitaron a intentar desacreditarlo. Sus estudios sobre autores latinos y españoles, sobre la evolución de las ideas estéticas en España, etc., marcaron un hito en su momento.

Derechos y mandamientos / Tías liberadas

21 de Octubre de 2009 - 09:27:39 - Pío Moa - 190 comentarios

A ver esas críticas, y menos pasarse horas discutiendo sobre si a la manifestación fueron diez o fueron veinte.

El sistema de Newton fue con frecuencia interpretado como la negación, o al menos la exclusión de la idea de Dios, a todo efecto práctico, en la comprensión del universo. Y la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies vino a extender esas interpretaciones a la propia vida humana.

Darwin ideó una explicación de la vida, que evolucionaría mediante la adaptación de las especies al medio. Algunos (Lamarck) atribuían a los organismos la capacidad de crear, por el contacto con el medio, órganos adaptativos que caracterizarían a las especies, pero Darwin sostuvo que, por el contrario, las especies no estaban capacitadas para tal cosa, sino que, cuando el medio no permitía el crecimiento de una especie, se producían en esta alteraciones ciegas, parte de ellas heredables, y era el medio el que seleccionaba las más aptas para vivir (selección natural), facilitando su reproducción, mientras que los individuos menos aptos tendían a extinguirse. De esta teoría cabía extraer diversas consecuencias sociales, como que el individuo es un producto del ambiente social, el cual determina el éxito o el fracaso de ellos; o que algunas razas humanas son superiores a otras por su capacidad de adaptarse al medio (o de adaptar este a ellas); o que, como en el caso de Newton, sobraba la intervención divina para explicar la vida, pues esta evoluciona por su cuenta, a través de la selección natural y a lo largo enormes períodos de tiempo.   

Manifestación de la ideología es una versión (no la única posible) de las declaraciones de derechos humanos como opuestas a los Diez Mandamientos, clave en la cultura occidental. Los mandamientos no exponen derechos, sino deberes frente la inclinación humana al mal. En cambio la natural bondad humana debía asegurar que de la aplicación de los derechos resultase una buena sociedad sin coerciones, hasta sin ley y sin estado. Sin embargo, aunque dichas declaraciones no lo especificaban, fue preciso limitar por ley los derechos, para evitar la colisión entre los intereses y deseos de los individuos. Como consecuencia, los nuevos estados cimentados en tales declaraciones promulgaban una legislación más minuciosa que nunca, expandían un funcionariado con firme autoridad sobre aspectos antes dejados a la espontaneidad social, y unos aparatos policiales asimismo sin precedentes. Algunas ideologías proponían directamente estados policiales.

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****Un excelente análisis: http://www.larazon.es/noticia/agora-hipatia-i

****Tías liberadas

¡Hay que ver lo que cambian los tiempos y los lenguajes! Las que en épocas de oscurantismo eran definidas como putillas o putones verbeneros, ahora son llamadas "liberadas" o "emancipadas", y sería un pecado de leso progresismo poner en duda esa liberación. Empresarios de burdeles y pornografía son grandes personajes sociales, es más, las estrellas del porno, quizá las primeras en liberarse realmente, marcan la pauta. Así, las chicas de la política muestran una irreprimible inclinación a exhibirse. Hace poco fue Soraya, ahora es Alicia Sánchez Camacho, nacionalista catalana, o algo así, del PP, que además nos cuenta sus apasionantes secretos: "Los hombres no me han gustado mucho, pero si uno me ha atraído de verdad, he ido a por él" y cosas no menos profundas. A estas chicas hay que votarlas, evidentemente, por su valentía que va abriendo caminos. Todavía parecen algo inhibidas, está claro que no se han liberado tanto como las del porno duro, pero por algo se empieza, y marchan por esa buena dirección. ¡A ver cuándo empiezan a imitarlas sus compañeros, los futuristas de la nena angloparlante, que parece mentira lo vergonzosos y llenos de prejuicios que son! ¡Que no todo es economía, tíos, también cuenta el sexo, tenéis que desinhibiros! Aunque a lo mejor se refieren a que el sexo debe tener una justa retribución económica, si es así, retiro parte de mis palabras. Lo de Alicia y Soraya –cunda el ejemplo– revela además hasta qué punto se adelantan al futuro las chicas del PP, en esto van bastante más avanzadas que las del PSOE, que hasta ahora solo han obsequiado a sus encendidos seguidores con la foto de la vice en bikini y aquel célebre pero, hay que reconocerlo, no demasiado sugerente posado de las ministras para Vogue. Y es que no sé adonde iremos a parar como no acabemos de una vez con tanta represión sexual, herencia del franquismo, que parece mentira lo poco que hemos avanzado desde entonces.

Panorama desde el puente / Reanudación de la historia de España

20 de Octubre de 2009 - 10:11:41 - Pío Moa - 95 comentarios


**** Basagoiti dice que la detención de Otegui deja en "en muy mal lugar" al PNV: "Dime con quién andas y te diré quién eres", añade, perspicaz. ¿Y con quién anda emparejado él, en matrimonio homosexual? Con el PSOE.¿Y con quién ha andado el PSOE y sigue andando en el fondo? Con la ETA. Con Fidel Castro (el Morata acaba de retratarse bajo un cartel del asesino profesional Che Guevara). Con Garzón (o Garzón con él). Con los separatistas de toda laya... Con esa gente anda Basagoiti. En ménage à trois, o a quatre, o a cuarenta.

**** "Seis millones, seis millones. Barbarie, dolor, memoria. Paz, paz, paz". Este sujeto colaborador del terrorismo, ¿tiene más de cretino o de hipócrita? Pues es el que mangonea España. Con apoyo de otro cretino, este futurista.

**** Ignacio Cosidó ha acusado al ministro Alfredo Pérez Rubalcaba de haber mentido en el Pleno del Congreso de los Diputados, "algo que resulta inadmisible en una democracia parlamentaria como la española". Se ve que Cosidó es aficionado a hacer chistes. El otro día hacía uno también con el caso Faisán. "Mentir al Parlamento es de los hechos más graves que puede cometer un miembro del Gobierno". Por el contrario: es uno de los hechos más habituales que comete el gobierno, en gran medida gracias a la seudo oposición futurista.

**** "Son los mismos eslóganes de hace 25 años", informa, sobre la manifestación contra el aborto, una de las cotorrillas ministras, que alega (como haría un SS de los campos de concentración o un chekista), que "nadie tiene el monopolio de la moral".

**** Dice la Trini, ministra de alguna cosa, creo, que la manifestación no fue contra el aborto sino contra Zapatero. Tiene razón a medias: fue contra el aborto y contra el gran abortero Zapo y todo su gobierno. También afirma que el ambiente fue "agresivo". En efecto, fue destrozado el mobiliario urbano, agredidas personas abortistas, invadidos supermercados para robar jamones, lanzados cócteles molotof... No como las manifestaciones sociatas, que siempre han transcurrido en el mayor orden. También afirma que "Cuando uno está en el gobierno debe dejar de lado el debate moral". Naturalmente, la moral sobra por completo en el gobierno y el dinero público no es de nadie, que dijo otra pensadora como ella. Dice también la individua que tiene derecho a expresar su opinión. Pues claro que sí, pero la pobre, como todos los sociatas, vive sometida a la opresiva censura de los curas. ¡Ánimo y rebélate, Trini, y no dejes de decir verdades, que el futuro es tuyo y de los y las que son como tú!

**** Caamaño, también ministro de no sé qué, demuestra nuevamente que los sociatas son los nazionalistas antiespañoles más liberticidas.

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REANUDACIÓN DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

La facilidad con que el general Pavía disolvió unas Cortes convertidas en herramienta de demolición nacional, disimula la gravedad de una crisis extrema que, de haber persistido, habría balcanizado al país. Después, el general Serrano intentó enderezar la política asumiendo una especie de dictadura republicana, pero el descrédito de la república no lo permitía. Para reanudar la historia nacional era preciso encontrar una solución que no repitiese la carrera de los últimos sesenta años hacia el derrumbe. El político e historiador Antonio Cánovas del Castillo sacó la lección de que la sociedad sólo podía equilibrarse por largo tiempo sobre los dos principios más permanentes de su historia: la monarquía y las Cortes. Hombre realista, pensaba que la política no debe aspirar a la plena realización de un ideal abstracto, sino solo de aquella parte de él que las circunstancias históricas hacen posible sin riesgo de que el estado se hunda en el caos, como había terminado ocurriendo en la etapa anterior. A ese fin concibió una monarquía parlamentaria adaptada a la época, plasmada en el Manifiesto de Sandhurst, que firmó el hijo de Isabel II, Alfonso, estudiante en esa academia militar inglesa. El aspirante a rey se presentaba como "buen católico y verdadero liberal", según el espíritu del siglo. La prensa publicó el documento el 27 de diciembre de 1874.

Previamente, Cánovas había urdido una red de intereses y convicciones en torno a la restauración borbónica, ardua tarea, pues la dinastía había quedado muy desprestigiada con Fernando VII e Isabel II, y porque el general Serrano quería sostener la república. Cánovas y los suyos vacilaban sobre el momento de pasar a la acción, pero el problema lo resolvió otro general, Arsenio Martínez Campos, con un pronunciamiento en Sagunto, uno de los escasos pronunciamientos conservadores, proclamando rey a Alfonso XII dos días después de publicado el manifiesto de Sandhurst.

Martínez Campos había luchado en Cuba contra los insurgentes, donde había constatado la enorme corrupción que reinaba en la isla y la necesidad de reformas, lo cual le había hecho impopular entre los políticos y empresarios decididos a mantener la situación tal cual. Vuelto a la península, había luchado contra los carlistas, sometido varios cantones y apoyado a Pavía. Su pronunciamiento no encontró resistencia, gracias a la labor previa de Cánovas de ganarse voluntades en el mundo político y militar.

Comenzaba así un nuevo período histórico conocido como la Restauración. En tiempo relativamente corto, las rebeliones carlistas y fueron sofocadas (las cantorales ya las había rematado Serrano), pero se trataba de integrar en un régimen liberal a la mayoría de las fuerzas políticas. Durante la etapa anterior, después de la I Guerra carlista, casi todos los problemas habían nacido de las propias facciones liberales, incapaces de conciliarse entre sí y crear un régimen estable. Por consiguiente, se trataba de buscar una fórmula de armonía entre los liberales radicales y los moderados, y ahí radicó el acierto de Cánovas. Existían otras fuerzas políticas como los carlistas, los republicanos y los grupos revolucionarios, mayormente anarquistas; pero los dos primeros, en pleno declive, no podían molestar mucho, aparte de que se les ofrecería también participar en el sistema; en cuanto a los revolucionarios, aunque capaces de atentados sangrientos y revueltas ocasionales, sobre todo en Andalucía y Cataluña, nunca se integrarían, pero no constituían un fenómeno coordinado ni de grandes masas. Por lo tanto, la fórmula de Cánovas pudo desenvolverse con poco embarazo.

Para fundamentar el nuevo estado se elaboró la Constitución de 1876, que funcionaría mejor y por mucho más tiempo que cualquiera de las anteriores. Constitución flexible y abierta a reformas, establecía la soberanía conjunta de "Las Cortes con el Rey" (el voto para las Cortes sería al principio censitario, pero en 1890 se haría universal, algo todavía infrecuente en el resto de Europa); establecía la separación de poderes, las libertades de expresión, asociación, reunión e imprenta. El estado sería confesional católico, con tolerancia para otras religiones, y sostendría económicamente al clero como compensación por las desamortizaciones. En pro de la igualdad ante la ley fueron derogados los arcaicos fueros vascos (el carlismo era intensamente fuerista y tendría, dos decenios más tarde, una derivación inesperada), con efectos parecidos a los de la supresión de los catalanes por Felipe V, es decir, un vigoroso despegue económico.

Los principales partidos pasaron a llamarse Liberal-Conservador (luego simplemente Conservador) el de Cánovas, recogiendo la tradición moderada; y Liberal-Fusionista (luego simplemente Liberal) el fundado por Práxedes Mateo Sagasta, bajo la orientación progresista. El acomodo entre ambos se completó en 1885 por el llamado "pacto de El Pardo", que garantizaba el turno pacífico entre ellos. El acuerdo se gestó a instancias de Alfonso XII, ya moribundo de tuberculosis (tenía 28 años) y por intermedio de Martínez Campos, para asegurar la regencia de la esposa del rey, María Cristina de Habsburgo, frente a las presiones de carlistas y republicanos, que querían explotar el inmediato fallecimiento del monarca. El pacto de El Pardo alejó de momento los peligros.

Otra dificultad fue conciliar liberalismo y catolicismo. El papa Pío IX había catalogado al liberalismo como pecado, lo que servía a los tradicionalistas para acusar a Cánovas y a Alfonso XII, aunque los católicos liberales sostenían que solo sería pecado en aspectos filosóficos al margen de la política. Pío IX había comenzado su pontificado con notables medidas liberalizantes, que le valieron incluso la adhesión de Garibaldi, su futuro enemigo; pero las revoluciones del 48, el auge del anticristianismo y de los atentados, le hicieron cambiar de orientación. Condenó al socialismo por pretender reemplazar a la Providencia de Dios por el Estado, y al liberalismo tachándolo de materialista y exclusor de la moral en las relaciones laborales. Pío IX vivió una época de crisis, pues perdió definitivamente los estados papales cuando Italia se reunificó, en 1870, dejándole reducido al Vaticano. Pareció a muchos, entonces, que el Papado entraba en el camino del hundimiento, después de tantos siglos de influir en la historia occidental, pero la energía del papa desde su "cautiverio" vaticano, revitalizó el catolicismo. Igualmente favoreció iniciativas como la del obispo Wilhelm Ketteler, organizador en Alemania del partido católico Zentrum, que llevó a cabo una constante propaganda por disminuir la jornada laboral, acabar con el trabajo de los niños, asegurar días de descanso, proteger a las mujeres y prohibir el trabajo industrial de las madres, etc. Estas ideas las desarrollaría León XIII, sucesor de Pío IX, en su encíclica Rerum Novarum. León XIII se mostraría comprensivo con la Restauración española, quitando argumentos a los tradicionalistas.

La Restauración fue un éxito extraordinario si la comparamos con todo el período anterior: se acabaron las guerras carlistas y los pronunciamientos, (excepto dos intentonas republicanas), desapareció la necesidad de recurrir a espadones, se instaló un genuino régimen de libertades, en el que nuevos partidos salieron a la palestra electoral, y hubo prensa para todos los gustos. La mayor estabilidad permitió un despegue industrial acumulativo, y la renta per capita empezó a crecer de forma sostenida. La nueva etapa coincidió con un resurgir literario y artístico que daría lugar a la llamada Edad de Plata de la cultura española, prolongada hasta el primer tercio del siglo siguiente. Hubo incluso suerte con la regencia de María Cristina, quien resultó muy diferente de la otra regente María Cristina, esposa de Fernando VII, y de Isabel II, pues no intrigó con un partido u otro y respetó el turno con sensatez poco prodigada en la política española, lo cual ayudó mucho a la consolidación del sistema. Sistema que, por su concepción y Constitución, estaba abierto a reformas progresivas.

Estos logros fueron realmente trascendentales, pero tenían serios déficits, en principio corregibles: la sociedad española era agraria y analfabeta en un 75%, la enseñanza, a todos los niveles, seguía siendo pobre cuantitativa y cualitativamente, y los políticos hicieron muy poco por mejorarla. Estas circunstancias empujaban, en círculo vicioso, a la distorsión del sistema electoral: la masa de la población, mucho menos liberal que tradicionalista, era políticamente apática, y sobre ella se asentó el fenómeno del caciquismo, acción política de oligarcas provinciales sobre la corrupción del voto. Fenómeno, por lo demás, no exclusivo ni mucho menos de España, y que se daba hasta en Usa. El sistema era que el poder se transfería oficialmente de un partido a otro, y a continuación unas elecciones refrendaban el turno. El sistema era realmente débil, no impidió que surgieran nuevos partidos que conseguirían votaciones importantes, y los republicanos, por ejemplo, llegarían a dominar muchos de los grandes ayuntamientos. Por lo demás, los comicios municipales y nacionales eran casi constantes, lo que aumentaba el cansancio y desinterés político de la mayoría. La igualdad ante la ley no se haría completa, no solo por diversas corruptelas: en las Vascongadas y Navarra se estableció un "concierto económico" que privilegiaba a las oligarquías provinciales.

En el comercio exterior primó una política proteccionista con objeto de asegurar el mercado interno y colonial a las nacientes concentraciones industriales de Barcelona y Bilbao. Casi todos los países europeos habían construido sus industrias con aranceles proteccionistas, y por otra parte el libre comercio entre Inglaterra y Portugal, en base a una división del trabajo, había reducido al último a dependencia económica y en buena medida política de la primera. Se suponía que desde el textil de Barcelona y los altos hornos de Bilbao, la industria se extendería por España, pero la casi nula competencia hizo que, aunque se construyeran fábricas de conservas, harinas, armas, calzados, relacionadas con el ferrocarril, astilleros, etc. quedaban desperdigadas por el país sin formar concentraciones. La industrialización en las dos provincias pioneras no se acompañó, como en otros países, de investigación e invenciones propias, sino que se limitaba a aplicar innovaciones extranjeras. Y, al copar el mercado con géneros más caros y de menor calidad que los que podrían haberse obtenido del exterior, dificultaban el despegue de las demás provincias, al paso que formaban un poderoso sindicato de intereses y presión política que obstaculizaba una reforma hacia el comercio libre. E iba a influir desastrosamente en la fatal guerra de Cuba.

Un artículo de Ignacio Gracia Noriega, en "La nueva España"

19 de Octubre de 2009 - 11:41:15 - Pío Moa - 68 comentarios

La Revolución del 34

 

En los meses que sucedieron a la muerte de Franco, los socialistas preferían mirar hacia adelante, porque lo que dejaban atrás era demasiado negro, como el carbón
 

 
 
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La otra noche anunciaban en la TPA (la única cadena que todavía le sigue prestando atención al buen cine clásico, prácticamente desterrado de las demás cadenas, como si se tratara de tabaco o alcohol) la proyección de una película de Fleischer, por lo que me dispuse a verla. La película estaba anunciada a las doce y media, y, como es habitual en esta cadena, no empezó hasta cerca de la una, por lo que tuve que asistir, al principio resignado y luego con curiosidad, a un coloquio sobre la revolución del 34 en el que intervenían dos historiadores científicos, Rosa María Madariaga y José Girón Garrote, y un periodista, Jorge Martínez Reverte.

Como en el periodismo no cabe ser «científico», con el rótulo de periodista y escritor de éste último basta y sobra: quien, por lo demás, fue el único del trío que se permitió algunas descalificaciones a la acción revolucionaria. La señora Madariaga, perteneciente a la gran élite intelectual y republicana, expresaba la nostalgia de aquella revolución y aquella guerra perdida, que de haber sido ganadas tal vez a ella le hubiera costado pasar una temporada de reeducación en las Siberias socialistas que al efecto se hubieran organizado. Pues como me dijo un día Antonio Masip que no hay cosa más estúpida que un obrero de derechas, caí en la cuenta de que hay otra especie que mejora con creces aquélla, la del burgués de izquierdas. Por su parte, Girón Garrote, compañero de carrera y de aventuras cinematográficas más o menos fallidas, hablaba en nombre de la Ciencia con mayúscula, en su variante histórica.

Me gustaría recordarle al amigo Girón, ya que la formula alguien que fue también maestro suyo, Gustavo Bueno, la improbabilidad de este tipo de «ciencia», pero temo que no es el caso ahora. Girón, a quien tengo por persona moderada, se desbocó insultando sin venir a cuento a Pío Moa, a quien calificó de analfabeto y reprochó que vendiera sus libros «como churros». Quién sabe si no es ahí donde les duelen a los historiadores científicos las intromisiones de los profanos en sus supuestos «cotos vedados», aunque más bien creo que se trata de cierto espíritu de clerecía exacerbado que pretende proscribir a todos los que se ocupen de temas de su especialidad sin pertenecer a su cofradía, esto es, sin ser funcionarios indignados por el intrusismo; y si quien lo hace, encima, no comparte mis ideas, el descaro se convierte en delito, o poco menos. Así que se descalifica a Pío Moa porque vende libros, cuando lo ideal es publicarlos y meterlos en un sótano hasta que los cubra una buena capa de polvo, como se hace con las plúmbeas publicaciones del RIDEA, pongo por caso. Tampoco comparto otras opiniones de Girón o de la señora Madariaga, condenando a las democracias de Francia e Inglaterra por no haber apoyado a la República. A mí el comité de no intervención también me indignaba hace treinta años. Pero ahora lo considero perfectamente lógico y coherente. La «democracia» que decían defender los pretendidos defensores de la segunda República, después de haber intentado un golpe de Estado contra ella en 1934 y de haber desencadenado una revolución en 1936, no era exactamente la democracia como las de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, y aunque Leon Blum fuera frentepopulista y «progre» homologado, a nadie le apetece tener el socialismo real al otro lado de los Pirineos. Si fuera en Cuba o en Corea del Norte, ya sería otro cantar. Por eso, los «progres» y los burgueses republicanos aristocráticos se emocionan con el socialismo, pero lejos, en Alemania, Inglaterra, Italia o Francia; en casa, déjennos la abyecta y despreciada democracia formal o burguesa. También se aseguró que la guerra de 1936 fue una guerra del Ejército contra el pueblo. No es exacto.

Por lo menos, la mitad del pueblo español se puso del lado de los militares contra aquellos que gritaban ¡viva Rusia! Y si los totalitarismos fascistas apoyaron al bando nacional, el totalitarismo socialista apoyó al bando mal llamado republicano, porque la República habían contribuido a hundirla los socialistas en 1934, sin posibilidad de vuelta atrás. ¿Qué tenían que ver con una República parlamentaria las comunas anarquistas o las checas comunistas? En cuanto a demócratas, allá se andaban los del bando nacional y los del revolucionario. Esto es: en aquella guerra no era demócrata nadie, porque los verdaderos demócratas habían hecho las maletas y se habían marchado corriendo a Francia o Portugal. Sobre esto escribió páginas estremecedoras don Pío Baroja, aunque Girón Garrote me alegará que no son «científicas». Eso es literatura, que no otra cosa es la historia, desde Herodoto hasta don Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro por lo menos. Otros historiadores modernos prefieren contar gallinas: en su opción, como se dice ahora. Pero que no se molesten porque un «historiador de relato», o un intruso, como Pío Moa, venda más libros que ellos.

