La siguiente década comenzó con la intervención sueca en Alemania, también pagada generosamente por Richelieu. Pese a no alcanzar los dos millones de habitantes, Suecia se había hecho hegemónica en el Báltico, cuyas orillas alemana y polaca aspiraba a ocupar. Su rey Gustavo II Adolfo, talentoso militar, había vencido a Dinamarca y a Polonia, y marchó triunfante por Alemania. En 1632 ganó la batalla de Lützen, pero perdió la vida en ella. Su ejército siguió victorioso bajo el general Gustavo Horn, hasta que en septiembre de 1634 chocó con los hispano-imperiales en Nördlingen, y fue completamente aplastado, junto con sus auxiliares germanos, gracias al heroísmo de los españoles frente a los asaltos suecos. Fue una de las últimas grandes victorias de los tercios, y decisiva porque obligó a Suecia a renunciar al dominio de Alemania, y a los disgregados príncipes protestantes germanos a aceptar la paz de Praga, en 1635.
Allí pudo haber terminado la contienda, pero la paz disgustaba a Richelieu, que había gastado tanto dinero para nada, por lo que pasó a intervenir directamente, y Luis XIII declaró la guerra a España. Decisión aventurada, cuando los tercios acababan de revalidar sus laureles contra un ejército de la categoría del sueco. Pero Richelieu calculaba bien las dos debilidades de la Monarquía hispánica: escasez de hombres y dispersión de sus dominios, muy vulnerables en sus comunicaciones. Mantener unido tal imperio era una hazaña sin precedentes, pero también un factor de debilidad, mientras que Francia podía operar por seguras y cortas líneas interiores. Además, España quedaba en Flandes entre dos fuegos. Richelieu se atrevió tras haber superado lo bastante las dos debilidades de Francia --el excesivo poder nobiliario y el hugonote--, y contar con la ayuda de los protestantes de Holanda y Alemania. No obstante sufrió graves derrotas y los españoles estuvieron a punto de marchar sobre París. Richelieu se sintió hundido, pero Luis XIII se rehízo, contraatacó por la frontera española, y los cinco años siguientes nadie obtuvo la decisión. Agotados pronto los recursos, Richelieu decretó nuevos impuestos, que, eludidos por las clases altas, pesaron tanto más sobre los agobiados campesinos, que se alzaron en 1636 y 1639. El cardenal los masacró.
En cuanto a Flandes, los años 30 empezaron con la toma de la región brasileña de Pernambuco por los holandeses. Se trataba de una de las posesiones lusas más rentables por su producción de algodón y azúcar, y sus conquistadores llegaron resueltos a quedarse, llamando a la zona Nueva Holanda. Los calvinistas seguían una inteligente estrategia al atacar las posesiones portuguesas, pues no solo obtenían pingües ganancias, sino que creaban descontento en Portugal, donde muchos culpaban de los problemas a la unión con España, a pesar de que Castilla corría con el grueso de la defensa: San Salvador de Bahía había sido recuperada por 8.000 españoles y 4.000 portugueses. Y en Flandes los holandeses tomaban cada vez más la iniciativa contra unos hispanos que, aunque les daban fuertes réplicas, carecían de una estrategia imaginativa.
Aunque Flandes tuvo diestros gobernadores como el valenciano Francisco de Moncada y el madrileño Fernando de Austria, vencedor de Nördlingen, los gastos atosigaban a Madrid y los calvinistas explotaban la dispersión española por Alemania y Francia. En 1637 los holandeses recuperaban Breda y al año siguiente avanzaban sobre Amberes, cuya toma habría resuelto la contienda; pero Fernando, muy inferior en tropas, los venció casi milagrosamente en Kallo. El decenio concluía en 1639 con la batalla naval de las Dunas o de los Bajíos, perdida por los españoles ante a una flota holandesa muy superior. Sin ser una derrota aplastante, marcó el final de España como primera potencia en el mar.
Durante estos años continuó la paz con una Inglaterra ocupada en sus problemas internos. El Parlamento boicoteaba a Carlos I negándole contribuciones, y el rey replicaba prescindiendo del Parlamento, mientras las querellas religiosas se hacían más agudas. Carlos trató de introducir el anglicanismo en Escocia, lo que dio lugar, en 1639, a la Guerra de los obispos.
**** Decía Julián Marías que una de las cosas más curiosas respecto a la historia de España era la manía de explicar la hegemonía española exponiendo mil causas que la habrían hecho imposible: los campos rendían poquísimo, porque estaban mal cultivados, y además destrozados por la Mesta. Los campesinos estaban siempre en la miseria y se morían de hambre (pero no año tras año, sino década tras década, producían misteriosamente enormes sumas de impuestos) Y no solo estaban permanentemente en la miseria y el hambre, sino que, como “cristianos viejos” eran unos inútiles orgullosos de serlo, mientras que los únicos sectores sociales productivos, los judíos y los moriscos, eran expulsados. Los nobles e hidalgos solo entendían del honor y de no trabajar… Verdaderamente la hegemonía española tuvo que ser un milagro divino O bien cosa del diablo para los protestantes. Y todas esas sandeces pasan por estudio científico.
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**** La Audiencia prohíbe los homenajes a etarras permitidos por Pedraz
Los prohíbe después del atentado. Y no procesa a Pedraz, principal homenajeante de los asesinos.
**** La ministra Salgado: superaremos "la peor crisis" de la historia con "el esfuerzo de todos"
Menos el de los politicastros como la Salgado, que nos meten cada vez más en ella.
**** Zapatero: "No tienen posibilidad de esconderse. Pasarán su vida en la cárcel"
Miente, como siempre. Hasta en eso sigue siendo cómplice.
**** Oyarzábal: "Euskal Herria responde a una realidad cultural, a un paisaje lingüístico"
Mejor Euscalerría, como decía Unamuno. Pues bien, no es así del todo. El vascuence une solo muy relativamente a los vascofranceses y a los vascoespañoles. Los vascoespañoles tienen una cultura muy predominantemente castellana, tanto por idioma como por todo lo que este lleva asociado. El vascuence nunca fue idioma de cultura, los vascos nunca han expresado en él una literatura ni un pensamiento, sino que a lo largo de la historia, y sin que nadie les haya obligado, lo han expresado en el español común, beneficiándolo y beneficiándose de él. El vascuence ha tenido además la pésima suerte de caer en manos de los separatistas, y la cultura desarrollada en ese idioma en el siglo XX y ahora es la cultura del racismo, de la falsificación histórica, del odio gratuito, del tiro en la nuca y la complicidad con el asesinato. Hay excepciones, claro, pero en líneas generales, y por enorme desgracia para todos, es así. Por cierto, el del “paisaje lingüístico” (¿qué querrá decir este ignorante?) es un jefecillo del PP. Veo la foto de un sonriente Oyarzábal en Radio Euskadi ¡Eukadi! ¡Qué brutalidad de palabro separatista!
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Hoy, en Época:
CONCOMITANCIAS
Observen estos fenómenos sociales, políticos e ideológicos, tan extendidos en nuestra sociedad:
*Fracaso escolar
*Expansión de la droga y el alcohol, fundamentalmente entre la juventud
*Divorcio masivo
*Aborto masivo
*Aumento de la delincuencia
*Extensión de la pederastia
*Telebasura y trivialización del sexo
*Violencia doméstica
*Homosexualismo militante
*Feminismo
*Ecologismo radical
*Corrupción de los políticos
*Separatismo o simpatías o pasividad ante él
*Terrorismo o colaboración con él o pasividad ante él
* “Muerte de Montesquieu”, es decir, liquidación de la independencia judicial
*Ignorancia de España mezclada con aversión o indiferencia hacia su historia y unidad
*Simpatía, pasividad o indiferencia por el islamismo y su penetración social
*Aversión a Israel y simpatía por el terrorismo musulmán
*Aversión a la democracia useña
*Simpatía más o menos explícita por el régimen de Castro y por el mito de Che Guevara
*Simpatía por el Frente Popular español durante la guerra civil
*Aversión a la Iglesia y, en general, al cristianismo
*Simpatía, en general, por las dictaduras y totalitarismos de izquierda
*Odio más o menos visceral al franquismo
Podríamos alargarnos con algunas tendencias más, pero creo que es suficiente: se trata de hechos concomitantes. Concomitancia, explica la RAE, es la “acción y efecto de acompañar una cosa a otra, u obrar juntamente con ella”. Tales tendencias coinciden hoy en muchísimas personas, si bien no en todas del mismo modo o con la misma intensidad. Conforman lo que se ha dado en llamar, vagamente, “ideología progre”, aunque ella suela echar sobre los contrarios la culpa de algunos efectos de sus modos de pensar, como la pederastia o la violencia doméstica. Esta ideología se identifica mayormente con las izquierdas, pero está muy extendida también en la derecha, y tópicos del feminismo o del ecologismo se han hecho casi universales. Hay aspectos, como el odio a Israel y el apoyo al terrorismo islámico, compartidos por la izquierda y la extrema derecha. La antaño extendidísima complacencia con el TNV (terrorismo nacionalista vasco) ha decaído mucho, pero, paradójicamente, la colaboración de los políticos con él ha llegado a extremos nunca antes vistos.
Estas ideologías vienen en gran parte del marxismo o siguen su método, aunque sin la coherencia de aquella doctrina: como trozos del Muro de Berlín llevados a todas partes y que intentan reconstruirse sobre el viejo modelo, con variadas formas y demagogias. Pues, aunque sorprenda, la caída del Muro nunca suscitó la menor reflexión crítica o autocrítica un poco seria en los marxistas, y menos en los españoles, cuya capacidad teorizadora siempre tendió a cero. Lo mismo entre la vasta tierra intermedia de los compañeros de viaje, simpatizantes o respetuosos del marxismo. Todos ellos, desconcertados, han perdido, como digo, la antigua coherencia doctrinal y analítica, pero han aumentado su componente histérico y obran juntos en la tarea de destruir los elementos de la civilización occidental, de modo especialmente virulento en España.
En 1616 se agrietó la paz por el norte de Italia, por el ataque de Saboya y de Venecia, que cogía en tenaza el Milanesado. Los nacionalistas italianos creían al “monstruoso cíclope español” “tísico por el largo ocio de Italia y por la fiebre ética de Flandes, un elefante que tiene el ánimo de un pollito”. Para 1618 Saboya y Venecia estaban vencidas y exhaustas. Madrid, conciliador, impuso condiciones suaves y consintió a Venecia el control del Adriático, para indignación de Osuna.
Y ese mismo 1618 echaba a rodar en la lejana Bohemia una bola de nieve que se haría gigantesca, dañaría a toda Europa y en tres décadas acabaría con la hegemonía hispana: el 23 de mayo unos delegados calvinistas tiraron por la ventana del castillo de Praga a tres políticos católicos (segunda Defenestración de Praga: se salvaron por caer sobre estiércol) y reclutaron un ejército contra el emperador Matías, sucesor del débil Rodolfo II. El golpe complicaba a Madrid, por su alianza con Viena. Rodolfo y Matías habían sido tolerantes hacia los protestantes pero la lucha se generalizó por Bohemia y Alemania El nuevo emperador Fernando II pidió ayuda a Madrid, los protestantes a una variedad de príncipes e incluso buscaron la colaboración turca. Spínola ocupó parte de Renania y el embajador español en Viena, Íñigo de Oñate, explotó las divisiones entre los protestantes. La batalla de la Montaña Blanca, en 1620, dio un triunfo decisivo a los imperiales católicos, y las tropas protestantes entraron en progresiva descomposición hasta 1624.
Pero en 1625 Dinamarca, con dinero de Francia, intervino en ayuda de los protestantes pensando en ocupar zonas del norte de Alemania. Aunque católico, Richelieu perseguía ante todo quebrar al Imperio y a España. La acción danesa duró hasta 1629, cuando el general católico Wallenstein la derrotó y ocupó Jutlandia, aunque no pudo tomar Copenhague. El rey danés Cristián IV, renunció a la lucha a cambio de conservar su reino. Así terminaba la primera década de guerra.
De momento, este conflicto solo había costado dinero y pocos hombres a España. Al pasar el trono a Felipe IV, el nuevo valido, Olivares, hubo de encarar el fin de la tregua con Holanda, el embrollo alemán y la agresividad francesa. A su vez adoptó una línea más agresiva que la de Lerma. La contienda de Flandes se enconó contra una Holanda muy reforzaba que, no solo replicaba con eficacia a las acciones españolas, sino que golpeaba en las posesiones portuguesas y a Filipinas. En 1624 tomaba San Salvador de Bahía, en Brasil, aunque España la recuperó al año siguiente, como también capturó Spónola la estratégica plaza fuerte de Breda, hecho inmortalizado por el célebre cuadro de Velázquez. Pero la toma de Breda no fue decisiva, y en 1628 la armada holandesa sorprendió y capturó en Cuba a parte de la flota de Indias, con cuyo botín financió Holanda nuevas campañas. Terminaba la década con malos augurios para España.
Mientras, la política francesa se tornaba más peligrosa. En 1624 Luis XIII dio su confianza al cardenal Richelieu, tras sufrir a varios favoritos ineptos. Richelieu era corrupto, refinado, sin escrúpulos, protector de las artes y buen organizador: un príncipe del Renacimiento inspirado por Maquiavelo. Ansiaba engrandecer a Francia y hundir en lo posible el poder hispano-imperial, pero antes debían poner orden en casa afianzando la autoridad regia sobre los nobles, eterna pugna francesa nunca resuelta. Y debió afrontar nuevas rebeliones calvinistas, hasta que sometió su plaza fuerte de La Rochela, en 1628, poniendo fin a la anomalía de un estado dentro del estado. Entre tanto, dio grandes sumas de dinero a Dinamarca, para que atacase al Sacro Imperio y amenazó las comunicaciones españolas ocupando el valle de Valtelina entre Italia y Suiza.
En Inglaterra, Jacobo I, mal administrador, chocaba con el Parlamento, por lo que apenas lo convocó, y recurrió a la venta de cargos y monopolios. Trató de casar al heredero, Carlos, con la infanta española María Ana, y como el proyecto aseguraba la paz, Madrid y Londres lo prolongaron. Los protestantes se oponían, y en 1623 Carlos hizo un romántico viaje de incógnito a España, para obtener por fin la mano de la princesa; pero se le exigió hacerse católico, la boda se frustró y se agrió la relación entre los dos países. El Parlamento deseaba fervientemente la guerra con España, por motivos religiosos y para saquear las Indias.
Jacobo murió en 1625, y le sucedió Carlos, que se casó con la francesa Enriqueta María, hija de Enrique IV y de María de Médicis. Los protestantes la rechazaban por católica, y la relación conyugal, pésima al principio, mejoraría tras el asesinato, en 1628, del duque de Buckingham favorito del rey. Carlos I, emparentado con un príncipe protestante expulsado del Palatinado por los españoles, declaró la guerra a España en 1625, y mandó una expedición conjunta con Holanda para apoderarse de Cádiz y de la flota de Indias, y financiarse con ella. Pero esta vez agentes de Madrid en Londres dieron aviso, impidiendo el factor sorpresa. La resistencia en Cádiz y las tormentas infligieron a los atacantes una dolorosa pérdida de hombres, barcos, dinero y prestigio en aquel año en que España también tomó Breda, recuperó Bahía en Brasil, y tuvo otros éxitos importantes. El duro revés enfrió los ánimos de Londres, y no hubo nuevas acciones de relieve hasta la firma de la paz en 1630. Carlos firmó también la paz con Francia, después de haber fracasado en 1627 su socorro a los hugonotes de La Rochela. Estas desgracias harían al rey impopular entre sus belicosos súbditos protestantes.
**** Blog: “Las dos líneas de conversos que habían detectado, treinta o cuarenta años antes, se llamaban Franco y Bahamonde. El apellido paterno y el apellido materno del Caudillo”. Son seudoexplicaciones algo pueriles, que se encuentran también entre los buenos autores. La conducta de Franco en relación con Hitler no tiene la menor relación con su supuesto origen judío, ni esos apellidos eran judíos. Los judíos cristianizados adoptaban apellidos cristianos convencionales, algunos con más frecuencia que otros, pero que no se convertían por eso en apellidos judíos. Es como cuando se oye decir que “Ortega” o “Jiménez” son apellidos gitanos: “El Caudillo acogió al embajador correctamente, pero sin efusión, y Hoare le cobró inmediata antipatía: “Su voz era muy distinta de los incontrolados y desapacibles gritos de Hitler o de los modulados y teatrales bajos de Mussolini. Era la voz de un médico de cabecera, con buenos modales (…) Me llevó a pensar cómo pudo llegar a ser el joven y brillante oficial en Marruecos y luego el comandante en jefe en una salvaje guerra civil”. Su voz, al igual que su calma, exasperaban al embajador: “¿Había algo más en él que no pudiera ser percibido fácilmente, o de qué modo este joven oficial de origen judío, de escasa influencia política y de personalidad nada impresionante, pudo llegar a la más alta magistratura del estado?” No se ha descubierto, por más que se ha investigado, origen judío en Franco; y sin una acusada personalidad parece difícil que se hubiera impuesto una y otra vez a sus muchos, empeñados y peligrosos enemigos (Años de hierro).
Por lo demás, el resto de la especulación de Dumont es aquí ilusoria. A Franco no le gustaban los hebreos, pero tampoco pensó en ensañarse con ellos ni compartía la obsesiva persecución nacionalsocialista. Algunos rabinos defendieron a Franco, pero muchos más lo atacaron, incluso ferozmente, e Israel le jugó la mala pasada de votar contra su admisión en la ONU.
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**** Dice el grotesco niñato, “No es una cuestión de lo que Obama puede hacer por nosotros, sino de lo que nosotros podemos hacer por Obama”. Solo le faltó añadir: “Obama, mein Führer”. Creo que jamás habíamos visto una muestra de adulación y servilismo tal, por parte del cómplice del terrorismo que mangonea el país. Pero así es: el descenso a la basura no conoce límites.
Habló también el fulano de "la diversidad y complejidad del mundo en términos de culturas, de formas de vida, de religiones o de las diferentes perspectivas en el orden mundial". Él entiende muy bien la diversidad y se lleva perfectamente con muchas de sus manifestaciones: la cultura del asesinato como forma de hacer política, la religión de los totalitarismos como el cubano, las formas de vida tiránicas como la marroquí, las perspectivas del terrorismo musulmán o de Gibraltar como colonia inglesa, la cultura del aborto como un derecho fundamental, el socavamiento de la familia como forma de vida, la corrosión de la independencia judicial como perspectiva de la diversidad… Zapo es un sujeto de mentalidad abierta, no cabe duda. Y Obama también.
**** Chaves: "ETA no ha pensado en mujeres, embarazadas, en niños, en personas"
Este corrupto proetarra y abortista enseña la pata sin querer. ¿No son personas las mujeres, las embarazadas y los niños? Por lo demás, lo del embarazo, para él se resuelve pronto con un aborto: se trata de un derecho, dice, y los derechos conviene practicarlos, no vayan a oxidarse.
**** Rubalcaba: "Había 41 niños durmiendo que podrían haber muerto"
El colaborador de los asesinos preocupándose por los niños, ¿no es enternecedor? El país de la desvergüenza ilimitada.
**** Nos informa el ministro Gabilondo: "Me gusta la carne en casi todos los sentidos de esa noble palabra". ¡Qué poco noble en su boca, dicho sea también en todos los sentidos!
El fondo último de la desgracia de Osuna deriva de su concepción estratégica opuesta a la de la corte. Osuna daba máximo valor al Mediterráneo y propugnaba una acción ofensiva; Felipe III y su valido el duque de Lerma prestaban más atención a la Europa Central, y buscaban mantener el statu quo mediante paces. Les inclinaban a ello los ahogos financieros y el ambiente cortesano, corrupto y resignado. Osuna creía mayores los perjuicios de una política defensiva o conservadora que los del endeudamiento.
En realidad España y sus enemigos se hallaban al límite de sus fuerzas, y la línea pacificadora daba buenos resultados, asentando en Europa occidental la llamada Pax hispanica. Por la paz de Vervins, España había eludido el avispero francés y seis años más tarde fue otro gran éxito la firma de la paz con Inglaterra, donde Jacobo I había sucedido a Isabel. Con Jacobo, notable intelectual y mecenas, posible homosexual, llegó a su cumbre el esplendor cultural isabelino. Él teorizó sobre una monarquía absoluta de derecho divino, refutada enérgicamente por Francisco de Suárez, de la Escuela de Salamanca, como ya vimos. No obstante, en la práctica mostró moderación. Fue el primer rey de Escocia e Inglaterra, e intentó unificar ambos reinos, pero los odios recíprocos, cimentados en generaciones de guerras, eran demasiado fuertes, y la religión dominante también difería: calvinista en Escocia, anglicana en Inglaterra.
Siendo Jacobo hijo de María Estuardo, los católicos esperaban de él tolerancia, mas al parecer no hubo mucha, y en 1605 el católico Guy Fawkes, antiguo soldado al servicio de España, intentó volar el Parlamento con sus ocupantes. Descubierto, varios conspiradores murieron en la tortura, y los otros sufrieron la pena por traición: eran ahorcados sin dejarles morir, luego les seccionaban los genitales y los desventraban, quemando sus entrañas ante su vista, y a continuación eran decapitados y despedazados. Fawkes, aunque muy débil por la tortura, se libró saltando de la horca y rompiéndose el cuello. Este castigo se aplicó a quienes predicaban el catolicismo, como Thomas Atkinson en 1616, pese a tener ya 70 años. Según versiones no documentadas, el asunto de Fawkes habría sido una provocación del secretario de estado, Robert Cecil, para eliminar de raíz cualquier tolerancia hacia los católicos.
Aun así, la relación Londres-Madrid fue excelente, gracias a la maestría diplomática del conde de Gondomar, el pontevedrés Diego Sarmiento, probablemente el mejor embajador que tenía España (y tenía algunos excelentes). Gondomar había combatido a Drake después de la Gran Armada, y repelido en 1609 un ataque holandés a Galicia. Bajo el lema "aventurar la vida y osar morir", creó en Londres una eficaz red de agentes, pero su mayor baza fue la amistad lograda con Jacobo I, con quien compartía aficiones y dotes intelectuales. Así influyó en la política inglesa, despertando verdadero odio de los puritanos y del partido antiespañol. Un jefe de este partido, Walter Raleigh, antiguo protegido de Isabel, intentó en 1617 romper la paz entre los dos países mediante un ataque por Venezuela, donde esperaba hallar mucho oro, sublevar a los indios contra España y capturar la flota de Indias. Cosechó un completo fracaso, pero Gondomar protestó y Raleigh a su vuelta, fue decapitado en Londres, muriendo con serenidad admirable. Aparte de corsario, Raleigh fue un político y escritor no común. Más tarde, Gondomar logró hacer encarcelar a otro pirata que había intentado repetir la aventura de Raleigh. Mayor trascendencia tuvo su éxito en impedir que Inglaterra ayudase a los protestantes en la Guerra de los Treinta años, para creciente indignación de los ingleses antiespañoles. En 1622, volvió a España.
La política de paz cosechó un tercer éxito –derrota, para Osuna y otros–: la Tregua de los doce años con Holanda, de 1609. Gracias a la marcha de Farnesio a Francia los holandeses se habían rehecho de un acoso extremo, y la guerra se volvió más lenta y onerosa. España tuvo un buen jefe en Ambrosio Spínola, que tomó Ostende y apretó a sus enemigos, pero sin alcanzar una decisión. Por fin ambas partes prefirieron la tregua. Su impulsor holandés fue el líder Oldenbarnevelt, en contra de Mauricio de Nassau y el calvinismo duro. Oldervanbenelt había firmado en 1596 el fracasado plan con Francia e Inglaterra para aplastar el poder hispano, y en 1602 había fundado la Compañía de las Indias Orientales, una base de la prosperidad holandesa, monopolio con poderes para fundar colonias, declarar la guerra y a atacar posesiones lusas. La tregua permitió a Holanda poner en orden su economía, extender sus redes comerciales a mercados antes prohibidos y ser reconocida por otros estados. Pero causó conflictos entre el partido republicano y el monárquico dirigido por Mauricio de Nassau, y discordias entre los calvinistas radicales y los propensos a una mayor tolerancia con los católicos. Al final, Mauricio consiguió que Oldenbarnevelt fuera decapitado, tras un proceso ilegal, en 1619.
Nuevo éxito de la paz fue el asesinato de Enrique IV de Francia en 1610, por François Ravaillac. Este fue ferozmente torturado trece días, quemado con hierros candentes y descuartizado. Algunos achacaron, sin prueba, el crimen a los jesuitas. Aunque en paz con España, Enrique IV estaba a punto de enviar un fuerte ejército a Alemania a favor de los protestantes. A su muerte el poder práctico recayó en su segunda mujer, María de Médicis, por ser aún niño el nuevo rey, Luis XIII. María buscó el acuerdo con Madrid.
Dentro de esta política entró la expulsión de los moriscos, en 1609. Las minorías religiosas en los países europeos había demostrado ser un germen de guerra interna (el África del norte musulmana no tenían ese problema, pues, por unos medios u otros, los cristianos habían prácticamente desaparecido de allí), y los moriscos formaban una minoría sometida pero inasimilada y siempre hostil. Peligrosa no solo porque se concentraba en algunas regiones y crecía a mayor ritmo que los cristianos, y porque constituía una quinta columna de la piratería magrebí, de la nunca ausente amenaza turca y de Francia, siempre presta a alentar su rebeldía. De su peso en Valencia da idea el hecho de que su expulsión dejó semidespobladas algunas zonas. Por todo ello el pueblo en general miró con alivio la medida, pese al daño económico en algunas comarcas; con menos agrado los nobles, porque les privaba de vasallos. Saldrían unos 250.000 moriscos, a veces en condiciones dramáticas, que empeoraron para muchos en el norte de África, donde sus correligionarios a menudo los maltrataron, robaron o esclavizaron.
Contra lo esperado, las paces no aliviaron la economía. La deuda de 80 millones de ducados dejada por Felipe II, ascendía a 120 a la muerte de Felipe III. La causa reside probablemente en que se trataba de paces "tensas", que requerían una costosa alerta. En los últimos años de Felipe III hubo además los gastos de una guerra menor en Italia, y la ayuda al Sacro Imperio por el reavivamiento de los conflictos religiosos (Guerra de los treinta años). Aun así, y pese a algunos retrocesos, la Pax hispanica parecía consolidar la hegemonía española en Europa. Duraría poco, sin embargo.
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**** Un coche bomba deja decenas de heridos en Burgos
Pedraz y compañía, homenajeantes de la ETA, tienen que estar contentos.
**** Toñi Santiago: "Hago responsable de mi dolor al juez Pedraz"
Para Pedraz ese dolor solo puede ser una alegría. A él, como a tantos, lo que le va son los homenajes a la ETA. ¿Y a las víctimas? Lo mismo admite también homenajes a las víctimas, como juez "imparcial". Mientras los futuristas o el jefe de la AVT... En un país serio las protestas habrían llegado al cielo. En el país de la telebasura y los votantes boyunos, ya se sabe.
**** Aguirre canta el cumpleaños feliz a Rubalcaba, el portavoz de la corrupción, del GAL y de la colaboración con los asesinos, que el hombre vale para todo. ¡Qué tiernos estos políticos, mientras deshacen el país! Se le olvidó cantárselo en inglés: habría quedado más propio.
**** España pide a la UE que impida la entrada al Gobierno de Micheletti
España no, Zapo y su pandilla de amigos de los terroristas y las dictaduras.
**** Cospedal dice que Rajoy es víctima del "sesgo escandaloso" del CIS
Esta señora es un chiste ambulante. Peor que la vice.
**** El PP vuelve a pedir que la Vuelta a España pase por el País Vasco
Pedirlo no cuesta nada. ¿Pasaba cuando gobernaba el PP?
**** El PP pide que la Vuelta pase por Barcelona tras conocer que el Tour sí puede hacerlo
Por supuesto, si un país extranjero como Francia puede hacerlo, ¿por qué no va hacerlo otro país extranjero como España? Igualdad de condiciones. Cosas de los señoritos de la Nena Angloparlante.
**** Pamplona investigará si hubo enaltecimiento del terrorismo en los Sanfermines
¿Se puede investigar lo evidente?
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Ayer, en El economista:
EL DÍA DE SANTIAGO
Santiago fue considerado patrón de España desde el siglo VIII. El Camino de Santiago, que nacía en Oviedo, se convirtió en un eje cultural y económico de primer orden, mayor aún con el Camino francés, que se ramificaba desde Polonia, Escandinavia o Italia para confluir en Puente la Reina. El grito "¡Santiago y cierra España!" ("cierra" en el sentido de carga o ataca) o simplemente "¡Santiago!" o "¡España!" marcó las batallas de la Reconquista y luego las libradas por los españoles en América o en Europa. Ningún símbolo ha caracterizado con más fuerza la formación e historia de España.
El Camino de Santiago encerraba el doble significado de una España política y culturalmente opuesta a la creación islámica de Al Ándalus, e integrada culturalmente en Europa, es decir, cristiana, occidental e independiente (enseguida Oviedo y León se distanciaron de las aspiraciones de Carlomagno a un imperio europeo cesaropapista, y el título de "emperador de España", quería decir que no se aceptaba otro poder político superior a él).
Por una de las muchas tonterías de nuestros separatismos, los nacionalistas gallegos han declarado día de "Galiza" (hasta en el nombre tienen mal gusto) el de Santiago: ¡un símbolo que une tan estrechamente a Galicia (como siempre la hemos llamado los gallegos) con el resto de España!
