30 de Septiembre de 2009 - 09:07:31 - Pío Moa - 73 comentarios
La época final del siglo XVIII vio en Gran Bretaña una rápida sucesión de inventos y perfeccionamientos mecánicos que afectaron a la industria textil, a la metalurgia, la minería, los caminos y canales, y hacia finales de siglo se diseñaron las primeras locomotoras. Al parecer, en la España del siglo XVI Blasco de Garay había inventado una máquina de vapor para propulsar barcos, que en cualquier caso no llegó a aplicarse, y a principios del siglo siguiente Jerónimo de Ayanz, un prolífico inventor, habría patentado un ingenio a vapor para extraer el agua de las minas. Como fuere, ningún país de entonces estaba en condiciones de explotar los inventos plenamente y del modo acumulativo como se produjo finalmente en Gran Bretaña.
Los inventos británicos coincidieron con un maduro sistema financiero, préstamos a bajo interés (el 5%) y una ya densa red de comunicación de ideas y noticias, que permitieron convertir rápidamente las innovaciones en negocios productivos. Inglaterra disfrutaba, además, de una masa de capitales acumulados mediante el comercio y la explotación colonial, y de una economía unitaria, al revés que el resto del continente, donde las numerosas tarifas y peajes locales estorbaban el tráfico. Disponía también de minas de carbón, hierro y otros minerales imprescindibles, utilizables sin altos costes de transporte. No obstante, esas condiciones favorables no habrían dado lugar a la citada revolución sin la iniciativa y las ideas afortunadas de algunos hombres con espíritu de lucro y de dominio de la naturaleza, tal como Bacon había propuesto. Surgieron asociaciones como la Sociedad lunar, dedicada a discutir y difundir las nuevas técnicas entre otras cosas. Aunque las invenciones debieron poco propiamente a la ciencia, ya que se desarrollaron como mera tecnología empírica, sin mucha atención a principios generales, la actitud científica pesó de todas formas en ellas, y pronto se combinarían los dos factores, el científico y el empírico-técnico, para dar mayor impulso a la industria. Tales iniciativas dieron a Inglaterra una ventaja de principio que le permitió extender sus géneros, de buena calidad y baratos, por Europa y las colonias. Esa ventaja se acentuaría después de las guerras napoleónicas, cuando gran parte del continente sufrió devastaciones y sus flotas mercantes fueron destruidas por la armada inglesa.
Paradójicamente, las máquinas, lejos de eliminar el trabajo, lo multiplicaron y lo hicieron más penoso y sistemático. La mano de obra necesaria vino asegurada por el aumento de la población inglesa, que pasó de casi 6 millones a mediados del siglo a 11 millones hacia finales, una tasa de crecimiento superior a las europeas, debida a mejoras que aumentaron notablemente las cosechas; y a los enclosures o cercamientos, ya iniciados, como vimos, en la época de los Tudor, consistentes en la expulsión de los campesinos de las tierras comunales. En los siglos XVI y XVII, las expulsiones tenían por objeto dedicar el terreno a la cría lanar, pero en el XVIII buscaban rentabilizar los cultivos. A partir de 1760, los cercamientos cobraron el impulso definitivo, que en unas cuantas décadas privatizarían la práctica totalidad de las tierras comunales, de las que fueron desalojadas, a menudo violentamente, cientos de miles de familias que antes tenían en ellas sus medios para una precaria subsistencia y quedaban en la miseria, mientras los dueños de los latifundios capitalizaban la tierra e introducían mejores técnicas; fenómeno similar al del recorte de los resguardos indios y venta de tierras realengas en Hispanoamérica.
Nació de ahí un doble proceso de mayor productividad agraria y de disponibilidad de una masa de trabajadores para las nuevas industrias, en las que tenían que trabajar a menudo padres, madres y niños con salarios mínimos.Como gran parte de los trabajos requerían poca fuerza física, los niños podían hacerlos igual que los mayores, no obstante lo cual eran mucho peor pagados, por lo que el empleo de trabajo infantil cundió extraordinariamente. Perturbaciones adicionales fueron el hacinamiento de la gente en tugurios de los superpoblados suburbios de las ciudades. Estas plagas se desarrollarían más en el siglo XIX, producto no solo de la avidez de los propietarios, sino también de la falta de experiencia social ante las consecuencias inesperadas de un fenómeno histórico nuevo. Se ha debatido mucho sobre las causas de que la revolución industrial naciera en Gran Bretaña y no en otros países, lo que puede atribuirse a la combinación de condiciones generalmente favorables como las ya indicadas, con la intuición y dedicación de unos pocos hombres.
Pero los inventos y destrezas técnicas necesarias para utilizarlos se difundirían con rapidez por Europa, prueba de que las condiciones generales en muchos países europeos se parecían a las inglesas, aunque no hubiera surgido en ellos la chispa inicial. Y así, en el siglo XIX Bélgica (Valonia), Alemania (sobre todo el Ruhr) y con lentitud algo mayor Francia. Los tres países irían convirtiéndose en países industriales rivales de Gran Bretaña.
Dichas condiciones, en cambio, diferían más en las naciones europeas que rodeaban a las del núcleo centrooccidental por el norte, el este y el sur, por lo que en ellas la industrialización fructificaría más difícil y tardíamente.Cabe preguntarse por qué España estuvo entre estas últimas, dado que, como hemos visto, su Ilustración y reformas institucionales y económicas, sin ser brillantes, estaban bien encaminadas y permitían esperar una incorporación no muy tardía de las novedades. La causa, como veremos, se encuentra probablemente en la invasión napoleónica, que rompió la evolución anterior y dejó el germen de desórdenes, desgarramiento social y guerras que llevaron al país a los niveles más profundos de su decadencia, en contraste con el apogeo de la Europa centro-occidental.
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También eran demasiado diferentes las condiciones fuera de Europa, salvo en Usa; e Hispanoamérica sufriría convulsiones parecidas a las españolas. Se ha debatido la causa de que la Revolución industrial no ocurriera en otras civilizaciones como en la inventiva China, pero este país, al igual que la España del siglo XVI, carecía del sistema financiero, el difundido entusiasmo por el lucro, el individualismo y espíritu de iniciativa y el sistema informativo necesarios, aun si no suficientes. Lo mismo pasaba en la India, que durante el siglo XIX se convirtió en colonia inglesa productora de materias primas para la metrópoli, la cual mantuvo una estricta separación racial y evitó en el subcontinente una industria que pudiera competir con la propia. Por lo que respecta al islam, continuaba estancado intelectual y científicamente, bajo estructuras despóticas no muy ilustradas.
Durante el siglo XVII, la India había experimentado constante luchas entre el Imperio mogol, el más propiamente indio Maratha y el movimiento sij, grupo ecléctico entre el monoteísmo tomado del islam y las tradiciones hindúes. Las grandes compañías holandesa e inglesa instalaron y extendieron sus enclaves por las costas de la India y fueron reduciendo los de los portugueses. Los franceses fundaron su propia compañía, que se adueñó a su vez de zonas costeras. En el siglo de la Ilustración aumentaron las pugnas entre las tres potencias por la hegemonía comercial en la región. Los ingleses, estricta separación de los naturales. Los ingleses superaron en contiendas sucesivas a holandeses y franceses. Un talentoso y audaz aventurero inglés, Robert Clive, venció a los franceses y luego a los mogoles en 1765, haciéndose con Bengala y otras regiones, foco de la expansión inglesa por el subcontinente, que dejó solo pequeñas zonas a los otros europeos. La India había sufrido muchas más invasiones y divisiones internas que China, con cortos períodos de una unidad relativa y nunca completa.
China, al contrario que la India, resultó un hueso demasiado duro de roer para los europeos: aunque estaba quedando atrasada con relación a Europa, era demasiado grande y centralizada, y hasta el siglo XIX no sufriría las mordeduras de las potencias europeas. A mediados del siglo XVII, cuando España comenzaba su decadencia, se había impuesto una dinastía manchú que mantendría largamente su dominio. El país, autosuficiente en muchos aspectos, se encerró más en sí mismo, reduciendo la relación con el exterior. Algo parecido ocurrió con Japón, que desde la persecución sufrida por los católicos convertidos por Francisco Javier, entró en el período Edo o Tokugawa, de paz y relativa prosperidad. Las principales ciudades japoneses y chinas en el siglo XVIII eran mayores que las europeas.
El islam se encontró en los siglos XVII y XVIII dividido en tres imperios, el otomano, el persa y el de los grandes mogoles de la India, creado por los mongoles musulmanes, aparte de algunos reinos menores, como Marruecos, que tomó forma como nación avanzado el siglo XVI con la dinastía Saadí, oponiéndose a los portugueses y a los turcos, y expandiéndose hacia el sur por el Sahara, si bien el control de los sultanes sobre la mayor parte del Marruecos actual era precario. En 1683, los turcos habían sido capaces de amenazar Viena, pero desde entonces dejaron de ser una amenaza seria para centroeuropa o en el Mediterráneo. Durante el siglo XVIII el Imperio otomano se vio corroído por tendencias disgregadoras, perdida su anterior habilidad administrativa y destrezas técnicas, y por la intervención creciente de los jenízaros en la política. Rusia, Persia y Austria le arrebataron algunos territorios, pero, con todo, siguió dominando desde el Danubio hasta el Sudán, y el sur de Arabia occidental, y desde Argelia hasta Mesopotamia, extensión equivalente a la mitad de toda Europa. El Imperio persa safávida cayó hacia 1720, a manos de los afganos, no sin haber consolidado un país muy peculiar dentro del islam, tanto por la lengua y la antigua cultura conservada como por la adopción definitiva de la modalidad religiosa chií frente a la sunní. Persia estuvo casi siempre en pugna con los imperios del oeste, en este caso el otomano, como lo había estado con el macedonio, el romano y el bizantino. Tras los safávidas gobernaron varias dinastías con una tónica general de decadencia. La decadencia afectaba también al Imperio mogol de la India, cada vez más débil frente a los europeos y finalmente a los ingleses. La conciencia de la división y el retraso frente al siglo ilustrado europeo dio lugar a proyectos reformistas frustrados entre los otomanos, y en Arabia nació el wahabismo, que trataba de volver a las primigenias raíces mahometanas.
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La expansión de la Revolución industrial por varios países europeos se ha atribuido a la incidencia del protestantismo, como otros fenómenos económicos, pero, al igual que estos, tal teoría no parece muy sostenible, vistos los casos de Bélgica, del Ruhr en gran medida católico y luego Francia, más tarde el norte de Italia, etc. Sí debe guardar alguna relación con el cristianismo en general, aunque no resulta fácil explicitarla. Tuvo que ver con el espíritu de la Ilustración, la cual heredó el ánimo universalista cristiano (aunque ese ánimo lo tenía también el islam). En todo caso, no nació ni pudo nacer de la nada, y es fácil percibir su entronque con los procesos de la Edad de Expansión hasta finales del siglo XVIII.
Durante esa edad, Europa no superaba en poder material y demográfico a otras civilizaciones, no obstante lo cual unas pocas naciones europeas, más bien pequeñas y no muy pobladas, a menudo en lucha contra otras naciones europeas y el islam, habían descubierto la dimensión del mundo. Con embarcaciones precarias (una tormenta podía dispersar o hundir una flota y ahogar a miles de hombres), surcaron los mayores océanos, rodearon el planeta, descubrieron islas, continentes, culturas y civilizaciones antes más o menos aisladas e ignorantes del resto del mundo, establecieron larguísimas rutas comerciales, conquistaron vastos territorios y aplicaron a todo ello una curiosidad científica. No parece haber ninguna razón técnica que hubiera impedido a chinos o japoneses llegar a la costa opuesta del Pacífico (los polinesios realizaban navegaciones extraordinarias con embarcaciones primitivas) o dominar el comercio del Índico, o Siberia. Los islámicos, que dominaron por África y Asia entre el Atlántico y el Pacífico también habrían podido implantarse en América como lo hicieron en el entorno del Índico. Sin embargo no fue así.
Las osadas exploraciones y conquistas transoceánicas europeas plantearon retos técnicos, políticos, religiosos, organizativos, la respuesta a los cuales fue moldeando la civilización y sentando bases para ulteriores avances; y a la vez fueron una manifestación de los movimientos espirituales e intelectuales que se sucedieron desde el Románico en oleadas acumulativas y al mismo tiempo rupturistas. Todas las civilizaciones han tenido etapas de mayor inquietud y brillo espiritual, intelectual, técnico, artístico, etc., con altibajos. Lo propio de Europa en los siglos que siguieron a su Edad de Supervivencia, fue un continuo ascenso en medio de contradicciones –y contiendas– internas, y la Revolución industrial, como las políticas, tienen su suelo en esa evolución previa. También intervino siempre una dosis de azar. Por ejemplo, podría especularse sobre cuál habría sido la historia si, en vez de tomar forma las tres Europas en el siglo XI, o la central y la occidental, se hubieran unido en un Imperio cristiano, como era el designio del Sacro Imperio Romano-Germánico, sin permitir la diferenciación nacional del oeste. y sus energías concentradas hacia el este y el sur, hacia Asia y África, de donde llegaban las mayores amenazas y promesas más tangibles, en lugar de hacia el Atlántico. Quizá en tal caso se hubiera establecido algo parecido al del Imperio bizantino, con identificación muy superior del poder político y el religioso, y una evolución más lenta y difícil en los aspectos científico y técnico, sin llegar a algo como la Revolución industrial.
Vista en perspectiva, la Revolución industrial viene a ser resultado de todo el largo proceso descrito, aunque, como en todos los procesos, el azar tuvo su parte.
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**** Zapo lleva a sus "góticas" hijas a un acto oficial e internacional donde, lógicamente las fotografían. Pero el tontaina pretende que no se publiquen las fotos y lo consigue con la servil agencia Efe. Ahí está el personaje, retratado. Afortunadamente vivimos en la época de Internet.
**** "Soñar con los pies en la tierra", dicen los golfos del PSOE. Soñar con la trola, el choriceo y el puterío sin fin. Pies y cabeza en el lodo. Los sueños de Monipodio
**** Blog: las victorias rusas sobre los alemanes se dieron en superioridad material, pero no tanta, ni mucho menos, como las victorias de los anglosajones, que necesitaban una superioridad abrumadora, y aun así estuvieron muchas veces en serio peligro.
**** Diputados de PSOE e IU se reunirán con terroristas de Hamas y el FPLP
"Merece la pena ir y hablar", aseguran. Y tanto, no hay nada como estar entre amigos.
**** Dice Rajoy que representa la esperanza de millones de españoles. La falsa esperanza en la falsa alternativa.
28 de Septiembre de 2009 - 10:45:24 - Pío Moa - 150 comentarios
Como de costumbre, lo someto a su dura crítica
Otro tema clásico de la Ilustración fue el de la eliminación de la guerra y obtención de la paz perpetua, que debía asegurar el pleno desarrollo de las personas. De siempre, la guerra fue mirada con una mezcla de horror y fascinación, como "la madre de todas las cosas", una ley de la naturaleza o una de las máximas expresiones del mal. Diversos ilustrados opinaron que el origen de la guerra estaba en los intereses de los reyes y en la superstición, por lo que, suprimidos estos, la paz vendría por sí sola. Era preciso eliminar la influencia de la Iglesia y sustituir la soberanía regia por la soberanía de la nación, del pueblo –base del nacionalismo– pues este no tenía interés en guerras sino en una convivencia pacífica basada en el comercio, que satisfacía a todas las partes involucradas.
No obstante, Holanda e Inglaterra, las principales potencias comerciales, y donde menos soberanía ejercían los monarcas, eran cualquier cosa menos pacíficas, y la piratería solía estar asociada al comercio, del cual formaba parte sustanciosa el tráfico de esclavos; aparte de que regímenes despóticos habían regularizado e impulsado el comercio en muchas ocasiones, desde el caso del emperador chino Qin o Chin, mencionado al principio de este libro. El comercio satisfacía muchos deseos de los seres humanos, pero esos deseos no eran forzosamente bondadosos o pacíficos. El ensayista inglés A. Pagden ha visto fuentes de guerra en la diferencia de culturas, situando la reflexión sobre la paz en el descubrimiento de América, que habría puesto a Europa en contacto con el "otro" y originado la reflexión sobre los rasgos comunes a la humanidad que pudieran ponerse en valor para evitar los conflictos bélicos. Sin embargo ha habido innumerables guerras civiles en el seno de un mismo país, y guerras entre naciones dentro de una misma cultura. Y Europa, ejemplo destacado de esa belicosidad, conoció siempre a "otros" antes de llegar a América.
Foco de la mayor atención para muchos ilustrados fue la economía. Desde el siglo XVI predominaba el llamado mercantilismo, que tomó sus formas más acabadas en el XVII, con Colbert, ministro de Luis XIV. El mercantilismo perduró hasta finales de la Ilustración y, sin ese nombre, hasta hoy. No constituye un cuerpo doctrinal preciso, pero sí una corriente con varios rasgos propios: la riqueza de la nación debía asegurarse mediante la intervención económica del estado, traducida en proteccionismo, creación de empresas monopolísticas para el comercio y la producción, y manufacturas impulsadas por el estado, explotación de las colonias, unificación del mercado interno (logrado en Inglaterra, mucho menos en el resto), promoción de las exportaciones y restricción a las importaciones, acumulación de capital en forma de metales preciosos... Los salarios debían ser bajos, para maximizar la ganancia y disuadir la ociosidad y el vicio, si bien se ha acusado a estas doctrinas de romper las normas morales y religiosas. Solía implicar la idea vaga de que, en las transacciones, lo que uno gana otro lo pierde.
Contra el mercantilismo y la intervención estatal predicaron en Francia los fisiócratas, según los cuales "el mundo marcha por sí solo", por lo que exigía a los gobiernos "dejar hacer, dejar pasar" (laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même). Las ideas de los fisiócratas fueron desarrolladas más sistemáticamente por el economista-filósofo escocés Adam Smith en su teoría del mercado libre con mínima o ninguna interferencia estatal. Smith rechazaba la idea de que, al comerciar, lo que uno gana otro lo pierde: si el trato es libre de interferencias, ambos partícipes salen ganando, pues obtienen lo que desean. La dinámica interna del mercado libre produce la división del trabajo, que multiplica la productividad, e impone una competencia beneficiosa porque hace que se impongan los productores más eficientes. Cada cual opera en el mercado por su propio interés, no por virtudes morales, y sin embargo una "mano invisible" hace que el resultado sea un bien moral, pues beneficia a la generalidad ofreciendo mercancías cada vez más baratas y abundantes y aumentando la riqueza general. De este modo, el mercado no cae en la anarquía que podría esperarse de la concurrencia de millones de transacciones e intereses diversos, sino que se autorregula. Por el contrario, las restricciones, proteccionismos, etc., impuestos por el estado o por otros poderes, solo perturban y vuelven ineficiente el mercado.
Dentro de cierto pensamiento ilustrado, Adam Smith criticaba el mercantilismo por servir, en su opinión, solo al interés de los reyes y provocar guerras. El resultado de las prácticas mercantilistas no podía ser otro que la privación de libertades a los súbditos, el déficit fiscal, la quiebra del crédito público, la inflación y, con ella, la pobreza de los pueblos. Sin embargo, considerando el caso de la floreciente economía francesa, cabría objetar que el interés del monarca y el del país no resultaban muy disímiles.
Adam Smith se mostró algo inconsecuente cuando, ocasionalmente, trató de establecer un valor objetivo de las mercancías basado en el trabajo, en lugar de la concepción del valor subjetivo defendido por los escolásticos españoles y otros antes (como los franciscanos italianos Olivi y Bernardino de Siena): el valor de un producto no viene determinado por el trabajo que haya costado producirlo, sino por la utilidad o el placer subjetivo que hallan en él los compradores. Esta última concepción ha demostrado ser la más fructífera en la ciencia económica liberal, mientras que la del valor objetivo ha conducido a teorizaciones como la de Marx. No obstante, el conjunto de la teoría de Smith es típicamente liberal.
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**** Cuando uno lee a quienes achacan la democracia, los derechos y libertades públicas, las elecciones, etc. a la masonería, podría sentirse tentado a simpatizar con esta. Tentación aumentada cuando se percibe el vacío intelectual o las soluciones disparatadas que proponen –si es que se molestan en proponerlas claramente, que no suele ser el caso, y que suele consistir en que manden ellos en nombre de Dios o cosa así–, o su tendencia implícita a acabar con "la funesta manía de pensar" (de modo distinto a ellos).
Esta esterilidad intelectual se aprecia ya desde el período de la Ilustración. Algunos intelectuales y políticos, percibiendo el atraso en que quedaba España, buscaron fórmulas y reformas para acortarlo. Eran bastante mediocres, probablemente, y cometieron algunos desaguisados importantes, pero sus críticos "tradicionalistas" no aportaban nada más que la continuidad del período de Carlos II. Su gran hazaña intelectual fue el descubrimiento de la causa de todos los males: ¡los reformistas ilustrados eran todos masones! ¡A las lumbreras tradicionalistas se la iban a dar!
