Abril 2008
30 de Abril de 2008 - 13:00:16 - Pío Moa - 278 comentarios
El Niñato Rojo es, aparte de sus fechorías políticas, el personaje más grotesco, más esperpéntico que ha pasado por el poder en España desde, al menos, la república (la primera). ¿Qué habrían hecho con él Valle Inclán o Muñoz Seca? Evidentemente, falta talento: a un lado titiriteros, al otro casi nada.
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Si Mayor, Aguirre, Vidal Quadras y otros no dan el paso ahora, si se dejan laminar en silencio por Rajoy y sus mequetrefes, adquirirán una responsabilidad histórica ciertamente grave.
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La continuidad del blog:
Parece que la continuidad del blog interesa a más gente de lo que yo creía. Muchas gracias a todos ellos. Bien, trataré de hacer un esfuerzo por mantenerlo, aunque a un ritmo algo menor. E insistiendo: la pasividad es la actitud peor ante los desmanes de un gobierno anticonstitucional y por ello delincuente. Como decía Julián Marías, no debemos preguntarnos "qué va a pasar", sino "qué puedo hacer". Cada cual encontrará respuestas si se lo plantea en serio.
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"El Duque de Alba, Fadrique, había destacado en la guerra contra el reino de Granada y luego había expulsado a los franceses del Rosellón. En 1512 conquistó Navarra con gran rapidez, con apoyo de gran parte de la población y abundantes voluntarios aragoneses y guipuzcoanos. Pero el rey de Navarra, Juan de Albret (bisabuelo del que sería Enrique IV de Francia) volvió enseguida a la carga con el apoyo del rey francés y un ejército con numerosos alemanes y albaneses, además de franceses y navarros partidarios suyos; pero fracasó en su intento. En 1516 lanzaron los franceses otra campaña, también baldía. Más peligrosa fue la de 1521, aprovechando la crítica situación interna de Castilla debida a la guerra de los Comuneros. En el sitio de Pamplona fue herido Ignacio de Loyola, y los franceses llegaron a Logroño, pero fueron vencidos en Noaín y tuvieron que retirarse.
El caso de Navarra ofrece algunas similitudes con el de Borgoña. El rey legítimo era Juan de Albret, de la misma manera que el señorío de Borgoña correspondía a Carlos V. Este exigió a Francisco I, cuando lo tuvo preso en Madrid, que le devolviera aquella región, lo que el francés incumpliría, alegando la afinidad territorial, humana e histórica de Borgoña con el resto de Francia, argumentos por así decir modernos que, en relación con España, valían igualmente para Navarra".
(Nota en Bravuconadas de los españoles, de Brantôme, editorial Áltera).
29 de Abril de 2008 - 17:06:34 - Pío Moa - 55 comentarios
Hoy, en El Economista:
EL CASO DEL YATE VITA
Mucha gente ha oído hablar del yate Vita, pero he podido constatar que muy pocos tienen idea clara del célebre asunto. Lo he tratado en Los mitos de la guerra civil y en Años de hierro, y lo resumiré aquí: una de las primeras medidas del socialista Negrín como ministro de Hacienda de Largo Caballero, ya en 1936, consistió en organizar el saqueo sistemático de bienes públicos y privados, desde el tesoro artístico e histórico nacional o las monedas de oro y plata de los museos hasta las alhajas depositadas en los montes de piedad por gente de pocos recursos, pasando por las cajas de seguridad de los bancos, que hizo descerrajar, literalmente. El inmenso expolio incluyó los cuadros del Museo del Prado, disfrazado como "salvamento".
Al terminar la guerra, gran parte de esos inmensos tesoros pasó a Francia, otra parte fue destruida y una tercera (los cuadros de El Prado, sobre todo) volvió a España. Negrín consignó para México una masa cuantiosa de los bienes robados, transportándola en el yate Vita, antigua posesión de Alfonso XIII con el nombre de Giralda. Pero del asunto supieron Prieto –también socialista y rival de Negrín– y el PNV, y ambos trataron de apoderarse del tesoro. Lo consiguió Prieto de acuerdo con el corrupto presidente mexicano Cárdenas, sin duda con suculenta mordida por medio.