Y los políticos que padecemos, fieles a su ruindad y atroz incultura, han suprimido este día como fiesta general en el país. Para los separatistas, España no ha existido hasta tiempos recientes, incluso nunca, y los otros quieren darles la razón. Se sienten progresistas por ello. Pero obsérvenlos: son los que convierten las autonomías en palancas para romper el país, los que han convertido el asesinato terrorista en un modo de hacer política, los que atacan al poder judicial. Sin olvidar su repugnante corrupción económica. No les gusta lo que Santiago simboliza. Natural.
En la primera mitad de este año he publicado dos libros: la reedición de Los orígenes de la guerra civil, aprovechando su décimo aniversario, con un prólogo de Stanley Payne y un "Epílogo para universitarios"; y Franco para antifranquistas en 36 preguntas clave. En cierto modo, uno conduce al otro. En el primero quedaba documentalmente demostrado que los socialistas y separatistas catalanes, auxiliados por casi toda la izquierda, asaltaron la república y un gobierno legítimo y democrático de derecha, con intención explícita de iniciar una guerra civil; y –entre otras cosas– que Franco defendió entonces la legalidad republicana. El segundo libro es, en muchos aspectos, una consecuencia desarrollada del primero.
Los orígenes, dice amablemente José María Marco, revolucionó la historiografía sobre la república y la guerra. Pudiera haber algo de ello, por cuanto hoy casi nadie, ni los más fervientes izquierdistas, hablan de la república, de Azaña, de la izquierda y del Frente Popular con la alegre desenvoltura de hace unos años. Y sin embargo es evidente que Marco se equivoca. El libro no fue seguido de un debate, sino de una lluvia de insultos, y tampoco ahora, con su reedición, ha habido más comentario escrito que el de José María Marco. Lo mismo ocurre con Franco para antifranquistas, del que en vano buscarán ustedes recensiones o artículos críticos en ningún medio impreso. Quienes desconozcan el brillante mundo intelectual hispano podrán pensar lo peor, pero se equivocan: en realidad todos esos intelectuales y críticos se hallan tan absortos en cuestiones de tanta enjundia y profundidad, que no pueden prestar atención a minucias como estos libros: no tienen ustedes más que leer esas revistas y suplementos de diarios para comprobar su increíble altura. Además, muchos de esos historiadores, sobre todo de derechas, confiesan que ellos ya sabían de sobra lo que dicen mis libros, obviamente nada originales. Lo que pasa es que disimulaban esos saberes, por una cuestión de modestia.
Hace poco, un insigne catedrático me trataba de "autor menor". Hombre, soltar una obviedad así resulta impropio de un cátedro. Comparado con la pléyade de fantásticos intelectuales que hoy dan esplendor al país, como ese mismo cátedro, por no ir más lejos, ¿quién podría ser otra cosa que "menor"? Y aun ínfimo. No podemos sino felicitarnos de vivir en un país de tantas maravillas.
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La variada peripecia de Cervantes le permitió conocer bien al ser humano ("En esta vida los deseos son infinitos y unos se encadenan de otros y se eslabonan y van formando una cadena que tal vez llega al cielo y tal vez se sume en el infierno"). Con tantos motivos de amargura, mantuvo una actitud comprensiva y un inconmovible idealismo básico. Don Quijote, pese a las apariencias, no es un personaje risible, y la pintura de él penetra como pocas en las profundidades de la condición humana.
El Quijote destaca sobre sus demás obras, es una de las cumbres de la literatura universal. Como todas las obras geniales, sobrepasa con mucho la intención consciente del autor, expresa en la invocación de La Ilíada: "Canta, diosa, la cólera de Aquiles...": no era el autor, sino "la diosa", la musa, quien cantaba a través de él. Por ello las interpretaciones del libro son inagotables. Es célebre la de Lord Byron: "Cervantes, con una sonrisa, desterró de España la caballería; una sola carcajada cortó el brazo derecho de su propia tierra; pocos héroes ha tenido España desde aquel día (...) La gloria de haberlo compuesto la ha comprado muy cara al precio de la perdición de su patria". Para Nabokov se trata de una mala novela con algunos rasgos de genio, aunque la opinión resulta demasiado pedante y formalista para tomarla en serio. El crítico de arte inglés John Ruskin consideró la novela como una "burla a los más sagrados principios de la humanidad", debido a su befa del heroísmo y del amor, haciendo difícil ya creer en ellos. "Desde entonces el diablo ha refrenado los más puros impulsos y propósitos bajo el membrete de quijotismo más que bajo ninguna otra marca o argucia".
En algo tiene razón Byron: empezaron a escasear los héroes en España; más discutible es que ello obedeciera al influjo de la novela, y no más bien a una creciente corrupción y anquilosamiento de las virtudes anteriores, como en parte supo ver Quevedo. La opinión de Ruskin es muy interesante, pues, en efecto, bajo el signo del humor el Quijote antecede, en cierto modo, a las ideologías de la sospecha, tal el marxismo o el freudismo, que interpretan los ideales como disfraces de intereses no confesables. Sin embargo, bajo el idealismo quijotesco hay más bien locura, o rebelión, entre cómica y patética, frente a la realidad supuesta injusta y chabacana. Puede sugerir, atemperado por la fe y el humor, el pesar de la vida del Eclesiastés o la historia de ruido y de furia sin sentido, contada por un idiota según el Macbeth al borde del abismo; si bien aquí la vida la cuenta un humorista como historia de idealismo, frustración y absurdo. No vale la pena insistir aquí en las mil interpretaciones ya hechas y aún posibles. Quizá con la literatura pasa algo semejante a las matemáticas: no hablan de cosas reales, y sin embargo expresan la realidad de un modo imprecisable: entre las ficciones literarias expresivas de la condición humana, el Quijote es una de las más logradas.
Dado que Shakespeare murió el mismo año que Cervantes y es otro de los máximos genios de la literatura, se les ha comparado a veces. Cabe encontrar un lazo entre la intnsa vida de Cervantes y su obra, pero lo que se conoce de la vida del autor inglés, resulta algo anodino, y aparentemente no salió de Inglaterra. Por ello se ha dudado de su autoría, pero sea como fuere, las obras atribuidas a él tienen una variedad de caracteres más amplia que las de Cervantes y, salvo el Quijote, más profundidad y originalidad.
De Shakespeare diría Voltaire: "En ese caos oscuro compuesto de crímenes y bufonerías, de heroísmo y de torpeza, de charlatanería de mercado y de grandes intereses, había algunos rasgos naturales y chocantes. Así venía a tratarse la tragedia en España en tiempo de Felipe II, viviendo Shakespeare. Ustedes saben que entonces el espíritu de España dominaba en Europa, incluso en Italia. Lope de Vega es el gran ejemplo. Fue precisamente lo mismo que Shakespeare en Inglaterra: una combinación de grandeza y extravagancia (...) Hicieron de la escena española un monstruo que gustase al populacho (...) Era imposible que el contagio no afectase a Inglaterra".
Tanto España como Inglaterra desarrollaban por entonces un teatro nacional, y seguramente llegaría a la isla alguna influencia de la península, menos probable la relación contraria. En cualquier caso, el teatro de Shakespeare difiere grandemente del de Lope, como tantas veces se ha observado. El del primero está impregnado de valores aristocráticos, el del español es popular, incluso hostil a los nobles (esta diferencia puede extenderse a las culturas: la inglesa más aristocratizante, la española más popularizante, valga la palabra); en el inglés destacan los caracteres personales con fuerza única, mientras en Lope los caracteres, poco definidos –algo más los femeninos– se diluyen en la gracia de las tramas. El español rehúye la tragedia y es más ligero, incluso en la comedia. De hecho dio forma teórica en su Arte nuevo de hacer comedias, a las concepciones que tanto repugnaban a Voltaire: atención al gusto del público por encima de la razón aristotélica y sus unidades de tiempo, acción y lugar; y dosis de tragedia y comedia, con final feliz. Este enfoque complacía al "populacho" de Voltaire, que iba al teatro a divertirse y no a meditar, y, aunque sería muy criticado, entonces y en el siglo XVIII, tendría enorme futuro, observable hoy en la mayor parte del cine. Lope dio forma y renovó el teatro hispano en obras llenas de encanto, ajenas a pretensiones de clase y bien situadas en ambientes populares. Luego, la mayor parte de sus seguidores imitó su ligereza, pero no su gracia, dando lugar a una prolongada literatura española de moral y caracteres un tanto romos. La diferencia
Una excepción la encontramos en Tirso de Molina, coetáneo de Lope, que también traza mejor los caracteres femeninos que los masculinos, aunque su gran creación fue Don Juan Tenorio, El burlador de Sevilla: un personaje de un ego satánico, que se satisface engañando y gozando de mujeres y transgrediendo las normas morales, con la esperanza de engañar a Dios "arrepintiéndose" en el último momento. Personaje casi tan inagotable como Don Quijote o Sancho. El filósofo Ramiro de Maeztu supo ver en Celestina, Don Quijote y Don Juan las tres supremas creaciones literarias hispanas del Siglo de oro, a las que cabría añadir la del Lazarillo, de simplicidad engañosa.
Quevedo, asiduo frecuentador de la literatura latina, senequista, da el mejor ejemplo de aquella cualidad que Sánchez Albornoz atribuía, con generalización algo excesiva, a los españoles, un estoicismo compatible con el gusto por la sátira soez y sangrienta, como en el mismo Séneca. No obstante, su carácter es demasiado complejo, como resalta en el hecho de que, con toda su misantropía y misoginia, compuso algunos de los poemas de amor más logrados de la literatura hispana. De su muy variada y talentosa obra interesan aquí sus denuncias, de controlada amargura, por la decadencia que percibe en las costumbres, los modos de gobernar y las personas. Para él, y para otros, resultó traumática la Tregua de los doce años firmada en 1609 con Holanda, confesión de impotencia con cuyo motivo escribió España defendida y los tiempos de ahora, donde replica a la masa de propaganda antiespañola circulante por Europa y analiza la creciente incapacidad hispana frente a sus enemigos. Pese a invocar los buenos tiempos pasados, su actitud difiere de la predominante en ellos, cuando el país exhibía una actitud abierta y animosa ante los problemas –la guerra justa, la conquista, las relaciones internacionales, la economía, las cuestiones religiosas planteadas por el protestantismo, la reforma eclesiástica...–. El título mismo implica una actitud defensiva, cerrada y hasta claudicante cuando compara la situación del momento con el destino de Roma. Y su análisis resulta estrecho e inadecuado a los tiempos, pues se centra en la austeridad y la milicia, sin percibir los cambios de actitud intelectual y económicos que tomaban forma en otros países. Aún mayor desconsuelo le causó la suerte de su amigo Osuna, en quien veía, y no sin bastantes razones, un modelo del espíritu que había hecho grande a España, desbaratado por las intrigas de los más viles. Sentimiento lúgubre del célebre soneto Miré los muros de la patria mía (...) Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte.
Debía de ser muy común la sensación de estar el país mal gobernado, en contraste con la buena edad desde los Reyes Católicos al deceso de Felipe II. Cervantes y Lope apenas se habían interesado por la política concreta, y su percepción del declive de su patria era débil. Por el contrario, Quevedo, lo percibía más agudamente, por su trato directo con las corruptelas e intrigas de la corte, y porque llegó a oír los sonoros chasquidos que parecían preludiar la quiebra completa del edificio español: antes de su muerte habían ocurrido desgracias como las rebeliones de Portugal, Cataluña y otras menores, la derrota naval de Las Dunas frente a Holanda o la de Rocroi contra Francia, que Cervantes y Lope no habían tenido tiempo de presenciar.
El ánimo y actitud que Quevedo dibujan bien el cambio de la edad del Renacimiento (y su matización manierista) a la del Barroco. Cervantes, incluso Lope, son figuras de transición, mientras que Quevedo está inmerso de lleno en la nueva época, por cierto de inmensa fecundidad intelectual y artística en la Europa católica –El Barroco suele relacionarse con el espíritu de Trento–, mucho menos en países protestantes. Como todos los sucesivos movimientos culturales en Europa (románico, gótico, humanista) se hace difícil definirlo con precisión, pues sus elementos de continuidad con el pasado no pesan menos que sus evidentes novedades. Suele señalarse en el Barroco un alejamiento de búsqueda de la armonía y el optimismo clásicos: las artes plásticas, el pensamiento, la literatura, la misma política, se hacen más complicados, retorcidos y aun rebuscados, con cierto horror vacui, menos ocupados por la razón y más por la impresión de los sentidos y la psique, la expresión del dolor y del éxtasis, por lo misterioso... En alguna medida recuerda al posterior romanticismo. El movimiento se expandió desde Roma y cuajó muy bien en España, que lo reexportó en abundancia a América: iglesias, pintura, y la naciente literatura hispanoamericana, con sor Juana Inés de la Cruz, Espinosa de Medrano y bastantes escritores más.
Manifestación del Barroco en España fue la literatura picaresca, una de cuyas obras más conocidas es la Vida del Buscón llamado Pablos, de Quevedo. Suele considerarse el Lazarillo de Tormes la primera novela picaresca, pero entre su salida a mediados del siglo XVI y la siguiente, el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, en 1999, pasó casi medio siglo. Hay en la picaresca numerosos y antiguos antecedentes españoles y extranjeros, desde el Satiricón romano hasta, en España, la obra del Arcipreste de Hita o La Celestina, pero en España la jovialidad y sarcasmo de la vida más o menos delictiva del pícaro, de sus ingeniosidades y trampas, suele venir mezclada con un moralismo poco sutil y a menudo pesado, y un fondo de pesimismo. Propiamente la picaresca no responde al espíritu del siglo XVI, y el propio Lazarillo, con toda su burla implícita de las convenciones sociales, carece del toque amargo, su ironía no llega al sarcasmo descarnado, y su lenguaje es mucho más sencillo y directo que el de la picaresca propiamente dicha, algunas de sus composiciones, como La pícara Justina, llegan a resultar ilegibles en su retorcida cháchara.
El Guzmán de Alfarache tuvo un éxito parecido al del Quijote, traduciéndose enseguida a los principales idiomas europeos y sirviendo de modelo para otras novelas. Siguieron muchas más en España, como la Vida del escudero Marcos de Obregón, Vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, La hija de la Celestina, etc., algunas con protagonista femenina. La picaresca responde mucho más al espíritu del siglo XVII. En cierto modo vino a heredar la afición anterior por las obras de caballerías y este mero hecho ya indica un cambio profundo
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**** José Luis Cuerda: "El cine español se muere"
Depende: como buen cine lleva mucho tiempo muerto o agonizante. Como bazofia titiritera tipo Cuerda, está vivísimo, las subvenciones lo mantienen en plena forma.
**** Homenajes a etarras en Guipúzcoa tras la decisión del juez Pedraz
Pero el homenaje verdadero, el fetén, es el del juez. Compañero de Garzón y de otros. La justicia en España.
**** Madariaga, "convencido" de que existen "relaciones" entre ETA y el Gobierno
Solo no están convencidos (o hacen como que no lo están) los idiotas, en especial los del PP (léase como lo haría la Nena angloparlante). Estos saben bien lo que pasa, pero colaboran haciéndose los locos. El bajísimo perfil de unos personajillos de ínfimo perfil.
**** El abyecto Moratinos gran amigo de los totalitarismos y del terrorismo, dice que ha avanzado kilómetros en Gibraltar. Más bien millas. No hace falta decir en qué dirección.
Las convulsiones político-religioso concluyeron en una Europa triple: la católica, fundamentalmente latina pero extendida a Polonia e Irlanda más Austria, la mitad de Alemania y de Flandes; la protestante, compuesta de la mitad de Alemania, Holanda, Escandinavia, Inglaterra y Escocia; y la eslava, mayoritariamente ortodoxa-griega.
Con todas sus guerras, el siglo XVI, o parte de él, fue una “edad de oro” cultural y /o política, de esplendor artístico e intelectual por gran parte de Europa, no solo para España, también para Inglaterra, Francia, Italia, Flandes y Polonia.
El mundo latino mantuvo su primacía cultural, y dentro de él Italia, cuna del llamado Renacimiento que caracterizó a
Al revés que en Italia y España, el protestantismo logró asentarse en Francia, y de ahí la particular evolución de este país desde un empeñado intervencionismo exterior y ambiciones sobre Italia y Flandes, a un largo período de guerras civiles que mermaron su impronta exterior y la hicieron objeto de intervenciones foráneas. Pero, una vez superadas aquellas contiendas, Francia volvió a convertirse en la gran potencia que era naturalmente por su población, su fertilidad, su cultura y el afán de sus monarcas. Culturalmente, fue la gran época de los poetas de
El mundo protestante comprendió una ancha faja desde Inglaterra a Prusia. En Inglaterra, la época de Isabel I --prácticamente la segunda mitad del siglo, como la de Felipe II en España--, ha pasado tradicionalmente como la edad dorada de este país, por su auge cultural, su expansión y victorias marítimas, el asentamiento del anglicanismo, una relativa paz interna y progresos en la centralización, estabilidad y buena relación de la monarquía y el Parlamento; en que la tortura judicial fue restringida y la quema de brujas no llegó al nivel de otros países protestantes.
Por lo que respecta a la cultura, no hay duda del esplendor de la época, sobre todo en el teatro, con numerosos autores entre quienes destaca Shakespeare como el más grande de cualquier tiempo en cualquier país. Las artes plásticas y la música tuvieron un auge menor, así como la ciencia y la tecnología, que no permitían augurar el crucial papel destinado al país en siglos posteriores. La “edad de oro” resulta menos lucida en otros terrenos. Las exploraciones de Drake o Frobisher tuvieron relevancia, aunque no pueden compararse a las de los españoles y portugueses, y fracasó su intento de asentar una colonia en América del norte. Hubo éxitos sustanciales en su pugna con España, pero también grandes fracasos, que vaciaron la hacienda inglesa (Isabel, tras heredarla en práctica bancarrota, la había saneado mediante una política frugal, en la que entraban los beneficios de las actividades negreras y filibusteras). Y las represiones inglesas contra los católicos rebeldes del norte del país y, sobre todo, contra los irlandeses, causaron miles de víctimas y hambrunas en Irlanda.
También se agravó en tiempos de Isabel la expropiación, propiamente robo, de tierras a los campesinos por los grandes señores. La tendencia ya venía de antes de Enrique VIII, pero con este se incrementó mediante la incautación de las tierras eclesiásticas, donde vivía gran número de campesinos que, por lo general, fueron expulsados para dedicarlas a la rentable ganadería lanar. Con Isabel I, los señores se apropiaron de tierras comunales, de las que echaron violentamente a los labriegos, convirtiéndolos en vagabundos y mendigos. Acusados de vagos y maleantes, los desdichados sufrieron una represión atroz: miles de ellos fueron encerrados en prisiones-talleres económicamente absurdas. A unos pocos se les otorgaron permisos para mendigar, y quienes carecían de él eran azotados y marcados con hierro al rojo vivo en una oreja; a la tercera reincidencia podían ser ahorcados, y parece que bastantes miles de ellos lo fueron: en algunas zonas colgaban por racimos de los árboles. Las clases bajas sufrieron un trato brutal, ilustrado por el caso de los marineros que lucharon contra
Con todo, la población inglesa pasó de 3-4 millones al despuntar el siglo a unos cinco al final, y la relación entre el poder real y el del Parlamento fue la más avanzada de Europa, si bien degeneraría más tarde en luchas sangrientas entre ambas instituciones.
De la pequeña zona céltica, Irlanda permaneció como una isla católica sometida a Inglaterra; en Gales, también sometida, se impuso el anglicanismo; y en Escocia, todavía independiente, triunfó el calvinismo. Lo que aquí hemos llamado Flandes estaba en trance de dividirse entre un norte calvinista y un sur católico: Holanda y Bélgica.
Suecia quedó fundada como estado moderno en la primera mitad del siglo, por el rey Gustavo Vasa, “padre de la nación sueca” o “Moisés sueco”, al romper violentamente
A su vez, Sacro Imperio tuvo tres emperadores sucesivos después de Carlos V hasta el fin de siglo: Fernando I, español de nacimiento, Maximiliano II y Rodolfo II, y se mantuvo un difícil equilibrio entre católicos y protestantes. Fernando quiso atraerse a estos últimos con concesiones, sin mucho éxito; tuvo alguno más introduciendo a los jesuitas para contrarrestar sus avances y reforzó algo la maltrecha autoridad imperial. Maximiliano, vienés educado en Madrid, mostró tendencias protestantes, fracasó en alguna campaña contra los otomanos e intentó en vano hacerse rey de Polonia. Rodolfo, mecenas y aficionado a las ciencias pero políticamente débil, preparó en cierto modo la devastadora guerra que iba a afligir a Alemania en el siglo siguiente.
Respecto a
Rusia fracasó en sus campañas por abrirse al Báltico, pero se extendió desde 1581 por Siberia, cuando el atamán cosaco Yermak cruzó los Urales. Con el tiempo los rusos llegarían a América y descenderían por Alaska hasta encontrarse con los avances españoles hacia el norte. Después de Iván el Terrible, muertos en 1584, gobernó Borís Godunof de hecho y desde 1598 como zar oficial. Godunof fue el primero que intentó modernizar Rusia trayendo maestros extranjeros y enviando a jóvenes a instruirse en países occidentales. Fundó ciudades fronterizas para sujetar a tártaros y fineses, impulsó la colonización de Siberia y procuró buenas relaciones con Suecia y acceder al Báltico por medios diplomáticos. En sentido contrario afianzó y endureció la servidumbre de la gleba, erradicada de tiempo atrás en la mayor parte de
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****Modifican la biografía de Arenas en Wikipedia desde ordenadores de la Junta. Muy propio de estos mafiosos. Pero para calibrar a Arenas basta decir: “Es uno de los inventores del hecho nacional andalú”, el que criticó a Chaves por no asistir a un homenaje al orate Blas Infante, “padre de la patria andaluza” según los politicastros regionales. Señalando esto no se falta a la verdad y se pone en su lugar al personajillo, su entorno y su partidillo.
Debe explicarse cómo en América y en Europa un país menos rico y bastante menos poblado que sus adversarios, pudo sostenerse militarmente y durante tanto tiempo. Desde luego España, por sus exclusivas fuerzas, no habría resistido. Pero encabezaba una amplia coalición, en la que colaboraban gran parte de los italianos, los flamencos y los alemanes, sin faltar algunos holandeses, ingleses, irlandeses y franceses; y funcionaba con relativa efectividad el eje Madrid-Viena. Dentro de la misma Francia se diría de los habitantes del Artois, que eran "más españoles que los castellanos", y el Franco Condado, que perdió dos tercios de sus habitantes en luchas con los calvinistas alemanes y franceses, mostraba un genuino patriotismo hispano-borgoñón. La diplomacia, la influencia cultural, la expansión de los jesuitas y sus colegios, que formaron en esos países élites católicas, tuvieron un peso no menor a favor de España.
La presencia de españoles en los ejércitos de Flandes era muy minoritaria, entre un diez y un treinta por ciento del total, pero a sus tercios se les reconocía como la punta de lanza y la élite militar, aun contando los reputados lansquenetes alemanes. Los mismos tercios españoles admitían extranjeros, pero eran típicamente hispanos en concepción, organización y efectivos. Fueron el mejor ejército de la época y uno de los mejores que han existido, con una nómina de capitanes de gran clase, españoles o españolizados: el Gran Capitán, Pescara, el duque de Alba, Alejandro Farnesio, el conde de Fuentes, Sancho Dávila, Pedro Navarro, Antonio Leiva, Álvaro de Sande, Francisco Verdugo y tantos más. También la marina española fue sobresaliente con jefes como García Álvarez de Toledo, Juan de Cardona, Luis de Requeséns, Juan de Austria, Álvaro de Bazán, por no extenderse sobre los muchos que exploraron las costas de América y el Pacífico, tales Grijalva, Loaisa, Urdaneta, Mendaña, Quirós...
Por contraste, las milicias que los Reyes Católicos habían establecido como una especie de pueblo en armas, habían degenerado por efecto de la inacción y, salvo en las costas amenazadas por los berberiscos, terminaron por no servir para mucho más que vistosos desfiles con armas anticuadas. Fracasaron en las Alpujarras, y en Cádiz ante las incursiones inglesas, aunque en La Coruña repelieron duramente a Drake.
La primacía militar y naval de España durante ese siglo fue ante todo una cuestión de calidad, pero hacia finales del siglo las fuerzas contrarias en Europa habían crecido mucho en cantidad y en calidad, las marinas inglesa y holandesa marchaban hacia su apogeo, y los tercios ya no lograban resolver rápidamente los conflictos, sino que se desgastaban en campañas y asedios interminables, mientras la propia España, siempre acuciada por los gastos, daba indicios de cansancio. No podía hablarse de decadencia, menos aún en el terreno cultural, y tampoco en América y el Pacífico, pero habían pasado los tiempos de Pavía, San Quintín, Lepanto, Terceira y similares.
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**** El Supremo disuelve los grupos municipales de ANV y les retira los fondos
Falta la segunda fase: el procesamiento de los políticos que han estado colaborando con la ETA, y de los jueces prevaricadores. ¿O los cómplices de los asesinos se van a ir de rositas? Pues parece que sí, en este país inconcebiblemente estragado.
**** Fraga elogia a Moratinos y defiende la visita a Gibraltar
El tiranosaurio también es amigo de Carrillo y de Fidel Castro. Concomitancias.
**** Público revela 40 años después que Franco designó al Rey
Primer aviso a navegantes tras la aprobación de la Ley de la Cheka, alias "memoria histórica". El monarca ha firmado esa ley. La ley que implica su propia deslegitimación.
**** Los sindicatos policiales exigen a la Fiscalía que recurra el auto de Pedraz sobre el homenaje a los etarras. Ahora bien, ¿quién es más proetarra, Pedraz o la fiscalía?
**** Detienen al médico de un colegio que se jactaba de sus relaciones con menores
Un tipo progresista, seguro. ¡Y le detienen por esa insignificancia, que para todo progre ha de serlo! ¡Adónde vamos a parar!
**** El CGPJ nombra a la mujer de Conde Pumpido magistrada del Tribunal Supremo
Siendo la mujer del proetarra Conde Pumpido, ya tiene mucho camino andado, naturalmente.
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Hoy, en Época
QUÉ FUE EL 18 DE JULIO
Según la "memoria histórica" que intenta imponer el gobierno de la colaboración con el terrorismo y el separatismo, del entierro de Montesquieu y otras hazañas, el 18 de julio fue un golpe militar más o menos fascista dirigido a destruir la democracia republicana y su gobierno legítimo, salido de las urnas.
La realidad, si atendemos a los hechos, parece algo distinta. Como conviene insistir una y otra vez, hasta que cale la evidencia, dicho frente se compuso, oficial o extraoficialmente, de marxistas radicales del PSOE, stalinistas, anarquistas y, en torno a ellos, republicanos de izquierda golpistas --que aspiraban a instaurar un régimen parecido al del PRI mejicano, es decir, una dictadura de izquierdas--, separatistas catalanes, también golpistas, más el ultrarracista PNV; y durante la guerra serían protegidos y orientados por aquel padre de las democracias que fue Stalin. Todos esos grupos habían estado comprometidos en mayor o menor grado en la sublevación de octubre del 1934 contra un gobierno de centro derecha, este sí legítimo y salido por gran mayoría de las urnas de noviembre de 1933.
Si aquellos partidos cambiaron de táctica después de su derrota en 1934, no cambiaron de objetivos. En realidad siguieron, conscientemente o no, el modelo de Hitler, que en 1933 había obtenido el poder legalmente para desde él destruir el orden democrático. Y así se presentaron a las elecciones de febrero de 1936. Estas elecciones, al revés que las de 1933 no fueron democráticas: como consigna el mismo Azaña, transcurrieron entre violencias, con deserción en muchos lugares de los gobernadores civiles que debían asegurar su recuento; y las cifras de las votaciones no fueron publicadas oficialmente. La supuesta victoria del Frente Popular fue en realidad una enorme maniobra de intimidación, exitosa ante una derecha deprimida.
El gobierno emprendió entonces, efectivamente, la liquidación de la legalidad republicana, parcialmente democrática, mediante actos despóticos como una revisión de actas para despojar a la derecha de todavía más escaños, la destitución ilegal del presidente de la república Alcalá-Zamora, la protección a los pistoleros de izquierda o la ilegalización de la Falange, la eliminación de la independencia judicial, purgas en la administración, etc. Todo ello en estado de excepción, estricta censura de prensa y merma de los derechos civiles.
Paralelamente, socialistas, anarquistas y comunistas, convencidos de que su gran momento se acercaba, reiniciaron un proceso revolucionario en las calles y campos, con asaltos a sedes y periódicos de la derecha, destrucción de iglesias y obras de arte, de registros de la propiedad y unos trescientos asesinatos en cinco meses. Los crímenes culminaron en el secuestro y asesinato del jefe efectivo de la oposición, Calvo Sotelo, realizado por fuerza pública mezclada con milicianos socialistas, todo un retrato de la situación.
Contra aquel proceso revolucionario y contra aquel gobierno ilegítimo de raíz se levantó por fin una parte de los militares secundada por una gran parte del pueblo (afluyeron más voluntarios a los nacionales que a los rojos). Ganaron los sublevados e instauraron una dictadura autoritaria, que libró a España de la guerra mundial, de un nuevo intento de guerra civil y dejó un país próspero y reconciliado que permitió el paso sin mayores traumas a una democracia. Democracia amenazada hoy, precisamente, por quienes se consideran herederos de aquel Frente Popular. Esa parece ser la "democracia" que les gusta, y por algo están en pleno proceso de involución política.