Y al cabo, la película de Fleischer no valió gran cosa, pero el coloquio del historiador científico y de la republicana nostálgica me dio qué pensar. En primer lugar, esta gente se pasa la vida glorificando una revolución que fue golpe de Estado y una guerra que perdieron. Si la hubieran ganado, tendríamos al ínclito Ejército Rojo desfilando a todas horas en la plaza Roja de Madrid, de la que ahora habrían quitado la estatua de la Cibeles para poner la del abuelo de Zapatero. Es lamentable seguir escuchando lo de que «nos ganaron gracias a Hitler y Mussolini, y porque eran más y mejores», o al menos estaban mejor preparados técnicamente desde un punto de vista militar. Hace falta ser masoquistas para haber perdido una guerra y creer que se ganó. No sé si esto será «científico» o no, pero la experiencia nos certifica que la Historia no se repite. Podrán engañar a Gabino de Lorenzo, incitándole a modificar el callejero de Oviedo. Pero la guerra del 36 estuvo bien perdida, lo mismo que la revolución del 34, y debe tenerse en cuenta que una revolución que se pierde es cualquier cosa antes que una revolución.

No tenía previsto escribir sobre la revolución del 34 en estas páginas transicionales. Pero creo que debo hacerlo, porque tal vez nos aclare algo sobre cómo fue aquella transición (no aquella revolución, claro es). En los meses indecisos que sucedieron a la muerte de Franco, los socialistas veteranos, algunos de los cuales habían participado en las jornadas revolucionarias, no tenían especial interés en acordarse de ellas ni en la guerra que estalló menos de dos años más tarde. Preferían mirar hacia adelante antes que hacia atrás, porque lo que dejaban atrás era demasiado negro, como el carbón. De manera que aquellos hombres que habían sido la «vanguardia de las clases obreras», según la apreciación de los compañeros de las bien instaladas socialdemocracias del otro lado de los Pirineos, se conformaban con recuperar y asentar las perdidas «libertades burguesas», propias de las democracias parlamentarias o formales. Este aspecto resultaba emocionante en los viejos socialistas y ugetistas, muchos de los cuales habían pertenecido a las Juventudes Socialistas antes de la Guerra Civil y combatido en el batallón «Sangre de Octubre», o a las órdenes del comandante Fausto, durante la guerra, y una vez perdidas la revolución y la guerra lo único que les quedaba era sobrevivir, pues no tenían ni siquiera tiempo para llorar y menos para soñar como los burgueses nostálgicos, del tipo de María Rosa Madariaga. En los meses finales de 1975, en 1976, aquellos antiguos revolucionarios resucitaban, pero no en 1934, sino en 1931, en la democracia burguesa, y deseaban, por encima de todas las cosas, que no volviera a torcerse.

La épica se ve de modo distinto según quien la haya vivido o contemplado. Cuando yo le preguntaba a Paulino, el zapatero de Barredos, por los «maquis», me contestaba invariablemente: «Aquello era muy triste. Se reunían en un prado para comer pan duro mojado en el agua de un arroyo. Una vez uno de ellos sacó un pañuelo atado en picos y distribuyó las balas que llevaba en él. Tocaron a dos o tres balas por cabeza». Cada bala, me contó el comandante Mata, les costaba dos pesetas. La nómina de la mina de San Vicente, llevada a punta de pistola por Mata y Lele, se empleó íntegramente en munición.

No se habla de la revolución en los días de la transición. Si acaso, cuando llegaban delegaciones extranjeras. Una vez Agustín Tomé me pidió bibliografía porque iba a hablarles del 34 a unos suecos o noruegos. Y añado, a modo de anécdota, que Vigil no aprobaba ciertos actos de reminiscencias revolucionarias, como una cena que se hizo en un restaurante de Oviedo para conmemorar aquel octubre desastroso. Tampoco Amelia Valcárcel parecía tener una gran opinión de aquellos sucesos. Según ella, el PSOE alardeaba de la revolución de octubre para demostrar, según sus palabras literales, dichas en atildado asturleonés, «qué rojos somos, mira la que armamos». Bien es verdad que de aquellas alturas de la película, la aristocrática nacionaliega no tenía previsto solicitar el ingreso en el PSOE. De aquélla, la izquierda «fetén» estaba a la izquierda del PSOE, que era un «partidu socialdemocráticu vendíu al oru de Güili Bran».

El siglo de las ideologías

18 de Octubre de 2009 - 09:45:53 - Pío Moa - 165 comentarios

Lo someto a su implacable crítica:

Una potente ideología de la época fue el nacionalismo, que, combinada con otras, movería a grandes masas y transformaría el mapa político del mundo en los siglos XIX y XX. El nacionalismo, ya quedó dicho, no inventa la nación sino que transfiere a ella la soberanía antes atribuida al monarca, por lo que su contenido es en principio democrático. Creció ligado al liberalismo y al romanticismo, sin identificarse del todo con ellos. Solía hipertrofiar el sentimiento patriótico, a veces hasta extremos delirantes, o los creaba de la nada, y a menudo trataba de expandirse a costa de los vecinos.

Esta ideología encaraba dos problemas: cómo definir una nación y cómo aplicar la soberanía. Nación, de entrada, es un amplio grupo social que comparte una cultura distinta de las de sus vecinos; pero como la cultura incluye diversos elementos, y siempre se comparten bastantes con otros pueblos, delimitar la nación es a veces difícil (ocurre con otros conceptos sociales). Aun así, su evidencia es indudable en muchos casos: existen numerosas naciones culturales, y el nacionalismo les supone el derecho a convertirse en naciones políticas, es decir, a dotarse de su propio gobierno.

Las naciones políticas aparecieron en Europa en las edades de Supervivencia y de Asentamiento, cuando tres de ellas, España, Francia e Inglaterra, se apartaron del Sacro Imperio Romano-Germánico, que pretendía abarcar a la cristiandad; a estas pueden añadirse las escandinavas, no tan definidas, posteriormente Portugal, Polonia, Moscovia, más tarde Holanda y otras menores o más efímeras. Las demás naciones culturales de Europa estaban políticamente absorbidas en imperios, donde una nación predominaba. A comienzos del siglo XIX, el centro-este de Europa estaba repartido entre los imperios austríaco, ruso y turco, más Prusia. Por los años 20, Grecia se sacudió la dependencia turca, pero los hechos más relevantes fueron sin duda la constitución de Alemania e Italia, por primera vez, en naciones políticas unificadas (excepto Austria, en el primer caso), hacia 1870-71. Alemania adoptó significativamente el título de II Reich o Imperio, considerando el primero el Sacro Imperio, y fue capaz de derrotar a Francia y de rivalizar con Inglaterra en poderío económico, científico y técnico. Las demás naciones integradas en los imperios austrohúngaro, otomano y ruso no lograrían independizarse en el siglo XX, pero su agitación independentista no cesaría de crecer.

Fuera de Europa, las naciones culturales eran menos discernibles, y a menudo serían creadas a partir de la política, en una inversión del proceso. Así, en América apenas había diferencias culturales entre Argentina y Chile, o entre Bolivia, Perú y Ecuador, o entre Colombia y Venezuela, ni en Centroamérica. Y el diseño de la Gran Colombia tenía cierta base sobre la común cultura española. No obstante, las oligarquías regionales lograron crear nuevas naciones políticas siguiendo límites administrativos españoles. Aun más enrevesada sería la cuestión en África y Asia.

En cuanto a la soberanía, facultad de dictar leyes sin recibirlas de otro poder, la revolución la había atribuido a la nación, al pueblo (la diferencia entre soberanía nacional y soberanía popular es irrelevante), propuesta más simple en su enunciado que en su práctica. La nación, el pueblo, nunca dicta las leyes: lo hacen, en su nombre, unas oligarquías parlamentarias más o menos representativas. Para evitar la acreditada tendencia de las oligarquías a crear conflictos, se había tendido a depositar la soberanía en el monarca y hacerla hereditaria, un principio sencillo y (relativamente) operativo: el rey concentraba la voluntad de la nación. Durante la Edad de Asentamiento, la soberanía regia fue haciéndose más o menos compartida con las Cortes y Parlamentos, que debían refrendar las grandes decisiones; parlamentos no democráticos, pues la inmensa mayoría campesina no estaba representada, pero que moderaban el poder del rey. Esta especie de soberanía compartida o limitada resultaba compleja y conflictiva por lo que el siglo de la Ilustración simplificó aún más el principio, anulando de hecho las Cortes y Estados Generales en pro del absolutismo, salvo en Inglaterra.

Inglaterra fue el primer país en establecer normas capaces de equilibrar el poder monárquico y el de la oligarquía, así como de dirimir los contenciosos interoligárquicos mediante elecciones y turno de partidos. No era democracia, pero permitió una estabilidad social muy superior a la del continente. El sistema inglés, producto de una larga evolución, no sería fácil de imitar, como probaría la experiencia de la mayoría de las naciones, en las que ha ocasionado bandazos de semianarquía demagógica y tiranía.

La democracia no es el poder, sino cierto control del poder por el pueblo, e implica el sufragio universal. Este solo se implantó en Francia desde la revolución de 1848, y en casi todos los demás países europeos a finales del siglo o entrado el siguiente.

Por lo demás, aun en las democracias asentadas, las oligarquías o partidos que se disputan la opinión pública para ganar el poder, mostraron gran capacidad para manipular y embaucar a dicha opinión. Con todo, han probado ser formas de gobierno más capaces de conciliar las libertades con la estabilidad social. El nacionalismo, aunque se desarrolló de la mano de los ideales democráticos, no equivalía a estos, y a menudo se manifestaría como lo contrario.

***

Del liberalismo se ha dicho que representa los intereses y concepciones de una "clase" burguesa comerciante, pero eso sería limitarlo absurdamente. La base de la doctrina liberal es la limitación del poder y la defensa de la libertad del individuo, ideas que arraigan en una corriente tan antigua como la civilización cristiana, en la que desde el principio dos poderes se limitaban mutuamente: el espiritual –pero también político– de Roma, y el político –pero también espiritual– de los gobiernos. Entre ambos hubo conflicto y complementariedad, que afirmó una noción de la libertad personal y abrió un espacio bastante libre a la especulación y controversia filosófica y política. Por lo que hace a España, la idea de esa libertad aparece muy pronto, entre otras cosas en la temprana formación de unas Cortes que templaban el poder monárquico, o en la concepción de la Monarquía hispánica, distinta de los demás imperios europeos y con contrapesos que obstaculizaban el despotismo, o en la Escolástica tardía de los siglos XVI y XVII, próxima en varios puntos al liberalismo posteriormente formulado por Locke, Montesquieu o Adam Smith. Quizá no fue un mero azar que el término "liberal" (como "guerrilla") se difundiera a otros idiomas, pese a que las contribuciones doctrinarias españolas al liberalismo durante el siglo XIX fueran insignificantes.

Las concepciones liberales se reflejan en las declaraciones oficiales de derechos. Estas no significan que antes las personas carecieran de derechos, desde luego, pero sistematizarlos y hacerlos explícitos les dio un impulso más universal, aplicó la igualdad ante la ley, eliminó las leyes privadas o privilegios y mermó la arbitrariedad del poder.

El principio liberal puede entenderse, al estilo de Rousseau, como la bondad del individuo frente a la maldad del poder, y así vienen a entenderlo algunas versiones liberales, próximas al anarquismo. Pero la tendencia mayor estima que el individuo no es tan bueno que su libertad sin trabas no aboque a la disolución social, por lo que debe haber límites a esa libertad; ni el poder tan malo que no pueda ejercer de garante de esos límites. Un problema era la disyuntiva entre libertad e igualdad, o la actitud ante el voto universal democrático, que provocaba recelo, también en Usa, por temor a que abonase una demagogia desenfrenada. Así, la tendencia dominante en el liberalismo del siglo XIX no fue democrática, sino aristocrática: en España, Inglaterra y la mayoría de los países solo votaba una capa social, cuya superioridad partía de sus mayores ingresos. Había inclinación a buscar en la economía la clave explicativa de la sociedad, con el comercio como instrumento esencial de la libertad y felicidad del individuo.

Ante las condiciones sociales creadas por la industrialización, una interpretación del liberalismo –no la única– confinaría al estado a la defensa del país y el mantenimiento de la ley, dejando la sanidad, la enseñanza pública y otras labores a la iniciativa privada que, en teoría, debía cubrir toda la demanda posible; y no debía intervenir en los tratos entre patronos y asalariados, excepto para asegurar que estos últimos no actuaran de forma colectiva, sino individual –lo que los colocaba en indefensión y llevaba a la contratación masiva de niños y mujeres, y a jornadas abrumadoras– ni con huelgas. Esa versión liberal persistiría un tiempo, hasta ser progresivamente abandonada. 

Diversas corrientes liberales pueden considerarse ideológicas en cuanto tratan de fundarse exclusivamente en la razón, suponen una bondad humana esencial, esperan del comercio u otro medio económico la panacea para la felicidad social y excluyen la religión. Otras corrientes admiten límites a la razón, no suponen al hombre una bondad intrínseca ni carácter meramente racional, y admiten la religión sin pronunciarse sobre su validez. Así, sería algo distinto de una ideología como aquí se la ha definido.

***

El liberalismo sufrió enseguida los embates del socialismo, basado en la concepción de la igualdad: las libertades "formales" y la igualdad ante la ley no aseguraban el bien del individuo, sino solo de algunos individuos, los de la clase burguesa o capitalista, mientras que a las masas proletarias generadas por el capitalismo les eran indiferentes o perjudiciales. La libertad política nada valdría sin la igualdad económica, y los teóricos propusieron liquidar el régimen burgués y sustituirlo por otros donde el interés privado –base del liberalismo– desapareciera, y la producción y distribución se hicieran sobre bases igualitarias. Ideas más o menos utópicas abogaban por la supresión completa de la propiedad privada, de la familia y del estado, por la comunidad de mujeres, etc. Era difícil pensar en alcanzar tal sociedad sin un poder mucho más fuerte que el de los estados conocidos, pues intervendría hasta en las inclinaciones íntimas de las personas y anularía los efectos de milenios de civilización, como había deseado Rousseau.

La arbitrariedad utopista irritaba a quien sería el máximo intelectual del socialismo, Carlos Marx, cuyo pensamiento, de incalculable repercusión en el siglo XX, también en España, requiere alguna atención. Según él, la historia debía entenderse a partir de la economía, plasmada en lucha de clases. La insuficiente producción de riqueza había causado la división de la sociedad en clases, de las cuales una se quedaba con la parte del león y explotaba a las demás. La economía clasista se había basado sucesivamente en la esclavitud, en el vasallaje feudal y finalmente en el capitalismo, aunque distinguió también un "despotismo asiático" menos definido. La lucha entre clases explotadoras y explotadas determinaba la historia, pero esa lucha, antes del capitalismo, no alteraría la situación, pues los oprimidos, aun si triunfaran, solo podrían reproducir la opresión anterior. En cambio el capitalismo desarrollaba a tal grado la producción, que haría posible la abundancia general y la desaparición de las clases, hasta llegar al comunismo bajo el lema "A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades".

Conseguir el comunismo exigía derrocar al capitalismo que, de motor de la expansión productiva se había convertido en rémora, al mantener la explotación y la separación de clases basada en la propiedad privada de los medios productivos, lo cual causaba crecientes crisis económicas, proletarización de las clases medias, acumulación de riqueza para unos pocos y de miseria para la mayoría. Los explotados debían rebelarse e instaurar su propio poder, la "dictadura proletaria", a fin de transformar el sistema económico y las formas e ideas de la vida burguesa. Pues Marx afirmaba que las clases sociales segregaban espontáneamente modos de pensar, ideologías, de las cuales la dominante era la de la clase dominante y explotadora; y esas ideologías persistirían durante un tiempo después de aniquilado el poder político y económico burgués.

El marxismo, al revés que los utopismos, parecía explicar coherentemente el pasado y dar sentido al presente, lo que le otorgaba rasgos de ciencia y fuerza convincente. Como ha pasado con muchas otras teorías, sus contradicciones tardarían en verse: las condiciones obreras no empeoraron, mejoraron progresivamente; la burguesía, con o sin presión sindical, fue reduciendo las jornadas y el trabajo de niños y mujeres; los obreros preferían las reformas, sin pretender derrocar a la burguesía, e imitaban en lo posible sus modos de vida, en lugar de soñar con un sistema colectivista o una dictadura propia (que ejercerían los líderes u oligarcas comunistas, no proletarios por lo común).

Marx apoyaba su análisis en la teoría del valor-trabajo, esbozada pero no seguida por Adam Smith, a la que añadía la noción de la plusvalía: supuesto que el valor de las mercancías residía en el trabajo humano que contenían, Marx creyó demostrar que la ganancia capitalista solo podía salir de una parte no pagada del trabajo obrero (la plusvalía), que el empresario se apropiaba. La explotación, así, dejaba de ser una impresión subjetiva o una situación alterable, para convertirse en el dato objetivo que fundamentaba el sistema. El ansia de ganancia llevaba al capitalista a aumentarla sin cesar, aumentando de paso la miseria del proletariado. Claro que el capitalista también ansiaba ampliar el mercado, por lo que al empobrecer a la mayoría se privaba de clientela. Marx suponía que la ciega avidez de lucro conduciría así a la ruina al capitalismo, pero la experiencia indica que este no resultó tan ciego.

Otros economistas sostenían que el valor de una mercancía no reside en el trabajo que ha costado, sino en el aprecio subjetivo del consumidor, de lo cual surgía una teoría muy distinta. Marx acusaba a esos economistas de no hacer ciencia, sino ideología al servicio del capital, pues eran a su vez burgueses y su modo de pensar derivaba de su situación social. Pero el propio Marx pertenecía a la pequeña burguesía, que él miraba con especial desprecio, y su amigo y co-teórico Engels al capitalismo industrial, sin que se explicara bien cómo habían podido elaborar un pensamiento "proletario".

El ser humano en la historia concebida por Marx venía a ser un lúgubre animal gobernado por el vientre, desdichado por no poder saciarlo en la mayoría de los casos, impotente al no existir, hasta la era industrial, condiciones materiales para salir de tal situación, revolcado abyectamente en un lodazal de vanas ilusiones ideológicas, ante todo la religión. No es que Marx desdeñase el espíritu, pues estaba impregnado de la cultura –la "ideología," en su lenguaje– occidental, y muy orgulloso de la alemana, que floreció en ese siglo con vigor excepcional en música, pensamiento, poesía y ciencia. En nueva contradicción, despreciaba a los judíos, siéndolo él, no menos que a los pequeños burgueses, entre los que también se contaba.

El éxito mayor del marxismo, durante el siglo XIX, sería la formación del masivo Partido Socialdemócrata alemán, pero este iba a evolucionar en sentido distinto del revolucionario preconizado por Marx y Engels hasta caer en un reformismo calificado de burgués, de modo que a finales del siglo el marxismo empezaba a diluirse y su destino parecía el olvido, como tantas utopías de la época. Nada permitía augurar la fuerza con que reverdecería en pleno siglo XX.

No obstante, la socialdemocracia no abdicaba del todo de la revolución, sino que pensaba en una evolución hacia lo que Tocqueville llamó "despotismo democrático": un poder "inmenso" pero votado, servido por una propaganda absorbente, que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos, procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar; en suma, "un poder tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia", por medio de una servidumbre "reglamentada, benigna y apacible", que a la larga privaría al hombre de uno de los principales atributos de la humanidad.

El anarquismo, similar en su proyecto comunista, rechazaba la idea de un estado proletario de transición, pues, a juicio de teóricos como Bakunin, solo podría perpetuar y aun profundizar el poder, que, junto con la religión, constituía el supremo mal, la causa de toda opresión humana. Los pueblos debían liberarse revolucionariamente de una vez por todas, eliminando cualquier forma de estado, para vivir en plena libertad y autorrealización. Ello implicaba, sin reconocerse, un poder máximo para asegurar que la gente se portara como era debido, y las propias organización ácratas, con sus divisiones, encontronazos y liderazgos, lo probaban. Bakunin ante la renuencia popular a sus ideas, creyó que el pueblo debía ser manipulado por su propio bien, y a tal efecto diseñó una sociedad secreta totalitaria; y como no bastaba, otra más secreta para dirigir a la primera... El anarquismo extendería los atentados por Europa a finales del siglo XIX y principios del XX, de modo especial en Rusia y España.

El racismo ganó muy amplio crédito. Cierto racismo espontáneo existe en todas las sociedades y por lo común no reviste mayor importancia. El Antiguo Testamento lo contiene, la expresión "bárbaros" aplicada por los griegos a los demás pueblos puede entenderse en el mismo sentido, en el siglo XVIII Hume, Kant, Buffon, Raynal y otros, declararon a veces inferiores a los negros, a los amerindios o a los hispanoamericanos. Pero estas expresiones cambian cuando se convierten en doctrina. En el siglo XIX, los fantásticos logros culturales europeos abonaron la noción de que demostraban una natural superioridad, pese a ser históricamente recientes. La idea tomó un tinte presuntamente científico al relacionarse con el darvinismo: la raza blanca sería la más apta evolutivamente. Uno de los primeros teorizadores del racismo, el francés Joseph de Gobineau, afirmó a mediados del siglo XIX, en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, que estas, la blanca, la negra y la amarilla, creaban culturas particulares de distinto nivel, y que las mezclas entre ellas producían una degeneración cultural. El nivel más alto correspondería a la raza blanca, y dentro de ella al elemento germánico, descendiente puro de la primitiva raza aria, mientras que los latinos y eslavos serían inferiores, al estar mezclados. Estas ideas tomarían mucho vuelo en Alemania, Inglaterra y Usa. En España condicionarían a los nacionalismos vasco y catalán.