27 de Septiembre de 2009 - 08:24:36 - Pío Moa - 49 comentarios
Los diez años de revolución pueden resumirse en un terror y matanzas casi continuas, guerra civil y con el exterior y ruina del país. Cada paso obligaba a ir más allá en la "audacia", so pena de que el impulso se paralizase y derrumbase. La revolución invocó los tres famosos principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, valores de raigambre cristiana, inteligibles para cualquier ser humano, y extremadamente sugestivos. Pero en los hechos fue lo opuesto. La libertad fue negada a la gran mayoría, a menos que siguiera a los radicales; no había la menor igualdad entre la inestable y vertiginosa oligarquía dirigente y la masa del pueblo, que sufría crecientes privaciones y hambre debido al desorden y a la inflación inducidas por medidas disparatadas y era alimentada con consignas cada vez más extremas, indicándole "enemigos del pueblo" más o menos fantasmales; y la fraternidad no existió ni siquiera entre los revolucionarios, que se mataron generosamente entre sí. La distancia entre la triple consigna y la práctica indica mucho. La consigna funcionaba como un espejismo que incitaba a ir más allá en las violencias, y como un arma mágica en manos de quienes detentaban el poder, hasta no significar nada, o lo contrario de lo que pretendía.
En su lógica interna, la libertad, en términos absolutos, no concuerda con la igualdad, ya que consiste en diferenciarse de los "iguales". Y ni de una ni de otra, así planteadas, podía brotar fraternidad alguna. Se invocaba la razón y la lógica se esfumaba. Razón y ateísmo adquirían un tinte mesiánico, redentor, hasta animista. Los derechos especificados en la célebre Declaración nunca habían sido pisoteados con más empeño.
La revolución tuvo algo de primitivismo y revuelta contra la civilización en general, cuyos valores se vieron ultrajados por una explosiva inversión de los mismos, explosión de obscenidad, de apelaciones salvajes, exhibición de cabezas cortadas, ansia de sangre (la guillotina constituía un gran espectáculo al que asistían numerosas mujeres; los asistentes a la muerte de Luis XVI y de otros empapaban pañuelos en la sangre, o se untaban con ella), casi de canibalismo, como en el despedazamiento de la princesa de Lamballe durante una jornadas de asesinatos, violaciones y brutalidades sin freno, especie de danza orgiástica, demoníacamente liberadora frente a las restricciones impuestas por milenios de civilización. Algún lazo guardaba ello con la prédica, típica de la Ilustración francesa, del "buen salvaje", que con cultura y sentido cívico e intelectual extraordinarios ponía en la picota los absurdos de los civilizados. Pese a todo, la Revolución francesa tendría miles de admiradores dispuestos a imitarla en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que todo lo justificaban.
El legado revolucionario inmediato fue la serie de guerras más sangrientas de la historia europea hasta entonces, la interrupción de procesos prometedores, como en España y en la misma Francia, una convulsión política intermitente a lo largo del siglo siguiente en la mayor parte de Europa y una reacción de horror que produjo intentos ya anacrónicos de volver al pasado, tras las subsiguientes guerras napoleónicas. No obstante, calmados aquellos frenesíes, quedó la idea de la igualdad ante la ley, de unos derechos "naturales" y soberanía del pueblo ejercida por medio de libertades, elecciones y separación de poderes. Estos eran efectos de la evolución anterior y se habrían impuesto de modo más natural, como en Inglaterra, sin un choque semejante: la débil resistencia de la monarquía francesa indica hasta qué punto estaba ya socavado el antiguo régimen. Que la invocación a la razón haya dado pie a tales sucesos, prueba la existencia en el ser humano de fuerzas oscuras y difíciles de controlar en ocasiones: muchos decidieron que la revolución había fracasado por no haber sido lo bastante radical y terrorista, por haberse quedado a medias...
Ha sido y sigue siendo común bautizar como "burgués" aquel movimiento, sobre todo desde un enfoque de tinte marxista, muy compartido. Burgués significa habitante de las ciudades, y la burguesía había cobrado bastante poder desde la Edad de Asentamiento. En sentido más concreto suele entenderse burguesía como sinónimo de capitalismo, con la idea implícita o explícita de que una revolución burguesa constituye el prólogo de la proletaria. En realidad, la francesa fue protagonizada por el submundo social, más o menos dirigido por grupos de abogados, intelectuales y agitadores que solo en sentido muy lato cabe llamar capitalistas. Y los valores conjurados proceden de la cultura anterior, fundamentalmente cristiana, tienen un alcance en buena medida universal, no limitado al "interés de clase" de los propietarios de los medios de trabajo. Pero este carácter burgués es uno de los mitos más arraigados en la cultura europea posterior.
Cabe comparar la Revolución francesa con la useña: llama la atención que unos principios parecidos hayan causado evoluciones tan distintas. Podría atribuirse a no haber en Usa obstáculos sociales propios del antiguo régimen, pero estos eran en Francia débiles y la intensidad de la sacudida no guarda proporción con esa causa. Salta a la vista una diferencia: la useña nunca realizó una feroz persecución religiosa, sino que afirmó sus raíces cristianas, atenuando mucho las discrepancias entre iglesias protestantes y entre estas y la católica. La religiosidad del Gran Despertar no tuvo menos influencia en Usa que las ideas de Locke o Montesquieu, y pesaron allí poco las de Rousseau, Voltaire, etc. Esto evitó la epilepsia de la Revolución francesa.
Desde luego, la Declaración de independencia useña fue también algo extraña: "Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad". No eran verdades: la observación más elemental demuestra que los hombres no nacen iguales, y no solo por la diferente posición, medios y carácter de sus familias, sino por los dones e inclinaciones que "los dioses han puesto en ellos", como ya notaba Homero. Además, la igualdad y derechos no los extendían a los indios y a los negros, que por algo prefirieron apoyar a los británicos. Si los hombres nacieran iguales permanecerían iguales, pues la sociedad es una creación suya: todas las sociedades habrían respondido necesariamente a esa igualdad y no habría razón para llamar a ninguna libre o despótica o democrática, pues como mucho se trataría de variaciones sobre aquella igualdad esencial. Por lo mismo sufre la idea de que los gobiernos se instituyen para garantizar los derechos mencionados, los cuales por necesidad deben estar implícitos en todas las sociedades. Y el alegato de que la dominación británica constituía "un despotismo absoluto" resulta algo exagerada. Tampoco se trataba de evidencias, sino de elaboraciones intelectuales producto de siglos de reflexión, discusión y examen de la experiencia histórica.
Interesa asimismo la "búsqueda de la felicidad". La felicidad, como la igualdad, son cosas muy distintas de la libertad, y a veces opuestas. En la Declaración useña, la felicidad aparece como un impulso personal que el estado solo puede respetar. En la francesa, es el estado quien debe proveer la felicidad de los ciudadanos, posiblemente como herencia de Rousseau y del despotismo ilustrado, el cual buscaba la felicidad de los súbditos, trasladando a ella el objetivo del gobierno desde la libertad, centrada en el libre albedrío, propia del pensamiento escolástico español, y no solo de él. La tendencia francesa, unida a un estado mucho más potente que el del absolutismo, aboca sin mucha dificultad al totalitarismo, y en esa dirección ganarían impulso diversas ideologías.
Pero tuvieran la base racional y contradicciones que tuvieren, las ideas de la Declaración de independencia iban a ejercer una intensa sugestión sobre innumerables individuos, estimulando a un tiempo las ambiciones personales y las reglas que impidieran a esas ambiciones e intereses particulares destruir la sociedad. Así, Usa alcanzó un equilibrio entre la iniciativa individual y la cooperación que le iba a proporcionar un dinamismo superior a otras sociedades.
El problema de armonizar la iniciativa e interés de los particulares, siempre diversos, con la supervivencia social, viene a ser el fondo del pensamiento político. La práctica había demostrado muchas veces los peligros de desintegración cuando predominaban en exceso los primeros, y del despotismo cuando, como reacción, se imponía para mantener el orden social. La solución useña, aunque no creada ex nihilo, entrañaba una apuesta y nueva solución al problema mencionado, pero resultó menos aplicable de lo supuesto. Tocqueville hará notar la dificultad de este equilibrio entre tendencias disgregadoras e integradoras al señalar cómo la importación de las fórmulas políticas exitosas en Usa había dado lugar en el México independiente a la oscilación de la anarquía al despotismo militar, y viceversa.
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* Blog: El problema de la destitución de Alcalá-Zamora no es propiamente jurídico, sino político, una política que utiliza de forma espuria la ley, como tantas veces. El Frente Popular había llegado al poder gracias a Alcalá-Zamora, pero le interesaba deshacerse de él y declararse indisoluble, lo cual suponía un golpe de estado. Para conseguirlo con una apariencia de legalidad, invocó la Constitución, interpretándola como le convenía.
Pero la disolución fue ilegítima, porque el objetivo del artículo constitucional era evitar la continua intromisión del jefe del estado (el presidente) en el gobierno, como había ocurrido con Alfonso XIII. Por lo tanto, si su segunda disolución se demostraba infundada, esto es, arbitraria, él podía ser destituido. La demostración de esa arbitrariedad consistía en que el mismo partido gobernante antes de la disolución volviera a ser elegido después. Si la CEDA hubiera sido vuelta a elegir (cosa que no sabemos, debido a la irregularidad de los comicios), tendría toda la legitimidad para echar a Alcalá-Zamora. Pero el Frente Popular debía su poder a la disolución mencionada, y por tanto su utilización de la ley era ilegítima, y sus pretextos pueriles (no haber disuelto antes, etc.).
Para que, además de legítima, fuera legal, era preciso decidir si se trataba de la primera o la segunda disolución, cuestión fundamental y no circunstancial que sería muy propio del Tribunal de Garantías Constitucionales, pues las Cortes serían juez y parte. Se trataba de una decisión que entrañaba un golpe de estado, no de una mera cuestión de funcionamiento.
Alcalá-Zamora se mostró vacilante, contradictorio e incapaz de oponerse con energía a la maniobra. Indudablemente se sentía responsable de la situación creada --pues evidentemente lo era-- aunque no quisiera confesárselo, debido a su enorme vanidad. Para replicar a la acción del Frente Popular, que él mismo califica acertadamente de golpe de estado, carecía de apoyos, simplemente: la izquierda era en ese momento muy fuerte y agresiva, y la derecha detestaba al presidente por su responsabilidad en todo el proceso. El ejército, muy dividido, en general le detestaba también. Su destitución fue ilegítima e ilegal, pero al mismo tiempo tuvo algo de justicia poética: él había llevado al poder a la izquierda, y este le devolvía el favor como correspondía. Él fue el principal responsable de que la oportunidad abierta por el fracaso de la insurrección del 34, se convirtiese en una pesadilla. Si hay un responsable esencial de la guerra civil fue él, junto con Largo Caballero.
26 de Septiembre de 2009 - 10:18:35 - Pío Moa - 44 comentarios
El asentamiento inglés en el norte de América data de 1607, un siglo posterior al español, y durante ese siglo y el XVIII tomaron forma trece colonias inglesas en la costa oriental de Norteamérica, desde Canadá a Florida, expandiéndose en guerras con los indígenas, a quienes empujaban hacia el oeste, mediando a veces acuerdos pacíficos. Bastantes pobladores eran delincuentes, enviados allí como se haría a Australia, una política opuesta a la de España. Otros muchos, hasta la mitad y más, llegarían de Europa en régimen especial: para pagar el pasaje, la alimentación y el albergue a la compañía, podían ser vendidos y comprados, golpeados, trabajaban sin sueldo y no podían casarse sin permiso del amo. Estas condiciones siguieron en vigor décadas después de la independencia, y solo diferían de la esclavitud en que duraban entre tres y siete años. Tales circunstancias más la dureza de la vida en aquella tierra no auguraban un gran futuro, pero durante las décadas de los 30 y 40 del siglo XVIII ocurrió el Gran Despertar, una oleada de emotiva devoción religiosa de diversas confesiones, que quizá indujo cierto fanatismo, pero elevó el nivel de moralidad y cohesión social, y creó nuevas iglesias. Las prédicas solían insistir en la igualdad evangélica entre los hombres, proyectable a política, y la preocupación por una vida virtuosa y satisfactoria que sería una constante en la cultura que estaba fraguando.
La sociedad difirió pronto de la inglesa: el anglicanismo retrocedió ante el conjunto de las demás confesiones protestantes y una minoría católicos irlandesa; y el sistema aristocrático fue poco imitado. Londres miraba sin mucho aprecio a los colonos, excepto por el rendimiento económico de las plantaciones de tabaco, algodón, azúcar etc. Durante la Guerra de los Siete Años, los colonos habían contribuido a derrotar a los franceses de Canadá, y se sintieron vejados cuando el Parlamento inglés les impuso nuevos tributos para sostener tropas en América. Exigieron, pues, ser tratados como los ingleses de la metrópoli, tener representación parlamentaria y decidir sobre los impuestos. También les enojaba la tolerancia de Londres hacia los franceses de Québec, acordada en el tratado de París. Para entonces vivían en las trece colonias dos millones de blancos y medio millón de esclavos negros.
El conflicto empezó en 1773, con el asalto a tres barcos ingleses en Boston, cuya carga de té fue tirada al agua. Al año siguiente un congreso de colonos planteó la secesión y en abril de 1775 los británicos comenzaron a sofocar la revuelta. Dominaban el mar y las zonas costeras, y creían que los colonos se habían buscado la ruina; un general aseguró que le bastaría recorrer el territorio con mil granaderos para "castrar a todos los hombres, ya por la fuerza, ya con un poco de persuasión". Pero el interior resistía tenazmente, con guerra de guerrillas. Los rebeldes nombraron a George Washington jefe de sus tropas, atacaron por Canadá, tratando infructuosamente de extender la rebelión, y en 1776 proclamaron la independencia. Hasta otoño del 77 llevaron la peor parte, pero su situación mejoró al vencer a un ejército inglés en Saratoga. Enseguida les habían disfrutado de cuantiosa ayuda francesa en dinero y pertrechos, y pronto de la española, y Saratoga animó a París, ansiosa de revancha por la Guerra de los Siete Años, a declarar la guerra a Gran Bretaña a principios de 1778; al año siguiente lo haría España. Luego, también Holanda, que con enconadas divisiones internas, cosecharía serios fracasos.
Londres entendió que no ganaría directamente, y planeó una guerra indefinida a base de destruir y saquear las ciudades costeras, cerrar su comercio e incitar ataques de los indios, hasta que los colonos, sumidos en la miseria, volvieran al redil con "penitencia y remordimiento". Antes debía ajustar cuentas a Francia y España. Los británicos contaban con apoyo de bastantes colonos y de casi todos los indios y negros: 13.000 indios y 20.000 negros lucharon a su lado; y reclutaron hasta 30.000 mercenarios alemanes. Sin embargo, la prolongación del conflicto se volvió contra ellos. El corso rebelde rompió el bloqueo y capturó muchos barcos ingleses, los franceses lograron desembarcar una fuerza profesional de 14.000 soldados al mando de La Fayette, y los españoles ganaron una serie de batallas. En 1781 la flota francesa derrotó a la británica en Chesapeake y bloqueó a sus tropas, que, atacadas por las franco-americanas en Yorktown, hubieron de rendirse. Fue un combate mínimo, pero selló la contienda: la secesión fue oficializada en el tratado de Versalles de 1783.
Pese a su larga duración, la guerra fue poco sangrienta: unos 25.000 muertos cada bando. Los americanos tuvieron 8.000 en combate, en torno a 10-12.000 víctimas del maltrato en los infernales barcos-prisión británicos, y el resto por enfermedad. De los contrarios, la mayoría fueron alemanes, y 42.000 marineros ingleses desertaron, de unos 170.000 enrolados a lo largo del conflicto.
La ayuda española fue económica y material y, sobre todo, la intervención directa de Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana. Este facilitó el tráfico y movimiento de los rebeldes y cerró a los británicos la navegación por el Misisipi, a través del cual habrían podido tomar por la espalda a los colonos. Declarada la guerra, expulsó a los ingleses sucesivamente de Manchac, Bâton Rouge y Natchez, desbaratando una proyectada ofensiva inglesa sobre Nueva Orleáns, que les habría dejado expedito el Misisipi. Luego los dejó sin bases en la zona, venciéndolos en Mauvila (Mobile) y Pensacola, impidiéndoles maniobrar desde el sur. En 1782 capturó la base naval inglesa de las Bahamas y se preparaba para atacar Jamaica cuando llegó la paz. Sus campañas mantuvieron abierta una esencial línea de abastecimiento a los colonos, al paso que impedían a los ingleses rodearlos desde el sur y el oeste. En reconocimiento de sus méritos, Gálvez desfiló a la derecha de George Washington en el festejo de la independencia. Fue después un notable virrey de Nueva España.
El tratado de Versalles resarcía a España de sus anteriores reveses frente a Inglaterra: con escaso coste humano y material recuperaba Florida y zonas de Centroamérica, así como Menorca, de donde una operación franco española en 1782 había desalojado a los ingleses. Pero no recuperó Gibraltar, que había resistido un tenaz asedio. Francia no tenía interés en eliminar una causa permanente de fricción entre España e Inglaterra y el conde de Aranda decidió por su cuenta firmar la paz renunciando al peñón. Francia recobró varias islas antillanas y enclaves en Senegal, pero el coste de su intervención causó un alto endeudamiento público que contribuiría a desencadenar la revolución. A las trece ex colonias se les reconoció la independencia y expansión hasta el Misisipi, duplicando su extensión previa y causa de nuevas guerras con los indios, que se veían arrinconados hacia el oeste. La independencia iba a suponer mucho más que el simple nacimiento de una nación: una revolución política, cuya influencia no dejarían de crecer en el mundo, hasta desbancar, un siglo y medio después, la hegemonía mundial europea.
La lucha de las trece colonias planteaba a Madrid un crudo dilema. Aranda prefirió apoyarlas, porque con Londres resultaba imposible el entendimiento, y la amenaza inglesa a Hispanoamérica era más inminente. Floridablanca deseaba no intervenir y dejar que Inglaterra se desgastase, habida cuenta, además, del mal ejemplo servido a la América española y del peligro de que un retroceso inglés diera a Francia un poder excesivo. El nuevo país no era muy rico ni muy poblado, ciertamente menos de ambas cosas que, por ejemplo, Nueva España, pero ya el nombre adoptado, Estados Unidos de América, auguraba expansionismo, y Aranda reconoció enseguida su potencial: "Recelo de que la nueva potencia formada en un país donde no hay otra que pueda contener sus proyectos, nos ha de incomodar cuando se halle en disposición de hacerlo. Esta república federativa ha nacido, digámoslo así, pigmea, porque la han formado y dado el ser dos potencias poderosas como son España y Francia, auxiliándola con sus fuerzas para hacerla independiente. Mañana será gigante, conforme vaya consolidando su constitución y después un coloso irresistible en aquellas regiones. En este estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias y no pensarán más que en su engrandecimiento. La libertad de religión, la facilidad de establecer las gentes en términos inmensos y las ventajas que ofrece aquel nuevo gobierno, llamarán a labradores y artesanos de todas las naciones, porque el hombre va donde piensa mejorar su fortuna, y dentro de pocos años veremos con el mayor sentimiento levantado el coloso que he indicado".
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La revolución useña repercutió en Francia por dos vías: dejó a este país fuertemente endeudado, y su ejemplo alentó los ímpetus más radicales de la Ilustración francesa, a su vez la más radical de Europa: solo seis años después de la revolución de Usa estallaba en Francia otra revolución de estilo muy distinto.
La Revolución francesa no se debió a una situación de miseria ni de excesiva tiranía. El absolutismo ilustrado tenía poco que ver con el totalitarismo posterior: era la soberanía del monarca sobre los nobles y los parlamentos, pero no abarcaba a la mayoría de los aspectos de la vida personal, y Francia, como la mayor parte de Europa, estaba dividida internamente por aduanas, peajes, leyes, costumbres y dialectos diversos. Ello no le impedía ser un país bien cultivado y muy patriota, con una potente industria manufacturera, excelentes comunicaciones y administración ordenada, que admiraban a sus visitantes y era visto en España y otras naciones como un modelo. Había más miseria en los labriegos de Alemania, Italia o España, y solo un 17% de los campesinos carecían de tierra, en contraste con Inglaterra, donde la gran mayoría eran jornaleros y servidores de los latifundios señoriales.
En julio de 1788, Luis XVI, rey de Francia desde cuatro años antes y persona amable, reformista y poco represora, convocó los Estados Generales para el 1 de mayo de 1789, lo que se hacía por primera vez desde 1614, a fin de aprobar impuestos que sufragasen la deuda, y atender a quejas generales. No era buen momento, pues en los dos años anteriores un clima inhabitual habían arruinado gran parte de las cosechas y causado hambres (no solo en Francia); y desde 1786 la apertura del mercado a productos ingleses más baratos había causado numerosas quiebras, aunque se esperaba beneficioso a la larga; y los agitadores explotaban la inquietud social resultante. El gobierno había pedido ayuda económica a la Iglesia, que le fue negada (la Iglesia, como la nobleza, no pagaba impuestos, pero tenía a su cargo la mayor parte de la beneficencia e instrucción pública, y cada dos años entregaba al estado una considerable suma). Además, se difundían doctrinas que cuestionaban el orden tradicional. Así, los Estados Generales podían tener tanto efectos calmantes sobre la sociedad como lo contrario.