Algunos me han reprochado haber escrito Franco para antifranquistas. Pero el mismo no es más que la consecuencia lógica del primero que publiqué sobre estas cuestiones, Los orígenes de la guerra civil, donde queda de manifiesto quienes organizaron aquella guerra y qué propósitos perseguían.
Simultáneamente con los arduos conflictos europeos prosiguieron las exploraciones y conquistas por América y el Pacífico, desde la Patagonia hasta Oregón y el tercio sur de la actual Usa, fueron expulsados los hugonotes que pretendían conquistar Florida, repelidos muchos ataques corsarios, descubiertas cientos de islas del Pacífico (todavía con nombres españoles bastantes de ellas: este océano fue conocido informalmente como "el lago español"), se asentó la colonia de Filipinas, la ruta comercial entre China y Nueva España, y por las islas Filipinas, Salomón y Nueva Guinea. Sorprende el número de destacados exploradores, conquistadores, colonizadores, misioneros y cronistas que jalonan estas empresas. No cesaron de fundarse ciudades, de construirse vías de comunicación y obras públicas, y se acuñó moneda, lo que no admitirían otros imperios en sus dominios. Fueron creadas seis universidades (otra en Filipinas a comienzos del siglo XVII) y centros para las élites indias, hechos demostrativos del interés de los colonizadores en la educación superior; funcionaron imprentas en las mayores ciudades y comenzó un arte y literatura criollos siendo exponente de esta el Inca Garcilaso de la Vega. Millones de indios fueron bautizados, como ya se indicó.
De América vinieron alimentos que mejorarían la dieta europea, como la patata, el tomate o el maíz, también el tabaco; y el nuevo continente recibió nuevos cereales y frutas, la vid, la caña de azúcar y otras plantas, así como ganadería bovina, ovina y equina. A cambio de las importaciones de todo género, las posesiones americanas enviaban a España remesas de oro al principio y cada vez más de plata, al descubrirse las minas de Zacatecas en Méjico y Potosí en Bolivia. La plata se convirtió en un gran negocio dentro de las proporciones de la época (hoy se produce en un año más plata que toda la llegada de América en el siglo XVI), y las monedas españolas circulaban por todo el mundo. La plata, mucho más que el oro, ayudaba a la siempre apurada hacienda imperial, aunque no tanto como los impuestos de Castilla. La explotación de las minas solo podía hacerse con mano de obra de los indígenas, que según la ley no podían ser obligados; pero que lo fueron en las zonas próximas a las minas mediante expedientes seudolegales o por la pura fuerza, a veces en condiciones próximas a la esclavitud.
Los nuevos territorios y ciudades fueron a menudo bautizados con nombres como Nueva España, Nueva Galicia, Nueva Granada, Cartagena, Santiago, Nueva Toledo, Nueva Castilla, Córdoba, etc. Administrativamente, fueron divididos entre el virreinato de Nueva España en el norte, que incluía Filipinas, y el del Perú, extendido por Suramérica, excepto Venezuela, que dependía de Nueva España a través de la audiencia de Santo Domingo. Los virreyes solían ser nombrados entre personajes experimentados. Fundaron ciudades y centros de enseñanza, auspiciaron exploraciones y en general defendieron a los indios. Bajo los virreyes estaban las audiencias, que tenían, como en España, importantes poderes judiciales y gubernativos. Los cabildos o ayuntamientos eran el tercer escalón administrativo y, también como en España, gozaban de amplia autonomía. Constaban de un grupo de regidores elegido por el vecindario (los enfrentamientos, a veces sangrientos, entre los vecinos hicieron que, como en Castilla, los reyes nombraran corregidores y a parte de los propios regidores). A su vez, los regidores elegían a principios de cada año al alcalde (podían ser dos). Este esquema administrativo demostraría considerable operatividad durante tres siglos.
Los virreyes debían atender a una doble "república", la de los españoles y la de los indios, pues estos últimos mantenían territorios propios y muchas de sus costumbres e instituciones, aun si transformadas por el cristianismo. Las autoridades, incluidos los virreyes, se sometían a la vigilancia reglamentada de visitadores enviados desde España para examinar la situación, y de los juicios de residencia al final de su mandato, un juicio por el que se atendían los cargos y quejas de los gobernados contra ellos. Esta vigilancia no impedía abusos y corruptelas (ningún método los suprime del todo), máxime al tratarse de territorios tan alejados de la metrópoli. Pero sin duda los limitaba.
Los españoles distaron de emigrar en masa a América, como quedó indicado, porque la corona procuró controlar la emigración y evitar el paso de maleantes y gente de "baja calidad". La posición de los encomenderos no dejó de empeorar, y pocos de los inmigrantes llegaban a hacerse ricos, lo que sin duda disuadió una posible marea de emigración ilegal. Por ello sorprende que siendo tan pocos pudieran extenderse, controlar y administrar tan vastos territorios, para lo que no basta la constatación del historiador francés Pierre Chaunu: por su propia escasez tenían una extraordinaria movilidad y "estaban en todas partes". Realmente, se trataba de una red de pequeñas poblaciones rodeadas de haciendas y encomiendas, entre vastos territorios apenas controlados administrativamente, aunque por ellos se atareasen los misioneros. El número de españoles creció con rapidez debido a la abundante procreación, mayormente mestiza. En las Antillas los indios se extinguieron prácticamente, y los negros, por lo común esclavos, así como los mulatos, formaban un alto porcentaje de la población. Por la mayor parte del continente, el número de indios superaba al de blancos y mestizos, aun si hicieron estragos entre ellos diversas epidemias, propias o contagiadas por los europeos. Así, a los cien años del viaje de Colón, el panorama humano y cultural de América había evolucionado profundamente,
Sevilla y secundariamente Cádiz monopolizaron el tráfico con América. La medida ha sido criticada, pero era lógica, porque los demás puertos estaban mucho más expuestos a la piratería, la ruta desde ellos iba de todos modos próxima a Cádiz, y la concentración en un punto permitía articular convoyes (dos al año), eficaces contra los corsarios. Sevilla, ciudad rica ya antes de la conquista de América, se convirtió en un centro económico europeo, al que afluían comerciantes flamencos, alemanes e italianos, además de españoles, así como artistas, espías aventureros y hampones, al calor de sus negocios lucrativos, aunque riesgosos. Su Casa de la Moneda acuñaba más que cualquier ciudad otra europea, y su Casa de Contratación fue una institución polivalente, que registraba el tráfico americano, tenía funciones judiciales, formaba los excelentes pilotos de las flotas y cartografiaba las nuevas tierras.
La nave base de las flotas era el galeón, inventado probablemente en España, en su forma acabada, y adoptado por Inglaterra, Holanda y Francia: combinaba la capacidad de carga de las naos y carracas con la rapidez y maniobrabilidad de las carabelas y una extraordinaria resistencia, de modo que, cuando la Gran Armada, todo el poder artillero inglés solo consiguió hundir uno, y casi todo los demás se salvaron de las posteriores tormentas. Desempeñaron las principales misiones del tráfico a América y en el Pacífico, en calidad de buques de guerra y de mercantes.
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**** Pedraz vuelve a permitir homenajes a etarras
Nada más normal en cualquier juez pro terrorista. Y en un gobierno pro terrorista.
**** La prensa británica, encantada con Moratinos
Como la tiranía marroquí. Como el régimen totalitario de Castro. Como los terroristas palestinos. Como Chavez. Como todos los enemigos de la libertad y de España.
**** Leo que Conde Pumpido, fiscal pro "proceso de paz", es decir, pro terrorista, ha considerado "inevitable" la violación del secreto del sumario e incluso la ha relacionado con la libertad de expresión. También los asesinatos, las violaciones o los atracos son inevitables y podrían relacionarse con algún tipo de libertad. Según la ley, los funcionarios culpables de difundir datos del sumario deberían ser perseguidos. En este caso es el fiscal general del estado el responsable máximo y protector de esas actividades delictivas. La justicia en tiempos de colaboradores del terrorismo y donjulianes.
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Creo que una de las mayores catástrofes intelectuales de nuestro tiempo en España ha sido la entronización de la mentira y la farsa sobre nuestro pasado reciente y antiguo, incluso con cientos los personajes públicos que falsifican sus propias biografías o las de sus padres... Un país que vive sobre la mentira sistemática solo puede convertirse en un país de pandereta o en algo peor. Publiqué hace años una serie de artículos que aquí iré exponiendo de nuevo.
BREVE HISTORIA DE UN NO DEBATE
Stanley Payne escribió estas sensatas frases (cursivas mías): "El asunto principal aquí no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Esto no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo en varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada, desde hace mucho tiempo, por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa deben enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales".
Es lo que podía y debía esperarse en cualquier país con un ambiente intelectual medianamente serio. Cuando publiqué Los orígenes de la guerra civil daba por hecha una polémica agria, pero atenida a los datos y argumentos. Obviamente, no conocía nuestra universidad ni al gremio de los historiadores-funcionarios progres, con frecuente vocación de comisarios políticos. En el prólogo a El iluminado de la Moncloa, resumía: "El debate no solo ha sido rechazado, sino sustituido por auténticas andanadas de insultos personales y exigencias de aplicar la censura a mis libros, negándoseme el derecho de réplica en numerosos medios de masas y silenciándose la convocatoria a mis conferencias en lugares como Barcelona". Por no hablar del alud de injurias y amenazas a través de Internet. No solo en El País y en la SER, se me ha censurado incluso en La Razón, donde dejé de escribir por ello. Me han enviado correos sobre libreros izquierdistas que desaconsejan mis libros a los clientes, y otros que han recibido amenazas por exponer títulos de César Vidal y míos en el escaparate. Diversos profesores han avisado a sus alumnos contra la lectura de mis trabajos, no digamos contra su cita en cualquier examen. El historiador Ferrán Gallego recibió "advertencias" por haber aceptado debatir conmigo en un centro universitario de Barcelona; debate boicoteado por la prensa, que ni lo anunció ni escribió una sola línea al respecto.
Y aun podía quedar tranquilo con eso. Pero las autoridades socialistas han llegado a enviar policías a intimidar a los organizadores de alguna de mis conferencias; en la universidad dirigida por Peces Barba sufrí el intento de agresión de unos energúmenos protegidos de hecho por el rector; El Periódico de Cataluña ha propuesto la cárcel para César Vidal y para mí. Truhanes como Carrillo o Alfonso Guerra han lanzado provocaciones con todos los rasgos de la incitación al asesinato.
El profesor Payne constataba algunas de esas reacciones, tan lamentablemente significativas: "Lo que plantea inquietantes cuestiones sobre la situación de la actual democracia española son las persistentes exigencias de que Moa sea silenciado o ignorado. Reclamar tal censura demuestra la estrechez mental de los sectores dominantes de la historiografía española, así como que carecen de todo interés por establecer el menor diálogo o debate, cosas que resultan verdaderamente asombrosas al cabo de cerca de treinta años de democracia". Y denunciaba el empeño oficial y extraoficial por "eliminar su obra mediante una suerte de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o de la Unión Soviética que de la España democrática"; o el empleo sistemático de "observaciones ad hominem aparentemente sensacionalistas, aunque completamente irrelevantes, sobre su antigua militancia en una organización revolucionaria marxista-leninista en los años setenta".
Tal furia inquisitorial ha tenido rasgos realmente cómicos, como cuando esos historiadores (más o menos) perdían todo sentido del ridículo y posaban de intelectuales egregios que, claro, no iban a rebajarse a discutir con un advenedizo. Hubo alguna rara excepción, el señor Moradiellos, de la que ya hablaré. A otros muchos he tenido que bajarlos un poco de su pedestal de barro, rebatiendo sus declaraciones o artículos en que, generalmente sin citarme, me descalificaban. Así durante seis años.
En estas seguíamos cuando, de pronto, sale a la palestra el catedrático Alberto Reig Tapia dedicándome amablemente un libro de 500 páginas, el Anti Moa donde me hace compartir la gloria con César Vidal, Jiménez Losantos, Alonso de los Ríos, José María Marco, Aznar y bastantes más. No he contestado a anteriores diatribas del señor Reig, en parte por su emocionalidad algo pueril, en parte porque se ve que el hombre sufre mucho con estas cosas (así empezaba uno de sus interminables artículos: "Qué pesadez. Qué empacho. Abre uno el correo electrónico por las mañanas e, inevitablemente, se encuentra con el célebre corrido: Estas son... las mañanitas, que cantaba... el rey don Pío... Qué hartazón"); y, sobre todo, porque me fatigaba buscar los argumentos de Reig, perdidos entre la exuberante jungla de su prosa. Él tiene la envidiable facultad de emplear veinte o más páginas, a base de divagaciones, mezcla arbitraria de temas y digresiones gratuitas, para decir lo que otros menos dotados concretaríamos en un par de párrafos.
Y no es que a nuestro buen catedrático le preocupen mucho mis tesis, pues aclara desde el principio que no merecen la pena, aunque no pueda evitar darles vueltas obsesivamente (sin haberlas entendido mucho, me temo, y eso que procuro escribir con sencillez). Su loable propósito consiste más bien en hundirme en la miseria, que diría un castizo. Vamos, que quiere vender libros utilizando mi nombre. Está en su derecho y no me parece mal, conste. El mencionado señor Moradiellos ya hizo lo mismo, y solo me molestó que lo hiciera con engaño, pues su libro no trataba "las mentiras de Moa" anunciadas en su faja publicitaria. Este pequeño fraude no puede achacarse al amigo Reig, que, como digo, sí trata abundantemente mis "mentiras"; derrochando farfolla y retorcimiento, eso sí. Por eso me han aconsejado algunos no prestarle atención, pero voy a hacerlo, aunque con mayor brevedad, por tres buenas razones.
En primer lugar sería una grave descortesía pasar en silencio un trabajo tan notable por su extensión, o menospreciar el esfuerzo de su autor. Un esfuerzo que debe haber sido realmente arduo, pues ha precisado la generosa ayuda de una amplia nomenclatura de colegas progres, como hace constar en los agradecimientos: Joan Maria Thomàs "cuyos argumentos para que aceptara escribir este ensayo fueron mucho más convincentes que los míos para rechazarlo", Julio Aróstegui, Paul Aubert, Arcángel Bedmar, Maryse Bertrand de Muñoz, Walter Bernecker, Gabriel Cardona, Jean-Michel Desvois, Antonio Elorza, Francisco Espinosa (este, por cierto, un energúmeno estalinista, de los más empeñados en conseguir la prohibición de mis libros), Ian Gibson, José Luis de la Granja, Enrique Guerrero, José Manuel López de Abiada, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Francisco Moreno Gómez, Paul Preston (que prologa el libro, para darle más fuste), Julián Santamaría y last but not least, Ángel Viñas". Mencionados todos ellos en compañía de sus flamantes títulos de catedráticos y profesores en universidades alemanas, francesas, suizas o británicas, además de españolas. Muy carpetovetónico.
Se echan de menos algunas firmas, como Santos Juliá, quizá partidarias de continuar como hasta ahora, para no dar publicidad al hereje. En todo caso la lista permite entender que nuestro buen Reig actúa como punta de lanza del gremio de historiadores progres, segunda buena razón para contestarles.
Pero sobre todo me incita a la réplica la oportunidad de discutir algunas cuestiones importantes sobre la misión de la historiografía y su situación actual, por más que Reig y los suyos las traten con decepcionante tosquedad.
Y perdonen que haya tenido que hablar tanto de mí. En adelante iremos a las cuestiones mismas, en cuanto el personalismo extremado del gremio lo permita.
El agravio padecido por Castilla (al recaer en ella la mayor parte del peso de la monarquía) se compensaba moralmente con su identificación prioritaria con España, de lo que protestaba el catalán Cristófol Despuig en 1557: "Casi todos los historiógrafos castellanos se empeñan en llamar Castilla a toda España, cuando esta provincia (Cataluña) no solo es España, sino la mejor de España". Quejas parecidas expresaba el valenciano Gaspar Escolano. El historiador vasco Esteban de Garibay, por el contrario, se ufanaba de que su tierra fuera parte de Castilla, "el mejor y más espacioso reino de todos los de España". Los vascos solían considerarse lo españoles más genuinos y antiguos.
Una extensa bibliografía se ha complacido en subrayar las diferencias legales y políticas entre Aragón y Castilla, sin especificar que las "libertades" invocadas eran las del una oligarquía especialmente opresiva en Aragón, mientras que la defensa común recaía sobre Castilla (la cual, debe recordarse, agrupaba a Galicia, León, Vascongadas, Extremadura, Andalucía y Canarias, aparte de la Castilla propia. De igual modo, Aragón incluía a Cataluña, Valencia y Baleares, además del propio Aragón). Al contrario que aquellos nobles, el pueblo común deseaba un poder regio más fuerte, también más lejano, y tenía sobrados motivos para odiar la inmediatez de unos déspotas nobiliarios, con sus malos usos nunca extinguidos pese a las medidas de Fernando el Católico. Y prefería una ley aplicada por letrados ajenos a los intereses creados en sus regiones. El obispo de Vich, recoge el historiador J. H. Elliott, expondría en 1615 la demanda popular de que el rey fuese allí con tropas para imponer justicia y quitar "los malos usos y costumbres que la impiden". Lo mismo se aplica al Justicia de Aragón, cargo vinculado a una familia y a clanes oligárquicos, cuyo titular no solía ser experto en leyes, ni aun en los fueros del reino. La población lamentaba el "fuerte y horrendo poder de los señores de Aragón", y en las Cortes de 1585 denunciaron unos arcaísmos que los reducían "a mayor calamidad y miseria que los de otras provincias y reynos".
La monarquía era considerada en todas partes el poder superior, generador del derecho y, pese a la renuencia de las oligarquías, durante el siglo avanzó el derecho real sobre los derechos feudales, aun sin eliminar estos. En Castilla, y más aún en Aragón, abundaban los recursos del pueblo contra los abusos de nobles y eclesiásticos, o contra los ayuntamientos manejados por estos. Un sistema que racionalizó la justicia fue el de las Audiencias, extendidas por toda España, presididas por el virrey o por un gobernador, integradas por letrados y sometidas a "encuesta" o investigación bianual para evitar corruptelas, como recuerda L. González Antón. Las audiencias mantenían los fueros, pero aplicaban una justicia más homogénea e independiente.
En Aragón había quejas por el predominio de castellanos en la administración del imperio. Pero ese predominio reflejaba tanto el mucho mayor compromiso político general de Castilla como el particularismo de las oligarquías regionales, celosas de su absoluto predominio en las respectivas regiones y desentendidas, incluso, de la defensa de sus fronteras externas. El particularismo era mayor en el reino de Aragón, que no aceptaba siquiera virreyes castellanos, que en Cataluña, que sí los aceptaba. Las Cortes catalanas fueron en ocasiones más generosas que las de Valencia y Aragón ante las necesidades de la monarquía, y acogieron con más calor que las castellanas o las valencianas la empresa imperial de Carlos I; y no faltaron nobles catalanes en cargos como embajadas, jefatura de la flota de galeras o virreinatos: nombres como los de Cardona y Requeséns, son indicativos. Un alto número de catalanes participó en la guerra de las Alpujarras, en Flandes, en Italia, y destacaron en Lepanto. Las atarazanas de Barcelona cumplieron un papel clave en la construcción de galeras. En general, la corona de Aragón se interesaba más en la empresas mediterráneas que en las atlánticas.
Problema específico de Cataluña fue el de un bandolerismo muy extendido, debido a los malos usos, a la ruina de campesinos y de muchos de los sobreabundantes nobles de nivel inferior, y a las dificultades del comercio mediterráneo causadas por la actividad de turcos y sobre todo de berberiscos, también después de la tregua con Constantinopla.
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**** Sobre Helen Graham y otros: http://209.85.229.132/search?q=cache:3J13CX1zyooJ:elrincon.redliberal.com/2004/02/carta-de-don-pi.html+%22Pio+Moa%22+Helen+Graham&cd=5&hl=es&ct=clnk&gl=es
http://209.85.229.132/search?q=cache:rqYUbySPyOgJ:www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/una-critica-a-la-lisenka-35277/+%22Pio+Moa%22+Helen+Graham&cd=25&hl=es&ct=clnk&gl=es
**** Blog: a) No es cierto que España se desangrara económica ni humanamente en Flandes. El sacrificio humano fue escaso, y el económico inevitable. La alternativa era el triunfo calvinista y tener aquí lo que tuvo Francia con los hugonotes. b) No es cierto que España fracasara en Flandes. Quedó asegurada más de la mitad de las provincias para el catolicismo, y los protestantes no pudieron pasar de allí, como pretendían, ni imponerse en Francia. Dentro de las difíciles condiciones, fue un balance harto positivo. c) "No es cierto que nuestro papel en Europa fuera voluntario". Ni el papel histórico de las naciones ni el particular de los individuos es nunca del todo voluntario. Las circunstancias siempre pesan mucho.
Las letanías y jeremiadas habituales al respecto son hijas de un españolismo de vía estrecha, de ilusiones y de tópicos simplones heredados del 98, que conviene revisar. No fue Flandes lo que determinó la decadencia española, sino un cambio de actitud ante la vida y la historia, que ha empeorado en el siglo XX hasta límites caricaturescos: ¡los ineptos y quejicas de este siglo juzgando a antepasados que les sobrepasaron mil veces en todos los terrenos, juzgándolos con la severidad grotesca de los ineptos! A ver si cambiamos el disco de una vez, porque por esa vía solo lograremos hundirnos más y más en el fango en que ya chapoteamos.
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**** "Pedraz sostiene que la pitada al Rey y al himno es libertad de expresión". ¡Pues claro que lo es! ¿Para cuándo las pitadas y abucheos a los políticos delincuentes que mangonean el país? ¿Para cuándo los abucheos a Pedraz, Garzón y toda la tropa? ¿Es que solo unos cuantos tienen esa patente de corso? Lo que pasa es que los otros son unos mindundillos que no entienden la democracia, se achantan y esperan que algún prodigio divino o algún militar les saque las castañas del fuego. En resumidas cuentas son los mismos que entregaron el poder a la república escupiendo sobre sus propios votantes, como ahora escupen muchos de ellos sobre las tumbas de sus padres.
Pérez Reverte ha acertado al menos en la descripción de esos políticos maleantes: "Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años (...) Sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan". A ver si nos lo detalla, aunque los vemos cada día. A esa chusma indecente. Y a los "ciudadanos" boyunos que creen que lo propio de los demócratas es lanzar mugiditos tenues y apoyar a "alternativas" como el Pi- Pi, que solo existen como tales en su imaginación pobre y acomodaticia, en su deseo de ser engañados.
**** Zelaya clama por una guerra civil en Honduras y anuncia su vuelta
El gangster Zelaya clama. Y todos los gangsters liberticidas del mundo le aplauden.
**** La prensa británica destaca el fraude de la foto del miliciano de Robert Capa
Capa fue un gran fotógrafo. Y un gran timador con sus fotografías: un progresista, propiamente.
**** AVE a Galicia: Feijóo reclama "lealtad recíproca" y Blanco "altura de miras"
La lealtad de Feijoo y la altura de miras de Blanco. Recuerda un poco aquel relato de los montenegrinos en guerra con los turcos. "¿Por qué lucháis?" preguntan los turcos "Porque somos un país pobre y tenemos que saquear de vez en cuando a los vecinos para sobrevivir. ¿Y vosotros?" "Nosotros, por el honor y la gloria". "Es natural --replican los montenegrinos--, cada uno lucha por lo que no tiene". Solo que aquí ninguno tiene nada de nada, salvo ansias de mangoneo y de choriceo: la abyección general.
**** La popularidad de Obama cae hasta el 59% tras seis meses en la Casa Blanca
¡A estas alturas solo ha caído hasta el 59%! Se ve que los useños están casi tan manejados y son tan papanatas como los españoles. Mal consuelo.
**** Piden al Defensor del Pueblo que recurra la LEC por inconstitucional
No solo por anticonstitucional sino, ante todo, por antidemocrática. Nuestra constitución necesita una revisión a fondo.
**** El donjulianesco Moratinos, colaborador del terrorismo, como su gobierno, y activo colaborador de todos los enemigos de la democracia y de España en el mundo. Los contrabandistas gibraltareños, receptores de su acto de pleitesía, encantados.
**** La derecha extrema tiene dos problemas: a) No cree en la democracia; b) Por eso mismo, su capacidad de agitación y propaganda es insignificante. Aburre a las ovejas, entre otras cosas. Uno no sabe si alegrarse de su escasa incidencia, por lo antidemócratas que son (la alternativa a la democracia es algún género de tiranía), o lamentarse de que no sirva siquiera como contrapeso a la ultraizquierda. Pues en España no existe izquierda propiamente dicha.
De nuevo, espero sus aportaciones y críticas:
Se ha hecho tópica la descripción del siglo XVI español como época de ruina popular y bancarrotas del estado, tras la relativa prosperidad bajo los Reyes Católicos: hambre, pobreza, mendicidad, escaso comercio, una población despojada dominada por una oligarquía de grandes señores parásitos, cerriles, dueños de casi todo, y sobreabundancia de clérigos ignaros o corruptos y de hidalgos preocupados de su honor y de no trabajar. El mal habría nacido de la expulsión de los judíos, el sector supuestamente más culto y productivo, agravado en el siglo XVII por la expulsión de los moriscos, otro sector productivo, al revés que los cristianos viejos obsesionados por la limpieza de sangre y orgullosos de no saber leer ni conocer oficio práctico. Carlos I y Felipe II habrían desviado al país de su "natural" expansión por el norte de África, embarcándolo en aventuras internacionales que solo interesaban a ellos: Carlos, porque le atraía el Sacro Imperio y no España, a la cual habría usado como simple peón; y Felipe II por un tétrico fanatismo religioso. Así España, en particular Castilla, habría quedado pronto exhausta en guerras absurdas, mientras el resto de Europa se modernizaba y prosperaba.
Punto esencial del tópico es la Inquisición, que habría asfixiado la vida intelectual y hasta despoblado el país. "Un imperio amasado con oscurantismo y miseria", vino a resumir Azaña. Para unos, España constituyó una rémora para Europa entera y habría sido deseable su derrota por potencias más progresistas; según otros, el país se desvió del camino correcto y se volvió "anormal", "enfermo", como indicaba Ortega. Según quiénes, el "desvío" habría salido de la derrota de los comuneros, de la reconquista contra los ilustradísimos y tolerantes musulmanes, o del mismo Recaredo.
Estas versiones no suelen sustentarlas hoy los historiadores (a veces se traspasan al siguiente siglo), pero han calado en gran parte de la población, los políticos y los medios de masas. Manía algo cómica de muchos intelectuales, sobre todo después del "desastre del 98", es la de señalar los "errores" del pasado, la política que habían debido seguir Carlos y Felipe para satisfacer a sus acertados jueces, o acusar al siglo XVI de los males actuales. Manías indicativas de una decadencia intelectual cierta.
Para justificar tales juicios se han invocado indagaciones en archivos, testimonios de contemporáneos españoles y extranjeros, obras literarias como El Lazarillo, etc. Cualquier tendencia histórica general integra siempre factores de sentido contrario o dispersivo, y basta centrar la atención en estos para trazar un panorama de aspecto documentado, pero ilusorio (Ese método permite hoy sesudas historias que explican por qué Franco no pudo haber ganado la guerra civil o por qué no pudo haber dejado un país próspero y reconciliado: basta atender a mil detalles favorables a la tesis y pasar por alto la trama histórica dominante). Con respecto a la España del siglo XVI, un imperio construido con miseria e ignorancia habría sido tan imposible que el historiador H. Kamen ha concluido que no existió un Imperio español, que fue solo una especie de manejo del naciente capitalismo europeo que utilizó a España como instrumento.
Lo evidente es que España construyó un gigantesco imperio, en la mayor parte del cual se sigue hablando español, que exploró el inmenso océano Pacífico y puso en comunicación y comercio, por primera vez en la historia, a todos los continentes habitados, cuando las demás potencias europeas apenas iban más allá de la piratería. Y afrontó el expansionismo del Imperio otomano, Francia y el conjunto de potencias protestantes, cada uno de ellos superior materialmente a España; y si bien no alcanzó a derrotar por completo a ninguno de ellos, los venció una y otra vez, los contuvo y finalmente les marcó límites. Simultáneamente desplegó una cultura potente y original en literatura, pensamiento, arquitectura, música o pintura. Esta última recibió fuertes influencias de Flandes y de Italia, y contó con maestros como Juan de Juanes, Luis de Morales, Fernández Navarrete, Sánchez Coello, o Pacheco, que preludian a los grandes del siglo siguiente. El Greco, de origen griego y formado en Italia, pero españolizado, supo captar aspectos místicos y caballerescos del espíritu hispano del siglo.
La visión de un país económicamente menesteroso, lleno de parásitos, falto de gente capacitada en casi cualquier terreno, cruel y fanático pero impotente, es absurda, como apuntaba el ya citado Julián Marías: habría quebrado muy pronto como una caña seca.
Otros datos descartan la lúgubre versión hoy tan popular. A falta de cifras precisas, suele aceptarse que la población pasó de cinco-seis millones a principios de siglo a siete-ocho millones al final. La población, por tanto, habría crecido considerablemente, cosa imposible en medio de la miseria e ineptitud técnica. Ponderar ese aumento exige contrastarlo con las epidemias y hambres que plagaban recurrentemente a toda Europa. No se repitió una peste como la del siglo XIV, pero Inglaterra sufrió en el XVI nueve episodios graves, y algo parecido Francia y los demás países. Por supuesto, también en España, como las epidemias de 1507, 1557, 1580, y sobre todo la de 1596-1602. Seguramente esas plagas fueron las mayores causas de mortalidad masiva. Después vienen las hambrunas, que afectaban hasta a las regiones europeas más ricas, aunque posiblemente España las padeciera más, debido a su menor fertilidad general.