Otra ideología que despegó entonces, aunque solo cobraría fuerza en el siglo XX, fue el feminismo. De la idea de los derechos humanos se desprendía la concesión del voto e intervención en la vida pública a las mujeres. Ello encontraba el doble obstáculo de la mayoritaria indiferencia femenina y de cierta resistencia del varón a la entrada de la mujer en un terreno que había sido una creación y evolución masculina, por lo que se la veía como una intrusión, que dañaba la vida familiar al introducir en ella las tensiones políticas y aparatar a las mujeres de sus ocupaciones tradicionales. Además, la emotividad femenina se había mirado casi siempre como una traba a la fría razón, que favorecería la demagogia. No se trataba tanto del trabajo fuera del hogar, pues en las sociedades agrarias las mujeres casi siempre participaban en las faenas del campo, y la industria había empujado a masas ingentes de ellas a las fábricas y las minas. Las demandas de igualdad política evolucionarían a la ideología feminista, según la cual las diferencias sexuales carecían de cualquier otra proyección. 

Industria e ideologías

17 de Octubre de 2009 - 07:35:58 - Pío Moa - 105 comentarios

Los avances técnicos y científicos de los siglos XVII y XVIII se aceleraron en el XIX en una catarata de invenciones, nuevas fuentes de energía y descubrimientos: hierro y acero, petróleo y electricidad, máquinas herramientas e industria química, telégrafo y teléfono, fotografía y finalmente cine, barcos de vapor con casco de hierro, el automóvil, el avión o el submarino (este con participación relevante de inventores españoles)... Los avances en medicina y sanidad no fueron menos espectaculares y aseguraron, junto con la mayor riqueza, un ritmo de aumento demográfico nunca antes visto en la historia (Europa pasó durante el siglo de 180 a 420 millones de habitantes, con masivas emigraciones, sobre todo a América). La industria creció por regiones de Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Alemania, y norte de Italia, así como de Usa, por lo común con tarifas proteccionistas, menos la primera, que disfrutaba de ventaja inicial. Junto a estos adelantos, que dieron a Europa occidental una ventaja técnica abrumadora sobre el resto del mundo, se produjo una eclosión no menor de la alta cultura: filosofía, ciencia, arte y literatura, así como de un debilitamiento del influjo religioso.

Las principales potencias eurooccidentales crearon nuevos imperios. África, antes defendida por selvas, desiertos y pésimas comunicaciones, fue explorada a fondo y repartida entre Inglaterra, Francia y, secundariamente, Bélgica, Portugal y Alemania (a España le tocarían pequeñas zonas en el golfo de Guinea y en la costa sahariana). Alemania mostró durante un tiempo escaso interés, pues se dudaba de que las colonias fueran rentables. En Asia se consolidó y amplió el poder inglés en La India y otras zonas, Francia se hizo con Indochina, y Holanda fortaleció su dominio de las islas de la Sonda, posterior Indonesia. En América, las posesiones europeas eran pequeñas, excepto la gigantesca del Canadá. En el Pacífico también los británicos tenían la mejor parte, con Australia, Nueva Zelanda y bastantes islas más; Francia ocupó otras islas y a España le quedaron hasta finales de siglo las Filipinas y varios archipiélagos descubiertos en el siglo XVI. El Imperio británico abarcaba una extensión más de tres veces superior a Europa.

Consecuencia de esta expansión fue el acoso y casi exterminio, a menudo deliberado, de los pueblos pre civilizados de Usa, Canadá, Argentina y Australia. Por otra parte, Inglaterra se convirtió, de la mayor potencia esclavista en la mayor perseguidora de ese negocio. Gracias a su iniciativa la mayoría de las potencias europeas lo abolieron, aunque en África los traficantes árabes y algunos europeos lo mantuvieron largo tiempo.

Las civilizaciones china e islámica sufrieron asimismo la presión de Europa. A mediados de siglo China prohibió el tráfico de opio, que, organizado desde la India, causaba estragos entre los chinos y grandes fortunas entre los negociantes británicos y useños. Inglaterra, en nombre del libre comercio, reimpuso por las armas el narcotráfico en dos guerras llamadas "del opio", y ocupó Hong Kong como base comercial. Las derrotas chinas provocarían revueltas contra la dinastía Qing, de origen manchú, que gobernaba el país desde mediados del siglo XVII. Nuevas derrotas a finales de siglo ante Japón, terminarían llevando a la caída de la dinastía.

El islam, durante siglos el más peligroso enemigo de la Europa cristiana, se había estancado y tuvo que aceptar la subordinación y a veces ocupación de países por Gran Bretaña y Francia. El Imperio otomano acentuó su decadencia, y en sus posesiones europeas cundían los movimientos nacionalistas.

Caso distinto fue el de Japón. Obligado por Usa, a mediados de siglo, a abrirse al comercio, lo que provocó la crisis final del shogunato Tokugawa y una guerra civil, tendría un éxito único en imitar la tecnología occidental, para convertirse a final de siglo en una potencia capaz de doblegar a China, arrebatándole la isla de Formosa y el control de Corea, y de preocupar a Rusia.

En América, los nuevos países hispanoamericanos permanecieron estancados, en contraste con el dinamismo useño. Hacia 1812, Usa intentó hacerse con el Canadá, pero los ingleses desbarataron a sus tropas y quemaron Washington, bloqueando aquella vía expansiva, que se desvió hacia el oeste. Los perdedores de esta expansión fueron los indios y los mejicanos. En la década de los 20, colonos useños se instalaron en Tejas, importando de paso la esclavitud, ya abolida en Méjico, y terminaron imponiendo en 1836 una independencia ficticia para integrarse en la Unión. En 1848, tras otra guerra, Méjico perdió a manos de Usa más de la mitad de su territorio, débilmente poblado.

Esta expansión se hacía bajo la doctrina, de raíz calvinista, de una especie de predestinación. El presidente John Quincy Adams había concluido a principios de siglo que todo el continente norteamericano estaba "destinado por la Divina Providencia a ser poblado por una nación con un idioma y un sistema general de principios religiosos y políticos y habituado a unos usos y costumbres sociales semejantes"; en palabras del influyente periodista John O´Sullivan un destino manifiesto daba a Usa "el derecho de poseer todo el continente que nos ha otorgado la providencia para aplicar nuestro gran designio de libertad". Los ideólogos consideraban a Usa un mundo nuevo y original desde tiempos de Noé. Tras la guerra de 1848 con Méjico hubo la tentación de anexionarse este país entero, pero fue resistida porque "más de la mitad de los mejicanos son indios, y el resto se compone sobre todo de razas mezcladas. (...) Nuestro gobierno es de la raza blanca" y solo quería dentro de sus fronteras a esa "libre raza". Conseguida la expansión desde el Atlántico al Pacífico, el destino manifiesto se orientó a finales de siglo hacia Cuba, Puerto Rico y el Caribe.

Antes, en 1861, se produjo en Usa una crisis cuando los estados del sur, perjudicados por la política económica del gobierno, intentaron separarse de la Unión. El resultado fue la Guerra de Secesión, extremadamente dura, que causó 600.000 muertos, parte de ellos en los infernales campos de prisioneros, y condujo a la abolición de la esclavitud y al esplendor de los negocios y la industria, que hicieron del país la primera potencia económica del mundo dos décadas antes del final del siglo.

***

Dentro de Europa, la restauración monárquica tras las guerras napoleónicas, se mantuvo un tiempo, con cambios considerables. En Francia, hasta la revolución de 1848, de la que salió la II República. Fue un año de revoluciones entre obreristas, republicanas y nacionalistas también por Alemania, Italia, Austria y otros países centroeuropeos, que no triunfaron, pero obligaron a los gobiernos a concesiones y reformas. La república francesa duró solo tres desordenados años hasta que Napoleón III, sobrino del primero, instauró el II Imperio mediante un golpe respaldado por la mayoría de la población. El nuevo imperio fue una época de rápido desarrollo económico, en que París se convirtió en modelo urbanístico tras la reforma de Haussmann, y en el mayor centro de la cultura europea. En 1870, Francia y Prusia entraron en guerra, indirectamente a causa de la sucesión monárquica en España, y Napoleón III fue derrotado en Sedán. Esta guerra produjo el nacimiento del Imperio alemán y el hundimiento del francés, que fue sustituido por la III República y originó la revolución, entre anarquista y socialista, de la Commune de París. Esta revolución fue implacablemente triturada por los republicanos, que fusilaron entre 20.000 y 50.000 communards, según versiones. La III República fue mucho más estable que la segunda –gracias a esa represión, según algunos– y evolucionó a un militante anticlericalismo, al paso que construía un vasto imperio colonial en África y Asia (Indochina).

Gran Bretaña vivió la mayor parte del siglo (1831-1901) bajo la reina Victoria, como el país más estable, rico y poderoso no ya de Europa, sino del mundo, con una cultura brillante en todos sus aspectos, un moralismo y clasismo estrictos y un problema social causado por la pobreza y por las pésimas condiciones obreras, que fue mejorando paulatinamente, con menos convulsiones que en el continente. Sus guerras fueron externas, coloniales como las guerras del opio y otras en la India, Afganistán, Canadá o África, en especial las Guerras de los boers en Suráfrica. Mayor relieve tuvo la Guerra de Crimea, de 1853 a 1856, en pro del equilibrio europeo. Rusia, que dominaba el mar Negro, proyectaba sus aspiraciones sobre el Mediterráneo, para lo cual encontraba la barrera turca. Suscitada la contienda entre ambos imperios, Inglaterra y Francia, temerosos de un expansionismo ruso que se proyectaba hacia Asia y Europa, resolvieron contenerlo defendiendo al más débil, el otomano, consiguiendo una costosa victoria sobre Rusia.

A principios de siglo se habían completado las Highland clearances (limpiezas de las Highlands), iniciadas en el siglo anterior, consistentes en expulsar a los campesinos, en gran parte católicos, para dedicar las tierras a la cría de ovejas, más rentable. La expulsión se realizó con auténtica brutalidad, quemando aldeas y matando a gente de forma indiscriminada. La mayoría tuvo que emigrar y quienes se quedaron debían aceptar salarios de absoluta miseria. En 1846, la población, que subsistía básicamente de patatas, fue reducida aún más por el hambre y la emigración, al sobrevenir una plaga que pudría el tubérculo. El efecto de la plaga fue mucho peor en la mucho más poblada Irlanda. Las más y mejores tierras irlandesas habían sido repartidas entre nobles y terratenientes ingleses y escoceses, dejando a los naturales en la pobreza, dependiendo su nutrición de las patatas. La plaga causó la muerte por hambre de hasta un millón de irlandeses y otros tantos tuvieron que emigrar. Era una catástrofe increíble en la Europa rica, y la política de Londres la agravó al extremo, impidiendo prevenirla y luego manteniendo la exportación alimentos desde la isla, protegidos con guardia armada frente a los hambrientos que no podían comprarlos.

La Alemania reunificada –aunque no plenamente– por el prusiano Bismarck, el Canciller de hierro, venció a Francia en 1871, anexionándose Alsacia y Lorena, y se convirtió en la primera potencia continental bajo el emperador Guillermo I. Bismarck, receloso del revanchismo francés, trató de asentar una paz conveniente en Europa aislando a Francia mediante acuerdos con Austria, Rusia e Italia, sin entrar al principio en la carrera por los nuevos imperios extraeuropeos y evitando el avispero balcánico, donde confluían peligrosamente intereses de Viena, Estambul y Moscú, complicados con los nacionalismos emergentes. Terminó enfrentado al emperador Guillermo II, más ansioso de aventuras exteriores, y, al ser despedido de su cargo, en 1890, profetizó con sorprendente acierto que no tardaría veinte años en estallar, por "alguna maldita estupidez en los Balcanes", una conflagración europea de final imprevisible, a cuyo término apenas se recordaría la causa inicial. En política interior combatió en vano a los católicos mediante la Kulturkampf (lucha por la cultura) y al ascendente movimiento marxista , prohibiéndolo también en vano y atrayéndose a los obreros mediante el primer sistema de seguridad social europeo. El régimen alemán venía a ser un parlamentarismo autoritario, con amplios poderes del emperador y sufragio universal.

Rusia se extendía por el este hasta el Pacífico norte, con Alaska –que vendió a Usa en 1867–, y por el oeste se había abierto a los mares Báltico y Negro. Había hecho retroceder a los turcos, causado en primer lugar la caída de Napoleón, y buscaba introducirse en los Balcanes y abrirse al Mediterráneo. El contraste entre el despliegue occidental y el atraso de Rusia (donde continuaba una dura servidumbre campesina –abolida en Prusia y Polonia tan tarde como 1807), incubó una triple división de actitudes entre los liberales occidentalistas, los revolucionarios anarquistas y socialistas, y los tradicionalistas o eslavófilos, que criticaba a un occidente a su juicio corrompido y sin espíritu. La división social e ideológica recordaba a la de España, salvo que en Rusia la autocracia tradicional prevaleció, si bien con políticas cada vez más liberales y un desarrollo industrial, a base de capital extranjero, que a finales del siglo alcanzaba ritmos superiores a los occidentales, sumidos entonces una depresión cíclica. En 1861 el zar Alejandro II abolió la servidumbre, pero los revolucionarios nihilistas del partido Naródnaia Volia (Voluntad del Pueblo) emprendieron campañas de atentados que costaron la vida al zar y a numerosos funcionarios y personajes del gobierno.

Con toda esta efervescencia, Rusia produjo una de las mejores literaturas del mundo. Los grandes relatos de Dostoiefski, Gógol, Chéjof, Tolstoi, etc., reflejan la situación social, al modo de Dickens en Inglaterra o de Balzac en Francia, pero con un carácter muy distinto de estos. En Dostoiefski y en Gogol se encuentran descripciones realmente proféticas de los movimientos revolucionarios de entonces. La tensión entre el impulso del liberalismo y el de las ideologías revolucionarias no hizo sino crecer en toda Europa, con menos violencia en Gran Bretaña, e iba a condicionar de forma radical el siglo XX.

La Ilustración había justificado y corroído al mismo tiempo el absolutismo. No halló mucha réplica mientras se ciñó a la crítica y la especulación, a veces profunda, a veces irresponsable, sobre la naturaleza y mejora del ser humano, el poder ilimitado de su razón, la paz perpetua y un progreso sin fin. Mas la aparente inocencia de sus ejercicios mentales quedó rota por la revolución y las convulsiones napoleónicas, que revelaron efectos impensados de aquellas prédicas, cómo la razón podía orientar y justificar atrocidades que, a su turno, ponían en duda la intrínseca bondad humana. Y el ideal del progreso tenía la molesta consecuencia de privar a cada generación de valor propio, excepto como peldaño para la generación siguiente, en una marcha sin fin. Una generación entera podía ser sacrificada si se empeñaba en obstaculizar el progreso tal como lo concebían los apóstoles de este. 

Volvía a comprobarse cómo de una idea no se siguen consecuencias lógicas e inapelables more geometrico, sino interpretaciones y conclusiones variadas. De las tesis ilustradas brotaron pronto ideologías como el nacionalismo, el liberalismo, el racismo, el socialismo, el anarquismo o el feminismo, que desplegarían sus potencias hasta hoy. 

Debemos aclarar qué entendemos aquí por ideología. Inicialmente fue una propuesta de estudio científico de las ideas, como el nombre indica, pero Carlos Marx le dio un significado distinto, que tuvo el mayor éxito: ideología como sistema de ideas con pretensiones universales pero basado en una falsa conciencia de la realidad, y cuya función auténtica consistía en justificar el dominio de las "clases explotadoras" y embaucar a los oprimidos para resignarlos a su miseria. La ideología por excelencia sería la religión, "opio del pueblo", a la cual opuso Marx, con optimismo, la ciencia social que él mismo ofrecía. Aquí, ideología es cualquier sistema de ideas que, apelando en exclusiva a la razón, aspira a dar solución a los problemas sociales y sentido a la vida humana. Así, la religión no es ideología, y lo es el marxismo y las antes citadas, una de cuyas claves consiste, por ello, en el ataque o la indiferencia a la religión.

Las ideologías suponen la bondad natural del hombre, a quien, en una especie de mesianismo al revés, aspiran a salvar de los las trabas institucionales, costumbres, creencias, etc., que le "alienan" y le impiden desarrollarse con plenitud. No existiría lo que la tradición cristiana y otras simbolizan en el "pecado original" y mitos afines, en apariencia contrarios a la razón y que, por eso, se convierten en la mayor barrera a la libertad y autenticidad humanas (aunque el pecado original puede interpretarse no solo como fuente de la culpa, sino también de la libertad y la responsabilidad). El efecto psicológico más seductor de las ideologías consiste en liberar al individuo de la culpa y proyectarla con plena fuerza sobre el exterior (las instituciones, las "clases explotadoras", "el poder", el país contrario, el varón, los viejos, el clero, etc.), cifrando en la lucha contra esos enemigos un peculiar sentido de la vida. La responsabilidad se vuelve convencional, derivada de unas leyes a su vez convencionales.

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**** http://blogs.periodistadigital.com/bokabulario.php/2009/10/15/felipe-gonzalez-paladin-de-la-dictadura

**** Un grupo de guardias civiles llamado UGC ha recogido la propuesta de la pandilla subvencionada de la memoria "histórica", para que se cambie el lema "Todo por la patria" por el de "Todo por la democracia", porque, aduce esa gente, "el valor supremo del sistema que nos hemos dado todos los españoles es la democracia".

Ocurre que ni la democracia es el valor supremo, ni nos la hemos dado todos los españoles, ni deja de estar siendo conculcada todos los días por los políticos, por bastantes periodistas, policías y por quienes más se llenan la boca con esa palabra.¿Van a arrestar a toda esa gente esos guardias civiles? Los de la memoria "histórica" atribuyen la democracia al Frente Popular de comunistas, socialistas revolucionarios, anarquistas, racistas y golpistas: esa es su democracia. ¿Y cuál será la de esos guardias civiles? Claramente, la que se opone a la patria, como la de la anterior. Quieren añadir, además, "por la libertad y la justicia". Se ve que les encanta la retórica y la complicación ¿Y por qué no también "por la fraternidad, la felicidad y los buenos sueldos", pongamos por caso?

¿No deben contribuir los guardias civiles a fomentar tales valores?

Diríamos que se trata de simples botarates y botaratadas, si no fuera porque tienen una intención demasiado clara. Con tales demócratas, la servidumbre totalitaria está garantizada.

El propio nombre UGC, Unión de Guardias Civiles, es ya un camelo antidemocrático, como el de las asociaciones de "laicos", etc. ¿Para qué es esa unión? ¿Para jugar al parchís, para promover la homosexualidad en el cuerpo, para hacer deporte, para pedir aumentos salariales...? No hace falta que lo aclaren: para atacar a la democracia y a la patria.

Zapo, apóstol de la violencia / Katyn y Ágora

16 de Octubre de 2009 - 07:51:11 - Pío Moa - 240 comentarios


Bajo el disfraz del pacifismo y el diálogo, Zapo ha convertido el asesinato en medio privilegiado de hacer política en España y conseguir objetivos contra el estado de derecho, la democracia y la integridad nacional. Su paz es la paz de los asesinos.

Con el mismo cuento, en nombre de la "paz", ayuda a los regímenes más dictatoriales y agresivos, desde el de Sadam al de Castro, pasando por el sirio. Su paz es la paz de la tiranía.
  
Defiende y justifica a los terroristas y a los regímenes que acosan y tratan de destruir a Israel, y dice que el antisemitismo era el de Franco, que a tantos judíos salvó del Holocausto ¡Siempre por la paz! La paz de Hitler, en definitiva.
   
Hay en todo ello una mezcla enfermiza de estupidez, hipocresía y mala fe, que bate marcas. El PP calla con no menos hipocresía, como es su costumbre, o tira pellizcos de monja, liquidando la oposición en España.
   
Esta es la chusma política que padecemos. 

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Pocas cosas más indicativas de la abyección mafiosa en que ha caído la política en España que el caso Gürtel: la pandilla gubernamental infringe la ley con métodos de estado policíaco. Pero no por eso son menos ciertos los chanchullos del PP: desde la corrupción hasta la búsqueda de un chivo expiatorio que salve la imagen de la banda. Hoy es más cierto que nunca aquel diagnóstico de un embajador inglés sobre esta clase de políticos: golfos, señoritos engreídos y mediocres farsantes.

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Dicen algunos que el remedio a la degradación política del país está en la intervención de las fuerzas armadas. No hay mejor demostración de la inepcia y vagancia de la extrema derecha, de su incapacidad para convencer y crear opinión pública, y de su añoranza de cualquier tiranía que permita mandar a gusto a ellos, inspirados por Dios, según creen, pero desasistidos por el pueblo, al que en el fondo desprecian.

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 Hoy, en Época:

Han coincidido en días pasados los estrenos en Madrid de las películas Katyn, dirigida por Andrzej Wajda, y Ágora, dirigida por Amenábar, la primera histórica y la segunda presentada como tal, sin serlo.

Katyn es el nombre del bosque donde se produjo la mayor parte de la matanza de unos 22.000 polacos, en su mayoría oficiales militares, pero también miembros de la intelectualidad, profesionales, etc. por parte de los soviéticos, mientras duraba el pacto entre Stalin y Hitler, mediante el cual se habían repartido Polonia. El objetivo del crimen era dejar a este país sin expertos militares y sin intelectuales "nacionalistas y contrarrevolucionarios" que pudieran vertebrar un resurgir de la nación polaca (los nazis siguieron una política parecida). Típico de la previsión soviética fue el empleo, en Katyn, de munición alemana que pudiera sustentar, llegado el caso, la atribución de la matanza a los alemanes. Como así fue. Cuando la alianza Hitler-Stalin se rompió y los alemanes descubrieron las enormes fosas al avanzar por Rusia, los stalinistas afirmaron que los autores eran sus ex amigos nazis. Durante el juicio de Núremberg, al acabar la guerra, insistieron en la tesis y pretendieron condenar a altos mandos alemanes que no habían sido culpados de crímenes. El caso fue sobreseído por falta de pruebas, aunque todos los jueces conocían perfectamente la realidad, pero hasta que Gorbachof no admitió los hechos en 1990, los progresistas fingían dudas al respecto.

La cinta de Wajda, fiel a los hechos, es forzosamente incómoda para la izquierda, que fue prosoviética mientras la URSS duró, como hace poco defendía al genocida Sadam Husein y sigue siendo con muy poco disimulo procastrista o proetarra. Pero ellos dominan en España el cine y los medios de comunicación, y procuran silenciar la película en lo posible, o trivializarla (un crítico de El país desanima a los posibles espectadores: "tienes la sensación de que ya la has visto en el cine demasiadas veces" ¿Increíble? Nada lo es en ese ambiente).