El interés del tesoro, aparte del enriquecimiento personal, consistía en la posibilidad de controlar políticamente el exilio con vistas a un retorno triunfal a España. Negrín, furioso, intentó recobrar "sus" caudales y hubo un intercambio epistolar en extremo revelador entre él y Prieto, por el cual conocemos lo esencial del negocio (aunque algunos aspectos siguen en la sombra). Una de sus derivaciones, ya la comenté en otro artículo, llegaría a la Banca Catalana, de los Pujol.
Suceso en verdad novelesco, que espera su historiador y del que hablaré más.
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LA MINISTRA DEL RAMO TIRA AL MONTE
Leo con asombro en la prensa, que la señora ministra del ramo ha prohibido a los militares leer ciertas cosas en Internet en horas de cuartel y leo con más asombro aun que todo el mundo protesta por ello.
Lo que ha hecho la ministra aunque muy suyo, ha odiado siempre al Ejército y no se lo ha callado, es tirarse al monte, una cerdada muy coherente.
Es evidente que la mayoría de los militares y de los funcionaros civiles, faltaría más, no pierden el tiempo en horas de trabajo.
El remitir y publicar una circular como esta a los militares, hace suponer que, la indocumentada ministra, está segura o cree que los militares durante su trabajo pierden el tiempo con esas cosas.
Eso está muy bien que lo piense de sus compañeros de partido, de ella y hasta de su señor padre, y seguramente tendrá razón, pero no de un colectivo de gente honrada, sea éste el que sea.
Lo hace con intención de humillar y que todo el mundo piense que los militares son unos vagos y la muy grande ministra los va a poner a trabajar por fin.
¿Por qué nuestros ministros serán tan memos? ¡No paran! Y cada vez lo son más, incluido el ¿militar? Que tuvimos.
Parecen insuperables, viene el siguiente. ¡Y son muy superables! Lo que nos queda por ver.
Todos los militares saben que eso está prohibido, ¿a qué la circular?
Hay en el Ejército un método mucho más honrado aunque menos vistoso.
Es fácil, un militar lee en horas de trabajo algo que no sea propio del servicio, se le arresta. ¿Sencillo, no?
¡Pero amigo! Solo se entera él, sus compañeros y la inútil ministra no hace el numerito, que era lo que se pretendía.
Hay una asociación de militares próxima a la UGT, la Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME) que es la que más me ha asombrado, ¿seguro serán militares o serán "emboscaos" (que se decía en Asturias en los años cuarenta)?
No critica que se pretenda con la circular humillar a sus compañeros, seguramente le parecerá muy bien si no son de la UGT, sino que la ministra "Prohíba en horario laboral el acceso a páginas de internet deportivas y de ocio por considerar que la medida pone de manifiesto que trata al militar como a «un ciudadano de segunda», al tiempo que equiparó la restricción con los «filtros» que se ponen a los niños para que no ingresen en páginas inadecuadas".
Eso ya estaba muy bien prohibido por las Ordenanzas, ya desde 1768.
Les recuerdo a mis compañeros de la AUME:
Artículo 72
El oficial cuyo propio honor y espíritu no le estimulen a obrar siempre bien, vale muy poco para el servicio; el llegar tarde a su obligación, aunque sea de minutos; el excusarse con males imaginarios o supuestos a las fatigas que le corresponden; el contentarse regularmente con hacer lo preciso de su deber, sin que su propia voluntad adelante cosa alguna, y el hablar pocas veces de la profesión militar, son pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas.
«Valoramos negativamente esa iniciativa porque todo lo que sea establecer filtros o censuras previas a los militares no entendemos que tenga justificación»,
"todo lo que sea establecer filtros o censuras" si es en horas de labor está pero que muy bien.