La convocatoria originó una marea de agitación reveladora de una profunda corrosión política. Los nobles querían debilitar la monarquía y recobrar su viejo poder, y no faltaban entre ellos y el clero personas de ideas revolucionarias, como también ocurría con el tercer estamento, el "popular" o burgués. Los monárquicos y el mismo rey mostraron una autodeslegitimadora actitud claudicante, pronto percibida por sus enemigos. Los Estados Generales, lejos de votar impuestos, afirmaron representar "la voluntad del pueblo", se proclamaron Asamblea Nacional soberana y constituyente, votaron la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y abolieron la distinción de estamentos en su seno. Era ya la revolución. En julio de 1789 empezó la agitación callejera y el día 14 las masas tomaron la Bastilla, degollaron al gobernador de la prisión, pasearon su cabeza en una pica, diversión que se generalizaría, y mataron o mutilaron a otros guardias; después, en el Ayuntamiento, asesinaron y destrozaron el cuerpo de un preboste. La toma de la Bastilla y liberación de sus presos se convirtió en un mito de la Revolución, quedando ese día como fiesta nacional francesa, tomando aquella prisión como símbolo de la odiosa opresión del antiguo régimen. Y en cierto modo lo era: los presos liberados fueron siete, cuatro falsificadores, dos perturbados y un pervertido. Poco antes había estado allí encerrado el marqués de Sade, cuyo nombre ha dado lugar al término "sadismo", y que excitaba a la gente desde una ventana, mintiendo que los presos estaban siendo decapitados dentro.
Danton, uno de los jefes revolucionarios, definiría la táctica: "Audacia, más audacia y siempre audacia", y en ello puede resumirse el proceso ulterior: medidas cada vez más radicales y terroristas que terminaron por costar la cabeza a sus mismos promotores. La Iglesia fue privada de todo poder (la mayoría del clero apoyó a la Asamblea, y un abate, Sièyes, fue uno de sus principales impulsores), y después expropiada para financiar el movimiento, creándose una enorme inflación por medio de la emisión masiva de "asignados", con respaldo teórico de los bienes confiscados; el rey fue llevado de Versalles a París por un cortejo de mujeres y gentes de los bajos fondos, encabezado por las cabezas de varios guardias enarboladas en picas. Desde muy pronto cundieron los clubes, centros de agitación, siendo los más extremistas los llamados jacobinos. Se prohibió huir del país, exponiéndose quienes lo intentaban a la pena de muerte (algunos de ellos agitaban en el exterior contra la revolución). La Constitución aún mantenía la forma monárquica, pero el rey, prácticamente confinado, intentó huir a Bélgica en junio de 1791, siendo capturado y devuelto a la capital. En septiembre, la Asamblea Constituyente dio paso a la Legislativa, convertida en un caos de disputas de facción.
No obstante, el fervor revolucionario en la calle mermaba, y para elevarlo el sector llamado girondino agitó en pro de la guerra contra las monarquías vecinas, a fin de "liberar a sus súbditos". Los jacobinos se oponían, pues temían perder la guerra y deseaban concentrar todas las fuerzas en radicalizar la revolución. El belicismo fue favorecido por la amenaza de Austria y Prusia de reimponer el viejo orden en Francia, por más que al mismo tiempo miraban con cierta satisfacción cómo el poderoso rival galo se destrozaba él solo. La Legislativa duró un año, y el 20 de septiembre de 1792 le sustituía la Convención, con el Comité de Salvación Pública como ejecutivo, la cual elaboró una nueva Constitución, ya republicana. Para llevar el proceso a un punto sin retorno, el rey fue guillotinado a principios de 1793. Inglaterra y España entraron en la guerra y la Convención replicó con la "levée en masse", reclutamiento general, que la dotó de un ejército más numeroso y fervoroso que los de los enemigos, y le permitió rechazarlos y ganar territorios. Para aumentar la provocación a las demás monarquías, también fue ejecutada en octubre la reina María Antonieta, tras un juicio especialmente farsante, en el que fue comparada con Fredegunda y Brunegilda (ver capítulo 12). Simultáneamente cundían las protestas por el hambre y luchas civiles en Francia, con mayor gravedad en La Vendée, atacada a sangre y fuego.
La Convención creía inaugurar una era radicalmente nueva en la historia, opuesta a la cristiana. Declaró divinidad a la razón (la Diosa Razón), entronizándola en la catedral de Notre Dame en la persona de una actriz. Sobresalió como líder Robespierre, deísta contrario al ateísmo de muchos de sus compañeros, por lo que implantó el culto al Ser Supremo, que debía sustituir al cristianismo. Los grupos dominantes trataron de cumplir la consigna volteriana "écrasez l´infâme", y desataron una persecución religiosa comparable a las peores de la antigua Roma. Se inventó un calendario con nombres de meses alusivos al clima y 1792 fue declarado Año Uno de la nueva era. Toda la historia anterior quedaba anulada y condenada, excepto los destellos o aspectos que pudieran asimilarse a precedentes de la revolución.
A Robespierre se le recuerda sobre todo por el período del Terror, durante diez meses entre 1793 y 1794, aunque el terror y las matanzas habían subrayado todo el proceso. Él opinaba que "castigar a los opresores de la humanidad es clemencia; perdonarlos es barbarie"; y tal como entendía la humanidad, los "opresores" podían ser cuantos no comulgaran con sus iniciativas, por lo que el terror se volvió contra revolucionarios radicales como Danton, Hébert, el genocida de La Vendée general Westermann, Desmoulins ("He aquí cómo acaba el primer apóstol de la Libertad", dijo ante el cadalso), y otros más. A Marat, conocido por sus libelos realmente sedientos de sangre, lo había matado la girondina Charlotte Corday, que a su vez fue guillotinada.El padre de la química, Lavoisier, sufrió la misma suerte cuando el juez especificó que "la República no precisa químicos ni científicos"...
Las víctimas de este período se han estimado entre 16.000 y 40.000. La revolución según la frase consabida, se devoraba a sí misma, pero la gran mayoría de las víctimas fueron gente común y trabajadores. Por fin, el 27 de julio (9 de termidor según el nuevo calendario) de 1794, una conspiración derrocó a Robespierre, que fue a su vez guillotinado después de un vano intento de suicidio, corriendo la misma suerte amigos suyos como Saint-Just. Quienes le derrocaron también habían ejercido ampliamente el terror.
Un año después Napoleón Bonaparte barrió con artillería a los partidarios de la Convención, que fue sucedida por un Directorio de cinco políticos, varios conocidos por su corrupción. Para mantenerse, el Directorio prolongó la guerra, pues, con el país arruinado, la paz traería de vuelta unos ejércitos a los que no podía pagar, mientras que en el extranjero vivían de expropiaciones y tributos a los naturales. En estas guerras ganó popularidad Napoleón. España, fracasados sus ataques a Francia, terminó en 1796 como aliada de esta y contra Inglaterra. La flota inglesa, en inferioridad numérica, derrotó a la española cerca del cabo San Vicente en 1797 aunque después se vio afectada por graves motines. Los revolucionarios conquistaron el norte de Italia, Holanda, Nápoles y zonas de Alemania, pero hacia 1799 retrocedían ante las rusas y austríacas mandadas por Suvórof. El 18 brumario (9 de noviembre) de ese año, Napoleón puso fin al Directorio y, propiamente, la Revolución francesa, iniciando un nuevo proceso en Francia y en Europa.
25 de Septiembre de 2009 - 13:28:59 - Pío Moa - 109 comentarios
Hoy, en Época:
¿AMIGOS DE LOS POBRES?
El himno La Internacional encierra casi toda la inspiración ideológica de la izquierda, así como sus pretensiones de hiperlegitimidad: en pocas palabras, los izquierdistas defienden los intereses de "los pobres", "de los parias", los "sin derechos" o con derechos puramente formales, frente a los capitalistas explotadores. En su forma de ver las cosas, la riqueza caería del cielo, por así decir, pero algunos sinvergüenzas y desalmados se la habrían apropiado, despojando de ella a la mayoría. La idea fecunda asimismo las denuncias sobre la "expoliación" que practicarían los países ricos contra los llamados subdesarrollados. Así, quienes dicen representar a la inmensa mayoría empobrecida creen tener una fuerza ética muy superior a la de los partidarios de la "injusticia social", y consideran legítimo atacar a estas por cualquier medio.
Pero la riqueza no cae del cielo ni nace del suelo. No son los bienes naturales sino el espíritu de empresa, innovador y arriesgado, que está muy desigualmente repartido, el que realmente crea la riqueza. A menudo oímos la queja de que los españoles se llevaron el oro de América a cambio de baratijas, sin pensar que para las rudimentarias economías indígenas el oro no tenía valor económico, sino puramente ornamental, y lo que para los españoles eran baratijas, para ellos eran objetos sorprendentes y nunca vistos. Por lo demás, a cambio del oro (y sobre todo de la plata), los españoles llevaron allí ciudades, universidades, imprentas, acabaron con religiones espeluznantes y formas de gobierno totalitarias, llevaron la ganadería y una agricultura mucho más avanzada... Algo así pasó en España con los romanos y el oro del Bierzo, por ejemplo. La relación de intercambio no ha sido tan mala como se dice, y las quejas recuerdan los ataques de Fidel Castro denunciando el "intercambio desigual y explotador" al que sometía Usa a Cuba. Sin embargo los castristas echan la culpa de los muchos males y miseria de su pueblo al embargo comercial useño que, según decían, expoliaba y empobrecía a la isla.
Desde luego, la realidad histórica ha sido inclemente con esos pretendidos amigos de los pobres. Allí donde han triunfado han generado no solo tiranías brutales y matanzas, sino también la división entre una capa privilegiada con tiendas especiales y acceso a los bienes del mundo burgués, y una masa condenada a sobrevivir con muy poco, racionada y a menudo víctima de hambrunas tan terribles como las de la URSS, la China del "Gran salto adelante", la de Etiopía, etc. Después de la guerra mundial se popularizó el "socialismo africano", también hubo un "socialismo árabe" y lo mismo en la India y otros países, no marxistas, pero inspirados en ideas afines. El resultado siempre fue la concentración del poder político en unas oligarquías burocráticas, la ausencia o fuerte limitación de las libertades, una gran corrupción y el estancamiento económico. La amistad hacia los pobres parece haber consistido en multiplicarlos. A veces se alegan excepciones como el socialismo sueco, pero este era fundamentalmente capitalista, y su riqueza venía de su potente y emprendedora capa empresarial (piénsese en sus numerosas multinacionales), que fue molestada, pero no asfixiada.
Por acabar en un terreno más próximo, cuando oímos a esos sindicatos cantores del himno del genocidio, creeríamos que saben perfectamente cómo crear mucho más empleo, más estable y mejor pagado... Mas casualmente ellos no lo crean, y sí multitud de cargos parasitarios. En suma, a los pobres suele irles muy mal con esos amigos que les llaman "emanciparse" luchando contra "el sistema". En cambio, a los tales amigos les va bien. La defensa de los pobres es un buen negocio, fíjense por ejemplo en lo que ha prosperado El País durante tantos años, aunque ahora le toquen vacas flacas, por haberle salido competidores también repletos de ese espíritu amistoso.
24 de Septiembre de 2009 - 07:40:29 - Pío Moa - 194 comentarios
**** Montoro justifica que el PP critique y apoye al Gobierno a la vez
Y tanto: al criticarlo, los señoritos del PP engañan a sus votantes haciéndoles creer que son una alternativa. Y al apoyarlo hacen lo que les pide el cuerpo, porque la diferencia entre ellos y el gobierno es nula, una vez el PP ha sido vaciado de cualquier sustancia intelectual, moral e ideológica. Con este maquiavelismo de perra gorda esperan asentar sus espaciosos traseros en las poltronas, lo único que realmente les interesa. El PP Futurista combate al gobierno haciendo lo mismo que él.
**** El PSE vota contra la disolución de los ayuntamientos de ANV
Es la colaboración con la ETA: tienen demasiado en común para abandonar sus "negocios". Aunque haya disgustos entre ellos, pasa en las mejores familias. Con los futuristas apoyando y haciendo como que no, según costumbre: el noviazgo con vistas al matrimonio, que dice Basagoiti. Noviazgo y matrimonio homosexual, se entiende.
**** Zapatero, en la ONU: "El cambio climático es una de las causas de la recesión"
El fulano es así de majadero. Pero un majadero iluminado y a su modo cómico, por contraste con el Futurista, que es solo un majadero anodino y pesado.
**** El PP preguntará al Gobierno por las "vacaciones" de las hijas de Zapatero "a costa de los españoles". Gran tema político. Pero es que los futuristas no dan para más.
**** Carlos Solchaga: "La situación de los parados no es tan dramática"
Por supuesto, no hay más que ver al propio Solchaga: quedó en paro como ministro, y ahí lo tienen tan pimpante, no se ha muerto de hambre.
**** El fin de "la persecución": el PP tampoco llevará su denuncia a Europa
Si era cierta la persecución, el gobierno delinquía. Si no era cierta, delinquía el PP al calumniar. En realidad los dos tienen razón y los dos delinquen.
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Blog:
* La ilegitimidad de la destitución de Alcalá Zamora deriva de que las Cortes que le destituyeron debían su existencia a la disolución impuesta por el presidente y que ellas mismas declaraban innecesaria. El sentido de las dos disoluciones era impedir que el presidente disolviese las Cortes arbitrariamente, lo cual se demostraba si el partido dominante en las Cortes anteriores volvía a ganar después de la disolución. Si hubiera ganado la CEDA le habría destituido legítimamente, porque habría quedado claro que la disolución había sido arbitraria. Pero al imponerse el Frente Popular, aplicar la destitución significaba declarar arbitraria la disolución anterior, gracias a la cual el Frente Popular había accedido al poder, y por tanto declarar implícitamente ilegítima la victoria del Frente Popular y justificar que la derecha hubiera continuado gobernando. Pero las izquierdas, prevalidas de su fuerza y capacidad de intimidación, no retrocedían ante sus propios absurdos.
La ilegalidad de la destitución deriva de que el conflicto de interpretaciones sobre la primera y la segunda disolución tenía que haberlo resuelto el Tribunal de Garantías Constitucionales, no una de las partes usando arbitrariamente su poder y declarándose de paso indisoluble. Ambas cosas constituían un golpe de estado, bastante más tosco que el que dio Hitler en su momento.
* Es cierto que el momento culminante de la tensión en Francia, próximo a la guerra civil, fue anterior al Frente Popular. Pero este no apaciguó los ánimos, sino que la tensión persistió. En realidad se fue calmando gracias a la guerra civil española, que hizo reflexionar un poco a las izquierdas. Estas simpatizaban con las izquierdas españolas, y les ayudaron de muchos modos... procurando al mismo tiempo que en Francia no ocurriera nada parecido. Los sucesos de España contribuyeron también a moderar a la población francesa, que mayoritariamente deseaba cualquier cosa menos el contagio.
* El nombre del asesino de Calvo Sotelo aparece a menudo como Luis Cuenca, menos frecuentemente como Victoriano. No he llegado a ver su partida de nacimiento, que es también un detalle de escasa relevancia, aunque bien está que señale el punto quien lo sepa con certeza. La implicación de Prieto iba mucho más allá de la presencia de pistoleros suyos en el grupo que secuestró a Calvo. Pensar que la muerte de Castillo fue el motivo de la de Calvo Sotelo en una acción espontánea e improvisada, es una ingenuidad. Fue solo el pretexto. Ver El derrumbe de la república o
http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/prieto-y-el-asesinato-de-calvo-sotelo-1411/18.html
* Ni los campos de prisioneros con trabajo esclavo ni las hambres provocadas, ni los fusilamientos en masa en la URSS de Stalin (y de Lenin) eran desconocidas en Europa en los años 30. Muy al contrario, había abundantes testimonios y su conocimiento era prácticamente generalizado. Otra cosa es que las izquierdas, incluida la socialdemocracia y los "progresistas", hicieran cuanto estaba en su mano por ocultarlo o justificarlo. Hitler por entonces no había realizado aún nada parecido, y aunque "apuntaba maneras", más bien se le reconocía haber acabado con el hambre y el paro masivo y comenzado una época de orden y prosperidad en Alemania, cuyos fallos solo se verían más tarde.
* Es dudoso que los anglosajones solos, o los rusos solos, hubieran vencido a la Alemania de Hitler. Fue precisa la colaboración de todos. El desprecio soviético por la vida de su propia gente aumentó enormemente el número de víctimas, pero al mismo tiempo varios de sus generales mostraron una competencia extraordinaria en las grandes ofensivas a partir de Stalingrado y, sobre todo, en Kursk y desde entonces, devolviendo a los alemanes la "guerra relámpago". Los rusos no solo tuvieron los mayores sacrificios, sino que hicieron la mayor contribución a la victoria. Cosa distinta es que la victoria soviética equivaliese a liberación de los pueblos ocupados, que pasaron de un totalitarismo a otro.
* La II República nunca recibió ayuda de Stalin. Fue el Frente Popular, precisamente, el que liquidó la legalidad republicana desde febrero de 1936, después de que sus principales partidos lo intentaran y fracasaran en octubre de 1934. Quien no distingue estas evidencias se ve inevitablemente llevado a enredos interminables. La II república fue una democracia extremadamente defectuosa, pero pudo haber corregido muchos de sus fallos tras las elecciones del 1933 y sobre todo tras la derrota de la insurrección izquierdista de 1934. El máximo responsable de que así no ocurriera después de octubre, fue Alcalá-Zamora
* Ciertamente el Frente Popular no fue antidemocrático por haber recibido ayuda (más bien dirección) de Stalin. Lo fue desde mucho antes, en la práctica desde que varios de los partidos que habían de formarlo empezaron a preparar el golpe de octubre de 1934. Y de siempre la ideología del PSOE fue totalitaria.
23 de Septiembre de 2009 - 09:05:31 - Pío Moa - 251 comentarios
22 de Septiembre de 2009 - 08:15:19 - Pío Moa - 153 comentarios
Con motivo del 75 aniversario de la insurrección izquierdista de 1934, el CEU va a organizar un congreso a primeros de octubre. He aquí un artículo publicado hace tiempo en La Ilustración liberal,que reproduce algunas tesis de Los orígenes de la guerra civil, reeditado este año.
Como se ha dicho a menudo, una ventaja de las democracias liberales, es decir, de las democracias, consiste en su capacidad para encauzar de forma impersonal los conflictos de intereses y creencias en la sociedad, a través de elecciones, libertades y separación de poderes, todo lo cual permite la alternancia en el poder de diversos partidos sin necesidad de recurrir a derrocamientos violentos. Naturalmente, esta democracia lleva implícita la condición de que la mayoría de la población prefiera la convivencia en paz y en libertad, y que los principales partidos respeten las normas democráticas básicas, tanto si están en el poder como si están en la oposición. Si esto no ocurre, la democracia corre serios riesgos de naufragar, o de no llegar a materializarse.
Dicho de otro modo: una democracia extiende sus beneficios, empezando por el de las libertades políticas, a todos los partidos, incluso a los que laboran activamente en contra de las libertades y demás reglas del juego. Estos últimos partidos juegan un papel parasitario, tratan de destruir la democracia mientras explotan abusivamente sus ventajas. Cae de su peso que su actuación sólo resulta tolerable en tanto no infrinjan masivamente la ley, no recurran a la violencia o no alcancen un influjo de masas tal que ponga en peligro el propio sistema. La experiencia dice que, por lo común, las mayorías prefieren la democracia y sus libertades y marginan a esos partidos, pero también que en ocasiones un partido o unos partidos antidemocráticos o totalitarios pueden alcanzar legalmente el poder para, desde él, y aprovechando su inmensa capacidad de presión, destruir el sistema. El caso de Hitler viene enseguida a la cabeza, así como el de algunas seudodemocracias latinoamericanas. También fue el caso, como veremos, del Frente Popular español.
Una idea errónea y peligrosa, pero bastante extendida, identifica la democracia, exclusivamente o de forma muy principal, con los votos. De este modo, un partido que reuniera los votos suficientes estaría autorizado para derrumbar los contrapesos liberales que impiden la expansión omnímoda del poder y destruir así, entre otras cosas, toda posibilidad de alternancia.
Tres mitos interpretativos
Merece especial atención el caso de la II República, por lo que nos concierne a los españoles, pero para examinarlo debidamente debemos arrumbar antes tres mitos o seudomitos interpretativos que han cuajado en la historiografía propagandística prevaleciente hasta hace muy poco y que ahora intentan oficializarse desde el poder.
Según el primer mito, la República nació como un proyecto de modernización de un país extremadamente atrasado y plagado de unas injusticias sociales extraordinarias. En realidad, en la época de la Restauración España ya había experimentado en todos los órdenes un crecimiento lento, pero sostenido y acelerado, superando el estancamiento anterior. Y durante la dictadura de Primo de Rivera el desarrollo económico y social cobró gran ímpetu, con lo que se empezó a acortar, por primera vez, la distancia con respecto a la Europa rica. En ese sentido, la República heredaba una situación excelente, aunque ensombrecida por la crisis mundial, y se veía libre, además, de los dos auténticos cánceres que habían destruido la Restauración: el terrorismo y el problema de Marruecos, aparte de los separatismos, que en 1923 habían estado a punto de recurrir también al terrorismo.