Lo que gusta a los progres es Ágora, que sí ha recibido una propaganda gigantesca, indicio de intenciones más amplias que el mero arte. La película trata –es un decir– el caso de Hipatia, pero no tiene nada que ver con la Hipatia real, en lo poco que se conoce de ella –mucho menos que de Katyn–, sino con un fantasma elaborado a partir de todos los tópicos progre-feministas. Con Hipatia ha ocurrido lo que con García Lorca: Comunistas, feministas e izquierda en general, se han apoderado de sus cadáveres, los han deformado y maquillado a su (mal) gusto y los pasean desvergonzadamente, sin cansancio. Hipatia no fue una mártir de la ciencia, sino víctima de querellas políticas, tampoco de los cristianos, sino de una facción. Por lo que se sabe de ella, no hizo contribuciones importantes a la ciencia, pero fue una brillante profesora que enseñaba a alumnos paganos y a cristianos, muy respetada por estos. Su filosofía era neoplatónica, que tanto influyó en el cristianismo, al cual no se opuso ella, aun siendo pagana. Realmente tenía muy poco de progre, sobre todo en el sentido que podría encantar a Amenábar: no era lesbiana y permaneció virgen, no por competir con los hombres, como se sugiere, sino porque, como indicó a un enamorado suyo enseñándole sus paños menstruales, "no hay nada bello en la relación carnal". 

Amenábar, fue un destacado titiritero del "no a la guerra"...contra Sadam, claro. Las guerras emprendidas por los soviéticos, por Castro, los crímenes de la ETA, nunca le merecieron repulsa. No obstante cuenta con desenvoltura que su película "es una crítica contra los fanatismos", y tiene comentado "Mis héroes son los que utilizan la cabeza, no las armas". Bien, Sadam usaba mucho las armas, y él usa la cabeza. Para mentir y manipular la historia. Algunos cristianos fanáticos asesinaron a Hipatia. Amenábar asesina su memoria. 

Hechos e ideas en el siglo XIX

15 de Octubre de 2009 - 11:30:18 - Pío Moa - 76 comentarios


Casi siete años había durado la guerra civil, con frecuentes atrocidades, comenzadas por los liberales. Pese a tener en principio a la mayoría de la población, sobre todo en Cataluña, Aragón, Navarra, Vascongadas y otras provincias, los carlistas perdieron, minados por sus querellas internas y por la baja calidad política y militar de casi todos sus líderes, empezando por Don Carlos. El conflicto costó unas 200.000 vidas, las correspondientes destrucciones e, indirectamente, una desamortización aplicada de modo perjudicial. La derrota carlista sería definitiva, pues aunque su partido se reorganizaría y daría lugar a otras dos contiendas menos duras, la política del país giraría ya en torno a las facciones liberales: entre moderados y progresistas hubo una especie de turno, pero no pacífico sino mediante golpes de estado y pronunciamientos.

 
La guerra fue seguida de pequeños movimientos revolucionarios. Espartero, que gobernó dictatorialmente en sentido radical o progresista, reprimió la primera revuelta obrerista-republicana de España, en Barcelona, haciendo bombardear la ciudad. En solo tres años suscitó una oposición que lo derrocó en 1843.

  
 Después de Espartero gobernaron en primero o segundo plano otros dos espadones, Ramón Narváez y Leopoldo O´Donnell, respectivamente moderado y ecléctico, y en nada inferiores a los jefes civiles. En 1863 O´Donnell fue despedido por la reina Isabel II, que emprendió un camino antiliberal y reforzó el catolicismo político. El descontento dio cierto auge, por primera vez, al republicanismo. Otro general prestigioso, Juan Prim, organizó en 1868 un nuevo pronunciamiento exitoso, que esta vez no acabó solo con un gobierno, sino con el reinado de Isabel II, la cual hubo de exiliarse. El golpe inauguró el “Sexenio revolucionario” o “democrático” y fue titulado Revolución gloriosa, pero su gloria brilló poco. La búsqueda de un nuevo rey ocasionó una crisis europea y la guerra franco-prusiana de 1870, que a su vez  abocaría a la revolución anarco-comunista de la Comuna de París. Prim fue asesinado a finales de ese año, y el rey designado, Amadeo de Saboya, quedó atrapado entre querellas cada vez más delirantes de los políticos, sufrió amenazas y un intento de asesinato, hasta que dimitió el 11 de febrero de 1873 apresurándose a huir de aquella “jaula de locos”, como la definió expresivamente.

  
No había repuesto monárquico, de modo que ese mismo día se implantó la I República, la cual justificó de sobra la expresión de Amadeo: en solo once meses se sucedieron cuatro gobiernos, uno de cuyos presidentes se fugó a París sin despedirse de nadie y cubriendo de dicterios (recíprocos) a sus propios correligionarios; Cundía una especie de embriaguez  de retórica pomposa e invocaciones a la libertad y al pueblo, en medio de dos guerras civiles, una carlista y otra cantonal de ciudades y provincias que se declaraban independientes. El espectáculo no dejaba de tener una comicidad grotesca, y ningún paliativo puede proporcionarle visos de seriedad. Para colmo, otra contienda, que también era civil, en Cuba, causaba una enorme mortandad (65.000 muertos entre 1868 y 1878, casi todos por enfermedades tropicales) y obligaba a movilizar un costoso ejército de 200.000 hombres, carga muy excesiva para un país en quiebra. En una orgía de chifladura y de sangre, España culminaba una carrera a la autodestrucción con visos de acabar de una vez con su historia. Parecía como si los principios liberales y democráticos, alcanzados con cierta naturalidad (y dos guerras) en Usa y que se iban imponiendo penosamente en Europa, degeneraban en España y en las nuevas repúblicas hispanoamericanas en una algarabía tan exaltada como vacua. Amadeo lo había diagnosticado: “Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la nación, son españoles (…) Todos pelean y se agitan por su bien [de la patria] (…) y entre el confuso, atronador y contradictorio  clamor de los partidos (…) es imposible (…) hallar remedio para tamaños males”.


  
La asombrosa función terminó cuando un general también republicano, Manuel Pavía,  desalojó de las Cortes a los vociferantes diputados, que habían jurado morir antes que abandonar sus escaños. La rebelión cantonalista fue eliminada y la república aún continuó con un gobierno de concentración bajo el general Serrano, hasta que en 1874, tras el pronunciamiento del general Martínez Campos, el político Cánovas del Castillo organizó  el sistema liberal que se llamó la Restauración, y que, como observó Cánovas, no sin razones, venía “a continuar la historia de España”. 

  
En política internacional, esos sesenta años se señalaron por una actuación de segundo orden, muy condicionada por Londres y París, y por la escasez de medios, dado el gran retraso en acceder a la revolución industrial. Las intervenciones en América (guerra del Pacífico y breve anexión de Santo Domingo, pedida por los dominicanos), una operación bélica en Marruecos mandada por Prim y semiesterilizada por presión inglesa, la ocupación de las islas del golfo de Guinea,y una expedición a Indochina en ayuda de Francia, fueron acciones de escasos resultados prácticos.

 
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  La diferencia entre liberales moderados y exaltados-progresistas, puede resumirse en que los primeros tenían en cuenta realidades históricas y sociales que los segundos no reconocían. Los moderados daban mayor peso a la Corona, depositando en ella parte de la soberanía, preferían un sufragio censitario muy restringido, el proteccionismo económico y  el respeto a la religión. Los progresistas defendían la soberanía  de la nación representada en las Cortes, el sufragio universal, el librecambismo, una desamortización radical, supresión del influjo eclesiástico y, cuando fuera posible, de la propia monarquía (gran parte de ellos derivaron al republicanismo).


  
Diversas posiciones progresistas parecen más racionales, y sin embargo una y otra vez --trienio constitucional, etapa de Espartero,  bienio progresista del primer O´Donnell, la Gloriosa y la república--,  provocaban una epilepsia social que impedía reconstruir el estado, casi destruido por la invasión francesa. Los progresistas, ayunos de pensamiento propio, se regían por ideas importadas, reducidas a tópicos, y no tuvieron un solo pensador relevante; no atendían a la realidad social, económica e histórica del país, al hecho de que su pretensión democrática  solo podía traducirse entonces en dictadura de la minoría autotitulada demócrata. Impusieron algunas medidas razonables al principio del Sexenio revolucionario: el sistema métrico decimal, la peseta, la capitalidad oficial de Madrid,  la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, el Instituto Geográfico y Estadístico, indispensable para una administración modernizada… Pero su efecto se estropeaba con una gárrula y agresiva demagogia. Predominaban los personalismos y no  tuvieron, con la excepción de Prim, ningún político de altura, capaz de diseñar una estrategia a largo plazo; muchos de ellos apenas pasaban de botarates. De haber tenido verdadera fuerza, habrían repetido la Revolución francesa o algo similar. Faltos de ella, producían disturbios y golpe militares: contra un lugar común extendido, la gran mayoría de los pronunciamientos no fueron conservadores, sino progresistas, y fraguaron en las logias masónicas del ejército.

  
El balance de sus rivales moderados es más positivo: regularon y ampliaron la enseñanza media y universitaria, abrieron escuelas de ingeniería y magisterio, dotaron la administración de justicia con un Código penal modernizado, crearon la Guardia Civil, eficaz  contra la plaga del bandolerismo, profesionalizaron el funcionariado y el cuerpo de oficiales, reconstruyeron una armada mediana, racionalizaron la hacienda pública y la  fiscalidad, normalizaron la relación con la Santa Sede y, en general, reorganizaron el estado sobre bases más semejantes a las de Europa occidental. La relativa estabilidad favoreció la inversión extranjera y nacional; se construyeron hasta 6.000 kilómetros de ferrocarriles, aumentaron y mejoraron las carreteras y la red de telégrafo y crecieron industrias, notablemente en Barcelona y  Bilbao. Barcelona superó ligeramente a Madrid como mayor ciudad de España ambas con unos 300.000 habitantes, y la mejor urbanizada gracias al plan Cerdá (impuesto desde Madrid al reacio ayuntamiento barcelonés); Valencia y Sevilla, superaron los 100.000 habitantes. No obstante, el país siguió siendo vastamente rural, con una agricultura estancada.

 
***  

  El miedo de los tradicionalistas al pensamiento libre quedó sintetizado, bajo Fernando VII, en la tan citada frase de los rectores de la universidad de Cervera, única existente entonces en Cataluña: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir” (o “la funesta  manía de pensar”). De todas formas, discurrir no fue ocupación muy cultivada por unos ni por otros, y,  paradójicamente, los pocos pensadores de altura fueron Jaime Balmes y Juan Donoso Cortés, ambos católicos y tradicionalistas o muy conservadores.


  
Balmes,  barcelonés, sacerdote y miembro de la Real Academia,  “Príncipe de la Apologética moderna” según el papa Pío XII, murió joven, de tuberculosis, en 1848, año de revoluciones en Europa. Se aplicó a refutar corrientes filosóficas en boga, como el racionalismo francés, el empirismo inglés o el kantismo y sus derivaciones alemanas, desde posiciones neoescolásticas influidas por la escuela del sentido común escocesa. Entendía el problema del conocimiento cierto como clave de la  filosofía; al revés que Descartes, no considera un solo tipo de certeza, sino tres: la subjetiva (a partir del sentimiento particular de las cosas), la racional (expresada en las matemáticas o en la lógica) y la objetiva (percibida por todos, como la temperatura ambiente pero no racional); cada una de ellas precisa un tipo de criterio,  respectivamente el basado en la conciencia, en la evidencia y en el sentido común, entendido este último como un “instinto intelectual” distinto del sentimiento o la sensación. Ante la duda metódica racionalista, alegó que “dudar de todo es carecer de lo más preciso de la razón humana, el sentido común”: al afirmar que dudamos estamos estableciendo una certeza, y la duda implica unas normas de pensamiento que damos por ciertas. Se hicieron famosas muchas de sus observaciones: “No es fácil opinar contra los propios intereses”, “El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros”, “Terrible es el error cuando usurpa el nombre de la ciencia”, “No es tolerante quien no tolera la intolerancia”, etc.  Una de sus principales obras,  El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea combatió la noción de que el protestantismo era la fuente de los avances de la civilización. Por el contrario, defendió con destreza intelectual el papel de la razón y el orden católico frente al yermo espíritu de revuelta y anarquía que achacaba al protestantismo.

  
 
Hombre activo, entró en política con ánimo de reconciliar a carlistas y liberales en un absolutismo atenuado y fundó la revista El pensamiento de la nación, para contrarrestar la propaganda progresista, valiéndole el exilio su oposición a Espartero. Muy atento a los movimientos sociales y económicos de la época, previó que “La organización del trabajo introducirá modificaciones que ahora son irrealizables (…) Dentro de dos siglos la sociedad habrá cambiado hasta un punto de que nosotros apenas tenemos idea; pero (…) si se quiere hacer en breve tiempo lo que ha de ser fruto de una elaboración lenta en las ideas, en los sentimientos y en los hechos, el resultado infalible será provocar un cataclismo que, lejos de traer la resolución, la retrasará considerablemente”. Propugnó las asociaciones obreras, tribunales para dirimir los conflictos con los patronos, no injerencia estatal en la fijación de salarios, creación de centros de formación profesional, y unos seguros sociales  algo primarios y paternalistas.


  
Donoso Cortés, pacense, tuvo un alto cargo con Mendizábal y se hizo cada vez más moderado. Las revoluciones europeas de 1848, año de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, cambiaron por completo sus opiniones. Su obra más conocida y traducida,  Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, es un clásico del pensamiento contrarrevolucionario europeo. Ante la revolución socialista, que preveía más radical aún que la francesa, entendió el catolicismo como única barrera posible. Según él, los liberales derruyen las instituciones políticas, y los socialistas las instituciones sociales, y ambos “convienen en la bondad sustancial e intrínseca del hombre”, solo perturbada por las instituciones, lo que los volvería incompatibles con la doctrina católica, que sitúa el mal, y por tanto su corrección, siempre relativa, en el hombre mismo, valiendo de poco al respecto las reformas institucionales. “Los liberales afirman que el bien puede realizarse ya en los tiempos presentes, y los socialistas que la edad de oro no puede comenzar sino en los tiempos venideros”. El liberalismo, doctrina amorfa según él, admite e intenta conciliar “todos los principios y contraprincipios”, sin creer en nada,  conduce al triunfo del socialismo, que, por lo menos, tiene creencias. La argumentación de Donoso es inteligente, pero cabe objetar que no todos los liberales creen en la bondad natural del hombre, sino que toman a este como es, con su propensión al mal, y tratan de poner barreras a la tiranía, forma política de ese mal. Además, el remedio de Donoso lleva a un despotismo de estilo fernandino, ajeno a la tradición eclesiástica española.

 
Se abrió paso otra línea de pensamiento, el krausismo, de menor enjundia teórica pero de mayor efecto a la larga, por haber dedicado su esfuerzo al proselitismo pedagógico. Importado de Alemania por Julián Sanz del Río, que plagió un texto de su maestro Karl Krause, consistía en una variación del panteísmo, el panenteísmo, con cierta mística naturalista: el hombre es el elemento más elevado de la naturaleza, formando con ella un organismo de caracteres divinos, que por evolución llegaría a identificarse plenamente con Dios: fe ajena al cristianismo y con reminiscencias paganas, aunque abierta a la posibilidad de una Iglesia nacional, que interesó a varios sacerdotes. Durante el Sexenio, el ideario krausiano inspiró en algún grado al progresismo menos radical, gracias a la actividad de Francisco Giner de los Ríos, discípulo de Sanz,  aunque empujó a una radicalización creciente entre los jóvenes. El grupo de Giner predominó en la universidad de Madrid  bajo Prim y Amadeo I, en rivalidad con la enseñanza católica. Algo después de la república, Giner fundó la Institución Libre de Enseñanza (ILE),   de proyección intelectual extraordinaria.

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****Made in Mad Milán. Esta es la nueva gracia que se les ha ocurrido a los serviles y cretinos patriotas useños de la comunidad de Madrid. No hacen más que locuras, los muy capulletes. Y dicen que promueven los atractivos y la cultura de Madrid, esos loquillos y loquillas. Qué cultos. La alternativa, nos cuentan.

 

 

Chusma política / Católicos en el Frente Popular

14 de Octubre de 2009 - 13:07:30 - Pío Moa - 106 comentarios

De los políticos españoles de mediados del siglo XIX decía un embajador inglés: "Son golfos de primer orden, unos petimetres fanfarrones, mediocres alumnos de actores de segunda fila del Theâtre Français". Nos cuenta el "popular" Ignacio Cosidó que el caso Faisán es "la mayor vergüenza, traición e ignominia en la lucha contra el terrorismo". Acosados por el caso Gürtel (por cierto, ánimo a Costa: que los actores de segunda no paguen por los peces gordos), los populares ensayan la farsa, haciéndoses los indignados. ¡No, hombre, no! No ha habido tal lucha contra el terrorismo, sino colaboración con él, y el caso Faisán, con todo lo que revela de putrefacción de algunos jueces y policías y de todos los políticos sociatas, es casi una fruslería al lado de los aspectos políticos de esa colaboración. En la que han participado de lleno Rajoy y su camarilla. ¿Cómo lo han hecho? Desactivando el movimiento ciudadano de protesta e imitando el estatuto catalán, clave de toda la maniobra. Señoritos golfos y actores de medio pelo.

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La semana pasada, en Época:

CATÓLICOS EN EL FRENTE POPULAR

El periodista Daniel Arasa ha escrito Católicos del bando rojo, donde descubre el mediterráneo de que también hubo católicos en el bando del Frente Popular; y el político Durán i Lleida ensalza el libro como "muy necesario en una sociedad que ha tenido la costumbre de reescribir la historia según quien gobierna". El señor Durán debe de haber vivido en un país distinto de España, porque aquí la historia predominante en los últimos tiempos del franquismo era la izquierdista, y lo siguió siendo en la transición, bajo UCD, más acentuadamente bajo el PSOE y bajo Aznar, no digamos ahora mismo, en que la historia ha entrado en fase oficial de falsificación pura y dura, quizá más aún en Cataluña que en el resto del país. Bajo Aznar salieron apologías de Azaña, las Brigadas internacionales fueron puestas oficialmente por las nubes, y comenzaron los manejos de la "memoria histórica", con enorme proyección mediática. Excepto por unos pocos que nos hemos opuesto a esa corriente, la historia abrumadoramente mayoritaria ha sido, con cualquier gobierno, la misma que satisface a Durán y a tantos más. Lo que ha ocurrido es que en los últimos años algunas obras contrarias a las versiones de izquierdas han alcanzado gran difusión, la historia digamos oficialista no ha logrado refutarlas, y el señor Durán, afecto a la historia subvencionada, se siente desconcertado.

Se nos informa de que el libro "desmiente el tópico de que todos los católicos apoyaron a Franco en el 36". Un supuesto tópico que nadie sostiene, en realidad, por lo que ya nos ilustra sobre la falsificación de principio. Nadie ignora que hubo muchos católicos soldados, gente común, algunos políticos, militares intelectuales y hasta curas en el bando del Frente Popular. Los primeros, en su mayoría, porque "les tocó" y no pudieron o no quisieron huir, bastantes por no poner en peligro a sus familias y otros, en fin, por razones diversas y a veces llamativas. Estas cosas ocurren siempre, pero lo importante en la historia es el carácter fundamental que toman los hechos, no las excepciones o hechos secundarios.

Y los hechos son que el bando rojo empezó ya en 1931 a quemar iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza por el delito de ser católicos. Que durante la república no cesaron las provocaciones, insultos y vejaciones a los católicos. Que en la insurrección guerracivilista de 1934 decenas de clérigos fueron asesinados y más iglesias destrozadas. Que al imponerse el Frente Popular en febrero del 36, los ataques y propaganda contra la Iglesia llegaban a incitaciones al asesinato, con incendio de centenares de templos, joyas artísticas o históricas no pocos de ellos. Que apenas reiniciada la guerra en julio de ese año comenzó una campaña de exterminio del clero, quema sistemática de iglesias y monasterios, incluyendo archivos y bibliotecas invalorables, robo también sistemático de bienes diversos, y hasta destrucción de cruces y lápidas en los cementerios. Esto no es propaganda, son hechos indudables, y no hace falta ser creyente para entender su significado.

Ello vuelve muy curiosa la actitud de los políticos, intelectuales y hasta curas católicos del bando rojo. Suele mencionarse el caso del general Aranguren como "fiel a su juramento a la república". Al parecer no se enteró de que la legalidad republicana fue asaltada en octubre de 1934 y concienzudamente arruinada en 1936. Y que lo fue precisamente por el bando rojo al que sirvió. Al parecer, una de las persecuciones más sanguinarias de la historia no impresionaba demasiado a ninguno de esos católicos, ni les daba motivo suficiente para caracterizar a los perseguidores. ¿Qué maravillas verían en ellos? Posiblemente las mismas que ven ahora en la ETA determinados obispos y curas, sobre todo en Vascongadas. O que han llevado a tantos clérigos a apoyar el comunismo, el separatismo y otros movimientos "liberadores".

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Carta abierta de Vidal-Quadras a Rubalcaba

"El motivo por el que te dirijo estas breves líneas es formularte una pregunta apoyándome en la conocida afirmación de Claude Lévi-Strauss de que la sabiduría no consiste en proporcionar las verdaderas respuestas, sino en formular los verdaderos interrogantes.

Así, tú y yo, tanto si tienes a bien contestarme como si optas por no hacerlo, saldremos de este lance un poco más sabios. Hoy he leído con estupor en titulares unas declaraciones tuyas en las que sientas la tesis siguiente: "Lo que España no puede hacer es negar la decisión de un Parlamento democrático elegido por los catalanes". Es decir, que la soberanía indivisa del pueblo español consagrada en la vigente Constitución de 1978 con inequívoca rotundidad en su artículo 1.2 no es tal y que, por el contrario, son las asambleas autonómicas las que han de prevalecer en sus decisiones sobre la voluntad general de la Nación, perfectamente definida, sin ambigüedad alguna, en el artículo 2, donde, también de forma clara y precisa, se establece que soberanía y autonomía son cosas distintas. La primera, asociada al poder constituyente, corresponde en exclusividad a la Nación española en su conjunto, mientras que la segunda, expresada en los correspondientes Estatutos, queda obviamente subordinada a la primera.