Las guerras, en cambio, dañaron poco a España, que se libró de las más mortíferas, las civiles de Alemania, Francia, Flandes o Inglaterra (si incluimos a Irlanda). Y las contiendas externas no parecen haber impuesto un fuerte tributo de sangre: debieron de ser más despobladoras las incursiones islámicas por Levante y Andalucía. Tampoco pesó mucho la emigración a las Indias, en torno a 150.000 personas, poco más de 1.000 al año. España recibió a su vez bastantes inmigrantes de más allá del Pirineo.
Vale la pena señalar hasta qué punto los testimonios contemporáneos suelen ser impresionistas y parciales (como hoy: piénsese en las cifras de bajas de la guerra civil del 36 circuladas durante décadas). Los testimonios, necesarios, deben acogerse, no obstante, con espíritu crítico. Si tomásemos al pie de la letra una multitud de quejas e informes del siglo XVI, concluiríamos que España hubo de acabarlo con la mitad de población que al principio. En el siglo XVIII, el marqués de la Ensenada atribuirá la "despoblación" del país a las guerras y la emigración a América. Pero España tenía la población que podía tener, pues su suelo, debe insistirse, tiene en general peor calidad y menos lluvias que detrás del Pirineo, y su parte húmeda es muy abrupta, condiciones determinantes cuando la agricultura era en todas partes la base de la economía.
Felipe II ordenó medidas novedosas en Europa, como un recuento y descripción del país municipio por municipio. Por desgracia no se completó, pero abarcó a 700 pueblos que no ofrecen señales de estar arruinados. Otro indicio son las pinturas de ciudades españolas que el rey encomendó al flamenco Antoon van der Wijngaerde (Antón de Viñas): se aprecian unas concentraciones urbanas considerables, monumentales y de notable belleza. Muchas de esas ciudades tenían estudios superiores. En ese siglo se fundaron las universidades de Valencia, Sevilla, Santiago de Compostela, Granada, Zaragoza y Oviedo, y otras luego desaparecidas como la de Oñate (la de Barcelona se fundó a mediados del siglo XV, y la Complutense a finales). La proporción de titulados universitarios, una de las más altas de Europa, indica lo mismo. La mayoría de las ciudades creció, y Sevilla se convirtió en una de las mayores de Europa. Obviamente, aquellas ciudades, como las universidades, las armadas, la organización militar, etc., no eran obra de analfabetos y gente alérgica al trabajo, ni tampoco de judíos o mudéjares.
En este contexto general deben entenderse factores contradictorios como las crisis de subsistencias, las bancarrotas, la mendicidad, etc., que relativizan, pero no impiden la situación y tendencia global, esto es, el mayor esplendor político, bélico, de pensamiento, literario y artístico que haya vivido España en su dilatada existencia.
Los últimos años del siglo España tuvo que atender a tres frentes, Flandes, Francia y el Atlántico, algo que difícilmente habría soportado cualquier otra potencia. Felipe II intentó solucionar el primer conflicto dando las provincias en dote a su hija Isabel Clara Eugenia cuando se casó con el archiduque Alberto de Habsburgo en 1598, mismo año del Edicto de Nantes y del fallecimiento de Felipe. Con ello pensaba facilitar la paz, al traspasar la región a los Habsburgo de Austria e ir desembarazando de ella a España. Pero los rebeldes no aceptaron, Alberto demostraría ser una nulidad militar y fue preciso retener las tropas allí. En 1600 Mauricio de Nassau lograría un éxito sin precedentes al batir en Nieuwpoort a los tercios en campo abierto. Las bajas fueron similares (dos mil por cada lado) y el resultado nulo, pues Mauricio hubo de retirarse sin ganancia alguna: había esperado una insurrección de los flamencos, los cuales permanecieron leales a España.
Peor pasó con Francia, pues Enrique IV probaría ser un adversario temible. En 1595 atacó a España por el lado más económico para él y más productivo para sus aliados holandeses: el Camino español, vital arteria que desde Nápoles y Barcelona (por mar) confluía en Milán y desde allí, por territorios neutrales de Saboya, Suiza, Alsacia, Lorena, Franco-condado y Luxemburgo (alternativamente por cerca del Rin) llegaba a Bruselas. Esa inteligente estrategia permitía de paso ampliar Francia, aproximándola a sus límites actuales. En 1596, Holanda, Francia e Inglaterra acordaron una ofensiva de grandes proporciones, que debía tomar entre dos fuegos al Flandes pro hispano. A tal fin, Enrique hizo de Amiens una plaza de armas donde concentró los aprestos para la ofensiva, que tendría lugar en 1597. Pero Hernán Tello, un jefe de los tercios, se le adelantó en un golpe de mano modélico y tomó Amiens con una pequeña tropa. El archiduque Alberto reaccionó con tal lentitud que permitió a los franceses rendir la ciudad, pero la ofensiva francesa quedó paralizada. Mientras, Mauricio de Nassau, aunque ocupó dos provincias, fracasó en su intento de formar un corredor por el este de Flandes que uniera Holanda con Francia y aislara a los españoles. Ese año, Enrique cortó por Lorena y Saboya el Camino español, que hubo de cambiar a una ruta más replegada.
Finalmente, en la paz de Vervins, de mayo de 1598, Francia y España se devolvieron mutuamente lo conquistado. Felipe pudo morir unos meses después, habiendo conseguido una paz ventajosa con los turcos y otra aceptable con Francia, sus rivales más peligrosas, aunque se mantuviere la guerra en Flandes y con Inglaterra.
Es corriente la idea de que después de la Gran Armada la marina española pasó a segundo término, pero ocurrió más bien al revés. Si ingleses y holandeses se reforzaron en el mar, los españoles hicieron lo propio: el tráfico con América aumentó sin que pudieran impedirlo sus adversarios: de los 600 convoyes entre España y las Indias durante tres siglos, solo dos cayeron en manos de armadas (no de piratas) enemigas. Los piratas, pese a las exageraciones románticas, nunca pudieron capturar un galeón, solo barcos menores y aislados. El éxito español obedeció a un perfeccionamiento del sistema de convoyes y del servicio de inteligencia, que con Felipe II fue probablemente el mejor de su época, y que rompió el factor sorpresa en muchas acciones enemigas. El éxito de la isla Terceira había sido posible por informaciones de agentes franceses al servicio de Madrid, y lo mismo había pasado con una insurrección de París que había expulsado a Enrique III, planeada por Bernardino de Mendoza, verdadero jefe del espionaje español. Mendoza, nacido en Guadalajara, educado en la universidad de Alcalá y combatiente en Flandes, fue embajador en Inglaterra, de donde fue expulsado al descubrirse sus labores de espionaje, en los que usaba códigos secretos y técnicas todavía inusuales. Después obró como embajador en Francia y agente en los medios católicos contra los hugonotes, hasta que Enrique III pidió su retirada. Sus relativos fracasos nacieron del éxito de sus aciertos previos. En 1591 dimitió al quedar ciego. Intelectual notable, dejó una crónica de la guerra de Flandes, una Teórica y práctica del arte de la guerra y una traducción al español de una obra del filósofo neoestoico y tratadista político flamenco Justo Lipsio.
En cuanto a Inglaterra, pese a la calamitosa "Contraarmada" de Drake, su flota se había vuelto muy peligrosa y solía emboscarse en las Azores para capturar los galeones de Indias. En 1591 y 1594, Alonso de Bazán, hermano de Álvaro, desbarató sus intentos, y las empresas de Drake, Frobisher, Hawkins y Cumberland fallaron, mientras corsarios españoles capturaban a su vez mercantes ingleses. En 1595, una pequeña armada de Carlos de Amésquita, al estilo de otras expediciones castellanas en la Guerra de los cien años, desembarcó en el sur de Inglaterra, devastó algunas poblaciones y un fuerte, y burló la persecución que intentaron Drake y Hawkins. Al año siguiente una escuadra angloholandesa volvería a saquear Cádiz, un éxito importante, y el mismo 1596 los ingleses volverían a ser expulsados de las Azores. Ese año los legendarios Drake y Hawkins, socios de largo tiempo en el tráfico negrero y la piratería, con los que se habían enriquecido,murieron de disentería en el Caribe, tras ser repelidos sus ataques a Puerto Rico. Varios golpes de Drake, similares, aunque a escala algo menor, a los de los Barbarroja y otros corsarios otomanos, fueron más allá de la simple piratería, pues logró capturar brevemente ciudades como Vigo, Las Palmas, Cartagena de Indias o Santo Domingo, intentó implantar una colonia en América y dio una vuelta al mundo.
A su vez, España enviaría en 1602 una pequeña fuerza de desembarco a Irlanda para socorrer a los irlandeses en rebeldía contra Inglaterra, pero fue derrotada en Kinsale. La revuelta había estallado en 1594 y duraría nueve años, en parte con armas españolas y reprimida a sangre y fuego por Isabel I. Los irlandeses fueron reducidos al hambre y una masa de sus tierras pasó a propiedad de nobles ingleses. Isabel murió en 1603, y al año siguiente su sucesor, Jacobo I, ofreció amnistía a los rebeldes y condiciones relativamente favorables. Algunos líderes irlandeses quisieron mantener la lucha, pero no les fue posible porque Madrid había firmado ese año la paz con Londres. España quiso garantía para el culto católico en Inglaterra, pero no fue posible.
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**** El juez Ismael Moreno autoriza un homenaje a "presos y huidos" de ETA, porque no aprecia en él "enaltecimiento del terrorismo". Coincide plenamente con los propios etarras, para quienes un homenaje a ellos no es un enaltecimiento, sino la más pura y estricta justicia. El mínimo, vamos. En fin, la justicia en tiempos de Zapo, su PSOE y su PP (pronúnciese a la inglesa).
**** Impotencia y malestar en el PP vasco: "Patxi López nos tiene a su merced"
No los tiene a su merced: el PP (pronúnciese a la inglesa) se ha puesto a su merced, que es cosa ligeramente distinta. Porque son muy parecidos gente como el Basa y el Pachiló, capaces de cualquier traición y de cualquier hipocresía, de decir hoy lo contrario de ayer, expertos en el engaño a sus propios votantes. En el PP existe bastante descontento, pero los golfos son líderes y los otros simples quejicas, incapaces de de establecer unos puntos estratégicos y tácticos y de obrar en consecuencia. Los quejicas temen que el partido se hunda, pero no temen que se hunda la democracia y España. Al final es muy posible que esa porquería de partido se desintegre, y ellos, los descontentos, habrán contribuido como el que más, sin establecer alternativa alguna. Siempre la derecha, desde la transición, fue peor que mediocre, salvo algún período de Aznar. Pero la abyección actual supera todos los registros.
**** Muere un niño de tres años al quedarse encerrado en un coche
Cada vez hay más noticias como esta. Unas veces es el padre, otras la madre quienes "se olvidan" del chico. Otro indicio de la corrupción de la familia en un país en corrupción radical de casi todo. Un país formado (deformado) en la telebasura.
La situación francesa todavía empeoró para España. Comenzada en 1585 la “guerra de los tres Enriques”, el Enrique rey, presionado por Enrique de Guisa, revocó la designación de Enrique de Borbón como heredero. Oficialmente, el rey estaba con el bando católico, pero procuraba sabotearlo. El desastre de
Este rey, fanáticamente antiespañol, había combatido a los hugonotes, incluso en
Muerto Enrique III, último de los Valois, comenzó la dinastía de Borbón, con Enrique IV como soberano apoyado por protestantes y políticos. No le respaldaba la mayoría del pueblo pero la desaparición de Guisa, un caudillo excepcional, le daba esperanzas de triunfar. Reunió un ejército de 26.000 alemanes, 12.000 franceses, 4.000 ingleses y 3.000 holandeses, y sitió París. El asedio, resistido heroicamente, provocó la muerte de hasta 60.000 parisinos por hambre, enfermedad y heridas.
Felipe II juzgó el peligro muy superior al de Flandes. Su intervención en Francia había sido muy inferior a la de los países protestantes, pero en 1590 ordenó a Farnesio socorrer a París. Farnesio debió abandonar una campaña muy prometedora en Holanda, lo que permitió a los rebeldes, liderados por Mauricio de Nassau --que perfeccionó notablemente el ejército holandés--, recuperar Breda y otras plazas. Pero Farnesio liberó de sus asaltantes a la capital francesa, dejando en ella una guarnición española. Más tarde liberó Rouen. Los tercios volvieron a demostrar su valía en maniobras magistrales contra las fuerzas materialmente superiores de Enrique IV, saliendo de encerronas casi desesperadas. En 1592 la excepcional carrera militar de Farnesio tocó a su fin: herido de mosquete, fallecería en diciembre.
Por fin Enrique, viendo que nunca sería monarca sin la aquiescencia de París, dio en julio del año siguiente un giro espectacular abjurando del calvinismo en la iglesia de Saint Dénis (se le atribuye la frase cínica París bien vale una misa). Los católicos, agradecidos por el fin de las agotadoras guerras civiles, le aceptaron y, en virtud de la ley sálica que prohibía reinar a mujeres, descartaron la propuesta de Felipe II de nombrar reina a Isabel Clara Eugenia, su dilecta hija, francesa por parte de madre. Tras resistencias menores y una pequeña intervención española en Provenza, el trono de Enrique IV quedó afianzado. A la guarnición española (con flamencos e italianos) de París, todavía peligrosa, se le permitió retirarse con honor, desfilando por la ciudad. Para Felipe II, el desenlace tuvo algo de victoria y de derrota. Francia permanecía católica, después de todo, pero no por ello más amistosa hacia España.
Cinco años después, por el Edicto de Nantes, el catolicismo quedó como religión del estado. Los hugonotes no consiguieron su principal objetivo, pero los artículos secretos del edicto los mantuvieron como un estado dentro del estado, con 51 plazas fuertes pagadas por el estado, es decir, por los católicos, que serían indemnizados por los destrozos sufridos a través de impuestos…que nuevamente pagarían ellos mismos. Los hugonotes habían luchado como en país extranjero, practicando matanzas, saqueos y destrucción de libros, edificios, pinturas y esculturas, un invalorable patrimonio cultural. Se autorizaba el culto protestante, además, claro está, del católico, en Francia, pero en Béarn-Navarra, prácticamente independiente, no se aplicaba el edicto y solo se permitía el calvinista (estos consideraban “un dogma diabólico” la tolerancia a los católicos).
Posteriormente se ha presentado el edicto como un modelo de “modernidad”, que reconocía la pluralidad religiosa y la condición meramente política de los súbditos. Es una interpretación bastante forzada. Parece más realista considerarlo la expresión del agotamiento del país y el oportunismo de Enrique IV. El edicto no podía garantizar una situación estable, sobre todo por admitir un doble estado de hecho, y en el siglo siguiente sería revocado, con nuevas guerras.
****En algún sitio del Viaje por
---http://www.youtube.com/watch?v=HmnddZ-LJbo
****“Esa gentuza. Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo…” Pérez Reverte, sobre los diputados. Esas pandillas de corrompidos e irresponsables politicastros, tiorrillos y cotorras que están echando a perder el país y la libertad. ¿Cómo pueden estar allí sin un abucheo permanente? Seguramente hay algunos mejores, pero no acaban de demostrarlo:
****Rajoy, sobre Bárcenas: "Si algo he demostrado es que no acepto el chantaje". Cierto, a él lo de los estatutos anticonstitucionales y antiespañoles le parecen muy bien, no ha tenido que aceptar ningún chantaje. Los “orgullos gays”, las bodas homosexuales o el aborto, lo mismo: él es moderno y está perfectamente de acuerdo, fingiendo solo una ligera oposición para embaucar a una parte de sus votantes y hacerles creer que tiene en mente otra cosa que las poltronas. Tampoco le ha chantajeado nadie en relación con el olvido del 11-m: no desea otra cosa que echar tierra al asunto. Ni con la muerte de Montesquieu: siempre moderno, sabe que eso de la separación de poderes es una antigualla… Y así sucesivamente. Lo que resiste bien es lo de Bárcenas. ¿Por qué será? ¿Quién le chantajea?
****Otro dato de Viñas, en relación con el artículo publicado ayer en Ideas, de LD. “Aun en el supuesto de que la KGB se hubiera cargado a Robles –dice-- ¿y qué? En la guerra muere gente”. Claro que en la guerra muere gente, y también en la paz, todos terminaremos muriendo. Ahí Viñas comete un error, pues entonces no existía la KGB; pero se trata de un simple lapsus, comprensible en una improvisada entrevista. Lo que ya suena peor es que a él le dé igual que el servicio secreto staliniano obrase con semejante independencia del gobierno “republicano” y se “cargase” gente en España con tal impunidad, un hecho que revela perfectamente la realidad de aquella "república democrática". Todo eso le parece muy correcto al no menos demócrata Ángel Viñas, nostálgico de aquella forma de defender la libertad.
Someto de nuevo al severo criterio de ustedes:
Felipe II pidió en 1581 una tregua de un año a Constantinopla, que replicó pidiéndola de tres, y ello le permitió atender más a Francia. 1584 fue el año del asesinato de Guillermo de Orange, del sitio de Amberes y de la muerte del Anjou hermano de Enrique III y frustrado soberano de Holanda. Lo último elevaba el peligro para España, pues el rey designó heredero al calvinista Enrique de Borbón. El 15 de diciembre, Inglaterra, Dinamarca, Escocia, partes de Alemania y Suiza firmaban en Magdeburgo, Prusia, un acuerdo para ayudar a los hugonotes con dinero y tropas. Muy preocupado, Felipe firmó con Guisa, el 31 de diciembre, el tratado de Joinville contra los protestantes y para impedir el acceso de Enrique de Borbón al trono. De ahí saldría la octava guerra de religión o "De los tres Enriques", por enfrentarse el de Guisa, el de Borbón y el rey.
Juzgando que este último tratado podía arruinar el protestantismo francés y luego al anglicano, Isabel I entró ya sin disimulo en la lucha por Flandes, comprometiéndose en agosto siguiente, por el tratado de Nonsuch, a enviar tropas y dinero a cambio de la cesión a Inglaterra, como aval, de varios puertos y del derecho a designar al gobernador general de las provincias. Encomendó la tarea a su favorito y posible amante conde de Leicester, que no lo hizo muy bien: muchos de sus soldados desertaron a los españoles y él, con su autoritarismo, enojó a los holandeses.
Si la acción solapada de Isabel había irritado a Felipe, la intervención abierta lo decidió a mandarle una armada que la derrocase. La Grande y Felicísima Armada, (lo de Invencible fue una acuñación inglesa, al principio aprensiva y después sarcástica), debía recoger en Flandes a 20.000 soldados de Farnesio para invadir la isla. Álvaro de Bazán iba a mandar la flota, pero murió antes, sustituyéndole el duque de Medina Sidonia, hombre prudente pero no marino, reacio a la empresa y muy inferior a Bazán, si bien le asesoraban marinos expertos como el guipuzcoano Miguel de Oquendo y los vizcaínos Martínez de Recalde y Bertendona. Los aprestos se retrasaron porque Francis Drake saqueó Cádiz y destruyó allí treinta de naves, dejando de relieve, como había ocurrido en las Alpujarras, la escasa utilidad de las milicias.
La Armada, 132 barcos diversos con unos 27.000 hombres, se reunió en Lisboa. Los ingleses, en un supremo esfuerzo, juntaron y artillaron hasta 200 naves, con menor tonelaje y cerca de 20.000 hombres. Entre sus mandos destacaba Drake, el marino inglés más hábil y audaz, que había sido negrero y pirata de éxito contra España en colaboración financiera con la reina, y había dado una vuelta al mundo.
Poco antes de verano de 1588 la Gran Armada dejó Lisboa, las galernas la dispersaron y tardó un mes en reconcentrarse en La Coruña. Los ingleses quisieron atacarla, pero las tormentas se lo impidieron a su vez. El 22 de julio volvió zarpar y llegó al oeste de la costa sur inglesa. En Plymouth pudo tal vez destruir la escuadra contraria, encerrada allí por las mareas, pero Medina Sidonia prefirió atenerse al plan y continuó hacia Flandes, perdiendo dos galeones en escaramuzas. Sin más contratiempo, se acercó a su objetivo a la altura de Gravelinas, y allí volcó Drake su poder artillero y varios barcos en llamas (brulotes), a favor del viento. La táctica española consistía en soltar una andanada y pasar al abordaje, pero los ingleses, por evitar el contacto, cañoneaban de lejos, con poca eficacia, y hubieron de retirarse con la munición agotada. La batalla, realmente menor, dejó a la Armada un solo barco hundido y cuatro dañados, y en torno a medio millar de muertos, por uno o dos centenares de sus contrarios.
En principio, Medina Sidonia pudo cumplir entonces su cometido recogiendo a las tropas de Farnesio, pero los mensajes de la Armada habían sido interceptados por los holandeses, y Farnesio no estaba. La maniobra se hizo muy arriesgada porque los rebeldes habían retirado las boyas de identificación de los numerosos bajíos. De pronto el viento empeoró, empujando las naves hacia el norte, sin dejar otra opción que intentar la vuelta a España rodeando Escocia e Irlanda. Y sobrevino la catástrofe, pues las tormentas hundieron casi 60 barcos, con unos 15.000 hombres. No hubo, pues, victoria inglesa, pues el combate se limitó en rigor a una fuerte escaramuza, sino un fracaso causado por el mal tiempo, comparable al sufrido 47 años antes por Carlos I en Argel. Los protestantes llamaron "El viento de Dios" al que les había librado de la Armada, como los islámicos llamaron "El viento de Carlos" al que les había salvado antaño. Según algunos tratadistas militares, el combate frente a Gravelinas cambió la táctica naval del abordaje al cañoneo, pero la flota hispana mantendría su superioridad en los mares hasta 1639. Se ha relacionado a las violentas tempestades, inusuales en aquella estación, con el enfriamiento del clima que iba a hacer del siglo XVII una "pequeña edad glacial".
Los héroes ingleses de Gravelinas tuvieron mala suerte. El primer ministro, Burghley, calculó que "por muerte o enfermedad o algo parecido, podremos ahorrar parte de la paga" debida a los marineros. El dinero se derrochó en festejos, mientras morían a millares los defensores de Inglaterra, por enfermedades, hambre y heridas.
El efecto mayor de la batalla fue psicológico. Tras tanto tiempo de mala suerte, los exultantes ingleses y protestantes acuñaron medallas conmemorativas con la leyenda "Él (Dios) sopló sus vientos y los dispersó". Al año siguiente, Drake (con Norreys) salió con una potente flota (la Contraarmada)para destruir los galeones de la Armada en reparación, capturar las Azores y el tesoro de Indias y, sobre todo, provocar la revuelta de Portugal. Iba con él Antonio de Crato, convencido de que su presencia impulsaría una rebelión portuguesa. Pero Drake fue rechazado en La Coruña, donde se distinguió la célebre María Pita, y perdió cerca de un millar de soldados, más otros dos mil que desertaron con sus barcos. En Lisboa fue igualmente rechazado y no hubo asomo de insurrección popular. Tampoco logró tomar las Azores ni capturar los galeones de Indias. Los españoles le destruyeron o capturaron doce barcos, las tormentas le hundieron otros tantos, y perdió el 70% de los 23.000 hombres embarcados: 13.000 muertos y muchos desertores. Su aureola perdió brillo, y para Isabel fue un trago amargo, pues la costosa aventura vació sus arcas. Fue uno de los mayores desastres de la armada inglesa, solo inferior al que sufriría en 1741 en Cartagena de Indias.
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**** Basagoiti, en el homenaje a Miguel Ángel Blanco: "Hoy en día estamos tocando con la punta de los dedos la libertad plena". Lo de este chico, ¿es pura estupidez o es algo peor?
**** Basagoiti cree que Patxi López "se ha arrugado" en su acuerdo sobre Álava, pero cree que "está a la altura". A la altura de Basagoiti.
**** Chorradas como puños. Como puños del Frente Popular. Brillante libro del chico de los calzoncillos suicidas.
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"El doctor Adler se echó atrás en el sillón con expresión cansada, cruzó las manos sobre el regazo y, sin levantar la mirada de la copa de coñac que había dejado sobre la mesilla, replicó:
–Hijo, tú eres ya bastante mayor, tienes edad de votar y no pretendo ejercer autoridad sobre ti. Lo que hagas con tu cuerpo es cosa tuya. No obstante me acusas de retrógrado porque no creo que la homosexualidad pueda equipararse a la sexualidad normal. Atiende, convertir el canal de los excrementos en órgano del amor, o esas mujeres que, lógicamente, no pueden penetrarse y han de recurrir a artefactos repulsivos, ese reparto grotesco de papeles haciendo uno de hombre y otro de mujer, tan frecuente entre ellos, esa parodia de la relación normal...todo eso es muy viejo y no me parecen avances ni me creo atrasado por indicártelos, sino razonable. Me gustaría que resistieras a esos impulsos, pero si no te es posible, preferiría que los considerases con realismo. El amor entre personas del mismo sexo es estéril, pocas veces es estable, por su propia naturaleza suele producir inestabilidad emocional, también en esos medios circula la droga con mayor facilidad, la prostitución masculina es la mayor parte de las veces homosexual, y fácilmente se contraen enfermedades... No, no quiero decir que todos los homosexuales sean así, y si ese señor con quien te has... con quien has entrado en relaciones, está al margen de esas cosas, bien, me alegraré, y si encuentras a alguien con quien puedas entenderte largo tiempo y mantener un lazo lo más parecido posible a la normalidad, eso es lo que te deseo, ya que no parece que puedas o quieras cambiar... Solo quiero advertirte contra falsas ilusiones.
Dijo las últimas palabras levantando los ojos y mirando a su interlocutor fijamente, con una especie de desilusión todavía esperanzada. El muchacho, salido no hacía mucho de la adolescencia, palideció. Aguantó un momento la mirada de su padre, y enseguida desvió la suya.
–¿Vas a decirme que tu relación con mi madre, ¿eh? Que tu famosa sexualidad normal, ha sido perfecta? ¿Que ha sido un gran éxito, un modelo de estabilidad?
–No confundas las cosas. Que algo bueno falle no justifica algo malo de entrada...
El joven se levantó.
–Me voy de casa –anunció con el rostro contraído de furia–. Para mí, ya no tengo padre".
En Francia crecía la posibilidad de una victoria calvinista. Si la Francia católica ya había causado mil problemas a España, un vecino calvinista se habría convertido en una pesadilla. De 1560 a 1584 habían tenido lugar siete guerras religiosas, iniciadas, como vimos, por los hugonotes al intentar tomar el poder secuestrando al rey. Para 1563 los católicos habían ganado, pero no por completo. Hubo una paz con más tolerancia para los calvinistas de la que estos permitían donde mandaban, y Francisco de Guisa había sido asesinado, con toda probabilidad a instancias del jefe protestante Coligny. Guisa era muy querido en el país por haber frustrado a los tercios de Carlos I la toma de Metz, y haber reconquistado Calais a los ingleses. En cambio Coligny, vencido en San Quintín, había ofrecido entregar Calais y Le Havre a Inglaterra, en pago por su ayuda.
El 28 de septiembre de 1567, con Flandes al borde de la primera rebelión, y quizá en relación con ella, los hugonotes Coligny y el borbón Luis de Condé, intentaron de nuevo secuestrar al rey, ahora Carlos IX, aún adolescente, y a su madre Catalina de Médicis, que a duras penas escaparon. El episodio pasó a la historia como La sorpresa de Meaux. Volvía la táctica calvinista de ganar el poder para aplicar el principio de que el pueblo debía seguir la religión de su príncipe. Al día siguiente, en Nimes, antes de saber el fracaso de la "sorpresa", los hugonotes perpetraron una matanza de católicos, al grito de "Matad a los papistas. Por un mundo nuevo"; y ocuparon la ciudad de La Rochela y otras. Catalina retiró las anteriores concesiones a los protestantes y volvió la guerra, en la que los católicos se sentían arteramente agredidos por una minoría sin escrúpulos (los hugonotes no pasarían de un millón, en un país de veinte).
En Jarnac en marzo de 1569, Coligny fue vencido y Condé, principal jefe hugonote, muerto. Sucedió a este Enrique de Borbón, un adolescente, por lo que la dirección efectiva la ejerció su madre Juana de Navarra, calvinista que prohibió el culto católico donde pudo. Curiosamente, Enrique aprendió tarde el francés, pues se educó en una lengua afín a la española, y en un castillo cuyo lema rezaba Lo que ha de ser, no puede faltar, en castellano. Tras la derrota, los hugonotes fortificaron La Rochela y saquearon Tolosa y el suroeste de Francia. Coligny ordenó obrar "por las armas, el fuego, el pillaje y el asesinato", de lo que sufrieron mucho los franconavarros católicos. Entraron entonces 14.000 calvinistas teutones financiados por Isabel de Inglaterra. Los alemanes arrasaron más de doscientos pueblos del Franco Condado, entonces español, y de igual modo siguieron por Borgoña, saqueando hasta el histórico monasterio de Cluny. En agosto de 1570 alcanzaron un París mal guarnecido y obligaron a Catalina a aceptar cuatro plazas fuertes calvinistas –reforzamiento de un estado dentro del estado– libertad de culto protestante y un humillante trato de "buenos vecinos, parientes y amigos" a los príncipes extranjeros que habían expoliado y matado a mansalva en el país.