El segundo mito afirma que la República llegó ante todo como un proyecto democrático de izquierdas. Pero, de hecho, fueron los derechistas Alcalá-Zamora y Miguel Maura quienes organizaron a los dispersos e improvisados grupos republicanos y los empujaron a tomar el poder el 14 de abril de 1931. El proyecto de aquellas derechas, así como del republicanismo histórico de Lerroux, que se había moderado mucho, consistía precisamente en construir en España una democracia liberal. Era muy diferente, en cambio, el proyecto de las izquierdas... si puede hablarse de tal, ya que cada partido izquierdista tenía sus aspiraciones, a menudo incompatibles con las demás.
El tercer mito pretende que desde el primer momento la derecha, llamada indiscriminadamente "reaccionaria" o "fascista", conspiró para destruir el proyecto de democracia, adjetivado generalmente como "progresista y reformadora". En realidad, la República no llegó por sus propios méritos, sino porque la derecha monárquica, simplemente, le entregó el poder pacíficamente, después de unas simples elecciones municipales que, además, había ganado. La República comenzó, así, con nula oposición de unas derechas desorganizadas en aquellos momentos. Sólo empezó una reacción, muy tímida, después de las jornadas de quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza promovidas por las izquierdas e, indirectamente, por el nuevo Gobierno republicano; y después de los ataques y condenas demagógicas a Alfonso XIII, a quien, en realidad, debían el poder los republicanos. Y hasta el final de la República el grueso absoluto de la derecha se atuvo, como veremos, a la ley republicana, aunque no le gustase.
Actitudes ante la alternancia política
Como el tema de estos papeles es la alternancia política, empezaremos por examinar brevemente la actitud al respecto por parte de los diversos partidos. Como quedó indicado, aceptaban la alternancia pacífica, implícita o explícitamente, los republicanos de derecha y el partido centrista o moderado de Lerroux, el más importante, con mucho, de los republicanos. También aceptaba la alternancia el nacionalismo catalán de Cambó, cada vez más moderado y muy desconfiado hacia el nuevo régimen, del cual temía una pronta degeneración de la democracia en demagogia.
Por el contrario, entre las principales fuerzas de izquierda predominaba claramente la oposición a la democracia liberal, y por tanto a la alternancia. Su extremo lo encarnaban los anarquistas, los cuales habían contribuido con sus votos a la llegada de la República, no por identificarse con ella, sino porque la veían como un régimen débil, contra el cual podían luchar con más eficacia, a fin de acercar su comunismo libertario. Los anarquistas habían ofrecido muy poca resistencia a la dictadura de Primo de Rivera, de la cual salían desorganizados y sin fuerza de masas. Sin embargo, superarían su mala situación con rapidez sorprendente. En los primeros tiempos republicanos los anarquistas fueron mimados por el nuevo poder, y especialmente por los nacionalistas catalanes de izquierda, que les facilitaron una reorganización regional basada en buena parte en asesinatos y otras violencias contra los obreros disidentes. La luna de miel republicano-anarquista sería muy breve en Madrid, aunque se prolongase mucho más en Cataluña. En la propia CNT surgió una corriente partidaria de colaborar con la República, pero rápidamente se impuso el ala más radical, que se dedicó enseguida a sabotear el nuevo régimen mediante continuas insurrecciones y huelgas violentas. La CNT, en parte dirigida por la FAI, se convirtió en la principal central sindical del país, aunque sus peculiares métodos organizativos volvían su fuerza real muy inferior a lo que sugerían sus cifras de afiliados. Actitud parecida, inmediatamente revolucionaria, la adoptaron también los comunistas, aun si ellos seguirían siendo un partido marginal durante varios años.
Mucha más fuerza real tenían el PSOE y su sindicato, la UGT. Los socialistas habían destacado en la Restauración por su radicalismo, propenso a utilizar la violencia o a justificar el terrorismo, o a practicarlo, como en la huelga insurreccional de 1917. Según sus doctrinas, la democracia liberal no pasaba de constituir un régimen de explotación y opresión de los trabajadores, y las libertades, un engaño básico destinado a mantener desunidas a las fuerzas proletarias, que antes o después debían destruir la democracia que llamaban burguesa. Ello no les había impedido colaborar con la dictadura de Primo de Rivera, gracias a lo cual llegaban al año 1931 como el partido más numeroso, organizado y disciplinado, con diferencia. Tras algunas reticencias de Largo Caballero y, sobre todo, de Besteiro, el PSOE pasó a apoyar la República, considerándola, un poco al modo de los anarquistas, como un régimen débil que debía facilitar el paso, por las buenas o por las malas, al socialismo, es decir, a la dictadura del propio PSOE. Pero, al revés que la CNT, el PSOE tenía una estrategia inicial de colaboración con las izquierdas republicanas, para progresivamente desbordarlas y monopolizar el poder. No estaba claro cuándo llegaría la ocasión propicia, y diversos sectores del partido mostraron desde el principio su impaciencia, mientras otros preferían prolongar la colaboración con los burgueses de izquierda, a fin de avanzar en lo que llamaban "progreso".
Por tanto, los socialistas no se identificaban con la República en cuanto democracia liberal, sino en cuanto régimen utilizable para sus propios fines durante un período más o menos largo. Después vendría la dictadura socialista, que, en su opinión, o al menos en su propaganda, emanciparía a los trabajadores. Por eso el PSOE se consideraba representante natural de los obreros, al margen de la opinión concreta de ellos. Naturalmente, estas doctrinas no concebían la alternancia política con las derechas más que como un retroceso inadmisible en el camino a una revolución presuntamente liberadora.
En cuanto a las izquierdas republicanas, formaban cierto número de partidos pequeños y poco influyentes, a menudo hostiles entre sí, y cuyo punto común fundamental consistía en una radical hostilidad a la Iglesia. Entre ellos destacaba el de Azaña, los radicales socialistas y, en Cataluña, la Esquerra. Su postura con respecto a la alternancia podría resumirse en la idea expuesta repetidamente por Azaña: la República era "para todos los españoles", pero sólo podrían gobernarla legítimamente los republicanos, entendiendo por tales los afines al propio Azaña. Pero siendo los republicanos de izquierda, como decimos, partidos pequeños, indisciplinados y poco representativos, sólo podrían gobernar si se unían a otras fuerzas. Fue significativo que, en la primera disyuntiva que se presentó, Azaña prefiriese gobernar con los socialistas y no con los republicanos moderados de Lerroux. En realidad, la concepción de Azaña recuerda más al despotismo ilustrado que a una verdadera democracia, y se orientaba frontalmente contra las derechas, a las cuales aspiraba a reducir a un papel testimonial, pero legitimador del sistema.
Las izquierdas parecían convencidas de representar de modo natural a la gran mayoría del pueblo, y en sus esquemas políticos englobaban a las derechas como grupos "reaccionarios", una oligarquía retratada elementalmente como un conjunto de ricachos, curas y militares. Tales derechas, una vez perdido el poder, seguían suponiendo un peligro, sobre todo por la influencia popular de la Iglesia, de ahí la especial enemiga con que distinguieron a ésta desde el principio. Pero, en definitiva, los izquierdistas creían tener la mayoría asegurada, a condición de mantenerse unidos, por lo menos en las elecciones. De ahí que elaborasen una ley electoral especialmente beneficiosa para las mayorías, y tendente a reducir las minorías, es decir, la derecha, a la impotencia. En 1933, unos meses antes de salir del Gobierno, Azaña hizo aprobar una nueva ley electoral todavía más favorable a las mayorías, para alarma y protesta de la derecha, especialmente de la CEDA. Según Alcalá-Zamora, Prieto patrocinaba una ley mucho más abusiva, para reducir los perdedores a un papel meramente decorativo.
Por lo que respecta a las derechas, debemos señalar en primer lugar a los monárquicos. Éstos, después de las primeras persecuciones republicanas contra la Iglesia, Alfonso XIII y otros monárquicos, renunciaron a su tradición liberal y adoptaron una postura autoritaria, no lejana de la fascista, promoviendo la destrucción de la República incluso por medio de un golpe militar. Sin embargo, sólo constituían una minoría dentro de la derecha, y sus conspiraciones militares fueron generalmente tomadas a broma, y no sin razón, al estilo del tradicional golpismo militar republicano, que según Largo Caballero era digno de representarse en espectáculos de revista. Su inconsistencia la revelaría la acción de Sanjurjo, en agosto de 1932, en lo que tuviera éste de monárquico, o sus inoperantes acuerdos con Mussolini, en 1934.
No fue hasta entrado 1933 cuando las principales agrupaciones derechistas lograron fundirse en la CEDA, Confederación Española de Derechas Autónomas, dirigida por Gil-Robles y muy influida por la Iglesia. Al igual que los anarquistas y los socialistas, la CEDA no se identificaba con la República, pero, al contrario que aquellos, acataba el régimen y se proponía actuar dentro de sus leyes. Sus objetivos lejanos no estaban claros, y oscilaban entre la simpatía por el fascismo y el simple intervencionismo estatal al estilo británico. Su actitud general podía compararse con la del sector moderado del PSOE, liderado por Besteiro, que se declaraba marxista pero en la práctica era pacífico y respetuoso con las leyes y la posibilidad de alternancia.
Todavía más tarde, hacia finales de 1933, nacería la Falange Española, que, como el Partido Comunista, no pasaría de ser un grupo marginal hasta avanzado 1936. La Falange era lo más parecido a un partido fascista, y aspiraba, como los socialistas o los anarquistas, a destruir la democracia parlamentaria e imponer su poder más o menos omnímodo.
Dentro de la derecha cabe considerar también el secesionismo vasco, el cual, profundamente racista y antiliberal, sólo aspiraba a explotar la democracia para avanzar hacia la separación de lo que llamaban "Euskadi" e instaurar allí un régimen peculiar, de fuerte sesgo totalitario, con exclusión o marginación tanto de los demás españoles como de la mayoría regional no nacionalista. Es significativo que el PNV evolucionara desde sus acuerdos con el carlismo y con militares golpistas monárquicos a la colaboración con los revolucionarios y el sabotaje a los intentos unitarios de las derechas moderadas.
El destino de la República
Este repaso, aunque sumario, nos permite ver enseguida un panorama muy difícil para el asentamiento de una república democrática y, en consecuencia, para la alternancia de partidos en el poder. Y al mismo tiempo nos hace entender mejor el destino de aquel régimen, pues los partidos iban a gobernarse, en general, por sus enfoques ideológicos, mayoritariamente contrarios a las concepciones liberales.
En 1931, a los pocos meses de establecida la República, las elecciones dieron a las izquierdas una abrumadora mayoría, y durante dos años dirigió el país una coalición republicano-socialista. Desarrolló ésta una serie de reformas teóricamente orientadas a mejorar la situación de los trabajadores y las capas más pobres de la población, y a resolver otros problemas, pero sus efectos resultaron dudosos o contraproducentes.
El mal resultado se debió en parte a la crisis económica mundial, pero se agravó aquí por unas medidas ineficaces y lastradas por la demagogia y la ineptitud de los republicanos, tan vívidamente descritas por Azaña. Así, el hambre aumentó hasta los niveles de principios de siglo, la delincuencia común y la política se multiplicaron, la iniciativa privada se paralizó y las tensiones sociales se exacerbaron, causando cientos de muertos. La reforma agraria quedó en casi nada; las mejoras en la enseñanza, nada espectaculares, quedaron neutralizadas por los ataques a la educación católica; el estatuto de Cataluña no solucionó el problema inducido por los nacionalistas, pues éstos lo vieron sólo como una plataforma para seguir avanzando en un horizonte que concluía en la secesión. Las reformas militares, aunque necesarias, desmoralizaron y politizaron al Ejército. La represión de las insurrecciones anarquistas dio lugar a episodios como la matanza de campesinos, por la republicana Guardia de Asalto, en Casas Viejas...
Tan reiterados fracasos ocasionaron el triunfo electoral del centro derecha en las elecciones de noviembre de 1933, por una fuerte mayoría de cinco a tres millones, en cifras muy redondas. Beneficiándose de la ley electoral izquierdista, ganaban sus adversarios: un partido básicamente democrático, el Radical de Lerroux, y, sobre todo, la derecha moderada de Gil-Robles, la cual renunció a su derecho a gobernar entonces, a la espera de que las pasiones políticas fueran cediendo.
Sin embargo, las pasiones cobraron más calor. Las izquierdas reaccionaron con el mayor esquematismo, de acuerdo con sus doctrinas básicas. El triunfo derechista sólo podían interpretarlo como un retroceso intolerable en sus aspiraciones progresistas o emancipadoras, y la voz de las urnas fue rechazada de plano. Los republicanos de izquierda, de Azaña en adelante, intentaron el golpe de estado que impidiese la reunión de las Cortes resultantes de las elecciones y preparase una nueva consulta electoral con garantía de victoria para ellos. La Esquerra catalana se declaró directa y textualmente en pie de guerra. Los anarquistas desataron su insurrección más sangrienta hasta la fecha.
Pero la reacción más peligrosa fue, con mucho, la de los socialistas, debido a que su partido era, no debe olvidarse, el más potente de la Rpública, y por tanto sus decisiones tenían un carácter decisivo. Ya desde el verano, y estando todavía en el Gobierno al lado de Azaña, venían imponiéndose en el PSOE quienes creían llegado el momento histórico de abandonar la colaboración con los republicanos y lanzarse a la revolución. El sector legalista de Besteiro se opuso, pero en vano. Ante el tremendo revés electoral, el PSOE se radicalizó aún más. El sector llamado "bolchevique" o "leninista", dirigido por Largo Caballero y apoyado por Prieto, marginó a los besteiristas por medio de maniobras y ataques internos, tras lo cual formó, en enero de 1934, un comité secreto para preparar la revolución, concebida literalmente como una guerra civil.
1934, punto de no retorno
En el verano de 1934 las izquierdas promovieron una oposición desestabilizadora contra los gobiernos centristas. La derecha y los propios lerrouxistas fueron acusados, con falsedad deliberada e incesante, de fascistas. Los socialistas lanzaron una huelga general del campo durante la cosecha, que arruinaría ésta y desataría un hambre masiva. Fueron incendiadas las mieses en diversos lugares, y asesinados jornaleros que querían trabajar, pero la enérgica reacción del Gobierno frustró la intentona. A continuación, los nacionalistas catalanes impulsaron un clima de rebelión, con pretextos nimios, y utilizaron las facilidades legales para organizar una insurrección armada en Cataluña. Azaña, de acuerdo con ellos, intentó un segundo golpe de estado, que fracasó porque requería la cooperación del PSOE y éste había decidido luchar no por un nuevo Gobierno izquierdista burgués, sino por la dictadura del proletariado, es decir, del propio PSOE. A continuación se sumó el PNV a la oleada desestabilizadora, con lo que se llegó a septiembre en una situación extrema de desobediencia y desafío a la legalidad.
El polvorín terminó estallando a principios de octubre, cuando la CEDA resolvió por fin hacer uso de sus derechos democráticos y entrar en el Gobierno, si bien de forma muy tímida. Esta decisión, legal y legítima, fue utilizada por las izquierdas como el pretexto para desatar la guerra civil. Participaron en la insurrección los socialistas y los nacionalistas catalanes, más los comunistas y algunos sectores anarquistas, con el apoyo político de las izquierdas republicanas. Se trató, por tanto, de un asalto generalizado a un Gobierno legítimo, básicamente republicano de centro, salido de un triunfo indiscutible en las urnas y que en todo momento había respetado la ley.
La insurrección fracasó al no lograr apoyo de masas, excepto en una parte de Asturias, donde durante dos semanas se materializó una verdadera guerra civil. El resultado fueron 1.400 muertos y cuantiosos daños materiales en 26 provincias, además de destrucciones invalorables en el patrimonio cultural e histórico del país.
Al atacar las izquierdas la legalidad republicana establecida por ellas mismas, la derecha tenía la ocasión perfecta para replicar con un contragolpe desde el poder y aniquilar a sus enemigos y a la misma República. La CEDA no estaba conforme con una Constitución republicana no consensuada sino impuesta por el rodillo izquierdista, y pensaba reformarla por la vía legal. Además, Gil-Robles hizo ocasionalmente declaraciones contra el parlamentarismo y la democracia liberal, si bien muchas menos que las de las izquierdas. Por lo tanto, el peligro de una reacción que aniquilase de una vez el experimento republicano pareció real a muchos, dentro y fuera de España.
Sin embargo, la CEDA demostró en la ocasión su verdadero carácter: defendió una legalidad que no le gustaba, invocando textualmente las libertades, y la represión fue muy inferior a la realizada por otros gobiernos europeos contra intentonas similares.
La derrota pudo cambiar los enfoques de las izquierdas con respecto a la ley y a la alternancia política, pero no ocurrió nada parecido. Su radicalismo se exacerbó, el episodio de guerra civil fue ensalzado como un hecho heroico, las derechas fueron calificadas todavía con más intensidad de "fascistas" y se desató una tremenda campaña nacional e internacional contra las atrocidades de la represión derechista, en su gran mayoría inventadas o exageradas sin tasa.
Las izquierdas sacaron de su fracaso lecciones contra la democracia. Acordaron volver a las elecciones unidas en un bloque, para, si lograban el poder, reformar el Estado a fin de impedir cualquier posibilidad de vuelta de las derechas al poder.
Y así ocurrió. En febrero de 1936 ganó el que sería llamado "Frente Popular", en unas elecciones muy anómalas pero cuyo resultado aceptó la CEDA, en otra muestra de respeto a la alternancia, aun si ese respeto venía, en la ocasión, más del pánico que de convicciones razonables. En fin, habían ganado los mismos que se habían rebelado en 1934, que seguían jactándose de ello y que habían amenazado en su propaganda electoral con el exterminio de la derecha. ¿Qué iba a ocurrir? La derecha se aferró a Azaña como último valladar frente al renovado impulso revolucionario.
Pero la esperanza en Azaña iba a verse defraudada. La ley empezó a aplicarse desde la calle, por medio de tumultos, se reorganizaron las milicias y el terrorismo de partidos y cundieron los asesinatos, los incendios de iglesias, los asaltos a sedes y periódicos de la derecha, las huelgas violentas e interminables, etc. Ahora bien, la proliferación de las violencias y amenazas no causó directamente el hundimiento del régimen, pues cualquier Gobierno puede tener que afrontar graves desórdenes sin por ello deslegitimarse. La clave del desastre fue que el Gobierno, lejos de cumplir y hacer cumplir la ley, colaboró de hecho, o amparó, los movimientos revolucionarios, y al mismo tiempo impulsó por su cuenta un rápido proceso de destrucción de la legalidad.
Azaña declaró que el poder no saldría ya de manos de la izquierda, y a tal fin procedió a liquidar las reglas del juego democrático para pulverizar a la derecha y transformar la democracia liberal en algo parecido a la seudodemocracia del PRI mejicano, muy admirado por las izquierdas revolucionarias españolas. En muy pocos meses asestó tres golpes decisivos a la legalidad. En primer lugar, promovió una arbitraria "revisión de actas" para reducir a la inoperancia la representación parlamentaria de la CEDA; en segundo lugar, destituyó ilegítimamente al presidente derechista Alcalá-Zamora, a quien, en rigor, debían el poder las izquierdas; y, en tercer lugar, procedió a la depuración de diversos aparatos del Estado y, especialmente, al control del poder judicial, sometiéndolo a comités de vigilancia izquierdistas.
Estos dos movimientos, desde la calle y desde el poder, arrasaron el proyecto inicial republicano de una democracia liberal, culminando en el asesinato de Calvo Sotelo, que condensa todas las peculiaridades del período: la policía actuando como un grupo terrorista en colaboración con las milicias del PSOE. Contra la versión habitual, no fue la guerra lo que destruyó la democracia, sino que la destrucción previa de la democracia ocasionó la guerra. No quedaba posibilidad de alternancia ni de simple convivencia en paz. Fueron las izquierdas, básicamente, quienes acabaron con el proyecto demoliberal de la República y provocaron una guerra que estaban seguras de ganar, pero que terminaron perdiendo.
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**** Advierte Esperanza Aguirre que Zapatero puede recobrarse si el PP no da la “batalla ideológica”. ¿La dará en inglés, que como sabemos es una lengua muy útil e imprescindible, gracias a lo cual está desplazando al español de la cultura superior y de otras culturas? ¿Pondrán en acción a “la nena angloparlante" rajoyana? ¿O al menos la harán en bilingüe para que se enteren un poco los incultos, que todavía hay muchos? Por cierto, ¿cuál es la ideología actual del PP? ¿La de “la economía lo es todo”, la nena angloparlante, el futurismo, los estatutos imitando al catalán, el matrimonio homosexual, el olvido del 11-m, y sobre todo el afán de despachos y poltronas? ¿Hay más cosas que no sabemos?
****Dice Ibarra que hay dirigentes socialistas "capaces de perder la dignidad y la vergüenza". ¡Y hasta los cien años de honradez, Ibarra, y hasta los cien años de honradez! Nada hay más cómico que estos liderillos sociatas en plan digno. Ni Al Capone...
**** El País dice que Manzano "ayudó a solucionar el caso del 11–M"
Palabra del Sindicato del Crimen.