Tú eres una persona de sólida formación y probado rigor intelectual –no en vano procedes, como yo, de las ciencias "duras"– y, por tanto, eres absolutamente consciente de que al situar a la soberanía nacional, de la que es depositaria la ciudadanía española en su totalidad, sin que quepa fragmentarla o distribuirla en compartimentos, por debajo de las resoluciones adoptadas por un parlamento autonómico, estás diciendo un disparate monumental y faltando a las solemnes promesas que hiciste, tanto al tomar posesión de tu cartera ministerial como de tu escaño de Diputado en el Congreso. A partir de estos hechos indiscutibles, mi pregunta es:

¿Por qué has pronunciado públicamente unas palabras que hacen un daño inmenso a la Nación a la que te has comprometido a servir y que sabes sin ningún género de duda que son falsas?

Espero con impaciencia tu respuesta o tu silencio. La una me permitirá comprender hasta qué punto has perdido cualquier escrúpulo moral, el otro revelará que te queda una sombra de vergüenza".

Adiós a un amigo

13 de Octubre de 2009 - 09:02:42 - Pío Moa - 94 comentarios

En un viejo artículo de Libertaddigital sobre "La (de)generación del 68", mencionaba a Mick Holden, y en Viaje por la Vía de la Plata aludí a mi estancia en un piso de Clara o Klara Bastianon, que vivía con Mick y alquilaba algunas habitaciones. Ella, húngara venida a España en 1964, era profesora de filología inglesa en la universidad, y Mick, inglés, daba a su vez clases de su idioma. Yo aterricé allí a raíz de separarme de mi compañera Palma, y enseguida congeniamos. Mick, de familia trabajadora, había recorrido medio mundo de joven, embarcado como marinero. Posteriormente había conseguido una beca para la universidad de Cambridge, algo que entonces no se concedía fácilmente. Estudió historia, se casó, muy joven aún, y tuvo cuatro hijos. El matrimonio terminó por no funcionar, y él por venir a España. En Cambridge se había hecho trostskista: el marxismo, en diversas variantes, circulaba mucho por las universidades europeas. Terminó harto, como suele ocurrir, y contaba las ridículas manías proletarias de aquellos burguesitos. Pero "el marxismo imprime carácter, como a los curas", me comentó. "Bueno, eso depende..."

Salí de allí para vivir con mi amiga Violeta cerca de General Ricardos. Clara no podía estar en Madrid por alergia a los humos, y nos ofreció en condiciones muy ventajosas la mayor parte de su piso, donde permanecimos bastante tiempo junto con un hijo de Mick, Alistair, un chino de Formosa, Chang, que aprendía español, y "Luis el de Burgos", que preparaba oposiciones. Luego Violeta y yo nos fuimos a un apartamento en Cuatro Caminos. En una ocasión, al salir del restaurante Pereira, cerca del Ateneo, nos encontramos con Clara y Mick. Clara nos dijo: "¡Dais envidia, por lo bien que os lleváis!". "Pues veníamos hablando de separarnos". Como así ocurriría, aunque bastante después. Entonces volví a recalar en su piso, por la época del viaje por la Vía de la Plata.

Clara y Mick, muy generosos, me invitaban a menudo a su casa en Galapagar, más tarde a otra por la sierra, o quedábamos en Madrid para comer en algún restaurante. Mick cocinaba muy bien, comida inglesa, que no es mala como dicen, recuerdo sus shepherd´s pies, y Clara cocinaba aún mejor, comida húngara. Tengo un gran recuerdo de las conversaciones, tan agradables; uno de los verdaderos placeres de la vida es una buena conversación con una buena comida. Mick ocurrente, con su ingenioso y punzante humor inglés, muy divertido sin ser nunca chocarrero. Bebíamos él y yo quizá un poco de más, porque ayuda a ver la vida con colores más vivos y anima la charla, pero yo nunca llegué al alcoholismo, y él sí. Siempre invitaban ellos y por temporadas me retraía, un poco mezquino, por no poder corresponderles.

Hace años, no recuerdo cuántos, montaron una academia de lenguas bajo el lema "El idioma en la universidad", es decir, en la práctica el inglés, pues aunque daban clases de francés y de alemán, la demanda abrumadoramente mayor se dirigía al primero. Mick se volcó en la empresa y diseñó métodos de enseñanza propios, en los que incluía actividades sobre cultura inglesa y useña. Lo de la cultura fracasó, porque casi todos los universitarios españoles, con su habitual pragmatismo a ras de suelo, buscaban solo el título. Pero la empresa fue un gran éxito, era una idea original, aunque terminarían por salirle competidores deshonestos que aprovechaban los contactos con la burocracia universitaria y ofrecían cursos peores, pero más "oficiales". Algo desgraciadamente típico en España. Mick llevaba muy bien el trabajo; tenía algo de sangre irlandesa: "En el bar soy irlandés; en el negocio, inglés". Fue muy propio de él y de Clara que, al saber el nacimiento de mi hija y que no nadábamos en la abundancia, nos ofrecieran un aula en su local a un alquiler bajo, con lo que yo pude dar clases de lectura rápida durante siete años, hasta que publiqué Los orígenes de la guerra civil, con un éxito inesperado.

Después, nos veíamos con bastante menos frecuencia, en parte porque he pasado estos años escribiendo contra reloj. Supe que el alcoholismo estaba haciendo estragos en él. Intentó superarlo en centros especializados, aquí y en Inglaterra, pero recaía, para dolor y desesperación de Clara. Por fin decidió abandonarse y seguir por ese camino, resultara lo que resultase. Hace pocos meses nos telefoneamos: "Tenemos que vernos. Te echo de menos. Seguramente más que tú a mí". "Pues vamos a quedar de una vez, que parece que no hay manera". "¿Sabes que de nuevo estoy leyendo mucho a Marx y a Engels? Cada vez me parecen mejor" "¡Venga ya!" "Sí, de veras. Claro que como tú has evolucionado..." "Ya sabes que para mí el PP es la extrema izquierda...". No pudo venir. Estaba tan deteriorado, me dijo Clara, que encontraba difícil trasladarse del pueblo a la ciudad y orientarse en ella.

Y hace unos días falleció. Tenía 64 años y había sido un hombre idealista e inteligente, afectuoso y bienhumorado, pero había caído en una corriente autodestructiva difícil de explicar. Acaso sentía que podía haber sacado mucho más de sus dotes, y ello le deprimía. Nunca acabamos de saber lo que pasa por la mente de los demás e incluso, a menudo, por la propia. ¿Qué se puede decir? La muerte nos deja sin palabras, de tal modo supera nuestras facultades. Mi muy buen amigo Mick.

Más sobre la independencia de América

11 de Octubre de 2009 - 09:23:57 - Pío Moa - 193 comentarios

Las enormes extensiones del continente permitieron y obligaron a guerras de movimientos que recorrían distancias sorprendentes. Los ejércitos fueron siempre pequeños, rara vez combatieron en una batalla más de 7.000 hombres por bando, y con frecuencia no llegaron a los 2.000. No aparecieron estrategas excepcionales, aunque Bolívar tuvo la muy afortunada iniciativa antes mencionada, y San Martín fue un jefe muy apreciable. Entre los prohispanos destacaron Morillo y el virrey Abascal, del Perú.

En su mayoría, las batallas fueron poco sangrientas. El mayor número de víctimas se produjo seguramente en matanzas de civiles y prisioneros, emprendidas por Bolívar. Todavía en 1822 el general Sucre, masacró a la desafecta población colombiana de Pasto ("ciudad infame y criminal que será reducida a cenizas", se la amenazó), dejando 400 muertos, sin exceptuar mujeres y niños. Asimismo hubo matanzas de indios que tomaron partido por España, y las revueltas de Hidalgo y Morelos cometieron atrocidades. En general, los proespañoles observaron una conducta más moderada, sin faltar actos brutales, los peores cometidos por los llaneros de Boves, que asesinaron a un alto número de blancos criollos.

El absolutismo reimplantado por Fernando VII convirtió la renuencia de muchos americanos a separarse de España en simpatía por la idea, mientras que la vuelta al constitucionalismo provocó reacciones parecidas, y ambas cosas dieron mayor popularidad, al principio escasa, a la independencia.

Un aspecto llamativo fue el odio frenético contra los españoles. Bolívar afirmaba a un inglés: "El objetivo de España es aniquilar al Nuevo Mundo y hacer desaparecer a sus habitantes, para que no quede ningún vestigio de civilización (...) y Europa solo encuentre aquí un desierto. (...) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita". El imperio constituía "la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad", España había "convertido la región más hermosa del mundo en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo". Llamó a "destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles (...) Ni uno solo debe quedar vivo". Panegiristas de Bolívar siguen tomando esa guerra de exterminio por "su mayor timbre de gloria". Santander ordenó asesinar a 36 oficiales españoles presos, previamente indultados por Bolívar: "Me complace particularmente matar a todos los godos (españoles)", dijo. Un presente que le recordó el indulto fue también fusilado sobre el terreno. Campo Elías, lugarteniente de Bolívar y nacido en España, declaró: "La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar vestigio de esa raza en Venezuela". Dado que todos ellos eran españoles "de raza", se trata de una actitud realmente grotesca. Era la herencia de Las Casas y de la Ilustración francesa.

No menos grotesca suena su pretensión de heredar la América precolonial. El poeta José Joaquín Olmedo, llamado por los suyos "el Homero americano" –no sin alguna exageración– califica a los españoles, sus progenitores, de "estúpidos, viciosos, feroces, y por fin supersticiosos", mientras caracteriza a los independentistas como herederos legítimos de los incas. Los criollos solían explotar a los indios, los cuales, desde luego, no se llamaron a engaño, y rara vez apoyaron a sus sedicentes libertadores; y una vez lograda la independencia, la actitud criolla no mejoraría: que en Méjico arrebataron a los indios las tierras que les había garantizado la corona, y en Argentina, como en Usa, los indios fueron expulsados y a veces exterminados deliberadamente, lo que nunca se había hecho antes. El chileno Francisco Bilbao, autor de nada menos que El evangelio americano, que sirvió de texto escolar, resumió la cuestión: el progreso de América consistía en desespañolizarse. El argentino Domingo Sarmiento y otros lamentaban que América no hubiera sido colonizada por los daneses o los belgas, con lo cual ellos mismos no habrían llegado a existir. Se celebraba la pronta dispersión del idioma en dialectos y lenguas nuevas, al modo del latín. Con ironía involuntaria, Bolívar declamó en su célebre discurso de Angostura, en 1819: "Uncido el pueblo americano (por España) al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud".

Todo ello tuvo un coste muy elevado: la civilización creada por España quedó en buena parte derruida, y el sentimiento moral se vino abajo, sustituido por derroches de retórica entre ilustrada y revolucionaria; el proyecto megalómano de unir el continente de habla hispana en una "Gran Colombia" naufragó enseguida entre buen número de nuevas naciones poco fraternas entre sí, y una sucesión de guerras civiles y golpes de estado (algo no disímil de lo que ocurriría en la ex metrópoli). Bolívar escribirá: "No confío en el sentido moral de mis compatriotas", y a Santander: "No es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror"; y auguró que América sufriría "un tropel de tiranos". Sarmiento, llamado "el educador de Argentina", que proponía el exterminio de indios y gauchos, reconocería al menos su origen al lamentar, a los treinta años de independencia: "Vése tanta inconsciencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material o moral de los pueblos, que los europeos (...) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea".

Aunque la Revolución useña fue una de las inspiraciones de aquellos movimientos, difícilmente podía haber más diferencia entre una y otros. Usa progresaría de modo consistente, confiada en sus propias fuerzas, hasta convertirse a finales de siglo en la primera potencia económica del mundo. Los países hispanoamericanos –y la propia España–, en constante autodenigración, incapaces de acumular experiencia, sufriendo el "tropel" de tiranos augurados por Bolívar, no cesaron de experimentar bandazos, violencia política y corrupción, envueltos en retórica pomposa, hasta achacar a Usa todos sus males. Por supuesto, hubo puntos más positivos, como la difusión de ideales democráticos, aboliciones de la esclavitud, ampliación de la enseñanza en varios países, se recuperó hasta cierto punto el sentido de la propia historia, y la destrucción moral y política no llegó a tanto como veía Sarmiento. Pero los elementos negativos, tan fuertes, guardan sin duda alguna relación con el modo de independizarse. Y con el ejemplo poco inspirador que les ofrecía la propia ex metrópoli.

Han motivado mucha discusión los factores y agentes externos en la destrucción del Imperio hispanoamericano. Madariaga, en El auge y el ocaso del imperio español en América, habla de "tres cofradías, los judíos, los francmasones y los jesuitas". Según él, los judíos, resentidos por la expulsión de Sefarad, donde habían llegado a gozar de tantos privilegios, auspiciaron y financiaron la propaganda protestante y toda acción internacional contra España. Por supuesto, extendieron cuanto les fue posible la literatura ilustrada antiespañola por España y América. En los jesuitas, la expulsión habría surtido efectos parejos. Sus prédicas eran universalistas y por ello opuestas a las tendencias regalistas y jansenistas que promovían un clero más nacionalizado y menos sujeto al papa; opuestas también al despotismo ilustrado, pues su pensamiento, el de Suárez y el de Mariana, contrariaba a todo despotismos, hasta justificar el tiranicidio. Su expulsión supuso en América, además de un cataclismo para la enseñanza, la ruptura de uno de los lazos espirituales más fuertes con España. Miranda se había hecho con listas de jesuitas expulsados que vivían en Italia, por considerarlos útiles a sus propósitos, y el primer ministro inglés William Pitt el joven acogió a varios de ellos, utilizándolos como agentes e informadores sobre Suramérica.; y cierto número de jesuitas se pronunciaron abiertamente contra el dominio español.

Sin duda hay bastante verdad en la tesis de Madariaga, pero es difícil cuantificar la influencia judía y la jesuita en gran parte oculta y sin duda secundaria. En cambio saltan a la vista otras evidencias: la política inglesa y la orientación masónica. En las intrigas previas de Miranda, en las declaraciones de independencia, en la actividad de Bolívar, en la marcha de San Martín de España a Londres y de allí a Buenos Aires, en muchas de las acciones bélicas, siempre encontramos en segundo plano al gobierno de Londres y a personajes británicos, y en menor medida useños. Hecho nada extraño, pues la política inglesa, después del duro revés de "la oreja de Jenkins" se volvió más indirecta y orientada no tanto al dominio de unas tierras difíciles de controlar como a la hegemonía comercial, que lograría en amplia medida.

Por lo que se refiere a los masones, no puede ser casual su nutrida presencia en todo el proceso. Miranda fundó, como quedó indicado, una logia secreta a la que algunos estudiosos han negado carácter masónico, pero que lo imitaba en casi todo, y no debe olvidarse que en la masonería hay diversas corrientes; la orden ha solido servir a la política imperial inglesa –con excepciones como la de las Trece colonias–. De los Caballeros Racionales de Miranda parecen haber salido Logias Lautaro, del mismo estilo, empezando por la de Cádiz. A esas logias y a otras más ortodoxas pertenecieron Bolívar, O'Higgins, San Martín y la mayoría de los jefes independentistas. También fue masón Riego, que jugó un papel tan relevante a favor del movimiento antiespañol en América, y bastantes otros militares españoles, pues como legado, francés en unos casos, inglés en otros, de la Guerra de independencia, proliferaron en el ejército las logias, que pesarían notablemente en la historia hispana del siglo XIX.

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Repaso a la actualidad

**** La democracia en la UE: un referéndum no vale si contradice las decisiones de la burocracia. Si no sale a su gusto, tiene que repetirse, con amenazas implícitas. La UE no es buen negocio para la libertad, ni en Europa ni fuera de ella. Representa más bien el "despotismo democrático", como lo llamaba Tocqueville, mucho más asfixiante que la dictadura abierta.

**** Aído: "La única alternativa para salir de la crisis es contar con las mujeres"

Con mujeres como ella y las demás tiorrillas del gobierno, naturalmente. Y bien pagás.

**** La venta de preservativos en el museo Thyssen, idea de la tía de Letizia Ortiz

Menuda tía. La tía de los condones.

**** Una pandilla que se autotitula "Padres laicos", de la CEAPA está por la enseñanza pro homosexual. Con todo derecho, desde luego. Pero el solo hecho de titularse "padres laicos", arrogándose un título general, ya los cataloga como chorizos, al menos como chorizos morales, se ve que una cosa va con la otra. Yo soy laico y no estoy en absoluto de acuerdo con ellos. No me representan, no tienen derecho a llamarse así. Si se llamaran "padres por el fomento de la homosexualidad", demostrarían mayor honradez. ¿Por qué no se llaman así? ¿Les da vergüenza

**** Cárcel, en Cataluña, para cuatro nazis por "incitación al odio" ¡Por incitación al odio! ¿Quién ha incitado más al odio que los nazionatas catalanes? ¿No tendrían que estar todos en la cárcel, entonces? Anguita dio una vez en el clavo refiriéndose a Pujol: "fomenta el odio con palabras suaves". Y a menudo no tan suaves.

**** Todo el mundo sabe que Francisco Franco era masón. Cuando la república fracasó y el programa masónico no pudo cumplirse, él se encargó de organizar la guerra civil y crear un régimen aparentemente contrario a la masonería, con el fin de engañar mejor a los incautos. Un poco como hicieron las grandes potencias masónicas en la guerra mundial, para imponer el régimen sionista en Palestina. Si nos fijamos en los hechos, nos damos cuenta de que lo que hizo Franco en realidad fue preparar concienzudamente las condiciones para que por fin triunfase una democracia evidentemente masónica en España, como ha ocurrido, todos lo estamos viendo. ¿O es que alguien cree que lo que viene pasando desde entonces es una casualidad? Las casualidades no existen, solo los tontos creen en ellas. Todo ha estado meticulosamente planeado y ordenado por el Gran Oriente y las Grandes Logias. No hay más que examinar desapasionada e inteligentemente los sucesos para percatarse de la realidad bajo las apariencias engañosas forjadas por la masonería. Quien no se da cuenta de estas cosas es que es tonto.

**** Dice Obama que no merece su premio Nobel. Se equivoca. Un premio otorgado a Arafat, a Rigoberta Menchú y similares le viene a Obama como un traje a medida.

**** La banda de Zapo quere prohibir la emisión de "violencia gratuita" en abierto. Natural, a ellos les gusta la violencia motivada, al estilo de la ETA. También quiere prohibir la pornografía. No es creíble: tendrían que prohibirse a sí mismos-as.

**** Arenas: "Vamos a actuar frente a las irregularidades con la cabeza muy alta"

¿Para no ver lo que hay debajo?

**** ¿Vuelve el ‘No a la guerra’? Los comunistas –nada mejor que nazis– de IU proponen ahora otro "No a la guerra" en Afganistán. Nunca lo hicieron cuando la guerra la hacían los genocidas soviéticos. Tampoco se refieren a la guerra que hacen los talibanes.

**** Cascos llama a los periodistas de TVE "profesionales de la manipulación"

Acierta. Una partida de golfos y sinvergüenzas. Profesionales. Alguien tendría que escribir una buena relación de sus fechorías.

**** Rubalcaba condecoró al inspector sospechoso del chivatazo a ETA

Se ve que son dos buenos amigos. Y amigos de la ETA.

**** Pumpido no injurió a la Policía al cuestionar su colaboración con la Fiscalía

Al contrario, la elogió, si es verdad que la policía no colabora con semejante fiscalía.

**** Caldera, el fiscalista: "Los impuestos son una cosa muy saludable"

Seguro que también opinan lo mismo los cientos de miles de parásitos sindicales y de las autonomías, dos de los cánceres de este país. Sangrar al ciudadano les proporciona una salud de hierro.

**** Montoro defiende la subida fiscal de Gallardón y critica la de Zapatero

Qué más lógico: los impuestos de Zapo son para mantener a los suyos, los de Gallardón van al PP. La diferencia es enorme. La alternativa.

Pérdida del Imperio americano

10 de Octubre de 2009 - 08:55:05 - Pío Moa - 92 comentarios

A ver qué les parece:

Otra consecuencia de la invasión francesa fue la pérdida por España de su imperio de América, debida al hundimiento de la potencia española y a la imposibilidad de mantener el anterior absolutismo después de Napoleón. Probablemente la independencia de las colonias habría ocurrido de cualquier modo más tarde, pero lo habría hecho de modo diferente y con efectos distintos.

Desde el descubrimiento por Colón, algo más de tres siglos antes, se habían sucedido muchas generaciones de gentes y la faz humana de América había cambiado de forma radical. Ya vimos que, dada la naturaleza y la pobre tecnología prehispánica, la población de entonces apenas llegaría a siete u ocho millones, y después siguió una curva parecida a la de la metrópoli, de crecimiento lento, con algún retroceso como el de España en siglo XVII, mientras que el XVIII registró un aumento más sostenido. Al alborear el XIX los habitantes debían de sumar entre once y trece millones, algo más que en la metrópoli. La medicina y la sanidad habían mejorado sensiblemente. En 1756 el médico inglés Jenner descubrió la vacuna contra la viruela, causante antaño de terrible mortandad, y en 1779 comenzó la vacunación en España y América. Carlos IV, que había perdido un hijo por esa enfermedad, y Godoy, ordenaron en 1804 una campaña masiva de vacunación por todo el imperio, la más completa del mundo en el siglo XIX. La dirigieron los médicos Francisco Javier Balmis y José Salvany, alicantino y barcelonés, y la incidencia de la plaga disminuyó rápidamente. Persistió en cambio la fiebre amarilla, transmitida también a España: su origen no fue descubierto hasta 1881, cuando el médico español (de Cuba) Carlos Finlay demostró su transmisión por los mosquitos y preparó el suero adecuado, aunque su aplicación sería lenta.

Rasgo muy destacable de aquel enorme imperio fue su estabilidad y paz interna a lo largo de tres siglos, con raras y menores pugnas civiles, por más que en el XVIII creciera el descontento por el tipo mercantilista de explotación colonial, y se produjeran algunas revueltas de cierta amplitud, como las mencionadas capítulos atrás y otras llamadas de comuneros. Las sociedades eran cultas al modo europeo, como ha señalado la historiadora Lourdes Díaz-Trechuelo. Tenían universidad 26 ciudades, con programas tanto escolásticos como más modernos e ilustrados. Las Sociedades Económicas de Amigos del País expandían "las luces", y existían escuelas técnicas como los colegios de minería de Lima y Méjico y academias náuticas en Buenos Aires y El Callao. La circulación de obras de Diderot, Voltaire, Rousseau –sobre todo Rousseau–, Montesquieu, el abate Raynal, etc., fomentaban entre la oligarquía criolla actitudes ilustradas, así como antiespañolas en cuanto resucitaban la Leyenda negra.