Francisco Alamán Castro.
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Volviendo con Ansón, que dice: "En un país democrático como España puede ser ministro de Defensa un militar o un civil, un hombre o una mujer, un homosexual o una lesbiana, un joven de dieciocho años o un anciano de noventa, un cristiano o un budista, un inmigrante negro nacionalizado o una inmigrante china también nacionalizada. No puede producirse según la Constitución española discriminación alguna por razón de sexo, raza o religión."
Insisto: puede, pero no debe ser homosexual ni lesbiana, ni mujer, ni budista, ni inmigrante, ni muchacho ni anciano. A menos, naturalmente, que no existan personas de valía suficiente entre las, en principio, más indicadas. Que todo podría ser, y más en estos tiempos.
En todo caso, no nos equivoquemos, el caso de la tiorrilla frivolona, la del Rubianes, se trata simplemente de una provocación, una más, del Niñato Rojo (nada mejor que nazi) a la sociedad española.
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Ya dicho:
"Como gallego me parece excelente el cultivo del idioma regional, y más si en él se escriben obras interesantes. Lo mismo digo del catalán y el vascuence. Pero es obvio que no debemos exagerar: se trata de idiomas regionales de difusión y utilidad muy limitadas, y los intentos de imponerlos más allá de sus condiciones y tratando de excluir el español común como idioma “impropio”, foráneo, van contra el sentido común más elemental, contra los derechos de las personas y contra los intereses de los propios vascos, catalanes y gallegos, a quienes, entre otras cosas, pretenden mutilar de parte esencial de sus culturas. Sin ser presionados por nadie, los escritores de estas tres regiones se han expresado tradicional y mayoritariamente en el español común, mientras que los separatistas llenan de auténtica basura sus idiomas regionales".
28 de Abril de 2008 - 14:38:38 - Pío Moa - 154 comentarios
Echo un vistazo a un texto de Ética para alumnos de secundaria. Nada de ética, muy al contrario, un compendio de adoctrinamiento político, mal escrito, reiterativo, elaborado como un lavado de cerebro, una sarta interminable de palabrería ajena a cualquier elemento crítico o de experiencia histórica. Los alumnos tienen que aprenderse de memoria todas esas sandeces. Abundantes artículos ilustrativos de… El País. Esta es la educación para la ciudadanía, vieja ya de bastantes años y que ahora quieren, por lo visto, intensificar. ¿Creen ustedes que me refiero a algún libro sociata? De ningún modo: es de ediciones SM, de la religiosa Sociedad Marianista que, compruebo, ha perpetrado otros textos semejantes. Sorprendentemente, la Iglesia ha sido una de las principales vías de transmisión de la ideología progre, y todavía no se observa una reacción suficiente.
El fondo de toda esa basura es totalitario, el "despotismo democrático" (antidemocrático, propiamente), analizado por Tocqueville con visión profética y que hay que denunciar sin tregua, porque es el gran enemigo de la libertad bajo su fraseología buenista: un poder, un adoctrinamiento que "se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril, pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia".
De ahí la juventud del botellón, la droga, el puterío y el voto a Zapo, y también a Rajoy. Todo va junto.
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Un nacionalismo español
Pío Moa
En España no se produjo una elaboración nacionalista algo sistemática, al estilo de las intentadas por los nacionalistas vascos y catalanes. La razón es que la existencia de España se daba por un hecho obvio, opuesto sólo a otras naciones europeas, y su obviedad no exigía construcciones teóricas más allá de la defensa del "honor de la patria" frente a los ataques de franceses o ingleses.
Aun en ese terreno el nacionalismo español, si así se le puede llamar, fue mucho menos extremista que el inglés o el francés, y, como observa W. Maltby, nunca fabricó contra esas naciones acusaciones comparables a las que ellas difundieron contra España en la Leyenda Negra.