**** El etarra Txeroki ya está en España para responder por sus crímenes
¿Ante sus amigos del "diálogo"?
**** Delgado: "Hay un rumbo ideológico equivocado en el PP balear" Solo en el PP balear.
**** Los hondureños: "Lo hubiéramos esperado de otros; no de España, no de la madre patria"
Nada de la madre patria. De Zapo y su banda. De los enterradores de Montesquieu, del GAL, de Rumasa, de Filesa, la corrupción, la colaboración con la ETA, la crisis negada...
****En la crítica a Juanes y demás titiriteros del totalitarismo hay siempre un equívoco: parece que se trata de aclararles lo que es el régimen castrista. Pasa como con los hagiógrafos de Negrín y el Frente Popular en España. No hay nada que aclararles, saben perfectamente de qué va la cosa. Lo que ocurre es que les gusta. Les gusta que lo sufran otros, evidentemente.
20 de Septiembre de 2009 - 08:38:11 - Pío Moa - 153 comentarios
El Imperio español en América siguió expandiéndose y se fundaron nuevas ciudades. Con la entrega de Luisiana por Francia, más de la mitad de la actual Usa estaba bajo el poder –al menos nominal– de España. Ante noticias de avances rusos desde Alaska e ingleses desde Canadá, Madrid fomentó las exploraciones y fundaciones por la costa norteamericana del Pacífico. El mallorquín Juan José Pérez llegó a la isla de Nutka, al lado de Vancouver, y otra expedición alcanzó las Aleutianas, confirmando la expansiva presencia rusa. Los contactos entre España y Rusia siempre habían sido muy escasos, y curiosamente se producían ahora al otro lado del mundo, con amenaza de choque. En 1789 el sevillano Esteban José Martínez se estableció en Nutka, apresó algunos barcos británicos que trataban de establecerse allí, y poco después se construyó un fuerte guarnecido por una compañía de voluntarios catalanes; pero Madrid ordenaría abandonar el puesto en 1795, ante su excesiva lejanía y dificultad de defensa.
También se realizaron numerosas exploraciones científicas por América y el Pacífico, las más destacadas las de Antonio de Ulloa y Jorge Juan, y la de Alejandro Malaspina. Este, marino italiano al servicio de España, que participó en acciones navales en el norte de África y contra los británicos, hizo varios largos viajes a las Filipinas,y en especial dirigió en 1789 una expedición científico-política por las posesiones españolas y el Pacífico, en emulación de los viajes del inglés James Cook en los años 60 y 70, o del francés La Pérouse en los 80. Su propósito era hacer observaciones astronómicas y estudiar la geología, ríos, botánica y zoología de aquellos territorios, así como su situación política. La expedición, con expertos en diversas ciencias naturales, pintor, dibujante y cronista, exploró desde el sur de Argentina y Chile hasta Alaska, buscando un paso por el norte entre el Atlántico y el Pacífico, siguió hacia Filipinas, islas de la Sonda y sur de Nueva Zelanda, cartografiando zonas desconocidas, y desde Australia volvió a España por el sur de América. Su labor cartográfica y científica no desdice de la de sus predecesores ingleses y franceses, y no menos interés tienen sus observaciones políticas.
Aspecto relevante de la colonización española fueron las "reducciones" en varias zonas de América, con las que los misioneros ensayaban una especie de utopía semicolectivista y sin los vicios de los blancos. Varias de estas misiones fueron destruidas en Paraguay por los bandeirantes portugueses que desde mediados del siglo XVII salían de Sao Paulo para cazar y esclavizar indios. A fin de proteger a sus comunidades, los jesuitas organizaron eficaces milicias indígenas y experiencias sociales llamativas, de las que quedan ruinas impresionantes en las selvas de Paraguay, Argentina y Brasil. Los naturales fueron instruidos en diversos oficios y artes, pintura, tallado de la piedra, con mucha atención a la música, etc., construyeron verdaderas ciudades y alcanzaron una notable prosperidad, experiencia que llamó la atención en Europa. Voltaire, con su habitual desenvoltura, tildaría las reducciones de esclavistas cuando, entre otras cosas, libraban a los indígenas de las razzias esclavizadoras. En realidad consistían en una tutela benévola, en cierto modo la experiencia más acabada del despotismo ilustrado. La comunidad reproducía algo del orden de los monasterios, con horarios y trabajo reglamentados, propiedad mayoritariamente colectiva (casas, huertos y bienes particulares privados). La tradición india de obediencia a los caciques facilitaba aquel tipo de sociedad que, a su modo, fue un gran éxito. Los misioneros no llegaba al centenar, pero gobernaban a unos 150.000 indígenas, y durante el siglo y medio que duraron no hubo rebeliones ni disturbios, y casi ningún indio volvió a la selva, pese a sus costumbres nómadas. Estos logros despertaban recelo y envidia en diversos medios coloniales, y finalmente los jesuitas fueron expulsados. Entonces quedó de relieve el talón de Aquiles del ensayo: no se había consolidado una sociedad autónoma, y en poco tiempo la mayoría de los indios se dispersó y volvió a sus antiguos hábitos, mientras otros eran perseguidos o esclavizados o emigraban para vivir de sus destrezas artesanas. Y las tierras eran ocupadas por latifundistas o caían en el abandono.
Otras experiencias notables fueron las dirigidas por el franciscano mallorquín Junípero Serra, que en 1743 daba clases en la Universidad Luliana de Mallorca, y en 1749 salió para Nueva España (Méjico) con veinte cofrades. Estuvo nueve años en Querétaro, dedicado a predicar a los indígenas y a enseñarles labores agrícolas, hilado y tejido. Tras la expulsión de los jesuitas, varios franciscanos fueron enviados a sustituirles en el peligroso territorio de los apaches, tribu guerrera refractaria a la civilización que atacaba tanto a los españoles como a otras tribus. Junípero marchó a aquellas tierras de California en 1768, y en quince años fundó nueve misiones a partir de la de San Diego. La táctica consistía en establecerse, atraerse a los indígenas que se les acercaban por curiosidad, y enseñarles doctrina cristiana junto con técnicas agrícolas, ganaderas, de construcción, y a las mujeres textiles y culinarias. De las misiones de Junípero y de otras, saldrían varias de las ciudades más importantes de California, como Los Ángeles o San Francisco. Junípero fue beatificado en el siglo XX, pero algunos grupos progresistas se han opuesto a su canonización alegando que explotaba y castigaba físicamente a los indígenas, cosas no muy probables tratándose de apaches.
A lo largo del siglo, el Imperio español se transformó considerablemente. De hecho, se fue convirtiendo en un verdadero imperio desde su original concepción como Monarquía hispánica. Como quedó indicado, esta se diseñó sobre la base de una igualdad, como súbditos de la corona, de los naturales y los españoles, la garantía a los primeros de vastas extensiones de tierra, los "resguardos", donde podían vivir según sus tradiciones, con una economía colectivista, y una sostenida labor evangelizadora. La corona ejercía vigilancia, más o menos eficaz, pero real, contra los abusos económicos y físicos de los colonizadores. Tal concepto difería del ilustrado propio de los imperios inglés, holandés y francés, de escaso esfuerzo cristianizador, en los que primaba absolutamente el interés económico, sin idea de derechos a los colonizados. Sus colonias eran administradas por grandes compañías que recibían el monopolio sobre el comercio y la producción, a cambio de sustanciosas aportaciones a la corona.
Durante el siglo XVIII este mismo diseño se fue incorporando a España, presionada por Francia, mientras los economistas ilustrados se planteaban por qué España se lucraba tan poco de su imperio, cuando Francia obtenía tan pingües ganancias solo con sus plantaciones antillanas. Felipe V concedió el monopolio de la trata de negros a la Compañía Real Francesa de Guinea, que redondeaba su ganancia comprando con ella productos americanos para venderlos en Europa.Esta y otras iniciativas francesas para hacerse con el control del comercio americano encontraron una resistencia pasiva y boicot de los comerciantes y autoridades españolas. A consecuencia del tratado de Utrecht, el monopolio de los esclavos pasó a la Compañía Inglesa del Mar del Sur. Al mismo tiempo se extendían las plantaciones especializadas en determinados productos, por lo que la demanda de esclavos experimentó un fuerte auge: durante el siglo XVIII fueron trasladadas en tal condición, de África a América, en torno al doble de personas que en los dos siglos anteriores juntos.
En este nuevo imperialismo, las Leyes de Indias y los resguardos estorbaban a la monarquía y los colonos, pues restringían la mano de obra e imponían jornadas cortas, salarios relativamente altos y otras condiciones poco rentables de inmediato. Así, la corona fue cambiando discretamente la vieja política: vendió a bajo precio las tierras de realengo, donde vivía bastantes gente, que fue desalojada, con lo que se extendieron los latifundios; y los resguardos fueron poco a poco reducidos. La anterior situación de mano de obra escasa cambió a otra de población flotante sin recursos y forzada a trabajar en casi cualquier condición, y compuesta de indios y también de criollos y españoles pobres. Los afectados enviaron cartas de protesta a la corte, pero esta prefería ahora a los plantadores y grandes compañías, y no respondió a las quejas. También se intentaba mantener el monopolio comercial español, cada vez más difícil porque el país, pese al aumento de su producción manufacturera, no podía atender las demandas del mercado americano, lo que irritaba a la oligarquía criolla y estimulaba el contrabando.
Ulloa y Jorge Juan expusieron en sus Noticias Secretas de América, de 1748, abusos generalizados, la pésima situación de los indios despojados de tierras, la baja moralidad del clero, la enemistad entre criollos y europeos. El descontento se expresó entonces en las primeras revueltas de importancia, criollas e indias, desde la conquista. Una de las grandes empresas, la Compañía Guipuzcoana de Venezuela, destacó por su eficacia comercial y en la represión del contrabando holandés, y en acciones contra los ingleses, pero despertó la ojeriza de los líderes criollos, que la acusaban de actuar despóticamente como un estado dentro del estado, y de rebajar los precios del cacao. La compañía tenía el monopolio comercial con Venezuela, y los criollos se sentían postergados, reducidos a auxiliares o constreñidos a condiciones leoninas en el intercambio. En 1749 estalló una sublevación contra ella en Caracas, dirigida por Juan Francisco de León, que fue embaucada por la autoridad virreinal y luego aplastada militarmente en 1752.
Más graves fueron las revueltas ocurridas en Perú y Bolivia. Según observadores como Humboldt, los indios mostraban sólida lealtad a la corona española, su defensora tradicional frente a la avidez de europeos y criollos, pero esa lealtad sufría con la nueva política. En 1780, el mestizo José Gabriel Condorcanqui tomó el nombre de Tupac Amaru II y se proclamó "Don José I, por la gracia de Dios Inca del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continente, de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas, con Dominios en el Gran Paititi, Comisionado y Distribuidor de la Piedad Divina por el Erario sin par...", y arrastró a miles de indios. Simultáneamente buscó atraerse a los criollos afirmando que había sido comisionado por el rey Carlos III para acabar con las injusticias y mal gobierno, y les proponía "vivir como hermanos y destruir a los europeos" mediante "guerra viva y sangre y fuego", declarándose también "Virrey de Lima". Los rebeldes ejecutaron públicamente a un corregidor y "se revolcaron literalmente en la sangre de españoles", resume Madariaga en su libro sobre el Imperio español. Otro alzamiento en Bolivia al mando del aimara Tupac Catarí, que se proclamó también inca y virrey, y prohibió usar el castellano bajo pena de muerte, estuvo cerca de tomar La Paz y cometió atrocidades semejantes a las de Tupac Amaru. Antes de dos años estas rebeliones quedaron vencidas, y sus dirigentes ejecutados con la misma crueldad espeluznante usada en Europa.
Hacia mediados de siglo, los habitantes de la América hispana estarían entre los 10 y los 13 millones, y a finales, entre 13 y 16, cifras siempre muy estimativas. Salvo en las Antillas y costa venezolana, los indios predominaban, escasamente europeizados salvo por la religión, y a veces no civilizados. Solían vivir en una "república" aparte, socavada como hemos visto en el siglo XVIII; los mestizos de blancos e indios eran también muy abundantes y se movían más bien en el ámbito de la sociedad blanca, en posición inferior. Los negros tenían presencia sobre todo en el área del Caribe, con un número considerable de mulatos. Los criollos ("españoles de América"), de origen europeo nacidos en las Indias, a veces de muchas generaciones atrás, predominaban en la mayoría de las ciudades y en algunas regiones: a lo largo de los siglos XVI y XVII habrían llegado al continente entre 300.000 y 700.000 (las estimaciones difieren mucho) y acaso hasta 600.000 durante el XVIII. Con la natural procreación –mestiza en parte– debían de formar una masa considerable. Junto a ellos estaban los españoles llegados recientemente, cuyas relaciones con los criollos eran solían ser poco afectuosas.
La capa superior criolla había formado una oligarquía o patriciado culto y muy rico, que llevaba una vida lujosa a la europea, envidiada por muchos europeos visitantes, y acogía las ideas de la Ilustración, en especial las procedentes de Francia. Esa oligarquía miraba con resentimiento a los españoles recientes que ostentaban los principales cargos políticos, inquina que extendían a los demás. No aspiraban a la separación, sí a mayor autonomía y a ser tratados como los españoles de la metrópoli, cosa difícil al tomar cuerpo la nueva concepción colonial.
La sociedad hispanoamericana perdía estabilidad, y en Madrid se especulaba sobre el modo de afrontar el porvenir. El conde de Aranda, por ejemplo, propuso que la corona retuviese a Cuba, Puerto Rico y alguna zona suramericana como base comercial, distribuyendo el resto en tres reinos con monarcas de la casa de Borbón española. El rey de España quedaría como "emperador". Malaspina, en un informe secreto, propuso una división similar en el continente y Filipinas, formando una confederación con España, cuyo lazo fundamental sería el comercio; solución poco realista cuando España solo abastecía a las Indias de un 10% de los artículos manufacturados. El informe le valió el recelo de Godoy y un proceso. La política adoptada sería una progresiva apertura del comercio desde 1765, eliminando la exclusividad de Sevilla a favor de ocho puertos más, y después doce, hasta admitir a otros países en algo aproximado al libre comercio, lo cual tuvo efectos desiguales.
En cualquier caso, la evolución general, las influencias ilustradas –particularmente de Rousseau– y la rivalidad con Inglaterra auguraban un futuro muy distinto del pasado.
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**** El caso de Nerea Alzola: http://www.espana-liberal.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1431:con-nerea-alzola&catid=2:general&Itemid=10
19 de Septiembre de 2009 - 10:07:54 - Pío Moa - 149 comentarios
Podemos distinguir en el siglo XVIII dos grandes períodos: hasta 1775, comienzo de la Guerra de Independencia de Usa, y desde esa fecha hasta 1815, final de las guerras napoleónicas, cuando tomaron cuerpo consecuencias imprevistas de la Ilustración. En el primer período, lejos del ideal de paz perpetua, Europa sufrió dos grandes guerras de sucesión, además de la española: la polaca (1733-38) y la austríaca (1740-48), que, como la española, se generalizaron. En las dos tuvo España participación importante, como la tendría en la independencia de Usa. Menor incidencia tuvo sobre España la Gran guerra del norte, en el Báltico (1700-1721), y considerable la de los Siete Años (1756-63). Estas contiendas remodelarían los mapas políticos de Europa y América, de la India, acabarían provisionalmente con la expansión colonial francesa y definirían a Inglaterra como primera potencia mundial, mientras Francia, siempre rica y fuerte, caminaba hacia la revolución.
El peso de España como gran potencia, aunque secundaria, derivaba de su imperio (al igual, pero más acentuadamente, que ocurría con Holanda y Portugal), de su flota, que, una vez recompuesta, pudo rivalizar en ocasiones con la inglesa, y de su capacidad para obtener victorias en el viejo escenario italiano y en América frente a Inglaterra.
Del Tratado de Utrecht salió España estrechamente aliada a Francia, donde, desde 1715 reinaba Luis XV, sucesor del Rey sol. En 1733, ante la Guerra de Sucesión polaca, ambos países firmaron el primer Pacto de familia, dirigido contra los Habsburgos, que querían imponer a Augusto III, su candidato en Polonia y se vieron poco asistidos de sus aliados Inglaterra y Holanda, aunque contaron hasta cierto punto con Rusia. Al final se impuso el candidato de los Austrias; Polonia quedó constreñida entre sus potentes vecinos; Francia ganó la Lorena y España recobró indirectamente las dos Sicilias (la isla y Nápoles) que había cedido a Austria en Utrecht, y que quedaban gobernadas por el futuro Carlos III, hijo de Felipe V. Rusia fue reconocida como gran potencia.
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El arreglo final, en 1738, no trajo la paz a Centroeuropa. Dos años después, mediante una "pragmática sanción", la ley sálica, que prohibía reinar a mujeres, fue abolida en Austria, a favor de María Teresa, hija del emperador Carlos VI. Prusia y Francia juzgaron inválida la medida para, con tal pretexto, debilitar aún más a los Habsburgo, originando una nueva conflagración europea que opuso a Inglaterra, Rusia, Holanda y Austria contra Francia, Prusia, Suecia y España.
Para España, el conflicto tuvo principalmente carácter naval contra Gran Bretaña, que miraba las posesiones españolas en América como un botín que podría caer en sus manos, como había ocurrido con buena parte del Canadá francés. Muerta la reina Ana en 1714, sin descendencia, fue llevado al trono el príncipe alemán de Hannover Jorge I, que no se molestó en aprender inglés, pero reinó hasta 1727. Apenas nombrado, hubo de aplastar una rebelión jacobita en Escocia (unos rebeldes fueron ejecutados y otros enviados como esclavos a las colonias). Una nueva rebelión en 1719 dio pie a un intento de invasión española, desbaratado por los temporales: solo 300 soldados hispanos arribaron a Escocia, y fueron vencidos junto con los highlanders. Fue la última presencia de tropas extranjeras hostiles en Gran Bretaña. Con Jorge I decreció la intervención directa del rey, siendo el primer ministro Robert Walpole, propicio al entendimiento con España, quien dirigió la política. El nuevo rey, Jorge II, también nacido en Alemania, y el Parlamento, deseaban la guerra con España, con vistas a apoderarse de parte de América, y Walpole se vio arrastrado al conflicto.
Desde Utrecht, los ingleses tenían autorizado un "navío de permiso" anual para comerciar con la América española, pero practicaban contrabando en gran escala y piratería. Según Londres, desde 1713, habían perdido los ingleses 331 barcos a manos de los guardacostas españoles, y capturado a su vez 231 barcos hispanos; los datos de Madrid, acaso más fiables, reducían la cifra a 186 ingleses y 25 españoles capturados. El motivo para la guerra fue insignificante: un capitán inglés contrabandista, llamado Jenkins, había sido capturado en 1738 por un capitán español llamado Fandiño, quien le cortó una oreja advirtiéndole que otro tanto haría a su rey si lo pillase en la misma faena. So pretexto de vengar la afrenta, el reputado almirante Vernon marchó al Caribe en 1740 y saqueó la ciudad panameña de Portobelo, una base de las flotas a España. El éxito desató la euforia en Londres, donde hubo celebraciones, quedó medio oficializado el himno God save the king, se compuso el no menos famoso Rule Britania, y se nombró Portobello una calle de Londres. Al año siguiente, se preparó una acción a escala nunca vista: Vernon, con una escuadra estimada en 186 barcos y 23.000 hombres, incluyendo macheteros esclavos, atacaría Cartagena de Indias, centro neurálgico del Imperio español y de su comercio, mientras otra flota menor, al mando del no menos distinguido almirante Anson, debía atacar las apenas protegidas posesiones españolas de la costa americana del Pacífico y tomar, en tenaza con Vernon, el istmo de Panamá. La escasez de fuerzas españolas en Cartagena (seis buques y 3.600 hombres, entre hispanos e indios), hacía la victoria más que razonablemente segura, y en Londres se acuñaron medallas con las inscripciones Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741, y La arrogancia española, humillada por el almirante Vernon.
La empresa tendría menos éxito del que parecía lógico. La flota de Anson pronto sufrió mermas por deserciones, naufragios y escorbuto. Tras un saqueo menor, renunció a su misión y con un solo barco merodeó por el Pacífico. Dos años después Anson tuvo la suerte de capturar el galeón de Manila, acción que le hizo rico de por vida.
Peor le fue Vernon. En Cartagena le aguardaba el mejor marino español de la época, el guipuzcoano Blas de Lezo, que parecía conservar el espíritu de los conquistadores. A la intimación de Vernon, replicó que de haber estado él en Portobelo habría sabido castigar su "cobardía", y demostró que no era una simple jactancia, pues, empleando sus débiles fuerzas con ingenio y previsión, repelió el desembarco inglés. Vernon hubo de contentarse con bombardear la plaza desde el mar durante semanas, con malas consecuencias, pues la fiebre amarilla hizo presa en sus tripulaciones, y por fin tuvo que retirarse tras haber perdido hasta 50 naves y 6.000 hombres. Fue una de las peores derrotas de la Royal Navy, y la decepción en Londres estuvo al nivel: las autoridades prohibieron hablar o incluso historiar el suceso, que quedó oficiosamente reducido a la guerra de la oreja de Jenkins. Solo una mente muy disparatada, y ciertamente no era el caso, habría lanzado tal ofensiva por una oreja y un nimio asunto de contrabando, o por "humillar" a España. El objetivo, sin duda mucho más vasto, habría estrangulado el Imperio español, y lo que importa es que este quedó a salvo por cerca de un siglo. La estrategia británica se haría más indirecta, subvencionando a criollos opuestos a España.