Los americanos, en general, eran fieles a la corona, exceptuando pequeños núcleos. Los criollos ostentaban la mayor parte de los cargos políticos, pero algunos aspiraban a monopolizarlos, y entre ellos iban arraigando ideas americanistas y antiespañolas, paradójicas por ser los criollos de origen hispano y porque se sentían demasiado por encima de los indios y los negros. De ahí que tuvieran temor de que los intentos separatistas abocasen a una lucha racial y que hubieran rehusado unirse a la rebelión de Tupac Amaru. En el siglo XVIII se habían acentuado los prejuicios sobre las "castas", es decir, las distintas mezclas de europeos e indios o negros, que sufrían una posición de inferioridad en un sistema más de prestigio social que de derechos, pero que afirmaba siempre a la primacía criolla. Tampoco los indios, mestizos, mulatos, etc., compartían el americanismo criollo, pues no esperaban de él nada bueno.

***

El primer promotor activo de la independencia de América fue el venezolano Francisco Miranda, llamado más tarde El Precursor, un personaje extraordinario, muy culto y con amplios intereses intelectuales, aventurero, mujeriego, hombre de mundo que apenas cesó de viajar e ilustrarse en toda su vida, militar primero en el ejército español y después en el revolucionario francés, buen conversador que trató a personajes de primer rango, desde George Washington a Catalina la Grande de Rusia, Napoleón o Wellesley, a revolucionarios franceses, reyes y políticos ingleses, prusianos y escandinavos. Cuando, bajo el mando de Gálvez, luchaba contra los británicos en la futura Usa, debió de apoderarse de él la idea de separar políticamente América de España, tarea a la que consagró el resto de su vida: su incesante actividad y viajes tuvieron entre sus objetivos el de conseguir apoyos y experiencia para tal fin. Soñaba con unir la América española y portuguesa en un imperio hereditario bautizado Gran Colombia en honor de Cristóbal Colón, gobernado por un "inca" (llamado así para atraer a los indios), pero de instituciones más bien liberales, aunque también pensó en fórmulas republicanas. Para difundir la idea creó en Londres, en 1798, la Logia de los Caballeros Racionales o Gran Reunión Americana, sociedad secreta a imitación de la masonería, en la que entrarían muchos de los líderes independentistas.

Consciente del interés británico por Hispanoamérica, Miranda intrigó reiteradamente en Londres, cuyo gobierno le pagó una pensión considerándolo agente de su política; y buscó asimismo apoyo en Usa, donde había tendencias a apoyar la independencia del continente. En 1806 creyó madura la ocasión, reclutó en los barrios bajos de Nueva York un grupo de mercenarios y con ellos, en tres barcos y con ayuda de algunos británicos, intentó sublevar a los venezolanos. Pero estos le hicieron el vacío, y hubo de volver a Londres. Dos años después volvió a intentarlo, aprovechando que Inglaterra y España seguían en guerra y el gobierno inglés iba a enviar a Wellesley a atacar Hispanoamérica. Pero a los pocos meses el levantamiento español contra Napoleón, hizo que Londres buscara la alianza con España, frustrando de nuevo a Miranda.

En América, los acontecimientos siguieron un proceso similar al de la metrópoli: los intentos franceses de atraerse a los naturales fueron rechazados y los gobernadores y funcionarios proclives a obedecer a José I depuestos por juntas defensoras de la legitimidad de Fernando VII. Como en España, las juntas tenían un involuntario carácter revolucionario al actuar en la práctica como soberanas. Miranda, como haría otro futuro líder independentista, Simón Bolívar, vio una excelente ocasión para incluirse en las juntas y desviarlas hacia la secesión. Diversos enviados le hacían creer que los venezolanos apoyaban sus ideas y solo esperaban su liderazgo.

En 1810, la junta de Caracas se denominó "Suprema" y mantuvo oficialmente la lealtad a la corona, pero de forma que abría el camino a la secesión. Bolívar, uno de sus miembros, procuró en vano hacerla independentista. A él le agradaba más la revolución useña que la francesa, y según sus palabras había "adorado" a Napoleón hasta que se proclamó emperador y por tanto "un tirano hipócrita, oprobio de la libertad". No obstante, sus designios grandiosos no dejan de tener cierta impronta napoleónica. En 1805, estando en Roma, había hecho el célebre "juramento del Aventino": "Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y por la Patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español". Las frases fueron recogidas muchos años después y probablemente fueron otras, pero el sentido debió de ser ese.

Ese año 1810 puede considerarse el del comienzo de las guerras de independencia: aparte de la intentona de Bolívar, el cura Manuel Hidalgo comenzó en Méjico la lucha armada, en Buenos Aires el cabildo depuso al virrey y tomó el poder; en Chile se produjeron movimientos semejantes, sublevaciones en Bogotá y Cartagena de Indias. Movimientos todavía confusos, pues bajo la defensa de la soberanía de Fernando VII se abría paso la tendencia a la ruptura con la metrópoli. Los independentistas supieron elegir el momento, cuando triunfaban las tropas francesas después de los primeros éxitos españoles, el desorden reinaba en toda la península y solo quedaba Cádiz como bastión libre de presencia napoleónica. Así, España no tenía posibilidad de enviar tropas a América, máxime al carecer de una escuadra potente, por lo que la oposición a la independencia solo podía venir de los propios americanos, como efectivamente ocurrió. Incluso cuando España pudo intervenir, más tarde, la mayoría de sus tropas serían asimismo americanas, dando a la lucha un acusado aire de guerras civiles.

***

Las guerras de América duraron 14 años, con tres etapas generales: hasta 1815, en que España apenas pudo enviar refuerzos; desde esa fecha, en que el fin de la contienda peninsular permitió trasladar contingentes de importancia a América; y desde 1819, cuando los independentistas gana posiciones hasta su victoria final, en 1824.

En la primera etapa, los secesionistas chocaron con las tropas virreinales y las poblaciones, mayoritariamente pro españolas. En Méjico, todavía Nueva España, el levantamiento del cura Hidalgo, en 1810, fue sofocado al año siguiente, e Hidalgo ejecutado como traidor. Tomó el relevo otro clérigo, Morelos, que resistió hasta 1815, cuando a su vez fue fusilado. Buenos Aires, en el Río de la Plata quedó de hecho independizado: en 1806 y 1807 sus milicias habían vencido sin ayuda de España dos intentos ingleses de apoderarse de la zona, y la población sentía confianza en sí misma. Por Chile surgió otra rebelión, en la que empezó a distinguirse otro líder de la independencia, Bernardo O'Higgins; pero allí el virrey pudo contraatacar.

Más complicación tuvieron los sucesos de Venezuela, donde en 1811 se proclamó la república independiente, y Miranda marchó de Londres a Caracas, adonde llegó con Bolívar. Pronto hubo alzamientos a favor de España, incluido uno de esclavos negros. El militar Domingo Monteverde llegó con 230 soldados e hizo retroceder a los rebeldes republicanos, cuyos líderes se llevaban mal entre sí. Puerto Cabello, defendido por Bolívar, cayó el 20 de julio de 1812, año de la Constitución de Cádiz, y Miranda se trasladó a La Guaira, capituló y esperó un barco inglés para volver a Londres. Bolívar, culpable de la pérdida de Puerto Cabello, también intentó escapar. En La Guaira acusó a Miranda de traidor, pero sus intenciones quedaron claras cuando lo apresó mientras dormía ("¡Bochinche, bochinche! ¡Esta gente no es capaz sino de bochinche!", clamó el desdichado preso), y lo entregó a Monteverde a cambio de un pasaporte para sí. Miranda fue trasladado a una prisión en Cádiz, donde fallecería cuatro años después, y Bolívar salió para Curazao con las bendiciones y gratitud algo ingenua de Monteverde.

Una vez libre, Bolívar volvió a la carga en diciembre por Cartagena de Indias, sublevada a su turno, presentándose como "escapado prodigiosamente" de Venezuela. Convenció a los cartageneros y logró entonces más éxitos. Para combatir el débil fervor independentista popular y abrir un foso entre los españoles y los criollos y demás americanos, decretó el 15 de junio de 1813 una guerra de exterminio: todos los españoles, aun si permanecían neutrales, serían pasados por las armas, salvo que se unieran a la rebelión. Los americanos serían perdonados incluso si se oponían a Bolívar. Para ahorrar munición, las víctimas serían a menudo acuchilladas. De ahí derivaron matanzas feroces que dieron al conflicto un carácter espeluznante. 

En octubre, Bolívar entraba en Caracas y proclamaba una segunda república, que, como la anterior, sería muy breve. La contienda tomó un tinte racial al rebelarse contra ella los "pardos", gente a medias blanca, acaudillados por el asturiano José Boves. Se trataba de los llaneros, pastores de los inmensos rebaños de la vasta sabana herbácea venezolana. Boves fue el primero en redimir a los esclavos e igualar a las castas, y devolvió a los republicanos su estilo de guerra a muerte. Pronto desalojó a Bolívar de Caracas, le persiguió y le obligo a huir a Jamaica en septiembre de 1814. El pelirrojo caudillo de los "pardos" murió en una última batalla, en diciembre, si bien los suyos vencieron a los bolivarianos, dando el golpe de gracia a la segunda república. Solo quedaban reductos rebeldes en la isla Margarita y en Cartagena.

Ese año, que marcó también el fin de la Guerra de independencia española, la rebelión de Morelos en Méjico marchaba a su fin y la de Chile era derrotada por tropas del virrey José de Abascal. Por contra, la de Buenos Aires se asentaba: dos años antes había llegado allí José de San Martín, experto militar formado en España, quien se dedicó a preparar un ejército rebelde en regla. Aparte del Río de la Plata solo quedaban dos o tres débiles núcleos insurgentes por el norte de Suramérica.

***

Apenas ocupado el trono, Fernando VII anunció, al modo de Jorge III en relación con las Trece colonias, que jamás consentiría la secesión americana. Había esperanzas, puesto que las rebeliones habían sido casi eliminadas con muy poca intervención de la metrópoli. Pero si Jorge había fracasado reinando sobre la primera potencia naval del mundo y gozando de una economía próspera, difícilmente triunfaría Fernando, a la cabeza de un país postrado y con solo restos de su marina, antaño poderosa; aparte de que sus pretensiones absolutistas solo podían agravar las divisiones en el Nuevo Mundo, como en la propia España: la experiencia de autogobierno de las juntas y las prédicas liberales no iban a ser fáciles de erradicar. No cabía ni pensar en enviar expediciones simultáneas a Venezuela y al Río de la Plata, de modo que en febrero de 1815 zarpaba de Cádiz una flota con 10.500 hombres al mando del general Pablo Morillo, para completar la pacificación de Venezuela y la posterior Colombia, entonces Nueva Granada. Comenzaba una nueva fase bélica.

Morillo tomó la isla Margarita y Cartagena, y sometió a juicio a los responsables de la guerra a muerte bolivariana. En ella habían participado numerosos criollos de clase alta, a muchos de los cuales hizo fusilar. Sin embargo la pacificación no se completó. En marzo de 1817, Bolívar volvió a desembarcar en Venezuela; tras algún éxito inicial, en diciembre la mayor parte de sus tropas reembarcaron. Surgieron rivales de Bolívar en el caudillaje, y la lucha continuó entre celos y rivalidades, sin conseguir gran cosa, pero Morillo, escaso de recursos e incapaz de obrar como los rebeldes, que sin ninguna inhibición imponían tributos y reclutas manu militari, tampoco dominaba la situación. En 1818, Bolívar –a quien llamaban "el Napoleón de las retiradas"– se vio reducido a la ciudad de Angostura, en el Orinoco. Allí, con optimismo, organizó a principios del año siguiente un congreso para proclamar la independencia de la Gran Colombia.

Y entonces recibió una alentadora noticia y refuerzos cruciales. Estos consistían en unos miles de soldados y oficiales ingleses; la noticia fue la consolidación de la independencia del Cono sur, gracias al ejército de San Martín, que había realizado la proeza de cruzar los Andes en 1817 y derrotar a los proespañoles en Chacabuco. Ante las divisiones entre los libertadores sureños O´Higgins había impuesto una especie de despotismo militar, y una segunda victoria en Maipú, en abril del año siguiente, había asegurado el cono sur como base desde la que avanzar hacia el norte y cooperar con Bolívar. Este, que se había distinguido más por su perseverancia y crueldad que por su talento bélico, concibió al saberlo un magnífico plan, que salvó para el futuro su nombre como estratega: relegó la conquista de Venezuela e intentó la de Nueva Granada, donde había menos tropas contrarias y un movimiento insurgente capitaneado por Francisco de Paula Santander. El plan imponía un penoso cruce de los Andes, empresa que sus enemigos no creían realizable en aquellas circunstancias, por lo que no tomaron prevenciones. Pero Bolívar realizó la hazaña, unió sus fuerzas con las de Nueva Granada, y el 7 de agosto de 1819 derrotaba a los proespañoles en Boyacá. No fue una gran batalla: 3.500 independentistas y 3.000 contrarios, con un total de bajas, entre ambos, de 300 entre muertos y heridos. No obstante, fue decisiva, porque abrió el camino a Bogotá. Bolívar atribuyó a sus ingleses el mérito principal de la victoria.

Estos acontecimientos iniciaron la fase final de la guerra, con los éxitos rebeldes asegurados por otra rebelión en España: la del coronel Rafael de Riego, en enero de 1820, que impidió el envío de 20.000 soldados a América, en un momento crucial. Riego y otros, en lugar de cumplir las órdenes de embarco, se sublevaron exigiendo el retorno de la Constitución de Cádiz y recorrieron Andalucía para ganar a la población a su causa. No tuvieron éxito, cuando, al borde del fracaso, una nueva sublevación militar constitucionalista en Galicia se extendió por el país, y Fernando VII no tuvo más remedio que abandonar, por el momento, sus pretensiones absolutistas, el 10 de marzo.

El golpe de Riego aportó un auxilio inestimable a los independentistas. Morillo recibió instrucciones de pactar un armisticio con Bolívar, como así lo hizo, y fue sustituido por el general La Torre, de inferior talento. La Torre sufrió en abril de 1821 la derrota de Carabobo, la cual puso a Venezuela en manos de Bolívar. Al mismo tiempo los ejércitos del cono sur, embarcados en la recién creada flota chilena, mandada por lord Cochrane, audaz e inventivo marino escocés, marcharon sobre el Perú, provocando levantamientos. El 26 de julio de 1822, San Martín y Bolívar se encontraron en Guayaquil. Al parecer, sostuvieron una charla trivial, pero el mero hecho simbolizaba la victoria casi definitiva. Bolívar definió a sí mismo y a San Martín como los hombres más grandes de Suramérica.

También en Méjico tuvo la revuelta de Riego su efecto, tan fulminante como irónico: los secesionistas estaban al bode del colapso, pero su eficaz y pro absolutista enemigo, el militar Agustín de Itúrbide negoció con ellos para proclamar la independencia, al enterarse de la vuelta de la Constitución de Cádiz. Nació así el Ejército Trigarante, porque garantizaba la religión, la independencia y la unidad. Quisieron buscar un rey para el país, pero al fin Itúrbide se proclamó emperador de México, en 1822.

La contienda prosiguió en el Perú. El virrey Joaquín de la Pezuela sufrió un revés tras otro, hasta que una conspiración lo sustituyó por el general José de la Serna, el cual abandonó Lima y se instaló en Cuzco a mediados de 1821, y allí resistió aún tres años, esperando en vano refuerzos. Los dos bandos sufrieron procesos de descomposición, con paso de considerables tropas a las enemigas. A principios de 1824 gran parte del ejército prohispano se sublevó, como en Méjico, oponiéndose a la Constitución de Cádiz. La crisis derivó a finales de año a la última batalla importante de aquellas guerras, la de Ayacucho. Vencieron los independentistas de Antonio José de Sucre, el lugarteniente más fiel de Bolívar, habiendo sospechas de un desenlace preparado por connivencias masónicas. En los dos bandos lucharon bastantes extranjeros de diversos países de Europa, sobre todo ingleses. La capitulación de Ayacucho puso fin de hecho a la presencia española en América, exceptuando Cuba y Puerto Rico.

Aprovechando las guerras napoleónicas y luego las de Hispanoamérica, Usa invadió primero la Florida occidental, y después la oriental (la península propiamente dicha), esta so pretexto de combatir a los indios seminolas, que acogían a esclavos negros huidos del sur useño. En 1819 el gobierno de Washington ofreció a Fernando VII, y este aceptó, cinco millones de dólares por el territorio, ya ocupado. A continuación los indios seminolas fueron exterminados. La Doctrina de Monroe, establecida en 1823, significaba la decisión useña de erigirse en poder hegemónico en toda América.

En este país vivimos

8 de Octubre de 2009 - 11:35:20 - Pío Moa - 238 comentarios

**** Una politiquilla de IU, es decir, comunista o asimilada (nada mejor que una nazi, como la jefa de una asociación de víctimas del 11-m), ha prohibido un homenaje literario a Foxá, por la “memoria histórica”, es decir, la memoria sociata-comunista (nada mejor que la memoria nazi, insisto). Dice la individua que sería “apología del franquismo”. Las únicas apologías que esta gente entiende son las de los regímenes totalitarios, de la ETA, etc. En este país vivimos.

http://almargendelosdias.blogspot.com/2009/10/prohiben-un-homenaje-foxa-en-sevilla.html

**** Mañana se estrena en Madrid la película histórica polaca Katyn. Una gran película, según todos mis informes. No dejen de verla.

**** La Policía despistó a la Guardia Civil en el caso del chivatazo a ETA. ¿Acaso la policía es cómplice y auxiliar de la ETA? No. Lo es el gobierno, que tiene en la policía sus agentes corruptos.

**** El sábado por la mañana, en el programa de Luis del Pino, hablaré un poco del caso Gürtel.

**** Con motivo de mi conferencia “Socialistas, comunistas y anarquistas ante la república”, en el seminario sobre el 75 aniversario de la revolución del 34, el clásico izquierdista me acusa de que hablo de asuntos políticos superficiales, olvidando al pueblo, que no tenía nada mientras los oligarcas lo tenían todo, como causa real de la guerra. Había poco tiempo y le respondía que el pueblo no es un ente metafísico, sino que está formado por personas con distintas ideas y aspiraciones. En 1931 una mayoría votó a la izquierda. En 1933, después de la experiencia desastrosa, votó a la derecha, y el hecho de que la izquierda no lo aceptara fue la causa real de la guerra civil. Tendría que haber añadido que para la izquierda “el pueblo” se compone de quienes la votan o piensan como ella. Los demás son chusma que podría ser exterminada si las circunstancias ayudaran. Del mismo modo que la democracia, desde su punto de vista, consiste en que mande ella. Esa era, y en gran parte sigue siendo, la izquierda española.

Una muestra de la situación

7 de Octubre de 2009 - 10:02:05 - Pío Moa - 84 comentarios

"Estimado amigo:

Hoy he oido a la Ministra de Defensa y es impresentable, o habla para tontos ignorantes:

¿Que hay problemas legales? ¿Qué problemas? Lo ilegal es atracar barcos (o lo que sea)

¿Que tengan que pagar seguridad privada? ¡Para qué coño pagan impuestos! ¿Cuánto cuestan la fragata y el avión que han destacado? ¿Cuánto cuesta la Armada, la Aviación o el Ejército? Al final lo que subyace es la renuncia del Estado/Nación al monopolio del empleo de la fuerza.

La excusa de que el Ejército solamente emplea unidades y no individuos sueltos, y que una unidad es un conjunto de capacidades (dictado por el estado mayor), es simplemente patética. No hace falta que mande una división, puede mandar una escuadra al mando de un cabo, que también es una unidad.

Lo mismo se puede decir de las misiones. La mayoría de las misiones que hemos hecho en los Balcanes son "escoltas" a convoyes de ayuda humanitaria, refugiados etc. Pues montar unos soldaditos encima es un procedimiento más de hacer escoltas.

No hay que olvidar que detrás puede estar la Guardia Civil, que tiene una ambición fagotizadora impresionante: policía militar, aviones de ala fija e incluso fragatas.

Si vamos a pescar ¿para qué hemos mandado el barco y avión? Para hacer el ridículo y para que la broma nos sea más cara.

Y por si fuera poco, faltaba Garzón:

¿Por qué el estado ha puesto una denuncia? Acaso lo hace cuando hay un atraco o un atentado terrorista de la ETA? ¿Por qué casualmente se puso la denuncia a las 02:30 horas de la mañana? Pues para que cogiera el asunto precisamente Garzón.

¿Para qué el empeño de detener a los piratas, y traerlos a España? Seguramente para hacer el ridículo, una vez más, pues es posible que además del rescate exijan la libertad de sus colegas.

¿Por qué el empeño de considerar a todo el mundo terrorista? El terrorismo es un asunto policial, y si son terroristas ¿Qué hacen las Fuerzas Armadas? Corremos el riesgo de considerar a los de la ETA beligerantes. En fin un desastre conceptual.

Las fuerzas de la UE en el Índico no están para escoltar los pesqueros, sino proteger las grandes rutas de comunicaciones, y ciertas zonas. El problema es que los bancos pesqueros son un secreto profesional, y los pesqueros se resisten a comunicar dónde tienen sus puntos de pesca. 

S.F.

** Quizá el Estado-nación no renuncia al uso de la fuerza más que en relación con los terroristas y piratas.  La usa en cambio, de muchos modos, contra las víctimas. No hay que olvidar las profundas afinidades ideológicas del gobierno con los terroristas y los piratas. Después de todo estos últimos pertenecen a otra civilización con la que conviene aliarse.

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**** "No te preocupes, Baltasar es amigo", llamada a un imputado en el chivatazo. Garzón ha dejado dormir en el sueño de los injustos el chivatazo, que no fue policial, sino gubernamental. El gobierno ve el peligro de que los policías, que cumplían órdenes sin duda, sean acosados y canten. Para evitarlo, nadie mejor que Garzón, que en la época del “diálogo” con los asesinos se mostraba tan comprensivo hacia ellos. En un país democrático Garzón, el juez político, habría sido inhabilitado para siempre. Como el que juzgó el 11-m.