Pero a finales del siglo XIX tomó forma un tipo de nacionalismo español ante el reto del desastre del 98, y, secundariamente, de la crítica de los nacionalismos vasco y catalán. De éstos, el segundo simplemente negaba la existencia de una nación llamada España, mientras que el primero la admitía, pero como ajena y enemiga de "Euzkadi" (palabreja inventada por Arana y sin sentido en vascuence). Los teóricos de esos nacionalismos, Arana y Prat de la Riba, se aplicaron a demostrar que los vascos y los catalanes constituían naciones y a exaltar sin tasa cuanto pudiera llenar a sus paisanos de orgullo desmedido y hundir el prestigio hispano. De paso, la historia anterior de vascos y catalanes quedaría reducida a una miseria bajo el yugo infame de España o de "Castilla", fomentando un victimismo tan desmesurado como aquel orgullo. Nacionalismos ambos realmente exacerbados y excluyentes.
El nacionalismo español que surge por aquellos años bajo el nombre genérico de "regeneracionismo" recuerda a estos dos, como ya señalé en otro trabajo, por su ataque feroz al pasado español, visto como una suma de errores y miserias, como una "anormalidad" o una "enfermedad"; por el ataque no menos furioso al régimen liberal de la Restauración; y por un europeísmo vago y desigual, pero a veces vehemente.
El regeneracionismo fue más un estado de espíritu que una doctrina, y no originó un movimiento homogéneo, aunque influyera en diversos partidos, de izquierda y de derecha. Uno de ellos sería la Unión Patriótica, de Primo de Rivera, para la cual José Pemartín y José María Pemán elaboraron algo parecido a una doctrina nacionalista.
Esta doctrina recogía de Costa la idea del "cirujano de hierro" que, ante la incapacidad de la política parlamentaria, reconduciría al país a la prosperidad y la grandeza por medios autoritarios. Sin embargo difería del regeneracionismo en considerar a España no una nación frustrada o plagada de vilezas, sino una nación con un gran pasado, fundamental en el devenir de la humanidad, de Europa y América especialmente, aunque con períodos de profunda decadencia, como el de Carlos II o la más próxima Restauración, o al menos los últimos treinta años de ella. Por otra parte, unía la nación española al catolicismo: si en el pasado glorioso habían ido juntas nación y religión, revitalizar la alianza garantizaría el resurgir hispano. Otro punto más: la monarquía también era declarada consustancial con el ser nacional.
Esta construcción teórica tiene un aire arcaizante, y ha sido objeto de burlas y ataques, tanto desde los nacionalismos balcanizantes como desde ideas republicanas o revolucionarias, que, sin embargo, han solido ser mucho más primarios en sus teorizaciones. Las de Arana o Prat de la Riba llegan a ser realmente simples. Por otra parte, algunas ideas expuestas por Pemán, sin ser originales no dejan de tener interés.
Según él, "o se admite que el hombre es sociable por naturaleza y, por tanto, que la sociedad es un hecho natural (teoría tradicional cristiana), o se admite que el hombre no es sociable por naturaleza y, por tanto, que la sociedad es un hecho artificial (teoría del paco social de Rousseau)". En el primer caso habría algo esencial en la sociedad, por debajo de sus aspectos cambiantes. En el segundo, la sociedad puede concebirse arbitrariamente, según "la amplitud y variedad de las voluntades que pactan".
La nación, como sociedad, es natural: "No es un agregado amorfo de individuos cuya organización depende de nosotros. No; la Patria es un ser natural, una criatura con una forma propia (…) no una mole, sino un organismo; no un simple agregado de individuos, sino un agregado de Sociedades subalternas que son otros tantos seres vivos con su correspondiente inmanencia vital".