En busca de conciliación, Catalina propuso casar a su hija católica (y ligera de cascos) Margarita con el calvinista Enrique de Borbón, mientras Carlos IX, ya capaz de reinar, rechazaba la campaña de Lepanto y decidía intervenir en Flandes de acuerdo con Coligny, a quien se otorgó una rica abadía que convertía al hugonote en pensionado de la Iglesia. Francia se hallaba casi exangüe, pero Coligny calculaba que el ataque a España le daría más poder y, para financiarlo, pidió una provocadora expropiación de la Iglesia. Los tercios aniquilaron la expedición francesa y Carlos IX pidió a los españoles que ejecutasen como piratas a los prisioneros, idos allí en cumplimiento de sus órdenes. Alba, indignado, los devolvió a Francia, donde Carlos se encargó de exterminarlos.
En agosto de 1572 se celebró en la muy católica París la boda de Enrique y Margarita. Coligny introdujo tropas adictas en la ciudad y creyó que esta "pronto" sería suya, como proclamó con cierta arrogancia. Pero el 22 de agosto sufrió un atentado que le hirió de poca gravedad. La acción procedió de la acosada Catalina de Médicis y del duque de Anjou, futuro rey Enrique III, y remitía a una situación en que volvía a ser inminente una "conjura de Amboise" o una "sorpresa de Meaux". Catalina convenció al rey para prevenir el golpe protestante mediante una represión general contra los hugonotes, y de ahí, el 24 de agosto, la Noche de San Bartolomé en París, seguida en otras ciudades, con muerte de, quizá, hasta diez mil protestantes. Coligny fue asesinado en venganza por el anterior asesinato de Francisco de Guisa. Con todo, bastantes jefes hugonotes fueron perdonados, y el clero evitó brutalidades aún mayores.
Carlos IX murió dos años después y le sucedió Enrique III. En 1575 Enrique de Guisa, hijo de Francisco, solo pudo rechazar parcialmente una nueva invasión de teutones que, devastando de nuevo Borgoña y otras zonas, llegaron, junto con los hugonotes, a las puertas de París. Enrique III, como antes Catalina, hubo de aceptar condiciones vejatorias. La justicia pasó en parte bajo dominio hugonote y el monarca reconoció, como actos realizados "para nuestro servicio", la oferta de entrega de Le Havre y Calais a Inglaterra, y la de Metz, Toul y Verdún –ganados por Francisco de Guisa a Carlos I–, a los protestantes germanos. Prosperaron los nobles católicos llamados "políticos", que colaboraban con los hugonotes con vistas a atacar a España, y creaban en Francia regiones casi independientes. Políticos y calvinistas obtuvieron plazas fuertes y cargos clave. Los alemanes exigieron la enorme suma de seis millones de libras por liberar a sus prisioneros católicos y, al no poder pagarse pronto, se llevaron a su país al superintendente regio de finanzas y a los rehenes, saqueando de paso los pueblos. Obtendrían el rescate, aunque no de manos del rey o los hugonotes, sino de los católicos. Nunca habían sido humilladas de tal modo la monarquía y la misma Francia.
Los católicos rechazaron los acuerdos y formaron una Liga Santa, capitaneada por el popular Enrique de Guisa. La historiografía ha solido tratar muy mal a este Guisa y a la Liga, tildándolos de "ultracatólicos" y de arrojar a Francia en manos de Felipe II. Esta acusación se convertiría en el leit motiv con que hugonotes y políticos pretendían arrastrar a los franceses contra un peligro inexistente. Pues, observa J. Dumont, no hay prueba de las apetencias españolas, y en cambio los hugonotes obtuvieron siempre dinero y tropas de Inglaterra y Alemania a cambio de trozos del territorio francés, y fueron en dos ocasiones los protestantes tudescos quienes, aparte de asolar regiones francesas, impusieron condiciones mortificantes a los reyes en París.
Con diversas alternativas continuaron las guerras civiles. En 1580, Francisco de Anjou, católico político, hermano y heredero de Enrique III al no tener este hijos, planeó una ofensiva conjunta de las potencias protestantes y los turcos en el Atlántico, el Mediterráneo y Flandes, para hundir de una vez a España. Ello pareció excesivo al rey, que hizo detener al agente hugonote enviado a Turquía. Pero continuó el plan europeo mediante el ya visto ataque por las Azores y, meses después, en febrero de 1583, por Amberes, en poder calvinista y en la retaguardia hispana. Sin declaración de guerra, doce mil hugonotes fueron llevados a la ciudad por la armada inglesa; pero allí Isabel, vacilante, retiró los barcos y, por causas no claras, los franceses fueron mal acogidos. Y mientras esperaban barcos que los retirasen, la población de Amberes realizó una nueva matanza de San Bartolomé contra sus presuntos libertadores, lo que determinó la renuncia de Anjou a la soberanía holandesa ofrecida por el de Orange. (Hay otros relatos de este confuso hecho, en todo caso una catástrofe para los franceses políticos y para los protestantes. Al año siguiente sitiaría Farnesio la ciudad).
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Hoy, en El economista
ORGULLO GAY
Todos tenemos alguna o algunas taras, y la homosexualidad es, desde luego, una tara evidentísima. Que una parte de quienes la sufren quieran convertirla en motivo de orgullo, constituye solo una de esas grotescas inversiones de valores a las que solo nos acostumbraremos a base de destruir las normas más elementales del criterio racional.
Pero una cosa es que esas personas se empeñen en ostentar su mal como un bien, chifladura que en definitiva solo les atañería a ellos, y otra que todos debamos pagar sus carnavaladas a través de unos políticos corruptos (política y corrupción –no solo económica– van haciéndose cada vez más sinónimos), los cuales, por hacerse los progresistas, disponen del dinero público de forma absolutamente antidemocrática. Que hagan eso los partidos políticos de Filesa o Gürtel, de la colaboración con la ETA, del ataque a Montesquieu o de los estatutos balcanizantes, es solo parte del programa.
Y aún otra cosa es la expectación que levanta el desfile del "orgullo". Cientos de miles de personas han ido a contemplarlo en Madrid. Personas obviamente formadas en ese tipo de telebasura que explota las taras y miserias humanas convirtiéndolas en espectáculo, un síntoma de pésima salud social junto a fenómenos como el aborto o el divorcio masivos, el aumento de la delincuencia, de los hogares monoparentales, la violencia doméstica, etc.
Una cuarta cosa es que esos orgullosos pretendan representar a los homosexuales en general e intenten imponerles a todos su modo de –digamos– pensar, actitud típicamente totalitaria, como la de los comunistas cuando se decían representantes de los obreros. Y, por terminar de momento, una quinta es que a quienes discrepamos de todo el asunto pretendan acallarnos y hasta perseguirnos por ley con el cuento de la "homofobia". No son demócratas y, en el fondo, son más conscientes de su tara de lo que les gustaría.
Los triunfos contra los turcos y la unión de España y Portugal se vieron enturbiados por la continuación de los apuros financieros y de la guerra en Flandes. Tras el rápido aniquilamiento de la primera rebeldía, los llamados "mendigos del mar", marinos protestantes holandeses, pirateaban desde bases inglesas y también en beneficio inglés, bajo el lema Mejor turcos que papistas. Pero en 1572 Isabel I los expulsó, por buscar un arreglo con Felipe II o por temor a su calvinismo. Entonces los mendigos ocuparon el puerto desguarnecido de Brielle, y luego el de Flesinga, cortando el comercio de Amberes. Para entonces Guillermo de Orange había reorganizado un ejército con apoyo de los hugonotes y el rey de Francia. El golpe de los "mendigos" originó una nueva revuelta por casi todo Flandes. Holanda, menos Ámsterdam y Middelburg, se declaró en rebeldía, y Guillermo volvió con refuerzos. En Holanda predominaban los católicos, de los que una parte entró en la revuelta por sacudirse el yugo de Alba y otra parte siguió leal a España; pero la minoría calvinista, mucho más dinámica y con ayuda francesa, se puso en vanguardia. El propio Guillermo, católico hasta entonces, se convertiría en 1573 al calvinismo. Alba recobró el sur, donde hizo trizas a Luis de Nassau y a los hugonotes, con lo que los protestantes alemanes, también comprometidos, prefirieron abstenerse. El hijo de Alba, Fadrique, atacó despiadadamente el norte, pero el dominio del mar por sus enemigos impedía una solución rápida como cuatro años antes.
Ante la prolongación del conflicto, Felipe sustituyó al Duque por el barcelonés Luis de Requeséns, gobernador de Milán y antes sagaz consejero de Juan de Austria en las Alpujarras y Lepanto. Llegaba con instrucciones de negociar, salvaguardando el catolicismo y la soberanía de Felipe. Sintiéndose fuertes, los rebeldes rechazaron el acuerdo y continuaron la lucha. Requeséns los aplastó en 1574 en Mook, donde perdieron la vida dos hermanos de Guillermo. El golpe, quizá decisivo, no pudo ser explotado porque los tercios se amotinaron, indignados por la larga falta de pagas. Felipe tenía en Flandes 86.000 soldados, en su mayoría flamencos y alemanes, un gasto que, combinado con el de otros frentes, provocaría su bancarrota en 1575. En marzo del 76 falleció Requeséns, que indicó: "aun si los naturales nos amaran como a sus hijos", lo que estaba muy lejos de ocurrir, "bastarían tantos motines como ven de nuestra nación para aborrecernos".
El motín seguía un mecanismo peculiar: circulaba la consigna, los nobles y oficiales eran apartados y se formaba una especie de soviet avant la lettre, sin perder en absoluto la disciplina y el orden interno (así había ocurrido con los almogávares en Oriente). Los soldados creían que en la corte mandaban letrados y no militares que les comprendieran, pero en realidad no había dinero. En 1574 el ejército de Flandes consumía 1,200.000 florines mensuales y solo recibía 300.000 de España. Ese año se debían 37 pagas a los tercios, que constituían solo una décima parte de los efectivos teóricos del ejército, pero eran el nervio de este. Un conde flamenco se asombraba de "la miseria y desesperación de los pobres soldados" que, sin embargo, "resistían con los estómagos vacíos a las fuerzas enemigas", y les ocasionaban duros reveses. El enemigo también agotaba sus recursos pero al menos estaba en su tierra o en las cercanías.
Los motines suponían abandonar plazas fuertes que los rebeldes reocupaban sin esfuerzo, desordenando las campañas. A Requeséns le sucedió Juan de Austria, y cuando este se dirigía a Flandes tuvo lugar, en noviembre, el saqueo de Amberes. Para evitar los motines, Requeséns había pedido en vano la aplicación de la alcabala, que habría permitido pagar a las tropas. En septiembre, la región de Brabante había aprobado ese impuesto, pero para combatir a los amotinados. En octubre, rebeldes y católicos se unieron y declararon fuera de la ley a los soldados españoles, con lo que podían ser matados impunemente. Bastantes amotinados se refugiaron en la ciudadela de Amberes, donde los rodearon las tropas adversarias con intención de aniquilarlos. Pero el 3 de noviembre, los sitiados irrumpieron de súbito en la ciudad, destrozaron a los sitiadores y sometieron Amberes a un salvaje saqueo, en el que mataron a entre 2.000 y 8.000 personas, según fuentes, contra solo 30 muertos propios. Juan de Austria, que iba con intenciones conciliatorias, se vio en posición complicada.
El saqueo de Amberes unió a todas las provincias contra los españoles. No obstante, Don Juan explotó las discordias entre ellas y a principios de 1577 obtuvo al acuerdo pedido por Requeséns: acatamiento a Felipe II y restablecimiento del catolicismo, a cambio de la marcha de los tercios, abolición de la Inquisición, amnistía y vuelta a la administración tradicional: Guillermo de Orange entró en el séquito de Don Juan en Bruselas. Con involuntaria ironía, el tratado se llamó Edicto Perpetuo. Fueron retirados los tercios y la Inquisición. Guillermo fue aceptado como lugarteniente del gobernador español o estatúder de Holanda (y Zelanda), pero rechazó la vuelta al catolicismo y ofreció la soberanía a un príncipe francés; los nobles de las provincias católicas la ofrecieron a un noble Habsburgo. En respuesta, los tercios volvieron a finales del año, al mando de Alejandro Farnesio, futuro duque de Parma, militar italiano al servicio de España e hijo de la anterior gobernadora de Flandes Margarita de Parma. Los rebeldes debieron evacuar Bruselas, y a principios de 1578 sufrieron una dura derrota en Gembloux.
En octubre de ese año murió de tifus Juan de Austria, con 31 ó 33 años. Era hijo ilegítimo de Carlos I y Bárbara Blomberg, nacido en Ratisbona y criado en España. Su corta pero fulgurante carrera contra moriscos y turcos le había hecho muy popular. Le sucedió Farnesio, quien se vio favorecido cuando los calvinistas de Holanda empezaron a asesinar y encarcelar a católicos, lo que produjo en el sur una reacción prohispana como la de 1566 cuando los protestantes destrozaron las iglesias. Farnesio aprovechó para firmar la Unión de Arrás con varias provincias. Ideológicamente, el territorio quedó dividido en lo que serían Holanda y Bélgica, una bajo poder calvinista y otra católica. En 1581, Guillermo fue declarado fuera de la ley y puesta a precio su cabeza. Él había mantenido una ficticia fidelidad al rey, que rompió entonces abiertamente, proclamó la independencia de sus provincias y ofreció la soberanía a Isabel I. Esta rehusó, por miedo a meterse en un laberinto, sin dejar nunca de auxiliar de modo extraoficial a los rebeldes. Guillermo hizo la oferta al posible heredero del trono francés, Francisco de Anjou, que aceptó; pero las querellas internas anularían el trato.
Pese a mil contrariedades, la primera mitad de los 80 trajo importantes victorias a España: fracasaron las maniobras francoinglesas sobre Portugal, mientras Farnesio, en Flandes, recobraba ciudades metódicamente: Tournai, Mastrique, Dunquerque, Nieupoort, Brujas y Gante; en 1584 sitió Amberes, tenida por inexpugnable. Los rebeldes rompieron los diques y anegaron el entorno, pero no lograron romper el asedio. Farnesio tendió un magno puente de pontones sobre el Escalda, protegido por dos fuertes, obra de ingeniería militar única en su época, que aislaba la ciudad, frustrando los intentos de los sitiados por destruirlo. El asedio, obra maestra de táctica e ingeniería, despertó expectación en toda Europa, y al cabo de 14 meses la ciudad se rendía.
También en 1584 Balthasar Gérard, un católico francés que se ofreció a Farnesio, asesinó a tiros a Guillermo de Orange. Gérard, capturado, tras sufrir atroces torturas fue condenado a ser quemada su mano derecha con un hierro al rojo, separados con pinzas de hierro trozos de carne de sus huesos, desventrado aún vivo. Su corazón fue arrancado de su pecho y estrellado contra su rostro, luego lo descuartizaron y decapitaron.
**** Blog, ayer, 4: Fuller no siempre acierta, nadie lo hace. Las cifras sobre barcos, marineros, participaciones nacionales y muchos detalles de Lepanto (y de tantos otros sucesos), varían casi de un autor a otro. Y aunque en líneas generales nadie puede negar que en Lepanto ganaron los cristianos, con bastantes dificultades, es común la búsqueda de detalles para nublar el hecho de que la contribución española fue la decisiva. La mayoría de las historias se han basado en la propaganda y los archivos venecianos, pues los archivos españoles solo han sido investigados mucho más recientemente. Y cuando se trata de sintetizar la cuestión, deben separarse los detalles de la línea general, ya que atendiendo a detalles, Preston, por ejemplo, "demuestra" que Franco habría tenido que perder la guerra civil, o Kamen "demuestra" que el Imperio español fue imposible, aunque los resultados aún son bien visibles. Con todos los detalles que se quiera, la decisión de la batalla pudo haberse logrado por la embestida de Uluch, y se logró efectivamente por el contraataque de Bazán. La historia de los venecianos desembarcados persiguiendo a los turcos es una típica racionalización que, en todo caso, demostraría su nulo sentido táctico. Los turcos que huían por tierra no eran ningún peligro, y sí las naves turcas que acosaban al centro... y seguramente a los propios venecianos.
En cuanto a la "quiebra" otomana en 1572 con el detalle de si consiguieron embarcar a más o menos marineros, es otra racionalización parecida. El Imperio otomano seguía siendo una superpotencia de la época, pero le pasaba lo que al español: no podía atender a varios frentes a la vez y con la misma intensidad. La importancia de Lepanto fue sobre todo moral: elevó enormemente la moral cristiana y quitó a los turcos su vieja seguridad de ser invencibles, máxime cuando su victoria posterior en Túnez les resultó tan excesivamente costosa. Y la moral en la guerra es un factor muy a menudo decisivo.
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En Época:
QUÉ ES EUSKADI
Sabino Arana, preocupado por el hecho de que "el pueblo vasco, con ser singularísimo entre todos, carece de nombre en su propio idioma", inventó uno: Euzkadi. Lo formó con el término euzko, relacionada a su entender con eguzki ("el del sol"), indicativa de que la raza vasca inventada por Arana sería un pueblo "sol" o "solar", idea remitente, una vez más, a su exclusividad y preeminencia. Para formar una palabra que añadiera a euzko la idea de pueblo y tierra, Arana le aportó el sufijo -di, expresivo a su juicio de conjunto y localización, de donde Euzkadi. Sus adeptos vieron en el invento un hallazgo genial, en expresión del peneuvista Manuel Eguileor: "palabra luminosa", "taumatúrgica", "creadora de una nueva vida nacional" para "la raza más vieja de la tierra", "palabra mágica creada por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!".
Con ello, el PNV no mostraba mucho aprecio por la inteligencia y el sentido "racial" de los vascos, a quienes, a lo largo de siglos, no se les habría ocurrido denominarse adecuadamente ni pensar en su "vida nacional". Por lo demás, Arana no dominaba el vascuence, que aprendió de mayor, y Unamuno, que lo conocía mejor, observó que el sufijo –ti –di se aplicaba a vegetales: "¿Qué diremos de esa grotesca y miserable ocurrencia de llamar Euzkadi a lo que en español se puede llamar Vasconia, en vascuence se llamó siempre Euscalerría y en ninguna habla se llamó nunca Euzkadi? Término espurio y disparatadísimo (...) como si al pueblo español le llamáramos la españoleda, al modo de pereda, robleda, manzaneda". Jon Juaristi ha explicado que el término equivale a "bosque de euzkos, cualquier cosa que ello sea". El cambio de euzko por eusko no arregló la vegetalización de los vascos.
Para los peneuvistas, Euskadi "condensa maravillosamente" sus anhelos (hoy, algunos vuelven al término Euscalerría o Euskalherria, que Sabino rechazó). Y, en verdad, el fraudulento palabro condensa a la perfección su programa: obligar a vascos y navarros a renegar del idioma español común –la lengua materna de la gran mayoría–, a renegar de la gloriosa cultura española a la que pertenecemos, a renegar de la enorme contribución de vascos y navarros a las empresas políticas y culturales españolas, a renegar de la unidad política con el resto de las regiones españolas. Todo ello sería sustituido por una irrisoria "cultura" nacionalista, en el espíritu de la coacción, el ataque a las libertades y derechos ciudadanos, el chivateo, el control social y el crimen. No otra cosa ha producido el PNV en su historia, incluyendo coqueteos con los nazis y la traición a sus aliados del Frente Popular mediante acuerdos con los fascistas italianos. Pero hoy nacionalistas y no nacionalistas emplean el terminacho Euskadi, y nada resumiría mejor la situación.
Pues los mayores dislates pueden ser aceptados y seguidos por mucha gente si se acompañan de grandes dosis de narcisismo ("somos muy superiores") y de victimismo ("nos oprimen, nos privan de nuestros derechos"), táctica muy cultivada por los nazis. De ahí la importancia de poner insistentemente en evidencia sus mitos, por lo demás baratísimos. En 1923, los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos ya se disponían a la lucha armada, y criticaba La voz de Guipúzcoa: "Pensamos en los payeses y en los casheros, en los hombres del agro y del taller a quienes (los separatistas) captan con apóstrofes, con sentimentalismos, con imprecaciones, con todo menos con argumentos. Reprobamos la pasividad gubernamental ante los energúmenos".
¿Por qué es tan siniestro el panorama en Vascongadas, en Cataluña y empieza a serlo en Galicia y hasta en Andalucía? Porque los políticos han apoyado a los energúmenos, de forma pasiva o activa, durante decenios. Solo en tiempos recientes empezó una reacción, destrozada por el gobierno de Rodríguez, tan eficaz colaborador de separatistas y terroristas.
Sugiero a los amables lectores que divulguen cuanto puedan estos textos y pasen al blog las críticas fundadas que reciban).
**** Blog, ayer, manuelp, 16. Cuando Alcazarquivir, el poderío turco distaba mucho de estar quebrado, aunque ya no tenía la antigua moral de victoria ni tripulaciones tan expertas. Después de Lepanto aún había sido capaz de tomar Túnez y alargarse hacia Marruecos, es decir, hacia España. Pero no podían concentrarse como antes en el Mediterráneo, cuando tenían serios problemas con Persia.
**** Id, 23: Fuller sigue la versión tradicional y más difundida, pero muy improbable: de haber aplastado a los turcos, las naves venecianas habrían acudido inmediatamente en socorro del centro de la flota, que estaba en situación apurada, pero no lo hicieron. Quienes acudieron fueron las galeras de Bazán y Cardona, decidiendo el combate. Además, Uluch escapó justo por detrás de los venecianos que, si estuvieran libres y vencedores, lo hubiera detenido o destruido. Por otra parte, en las naves de Venecia luchaban 4.000 españoles. Un buen estudio en J. Dumont: Lepanto, la historia oculta).
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La batalla de Alcazarquivir, fue una de las más trascendentales del siglo XVI. Se la llamó "De los tres reyes", por el insólito caso de que murieron allí los tres reyes contendientes: el portugués Sebastián, con solo 24 años, su protegido Abu Abdala Mohamed II, y el contrario Abd El Malik. Sus consecuencias fueron igualmente triples: en Marruecos los vencedores no se sintieron capaces de hostigar en serio a España y volvieron sus energías hacia el sur sahariano; en el Magreb, Constantinopla encontró un tapón difícil de superar entre los propios musulmanes, y fue poco a poco abandonando la guerra contra España, para frustración de los franceses, ingleses y calvinistas (aunque esto, claro, no podía apreciarse entonces como a posteriori, y Felipe II apenas podía permitirse bajar la guardia); y Portugal quedó al poco sin rey ni sucesor, lo que abrió una situación nueva en la península.
Sebastián no se había unido a la Santa Liga de Lepanto, pese a que las Cortes le incitaban a hacerlo, y reforzó los lazos con Inglaterra y Francia. Pero aspiraba a extender la hegemonía portuguesa por Marruecos, donde Portugal poseía varias ciudades costeras, hostigadas por los saadíes. Vio la ocasión cuando el sultán Mohamed le pidió ayuda para recuperar el trono que le había quitado su tío Malik, y encontró para ello tanto el apoyo de la nobleza como de la oligarquía comerciante, que esperaba beneficiarse de los productos marroquíes. Felipe II, tío de Sebastián, le desaconsejó la aventura, pero ante la decisión de su sobrino contribuyó a ella con algunas tropas y barcos. Participaron también ingleses, alemanes y sobre todo italianos, así como la flor y nata de la nobleza lusa y un número de moros adictos a Mohamed. La empresa, como había temido Felipe, terminó en un completo desastre. Sucedió a Sebastián su tío abuelo Enrique el Cardenal, pero murió a los dos años, dejando en el país una crisis sucesoria. Entre los aspirantes al reino estaban como candidatos con mayores probabilidades Felipe II y Antonio, ambosnietos del rey portugués Miguel I. Pero Antonio, abad del rico priorato de Crato, era hijo bastardo, lo que mermaba sus posibilidades. Durante el breve reinado de Enrique el Cardenal, Antonio había intrigado contra él para hacerse con el poder, y a su muerte se proclamó rey por su cuenta, el 24 de julio, y trató de crear un movimiento popular antiespañol como el que había llevado en 1385 a la batalla de Aljubarrota. Ante ello, Felipe dio orden al Duque de Alba de entrar en el país vecino con un ejército, y al granadino Álvaro de Bazán, que había decidido la batalla de Lepanto, de contribuir por mar. Alba apenas encontró oposición hasta la localidad de Alcántara, cerca de Lisboa, donde Antonio se le enfrentó, un mes después de haberse proclamado rey, con un ejército superior en número y potencia artillera, pero que fue desbaratado por los experimentados tercios. Tres semanas después Felipe fue nombrado rey de Portugal, reconocido en abril del año siguiente por las Cortes de Tomar.
Antonio huyó a las Azores con las joyas de la corona, y luego a Francia, donde Catalina de Médicis, que desempeñaba un papel político esencial bajo su hijo el rey Enrique III, le protegió como instrumento contra Felipe II y a cambio de la promesa de Antonio de ceder a Francia la colonia portuguesa de Brasil. En 1582, Enrique III mandó a las Azores, aún no ocupadas por Felipe, una expedición de 60 naves con fuerzas de desembarco francesas e inglesas, con idea de interceptar a la flota de Indias. El intento era muy peligroso para España, porque el dominio hostil de las Azores podía interrumpir o causar grandes daños al tráfico con América, y servir de base a la conquista de Portugal. Pero los agentes al servicio de Felipe II informaron a este, la flota de Indias pasó muy al norte de las islas y, en cambio, fue enviada allí una escuadra española de 28 naves, al mando de Bazán. Esta salió al paso de la enemiga y la derrotó por completo el 27 de julio, junto a la isla Terceira. Los vencidos fueron tratados como piratas, siguiendo el consejo hipócrita de Enrique III, que no quiso reconocerlos oficialmente pese a haberlos patrocinado, y decapitados o ahorcados más de un centenar de ellos. Antonio de Crato logró huir en una nave francesa fugitiva, y algo después marchó a Inglaterra, protegido por Isabel I.
En principio, la unión de España y Portugal completaba por fin el ideal reconquistador inspirado por la monarquía hispano-gótica, y además conjuntaba un imperio inmenso, extendido por todos los continentes habitados (aun si por eso mismo muy vulnerable y difícil de manejar). Sin embargo los siglos no habían pasado en vano, y un verdadero proceso de unidad solo podía ser muy largo y difícil. Consciente de ello, Felipe respetó las instituciones y usos del país y extremó la prudencia en el trato. Se instituyó un Consejo de Portugal y el cargo de virrey, y hubo intentos de hacer navegable el Tajo para permitir el transporte de los cereales castellanos a Portugal, escaso de ellos. Los puestos administrativos y políticos en Portugal correspondieron a portugueses y su imperio siguió siendo administrado desde Lisboa. Se tomaban muchas decisiones importantes en Madrid, pero venían preparadas por los organismos lusos y se buscaba siempre evitar roces. La unión no tuvo nada que ver con, por ejemplo, la de Inglaterra con Gales o Irlanda. Pero Portugal no solo llevaba varios siglos de independencia, con actitudes anticastellanas muy asentadas, sino que había tenido un éxito brillante en su expansión ultramarina (aun si la mayor parte de su comercio había quedado en manos de los despreciados marranos, judeoconversos de quienes se sospechaba criptojudaísmo. Sebastián había prometido erradicar a los judíos de Marruecos) Todo ello fortalecía en los portugueses un orgullo natural, una profunda desconfianza hacia España y celo exclusivista por sus propias posesiones e intereses, a pesar de seguir considerándose españoles.
**** Federico, César y otros han salido de la COPE. La AVT ha sido reducida a la inoperancia. Sin duda los futuristas han tenido algo que ver. La alternativa, insisten los tontos. O los demasiado listos.
**** Garzón es el instructor con más asuntos pendientes de toda la Audiencia (más de 350). Garzón tiene cosas más importantes que hacer. Y no deja de ser un alivio, ya que cuando aplica la ley lo hace a conveniencia del poder.
**** La impunidad de Garzón: seis denuncias y una sola multa de 300 €
Necesitará 60 denuncias para llegar a los 3.000 euros.
**** Estuve tentado a votar a Miguel Durán en las elecciones uropeas. Hasta que vi su lema: Yes, we must. Los nenes angloparlantes. "España no es todavía una colonia, y ustedes must go a la mierda", me dije.
**** "Nadie me regala, yo me pago todos mis trajes", dice la grotesca vice. Pues debe de estar forrada. ¿De dónde sacará para tanto?
**** La vice llama al PP "chabacano y esperpéntico". Excelente definición. Y autodefinición.
**** Zapo dará más dinero a Cataluña y Andalucía "por el aumento de población". Pues sí que tiene pasta el gachó ¿De dónde la sacará?
**** Dice la vice que la ley del aborto "busca proteger a menores en conflicto con sus padres". Es decir, ataca la autoridad de los padres porque, obviamente, en el conflicto solo las hijas pueden tener razón. La razón del puterío, tan caro al gobierno alcahuete, junto con sus otros dos valores básicos, la trola y el choriceo.
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Abundando en la memoria chekista, los obispos amigos de la ETA (¡cuánto debe la ETA a la iglesia que pastorean esos bergantes!) "piden perdón por el silencio de la Iglesia ante el fusilamiento de 14 religiosos durante la Guerra Civil" por los franquistas. Ni la Iglesia ni nadie ha guardado silencio sobre esos fusilamientos, que han sido cien veces más aireados, internacionalmente, en el Vaticano y en España, que el medio centenar de religiosos fusilados en Vizcaya bajo el PNV y el Frente Popular. Y ahora vuelven a airearlo estos golfos. Pues bien, hay una diferencia entre esos curas y los otros: los catorce ultrafamosos fueron fusilados por sus actividades político-bélicas en pro del separatismo, el cual se compinchó con las izquierdas que asesinaban por millares a sacerdotes por el simple hecho de ser sacerdotes. Cuando los catorce fusilamientos llegaron a conocimiento de Franco, este prohibió seguir por esa vía. El PNV nunca impidió los asesinatos de religiosos en Vizcaya ("Euzkadi", la llamaban), porque estos no eran separatistas.