**** Soraya: "O no se investigó bien o alguien está ocultando lo que pasó"

¿Se dan cuenta de lo lista que es la chica? No se le escapa una. Estaba mejor con sus posados que, por cierto, no entendemos cómo no ha repetido: aquella era la buena línea. Como no entendemos por qué Rajoy no acaba de salir en tanga. ¡Será machista, el tío!

**** ”Tengo una corazonada”. El megalómano Gallardón tiene casi tanto de cursi como de viperino.

**** La Junta suspendió su "apoyo" a una empresa al saber que su dueño era antiabortista

Los héroes de la trola, el choriceo y el puterío entienden así la democracia. Ya lo dijo no sé qué tiorrilla del PSOE: “el dinero público no es de nadie”. Por tanto, se lo apropian y lo usan para sus cosillas.

**** Los consistorios vascos podrán optar a ayudas para retirar carteles proetarras

O sea, que encima de no cumplir la ley, de humillar a las víctimas y de permitir la apología del asesinato, esos dignos mangantes van a recibir dinero. ¡Como si fuera por falta de dinero por lo que no retiraban los carteles! Cobrarán la mordida y buscarán el modo de seguir protegiendo la propaganda terrorista. Es la corrupción generalizada.

**** Un equipo de musulmanes se niega a jugar contra otro de homosexuales en Francia

Y tiene todo el derecho a negarse, cada uno juega con quien quiere, faltaría más; como si se negaran a jugar con un equipo de frailes católicos, pongamos por caso, o de mineros australianos. Pero serán denunciados por “homofobia”, nueva figura delictiva impuesta por los lobis gay. Solo que en otros casos nadie los denunciaría. ¿Se dan cuenta del poder que están adquiriendo las mafias en nuestra sociedad?

Evolución de la Guerra de independencia

4 de Octubre de 2009 - 09:06:29 - Pío Moa - 471 comentarios


La Revolución francesa provocó en España verdadero espanto, desconcierto y retracción reformista, así como la caída sucesiva de Floridablanca y Aranda, y su sucesión por Godoy en el favor de Carlos IV y de su esposa la reina María Luisa. Viniendo Godoy de la nobleza inferior, suscitó el encono de los grandes, que desprestigiaron a la monarquía atribuyéndole una relación sentimental con la reina. A raíz de la ejecución de Luis XVI, la Convención francesa había declarado la guerra a España, y esta, después de algunos éxitos iniciales, fue invadida por Cataluña, Vascongadas y Navarra. Godoy, sintiéndose impotente, concertó la paz de Basilea en 1795, por la que España recobraba los territorios peninsulares, entregaba la totalidad de la isla Española (la parte de Haití ya estaba en poder de Francia desde 1697) y se aliaba de hecho con los revolucionarios contra Inglaterra. Por ello obtuvo títulos y honores, entre ellos el algo extraño de Príncipe de la Paz. Entonces la armada inglesa casi paralizó el tráfico con América y, en inferioridad numérica, desbarató en 1797 a la flota española cerca del cabo San Vicente, en la que se distinguió el almirante Nelson --después la flota inglesa se vio afectada por motines que esterilizaron la victoria--. España perdió la isla de Trinidad, en Venezuela, aunque rechazó a los ingleses de Cádiz, Puerto Rico y Tenerife; esta, en 1797, fue la única derrota de Nelson, que sufrió serias pérdidas, entre ellas la de su brazo derecho.

Luego, el Directorio francés negoció con Inglaterra sin molestarse en informar a Madrid, y Godoy fue despedido en 1798. En 1801 volvió al poder y a la alianza con Francia, dominada ya por Napoleón, quien le movió a invadir Portugal (Guerra de las naranjas) para desligarla de Gran Bretaña. España se quedó con la ciudad de Olivenza y los portugueses ampliaron Brasil a costa de territorios hispanos. Al año siguiente Francia e Inglaterra firmaron una paz que duraría un año. Godoy intentó mantenerse neutral, pero Napoleón le presionó sin consideración hasta hacerle declarar de nuevo la guerra a Inglaterra, a finales de 1804: los ingleses bloquearon de nuevo el tráfico hispano-americano y en 1805 desbarataron la flota española y la francesa en Trafalgar, victoria de Nelson que, de paso, perdió la vida.

Aquellos fueron años muy duros para España: en 1800 la mortífera fiebre amarilla se propagó desde Cádiz, y dos años de malas cosechas causaron hambrunas. Godoy había intentado proseguir las reformas ilustradas, pero el tiempo de ellas había pasado. Después de Trafalgar, España perdió su condición de gran potencia a todos los efectos. Pudo tratarse de un retroceso pasajero, pero no sería así.

***

Durante esos años Napoleón se convirtió en el eje de Europa. Como general de la revolución había dirigido victoriosas campañas en Italia, y a lo largo de su carrera habría de enfrentarse a sucesivas coaliciones en las que participarían todas las grandes potencias y otras menores. Pese a su genio militar, en 1799 sufrió su primer gran revés en una ambiciosa expedición a Egipto, entonces dominio otomano: Nelson destruyó su flota y lo dejó aislado. Siguió hacia Siria y en Jaffa perpetró una matanza de prisioneros turcos y población civil. Por fin abandonó a sus tropas y volvió ocultamente a Francia, donde, tras derrocar al Directorio mediante un golpe militar, se proclamó primer cónsul y acabó con el régimen revolucionario. Los años siguientes, aparte de su contienda con Inglaterra, reformó la administración, mejoró la relación con la Santa Sede mediante un concordato y dio consistencia al nuevo poder mediante su famoso Código civil y otros códigos legales, que estabilizaban parte de las medidas revolucionarias. En el exterior, volvió a derrotar a los austríacos en Italia, y en 1801 exigió a Godoy la entrega de Luisiana, territorio cuatro veces más grande que España; pero, al no poder defenderlo frente a Inglaterra, la vendió en 1803 a Usa por una cifra irrisoria.

En 1804 se coronó a sí mismo emperador en la catedral de Notre Dame, con presencia de un intimidado papa Pío VII. Más tarde declaró hereditario el cargo y colocó a hermanos suyos a la cabeza de los países conquistados. Para acabar con la oposición británica planeó invadir la isla, pero la derrota de Trafalgar se lo impidió. No obstante, a los pocos meses ganaba por tierra la gran victoria de Austerlitz contra los ejércitos ruso y austríaco, e impuso una paz conveniente a Austria. Al año siguiente se impuso en Nápoles, fundó el reino de Holanda, adjudicándolo a su hermano Luis, y se erigió en protector de la Confederación del Rin. Ese año, 1806, volvió a derrotar una coalición entre Prusia y Rusia. En 1807 pactó con el zar Alejandro I la reducción del territorio prusiano y se apoderó del Gran Ducado de Varsovia. A fin de arruinar a Inglaterra, que bloqueaba el comercio marítimo, le declaró a su vez el bloqueo continental, tratando de que ningún país le abriera sus puertos. Impuso a España una nueva alianza para forzar a Lisboa a sumarse al bloqueo, y ofreció dividir Portugal en tres, entregando el Algarbe a Godoy, de modo que un ejército francoespañol ocupó el vecino país en 1807.

Napoleón usó la campaña de Portugal como pretexto para ocupar ciudades estratégicas y la capital de España, con propósito de extender hasta el Ebro la frontera francesa, recuperando en cierto modo la Marca Hispánica de Carlomagno. El pueblo español estaba cada vez más receloso e indignado, tanto por la presencia de tropas francesas como contra Godoy, a quien culpaba de los sucesos. El mismo Godoy pensó trasladar a los reyes a Cádiz para alejarlos del emperador y poder refugiarse en América, como había hecho la familia real portuguesa en Brasil. Los reyes marcharon a Aranjuez, pero allí, el 19 de marzo de 1808, parte de la población y los guardias reales se amotinaron, las casas de Godoy fueron saqueadas y él mismo se libró por poco de ser linchado. Detrás del motín estaban varios oligarcas resentidos porque Godoy aplicaba medidas para limitar su poder; y estaba Fernando, hijo y heredero de Carlos IV, que ya el año anterior había intentado derrocar a su padre y, al ser descubierto, había delatado a sus cómplices. En esta ocasión, Fernando consiguió que su padre abdicase, amenazándole en otro caso con la muerte de Godoy.

Se ha dicho que el motín de Aranjuez señala la entrada del pueblo español en la política, pero ello suena un poco exagerado. Se trató de una pequeña minoría de baja extracción social, manejada por personajes muy poco afines al pueblo llano, acelerando la descomposición de la monarquía.

Napoleón tomó buena nota de los hechos. Pretextando querer arreglar el conflicto entre Carlos IV y su hijo, llamó a ambos a Bayona de Francia, y los dos fueron obedientemente. Para entonces, los ánimos entre la población estaban harto caldeados, y en Vitoria la gente intentó impedir la marcha de Carlos, aunque la guardia francesa aseguró el paso. Para dar más bazas al emperador, también fue llevado Godoy a Bayona. Allí, Carlos IV fue intimidado para que cediera a Napoleón sus derechos al trono, y luego Fernando lo fue para que abdicase a favor de su padre. El derecho a reinar en España pasó a Napoleón, que lo cedió a su hermano José, el cual llegaría a Madrid el 20 de junio, e intentó ponerse en vigor una nueva Constitución, que afirmaba derechos ciudadanos, supresión de aduanas interiores y de derechos feudales. Pero entre tanto, el 2 de mayo había estallado en Madrid la insurrección popular contra el poder francés. La población, que hacía compartir a Godoy y a Carlos IV la responsabilidad por lo que pasaba, creyó ingenuamente que Fernando había sido secuestrado y que representaba la independencia de España.

Al igual que otros muchos dirigentes e intelectuales europeos, Napoleón pensaba que España, decaída profundamente y sin fibra moral para oponerse a sus proyectos, estaba madura incluso para ser sometida y desmembrada en parte; y la conducta de la casa real corroboraba esa impresión. Había preparado con máximo cuidado la infiltración de sus tropas y el debilitamiento del ejército español. Este contaba con unos cien mil hombres, estaba disperso en diversas guarniciones y sin liderazgo, pues muchos jefes no sabían qué hacer o pensaban obedecer a Napoleón. Parte de las mejores tropas, unos 14.000 del marqués de la Romana, había sido enviada a Dinamarca. Del país, descabezado política y militarmente, no cabía esperar grandes problemas, máxime disponiendo el emperador de un ejército magnífico, siempre victorioso sobre países de toda Europa.

Sin embargo, años después confesaría:

Esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicó mis dificultades, abrió una escuela a los soldados ingleses... esta maldita guerra me ha perdido.

***

El conflicto puede dividirse en tres etapas: los años 1808-9, los éxitos hispanos obligan a Napoleón a intervenir directamente, sin lograr resolver la situación. Luego, hasta 1812, la situación permanece indecisa, aunque las resistencias parciales y las guerrillas, convertirán a España en "un infierno" para el ejército francés. La tercera etapa, hasta 1814, es de derrota progresiva de los napoleónicos, ligada a su desastre en Rusia.

Tras el alzamiento madrileño, los franceses trataron de escarmentar a la población mediante una represión despiadada (Goya la plasmó en uno de los cuadros más conocidos de la historia), pero la revuelta cundió por el país y surgieron juntas provinciales y locales. La primera victoria española debió de ser la del Bruc o Bruch, cerca de Montserrat, el 6 y el 14 de junio, que cortó el paso de una columna francesa, y de donde surgió el relato del "tambor del Bruch". El 15 de junio comenzó el sitio de Zaragoza, mal guarnecida y fortificada, pero llave para el dominio del cuarto noreste de la península. Todo el pueblo afrontó el asalto de los franceses, los cuales pasaron a bombardear y destruir sistemáticamente la ciudad, antaño llamada la Florencia de España. Sitiadores y sitiados sufrieron bajas muy altas, pero Zaragoza resistió.

Entre tanto, el 19 de julio, el ejército francés de Dupont, con 21.000 hombres que marchaba a someter Andalucía, fue vencida en Bailén por el general Castaños. Fue la primera derrota importante de la Grande Armée, y tuvo máximo efecto estratégico: estimuló la oposición antinapoleónica europea y la formación de una coalición entre Viena y Londres. En España provocó el pánico en Madrid, donde entró Castaños mientras José I huía hacia Vitoria y los zaragozanos perseguían a sus ex sitiadores.

En agosto, Londres envió a Portugal tropas con Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, que batió a los franceses, aunque su éxito quedó neutralizado al permitir a los vencidos embarcar para Francia con todo su equipo. Por ello, los jefes ingleses fueron llamados a su país, dejando en la península a 30.000 soldados al mando de John Moore.

La entrada de Castaños en Madrid auguraba el triunfo hispano, pero las juntas, celosas entre sí, obstruían una acción concertada, perdiéndose semanas cruciales, mientras los ingleses permanecían pasivos en sus bases portuguesas. El 25 de septiembre se formó una Junta Suprema presidida por el anciano Floridablanca, y sus tropas alcanzaron el valle del Ebro y atacaron por Vizcaya. Napoleón estaba indignado: "Todo el mundo ha perdido la cabeza desde la infame capitulación de Bailén". Sus cálculos y maniobras para una fácil ocupación del país se habían derrumbado.

Cubiertas sus espaldas por una alianza con Rusia, Napoleón marchó en noviembre sobre España con 280.000 veteranos "los hombres de Austerlitz, Jena y Eylau" contra un ejército español de unos 80.000 hombres dispersos, mal coordinados y mandados. Salvo algún revés menor, los napoleónicos barrieron a los hispanos. El 4 de diciembre Madrid volvía a sus manos y José a reinar, mientras los británicos de Moore retrocedían para reembarcar en La Coruña. Sin embargo Austria, animada por la resistencia hispana y la perseverancia inglesa, amenazaba declarar de nuevo la guerra, por lo que Napoleón partió en enero para encarar el nuevo peligro, tras dominar casi toda la mitad norte de la península y creyendo que lo esencial estaba hecho. En mayo fracasó en Essling, pero a principios de julio se desquitó con una victoria aplastante en Wagram, liquidando así la coalición austro-inglesa, quinta de las alzadas contra Francia desde su revolución.

En España, los franceses iban a encontrarse con la novedad de que el ejército enemigo no se rendía y volvía a la carga una y otra vez, mientras en el terreno conquistado no les daban tregua las guerrillas. Y Zaragoza volvía a deslucir su brillante ofensiva. La ciudad, dirigida por el general Palafox, resistió del 20 de diciembre al 20 de febrero a 45.000 soldados con poderosa artillería. En un episodio destacó la barcelonesa Agustina Zaragoza. El mariscal Lannes, jefe del asalto, dijo no haber visto nada igual. "Las mujeres de dejan matar en la brecha. Es preciso el asalto casa por casa (...) La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos y llueven sobre ella bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a los defensores. (...) Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa (...) Es terrible, la victoria apena". Quedó una ciudad arrasada, con más de 60.000 cadáveres de defensores y asaltantes. Los dos sitios de Zaragoza causarían conmoción en Europa. Algo semejante ocurrió en una ciudad menor, Gerona, donde también la población suplió la escasez de tropas en un primer asedio en junio-agosto de 1808 y después otro mucho peor, de siete meses, entre mayo y diciembre de 1809. El general Álvarez de Castro dirigió la defensa, y sus enemigos bombardearon la ciudad hasta que el hambre, las enfermedades y las penalidades extremas forzaron la capitulación. La ciudad perdió en torno a la mitad de sus habitantes.

Mientras tanto, en abril Wellesley había vuelto a Portugal mandando a 26.000 británicos, que subirían a 53.000, y a 50.000 portugueses. Emprendió algunas ofensivas menores, la principal de ellas sobre Talavera, con la cooperación poco afortunada del general español Cuesta, buen organizador pero mediocre estratega. La victoria, el 23 de julio, le resultó tan costosa que optó por retirarse y esperar tiempos mejores tras las dos sólidas líneas defensivas de Torres Vedras, que cerraban el paso a Lisboa, con las que esperaba parar, como así sería, los ataque franceses. Wellington criticó mucho la conducta de los españoles en Talavera, y estos se sintieron defraudados por la actuación tímida del inglés, pues creían haber podido avanzar sobre Madrid (una división española estuvo muy cerca de tomarla por su cuenta). Más tarde llegarían a Wellington tropas sacadas de una infortunada operación británica por Holanda. 

A finales de 1809 los franceses se imponían. Dudando entre destruir a los ingleses o asegurarse Andalucía, optaron por lo segundo. Tal vez erraron desde el punto de vista estratégico, pero lograron así un éxito fácil: José fue recibido con inesperado calor por los andaluces. Su carrera triunfal quedó frenada en febrero de 1810 ante Cádiz, donde se habían refugiado tropas españolas. El asedio a la ciudad iba a durar dos años y medio, el más largo en Europa hasta hoy. Cádiz guardaba una significación peculiar: era la ciudad más antigua del Atlántico y, después de Sevilla, el mayor nudo comercial con América. Allí se afincarían pronto unas Cortes que aspiraban a definir el futuro de la nación.

***

Durante la nueva fase de la guerra, los ingleses siguieron en Portugal y los franceses controlaron la mayor parte de España de Guipúzcoa al estrecho de Gibraltar. Control precario, pues las tropas españolas no dejaron de darles problemas, y las guerrillas, extendidas por casi todo el territorio, los enloquecían con sus constantes ataques. Francia debió mantener un costoso y enorme ejército de más de 300.000 soldados.

En 1810, España era el único país continental que resistía a Napoleón. Este había repudiado a su esposa Josefina para casarse con María Luisa, hija del emperador de Austria. Tal decisión, más su anexión de los estados papales, le enfrentó al papa Pío VII, a quien hizo secuestrar y trasladar a Francia, donde permanecería los siguientes cinco años. Pero el nuevo matrimonio atenuaba la tenaz oposición de las monarquías, que le trataban de usurpador sin legitimidad alguna. Parecía marchar viento en popa su designio de anexionarse Cataluña, Navarra y las Vascongadas. E Inglaterra, aunque dueña del mar, estaba arrinconada en Portugal y sufría los efectos del bloqueo terrestre.

Establecida la paz con Austria y Rusia, la solución del conflicto español parecía cosa de tiempo, quizá no mucho. Pero en 1811 todo se torció al emperador. Gracias al acuerdo con Francia, Rusia había ocupado Finlandia, pero la oligarquía rusa rechazaba el bloqueo continental, dada su necesidad de productos ingleses, deseaba hacerse con parte de Polonia, creía que Prusia estaba a punto de levantarse contra Francia, y se alió con los turcos. Tanto Rusia como Francia prepararon ataques mutuos, y el zar Alejandro recordó al embajador francés que España resistía a pesar de las derrotas.

Y a principios de 1812, Wellesley se sintió con fuerzas para la ofensiva. Capturó Ciudad Rodrigo y Badajoz, y el 22 de junio, coincidiendo con la declaración de guerra de Francia a Rusia, las tropas anglo-luso-hispanas ganaron cerca de Salamanca la batalla de los Arapiles, que obligó a los franceses a replegarse de Andalucía y Asturias (de Galicia se habían retirado antes). El 6 de agosto el jefe inglés entraba en Madrid, aunque la reacción enemiga le obligó a retirarse de nuevo hasta Salamanca y Ciudad Rodrigo. A principios de octubre fue aceptado desde Cádiz como generalísimo de todos los ejércitos peninsulares, con protesta y desagrado de muchos españoles.

Mientras, Napoleón avanzaba por las llanuras rusas con más de medio millón de soldados (dejaba unos 300.000 en España y 200.000 en el resto de Europa). A principios de septiembre ganó en Borodinó una de las más sangrientas batallas de la historia, y a mediados de mes entró en Moscú. El general Kutúsof, su enemigo, practicó una estrategia de tierra quemada y Moscú fue incendiada, dejando a los conquistadores sin suministros ni cobijo ante los fríos. A mediados de octubre Napoleón, alertado de conspiraciones en París, ordenó la retirada, quizá la más desastrosa de la historia, hostigada por guerrillas rusas, entre el frío, el fango y la nieve, hasta el revés final junto al río Beresina, a finales de noviembre. De los invasores solo volvió la décima parte.

Fue prácticamente el fin de Napoleón: Rusia, Prusia, Austria, Suecia y varios estados alemanes se concertaron contra él. Forzado a retirar contingentes de España para crear un nuevo ejército, dio a Wellington la ocasión de retomar la ofensiva. En junio de 1813 los peninsulares tomaron Vitoria a los franceses que escoltaban a José I en retirada, y en diciembre pasaban a Francia. Los franceses lograron reaccionar y parar a Wellington en Toulouse, pero para entonces ya habían perdido la guerra en Europa.

Entre tanto, Napoleón todavía había infligido reveses a sus numerosos enemigos, pero en octubre de 1813 era vencido decisivamente en Leipzig. Cinco meses después, el 30 de marzo, los aliados entraban en París y Napoleón abdicó. Volvería al poder por unos meses en 1815, para caer definitivamente el 18 de junio en Waterloo, ante Wellington y el general prusiano Blücher.

Las campañas napoleónicas movilizaron ejércitos gigantescos nunca antes vistos en Europa, próximos o superiores al millón de hombres, con bajas a tono y enormes destrucciones, las mayores, proporcionalmente, en España. La catástrofe resultó del proyecto de Napoleón de unificar Europa bajo normas, hegemonía y estilo franceses, al estilo de la pretensión de Carlomagno. Como se recordará, el rechazo a la idea imperial fundaría las naciones eurooccidentales, que determinarían el perfil y la posterior expansión de Europa. La idea de unificar Europa sería retomada en el siglo XX por Hitler y renacería después de la II Guerra mundial. De modo contradictorio, Napoleón basaba su aspiración imperial en la normalización de las ideas revolucionarias.