Blas de Lezo, salvador del imperio en la ocasión, llamado Medio hombre por haber perdido una pierna, un brazo y un ojo en sus arrojadas acciones, combinaba un ingenio, energía y acometividad poco frecuentes. Durante la Guerra de Sucesión había capturado o destruido numerosos barcos británicos y burlado sus bloqueos. En 1732 tuvo una gran participación en el recobro de Orán, que habían tomado los otomanos aprovechando la Guerra de Sucesión, y destruyó bases de piratas berberiscos. Pese a sus hazañas ha estado casi olvidado en la historia española durante más de dos siglos.
Mientras proseguía este conflicto, relacionado con la sucesión de Austria, en 1743 se firmó el segundo Pacto de Familia. En 1744 una débil armada española al mando de Juan José Navarro rechazó cerca de Tolón a una inglesa muy superior en número y artillería, causándole graves daños; la francesa solo actuó cuando la inglesa retrocedía. El almirante inglés Matthews y otros oficiales serían juzgados y destituidos, así como el jefe francés al protestar Navarro por su tardía intervención. Los navíos españoles hostigaron e hicieron bastantes capturas a los británicos, demostrando que el país, hasta poco antes despreciado en el mar, volvía a ser una fuerza temible. Navarro fue un buen matemático e inventó un código de señales que adoptaría la marina francesa.
La Guerra de Sucesión de Austria terminó en 1748, siendo su resultado mayor la confirmación de Prusia como gran potencia centroeuropea y atractora del nacionalismo alemán, bajo Federico II el Grande. Francia, que había albergado aspiraciones de hegemonía europea, no sacó prácticamente nada, y España solo algunas ganancias indirectas en Italia. Fue una guerra casi sin vencedores ni vencidos.
La paz, insatisfactorio para casi todos, abocaría en 1756 a la más sangrienta Guerra de los Siete Años. Su núcleo fue una guerra civil germana por la rica provincia de Silesia, arrebatada por Prusia a Austria; como las anteriores, pero con mayor intensidad, afectó a América, la India y otros territorios y mares. Por ello se la ha considerado a veces como primera guerra mundial, calculándosele la desusada cifra de sobre un millón de muertos en combate. El rey prusiano Federico demostró gran talento militar, pero acosado por Austria, Rusia, Francia y Suecia, perdió Berlín en 1759 a manos de los rusos, y en 1762 estaba al borde de la catástrofe. Le salvó in extremis el fallecimiento de la zarina Isabel I, cuyo sucesor, Pedro III, concertó la paz con Federico y procuró la retirada de Suecia. Cambió así la marea bélica, pero los contendientes estaban exhaustos y acordaron una paz que dejaba en Europa las cosas casi como estaban, salvo que Prusia, un año antes al borde del colapso y quizá de la desaparición, salía reforzada y dueña de Silesia. La mayor ganadora fue Inglaterra, que ayudó a Prusia, expulsó a Francia de casi todas sus posesiones coloniales en Canadá e India, quedando como primera potencia colonial, y recuperó Menorca, que le habían quitado los franceses.
Madrid había intentado arbitrar entre París y Londres, pero la agresividad inglesa le empujó a firmar el tercer Pacto de Familia, en 1761. La flota británica había sufrido una enérgica depuración y correcciones después de sus malos rendimientos en décadas anteriores, y en 1762 ocupó La Habana y Manila. Las devolvió por la paz de París, pero retuvo Florida, parte de Honduras y el derecho de navegación por el Misisipi. España hubo de evacuar el norte de Portugal y la colonia de Sacramento, frente a Buenos Aires, objeto de conflictos desde tiempo atrás; y recibió de Francia la enorme y apenas dominada Luisiana con capital en Nueva Orleáns, por evitar su caída en manos inglesas.
18 de Septiembre de 2009 - 07:48:43 - Pío Moa - 125 comentarios
El Partido Andalucista en el Ayuntamiento de Los Palacios (Sevilla) ha instado a la concejalía de Educación a hacer todo lo posible para que los niños no lean el libro ‘La gesta española’, de José Javier Esparza. El portavoz andalucista, Pedro Amalio Moguer Caro, califica la obra como "libro aberrante".
¿Qué más pruebas queremos de la excelencia del libro de Esparza, del que he publicado algunos trozos en el blog? Léanlo ustedes y difúndanlo entre sus conocidos. Vale mucho la pena.
**** Herrero de Miñón y el aborto. Realmente, el sujeto merece el premio Sabino Arana, creado por el PNV en memoria del brutal orate que fundó ese partido. ¿Qué puede decirse de alguien así? Pues eso.
**** Trueba: "El cine español es un montón de mierda"
Y Trueba no es una excepción. Su cine, más falso que un dólar de boñiga con hongos de colorines.
**** Dice Cospedal que ya ha pasado el tiempo de hablar del espionaje de que acusan al gobierno. Si el espionaje es real, el gobierno comete un delito, y no contra el PP sino contra la ley. Y si no es verdad, quien delinque (por calumnia) es el PP, incluida Cospedal. Y si dice que ya no es tiempo de hablar de eso, confiesa su propio delito, queriendo escurrir el bulto torpemente. Qué chusma, verdaderamente.
17 de Septiembre de 2009 - 08:04:44 - Pío Moa - 198 comentarios
Insisten diversos historiadores en que Franco pudo haber terminado la guerra mucho antes, y que no lo hizo, a) por afición al terror y exterminio en las zonas conquistadas; b) por torpeza o ineptitud estratégica; c) por una combinación de ambas: crueldad e ineptitud.
En Los mitos de la guerra civil y en Franco para antifranquistas he examinado algo de estas cuestiones. El supuesto implícito en la idea de un acortamiento de la guerra es que el ejército enemigo carecía de valor militar, y Franco, en posición de absoluta superioridad, desde muy pronto, podía jugar con él como el gato con el ratón.
La realidad es muy distinta. Franco partió de una posición inicial prácticamente desesperada, pero logró invertirla en breve plazo y con fuerzas mínimas, hasta el punto de que en solo cinco meses estuvo cerca de terminar victoriosamente la guerra. Pero entre tanto sus enemigos habían aprendido algunas lecciones, y cuando las tropas nacionales llegan a Madrid se encuentran con un panorama muy distinto del de las milicias, poderosas numéricamente y en armamento, pero faltas de suficiente disciplina.
En Madrid existía ya un ejército rojo bastante preparado, con superioridad material y estratégica, y la economía de fuerzas de Franco pudo haberle costado una derrota catastrófica. Si no fue así, se debió a la muy destacada capacidad de resistencia que siempre mostraron las tropas nacionales, y a que la preparación del ejército rojo era todavía deficiente.
Franco supo adaptarse a la nueva situación y organizar a su vez un ejército mucho más masivo. Pero sus enemigos también mejoraron y lograron neutralizar todos los intentos nacionales de resolver la situación con la toma de Madrid. Por lo tanto, Franco desvió el centro de gravedad de la guerra hacia el norte, una decisión peligrosa porque en el centro dejaba a un enemigo con enorme superioridad en todos los terrenos. El riesgo aceptado consistía en que las fuerzas nacionales en torno a Madrid, aunque débiles e imposibilitadas para una ofensiva, serían capaces de resistir los ataques contrarios. Este cálculo, bastante aventurado, salió bien. El caso de Brunete, en especial, reveló la flexibilidad estratégica de Franco y al mismo tiempo un error de apreciación: la ofensiva roja fue contenida con escasas fuerzas y el Caudillo creyó poder pasar a su vez a la ofensiva en aquel frente, desviando fuerzas del norte. Pero volvió a fracasar: la capacidad de resistencia de su enemigo, se reveló muy notable, y así seguiría siendo hasta la campaña de Cataluña.
Así pues, el ejército rojo era un hueso mucho más duro de roer de lo que suponen los críticos de Franco. Este terminó la campaña del norte, con lo que adquirió, por primera vez, cierta superioridad material, la industria pesada de Bilbao, entregada intacta por el PNV, y muchas ventajas más. Por primera vez, ya en el otoño de 1937, podía estar bastante seguro de la victoria, pero de ningún modo esperar un rápido derrumbe de un adversario capaz todavía ofensivas muy peligrosas. Era una situación complicada, que podía invertirse si intervenía el factor nuevo de la guerra europea que todo el mundo presagiaba. Por lo tanto, a Franco le interesaba acortar la lucha en España, mientras que al Frente Popular le interesaba alargarla hasta el estallido del conflicto europeo. Y por esa razón, también, Franco procuró no adelantarse antes de tiempo hacia la frontera francesa (quizá pecó de excesiva prudencia, como dicen sus críticos, pero ¡casualmente!, le salió muy bien su cálculo), y se declaró por adelantado neutral ante una guerra entre las potencias democráticas y las fascistas, para irritación de Alemania e Italia.
El resto es de sobra conocido: Franco aceptó las ofensivas enemigas y las transformó en desastres para los rojos, pero una vez y otra topó con una resistencia encarnizada, por ejemplo en el ataque hacia Valencia. En el Ebro trató de liquidar, y lo hizo, al principal ejército enemigo, lo que le facilitó extraordinariamente el avance por Cataluña, cuando ya el peligro extremo de Munich había pasado.
Le quedaba solo la zona centro, desmoralizada pero con fuerzas suficientes para retrasar el desenlace durante meses, quizá hasta la tan deseada contienda europea. Ahí tuvo Franco superioridad abrumadora y la máxima oportunidad de una campaña de exterminio, como le presuponen Preston y otros. Pero en lugar buscar unas cuantas batallas de aniquilación, explotó el factor moral para provocar la rendición sin condiciones y sin bajas.
Sin duda el mayor defecto del ejército rojo fueron las intrigas y desunión política entre los partidos del Frente Popular. Pero esto debe relativizarse mucho. La desunión hizo estragos en los primeros meses, cuando todos querían la parte del león en una victoria que creían segura y, por el contrario, Franco estuvo a punto de ganar con fuerzas mínimas. Pero fue corregida con bastante rapidez (y sangre) por los comunistas, que de paso se iban asegurando el control de un ejército que sería el factor político decisivo en caso de victoria. Sin la disciplina del PCE y la intervención de Stalin, la guerra habría terminado ciertamente en cinco o seis meses. De su prolongación, el mérito o el demérito, según quiera mirarse, correspondió a los comunistas. Y Franco nunca permitió un papel semejante a la Falange, a Mussolini ni a Hitler.
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**** http://www.minutodigital.com/actualidad2/2009/09/15/hace-25-anos-felipe-gonzalez-trajo-a-espana-a-los-dictadores-fidel-castro-y-daniel-ortega/
Habría que preguntar también: ¿Y quién trajo al siniestro tirano de Alemania Oriental Honneker poco antes de la caída del muro? ¿Quién le hizo doctor honoris causa por la Complutense?
**** http://blogs.periodistadigital.com/bokabulario.php/2009/09/01/ted-kennedy-se-ofrecio-a-andropov-para-a
16 de Septiembre de 2009 - 10:44:25 - Pío Moa - 142 comentarios
**** Ni Rajoy ni la cúpula del PP acudirán a la marcha pro vida de Madrid
Pero no tendrá ningún coste para ellos: saben que sus boyunos votantes seguirán considerándolos “la alternativa”. Y que podrán seguir tomando el pelo a esos votantes todo el tiempo que haga falta.
**** Prisa se pone dura con Zapo. Espera sin duda, mediante el chantaje, una buena ayuda que la salve de la quiebra. El método del chantaje siempre dio muy buenos resultados con la derecha, pero no es tan seguro que los dé ahora con Zapo, cuya notoria estupidez no debe hacer olvidar que se trata de un iluminado. No es un vulgar tontaina como Rajoy, y no olvida las regañinas que le echó Cebrián en su momento.
**** Dice Evo Morales que "Quedaron atrás los tiempos de saqueo". ¡Cómo! ¿Él y los suyos han dejado de saquear y empobrecer a su propio pueblo? Gran noticia, lastima que no muy creíble. Y habla de “reparar el daño histórico” sufrido por los pueblos indígenas. Parece que se refiere al daño causado por los españoles (¿pero no dicen que España no ha existido hasta ayer mismo?) Debe de ser el daño de liberarles de regímenes totalitarios horripilantes como el de los incas, de los sacrificios humanos, de continuas guerras entre ellos mismos, de la incomunicación causada por la gran diversidad de lenguas, de aportarles medios de cultivo y técnicas antes inexistentes, ciudades y universidades. Ahora, don Evo se aplica a corregir todos esos daños, y parece que con bastante éxito. La colonización española tuvo el defecto de mantener casi intactas las instituciones caciquiles que sometían a los indios a la autoridad despótica de sus propios jefes, y de ahí viene parte de su atraso. Informa don Evo que hasta hace poco solo tenía relaciones con los (comunistas, nada mejor que nazis) de Comisiones Obreras e Izquierda Unida. Pero ahora las tiene también con Gallardón y con Zapo. Dios los cría y ellos se juntan.
15 de Septiembre de 2009 - 07:07:00 - Pío Moa - 113 comentarios
Hoy, en El economista
FUERA DE LA LEY
Pocas cosas retratan mejor la situación actual que la actitud de los partidos nacionalistas (en el fondo separatistas) catalanes ante la aguardada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatuto. Un estatuto abiertamente contrario a la Constitución, algo tan evidente que no hace falta formación jurídica para detectarlo, basta el más elemental sentido común. Además, el propio TC, carece de independencia, al componerse de jueces designados prácticamente por los partidos, y encabezados por una señora pro separatista, por lo que es muy difícil que dé un disgusto a los nacionalistas catalanes, vulgo catalufos (a distinguir de catalanes sin más, que en su mayoría se desentendieron del estatuto). Y aun así, los grupos catalanistas no presionan al tribunal, lo chantajean con descaro y se colocan por anticipado fuera de la ley: indican que no obedecerán un fallo que cambie algo del texto estatutario.
Hay un precedente en la república, que he tratado en Los orígenes de la guerra civil y que debiera ser bien conocido, si la historia ha de servir para algo. En 1934, Companys y los suyos adoptaron la misma posición de rebeldía frente al Tribunal de Garantías Constitucionales, y se dedicaron a crear las condiciones para una insurrección que por fin estallaría el 6 de octubre del mismo año. El poder era tan débil que durante meses permitió la escalada de provocaciones de Companys, apoyada por el PSOE y por Azaña, hasta que el resultado fue el choque sangriento.
Hoy la situación es muy distinta. El gobierno no es que no sepa imponerse, colabora: el estatuto catalán, que deja en "residual" la unidad de España, fue la prenda ofrecida a los asesinos de la ETA en los negocios llamados por irrisión "proceso de paz". Y el PP ha imitado ese estatuto en varias regiones. Entre todos están haciendo trizas la ley. Es decir, la democracia. Es decir, la unidad de España.
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**** Propongo a quien tenga tiempo, ganas y talento, un ensayo-informe con este tema: "De clase política a chusma política". La mezcla de ignorancia, irresponsabilidad, chulería, trola, choriceo y puterío que caracterizan al grueso de nuestros políticos, de izquierda o de derecha. No a todos, claro, pero sí a casi todos, unos por acción, otros por complicidad y otros por omisión.
**** Cuando uno oye calificar a Franco de mediocre militar, o de "buen táctico y mal estratega", incluso de "torpe", etc., a pesar de sus victorias parciales y globales, tiene la impresión de que esos críticos no solo exigen a Franco la victoria, sino la victoria según las reglas que ellos creen más adecuadas. ¿Cómo se habrían desarrollado los sucesos si Franco hubiera seguido las especulaciones de sus brillantes críticos? Solo podemos suponer razonablemente una cosa: que habría sido derrotado.
**** Excelente artículo de Pedro Schwartz sobre El león de Chappaquiddick, recientemente fallecido.
**** Las tropas nacionales se llamaban así porque defendían la nación española. No se llamaban nacionalistas porque consideraban que el nacionalismo era un fetiche. De las contrarias, unas eran abiertamente antiespañolas, como las separatistas; otras eran "internacionalistas proletarias", es decir, agentes de Stalin, que ponían los intereses de la URSS muy por encima de los españoles. Para el PSOE, la nación española no tenía importancia, y gritaban con facilidad "muera España". A los anarquistas, la idea de España tampoco les decía nada. En cuanto a los propiamente republicanos de izquierda, además de contar muy poco, querían, como expresaba Azaña, acabar con la tradición nacional española para crear otra nueva al gusto y nivel de su propia chifladura. Las izquierdas, acuciadas por las derrotas, procuraron engañar a la gente proclamándose más patriotas que nadie y tratando de levantar al "pueblo español" contra la "invasión alemana e italiana" que liquidaba "la independencia de España". En verdad, Stalin mandaba en el Frente Popular, mientras que Hitler y Mussolini nunca mandaron a Franco, que ya en 1938 declaró su neutralidad en caso de guerra en Europa occidental.
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En Época:
DERECHISTAS CONTRA FRANCO
(Franco para antifranquistas no se dirige solo a las izquierdas)
Convencionalmente se considera a Franco político de derecha y hasta de extrema derecha, aunque gran parte de su programa y realizaciones tienen carácter más bien izquierdista. Como ustedes recordarán, la izquierda, que hasta hace años se declaraba con orgullo marxista o por lo menos adepta al "método de Marx", criticaba duramente a la "democracia burguesa" afirmando que concedía libertades meramente formales mientras en la vida real las masas pasaban calamidades y estrecheces. Desde ese punto de vista debieran ensalzar a Franco como uno de los suyos, pues el dictador se preocupó apenas de las libertades formales y en cambio consiguió que los españoles "de a pie" vivieran mejor que nunca antes, mucho mejor, por supuesto, que en la república burguesa. Es más, superó de tal modo las divisiones políticas anteriores a la guerra civil, que hoy, la mayoría de los políticos de derecha y de izquierda provienen de familias franquistas. Las izquierdas, después de la guerra, quedaron tan desacreditadas que la oposición izquierdista a Franco, en vida de él, la hicieron principalmente los que, en un sentido amplio, cabe llamar "hijos del régimen"; y lo mismo sucede con los militantes retrospectivos que derrochan ahora una furia antifranquista que nunca se les vio en tiempos de Franco. Sirvan de ejemplos clásicos la señora Vicepresi y su "represaliado padre", o el señor Cebrián de PRISA, entre tantos otros.
Pero hay también una derecha que desciende en línea recta de la dictadura y se esfuerza ahora en mostrarse no menos intransigente con el régimen anterior. A menudo son jóvenes de tales familias, ignorantes de la historia reciente, pero que tratan a Franco de "anodino" (¡quiénes fueron a hablar!), lo rechazan enfáticamente "porque fue un dictador", o admiten que tal vez su régimen tuvo cierta justificación al principio, pero debiera haber abierto paso a la democracia mucho antes, y que de no haberlo hecho provienen muchos males de ahora. Hasta se jactan, con orgullo indocumentado, de no tener ni un franquista en sus familias.
Se diría, pues, que estamos ante gentes cuya pureza y sensibilidad democrática garantizan que jamás, mientras ellos vivan, volverá a España una dictadura. Por ello uno se queda perplejo cuando los ve aceptando con naturalidad el socavamiento de la separación de poderes, es más, contribuyendo a él; cuando los ve atacar la libertad de expresión mediante intrigas para desbancar a comunicadores muy populares pero que a ellos les disgustan; cuando organizan estatutos de autonomía que nadie exige salvo ellos y la oligarquía izquierdista, para crear cacicatos regionales donde las libertades sí se vuelven "formales" y sin contenido, aparte de inventarse "realidades nacionales" al nivel de los caciques y reducir a marginal la unidad de España; cuando se defienden de acusaciones de corrupción afirmando que les espían, sin dar pruebas (dijo uno de ellos que "la economía lo es todo", lo cual puede entenderse de varios modos); cuando aceptan la versión sobre el 11-m, según la cual un buen día les dio por cometer una matanza a unos cuantos chiflados, sin conspiración previa ni relación con la significativa fecha, ni con la guerra contra Sadam Husein...Y un largo etcétera de actitudes por el estilo.
Con toda evidencia, estos derechistas tienen de demócratas mucho menos de lo que presumen. Si lo fueran, recordarían cómo la democracia no ha venido de ellos ni de los no menos antifranquistas de izquierda, sino, ¡precisamente!, del régimen de Franco. Recordarían que en las cárceles de la dictadura no había demócratas, a menos que consideren tales a los comunistas, etarras y otros terroristas. Y entenderían que con políticas como las suyas están socavando el sistema de libertades y colaborando con la izquierda en el actual proceso de involución política que está arrasando el mejor legado de la transición.