Esos catorce fusilados no son mártires de la Iglesia. Lo son del separatismo y del ultra racismo que inspiraba al PNV (y lo sigue inspirando, aunque con más disimulo). Así como no hay peor enemigo de los vascos que sus turbios nacionalistas, así no hay allí peores enemigos de la Iglesia que estos farisaicos obisparras.
De nuevo, expuesto a su dura crítica:
La conquista de Chipre fue acompañada de una ofensiva turca por el Adriático, que empujó a gran parte de la escuadra veneciana a refugiarse en Sicilia. Estos retrocesos asustaron a la cristiandad mediterránea, y el papa Pío V llamó en 1570 a una cruzada contra los otomanos, que despertó en España el mayor entusiasmo, visible en Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz o Teresa de Jesús o en las contribuciones especiales recogidas entre el pueblo y el clero. Felipe II, pese a estar todavía embebido en la guerra morisca, o quizá por ello, prometió su auxilio. Por el contrario, el rey francés Carlos IX, rehusó con insolencia la petición papal, mientras aprovisionaba de armas y alimentos las bases musulmanas de Argelia. La acosada Venecia hizo caso omiso de las presiones francesas contra la nueva y proyectada Santa Alianza, y se sumó a ella, y así las demás potencias italianas, pese a los esfuerzos diplomáticos de Carlos IX. Por primera vez desde tiempos de Roma, toda Italia participó en una empresa común y lo hizo al lado de España.
El 25 de agosto de 1571, unos meses después de sofocada la rebelión morisca, la armada cristiana zarpó de Mesina en busca de sus enemigos en el Adriático. La mandaba el joven Juan de Austria, y llevaba a bordo los tercios de Italia y buen número de soldados italianos y alemanes. Las cifras, como suele ocurrir, varían de unas fuentes a otras, pero quizá sea aproximada la de 41.000 hombres entre marineros y soldados. El principal organizador fue Álvaro de Bazán, uno de los mejores almirantes de su siglo, que mandaba también la flota de reserva, de unos 36 navíos, con Juan de Cardona y Requeséns como segundo. La cifra de barcos también varía, aparte de considerarse unas veces solo los de guerra, y otros también los de apoyo y suministro. Parece que España y sus aliados inmediatos aportaron 164 barcos, Venecia 134 , el Papado 18.
Después de pasar por Corfú, que los turcos acababan de devastar, localizaron temprano por la mañana del 7 de octubre, domingo, a la armada enemiga, surta en el golfo de Lepanto o Patras, que separa el Peloponeso del continente, y compuesta de casi 400 naves de distintas clases, con unos 44.000 soldados y marineros, y de un ejército de desembarco. La mandaba Alí Bajá, yerno de Selim, bajo cuyo mando figuraba Uluch Alí, unos de los mejores jefes navales, que había causado estragos a españoles e italianos. La flota cristiana, con mayor potencia de fuego, taponó la salida del golfo, tratando de eliminar la ventaja turca en rapidez y maniobrabilidad. Aún así, Alí Bajá pudo retirarse más al interior del golfo, cuya estrechez estaba dominada por los fuertes costeros, como sugirió Uluch, y tender allí una emboscada a los cristianos, si eran tan imprudentes como para seguirle; pero Alí tenía orden de combatir, y lo hizo.
En líneas generales, la complicada batalla se desarrolló así: en el sector norte, principalmente veneciano, las galeras y galeazas de Barbarigo, fuertemente artilladas, hundieron o dañaron bastante galeras turcas, pero estas replicaron con eficacia, quedando la situación en empate. Por el centro, fundamentalmente español, los dos bandos se enzarzaron en una lucha que durante horas no tuvo vencedores ni vencidos. Por el flanco sur, Uluch estuvo a punto de resolver la situación, lanzando un incontenible ariete de cien galeras hacia la unión de esa ala cristiana con el centro, la rebasó y estuvo a punto de rodear el centro cristiano, totalmente trabado con los otomanos, y destrozarlo por la espalda. Le retrasó la hábil defensa del genovés Juan Andrea Doria, y resolvió el peligro Álvaro de Bazán con su la flota de reserva, que había mantenido fuera de la vista enemiga. Aun con inferioridad de naves, Bazán sorprendió a Uluch y le impidió la maniobra. Por el centro, en medio del estruendo y el humo artillero, los soldados de los tercios y los jenízaros peleaban al abordaje; las dos naves capitanas, la de Alí y la de Juan de Austria estaban casi empotradas una en otra, y poco a poco parecían ir imponiéndose los turcos hasta que varias galeras de Bazán entraron en tromba en su auxilio y ayudaron a los tercios, que pudieron izar la bandera de la Santa Alianza en la nave de Alí, lo que desmoralizó a los turcos. Todavía Uluch intentó su maniobra por retaguardia, pero nuevamente las naves de Bazán y de Doria le contraatacaron. A la vista de la situación, Uluch huyó con cincuenta galeras y algunas cristianas capturadas, de las que perdió todavía la mitad. Los sobrevivientes de Uluch lograron escapar, pero no lo hicieron por el sur, por temor a Bazán y Doria, sino hacia el norte, a espaldas del flanco veneciano, que no pudo impedirlo. Durante largo tiempo se adjudicó a los venecianos la parte principal de la victoria, pero es evidente que solo lograron contener a los turcos, no vencerlos, y que Uluch eligió huir por su sector por esa razón. Fueron las naves de Álvaro de Bazán y Juan de Cardona, y en segundo lugar las de Doria, las que decidieron la lucha en el centro e impidieron la maniobra de Uluch, que habría podido dar la victoria a los suyos.
El combate empezó poco después de las 10 de la mañana y duró hasta las 4 de la tarde. Las cifras de bajas difieren como siempre según las fuentes. Los cristianos parecen haber sufrido 8.000 muertos y 15 galeras hundidas, y los turcos entre 20.000 y 30.000 muertos, 5.000 prisioneros y 15.000 galeotes cristianos liberados, salvando solo 30 galeras. La aplastante victoria hispanoitaliana elevó en vertical el ánimo de los cristianos mediterráneos e inspiró a escritores y artistas: Tiziano pintó varios cuadros célebres sobre el acontecimiento. Si los turcos hubiesen ganado, la inseguridad de Italia y de la misma España habría alcanzado niveles críticos. La media luna se habría adueñado por completo del Mediterráneo, pues no se habría podido reemplazar la escuadra semejante antes de dos años años, y aún más difícil habría sido reponer los tercios, los marineros experimentados y los almirantes tan capacitados que allí lucharon.
España habría tenido que soportar, en las peores condiciones, ofensivas de Inglaterra, Francia y principados alemanes por Flandes, Alemania y probablemente en la misma Península ibérica. De hecho, la victoria hispanoitaliana consternó a Londres, París y al de Orange. Los dos primeros dieron ánimos a Constantinopla, prometieron ayuda material y de ingenieros, e incitaron a los turcos a nuevas campañas contra "los idólatras" españoles, como sugería el embajador inglés. Y algo así iba a ocurrir. Los recursos del Imperio otomano eran inmensos, como se jactó su gran visir Sokollu, "si fuera ordenado, toda la flota podría equiparse con áncoras de plata, jarcias de seda y velas de satén". Como fuere, los turcos rehicieron su escuadra con asombrosa rapidez, en seis meses, con mejoras técnicas, pero con naves de menor calidad, que disminuían su famosa rapidez de movimiento. Además, no podían reemplazar tan pronto a la experta marinería ni a sus especializados arqueros, ni la seguridad moral anterior. Con todo, persistieron en alargar su poder por el norte de África, siempre con vistas a reimplantar finalmente Al Ándalus. Otro problema fue que Persia, con la que jugaba la diplomacia española, aumentó su presión sobre las fronteras turcas.
Se presentaba a los cristianos la ocasión de explotar su victoria, pero no estaba claro cómo. Hasta el año siguiente no pudo hacerse nada, porque la flota debió replegarse ante la inminencia de la estación tormentosa. Pío V deseaba un ataque a los Dardanelos, cerca de Constantinopla, que teóricamente habría estrangulado el Imperio otomano. Felipe, siempre en apuros financieros, desconfiaba de una empresa tan lejana y prefería el objetivo más modesto de Argel, que daría un golpe decisivo a las incursiones sobre la costa española, y al tráfico de cautivos; además, le inquietaban posibles nuevas ofensivas en Flandes (ocurrirían efectivamente en 1572), o por parte de Francia. Venecia, con no menos apuros económicos, deseaba recuperar Chipre. La insistencia del papa hizo que se intentase una gran operación en 1572, pero la mejor ocasión había pasado, debido al rearme naval turco; y la costosa empresa se redujo a inútiles desembarcos en el oeste del Peloponeso, donde quedaron algunos destacamentos españoles con vistas a operaciones que no tendrían lugar.
En 1573, Venecia, muy presionada por Francia, abandonó la Santa Alianza y, en un pacto humillante con los turcos, renunció a Chipre a cambio de tranquilidad y permisos comerciales comprados a alto precio. Felipe II y Bazán proponían conquistar Argel, pero Juan de Austria optó por Túnez, cuyo mantenimiento originó enormes dispendios. Los gastos se suprimieron al año siguiente, cuando la flota de Uluch y de Sinán recobraron la ciudad. Pero lo hicieron con un exorbitante coste en hombres quizá más que en el mismo Lepanto. Ni siquiera Constantinopla podía permitirse victorias tales.
Y en su designio de alargar su poder hasta el añorado Al Ándalus, los turcos chocaron con la dinastía saadí de Marruecos, que no era aún una verdadera nación con límites definidos y aspiraba a imponerse en el Magreb. Los saadíes promovían a su vez la guerra santa contra los enclaves portugueses, y el rey luso Sebastián organizó una cruzada que llevó a la batalla de Alcazarquivir, en 1578, uno de cuyos resultados fue que el plan turco sobre España quedó desbancado por mucho tiempo Desde entonces cambiaron muchas cosas en el Mediterráneo, efecto, en definitiva, de Lepanto.
Guillermo de Orange cobró ánimos cuando, a los pocos meses de su derrotada revuelta inicial, en diciembre de 1568 estalló la rebelión morisca de las Alpujarras en la misma España. Aunque de momento no podía hacer nada, Guillermo señaló un año después: “Es un ejemplo para nosotros que los moros puedan resistir tanto tiempo aunque son gente sin más sustancia que un rebaño de ovejas. ¿Qué podría hacer entonces el pueblo de los Países Bajos? Veremos qué pasa si los moriscos aguantan hasta que los turcos puedan ayudarlos”. El caso probaba que el impresionante poder español tenía inesperados puntos flacos.
Los moriscos de Granada habían recibido en 1492 ventajas excepcionales, con la esperanza de que se cristianizasen; pero ellos confiaban en una vuelta de Al Ándalus, posibilidad mayor según crecía el dominio del mar por los turcos, uno de cuyos grandes designios era precisamente ese. Así, las concesiones iniciales nunca funcionaron como medio de integración, lo que no ocurrió, pues los moriscos no solo mantenían su religión en un secreto a voces, sino también la lengua árabe, sus ritos, vestimentas y costumbres, festejaban las victorias turcas y colaboraban con la piratería berberisca. Ante las medidas coercitivas, ya en 1500 se habían rebelado en Granada, con ayuda africana, y muchos practicaban el bandolerismo.
El daño se agravaba con los activos nidos de piratas berberiscos en los cercanos peñón de Vélez, Argel, la isla de los Gelves (Yerba), y otros. En 1505 Elche, Alicante y Málaga sufrieron serios ataques; en 1535 el pirata Aruch Barbarroja tomó y saqueó la ciudad de Mahón, y su hermano Jairedín le superó: favorecido por la alianza con Francia, “Las Baleares, Córcega, Sicilia, Cerdeña, por citar solo lo que conocemos bien, fueron entonces plazas sitiadas” escribe Braudel en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Almuñécar y la misma Valencia llegó a sufrir ataques y perder miles de habitantes esclavizados. Conforme el poderío turco se asentaba en el Mediterráneo occidental, la simple piratería dejaba paso a incursiones masivas, que despoblaban algunas zonas y trastornaban el comercio del levante y el sur mediterráneo andaluz. En ellas actuaban moriscos como guías e informadores. Eran golpes mucho más constantes, masivos y dañinos que los europeos en el Atlántico.
Los asaltos a tierra saqueaban poblaciones y secuestraban a hombres, mujeres y niños, tráfico de cautivos muy lucrativo. Las mujeres iban a los harenes, los niños se reeducaban en el islam, y los hombres servían de esclavos, galeotes o eran rescatados a alto precio, hasta el punto de que algunas órdenes religiosas, como los mercedarios (fundada en Barcelona en 1218), se especializaron en pagar rescates. Muchas iglesias hispanas conservan los hierros del cautiverio, ofrecidos por quienes lograban volver. Las ciudades norteafricanas albergaban miles de cautivos, 20.000 en Túnez y más de 30.000 en Argel. Su suerte no podía ser más desgraciada: “En todos estos trabajos –cuenta un testigo portugués mencionado por J. Dumont en su libro sobre Lepanto-- traen a las espaldas un moro o vil negro el cual con un duro palo o bastón en la mano, por do van les va de continuo moliendo (…) sin los dejar reposar o aun limpiar el sudor (…) Esta es la causa porque todas estas calles y lugares de la ciudad están llenas de continuo de infinitos cristianos tan enfermos, tan flacos, tan gastados, tan consumidos y tan desfigurados que apenas se tienen en los pies (…). Al pobre cristiano enfermo, (…) hecha una gran hoguera de leña, atadas las manos, le echan dentro de aquel fuego”.
Desde los años cincuenta, las incursiones se hicieron más peligrosas. En 1558 desembarcaron en Nerja 4.000 musulmanes, y el mismo año arrasaron Ciudadela, en Menorca, donde hicieron 3.000 cautivos, y dejaron deshabitada Formentera; en 1559 asaltaron el castillo de Fuengirola; en 1563 el almirante turco Dragut devastó las costas de Granada y marchó con 4.000 cautivos; en 1565 derrotaron a las tropas españolas en Órgiva y volvieron con más cautivos. Los contraataques sufrieron a menudo graves desastres. En 1560 fracasó con pérdida de decenas de galeras y unos 10.000 hombres la ocupación de los Gelves ante la flota del almirante turco Piali. Felipe decidió entonces construir una flota realmente fuerte en los astilleros de Barcelona, Sicilia y Nápoles, pero en 1562 una tempestad hizo naufragar gran parte de ella en la costa granadina y dejó temporalmente inerme el litoral español, situación que, por fortuna, no percibieron en todo su alcance los islámicos; en 1563, año de la clausura del concilio de Trento y del fin de la primera guerra de religión en Francia, España fracasó en el asalto al peñón de Vélez de
Este breve resumen permite entender cómo el panorama mediterráneo amenazaba a España mucho más que cualquier otro escenario bélico, pues afectaba directamente al país y a su estabilidad interna. Obviamente, solo una minoría morisca colaboraba activamente con los piratas, espiaba para Constantinopla o practicaba el bandidaje, pero esa minoría estaba integrada en el resto, con cuya complacencia contaba, pues todos miraban la escalada de ataques turco-berberiscos como el prólogo de una reconquista islámica. Por Levante llegó a cundir el pánico entre la población española. El peligro era mayor por cuando en Granada los moriscos superaban en número a los cristianos, y en las vulnerables costas levantinas llegaban a un tercio de la población.
En ese contexto Felipe II tomó medidas decisivas. En 1567 exigió el desarme de los moriscos, que todos aprendiesen castellano antes de tres años, usasen ropas como las de los cristianos, vigilancia estrecha por
Turquía envió algunos miles de soldados, armas y dinero, pero fue una gran fortuna para España que Selim II, sucesor de Solimán el Magnífico, apenas pudiera atender a ese frente. Había sostenido una campaña poco exitosa contra Austria y durante la rebelión morisca se concentraba en la conquista de Chipre, posesión veneciana, que ocupó en 1570. Por lo demás, Chipre constituyó un nuevo desastre para las potencias cristianas, incluida España, que mandaron una flota de socorro, la cual fracasó y perdió la mayor parte de sus galeras en las tormentas. Venecia llevaba una política ambigua: se distanciaba de España para aplacar a los otomanos, y recurría a ella en caso de peligro. El almirante turco Uluch Alí también aprovechó la guerra morisca para apoderarse de Túnez, protectorado español.
La guerra de las Alpujarras fue una prueba extrema para Felipe II. Después, la peligrosa quinta columna granadina fue dispersada por Castilla y otras regiones, en condiciones a veces dramáticas y sin que el problema quedara resuelto.
A ver, las críticas:
El año de la fundación de Manila comenzaba en Flandes, casi al otro lado del mundo, un nuevo conflicto para España. Llamaremos aquí Flandes, por comodidad aunque de modo incorrecto, a la región ocupada hoy por Bélgica y Holanda, esta última también llamada así por costumbre incorrecta, pues constituye solo una provincia de los Países Bajos. “Flandes” comprendía numerosos pequeños estados que habían pertenecido a Borgoña y por tanto al Sacro Imperio, hasta que, después de
Sin embargo el mutuo interés económico no bastaba para mantener la unión. La prosperidad de aquellas regiones no producía una aportación fiscal al mismo nivel, y era España quien debía atender a sus gastos de defensa. Para obtener subsidios, Carlos I había debido librar irritantes disputas con la nobleza regional y sus Estados Generales, como ocurría con el conjunto del Sacro Imperio, un sistema poco operativo. Los tiras y aflojas empeoraron con Felipe II, visto en Flandes como rey extranjero, con cuya política no se identificaban. Para Felipe, como para Carlos, era prioritario mantener la unidad cristiana o al menos frenar el avance protestante, por principio y para afrontar a los turcos, pero los flamencos católicos veían muy lejos a los turcos; y detestaban a los protestantes anabaptistas, pero mucho menos a los calvinistas, por razones comerciales y porque los consideraban un contrapeso con el que jugar frente al poder hispano. La lejana España interesaba les interesaba solo por el comercio y como protectora ante las apetencias de la inmediata Francia, pero tras las victorias hispano-flamencas de San Quintín y Gravelinas, y la ruina de la hacienda francesa, ese peligro había decaído. Además, empezaron en Francia las guerras civiles, llamadas de religión, que debilitaron su capacidad de acción exterior, por o cual la ayuda de Madrid perdía urgencia.
Para España, el interés real derivaba de su línea de contención de protestantes y turcos, pues la relación comercial no exigía unión política. Y Flandes, con su posición geoestratégica, favorecía al máximo a los adversarios europeos de España, es decir, Inglaterra, Francia y protestantes alemanes, todos situados en torno a una región que, en cambio, distaba mucho de España, con una comunicación por tierra indirecta y tortuosa a partir de Milán, y expuesta por mar a la hostilidad inglesa o francesa.
Durante la década de los sesenta la expansión protestante se hizo más agresiva a través del calvinismo, que se convirtió en una potencia dentro de Francia, Escocia y Flandes. Se trataba de un movimiento internacional muy eficiente, con miles de personas entregadas al proselitismo y una destreza agitativa extraordinaria (se lo compararía en el siglo XX con
Los calvinistas franceses o hugonotes, formaban una fuerte minoría infiltrada en la nobleza, la administración y la misma Iglesia católica. Su hostilidad a España les llevó a procurar la alianza de Francia con los turcos y a destacar agentes entre los moriscos, con vistas a sublevarlos, y entre el bandolerismo endémico en Cataluña, subproducto de la opresión señorial. En 1560 urdieron el secuestro del joven rey Francisco II, para apartarlo de la influencia de la casa de Guisa y aniquilar a los consejeros católicos. El complot, auspiciado por miembros de la familia Borbón, inclinada al calvinismo, fracasó, pero los hugonotes organizaron en más de veinte ciudades una imprudente oleada de destrucción de estatuas, reliquias, custodias y obras de arte sagradas para los católicos, provocando represalias de estos. En 1562, unas prédicas protestantes en tierras del católico Duque de Guisa, en contravención de acuerdos previos, derivaron en un encontronazo con muerte de 23 hugonotes (Masacre de Vassy). El mismo año los calvinistas asesinaron a más de 600 católicos en Montbrison, mientras pedían soldados y dinero a Inglaterra. Comenzaron así las guerras religiosas francesas, plagadas de matanzas mutuas y nacidas del intento calvinista de ganar el poder para imponer desde él su religión, según el modelo de Ginebra. Las guerras durarían, con intervalos, 36 años, y solo pudieron afianzar en Felipe II el temor a la herejía, por lo que redobló la vigilancia de
Inglaterra, de la que Felipe había sido rey consorte, evolucionaba bajo Isabel I hacia el choque con España. Mantuvo al principio la neutralidad, pues le preocupaba la hostilidad de Francia y de Escocia, donde surgió una guerra civil entre católicos y calvinistas presbiterianos. La católica María Estuardo, reina escocesa, también aspiraba al trono inglés, respaldada por Francia, por lo que Isabel envió a Escocia un ejército que resolvió la guerra civil a favor de los rebeldes presbiterianos, que tomaron allí la voz cantante. En 1567, María abdicó y huyó a Inglaterra, donde, tras acusaciones de conspiración, fue encarcelada y veinte años después decapitada por orden de Isabel. Aunque la reina inglesa tuvo a raya a sus propios calvinistas --los puritanos--, desde muy pronto amparó a los franceses, además de lo escoceses, pasó a hacer lo mismo en Flandes y a patrocinar como negocio real la piratería contra los mercantes españoles.
La década de los sesenta dio pocas alegrías a Felipe II. En el escenario mediterráneo cosechó sonados reveses a manos de los turcos, lo que le impidió atender a la creciente insubordinación de Flandes. Así, hubo de contemporizar con los progresos de los calvinistas y las descontentas oligarquías católicas locales. En 1559, Felipe dejó como regente en Flandes a su hermanastra Margarita de Parma, hija ilegítima de Carlos I, asesorada por el cardenal Granvela, borgoñón muy identificado con la política de Madrid. Margarita hizo concesiones sustanciales, retirando las tropas españolas en 1561 y apartando del Consejo a Granvela. Los más destacados nobles regionales, Egmont, Hoorn y Guillermo de Orange, deseosos del máximo protagonismo político, aumentaron sus exigencias ante las concesiones de Margarita, mientras agitaban afirmando que Felipe iba a introducir
Todo empeoró a mediados de los años 60. Debido a la larga guerra entre Suecia y Dinamarca que cerró vías de tráfico, y a la revolución de los precios, la inflación causada por el aflujo de plata americana y centroeuropea , la alta y media nobleza de Flandes se endeudaba, mermaban sus ingresos y crecía su descontento. En 1565 Egmont fue a España y arrancó del rey, angustiado por sus contrariedades mediterráneas, nuevas concesiones y disminución de la represión anticalvinista, concesiones que Egmont exageró a la vuelta. Pero a poco de volver Egmont, los turcos fueron rechazados de Malta y al año siguiente, en septiembre, fallecía Solimán el Magnífico, lo que causó disturbios y rebeliones en su imperio, por lo que el Mediterráneo se calmó y Felipe pudo ocuparse de Flandes. Esta región sufrió ese mismo año una crisis de subsistencias que los calvinistas explotaron hábilmente para empujar a la población hambrienta a saquear monasterios e iglesias, destruir imágenes y, según versiones, matar religiosos. Así comenzó la guerra. Las violencias provocaron una indignada reacción católica proespañola, y Margarita propuso hacer concesiones, pero desde una posición de poder, no como hasta entonces.
Felipe entendió que las concesiones anteriores solo habían exacerbado la arrogancia nobiliaria, y los disturbios recordaban demasiado a los de Francia. En consecuencia mandó a Flandes al Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, al mando de los tercios de Italia y de tropas alemanas, para restaurar el orden, reducir los diversos estados de la región a uno solo con capital en Bruselas y asegurar que Flandes corriera con la mayor parte de sus gastos de defensa. Alba llegó en 1567, aumentó la contribución fiscal flamenca mediante un impuesto parecido a la alcabala castellana, en realidad racional, pero tildado de imposición extranjera, y por un tiempo, Flandes resultó algo menos gravoso para España. Para juzgar a los cabecillas de los violentos disturbios creó el Tribunal de Tumultos, que ejecutaría a algo más de mil personas, entre ellas a Egmont y Hoorn, y confiscaría sus propiedades.
El tribunal y el duque han sido muy largamente condenados por una crueldad casi sin parangón, pero, observa el historiador inglés Geoffrey Parker, “Las críticas se han basado en la deformación y exageración de los hechos. J. L. Motley, por ejemplo, escribió sobre “los torrentes de sangre” que manaron de las purgas del duque de Alba; pero, según las pautas del siglo XVI, el número de ejecuciones fue relativamente modesto, si se considera la escala de los disturbios. Ningún gobierno de aquella época estaba dispuesto a dejar vivos a traidores y rebeldes una vez capturados. El trato de la reina Isabel hacia los rebeldes del norte después de 1569 no difirió del de Alba (excepto que las víctimas de Isabel eran católicos y las de Alba protestantes)”. La dureza de Alba es indiscutible, pero su mala fama debe más a la hábil propaganda calvinista.
Egmont y Hoorn habían combatido a los franceses al lado de España, pero su conducta posterior difícilmente habría sido perdonada por ningún monarca. Guillermo de Orange escapó a Alemania y organizó un ejército para entrar en Flandes. El 25 de abril de 1568 sus tropas de 3.000 hombres fueron aplastadas en Dalen por 1.600 de los tercios de Sancho Dávila y Sancho de Londoño. Un mes después los rebeldes sorprendieron en Heiligerlee a 3.200 soldados del tercio de Cerdeña mandados por el estatúder Johan de Ligne, a quienes causaron casi 2.000 bajas contra solo 50 propias Dos meses más tarde los tercios, mandados por el propio duque, destrozaron al ejército rebelde de Luis de Nassau en Gemingen, ocasionándole 7.000 bajas contra solo 300, y en octubre el duque atacó la retaguardia del propio Guillermo en Jodoigne donde aniquiló a los 5.000 arcabuceros del holandés, y le hizo 3.000 muertos contra 20 de los tercios. Esta iba a ser la tónica de muchas batallas de los tercios, según expone el historiador militar francés René Quatrefages. Así, en pocos meses la rebelión fue sofocada. Guillermo volvería a invadir el país en 1572. Entonces, los tercios atacaron al refuerzo francés a los rebeldes, causándoles 4.000 muertos por una decena de hispanos; en Mock (1574), los rebeldes tuvieron 5.000 muertos contra veinte; en Gembloux (1578) murieron 3.000 rebeldes y un solo español. Tan enorme desproporción se debía a la absoluta superioridad de los tercios en campo abierto, rápidos en la maniobra, mejor mandados y entrenados y con más iniciativa que sus contrarios. La relación variaba en los asaltos a ciudades, que irían convirtiéndose en las principales operaciones. Así en Leyden (1573), hubo1.500 muertos de los tercios, aunque 10.000 de sus contrarios.
La excelencia militar de los tercios no iba a bastar ante unas campañas prolongadas que se convertirían en sucesión de largos asedios, necesidad de muchas guarniciones y contribución de tropas mucho más numerosas de flamencos y alemanes, lo que suponía un derroche de dinero que Madrid, debiendo atender a otros escenarios, no podía soportar, aunque sus contrarios quedasen igualmente exhaustos. Entre 1571 y 1573 los tercios no fueron pagados ni una sola vez, lo que los hería tanto física como moralmente porque, en su mentalidad, la paga les distinguía de los bandoleros. Entonces comenzó la serie de desastrosos motines que arruinaban gran parte de sus logros. España debía atender al siempre amenazador frente otomano y, entre 1568 y
Guillermo diseñó una gran estrategia buscando el auxilio de los alemanes protestantes, los hugonotes franceses, Inglaterra y los turcos, con invasiones simultáneas desde Alemania, Francia y el mar. Mandó un agente al sultán turco Selim II para incitarle a atacar a España, sin éxito inmediato. A la larga, este conjunto de fuerzas, más las distancias y condiciones adversas volvían muy arduo para España ganar la contienda (duraría ochenta años, con intermitencias); y no menos arduo desembarazarse de ella, pues sus enemigos usarían cualquier retroceso español como palanca para nuevos ataques. Si Carlos I hubiera mantenido Flandes en el Sacro Imperio, España se habría ahorrado quizá una infernal complicación, aunque tampoco es seguro, pues los problemas de otomanos y protestantes, y secundariamente América, que codiciaban otras potencias, estaban demasiado entrelazados.
(Ayer, en El economista)
Ha dicho Gabilondo que Aznar tenía razón cuando aplicaba la solución policial a la ETA, y él erraba al buscar otras salidas. Buena rectificación, porque si algo ha beneficiado a la ETA han sido las llamadas "soluciones políticas", que no solo daban a los pistoleros esperanza y legitimidad, sino que servían a muchos políticos para infringir normas elementales del estado de derecho so pretexto de acabar "negociadamente" con el terror: un "negocio" para todos ellos. Rodríguez ha ido más allá: ha dado a la ETA dinero público, imagen favorable, reconocimiento, proyección internacional, ataques a la Constitución y a las víctimas directas. Nadie ha colaborado más eficazmente con la ETA que este gobierno.