El mapa político europeo volvió a cambiar: Rusia mantuvo la ocupación de Finlandia y otros territorios, en particular gran parte de Polonia; el Sacro Imperio, tan fundamental en la historia europea anterior, finó definitivamente, quedando el Imperio austríaco, que daría lugar al austrohúngaro más adelante; Prusia se extendió hacia el este y hacia el oeste, y el resto de Alemania quedó como una confederación; Francia volvió a sus límites anteriores y dejó de ser la mayor potencia continental; Noruega, antes danesa, pasó a integrarse en Suecia; Holanda volvió a ser independiente, pero perdió a favor de Inglaterra gran parte de sus posesiones coloniales: Suráfrica, Malaca, Ceilán y Guayana; Inglaterra volvió a resultar la gran ganadora, y su posición como primera potencia del mundo, sustentada por su ventaja industrial, permanecería durante todo el siglo. En el continente se buscaría el equilibrio entre las potencias, con alianzas múltiples para evitar contiendas tan destructivas como las pasadas. Napoleón dejó su impronta en las legislaciones de muchos países y en la propagación de ideas revolucionarias, haciendo imposible la vuelta a la época de la Ilustración y del absolutismo monárquico.

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**** Blog. Una cosa es la relación de fuerza en una batalla y otra cómo se emplean las fuerzas. Lo esencial es siempre el modo como se emplean, en lo que intervienen la moral, la voluntad, el plan acertado o no del mando y el azar, a menudo también la capacidad de improvisación. En El Alamein, la relación fue la indicada en el blog anterior, si L. Hart no está equivocado (aparte de la escasez alemana de combustible y suministros). Contar las divisiones no es muy instructivo, porque el tamaño de ellas difiere según los países, y las alemanas, en general, estaban siempre por debajo, incluso muy por debajo, de la plantilla nominal. La ventaja anglosajona en hombres y material siempre o casi siempre fue muy superior a la rusa, y los éxitos rusos bastante superiores a los anglosajones. En general, los anglosajones procuraban sacrificar al menor número posible de soldados propios (también los alemanes), pero no tenían igual cuidado con los civiles, a los que masacraron sin contemplaciones. Es de esperar que manuelp,  cuyos comentarios son siempre muy interesantes, no lo considere una característica de las democracias.

El desembarco de Normandía, a pesar de su inmenso despliegue, fue en realidad una batalla menor, incluso comparada con las de la Guerra civil española (unos 3.000 muertos militares), debido a que los alemanes fueron despistados sobre el lugar del desembarco. Los civiles víctimas de bombardeos fueron muchísimos más. Tal como se planteó la relación de fuerza fue de dos millones de aliados contra menos de medio millón de alemanes en condiciones precarias, aunque está claro que ni desembarcaron dos millones el día D, ni actuaron todas las fuerzas alemanas disponibles. El desembarco debe considerarse un proceso de varios meses, y el número total de tropas desembarcadas terminaría pasando de los tres millones. El 25 de agosto superaban ya los dos millones, y el número de alemanes en Francia pudo llegar a los 700.000, es decir, menos de uno a tres, y en condiciones de abastecimiento muy precarias. Pese a la muy desfavorable relación de fuerzas para los alemanes, al absoluto dominio del aire por los anglosajones y a su superioridad también aplastante en material de tierra (tanques, cañones, etc.), más algún grave error de Hitler, las operaciones en el norte de Francia no fueron en absoluto un paseo militar para los aliados.

No siempre fue así, pero en general la desproporción de poder material en la URSS fue menor en relación con los alemanes, y los éxitos soviéticos mayores a partir de Stalingrado (sin excluir reveses importantes, claro está).

La derrota de los más fuertes ha sido también frecuente en el plano estratégico. Los pueblos que se impusieron varias veces a China tenían mucha menos fuerza en hombres y técnica. Los mongoles no eran tantos como se dice, y destruyeron grandes imperios. Los árabes acabaron con los persas, acorralaron a los bizantinos... Los árabes que conquistaron la España visigoda eran muy pocos Las Trece colonias en Norteamérica eran mucho más débiles que la metrópoli. Francia perdió en Argelia y Usa en Vietnam. Los nacionales vencieron al Frente Popular partiendo de una absoluta inferioridad...

De todas formas, creo que el comentario sobre la guerra de independencia habría merecido más atención. 

Sobre la Guerra de independencia

3 de Octubre de 2009 - 09:20:32 - Pío Moa - 68 comentarios


La muy atípica guerra mal llamada después de Independencia (fue de liberación, ya que el país era independiente de siglos atrás), volvió a poner a España, pasajeramente, en el centro de la atención mundial. Resultaron llamativas, sobre todo, la capacidad espontánea de la población para reorganizarse con rapidez bajo unas juntas locales y provinciales formadas por funcionarios, militares, intelectuales y clérigos, una vez el estado y el gobierno quedaron descabezados en Bayona y José I rechazado por el pueblo; y la no menor destreza para compensar los fracasos del ejército regular con la movilización guerrillera. Con respecto a las juntas han solido resaltarse sus rivalidades y personalismos, pero estos no impidieron finalmente la coordinación y constitución de una Junta Suprema Central. El dato esencial es el propio hecho organizativo espontáneo, sin paralelo en Europa, revelador de una insospechada vitalidad popular. Recuerda la facilidad con que los conquistadores de América crearon organismos sin romper la lealtad a la metrópoli, herencia acaso de los siglos de reconquista. 

La misma vitalidad se reveló en el fenómeno guerrillero. Después de mucho tiempo de ser ensalzado hasta las nubes y considerado una invención española (otros muchos pueblos han utilizado guerrillas, poco antes lo habían hecho los useños frente a los británicos), se ha tendido a desvalorizarlo como mero auxiliar no decisivo del ejército regular y de Wellington, o destacando el bandolerismo que a veces le acompañaba. Cierto que ningún golpe o pequeño conjunto de ellos por las partidas tiene carácter decisivo, pero en gran número desmoralizan, distraen y minan al mejor ejército, y en ese sentido pueden ser decisivos. Espoz y Mina, El Empecinado y muchos más, dañaron seriamente al enemigo y le impidieron controlar grandes extensiones. La lucha se volvió feroz por los dos lados, y cuando los franceses hablaban de l´enfer d´Espagne, se referían a las guerrillas, no a las tropas inglesas o españolas. Más de dos tercios del ejército napoleónico hubieron de proteger las comunicaciones, mermando drásticamente su capacidad operativa, prueba de la eficacia guerrillera. Sin esta es muy concebible que los franceses hubieran dado cuenta del ejército español y del angloportugués. El bandolerismo derivó de las circunstancias, como los saqueos por las tropas regulares; pero también fue combatido por los jefes guerrilleros y militares más conspicuos.

En cuanto a los ejércitos, los napoleónicos, además del aguijón infernal de las partidas (también las hubo en Portugal), sufrieron de su heterogénea procedencia nacional y de los celos entre sus jefes. Tuvo un papel más relevante del que suele reconocérsele la sufrida tropa portuguesa, recuerda el historiador Cuenca Toribio; y la mejor cualidad de la española fue aquella tenacidad para superar reveses y volver a la carga: no ocurrió como en el resto de Europa, donde Napoleón libraba pronto la batalla decisiva con rendición oficial; y queda en el haber hispano una victoria de tanto efecto estratégico y político como la de Bailén. Wellington, jefe prudente y muy preocupado de la logística, tenía mala opinión de los españoles, por su insuficiente disciplina y jefes descuidados, que resumió en un dicho: "España es el único país en que dos y dos no son cuatro". A su vez, los españoles reprochaban a Wellington su excesiva cautela, que posiblemente le impidió tomar Madrid en 1809. A los soldados ingleses los calificó de escoria y de borrachos. Estos padecían de sus oficiales un trato en extremo clasista y una disciplina brutal, pero contra su firmeza en el campo de batalla se estrellaban una y otra vez las embestidas francesas.

Los británicos resultaron unos aliados dudosos de los españoles. Deliberadamente se aplicaron a destruir las manufacturas que pudieran hacer competencia a las inglesas, y sometieron a varias ciudades, como Badajoz, Ciudad Rodrigo o San Sebastián, a saqueos salvajes, con profusión de asesinatos y violaciones. Conducta similar tuvieron los franceses, que además hicieron un daño incalculable al patrimonio artístico e histórico del país, destrozando monumentos, archivos, bibliotecas y obras artísticas, además de robar pinturas, esculturas, joyas etc. Dada la procedencia revolucionaria de muchos de ellos y de sus jefes, atacaron desde el primer momento a la religión, golpearon o fusilaron a clérigos, quemaron iglesias y profanaron imágenes, todo lo cual arruinó la simpatía que habría podido despertar José I con medidas más razonables.

La amplitud y empeño de la resistencia no deja duda del sentimiento antinapoleónico de la inmensa mayoría de los españoles. Aún así, prefirió colaborar con los invasores una minoría compuesta de simples acomodaticios en busca de alguna prebenda, más un grupo ilustrado que creyó el poderío francés invencible y se dejó seducir por los proyectos racionales y progresivos del invasor... y por la lógica recompensa esperada de su colaboración, que significaba la anexión a Francia de parte importante del país y la reducción de este a satélite de aquella. Acomodaticios e ilustrados erraron sus cálculos, como a menudo ocurre en los asuntos humanos, y todos ellos, conocidos como afrancesados, despertaron un odio popular no muy difícil de entender, máxime por el recuerdo de la Revolución francesa y por los ultrajes en España a la religión casi unánimemente profesada. De ahí la apasionada repulsa, antes inexistente o débil, hacia cualquier idea, moda o reforma sospechosa de origen francés. Sin que se superase la pobreza intelectual compartida en el siglo anterior por ilustrados y tradicionalistas. Hasta la experiencia guerrrillera española sería recogida y comentada... por prusianos como Gneisenau, indicio de la incapacidad para el pensamiento teórico que aquejaba al país desde principios del siglo XVII.

La invasión napoleónica rompió por completo el programa reconstructivo de la Ilustración. Los combates, las hambres asociadas y brotes de fiebre amarilla causaron cientos de miles de muertos, quizá hasta medio millón. La agricultura, la ganadería y las manufacturas quedaron devastadas y la marina casi destruida. España perdía condiciones para la revolución industrial y se convertía en una potencia europea muy secundaria. Además, otros sucesos iban a dificultar en extremo un resurgimiento que otros países experimentaron: la radical división interna del país.

Un efecto trascendental de la contienda fue la Constitución elaborada por las Cortes reunidas en la asediada Cádiz. La Junta Suprema Central asumió la autoridad regia y convocó por su cuenta, en 1809, elecciones a Cortes, que decidieron --otra medida radical-- una cámara única. La Junta Central se disolvió en enero de 1810, y se reunieron diputados de España, la mayor parte de la América hispana y Filipinas, a todas las cuales debía afectar la nueva ley fundamental. Entre los diputados, algunos querían volver al despotismo ilustrado, tarea ya imposible porque la propia guerra estaba socavando sus bases sociales e ideológicas. Otros, seguidores de Jovellanos, propugnaban cambios graduales, como su inspirador había preconizado a raíz de la Revolución francesa: "Dirá usted que estos remedios son lentos. Así es: pero no hay otros; y si alguno, no estaré yo por él (...) Jamás concurriré a sacrificar la generación presente por mejorar las futuras (...) Creo que una nación que se ilustra puede hacer grandes reformas sin sangre". Una tercera opinión, más concreta, propugnaba adoptar buena parte de las reformas napoleónicas sin romper con la monarquía ni la religión. Estos, llamados liberales, impusieron su sello a la Constitución, que recogía influencias francesas, inglesas y useñas, y al mismo tiempo trataba de recobrar la tradición del pensamiento español del siglo XVI.

En 1812 nació la Constitución. Establecía la soberanía de la nación, igualdad ante la ley, división de poderes, derechos personales, religión oficial católica, Cortes y monarca con facultad de proponer leyes, monarquía limitada, que gobernaría por ministros sujetos al control parlamentario, gobierno centralizado, supresión de aduanas interiores, libertad de prensa, de hecho ejercida masivamente al amparo de la contienda... La Constitución de Cádiz fue modelo de otras europeas y de los países hispanoamericanos que pronto se independizarían, y donde no tendría en ellos un futuro muy feliz.

Se ha criticado a esta ley su farragosidad, carácter ordenancista y excesiva longitud: 384 artículos, comparados con los simples y claros siete artículos de la Constitución useña concretados por entonces en 24 breves exposiciones y 12 enmiendas. También resultaba complicado el sistema de voto, con cuatro grados empezando por el más bajo, de sufragio universal, y con restricciones sucesivas; y la división de poderes apenas dejaba comunicación entre ellos, lo que la hacía poco funcional. Pero con todos sus defectos, sentó un precedente que serviría de orientación posterior.

El mayor fallo de la Constitución, se ha dicho, es que el país no estaba preparado para ella. Esto no deja de resultar extraño. Teniendo en cuenta la tradición pre liberal y ciertos hábitos ancestrales de libertad personal, la nueva ley debiera haber sido muy bien acogida. Pero, desafortunadamente, caía en un clima popular de rechazo a tales innovaciones, debido a las atrocidades revolucionarias y bélicas. Además, la legitimidad de la Cortes podía chocar con la del rey si este, cuando volviera a España, no las aceptaba, como así sería. El apasionado rechazo a las novedades "afrancesadas" se compensaba con un mal fundado entusiasmo por Fernando VII, "El deseado", que había traicionado a su padre y a sus propios cómplices y abdicado ante Napoleón. Cuando volvió, en medio de un fervor delirante, captó bien el ambiente popular, disolvió las Cortes de Cádiz y declaró nula su obra.

Comenzaba el drama del siglo XIX español. La anterior oposición pacífica de ilustrados y tradicionalistas se transformó en antagonismo sangriento entre tradicionalistas y liberales, unos y otros menos provistos de ideas que de emoción. De haber sido uno de los países internamente más pacíficos durante tres siglos, España se transformó en el de las guerras civiles y pronunciamientos. Su evolución posterior se pareció al castigo de Sísifo, con repetidos avances insuficientes y vueltas atrás.

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**** Blog. Veamos: la batalla decisiva de la guerra mundial fue probablemente la de Kursk. Alemania alineó 900.000 hombres, 2.700 tanques, 2.000 aviones y 10.000 cañones. Rusia: 1,300.000 hombres, 2.400 aviones, 3.300 tanques, 20.000 piezas artilleras.

El Alamein: (según Liddell Hart) Gran Bretaña: 230.000 hombres, 1.500 aviones, 1.400 tanques. Sus contrarios: 80.000 hombres (solo 27.000 alemanes), 350 aviones, 260 tanques alemanes y 280 italianos. Los italianos, todos anticuados, los alemanes, de menor potencia que los ingleses. 

Normandía: Aliados: hasta 2.000.000 de hombres, 12.000 aviones, dominio absoluto del mar. Alemanes: hasta 400.000 hombres, 90 bombarderos y 70 cazas durante los primeros días, no muchos más después. Los soldados alemanes eran en general de más edad que los de Rusia, menos preparados y muchos no aptos para el servicio en el este. Los aliados recibieron constantemente una ingente masa de suministros, mientras a los alemanes, debido a los bombardeos, no les llegaba más que un tercio de sus necesidades. 

Aun así, los Aliados tuvieron siempre grandes dificultades para vencer, y en muchos casos los alemanes les vencieron pese a su gran inferioridad material.

Que un ejército materialmente débil venza a otro más fuerte no es un caso aislado: se ha repetido muchas veces en la historia

**** Dice Durán y Lérida, en plan de elogio, que en el Frente Popular militaron católicos. Cierto, incluso curas. Se ve que les daba igual el sádico intento de exterminio de los otros religiosos y católicos, la destrucción de iglesias, monasterios, bibliotecas, etc. Buenos católicos, ya se ve, como los que apoyarían después a la ETA, a los comunistas y a los separatistas... Como Durán y Lérida.

**** La corrupción del PP. Una de las buenas cosas que hizo Aznar fue rebajar muy considerablemente la corrupción. La banda del PSOE, después de su propia marejada de escándalos, quiso vengarse con acusaciones constantes a los populares, la mayor parte de las cuales resultaron inventadas o insignificantes. Pero lo de ahora parece tener más fundamento. Y es que la corrupción ideológica de Rajoy, el futurista de la Nena Angloparlante, la economía lo es todo, el engaño sistemáticos a sus votantes, los estatutos a la catalufa,  etc., dan lugar inevitablemente a otro tipo de corrupciones.

El hecho clave del siglo XX español

2 de Octubre de 2009 - 09:47:07 - Pío Moa - 104 comentarios

Quiero insistir en la relevancia de la insurrección de octubre del 34 como el hecho más decisivo del siglo XX español. Lo fue por dos razones cruciales: porque en ella se concentraron las tendencias político-ideológicas que cobraron fuerza a partir del desastre del 98, es decir, el socialismo, el anarquismo y los nacionalismos y cierto republicanismo radical (no el de Lerroux entonces); y porque determinó el fracaso de la república, y por tanto determinó el proceso que conduciría a la guerra del 36 y los sucesos posteriores. Si los socialistas, separatistas y republicanos no hubieran respondido como lo hicieron a su derrota electoral en el 33, o hubieran cambiado de orientación después de la insurrección de octubre, la república pudo haberse moderado y estabilizado, y la historia habría sido muy diferente.

Otra clave del suceso fue la actitud de Franco. Este fue encargado de dirigir, desde Madrid, la lucha contra los insurrectos, que era, en definitiva, una lucha en defensa de la legalidad republicana. Los monárquicos le propusieron, según el testimonio de Ansaldo, que aprovechase la ocasión para dar un golpe y acabar de una vez con la república, pero él no les hizo caso. También impediría otras dos propuestas de golpe planteadas por Gil-Robles a causa de las insesnateces de Alcalá-Zamora. De hecho, Franco solo se sublevó en último extremo, cuando los autores de la insurrección del 34, planteada como guerra civil, habían llevado al país al despeñadero.

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**** "¿Cómo se podrá sostener que Garzón actuó con intención de ser injusto?"

¡Pero a quién se le ocurre! Él solo tiene intención de falsear la historia y envenenar a la gente con demagogias y viejos rencores. ¿Cabe intención más justa y loable? Y cuando sale con la querella contra Luis del Pino, ¿qué intención puede tener?

**** Conde-Pumpido se niega a responder a los periodistas pero atiende a El País

Normal, con El Pis está entre amigos, se encuentra como en su casa. 

**** El subdirector de El Mundo, multado por no revelar sus fuentes del 11-M

La sanción parece contraria a la Constitución, pero si Zapo, Montilla y toda la banda se la saltan a la torera, ¿por qué no va imitarlos un juez? 

De nuevo el Valle de los Caídos

1 de Octubre de 2009 - 07:57:51 - Pío Moa - 189 comentarios

Leo que, en su sagrada misión de rescatar los odios antiguos, las Cortes debaten sobre "los republicanos del Valle de los Caídos", y Garzón y otros individuos envenenados de rencor –o de ganas de hacer negocio, porque todo va junto– lanzan ahora una campaña sobre el enterramiento "ilegal" de imaginarios republicanos bajo la cruz del valle. Durante años se negó la existencia de izquierdistas en aquel lugar, para quitarle su carácter de monumento a la reconciliación, ahora se trata de que, como dice una de esas personas, "mi madre no se explica por qué su padre está (enterrado) con su verdugo". Aparte de que este tipo de testimonios hay que mirarlos con lupa, porque la falsificación de la propia biografía se ha convertido en un deporte en la izquierda, vale la pena observar la irreconciliable mala leche concentrada en tan breve frase.

¿Verdugo? Las izquierdas se sublevaron contra la república en 1934 y comenzaron la guerra civil, mientras que el "verdugo" defendió la legalidad. Luego las izquierdas destrozaron la legalidad republicana a partir de febrero del 36 y trataron de imponer una revolución, y con todo ello provocaron la reanudación de la guerra. El "verdugo" consiguió vencerlas, algo que los rencorosos jamás le perdonarán. Y en el Valle de los Caídos el "verdugo" ordenó que se enterrasen no solo soldados y otras víctimas de su bando, sino también del bando contrario, en señal, ¡precisamente!, de reconciliación. Es cierto que el "verdugo" los enterró a todos bajo una gran cruz, símbolo de un cristianismo que las izquierdas quisieron erradicar hasta del recuerdo, destrozando incluso las cruces de los cementerios, como ahora pretenden borrar el pasado con su "memoria histórica" estilo Gran Hermano. Y que están enterrados todos bajo el común epígrafe "Por Dios y por la patria", lo que no deja de resultar una ironía, cuando las izquierdas lucharon contra la religión y también contra la patria. Pero una ironía reconciliadora, a fin de cuentas. Como señalaban Besteiro o Marañón, en definitiva ganaron los mejores, y lo manifiesta el propio monumento a los caídos de los dos bandos. Algo que jamás habrían hecho sus enemigos, a quienes recomendaba la Pasionaria utilizar los cadáveres de los nacionales como abono de los campos.

Muchas veces he recordado que, contra la pretensión de muchos cínicos de izquierda e hipócritas de la derecha (aquí se han invertido las tornas de la definición de Drieu La Rochelle) la reconciliación no se alcanzó en la transición, sino que la transición fue posible porque la reconciliación estaba alcanzada desde mucho tiempo antes: muy pocos fuimos los que nos opusimos al franquismo, y aún menos los que luchamos de verdad. Reconciliación odiada con un fervor ciego por los locos de siempre, que no se resignan a que los españoles convivamos en paz.

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Fuera de España se emplea mucho el término "nacionalista" para caracterizar a los franquistas durante la guerra civil (que tampoco se llamaban a sí mismos "franquistas"). En realidad la propaganda del Frente Popular se hizo aún más nacionalista que en el bando contrario, probablemente por motivos de ocasión, para movilizar a la gente (contra la invasión extranjera, etc.), aunque con perfecta insinceridad. Pero los de Franco se llamaron "nacionales" y evitaron el término "nacionalistas", porque consideraban que defendían a la nación pero, en la tradición derechista española, veían el nacionalismo como una doctrina anticristiana, que hacía de la nación una especie de dios nuevo. El lema básico era "Por Dios y por la patria", como aparece en los recordatorios de los caídos. En primer lugar Dios, y en segundo lugar la patria. En cambio desapareció el tercer término del lema tradicionalista: "Por Dios, por la patria y el rey", siempre por ese orden de importancia. La guerra civil no se libró por la monarquía, como tuvo ocasión Franco de recordarle a Don Juan. 

http://revista.libertaddigital.com/un-nacionalismo-espanol-1276208991.html

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