14 de Septiembre de 2009 - 08:03:34 - Pío Moa - 239 comentarios
En Época, el viernes pasado:
EL TIMO DE LA DIADA
En 1714, cuando la Guerra de Sucesión ya se había resuelto a favor del Borbón Felipe V, una parte de los catalanes (no "los" catalanes) siguió resistiendo en nombre del otro candidato a rey de España, el archiduque Carlos de Austria. Al parecer no les habían informado de que el archiduque era ya emperador y se había retirado de la pugna por el trono español. Tampoco les respaldaba Inglaterra, que se había declarado protectora muy interesada de los fueros catalanes, pero que, habiendo ganado tanto en aquella guerra, dejó en la estacada a sus "protegidos". Felipe V organizó un bloqueo naval de Barcelona, muy poco efectivo, y finalmente asedió la ciudad por tierra. Los barceloneses lucharon heroicamente durante dos meses "por su rey, por su honor, por su patria y la libertad de toda España", considerando que la nueva dinastía iba a esclavizar el país. La razón profunda de esta resistencia radicaba en que, cuando la secesión organizada por la oligarquía catalana algo más de medio siglo antes, los catalanes habían tenido ocasión de probar las excelencias de la tutela francesa y no querían oír hablar de algo parecido.
Dirigía la resistencia barcelonesa el general Antonio Villarroel, al parecer de origen gallego, y el alcalde Rafael Casanova, este más vacilante. En el asalto final, el 11 de septiembre de 1714, Casanova fue levemente herido y escapó vestido de fraile. Vencida la resistencia, se fundaron los "Mozos de escuadra" para perseguir la mezcla de guerrilla y bandolerismo que continuó un tiempo en la región. A los pocos años, Casanova obtuvo el perdón regio y volvió a trabajar provechosamente como abogado, adaptándose sin problemas a la nueva situación, en la que el rey abolió los fueros regionales. No solo se adaptaría él sino toda la población catalana, que olvidó enseguida el contencioso y prosperó extraordinariamente después de varios siglos de parálisis de Cataluña: a lo largo del siglo XVIII, Barcelona casi triplicaría su población y su riqueza, y no extraña que cuando otro Borbón, Carlos III, llegó a la ciudad procedente de Italia, fuera acogido con un entusiasmo que no encontró ese rey en ninguna otra ciudad.
Pues la causa de la anterior parálisis catalana radicaba precisamente en aquellos fueros medievales, hechos para privilegio de una oligarquía nobiliaria y de grandes comerciantes que exprimía al "pueblo menudo" con una crueldad inexistente en el resto de España, salvo quizá en Galicia. No es casual que las revueltas campesinas afectasen a Galicia, y más aún a Cataluña, mientras en Castilla el campesinado era comparativamente más libre y respetado.
La actitud de la oligarquía catalana con respecto a sus vasallos la expuso el pensador medieval Francesc Eiximenis: a aquella gente "bestial" había que tratarla con "golpes, hambre, y castigos duros y terribles". Habían pasado siglos desde Eiximenis, pero los "malos usos" oligárquicos continuaban, a pesar de las reformas introducidas por Fernando el Católico. Todavía a finales del siglo XVII los labriegos podían ser muertos impunemente, y se les prohibía recurrir a los tribunales del rey porque ello, afirmaban los señores, iría "en gran dany de la cosa pública i de la bona administració de la justicia". A tales abusos los llamaban "libertades de Cataluña".
A finales del siglo XIX los nacionalistas catalanes inventaron una historieta de su región en la que se pintaban los sucesos al revés. El españolista Casanova y los suyos no habrían luchado por un rey de España, sino tan solo por "las libertades catalanas", presentaban al primero como un mártir de ellas, y hasta decían que había muerto numantinamente. En su honor inventaron la Diada, la jornada del 11 de septiembre, para conmemorar cada año la pérdida de las tales libertades. Nada define mejor la calidad de su ideología que estos símbolos irrisorios. Como ocurre con el Euskadi de los nacionalistas vascos.
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**** Hay que entender la decadencia de España considerando las cumbres desde las que cayó, un hecho realmente sorprendente y difícil de explicar. En el siglo de la Ilustración, España no produjo nada excepcional, excepto el genio de Goya. El país se dividió entre unos ilustrados mediocres y sin ideas propias, pero con cierto sentido común a la vista del retraso del país en relación con las potencias pujantes de Europa,; y unos tradicionalistas que defendían los pasados méritos del país, pero sin aportarles una sola idea nueva y sin siquiera sentido común. La historia de España desde entonces se puede resumir en esta doble mediocridad (no por ello menos sangrienta en muchos casos) con algunos altibajos no demasiado acentuados.
**** Dice la Aido que quiere un nuevo modelo de masculinidad. La loquilla quiere, y como manda mucho, no queda sino obedecer, ya saben. De momento tiene tres modelos excelentes para sus deseos: Zapo el rojo, el Futurista o Pitoniso, y Zerolo. ¿Cuál será el hombre ideal para ella? Una combinación de los tres.
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**** Bueno, amigos del blog, he estado diez días de vacaciones en Atenas, ciudad muy variada, por así decirlo. Pasábamos por la línea de metro al Pireo (Pireás), para coger el barco a Egina, y en la estación sonaba suavemente, no sé de dónde salía, una melodía que me costó identificar: Amazing grace, himno religioso muy interpretado en Escocia, donde parecen considerarlo cosa suya:
http://www.youtube.com/watch?v=jkLXOWimMY8
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De Franco para antifranquistas:
"Le he visto pelear en África, y para mí, el general Franco llega a la fórmula suprema del valor: es hombre sereno en la lucha" (Indalecio Prieto)
"Apunta en tu diario que hoy, 29 de agosto (de 1938), profetizo la derrota de Franco". (Mussolini a Ciano)
Una faceta curiosa de la necia aversión a Franco es la continua desvalorización del mismo, a menudo desde la derecha. Unos personajillos sumamente anodinos, faltos de ideas y de valor, se hinchan para llamar "político anodino", a quien mantuvo al país al margen de la guerra mundial en condiciones extremadamente difíciles y peligrosas, y dejó un país próspero y reconciliado que todavía permite una democracia que ellos, los críticos de Franco están echando a perder miserablemente. Y con la misma naturalidad, esos expertos estrategas explican que uno de los raros generales que ganó prácticamente todas sus batallas, la guerra, y luego una difícil guerra de guerrillas, era un "mediocre militar".
Tanto Mussolini como el mucho más experto Hitler se equivocaron en muchas de sus apreciaciones sobre la conducción de la guerra civil española, mientras que Franco acertó en todos los casos y dirigió la guerra con gran economía de fuerzas (contra una idea común, la contienda fue poco sangrienta para lo que han solido ser en el siglo XX). Tuvo, además, que simultanear las operaciones militares con otras dos enormes tareas que ningún militar lleva a cabo normalmente: organizar un ejército y poner en pie un estado.
Mussolini hablaba a Ciano cuando estaba en marcha la batalla del Ebro, la que más ha sido criticada a Franco por su carácter frontal cuando tuvo la ocasión de envolver al ejército rojo operando por Cataluña. De atender a semejantes críticos "estrategas", Franco habría perdido la batalla, cuando lo cierto es que la ganó, y ello fue el factor que permitió después avanzar rápidamente por Cataluña (junto con el deseo de la mayoría de los catalanes de salir de la pesadilla a que los había llevado el Frente Popular: en ningún sitio fueron acogidas las tropas nacionales con tanto entusiasmo como en Barcelona).
Y al hacer la crítica desde el plano puramente militar, se olvida el plano político, en unos momentos en que estuvo muy cerca de estallar la guerra europea, que Franco temía más que cualquier otra cosa, tanto por la amenaza de invasión francesa como porque consideraba que de tal guerra solo saldría vencedor Stalin. Franco declaró que en una conflagración entre las potencias fascistas y la democracia, permanecería neutral, algo que revela una independencia de sus aliados incomparablemente superior a la del Frente Popular con respecto a Stalin. Avanzar directamente por Cataluña en aquellas circunstancias habría sido aumentar los riesgos, mientras que, una vez calmada la situación europea, llegar a la frontera francesa dejó de representar un peligro.
Por lo demás, la batalla del Ebro, la más sangrienta de la guerra, tampoco lo fue mucho: supuso unas cien mil bajas (muertos y heridos) entre los dos contendientes. De estos, suelen estimarse en 6.500 los del bando nacional, y entre el doble y el triple los del bando rojo, durante casi cuatro meses de combates.
Cabe observar que Mussolini fue uno de los principales factores en la derrota de su amigo Hitler, a la que también contribuyó notablemente la neutralidad de Franco.
3 de Septiembre de 2009 - 08:00:31 - Pío Moa - 463 comentarios
El martes pasado, en El economista:
DERECHA ANTIFRANQUISTA
Me sorprende hallar a muchas personas de ideas derechistas que exponen un radical rechazo a Franco porque, arguyen, "fue un dictador". O, como Rajoy, se jactan –seguramente en falso– de no haber tenido franquistas en su familia, cuando la verdad es que, por lo común, tanto entre las familias de derecha como entre las hoy de izquierdas hubo gente de convicciones ¡o de cargos! franquistas, véase el padre de la Vice. Incluso tratan (¡ellos!) de "anodino" al dictador. Se diría que aman con tal fervor la democracia que no podrían vivir sin ella, cuando la experiencia histórica demuestra algo muy distinto. Y ahora mismo los vemos asistir impertérritos, más aún, colaborar, con la involución política producida desde la llegada de Rodríguez al poder tras la nunca aclarada matanza del 11-m.
Pero aparte de esas jactancias vacías, la democracia no se debe, desde luego, a esos supuestos demócratas intransigentes. Se debe justamente al franquismo. Pues fue este, y no ellos, quien creó unas premisas para un funcionamiento democrático normal, inexistentes antes de la guerra: una predominante clase media, una muy amplia capa de personas instruidas y con elevada capacidad profesional y –yo diría que principalmente– una sociedad reconciliada, políticamente moderada, ajena a los odios y utopías que en tan pocos años destrozaron la república. Tales logros, no los ostentosos y vanos fervores democráticos de esta gente, fueron lo que permitió una transición sin más dificultades que las causadas por las locas ansias rupturistas de una izquierda que nunca fue democrática, deseosas de enlazar con el siniestro Frente Popular.
En algo se parecen esas derechas antifranquistas a las izquierdas involucionistas: no son las causantes de las libertades, sino sus beneficiadas, y amenazan lo adelantado en la transición. Lo amenazan, entre otras cosas, con su anodina y frívola vanidad.
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**** Dice Rubalcaba, el portavoz de la corrupción y del GAL, que "España no puede negar la decisión de un Parlamento" ¿España? Se refiere al TC. Por supuesto que un TC tan degradado no negará la decisión de un charlamento... compuesto mayoritariamente, y no es injusticia decirlo, de chorizos y de colaboradores de la ETA. ¿Cómo se lo iba a negar? Es de esperar que antes o después España ajuste las cuentas a estos golfos, tan bien descritos en un artículo de Pérez Reverte.
**** Saviano dice que ETA es una "organización paramafiosa" que trafica con cocaína ¿Proceso de paz? Seguimos intoxicados por la perversión del lenguaje de la chusma política. Proceso de colaboración con los asesinos.
**** Cospedal recuerda que Rubalcaba fue quien "dijo a los españoles que el GAL no existe". ¿Solo dijo esa mentira? ¿Y las que dice Cospedal, mucho menos "liberada" , por cierto, que la Soraya? Y llevamos no sé cuánto tiempo esperando que el Futurista demuestre que no es machista. Con lo fácil que es, y el tío no se decide.
**** Rajoy: "El Gobierno lo está haciendo rematadamente mal". Se refiere a los impuestos. Pero no se preocupen, que el futurista le ayudará, no en vano sabe que "la economía lo es todo"
2 de Septiembre de 2009 - 08:43:06 - Pío Moa - 201 comentarios
(Sería de desear que los comentarios no se perdiesen por las cuestiones más variopintas)
Con Carlos III, que entró a reinar en 1759, se abre una etapa de mayor densidad ilustrada, orientada sobre todo al campo de las reformas administrativas y en menor medida educativas. En este campo se produjo un tremendo retroceso cuando Carlos III, en 1767, expulsó a los jesuitas, que regentaban la única enseñanza media realmente valiosa, y los bienes de la orden fueron confiscados y en gran medida dilapidados. La expulsión, , creó un bache educativo, fatal también para la enseñanza superior, que solo se superaría –a medias– casi un siglo más tarde. El daño repercutió en toda la monarquía hispánica o Imperio español, hasta las Filipinas, siendo un factor de descrédito para el poder de Madrid. Carlos III lo decidió, en estilo típicamente absolutista, "por razones que guardaba en su real pecho", fórmula semejante a la del absolutismo francés "porque así bien me place". El ministro conde de Campomanes había acusado a los jesuitas, sin base real, de conspirar contra el rey, y se les achacaban, también arbitrariamente, los desórdenes conocidos como "motín de Esquilache". Sin oír a los acusados, en un estilo que recuerda la gran operación contra los templarios en Francia siglos atrás, se llevó a cabo dicha expulsión, que mereció los plácemes de Voltaire; y siguieron presiones diplomáticas sobre Roma hasta conseguir la disolución de la orden. Los jesuitas representaron para gran parte de la opinión ilustrada y de los protestantes, un papel psicológico similar al de la masonería para muchos católicos, como grupo secreto autor o promotor de todas las conjuras políticas.
El encargado de cumplir la orden regia fue el conde de Aranda, ministro reformista y eficaz en otros terrenos, como lo fue su enemigo Floridablanca. Aranda sería acusado de masón, pero no parece haberlo sido, aunque tenía relación con masones franceses, como otros muchos ilustrados. Campomanes, a su vez, era un típico servidor del despotismo ilustrado, capaz y culto, promotor de la "industria popular" y de una enseñanza exclusivamente profesional y artesana para las clases bajas, que, dentro de su limitación, ampliaría el personal cualificado del país. En el espíritu de reforma, de construcción de obras públicas y manufacturas, recuperación naval y militar, contención de la influencia eclesiástica y depuración de usos sociales degradados y supersticiones acentuadas en la época de decadencia, se le parecieron Patiño, Carvajal, Floridablanca, Aranda, el marqués de la Ensenada y otros ministros en general patriotas, honrados y eficaces, aunque no siempre amistados entre sí.
También son de este siglo, con propósito de impulsar la ciencia, la construcción de un observatorio astronómico, un gabinete de máquinas y un jardín botánico en Madrid, un laboratorio de química en Segovia, junto a instituciones culturales de otro orden, como el Museo del Prado, la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, la Biblioteca Nacional o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. La Real Academia de la Lengua compuso el primer diccionario, llamado después de Autoridades, y todavía útil. Hubo éxitos científicos reseñables, como el descubrimiento del platino y el tungsteno o volframio. En lo que descolló la ciencia española, al nivel de las primeras de Europa, fue en la botánica. Sin embargo, un escollo permanente al desarrollo científico fue el mínimo interés por él en la enseñanza superior, el golpe asestado a la enseñanza media y el escaso número de matemáticos y científicos, aun ellos restringidos a la aplicación práctica de sus saberes y sin afición teórica. De matemáticas y física apenas entendían más que los militares, por exigencias de su oficio; de química, los farmacéuticos, etc. Destacaron los marinos militares Antonio de Ulloa y Jorge Juan. Ulloa fue miembro de la Royal Society inglesa y de las academias científicas sueca, francesa y prusiana; fundó un laboratorio metalúrgico y un observatorio astronómico en Cádiz y el Museo de ciencias naturales de Madrid. Descubrió, con Jorge Juan, el platino, y dirigió con él una expedición científica por América, y la medición de un grado de meridiano por encargo de la Academia de Ciencias francesa. Jorge Juan estudió los avances técnicos de la armada británica, con tal éxito que los británicos, a su vez, estudiarían sus mejoras.
La permanencia de la Inquisición dificultó el despliegue de nuevas ideas –no en el terreno científico–, pero en pequeña medida. Salvo un violento repunte con Felipe V, su actividad fue escasa, como revela el caso de Pablo de Olavide, intelectual de origen peruano, anticlerical, colaborador de Aranda y ferviente seguidor de los ilustrados franceses, que presentó un plan de renovación universitaria y dirigió la colonización de Sierra Morena con alemanes y flamencos. Acusado de herejía en 1778, fue desterrado de Madrid por ocho años y confinado en un convento de La Mancha. Pidió permiso, que obtuvo, para tomar unas aguas medicinales próximas; pero se quejó de que no eran lo bastante buenas y demandó el traslado a un balneario catalán próximo a la frontera, de donde se evadió tranquilamente a Francia. Su poco férreo confinamiento había durado dos años. Voltaire y los enciclopedistas lo acogieron como un mártir, víctima del terror inquisitorial, y Diderot le dedicó una elogiosa semblanza. En París vivió a todo lujo, pese a haberle confiscado la Inquisición sus bienes, teóricamente. Al triunfar la Revolución francesa presenció el Terror, él mismo fue encarcelado, y la experiencia le volvió más religioso. Luego parece haberse implicado en las maniobras inglesas para independizar la América española y sujetarla a su influencia. En 1798 volvió a España, donde hizo, sin más problemas, una buena carrera como novelista.
En aquel siglo España se vio desbordada por la efervescencia de ideas, ciencia y técnica procedentes de Italia, Inglaterra y, muy ante todo, de Francia, donde, como ya quedó indicado, una activa propaganda denigraba cuanto España había hecho en el pasado, tema visible incluso en Montesquieu, que retoma a Las Casas. Tan fuerte resurgir de la leyenda negra tiene algo de chocante cuando España había perdido su hegemonía, que en cierto modo explicaba aquella propaganda. Frente a ello se observa en los intelectuales hispanos una doble reacción: la de quienes, como Juan Pablo Forner, reivindicaban las antiguas glorias y relativizaban los logros foráneos; y la de quienes aceptaban sin mayor crítica ni estudio las invectivas francesas, actitud más extendida entre los ilustrados. Lo último se explica porque el pensamiento hispano de antaño estaba olvidado y porque la inferioridad intelectual, económica y técnica española con respecto a Francia saltaba demasiado a la vista, e incitaba a explicarla, a los más superficiales, como legado de un pasado poco apreciable.
Por un tiempo se distinguió entre la brillantez del siglo XVI y la decadencia (exagerada y generalizada) del XVII, pero pronto un desdén acrítico se extendió a ambos, y no por adulación a los Borbones, que tenían una gran parte de sangre de los Habsburgos. Hasta Feijoo escribió cosas como que los conquistadores "llenaron a España de riquezas después de inundar América de sangre", mostrando una información tan deficiente como su lógica: poca riqueza puede producir un país "inundado de sangre", salvo el botín del primer momento. Otro autor notable, José Cadalso, que empezó a escribir en Defensa de la nación española contra las injurias de Montesquieu, concluyó en la seudo idea de que los Austrias habían dilapidado "los tesoros, talento y sangre de los españoles" en empresas carentes de interés para España. Como si las actuaciones de los países (o de las personas), fueran producto exclusivo de unos intereses bien definidos e incambiables al margen de las circunstancias. La queja, gratuita y algo pueril, había de tener enorme éxito en el futuro, reflejando un inconsciente deseo de justificar la propia mediocridad en el legado recibido (recuérdese, por contraste, el desastroso legado encontrado por los Reyes Católicos, los cuales no perdieron el tiempo en justificarse con los males del pasado).
Forner, por su parte, tenía verdadero talento, pero desperdició mucho de él por su carácter pugnaz, que le llevó a perderse en polémicas menores. Y pese a su incisiva argumentación, su encomio de las mejores tradiciones españolas no llegaba a enriquecerlas con nuevas ideas y perspectivas: seguía siendo una posición defensiva. Resumiendo el panorama intelectual español del siglo XVIII, encontramos ausencia de un pensamiento original, aunque existan divulgadores, alguno de gran talla, como Feijoo; apenas hay verdaderos científicos, ni afición por la ciencia pura, aunque sí algunos prácticos y buenos especialistas en ciencia aplicada. En literatura encontramos asimismo figuras de talento apreciable como el citado Cadalso, los hermanos Nicolás y Leandro Fernández de Moratín, Tomás de Iriarte, Ramón de la Cruz, Félix María Samaniego o Juan Meléndez Valdés. La impresión general, no obstante, es de una cultura que ha perdido por así decir su propia savia, falta de empuje, en la órbita psicológica e intelectual francesa, como pálido reflejo de esta: en torno a ella giran tanto los imitadores como los contradictores. El tradicionalismo no produjo un solo teólogo de mediana importancia.
Hubo, con todo, una excepción, Francisco de Goya, uno de los máximos genios de la pintura, al nivel de Rembrandt y Velázquez, a quienes consideró sus verdaderos maestros. Su talento le permitió vivir con desahogo, ya que era solicitado tanto por la Iglesia como por particulares y por la corte, en torno a la cual vivió gran parte de su vida. Católico, como casi toda la población, fue al mismo tiempo un ilustrado, y en su evolución artística cabe percibir la de la sociedad de aquellos años cruciales. En conjunto, la segunda mitad del siglo XVIII, en la cual vive Goya, hasta dentro del siguiente, fue de recuperación de la vitalidad española después de sus retrocesos culturales, políticos y militares desde finales del siglo XVII; recuperación que iba a despeñarse a principios del XIX. Probablemente nada mejor que la pintura de Goya refleja esa evolución y la premonición del desastre.