Pero la rectificación de Gabilondo es falsa, pues se ha apresurado a aclarar que la solución está "sobre todo, en que la izquierda abertzale se ponga en pie y le diga a la ETA que abandone definitivamente las armas. Sólo después podremos hablar de detalles técnicos y entonces el Estado podrá ser incluso generoso". Es decir, sigue en la solución política, mostrando un repulsivo respeto por la "izquierda abertzale", que de sobra está en pie y legalizada. Respeto también a la ETA misma: no se trata de acabar con su capacidad de asesinato, sino de que sus seguidores le "digan" que "abandone las armas". Como si fuera un ejército.
¡Y la generosidad! Generosidad con los asesinos y ruindad y cosas peores con las víctimas. Por un tiempo, en la confusión del paso de una dictadura a la democracia, la generosidad pudo tener sentido y cierto éxito, como ocurrió con los terroristas polis-milis (muchos de los cuales pasaron al PSOE(1)). Pero hace mucho que la única salida es la aplicación estricta de la ley, pues la confusión ha desaparecido. Ha desaparecido excepto, claro, para los interesados en ella, en la "solución política". En el ataque al estado de derecho, finalmente.
(1) Lo cual no impide a esa virtuosa banda de cacos que es el PSOE referirse a mí sistemáticamente como "el ex terrorista". Nunca se lo dijeron a Mario Onaindía ni a bastantes otros. Porque el PSOE tiene su propia inclinación terrorista, y su historial es bien explícito.
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La chusma política
**** Mayor advierte que ETA volverá a "tentar" al Gobierno para negociar
Más bien al revés: el gobierno tentará a la ETA, lo está haciendo ya. ¿O ha olvidado Mayor la legalización de II, que los jueces de su partido aprobaron?
**** Rafael Schutz califica de "propia de un fanzine neonazi" la viñeta antisemita de Romeu
No parece, es. El neonazi-cursi El País, y sus ingenios.
**** Chávez ve una "victoria" en la entrada ilegal del avión de Zelaya en Honduras
¿Hacía falta algo más para saber que Zelaya es el golpista? ¡Apoyo a la democracia hondureña
**** Gabriela Núñez, ministra de finanzas: "Vale la pena luchar por la democracia en Honduras pese a perder recursos". Algo que jamás oiremos a la infame chusma que mangonea España. Ayudemos a los hondureños, aunque la mejor ayuda sería mandar a paseo al ilegal gobierno que destruye la democracia y la unidad de España, y a su indecente "oposición".
**** Los asesinos de una chica de 14 años cumplirán 5 años de internamiento, como mucho
¿Por qué favorecen tanto las leyes a los delincuentes? Porque están hechas por delincuentes.
**** Dice la comunista –nada mejor que nazi– Manjón, que Manzano "ya ha sufrido lo suficiente". No le preocupa lo que han sufrido y sufren las víctimas directas y la parte de la población española víctima de la desinformación sobre el 11-m. Pero Manjón lo tiene claro: el culpable del atentado es Aznar, de modo que lo demás son detalles irrelevantes? Así están las cosas en este país. Con la complicidad del PP, por cierto.
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Querido lector:
¿Cuándo dejó de ser la Justicia una cuestión de Estado para ser una cuestión ideológica, de partido? ¿Por qué los políticos no quieren un Poder Judicial independiente? ¿Cómo controla el Gobierno el Poder Judicial? ¿Fue casualidad que la primera huelga de jueces se convocara con el socialista Rodríguez Zapatero en el poder? ¿Quién comenzó la politización de la Justicia?, ¿por qué no interesa que funcione?
He intentado responder estas y otras preguntas en mi último libro: El asalto a la Justicia. Creo haberlo escrito con conocimiento de causa, gracias a los más de veinticinco años que llevo ejerciendo como juez y a los episodios de la vida político-judicial que, como dirigente dela Asociación Profesional de la Magistratura y como vocal del Consejo General del Poder Judicial, me ha tocado vivir.
Una de las características de toda dictadura es la absoluta falta de independencia del Poder Judicial. Se desea un juez que sea funcionario y, éste, por obligación, vive plegado a los gobernantes políticos. Puedo asegurarte que hoy, en España, corremos el riesgo de caer en esta perversión sin apenas reaccionar. ¿Quedará algo que escape al control omnívoro del poder político?
Estamos a tiempo de remediar esta situación. En el libro he procurado, junto al diagnóstico, ofrecer soluciones.
Un saludo,
José Luis Requero
(En Época, el viernes pasado)
El Tribunal “Constitucional” es, propiamente hablando, un tribunal político, de partidos, cuya única y endeble garantía de justicia radica en la oposición entre tendencias que se dé en su interior. Cuando esa oposición desaparece, como acabamos de ver con la nueva legalización de terminales de
Se avecina ahora otro suceso de mayor alcance: la aprobación del estatuto catalán por el tribunal citado. Como es sabido, ese estatuto era la base indirecta de los negocios del gobierno con
Por ello, el estatuto es clamorosamente anticonstitucional, pero lleva tres años funcionando mientras el TC decide. ¿Qué decide? ¿Si es o no constitucional? Eso no puede decidirlo, porque salta demasiado a la vista. Lo único que puede decidir es cómo maquillar el engendro para darle alguna apariencia de legalidad, tarea muy ardua, por lo que se ve, pese a la destreza adquirida en el caso Rumasa. Últimamente se dice que la sentencia está a punto, mientras unos políticos del PSC amenazan con que no tolerarán ni el cambio de una coma, y otros del PSOE se adelantan con descaro a anunciar que la sentencia satisfará a los separatistas, y el PP calla. Este partido interpuso un recurso contra el estatuto, del que probablemente esté ya arrepentido, pues no ha hecho otra cosa que imitarlo en Valencia, Baleares y Andalucía, donde ha admitido otra “realidad nacional”.
En cuanto a la presidenta del tribunal “constitucional”, se trata de una señora muy vinculada al PSOE y al separatismo, que ya en 1999 votó a favor de Herri Batasuna --es decir, de
Ello no ha impedido a la aludida presidenta afirmar que su tribunal “constitucional” es “una garantía absoluta de nuestra justicia en la lucha contra el terrorismo y en defensa del Estado de Derecho”. Pocas veces se ha pervertido tan groseramente el lenguaje. En política no hay garantía “absoluta” de nada, ninguna persona seria puede decir algo así. El colmo es cuando llama “luchar contra el terrorismo” a recompensarlo con la legalización, dinero público y proyección internacional. Y cuando llama Estado de Derecho al pisoteo de
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La chusma política
****Una asociación del 11-M se querella contra Manzano por "encubrimiento" Muy bien: a ver para cuándo la querella contra Zapo y su gobierno ilegal por colaboración con banda armada. ¿O no ha colaborado con
****AVT: Zapo no consiguió hundirla. El Futurista de la Economía lo es Todo está consiguiéndolo. Los dos estadistas se complementan, no se oponen.
(Escrito en 2006)
"La Asociación Víctimas del Terrorismo se constituyó en 1981 para socorrer a los afectados más directos por esta barbarie, ante el abandono y marginación a que las relegaban tanto el Estado como muchos sectores de la sociedad española. Hoy suena increíble que una sociedad y un Estado que se proclaman democráticos hayan podido despreciar a las víctimas directas del terror totalitario, y otorgar simétricamente un plus de crédito y prestigio a bandas de asesinos cuyo propósito declarado, nada oculto, consiste en destruir la democracia y la unidad de España. Sin embargo así ha sido. Durante muchos años la Asociación de Víctimas ha sufrido un talante oficial de sospecha, mirada desde determinados poderes públicos con abierto desagrado, y hasta privada de ayudas concedidas en cambio a asociaciones pintorescas, por no decir más.
El trabajo tenaz de la Asociación ha logrado ir cambiando tal estado de cosas. Ha impulsado medidas políticas, sociales y judiciales que han permitido mejorar la situación de las víctimas inmediatas, y con ello la calidad democrática de nuestra sociedad. Denunciando los crímenes ha conseguido diluir la demagogia que presentaba y aún presenta a los terroristas como luchadores por algún fin noble, mostrando su verdadera naturaleza de barbarie fanática y delincuente. Ha contribuido a probar, al compás de una larga experiencia, que las llamadas "soluciones políticas" eran en realidad soluciones mafiosas que no hacían otra cosa que legalizar el crimen y premiar a los criminales, a costa del estado de derecho y de la libertad y seguridad de los ciudadanos. Cuantos amamos la libertad tenemos una deuda contraída con esta Asociación.
Pero en la actualidad asistimos a un grave retroceso hacia el ambiente turbio que hizo necesario crear la Asociación. Desde diversos poderes y medios de masas los terroristas vuelven a ser presentados como interesados en la paz y en una causa política digna de reconocimiento; mientras, paralelamente, menudean las maniobras para dividir a las víctimas o negarles la condición de tales, o para desacreditarlas identificándolas con la "extrema derecha", o para culparlas indirectamente de la pervivencia del terrorismo por exigir la más elemental justicia y defender las libertades.
Por esta razón, y por la deuda que todos tenemos contraída con ellos, todos debemos movilizarnos y manifestar nuestro firme apoyo a esta Asociación, a la democracia y al Estado de derecho, y nuestro enérgico rechazo a todas las maniobras de supuesta pacificación a costa de la libertad y de la unidad de España. Porque la víctima del terrorismo, en definitiva, es toda la sociedad... con la excepción de los recogenueces: los Zapatero, Ibarreche, Carod y sus partidos. Las cosas están llegando demasiado lejos, y sería un error mantener las supercherías. O entre todos detenemos esta deriva o todo lo adelantado desde la Transición se hundirá, por obra de demagogos irresponsables, volviendo al país a la inestabilidad, la involución democrática y propiciando con ello la violencia, so pretexto de conseguir lo que, con típica perversión del lenguaje, llaman "la paz".![]()
Lo someto a su dura crítica:
España llegaba a Trento con poder político y con la autoridad de haber reformado su Iglesia ya en tiempos de los Reyes Católicos. Ello la convirtió en el principal escudo y espada del catolicismo, si bien chocaría aún con el papa Pablo IV, enemigo de la hegemonía hispana, que dejó empantanado el concilio durante su pontificado, de 1555 a 1559. De ahí que, al lado de los italianos, llevasen la voz cantante en Trento teólogos españoles como los jesuitas Diego Laínez y Alfonso Salmerón, los dominicos Melchor Cano y Domingo de Soto, y otros como Francisco Torres, Turriano o Arias Montano. Los jesuitas citados habían estado entre los siete que formaron el núcleo de la orden jesuita, y el soriano Laínez había sucedido a Ignacio de Loyola como general de la orden desde 1558 hasta 1565 (la enemistad del papa Pablo IV mantuvo a la orden dos años sin superior general, tras la muerte de Ignacio en 1556). Bajo el mandato de Laínez los jesuitas se extendieron por Francia y Polonia, aumentaron las misiones y crearon colegios en varios países. Laínez preparó una lista de "errores protestantes" y estuvo a punto de ser elegido papa, pero huyó para evitarlo. El toledano Salmerón, estudiante en Alcalá y París, nuncio papal en Irlanda, ante la Dieta de Ausburgo de 1555, en Polonia y en Bélgica, y predicador prestigioso, enseñó en la universidad bávara de Ingolstadt y en Verona, y fue provincial de la orden en Nápoles. Entre muchas obras, interpretó al modo católico la Epístola a los Romanos, de San Pablo, en la que Lutero se había inspirado de preferencia para su tesis de la salvación solo por la fe.
Francisco Torres, palentino, fue un teólogo renombrado, a quien comisionó el papa ante el concilio. Domingo de Soto, Melchor Cano y, más tangencialmente, Arias Montano, forman parte de la llamada Escuela de Salamanca.
La autoridad hispana en Trento no procedía solo del poder político y el prestigio de su previa reforma eclesial, o de la militancia de la orden jesuita, sino aún más de la potencia del pensamiento teológico-filosófico de sus numerosas universidades, sobre todo la Complutense y la Salmantina. Dentro de ellas tuvo la mayor notoriedad la inquieta y creativa Escuela de Salamanca, que tomó cuerpo durante varias generaciones e hizo aportaciones decisivas al derecho, la economía y otras disciplinas.
Los mayores protagonistas de la Escuela fueron dominicos y jesuitas, que renovaron los laureles de la Escolástica, a la que se suponía agotada tras las controversias de la Edad de Afianzamiento. Si el protestantismo venía a derivar, al menos en parte, del nominalismo y el occamismo, la Escuela de Salamanca derivó del tomismo, dándole una fecundidad inesperada en la especulación moral, el derecho, la política, la economía, incluso en las ciencias naturales, mezclada del espíritu convencionalmente llamado humanista.
Un problema clave no solo en la polémica con Lutero, sino más amplio, era el de la existencia del mal. El mal se presenta como daño causado por la naturaleza, tal una peste o una inundación, carentes de valor moral pero que arrojan una sombra sobre la justicia divina, pues en ellas perecen indistintamente justos y pecadores (no pocas veces se consideraban esas catástrofes como castigos divinos). Y se presenta ante todo como el daño causado por los hombres por ir contra los mandamientos y revelación divinos, contra el sentimiento de que entre las diversas tendencias e intereses de los individuos debe haber un equilibrio que llamamos justicia, querida por Dios. El malvado obra así contra la voluntad divina, o prefiriendo unos intereses y valores inferiores a otros superiores, pero ello ¿no pone en entredicho la omnipotencia de Dios? Francisco de Vitoria, a quien suele considerarse fundador informal de la Escuela, abordó este mal desde el punto de vista del libre albedrío: Dios ha dotado al hombre de libertad para elegir, lo que significaba que podía optar por el mal en lugar de por el bien, y así condenarse en lugar de salvarse. Es decir, se puede hacer el mal aún conociendo la voluntad de Dios expuesta en las Escrituras, y por otra parte se puede hacer el bien, aunque de modo incompleto, sin conocerla, como podía ser el caso de los indios americanos. El problema, como ocurre con los grandes problemas filosóficos, no queda del todo resuelto, pero encuentra cierta base razonable y fecunda.
También provocó disputas entre los salmanticenses, particularmente entre dominicos y jesuitas, la cuestión protestante sobre la predestinación y la gracia. Los jesuitas y fray Luis de León pusieron el énfasis en el libre albedrío, en detrimento del pecado original, a un nivel que pareció herético al dominico Domingo Báñez, el cual les acusó ante la Inquisición. A su vez, Luis de León denunció a Báñez como próximo a Lutero por proclamar una esencial corrupción humana por el pecado original, que daría valor exclusivo a la gracia. Estas intrigas indican idea de cuán agrias podían volverse las polémicas. Uno y otro terminaron exculpados por la Inquisición, pero el debate continuaría con otros protagonistas, en particular por el jesuita conquense Luis de Molina, que insistió en el libre albedrío desde una posición intermedia: Dios puede prever tanto las posibilidades de la decisión humana como las decisiones que efectivamente tomará el hombre, y con ello admite cierta forma de predestinación. A esa versión se opusieron con calor los dominicos y más tarde la corriente jansenista, próxima al calvinismo en cuanto al papel de la gracia y de la predestinación. La controversia, llamada De auxiliis, continuó hasta el que papa Pablo V, ya a principios del siglo siguiente, admitió ambas posiciones como matices de una misma actitud, al modo como la Iglesia había admitido las de nominalistas y realistas siglos antes; pero prohibió continuar la discusión. La relación entre la gracia, la predestinación y la libertad, o la existencia del mal, fue siempre muy difícil de aclarar, aunque los esfuerzos al respecto dieran otros frutos.
Un punto básico de la Escuela fue el del gobierno legítimo, la tiranía y el origen divino del poder. Desde San Isidoro al menos, la idea de que el poder venía de Dios se expandió por la cristiandad. No obstante, el aserto podía interpretarse de varios modos: como un poder absoluto del monarca sobre sus súbditos, caso de la autocracia rusa; como la unión del poder religioso y político en un solo soberano, al modo del anglicanismo inglés; como el derecho del monarca a dirigir a la Iglesia como en la Constantinopla cristiana o Rusia, menos acentuadamente en el Sacro Imperio, Francia o España. Y no faltaban otras interpretaciones.
El caso ruso tiene considerable relevancia: si Iván III había asentado la autocracia, su sucesor Iván IV el Terrible lareforzó imponiéndose sangrientamente sobre la oligarquía de los boyardos. Este zar, contemporáneo de Carlos I y de Felipe II (reinó de 1547 a 1584), organizó un cuerpo militar adicto en exclusiva a él, los streltsí, y después la opríchinina, especie de guardia pretoriana autora de un terror masivo que creó un clima de sumisión temerosa (sus jefes también sufrieron represiones brutales, y a veces se la considera un precedente de la policía política de Stalin en el siglo XX). No por ello dejó Iván de procurar la lealtad de una parte de las oligarquías urbanas y de nobles menores, convocando el primer Zemski Sobor, asamblea semejante a las Cortes españolas; y organizó un concilio de la Iglesia ortodoxa para asegurarse la colaboración de esta, promulgó un nuevo código legal y fijó los campesinos a la tierra en condiciones de completa dependencia. Emprendió grandes campañas hacia el este, sobre Siberia, y hacia el oeste, para abrirse una salida al mar Báltico. Aunque el janato de Crimea llegaría a incendiar Moscú, Iván acabó definitivamente con la amenaza turco-mongola de los janatos de Kazán y Astrakán, y dio impulso a la magna expansión rusa más allá de los Urales. En cambio sus ofensivas por el oeste resultaron baldías ante la oposición de Suecia, Polonia, Lituania y la Liga Hanseática.En España nunca se puso en cuestión la primacía religiosa del Papado; y aunque la expulsión de los judíos y la Inquisición entran en la misma concepción de los príncipes y reyes protestantes, no era del todo así, porque permanecía una considerable minoría morisca pese a lo ficticio de su conversión y a su colaboración con la plaga interminable de la piratería magrebí. En cuanto a la soberanía regia, muy robustecido por los Reyes Católicos tras el período de anarquía oligárquica, tampoco se parecía en casi nada al de Iván el Terrible, pues la interpretación del origen divino del poder tomó en España un rumbo muy diferente del de Rusia o el de Inglaterra.
Las consideraciones de la Escuela llevaban directamente al concepto de los que más tarde se llamarían derechos humanos: puesto que todos los hombres, sea cual fuere su grado de civilización, comparten una misma naturaleza, tienen los mismos derechos básicos. Y el derecho natural debe prevalecer sobre el derecho positivo de los gobiernos, si estos debían considerarse justos y no tiránicos.
La actividad y crueldades de Iván, de rasgos a veces alucinados, dejaron el país exhausto, pero no impidieron al zar, hombre instruido, teorizar sobre el origen divino de su poder en cartas a los reyes polaco y sueco y a Isabel de Inglaterra, y sostener una feroz polémica con el príncipe Kurbski, rebelde a la autocracia, en la que aquel acusa a los boyardos, y no a la política absolutista, de ser los destructores de Rusia. Iván consideraba su poder otorgado directamente por Dios, y por ello no admitía límites al mismo, pues ¿qué clase de soberanía era la que admitía asambleas de ciudadanos u otros poderes intermedios con capacidad decisoria? "Todos los súbditos son iguales ante el zar, y están obligados por Dios a ser los esclavos del zar". En compensación, el zar debía a su vez hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios, premiando a los buenos y castigando a los malos. Claro que él mismo, como portavoz de la voluntad divina, fijaba el bien y el mal, y lo hacía de forma expeditiva: eran buenos quienes se plegaban ciegamente a las exigencias del soberano, y malos quienes se oponían o mostraban reticencia. Este concepto radicalmente autocrático solo fue relativamente frenado por la resistencia pasiva, rara vez activa, de la Iglesia y otras instituciones.
La corona inglesa mantenía una posición de principio no disímil de la de Iván IV: el monarca reunía directamente el máximo poder político y religioso. De acuerdo con ello, Enrique VIII e Isabel I aplastaron sin misericordia cualquier oposición, si bien no llegaron a aplicar una represión tan masiva y en parte demencial como el zar. Por su parte, el protestantismo tendía a crear iglesias nacionales bajo el lema cuius regio eius religio, que daba a los príncipes la potestad de imponer su religión a sus súbditos. El principio no concordaba mucho con la libre interpretación de la Biblia, pero ayudó a la expansión protestante, por las prerrogativas concedidas a los potentados. Por lo demás, garantizarse la religión de los súbditos en una época en que los conflictos de fe tomaban tan inmediato carácter político-militar, propiciaba la estabilidad social interna.
La Escuela de Salamanca distinguió siempre el poder temporal del espiritual, idea arraigada en la mentalidad española, que la alejaba de programas como el anglicano. Francisco de Vitoria, tenido por fundador informal de la Escuela, consideró que el papa tenía solo autoridad espiritual, y no debía utilizarla para entrometerse en la temporal del emperador o de los reyes. El emperador carecía de potestad para dictar la acción eclesiástica, como solía pretender desde Carlomagno; y no representaba políticamente a la cristiandad, sino solo a la parte de ella bajo su control directo.
Esta teoría fue desenvuelta, entre otros, por el citado Luis de Molina. Según él, Dios no otorga el poder directamente al monarca, que viene a ser más bien un administrador de la soberanía. Esta recae en los individuos del pueblo, los cuales nacen libres y con derechos naturales que el rey no puede oprimir. Su teoría destacaba la individualidad en un grado desconocido hasta entonces. No obstante, Molina justificaba la esclavitud en casos excepcionales, por ejemplo como alternativa a la pena de muerte o en caso de guerra, para resarcir al bando "justo" por los daños causados; pero rechazaba como ilegítimo y motivo de condenación eterna el tráfico de esclavos organizado por portugueses, ingleses y holandeses, en el que los españoles participaban poco, pero no dejaban de comprar tal mercancía humana para sus plantaciones.
Al poco de terminar el siglo XVI, estas ideas tuvieron un nuevo despliegue con motivo de las ideas expresadas por Jacobo I de Inglaterra, sucesor de Isabel. Jacobo amplió en sentido absolutista las ideas anglicanas del poder divino, afirmando al monarca como "anterior a cualquier estado, parlamento o ley", y propietario inicial de toda la tierra, de modo que "los reyes fueron los autores de las leyes y no las leyes de los reyes"; ideas parecidas a las de Iván IV, aunque en la práctica el inglés siguiera una política bastante moderada. Pero en 1613 obligó a sus súbditos a prestarle juramento de fidelidad como rey y como máximo jefe religioso.
En réplica, el jesuita granadino Francisco Suárez escribió Defensio fidei catholicae adversus anglicanae sectae errores, en cuya tercera parte, dedicada a la soberanía política, teoriza en sentido contrario al ruso o al inglés: Dios no concede el poder directamente al monarca, sino al pueblo, que lo transmite libremente al rey mediante un pacto modificable. Por ello, el poder "es de derecho humano", no directamente divino, y más o menos amplio según establezca el libre pacto. El rey no media entre la voluntad de Dios y el pueblo, sino al revés, el mediador es el pueblo. Suárez también se opone a Maquiavelo, quien concibe el poder político como una realidad con sus reglas particulares e independientes de la moral: el poder está sometido a la ley moral y a la obligación de servir al bien del pueblo que lo ha otorgado. Por tanto, el poder político es limitado, y en este sentido y en su origen popular, democrático. No es que Suárez creyera a la democracia, en su equívoca acepción desde Aristóteles, el mejor de los sistemas, pero la admitía como legítima y en la práctica sentaba sus principios antes de que los mismos u otros parecidos fueran expuestos por pensadores como Locke. El libro de Suárez fue quemado públicamente en Inglaterra y Francia, y prohibida su lectura.
Hay una diferencia entre la idea de Molina y la de Suárez, pues este último considera al pueblo como un todo, sin admitir la soberanía de partes de él, y disminuye el papel de los individuos, lo que lleva a dificultades, ya que el pueblo nunca se manifiesta como un bloque. Con ello abre una vía posible –no forzosa– a concepciones como las defendidas más delante por Rousseau, verdadero padre de los totalitarismos del siglo XX.
Este pensamiento alumbraba nuevos problemas en torno a la organización práctica del poder, la concepción del pueblo y del individuo, o la acción frente a la tendencia tiránica del poder, algunos de los cuales habían originado mucha especulación desde al menos San Isidoro. El jesuita Juan de Mariana, nacido en Talavera, formado en Alcalá de Henares y solo tangencialmente relacionado con Salamanca, expuso los deberes del rey y su necesaria sumisión a la ley moral y la del estado, como cualquier súbdito, la obligación de moderar los impuestos, etc. Algunos de sus escritos justificaban el tiranicidio, por lo que sus libros fueron quemados en Francia. En España solo fue prohibido uno suyo relacionado con la moneda y la economía. Las ideas políticas de esta escuela contrariaban la corriente hegemónica europea, que justificaban el directo derecho divino de los reyes, defendido también por Lutero, y conduciría en los siglos siguientes de las monarquías autoritarias a las monarquías absolutas.
En tiempos relativamente recientes, investigadores de la corriente austríaca de economistas, y en particular de la historiadora británica Marjorie Grice-Hutchinson, han descubierto la contribución de la Escuela de Salamanca al pensamiento económico. Quizá sea esta la faceta a la que más atención se ha prestado recientemente, aunque sus aportaciones en otros terrenos no sean menos brillantes.
El problema de la economía y su relación con las prescripciones evangélicas era ciertamente muy antiguo, y en la práctica dichas prescripciones pocas veces se habían aplicado en su literalidad, que aparentemente se infringía, sin que se entendiera bien por qué la realidad marchaba por vías diferentes de los mandatos teológicos y conciliares que prohibían, por ejemplo, el interés, llamado indiscriminadamente usura. Diversos pensadores eclesiásticos italianos habían cambiado o matizado notablemente esos conceptos, pero la cuestión exigía nuevas explicaciones en el siglo XVI, cuando la economía experimenta un tremendo impulso merced a un comercio de amplitud sin parangón con ninguna época anterior y a continuos avances técnicos, cuando la plata española de América relaciona a China y a Europa a través del Pacífico y el Atlántico, y se producen hechos extraños como la elevación incontrolable de los precios o crisis de origen oscuro, cuando decisiones políticas bienintencionadas podían tener efectos ruinosos.... Al abordar estos temas, los de Salamanca pueden optar con bastantes razones al título de fundadores de la ciencia económica, tal como del Derecho internacional o de la apertura de nuevas vías teológico-metafísicas.
Al parecer, en 1517 algunos mercaderes españoles de Amberes preguntaron al dominico Francisco de Vitoria si la moral permitía comerciar para acrecentar la riqueza particular. La consulta afectaba a la prédica de la pobreza, tan popular en la Iglesia, lo que obligó a Vitoria y a otros a investigar y especular al respecto. Los dominicos tomaban una postura menos estricta que los franciscanos, más apegados a la pobreza evangélica (si bien, como vimos, el franciscano Eiximenis había ensalzado dos siglos antes los comerciantes y la riqueza). Vitoria y sus continuadores Azpilcueta, Molina, Suárez, Domingo de Soto, Mercado, Pedro de Valencia, Pedro de Oñate, Mariana, Saravia de la Calle, Felipe de la Cruz, etc., sentaron las bases para un reenfoque científico de la economía: así la concepción de que la esta tenía sus propias normas implícitas, independientes de la voluntad y las leyes de los políticos; que la propiedad privada sobre los bienes y los beneficios extraíbles de ellos, es no solo justificable sino un derecho natural beneficioso para la sociedad y los bienes son mejor cuidados por el propietario que si fuesen comunes; propiedad que, ligada la libre circulación de mercancías y personas, acerca y hermana a los seres humanos y beneficia a la sociedad en general, no solo a los particulares; que el interés privado es justificable moralmente, y necesario; que el precio justo de una mercancía no equivale, como antes se pensaba, a su coste de producción, sino que es variable, al depender de la valoración subjetiva que dan a la mercancía compradores y vendedores en libre negociación, sin monopolios ni interferencias políticas; que, en general, el precio tenía relación con la escasez de la mercancía, de modo que su abundancia rebajaba su valor, como mostraba la llegada de la plata americana, que abarataba esta y por tanto hacía subir los precios de los bienes comprados con ella; que el salario se medía como el precio de las otras mercancías; que el interés en los préstamos, cuestión espinosa, se justificaba como beneficio del capital, semejante al que podría obtenerse de la tierra, y como valoración del tiempo y el riesgo del préstamo, y del lucro que dejaba de obtener el prestamista al prescindir de él por un tiempo (lucro cesante, o coste de oportunidad); y así sobre los impuestos y otras cuestiones.
Con ello, los escolásticos de Salamanca cimentaron pilares del pensamiento económico como la propiedad e interés privados, el mercado libre, la oferta y la demanda, o una teoría cuantitativa del dinero (relación entre la cantidad de este y el nivel de precios). Lo notable es que abordaran correctamente estas cuestiones en estrecha dependencia de consideraciones teológicas y morales, aplicando la razón, cuyo papel siempre defendieron los tomistas, aunque en algunos puntos contradijeran a Tomás de Aquino. Estas ideas quizá no guardaban mucha coherencia con la perfección evangélica, pero se daba por supuesto que la perfección estaba al alcance de pocos. La teorización salmanticense contraría la tesis de Max Weber, hoy en declive, que atribuye el interés por la economía y la práctica capitalista a la ética protestante, en contraste con la católica. Los logros del pensamiento de Salamanca cayeron luego un tanto en el olvido, para alcanzar su desarrollo más completo en otras latitudes y en el siglo XVIII, concretamente en la Escocia de Adam Smith, ya unida a Inglaterra.