En este sentido opone el patriotismo al nacionalismo, el cual recibe una dura crítica: "el individualismo del siglo pasado pasó un rodillo nivelador sobre la sociedad, destruyó todo lo que era perfil y estructura de ella —municipio, clase, corporación, gremio— y no dejó más que un conjunto amorfo y desorganizado de individuos que se decían soberanos" (p. 28). De ahí que, "concebida la Sociedad-Nación como un producto contractual de las soberanas voluntades individuales que la forman, se supone que esas voluntades, al pactar, transmiten su soberanía a la Sociedad Nación, quedando ésta, en consecuencia, investida de un poder absoluto. Desaparecen, por tanto, todos los límites y contenciones de la Nación; por abajo desaparecen todas esas contenciones orgánicas formadas por las sociedades inferiores y autónomas que la Nación comprende; por arriba desaparecen todas las contenciones espirituales de la Iglesia y todas las contenciones internacionales del orden mundial y humano de que la Nación forma parte. El nacionalismo es, en definitiva la deificación de la Nación". Resultado de tales excesos habría sido la I Guerra Mundial.
También los nacionalismos de Arana y de Prat de la Riba se decían informados por el catolicismo. Pero Arana ve en la nación vasca algo más o menos divino, y él mismo sería considerado por muchos seguidores como "el Jesús vasco". Y los catalanes proclamaban en sus folletos de adoctrinamiento masivo que su doctrina "tiene por Dios a la Patria". Debe admitirse que el nacionalismo español al estilo primorriverista era mucho más razonable o, si se prefiere, menos mesiánico que los otros dos, o que los surgidos en Galicia, Andalucía y otras regiones.
La crítica se extiende al estado. Si la nación es una sociedad natural, el estado no pasa de ser "la organización jurídica de la Nación", dedicada a "tutelar, completar y armonizar" la vida de las también naturales sociedades intermedias (desde la familia al municipio, la región, el sindicato, etc.), "sin invadirlas ni ahogarlas". Pero el individualismo aboca a lo contrario. Los individuos, indefensos a causa de la destrucción de las sociedades intermedias, debían confiarlo todo al estado como supuesta concreción de su voluntad contractual. Y "el Estado, como un dios, lo invadió todo", y convirtió todo en política". De aquí nació el Municipio político, la enseñanza oficial, la Universidad centralizada, etc. Hasta la familia quedaría politizada.
Pemán ve ahí una seria desviación: "El estatismo es una tesis brillante y peligrosa en estos días en que los hombres están hambrientos de orden y autoridad" (55), pero opuesta a "la tesis social cristiana", según la cual "la sociedad es para el individuo, no el individuo para la sociedad". El estatismo amenazaría "una de las mayores conquistas cristianas [que] fue la conquista de la dignidad humana". Algunas aspiraciones del socialismo podrían realizarse, pero sólo "en el marco de la propiedad y el orden racionalmente utilizados".
La crítica atañe a nacionalismos del tipo del vasco o el catalán, así como al socialismo, cuya raíz encuentra en el individualismo liberal. Sin embargo, los pensadores liberales también habían previsto el peligro de una democracia degenerada en despotismo bajo la protección omnímoda de un estado en apariencia benévolo. Ese peligro podía salvarse mediante la vertebración social en una multitud de asociaciones particulares, desde las cuales los individuos pudieran defender sus intereses. Según Pemán, son estas libertades individuales las que empujan al nacionalismo extremo y al despotismo, al arrasar las "sociedades intermedias". Pero éstas no sólo no quedan arrasadas, aunque puedan cambiar en muchos aspectos, sino que, por el contrario, las libertades multiplican todo tipo de nuevas sociedades culturales, comerciales, políticas, recreativas etc., que vertebran la sociedad de modo mucho más complejo y efectivo que las tradicionales del Antiguo Régimen a las que, con ciertas modernizaciones, parecían adherirse estos críticos de la Restauración.
Ciertamente el nacionalismo primorriverista, luego prolongado en el franquismo, nos parece hoy arcaico, pero vale la pena señalar que, incluso como versión extrema de un nacionalismo español, al que tanto atacan los Pujol, Arzallus y compañía, resulta mucho más moderado y menos totalitario que el que éstos profesan.