Las pinturas de su primera época, de las décadas 70 y 80, reflejan una sociedad tranquila y con alegría de vivir, quizá a un nivel no muy elevado, pero optimista: juegos de sociedad, toros, romerías, galantería..., con un trato y contacto entre las diversas clases sociales poco imaginable en Francia o en Inglaterra. Muestra Goya cierto interés por los trabajadores. No son escenas convencionales, sino que respiran un robusto realismo, aunque sigan las normas del arte neoclásico, luego rococó, propio de la Ilustración. Sus pinturas religiosas, de técnica depurada, pueden dar impresión de mayor convencionalidad, acaso porque la religión misma se había hecho más convencional. Pero ya en los años 80 pinta escenas menos risueñas, como el asalto a una diligencia.
Por los años 90, el artista se desliza hacia pinturas en las que se advierte inquietud espiritual y un fondo más sombrío. Para este disponía del doble paisaje madrileño, que muchos años más tarde describiría Pío Baroja: "Las afueras de Madrid constituyen una serie de paisajes de los más sugestivos de España. La zona del norte y el oeste, con su muralla del Guadarrama, es noble y majestuosa. La parte este y sur es el páramo castellano, con sus cerros monótonos en el horizonte y el cielo ardoroso y desolado". Aparecen cada vez más temas de violencias, la presencia de la muerte, la desgracia, lo grotesco, la locura, la brujería, la fealdad de la vida. Puede atribuirse esta evolución a un efecto de la sordera que le afectó desde 1793, pero eso es lo de menos. Su reacción psíquica encierra una lógica, no consciente, de la Ilustración, sus limitaciones y quizá su agotamiento. Una de sus obras, hoy perdida, se inspira agoreramente en el título de una versión del Don Juan Tenorio: "No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague". Su retrato de Jovellanos (1798), intelectual-político ilustrado por excelencia del último cuarto de siglo y amigo suyo, lo muestra en actitud melancólica o algo desalentada, pese a la protección de Minerva. Goya siguió compartiendo la ideología ilustrada, pero su pintura adquiere ya otro carácter, ajeno al optimismo anterior. Desde 1792 –casualmente tercer centenario del descubrimiento de América–, rompió con la estricta preceptiva neoclásica, y seguramente compartía la preferencia, expuesta por Jovellanos años antes, del realismo de Velázquez sobre la belleza neoclásica ilustrada, convencionalmente inspirada en Grecia: la vida real no podía captarse con aquellas normas, o al menos no solo con ellas.
Por más que las escenas inquietantes de muchos de sus cuadros no eran ni podían ser una deliberada descripción del curso de la historia, las obras que llamamos maestras escapan a la intención del autor. No se trata de banales denuncias de tipo social o similares, que tanto abundarían desde entonces; son pinturas objetivas no destinadas a provocar una fácil indignación, y que causan angustia, tienen algo de profético. Consideremos el aguafuerte El sueño de la razón produce monstruos. La postura del personaje, con la cabeza boca abajo entre los brazos sobre una mesa, parece indicar a alguien dormido, pero su posición, forzada, sin el abandono corporal del sueño, sugiere más bien a quien se tapa la cara para no ver la monstruosidad que le rodea. Una de sus explicaciones sobre el cuadro es que la fantasía desprovista de razón tiene esos efectos (con lo cual viene a describir corrientes artísticas futuras); pero la escena va más allá de un posible designio moralizante tipo "la alternativa a la razón es la monstruosidad", pues también cabe entenderla de otro modo: "La razón es un sueño que produce monstruos". Idea premonitoria: muchos optimismos ilustrados tendrían inesperadas consecuencias, como le había ocurrido a Prometeo. El tono profético, sin el cual el cuadro queda en moralina roma, nace de una visión de la lógica profunda de las cosas, como ocurre con los mitos, difícil de expresar racionalmente.
Algo parecido podría verse en el Retrato de la familia de Carlos IV. Se lo ha interpretado a menudo como una caricatura sarcástica de la familia real y hasta de la institución monárquica, pero se trata de una versión muy forzada; desde luego, la broma no le habría salido gratis a Goya. Por el contrario, los reyes acogieron bastante bien la pintura, viéndola como lo que probablemente quería ser: una escena familiar y doméstica, casi popular si exceptuamos los trajes, sin apenas símbolos del poder. La idea queda realzada por la presencia central de la reina, María Luisa de Parma, que abraza a una hija y tiene de la mano de un hijo menor, con el rey a su izquierda, aunque más en primer plano. La disposición puede sugerir tanto el tono familiar como el protagonismo político de la reina, que arrebata el centro a su marido. En todo caso, ofrece una visión de conjunto poco esperanzadora. El rey, de aspecto vulgar, tiene la mirada perdida y carece de majestad, la reina, ciertamente fea, dirige la vista en dirección contraria a la del rey, con una vaga expresión altanera que desdice del gesto afectuoso hacia sus hijos. En algún otro personaje resalta la fealdad, aunque no en la mayoría. La composición se inspira en Las Meninas, cuadro muy apreciado por Goya y de los más admirados de la pintura mundial; pero, al revés que este, carece de profundidad, cerrada por una pared con otros cuadros, lo que aumenta la trivialidad de la escena. Casi exigiría las palabras del festín de Baltasar. Fue pintado en 1800, un año después de El sueño de la razón y cuando faltaba ya poco para que se hiciera añicos, por la invasión francesa, la labor recuperadora de la Ilustración española, no espléndida, pero sí prometedora.
1 de Septiembre de 2009 - 12:17:04 - Pío Moa - 108 comentarios
De Años de hierro:
"Tampoco faltaban algunos rasgos comunes entre los máximos líderes de ambas ideologías, Hitler de 50 años, y Stalin, de 61. Los dos se sentían poseídos de una misión histórica ante la cual deberían ceder cualesquiera otras consideraciones, y mostraron en todo momento una resolución despiadada hacia sus enemigos, incluso hacia sus correligionarios. Nadie había matado hasta entonces más comunistas que Stalin, empezando por la plana mayor de los revolucionarios de octubre del 17, y seguiría con esa costumbre hasta el fin de sus días; Hitler había hecho asesinar, en 1934, a unos 200 seguidores suyos de las primeras horas, en la "noche de los cuchillos largos", entre ellos la plana mayor de las SA, (Sturmabteilungen o Secciones de asalto), que tanto le habían ayudado a conseguir el poder; si bien, al revés que Stalin, no insistiría en esa línea contra los suyos. En lo demás, diferían. Hitler tenía una mentalidad más militar, y Stalin más policíaca; el historial de Hitler era más bien el de un agitador de masas, y el de Stalin el de un conspirador y terrorista; el alemán preconizaba abiertamente el fanatismo y la violencia, y el georgiano empleaba demagogia seudohumanista. Éste poseía también una amplia cultura, bastante superior a la del líder nazi. En 1939, Stalin cargaba ya con montañas de cadáveres, siendo aún escasas las víctimas de Hitler. Compartieron también el sistemático "culto a la personalidad", como sería llamado más tarde.
Los nacionalsocialistas habían llegado al gobierno sobre la ola de la frustración popular por una crisis económica que golpeaba al país con especial crudeza, del resentimiento por las condiciones abusivas del Tratado de Versalles impuesto a Alemania cuando ésta perdió la I Guerra Mundial, y del temor al comunismo. Alcanzado legalmente el poder, destruyeron las leyes y libertades democráticas, aplastaron a los comunistas y aplicaron una planificación económica que dio, de principio, excelente fruto. El paro galopante fue absorbido y la industria volvió a trabajar a pleno rendimiento, mucha de ella para el ejército. En solo seis años, de 1933 y 1939, Alemania recobró el rango de gran potencia.
El mayor peligro del dinamismo nazi provenía de sus pretensiones expansivas. Según sus doctrinas, los alemanes tenían derecho a un "espacio vital" a costa de las naciones vecinas. Hitler expresaba doctrinalmente esas aspiraciones, y al mismo tiempo afirmaba que sus proyectos señalaban el camino hacia una "paz auténtica y duradera", superando los abusos del pasado. Parejamente Stalin, constructor de la dictadura quizá más absoluta que había conocido el mundo, y director de la Comintern, dedicada en cuerpo y alma a atacar el capitalismo, predicaba sin descanso la democracia y la paz.
Para el Kremlin, el ascenso nazi había sido un flagelo, no sólo porque había aniquilado al partido comunista alemán, puntero de la Comintern, sino, sobre todo, porque auguraba la agresión a la URSS, aunque ésta se hallase protegida, de momento, por los estados intermedios Checoslovaquia, Polonia y Rumania. Esa inquietud había cambiado la anterior estrategia comunista, de subversión directa y violenta contra la burguesía en todos los países, por la de "frentes populares", buscando acuerdos con las potencias democráticas y con amplios sectores burgueses a fin de aislar al fascismo en general, y a Alemania muy en particular. En la doctrina y mentalidad soviéticas, tanto las democracias como los fascismos eran potencias "imperialistas" que colisionaban entre sí, en su afán por nuevos mercados y por la explotación de las colonias. Stalin venía anunciando la proximidad de una nueva guerra imperialista, y esa idea determinaba su orientación global. El dilema era: ¿empezaría ese conflicto como una agresión nazi a la URSS, o como un choque entre las potencias democráticas y las fascistas? Su máximo interés estaba en lo segundo, pues entonces todos sus enemigos se agotarían luchando entre sí, dejando la Europa centro-occidental aún más devastada que la guerra del 14, y a la URSS como árbitro absoluto de la situación, abriendo paso a la revolución en todo el continente.
Por lo mismo, Stalin temía que las democracias hiciesen concesiones a Hitler, a fin de desviar su agresividad hacia la URSS. Temor no irreal, dado que muchos políticos demócratas temían más al comunismo que al nazismo, y la aniquilación mutua entre ambos no dejaba de parecerles una salida interesante.
Sólo dentro de esa concepción general había cobrado sentido el apoyo de Stalin al Frente Popular español, pues, evidentemente, sus protestas de simpatía por la democracia carecían de valor. La intervención en la guerra española había sido una aventura arriesgada para la URSS, por las grandes distancias y por el riesgo de conflicto abierto con Alemania; y también costosa, si no en dinero --se aseguró el pago de la ayuda mediante las reservas de oro españolas-- sí en prestigio. Pero la empresa merecía la pena, porque mantenía lejos de sus fronteras, al otro extremo de Europa, un dramático foco de tensión entre Italia y Alemania, por un lado, y Francia y Gran Bretaña por otro, que debiera abocar al conflicto armado entre ellas, anhelado por Stalin. De paso, la ayuda a España ofrecía la oportunidad de asentar, bajo cobertura democrática, un nuevo régimen de tipo soviético a espaldas de la Europa capitalista.
Pero las democracias no habían respondido a los cálculos del Kremlin. Inglaterra, en menor medida Francia, habían tratado de aislar el foco bélico y revolucionario español, aprensivas de su contagio, y no habían visto mal que las potencias totalitarias se enzarzasen entre ellas a través de España. Además, el asolamiento del país les facilitaría condicionar la política de Madrid al llegar la paz, mediante créditos para la reconstrucción que ni Italia ni Alemania podían ofrecer. Por ello, en lugar de actuar directamente en la contienda, como deseaba Stalin, las democracias habían optado por la no intervención, haciendo la vista gorda a las intervenciones soviética y germanoitaliana, procurando al mismo tiempo mantener el equilibrio entre ambas. Por otra parte Hitler había coincidido con Stalin en el interés por alargar la guerra española, si bien por razones distintas: el primero buscaba alejar la atención de sus maniobras expansionistas en el centro de Europa, dirigidas contra Austria y Checoslovaquia y distanciar a Italia de Gran Bretaña.
Así pues, Moscú no había sacado nada en limpio de su aventura española, salvo bazas propagandísticas como supuesta defensora de la libertad frente a la traición de las democracias "burguesas". Pero mientras intentaba promover el cerco de Alemania y el conflicto en occidente, Stalin, con su clásica ambigüedad "dialéctica", y con el mismo fin de alejar de sí la agresión nazi, procuraba acercarse al III Reich. El acercamiento empezó a concretarse en la primavera de 1939, cuando la lucha en España tocaba a su fin, y se aceleró durante el verano.
A su vez las democracias se hallaban atenazadas por la propaganda pacifista y por el recuerdo de las enormes pérdidas humanas y económicas de la guerra anterior. Ante el enrarecimiento de la situación, habían emprendido un impopular rearme. Gran Bretaña, más fuerte y decidida, parecía vacilar entre la idea de empujar a Hitler contra la URSS --lo cual significaba sacrificar Checoslovaquia y Polonia--, y su política tradicional de equilibro de poderes en el continente. De la anterior guerra europea, Londres había sacado la lección de la inconveniencia de implicarse demasiado en los asuntos continentales, pero Alemania se estaba configurando como un poder excesivo, al que Francia no podría contrapesar por sí sola. Esta trama de expectativas inciertas y contradictorias se desarrolló a lo largo de 1939.
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En marzo, Hitler ocupó y desmembró Checoslovaquia, violando sus promesas de la conferencia de Munich, de septiembre del año anterior, cuando había obtenido la región checa de los Sudetes, de población mayoritaria alemana. Luego arrebató a Lituania la zona de Memel y exigió un paso con garantía de extraterritorialidad entre el territorio alemán y la ciudad de Danzig (Gdansk) situada en territorio polaco y única salida de este país al mar. Danzig, de población muy mayoritariamente germana, había quedado como "ciudad libre" internacionalizada, a resultas de la I Guerra Mundial.
Y el mes de abril, comenzado con la victoria de Franco, Italia invadía Albania, mientras Hitler aprobaba el plan Weiss ("Blanco") para invadir Polonia, y cancelaba el convenio naval con Inglaterra, así como el tratado de no agresión con Polonia, firmado en 1934 por diez años. Sin embargo, Mussolini miraba con aprensión la eventualidad de una guerra general. No se sentía preparado para ella, y sabía que los gestos belicosos y el aparato militar de que hacía gala tenían mucho de fachada de cartón piedra. En mayo firmaba con Alemania el Pacto de Acero, de mutua asistencia militar, reforzando el Eje Roma-Berlín, del que se venía hablando desde 1936. Pero seguía manteniendo buenas relaciones con Londres y presionaba a Hitler, entre la esperanza y el desmayo, para evitar el conflicto europeo, a lo cual le ayudaba la diplomacia británica, máximamente interesada en tener a Italia al margen.
La situación se tornó muy alarmante para la URSS, por cuanto la previsible caída de Polonia llevaría el poder alemán directamente a sus fronteras; y Japón hostigaba en mayo a la república títere soviética de Mongolia, cerca del río Jaljin Gol. Durante los meses siguientes las mutuas incursiones derivarían a una guerra no declarada, con intervención de cuerpos de ejército. Japón había firmado con Alemania, en 1936 el Pacto anti Comintern, y sus hostilidades parecían el preludio de un ataque concéntrico contra la URSS desde el este y el oeste. Así, la expansión japonesa por China, que apuntaba ahora a Siberia, constituía otro foco incandescente de conflicto generalizado.
Pero el ejército ruso venció al japonés, a finales de agosto. Y desde abril Londres dio por terminada su política de "apaciguamiento" y concesiones a Hitler, y aceleró su rearme. Entonces ofreció a Polonia garantías frente a las exigencias alemanas, firmando con ella un pacto de asistencia mutua. Francia también respaldó a Varsovia. La victoria soviética en Mongolia y el cambio de política británica mejoraban la capacidad de maniobra de Moscú.
Los meses de junio, julio y agosto, vieron en Europa un complicado juego diplomático entre Francia y Gran Bretaña, la URSS y Alemania. Las dos primeras trataron de entenderse con la URSS para respaldar a Polonia, Rumania y los países bálticos frente a las apetencias germanas, pero la protección soviética espantaba a estos países no menos que la agresividad nazi. Y Stalin llevaba tiempo jugando con dos barajas, pues, como quedó indicado, buscaba el arreglo con Hitler. Tampoco faltaron sondeos de las democracias con vistas a un acuerdo con Alemania. Hitler, a su vez, deseaba concertarse con Stalin, a fin de ocupar Polonia sin correr el riesgo de una guerra en dos frentes. La negociación Berlín-Moscú fue la que prosperó, y el 23 de agosto el mundo entero quedó atónito ante la noticia del Pacto germano-soviético, llamado también Ribbentrop-Mólotof, por los firmantes, ministros respectivos de Exteriores. El pacto sellaba el destino de Polonia y de los países limítrofes, dividiéndolos en esferas de influencia rusa y alemana. Sus cláusulas, rigurosamente secretas, establecían el reparto de Polonia, la inclusión de los países bálticos –salvo Lituania– y de Finlandia, así como de la Besarabia rumana, en la zona soviética.
El acuerdo resonó en el mundo entero como un gran trueno. Dado el odio con que se habían atacado los dos totalitarismos, la casi totalidad de los políticos y expertos en relaciones internacionales había juzgado imposible tal alianza. Walter Krivitski, jefe del espionaje soviético en Europa occidental, había desertado en 1937 y había avisado sobre la política de Stalin, sin que casi nadie le tomara en serio. Ahora, ni Francia ni Gran Bretaña podían echarse atrás de sus garantías, como habían hecho con Checoslovaquia. Hitler intentó, el 25 de agosto, disuadir a Londres de su apoyo a Polonia, proponiéndole una especie de reparto del mundo, con seguridades para el Imperio británico, pero fue rechazado. La rápida evolución de los acontecimientos anulaba la paz obtenida tan solo 21 años antes, tras la I Guerra Mundial.
El Pacto iba a crear también una larga frontera entre Alemania y la URSS, y con ella las bases para el futuro y decisivo choque entre ambas; pero de momento las dos salían muy beneficiadas. Hitler evitaba un segundo frente en su previsible conflicto con las democracias y, una vez liquidada Polonia, podría volverse contra ellas, si era preciso. Stalin a su vez, ganaba tiempo y obtenía espléndidas ventajas territoriales y económicas. Por otra parte, los japoneses interpretaron el trato germano-soviético como la anulación del Pacto anti Comintern, lo cual, junto con la victoria soviética en Jaljin Gol por esas fechas, alejó la eventualidad de un ataque a la URSS desde el este.
Lo mismo en Alemania que en la URSS, las anteriores propagandas antisoviética y antinazi respectivamente, desaparecieron como por ensalmo, y Stalin hizo fusilar a numerosos jefes comunistas alemanes exiliados en la URSS, en obsequio a la nueva política. En Francia, el potente partido comunista frenó sus ataques al nazismo, denunció una probable "guerra interimperialista" que no interesaba al "pueblo francés" y obró, de hecho, como una verdadera quinta columna del nazismo, por lo que pronto sería puesto fuera de la ley.
El 1 de septiembre, tan solo una semana después del pacto Ribbentrop-Mólotof, Alemania invadía Polonia. Tres días después Francia y Gran Bretaña declaraban la guerra a Alemania.
El nada desdeñable ejército polaco estaba considerado el sexto de Europa, y, al contrario del checo, disponía de amplio espacio para maniobrar. Pero el alemán le superaba en potencia y organización, y, sobre todo, aplicaba la revolucionaria estrategia de blitzkrieg o "guerra relámpago", combinando el empleo masivo de la aviación, la artillería y los carros para romper el frente en determinados puntos, y desde ellos embolsar las concentraciones enemigas mediante profundos avances de carros e infantería motorizada. De este modo logró imponerse enseguida sobre la valerosa y a veces suicida resistencia polaca. El día 17, en poco más de dos semanas, los alemanes habían alcanzado prácticamente la victoria, mientras el gobierno polaco de Moscicki y el jefe del ejército, Rydz-Smygly, huían a Rumania. Varsovia y otros puntos resistieron aún hasta finales del mes. Desde el mismo día 17 los soviéticos ocuparon sin esfuerzo, y so pretexto de "proteger a la población", la extensa zona oriental de Polonia, habitada mayoritariamente por bielorrusos y ucranianos.
De poco valió a Polonia el respaldo de Francia y Gran Bretaña, pese a disponer entre las dos de fuerzas superiores a las alemanas, en general, y absolutamente superiores en su frontera próxima al Rin, al haber concentrado Hitler casi toda su potencia militar en el este. Francia alineó 70 divisiones –estaba en condiciones de movilizar 120– con 3.000 tanques, frente a una fuerza germana insignificante y falta de ellos. La rapidez con que los alemanes conquistaron Polonia sorprendió a todos, pero, aun así, las democracias tuvieron tiempo y facilidades inauditas para atacar. Sorprendentemente, apenas realizaron ningún movimiento efectivo. Comenzó la llamada en Alemania Sitzkrieg (guerra sentada), y en Francia Drôle de guerre (Guerra extravagante). Solo en octubre comenzó Londres a enviar tropas a Francia. Hasta diciembre no tendrían ni una baja mortal en el frente terrestre. El argumento aparente era que comenzaba una guerra global y prolongada y no convenía dejarse absorber por una campaña parcial como la polaca. Tampoco declararon las democracias la guerra a la URSS, pese a la invasión de la Polonia oriental, quizá por no afrontar a dos enemigos a la vez.
Sí hubo, en cambio, considerable actividad naval...