Otra faceta del pensamiento salmantino fue la del derecho internacional, a partir de las cuestiones planteadas por la conquista de América, ya aludidas. En ese orden de cosas trataron el problema de la guerra justa, estableciendo criterios que hoy perduran aun si apenas se cumplen. Siendo la guerra un mal, solo debe admitirse como último recurso y para eliminar un mal peor. Aun así, debe respetar normas morales, y no incurrir en crímenes como la masacre de civiles, de prisioneros o de rehenes. Una guerra es injusta si, entre otras cosas, la mayoría de la población la rechaza, y en tal caso el pueblo tiene derecho a destituir y procesar al gobernante. Suárez propuso una ley internacional basada en las costumbres y criterios no escritos, pero más o menos generalmente aceptados, derivados indirectamente de la ley natural.
Algunos miembros de la Escuela cultivaron la ciencia natural, aunque este extremo apenas ha comenzado a estudiarse hoy. El dominico segoviano Domingo de Soto hizo una aportación notable al estudiar formas de movimiento uniformes y "disformes", esto es, aceleradas, y describió la aceleración de los cuerpos en caída libre, por lo que en alguna medida fue precursor de la mecánica que luego desarrollarían Galileo y Newton. También es reseñable la intervención del teólogo y matemático toledano Pedro Chacón en la reforma del calendario acordada por el Papado, es decir, el establecimiento del calendario gregoriano, aceptado casi universalmente. La reforma exigió cálculos astronómicos y matemáticos muy precisos, tomando como referencia las Tablas de Alfonso X el Sabio, que se aproximaban con muy poca diferencia al cálculo real del tiempo empleado por la Tierra en cada giro en torno al Sol. Por otra parte las exploraciones geográficas y los libros sobre ellas y sobre la naturaleza de los nuevos territorios, así como sobre la historia y costumbres indígenas, son otras tantas aportaciones de alto valor a la ciencia.
Como Vitoria y varios más, Soto participó en la fructífera polémica entre Sepúlveda y Las Casas, la cual resumió de forma neutral, con alguna observación crítica al segundo. Otra contribución intelectual de relieve fue la Historia General de España, de Juan de Mariana, obra no siempre crítica pero en conjunto ejemplar y una de las mejores historias escritas en su época en Europa, por su penetración y fiabilidad general. Fue acusada de poco patriótica por unos y de excesivamente castellanista por otros, de modo que el barcelonés Esteve Corbera y el valenciano Gaspar Escolano reaccionaron contra quienes (como Mariana), "quieren angostar la majestad y grandeza de España en los cortos límites de Castilla", en palabras de Escolano.
La combinación de las ideas económicas y las políticas de la Escuela, ofrece un esbozo bastante completo de lo que andando el tiempo se llamará liberalismo: relevancia a las decisiones del individuo, a la libre circulación de bienes y al mercado libre, el rechazo al poder absoluto, tesis de que el poder, si bien originado en Dios, llega a través de la sociedad; o la agudeza de los debates y la propia audacia con que eran expuestas las conclusiones . Lo último arroja de paso alguna luz sobre el carácter de la Inquisición. Los dominicos, a quienes estaba encomendada, destacaron en la formulación de las ideas aquí sumariamente reseñadas, y sus querellas con los jesuitas, por más que a veces peligrosas, no llegaron a impedir una discusión más libre y sobre temas más enjundiosos, que cualesquiera de los siglos siguientes en España. Sus libros, en general, no fueron prohibidos, y es significativo que tampoco lo fuera el de Mariana que justificaba el tiranicidio, y sí en cambio otro de materia económica del mismo autor, que ponía en entredicho políticas gubernamentales.
Vitoria, Suárez, Mariana y Molina fueron algunos de los filósofos y pensadores políticos más influyentes de su tiempo, y a pesar de que varios de sus libros fueran quemados en Londres o París, sus obras de tema político y metafísico, en particular las de Vitoria y Suárez, se divulgaron por las universidades europeas, incluidas las protestantes, y contribuyeron poderosamente a formar corrientes ideológicas y filosóficas que habían de marcar al continente los siglos posteriores. La escuela estuvo muy ligada a la universidad portuguesa de Coímbra, donde enseñaron varios de sus profesores, y tuvo proyecciones relevantes en el pensamiento económico de Hispanoamérica, en particular la llamada Escuela de Chuquisaca, de Bolivia, según ha estudiado el economista argentino de origen rumano Oreste Popescu.
Los logros intelectuales de una escolástica renovada y racionalista en España, nacidos de la valoración de la razón y del libre arbitrio, fueron realmente brillantes y precursores de evoluciones más tardías en Europa. No desarrollaron varias de sus ideas en una teoría completa, pero iban por el mejor camino, suministraron cimientos para posteriores edificios teóricos, y si no los completaron se debió a la decadencia, casi colapso, del pensamiento español hacia finales del siglo XVII. Pues extendió su actividad durante casi un siglo y medio. Suele considerarse al teólogo Pedro de Godoy, muerto en 1677, su último representante.
Cabe señalar que el valor de muchas de las aportaciones de esta escuela ha permanecido ignorado durante siglos, efecto achacado a veces a una ocultación interesada por parte de protestantes o franceses; pero que en realidad tuvo mucho más que ver con el mencionado semicolapso intelectual español.
Las elecciones municipales de 1931 tuvieron dos fases: la celebrada sin necesidad de votación, según el artículo 29, porque solo se presentaba una candidatura, y la de aquellos ayuntamientos en que había rivalidad. En los dos casos ganaron las candidaturas monárquicas por gran mayoría. De todas formas aquellos comicios no tuvieron validez democrática, porque el nuevo régimen no publicó los resultados hasta más tarde, evidentemente manipulados (los resultados de las elecciones de 1936, que "ganó" el Frente Popular, nunca fueron publicados, por lo que fueron menos democráticas, si cabe, y ello vuelve inútiles las discusiones sobre el "verdadero" ganador). Pero en todo caso, los datos electorales no jugaron el más mínimo papel en el cambio de régimen porque, desde la misma jornada electoral, los monárquicos estuvieron resueltos a entregar el poder, casi "como fuera", según dejó claro Maura, principal organizador del movimiento republicano. Los monárquicos fueron los primeros en despreciar a sus propios votantes, un vicio persistente en la derecha, quizá debido a cierto ancestral carácter señoritil.
Dos mitos elaborados a posteriori por los monárquicos para negar legitimidad a la república son que las elecciones fueron solo municipales y que la cesión del poder provino de una presión insoportable en las calles, que haría correr ríos de sangre si se reprimiera. En realidad quienes dieron carácter plebiscitario a las municipales fueron los monárquicos Romanones, Berenguer y Aznar. De este último ha dicho el profesor Lavandeira que no pronunció la frase que se le atribuye sobre la España acostada monárquica y levantada republicana. Es posible, pero en todo caso la frase circuló inmediatamente, no fue desmentida y todo el mundo la aceptó como veraz. Quienes no pensaban tal cosa los días 12 y 13 fueron los republicanos y socialistas, según explica Maura. Ya antes de comenzar la agitación callejera, los monárquicos estaban decididos a entregar el poder.
Luego, ya a media tarde del día 13, "Las masas se manifestaban, considerándose con derecho de imponer una victoria parcial (en las capitales de provincia) como victoria total en el país, animadas sin duda por las declaraciones de los jefes monárquicos, que se habían declarado de antemano vencidos (...) Las manifestaciones fueron menos espontáneas de lo que se ha supuesto, si hemos de creer a un "excelente periodista anónimo", que cita Martínez Barrio "por su imparcialidad y veracidad". A media tarde se concentraron en el Ateneo y la Casa del Pueblo grupos de "ateneístas, estudiantes de la FUE y obreros" que "se esparcieron poco después por Madrid y, como obedeciendo a una consigna, fueron gritando por las calles, con machacona insistencia: "¡Ya se fue! ¡Ya se fue!", haciendo creer que el rey se había marchado. Hay pocas dudas de que no actuaron como obedeciendo una consigna, sino obedeciéndola. "Este grito (...) causó el efecto que quienes lo lanzaron pretendían. La gente, extrañada, empezó a afluir a la plaza de Oriente y a la Puerta del Sol". Se trató, desde luego, de una maniobra maestra cuyos autores han permanecido incógnitos, pero que no parecen haber sido los miembros del titubeante "gobierno provisional".
Las multitudes impusieron a continuación el ritmo de los sucesos, ante el temor de unos y otros a que el jolgorio degenerase en violencia. También impusieron la bandera tricolor y el himno de Riego "sin que nadie pudiese decir cómo". La bandera nació, al parecer, de un equívoco. Los colores tradicionales, rojo y amarillo, coincidían con los de la bandera de Aragón y Cataluña, y la franja morada que se les añadía quería representar el pendón de Castilla, enarbolado por los comuneros en el siglo XVI. Había sido la bandera del Partido Federalista, aunque no de la I República. Según los estudios más fiables, el dicho pendón era rojo carmesí, que en algunas banderas había desteñido a morado con el paso del tiempo, y de ahí el error. El "gobierno provisional republicano" había acordado "que no se cambiaría la bandera para evitar innumerables complicaciones que esta clase de pleitos lleva siempre consigo". El himno, tenido comúnmente por ramplón, también a los dirigentes republicanos les sonaba, "creo que con sobrada razón, malísimo e impropio. Habíamos acordado abrir un concurso para dotar al régimen de un himno razonable. Las gentes, en plena orgía, pacífica pero estrepitosa, entonaban a gritos aquel viejo sonsonete del antiguo canto republicano. No iba a ser fácil rectificar..."
Al atardecer, "En el Ateneo apareció un empleado de telégrafos que tremolaba un papelito azul. Todos los ateneístas le rodearon. Desde el primer rellano de la escalera que conduce a la biblioteca leyó el texto de aquel telegrama, que decía: "El rey Alfonso y su ministro general Berenguer han abandonado precipitadamente Madrid. Se espera de un momento a otro que crucen la frontera. Vienen hacia París. El rey ha declinado los poderes en Melquíades Álvarez, último presidente de las Cortes". El entusiasmo que este telegrama produjo fue enorme y docenas de ateneístas salieron a esparcir la noticia por todo Madrid. El telegrama era falso y muchos de los ateneístas lo sabían, pero hizo el efecto en la opinión pública que quienes lo lanzaron querían". Así lo cuenta Vidarte, y cuesta trabajo creer que él no estuviera en la intriga, siendo uno de los más destacados agitadores masones del Ateneo (...)
En la Puerta del Sol, los guardias civiles eran ovacionados al grito de "¡Viva la guardia republicana!". Un grupo de guardias adoptó una actitud pasiva mientras la muchedumbre los envolvía aplaudiéndoles y vitoreándoles. Una muchacha, vestida de tojo (...) agitando una bandera, le echó los brazos al sargento de la Guardia Civil y le besó, en medio de una clamorosa ovación (...) Los guardias permanecían inermes y silenciosos". (Por supuesto, aquellas masas no eran "el pueblo", como suele repetirse, sino solo una parte de él, que ocupaba de aquel modo las calles).
Ya hacia las once de la mañana del día 14 había resuelto Sanjurjo definitivamente la situación. Se presentó en casa de Miguel Maura, ante el cual "se cuadró (...) y saludando militarmente, me dijo: A las órdenes de usted, señor ministro. Me quedé de una pieza". La última línea de defensa del régimen se desvanecía, si es que, con Sanjurjo en el cargo, había tenido solidez en algún momento. Los motivos de la actitud de este general, de espíritu conservador, no han sido dilucidados. Hay quien los atribuye a la conducta del rey con Primo de Rivera.
El conde de Romanones fue a casa de Gregorio Marañón a entenderse con Niceto Alcalá-Zamora, presidente del "gobierno provisional", y recuerda: "He pasado en mi vida malos ratos. Parecido a aquél, ninguno (...) Le dije que el gobierno no quería hacer uso de la fuerza" (...) Niceto le replicó: "No queda otro camino que la inmediata salida del Rey renunciando al trono (...) Es preciso que esta misma tarde, antes de ponerse el sol, emprenda viaje" Fingía no rendirse el conde, y don Niceto le explicó la visita de Sanjurjo. "Al oírle me demudé. Ya no hablé más. La batalla estaba perdida irremisiblemente". El comentario, con su pretendido dramatismo, resulta algo irrisorio, pues el mismo día 12 por la noche había decidido el conde que "todo estaba perdido". Don Niceto es probablemente más veraz cuando observa: "La capitulación de la corona en casa de Marañón fue ofrecida por aquella sin darnos tiempo a exigirla (...) Reflejose de ese modo, hasta en los últimos trámites, la honda verdad de que todo régimen muere por el suicidio en que remata y expía sus culpas. Húndense las monarquías por los reyes y sus cortesanos, como hacen perecer las repúblicas sus partidarios más fanáticos".
Lerroux y Azaña debieron incorporarse al gobierno ya avanzado el día 14. Azaña "no nos había dado la menor señal de vida el día 13, a pesar de los sucesos", dice Maura, que fue encargado de buscarle, tarea "no fácil". Dio con él en la casa de su cuñado Cipriano Rivas. "Allí estaba, pálido, con palidez marmórea, sin duda por haber permanecido en aquellas habitaciones más de cuatro meses (...) Le hice presente el objeto de mi visita y le conminé para que me acompañase (...) Se negó rotundamente, alegando que nosotros habíamos sido ya juzgados y prácticamente absueltos, pero que él seguía en rebeldía [y cobrando su sueldo de funcionario todo el tiempo], y cualquiera, un simple guardia, podía detenerle y encarcelarle. ¡No salía yo de mi asombro!(...) Ya me disponía a dejarle encerrado, cuando apareció su cuñado, que regresaba de la calle en un estado de excitación y entusiasmo (...) Por fin Azaña, de muy mala gana, se decidió a seguirme. Durante el trayecto en mi coche hasta mi casa fue mascullando no sé qué cosas, de un humor de perros".
[Luego vendría la "toma" del ministerio de Gobernación en la Puerta del Sol y los hechos más conocidos]. Rivas Cherif cuenta con fruición cómo Azaña, repentino ministro de la Guerra y ya repuesto de su susto, humilló a un general: "Azaña llevaba un cuarto de hora con el Capitán General de Madrid, Federico Berenguer, que en posición firme ante él, no obtenía la venia de su nuevo jefe superior para ponerse cómodamente en su lugar (...) Sus recentísimos ayudantes y secretarios contemplaban regocijados la escena con los circunstantes, a quienes se iban uniendo los curiosos que (...) penetraban hasta el mismísimo despacho del ministro". (Los personajes de la república vistos por ellos mismos).
La república llegó de un modo un tanto esperpéntico, pero más por parte de la monarquía que de los republicanos. La legitimidad del nuevo régimen no procede en absoluto de las elecciones, sino de los monárquicos que, insiste Maura, regalaron el poder a sus enemigos, y lo hicieron en un acto de suicidio, como expone acertadamente Don Niceto. A Franco la república no le gustaba, pero se atuvo a ella consecuentemente, pues, como haría observar en otra ocasión, había sido aceptada por el rey. Más que aceptada, entregada. Franco la defendió en 1934, y solo se rebeló cuando el Frente Popular la había reducido a cenizas (Franco para antifranquistas).
Así pues, la monarquía traspasó su legitimidad a la república, se la regaló sin la menor resistencia, ni siquiera a cambio del proverbial plato de lentejas. Claro que en aquel concurso de botaratadas, los beneficiarios se apresuraron a procesar en ausencia a su benefactor, al rey ...¡por haber traicionado la constitución! ¡Una constitución que ellos nunca habían reconocido y contra la que se habían rebelado violentamente en 1917! El casi siempre inteligente Marañón tendría amplia oportunidad de percatarse de la estupidez y canallería de aquellos políticos en los que él había confiado... algo estúpidamente a su vez.
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El martes, en El economista :
TRIBUNAL... ¿CONSTITUCIONAL?
La inconstitucionalidad del estatuto catalán es flagrante, no solo porque establece una nueva nación, es decir, un nuevo principio de soberanía, sino porque, aun si hubiera disimulado esa tropelía de derecho, la habría cometido de hecho al dejar en residual la unidad de España, como vino a decir Maragall en su célebre y veraz frase. Otra prueba de su inconstitucionalidad son los tres años que el llamado tribunal constitucional lleva tratando el asunto. Porque, obviamente, no se trata de decidir si el estatuto es constitucional o no, sino de cómo hacerlo "tragar" a la opinión pública. Ese estatuto, no lo olvidemos, constituye la base de los negocios del gobierno con la ETA, la oferta a los terroristas, de momento fracasada: dejar en "residual" la unidad de España también en las Vascongadas.
En esos tres años ha ocurrido algo más: la quiebra de la oposición, del PP, a manos de Rajoy y los suyos. El PP recurrió el estatuto ante el tribunal, y a continuación lo copió básicamente en varias de sus autonomías. España ha dejado así de ser una democracia propiamente dicha, al desaparecer la oposición que controla y frena los impulsos totalitarios del poder.
Otro dato en esa involución antidemocrática: unos políticos amenazan con no tolerar el menor cambio en el estatuto, otros se adelantan a los jueces anunciando una sentencia muy satisfactoria para "Cataluña" (así llaman a los partidos separatistas). En España, pues, no existe justicia independiente. Pero ¿y el propio tribunal? Está en manos de de políticos. La presidenta es pro separatista, y los jueces del PP están hoy interesados en la aprobación del engendro, con más o menos maquillaje. Esos jueces de partido acaban de aprobar, de nuevo, la legalización de las terminales de la ETA. Más claro, agua. No me toca decir qué hacer ante esta situación de ilegalidad rampante, pero como ciudadano la señalo.
"Por creer cantada la victoria o por otras razones, en vísperas de los comicios Romanones dio a estos un alcance plebiscitario: "Se ventila (...) el porvenir de España y su forma de Gobierno" Las izquierdas acogieron calurosamente la idea.
El 12, pues, se hicieron las votaciones, en las que, según opinión generalizada, apenas hubo fraude. Resultó una victoria aplastante para los monárquico: 22.150 concejales frente a 5.875 republicanos. Pero ocurrió que los republicanos triunfaron en casi todas las capitales de provincia, lo que tuvo un fuerte impacto psicológico. Ello no podía ser decisivo, a menos que se otorgara una superioridad cualitativa a los votos urbanos. Mas el primero en admitir que sí había votos de primera, segunda y tercera, fue el gobierno, dirigido de hecho por el mismo Romanones. (...) El gobierno fue aún más allá. Se apresuró a dar a unas elecciones municipales carácter plebiscitario, que todavía no le concedían sus contrarios. Aquellos ministros que tan a desgana habían asumido el poder mostraron entonces auténtica voluntad de reconocer la "victoria" republicana.
Romanones hizo una declaración entreguista: "Hay hasta ahora 35 capitales perdidas por nosotros, y no se debe la derrota a la impericia de los gobernadores" Derrota, pues. Y al día siguiente, reseña Cambó, el almirante Aznar, "el primer obligado a quitar importancia (...) dijo simplemente esta frase: ¿Les parece a ustedes poco lo que ha ocurrido ayer, que España que se habían acostado monárquica se levantó republicana? La frase se extendió por Madrid como un reguero de pólvora. Los socialistas y republicanos empezaron a enderezar las orejas". La declaración era de hecho una invitación a los republicanos a tomar la calle.
Por supuesto, la votación no dejaba de ser un éxito relativo muy reconfortante para los republicanos, y en la madrugada del día 12 al 13 sus jefes salían contentos de la Casa del Pueblo, donde habían seguido la jornada. Maura caminaba con Largo y De los Ríos, el cual dijo que el triunfo les daba esperanzas para las elecciones generales de octubre, y entonces el éxito, si es como el de hoy, puede traernos la República. Maura miró a Largo y "con asombro, vi que asentía (...) Recuerdo la vehemencia con que les hice ver el error en que estaban, anunciándoles que antes de cuarenta y ocho horas estaríamos gobernando, y advirtiéndoles del riesgo que podían correr muchas cosas vitales para todos si no era así, por timidez o vacilación nuestra. Me llamaron iluso y nos despedimos" (...) Al día siguiente, Maura pensaba en cómo hacerse con el poder, pero "era inútil intentar dialogar sobre estos temas con mis compañeros. Cuando los iniciaba, me miraban como a un pobre iluso o a un demente que soñaba despierto. Puedo afirmar que durante todo el día 13, el único del Comité que creyó y obró seguro de la victoria definitiva, fui yo, a pesar de los rumores y las alarmantes noticias, en su totalidad falsas, que los correligionarios despistados nos traían sobre la inminente reacción del rey y del Ejército contra nosotros".
En realidad, el gobierno estaba resuelto a no tolerar las indecisiones de sus adversarios. A medianoche del 12 al 13 los ministros se reunieron informalmente en Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil y simpatizante de la república, según Lerroux. Romanones le preguntó si podría responder de sus fuerzas para controlar posibles desórdenes (la propia pregunta ya era derrotista). Sanjurjo respondió: "Hasta ayer por la noche podía contarse con ella". "Todo estaba perdido", asegura el conde. Berenguer, ministro de la Guerra, faltó a la reunión, pero no mostró menos resolución que los otros a favor de los republicanos. Sin consultar a sus colegas, envió un telegrama a las autoridades militares de provincias, haciéndoles notar "la derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones" y pidiéndoles "la mayor serenidad (...) con el corazón puesto en los sagrados intereses de la Patria", cuyos destinos "han de seguir, sin trastornos que la dañen intensamente, el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional". Voluntad expresada, al parecer, "en las principales circunscripciones". El telegrama, pronto difundido por la prensa, llenó de euforia a los republicanos. En suma, antes de que amaneciera, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, llevados de un vehemente deseo de acatar la "voluntad nacional", habían desahuciado por su cuenta y riesgo al régimen que teóricamente defendían.
Al amanecer el día 13, el conde acudía a palacio. "Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: "Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos". Y observa Maura con justeza: "Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado reunido y antes de que la calle hubiese mostrado síntomas de efervescencia, el conde estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha".
A media tarde del día 13 "dio comienzo el espectáculo de la calle", con manifestaciones a cada hora más nutridas y ruidosas en Madrid y otras ciudades. Entre tanto se celebró consejo de ministros, que empezó por aprobar el telegrama de Berenguer con la única protesta de La Cierva. (...) Romanones asegura que "la derrota era ya tan evidente, que ante ella sólo existían dos caminos: someterse o emplear la violencia, único medio, aunque inseguro, de sostener la Corona que se tambaleaba". Salvo algún choque aislado, con heridos, y la dispersión de una manifestación, las fuerzas de orden público estuvieron paralizadas desde el primer momento, por falta de instrucciones o por instrucciones de no actuar (...)
El día 14 sería el decisivo (...) Romanones enviaba al rey esta nota: "Los sucesos de esta madrugada hacen temer a los Ministros que la actitud de los republicanos pueda encontrar adhesiones en elementos del Ejército y fuerza pública (...)" El aviso del conde tenía cierto aire de maniobra intimidatoria y, en fin, el servidor del monarca indicaba a éste la puerta. Anota Maura: "Los sucesos de la madrugada...¡No sé cuáles pudieron ser, porque ninguno digno de ser recordado había surgido en el curso de la noche! Pero era lógico que había que apoyar en algo extraordinario el argumento que motivaba la nota (de Romanones). No era fácil decir al rey, por vez primera, que tenía que abandonar el campo y salir de España".
A las nueve, el conde fue a palacio. "Don Alfonso abordó inmediatamente el tema electoral subrayando la derrota (...)" El conde arregló una cita con Alcalá-Zamora en el domicilio de Marañón. Luego pasó a la cámara real el ministro opuesto al abandono, La Cierva, quien aconsejó resistir. El monarca, irritado, le acusó de no ver más allá de sus narices y de olvidar el largo plazo: "No puedo consentir que con actos de fuerza para defenderme se derrame sangre, y por eso me aparto de este país". El ministro replicó: "El rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la corona evitarán que se viertan lágrimas y sangre en España. Es lo contrario, señor". Fue, sin duda, una de las pocas escenas realmente dramáticas de aquellos días, que tienen más bien un aire bufo". (Los personajes de la república vistos por ellos mismos).
Doce años después, cuando ya se veía claramente la derrota de Alemania en la guerra mundial, Don Juan escribía a Franco advirtiéndole de que su régimen estaba acabado y debía dejar paso inmediatamente a la monarquía, con alusiones insultantes para el Caudillo, al recordarle que Alfonso XIII había salido de España por no mancharse de sangre. Franco replicaba: "Tal ejemplo no puede constituir escuela a seguir por nuestros príncipes, porque sus nobles palabras y su desinterés, apreciables como hombre, no le elevan en cambio como rey. Mucha fue la sangre que se vertió luego como consecuencia de aquel acto" (en Años de hierro)
La vida política, y en general la social, está plagada de conspiraciones, tanto de un signo como de otro. Como todas las obras humanas, estas conspiraciones triunfan unas veces, y otras, probablemente la gran mayoría, fracasan u obtienen solo éxitos parciales. Decir esto es solo reconocer una obviedad. Pero los conspiranoicos van más allá: elevan la conspiración a principio rector de la historia, concentrando los miles de ellas que existen y existirán en un designio monstruoso y diabólico por parte del enemigo, como si no hubiera constantes conspiraciones, a su vez, de orientación contraria. Nos encontramos, así, con una superconspiración responsable de todos los males... ¡y de los bienes!, como la democracia. Si la democracia procede de una conspiración masónica, como dicen algunos –ignorando la tradición de la Escuela de Salamanca, entre otras cosas–, habría que felicitar a los masones. ¿O tendríamos que resignarnos a que los conspiranoicos nos impusieran a todos su modo de pensar, sin libertad de réplica, de expresión, etc., porque ellos se atribuyen en exclusiva "la verdad" y la voluntad de Dios y tenemos la obligación de creerlos y someternos a ellos? Esto sí que sería una superconspiración.
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**** La Asamblea General de la ONU, con su declaración sobre Honduras, defiende el principio de la liquidación de la democracia a través de votaciones. Defiende el principio de Hitler. No olvidemos que la mayoría de los países de la ONU son dictaduras. Pero, ¿y los que no lo son? Por lo visto padecen de impulsos suicidas. La democracia no consiste en simples elecciones: exige la separación de poderes y el respeto a la Constitución y a las leyes que afirman las libertades. Un gobierno que no obra así –como ocurre con el de Zapo– es un gobierno ilegal. El problema, planteado en Honduras, radica en cómo deshacerse de un gobierno delincuente. Es el eterno problema de cómo librarse del tirano, tan claramente planteado por nuestros juristas del Siglo de oro.
Detrás de estos manejos a lo Chaves o Zelaya en Hispanoamérica está una pandilla de "juristas" españoles de izquierdas, según parece: han aprendido la jurisprudencia hitleriana.
**** Por cierto, el caso de Onda Ocho, de Málaga: no puede dejarse en el silencio la felonía del cacicato socialista andaluz contra las libertades. De ello hemos hablado estos días, y habrá que seguir.
**** Ante la retirada de honores a Franco por parte del ayuntamiento de Madrid, Intereconomía ha tenido la idea de pedir la retirada, a su vez, de los concedidos a Largo Caballero y la Pasionaria. La idea es buena si se trata de informar ampliamente al público de quiénes fueron estos dos personajes. Pero es mala, creo, si queda en el trasfondo la equiparación entre uno y otros. Los dos últimos fueron verdaderos obsesos de la guerra civil y de la destrucción de la república "burguesa", y presidieron, como Companys y tantos más, una multitud de crímenes, sin que en su balance político pueda apreciarse otra cosa que el intento de crear en España un régimen parecido al de Stalin. Por el contrario, Franco es, haciendo balance de sus bienes y sus males, el dirigente más positivo y con mayores realizaciones que ha tenido este país en al menos dos o tres siglos, incluido Cánovas: todavía estamos viviendo de su obra, que intentan destrozar los antifranquistas de después de Franco, los antifranquistas de salón. Me ratifico en que "una sociedad que no sepa reconocer y apreciar los méritos de quien la ha beneficiado está condenada a seguir a demagogos (...) Está condenada, muy posiblemente, a perder la libertad" (Franco para antifranquistas).
No, no se puede equiparar a Franco con Largo y la Pasionaria. Si el ayuntamiento ha retirado los honores al primero, hay que exigir que los mantenga e incremente a los otros. Así se retrata mejor su calaña no ya de antifranquistas, sino de antidemócratas, de adeptos a la Ley de la Checa.
**** Antifranquistas de salón. Salón de burdel, vale decir.
**** Basagoiti: "El PNV podía haber hecho más en la lucha contra ETA"
Si llega a hacer un poco más "contra" la ETA, hoy tendríamos un régimen socialista independiente en las Vascongadas y Navarra. Pero no se preocupen, el propio Basa, traidor a María San Gil, está contribuyendo con entusiasmo a esa labor "contra" la ETA. Observen la legalización de su terminal política II, con apoyo del PP.
**** Gabilondo: "Aznar tenía razón y yo no. La solución de ETA está en la Policía"
¿Será posible? ¿Habrá reflexionado? Ojalá. Pero lo dice cuando el gobierno de Zapo, colaborador con banda armada, está enfadado con sus socios en la tarea de desmantelar la democracia española. Aunque sigue la colaboración no lo olvidemos: II. ¡Ah, y cuántos muertos han causado los "errores" del grupo PRISA y de los gobernantes de la "solución política"! Cualquier día pedirán disculpas, supongo, aunque lo mejor sería que se fueran a casa de una vez por todas.
**** Estrasburgo dice que la ilegalización de Batasuna era una "necesidad social"
Tenemos tal desconfianza –en general justificada– en nuestros políticos, que nos vemos obligados a recurrir al exterior. Y de todas formas nuestros trileros políticos, artistas del fraude, ya han encontrado la solución: legalizar a II, un nuevo disfraz de la ETA.
****El patetismo de lo obscenamente trivial: Michael Jackson.