27 de Abril de 2008 - 10:42:09 - Pío Moa - 46 comentarios
(De un viejo artículo)
Los seguidores de Arana aspiraban lisa y llanamente a apartar a las Vascongadas y Navarra del resto del país, en función de una invocada y exaltada especificidad racial, cultural y religiosa en peligro de contaminación por la relación con Maketania. Los partidarios de Prat, en cambio, rechazaban un centralismo liberal cuya realidad y efectos exageraban, y le oponían una idea de España como confederación sumamente laxa de "naciones", cada una con sus leyes, idioma oficial, sistema fiscal y hasta milicias propias. Pintaban de color de rosa esa perspectiva, con promesas de una España más viable y más "grande", y el chantaje implícito de que, de otro modo, terminarían separando a Cataluña. En el fondo de ese ideal latía una contemplación romántica de la Edad Media, y resultaba difícilmente viable, pues su "España grande" podría romperse casi con cualquier pretexto. Si, por ejemplo, los nacionalistas catalanes consideraban su influencia en el conjunto inferior al nivel que ellos estimaran adecuado, ¿qué pasaría? No obstante, esta visión de España, expresada por lo común vagamente, iba a extenderse a buena parte de la izquierda e incluso a sectores conservadores, oponiéndola a la idea liberal de España como una nación unificada y centralizada con mayor o menor flexibilidad.
Los teóricos del nacionalismo suelen resaltar el auge de estos nacionalismos como la prueba de que el nacionalismo español había fracasado en sus medidas centralizadoras en el siglo XIX. En parte –sólo en parte– es cierto, pero aún es más cierto que esos nacionalismos periféricos fracasaron, y no en parte, sino a lo largo de todo el siglo XX, en sus intentos de romper la unidad española o reducirla a un formalismo ineficiente.
¿Por qué no cumplió plenamente sus objetivos el liberalismo en el siglo XIX? Creo que se debió en buena medida al persistente apego de la población hacia las divisiones del Antiguo Régimen. Ese apego nacía del modo como penetró el liberalismo en España, como secuela de una invasión napoleónica signada por mil atrocidades, tropelías contra la Iglesia, e intentos de dividir el país. Por ello mucha gente descalificó al liberalismo por "extranjero" y "anticatólico". En todo caso no se le encontraba una clara legitimidad, y las nuevas ideas arraigaron sólo en el ejército y en capas estrechas de la población. En cambio, el antiguo régimen, incluyendo sus tradicionales divisiones entre reinos, diversidad de normas, etc., fue identificado por grandes masas con la defensa de la patria y la religión. No otra cosa significó el carlismo. La reivindicación de los viejos reinos y regiones sería recogida por los románticos y transformada en separatismo por los nacionalistas a finales del siglo.
Pese a todo, la España liberal alcanzó un éxito considerable, porque su proyecto de unificación más estricta y moderna partía de un hecho real, la unidad muy anterior del país, sentida de manera general por sus habitantes. Por encima de las divisiones heredadas de la Edad Media existía una común autoidentificación como españoles. De otro modo la tentativa centralizadora habría zozobrado en cuanto chocase con las fuerzas disgregadoras. Que no ocurriera así revela el fracaso mucho mayor de estas últimas.
La incompleta victoria del liberalismo dio como fruto una tensión persistente entre dos ideas de España a lo largo del siglo XIX, la liberal y la carlista, y entre el proyecto de España y el de su destrucción durante el siglo XX. Esas tensiones han sido un aspecto muy importante, aun si no el más importante, de la historia del país en estos dos siglos.
La Restauración pudo, tal vez, haber afrontado sin demasiado temor al conjunto de sus enemigos, y así pareció por unos años. Pero el "Desastre" del 98 tuvo otros efectos, a la larga desintegradores del sistema. Un éxito de la Restauración había sido la superación del golpismo militar, propiciado antaño por los liberales extremistas o jacobinos mediante los pronunciamientos. La época del protagonismo político del ejército –promovido generalmente por los partidos–, parecía superada, pero después del 98 se expandió por el país, fomentado por los grupos radicales, un ambiente de desprecio y aversión hacia los militares, y en éstos una reacción peligrosa y desestabilizadora, como se vería en algunos momentos.
Aún más grave, seguramente, fue la defección o la hostilidad hacia el régimen por parte de una alta proporción de intelectuales, en particular los de mayor influencia sobre la opinión pública, en el fenómeno de gran alcance que solemos llamar –sin muchas aspiraciones de precisión– "regeneracionismo". Esta palabra se puso de moda, indicando algo más profundo que la mera decadencia, una degeneración previa de España, de la que urgía salir con medidas drásticas.
Ya de antes venían alzándose voces, como las de Mallada, Ganivet o el cardenal Cascajares, en pro de cambios orientados a impulsar la prosperidad y el orden, y a cerrar con presteza la brecha entre España y "Europa", es decir, la Europa rica. A su manera también el nacionalismo de Prat –no así el de Arana– tenía algo de regeneracionista para el conjunto de España. Pero después del 98 la exigencia de regeneración se convirtió en un clamor en medios intelectuales y políticos, hasta hacerse una de las actitudes más características de la época. Hubo un "regeneracionismo" del propio régimen, muchos de cuyos políticos comprendieron la necesidad de reformas para hacer frente a las exigencias de la nueva época; pero la corriente decisiva, de carácter sobre todo intelectual, tuvo distinto carácter.
La opción regeneracionista
Los regeneracionistas no formaron un movimiento propiamente dicho, aunque hubo algunos intentos al respecto. Más bien crearon un estado de opinión o una actitud difusa, pero reconocible, sobre España y sus problemas. El principal teorizador de esta corriente fue Costa, y en ella entran muchos de los más dotados intelectuales de la época, como Ortega, Azaña o Maeztu, aunque la evolución de unos y otros siguieran rumbos diferentes. Había al menos cuatro puntos de coincidencia: necesidad de construir o reconstruir la nación española, condena del pasado español, identificación de "Europa" como panacea o bálsamo a las heridas del país, y hostilidad extrema hacia la Restauración y su ideología liberal.
Cada uno de estos puntos merece atención. Hasta entonces la "nación española" o la "patria española" se habían presentado como ideas evidentes, apenas necesitadas de comentario; pero los regeneracionistas, o buena parte de ellos, hacían pasar el concepto de nación a primer plano, aun sin definirlo con mucha claridad (hasta ahora no existe un acuerdo unánime sobre lo que es una nación); y el nacionalismo debía sustituir al patriotismo, sentimiento tenido a veces por vago y arcaico. En rigor, la nación apenas habría existido antes, lo cual, en el sentido dado al término desde la Revolución francesa, pero sólo en ese sentido, tenía algo de verdad, y por tanto urgía formarla o reformarla de arriba abajo.
En cuanto al segundo punto –concluía un Costa conmocionado por el "Desastre"–, la historia española constituía una fundamental desviación del que debiera haber sido su camino, por lo que había desembocado en "una nación frustrada". En consecuencia preconizaba "fundar España otra vez, como si no hubiera existido". Aunque sus recetas, resumidas en lemas como "Escuela y despensa", no dejaban de sonar razonables, también algo simples, se envolvían en una visión de la historia española dramatizada y caricaturizada hasta extremos pueriles. Ortega, Azaña y muchos más coincidían en considerar al país una nación sin formar, o deformada, o anormal. Se puso de moda especular sobre lo que debía haber sido España o cuándo había empezado la desviación o la pérdida de la "normalidad". Azaña opinaba que desde la derrota de los comuneros en Villalar, en el siglo XVI, todo había ido a tuertas; otros renegaban del rumbo euroamericano tomado en aquel siglo por la política española la cual, argüían, debiera haberse volcado en África, su campo de expansión "natural". No faltaba quien llevaba el origen de la desviación hasta el siglo VI, con la conversión del rey godo Recaredo al catolicismo, engendradora de la nefasta alianza entre la oligarquía y el clero. Dentro del racismo de los tiempos –harto diluido en España–, no faltaban avisos descorazonantes sobre la escasez del elemento "ario" en el país. Esas estériles lucubraciones pasaban por ejercicios intelectuales de envergadura.
Las antaño consideradas gestas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, la conquista y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los turcos y de los protestantes, etc., eran miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas por los refundadores del país. Para ellos, España había sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los "buenos" habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes. La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, exceptuando de él a algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los críticos. Para concluir, España y sus clases dirigentes habían estado "enfermas" durante siglos, aseguraba Ortega, y nada debía esperarse de sus tradiciones. Azaña llegaría a comparar estas últimas, ya en 1930 y sin protesta de nadie, con la sífilis hereditaria. Por suerte, y gracias a su labor esclarecedora, "los españoles estaban vomitando las ruedas de molino que durante siglos estuvieron tragando".
El desdén por lo español alcanzó tales cotas que Menéndez Pelayo, quizá el investigador y ensayista más notable de su tiempo, protestó en sus conocidas frases: "Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas (…) emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan (…), hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía (…) Un pueblo viejo no puede renunciar (a su cultura) sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil". Sin embargo, la voz de Menéndez Pelayo quedó aislada. Desde luego, muchos otros pensaban como él, pero callaban ante el ímpetu, la seguridad y el derroche de indignación moral con que los regeneradores envolvían sus diatribas.
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A partir de ahora escribiré en la última página de Epoca. Este es el primer artículo:
PARA ENTENDER LO QUE PASA
Dado el ruido que origina la política en el día a día, mucha gente termina sin entender casi nada de lo que ocurre. Veámoslo muy en resumen.
Cuando el PSOE ganó las elecciones de 2004, estaba en vigor el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. El mismo sentaba las bases de un acuerdo de los grandes partidos nacionales en cuestiones de estado, para impedir la desestabilización de la democracia y afrontar las principales amenazas a ella: el separatismo y su manifestación más radical, el terrorismo. Curiosamente, fue la dirección del PSOE quien propuso el Pacto y también, como hoy sabemos, quien procedió a traicionarlo en secreto, buscando el acuerdo con los terroristas.
Ganadas las elecciones por ZP tras el mayor atentado de la historia de España –cuya autoría intelectual sigue desconocida y la material dudosa, tras un proceso dirigido por un juez politizado–, el nuevo gobierno lanzó un programa político que invertía radicalmente el sentido del Pacto. Sus puntos básicos pueden resumirse así:
a) “Proceso de paz” consistente en el acuerdo con la ETA y el aislamiento del PP so pretexto de un “final de la violencia”… mediante el socavamiento de la Constitución y del estado de derecho. La clave, el Estatuto de Cataluña: reducción del estado central a “residual”, división de la nación, de hecho o de derecho, en un conglomerado de “naciones” al gusto de los ambiciosos políticos locales, y transformación ilegal del régimen español en una confederación. “Diálogo” con los asesinos, silenciamiento de sus víctimas directas, que intentó aplicar Peces Barba, e intimidación de la sociedad: denunciar el ataque a la Constitución supondría “crispar”, impedir “la paz”, etc.
b) “Alianza de civilizaciones”, entendimiento con las tiranías del Tercer Mundo y claudicación ante el despotismo marroquí, que probablemente apunta a la entrega de Ceuta y Melilla.
c) “Memoria histórica”, falseamiento sistemático del pasado, deslegitimación de cuanto proceda del franquismo y legitimación de las checas, el maquis y, nuevamente, la ETA. Los socialistas, comunistas, separatistas, etc., habrían defendido en 1936 la democracia bajo la batuta de Stalin, falsedad palmaria impulsada a través de la manipulación de los medios de masas y de una universidad degradada, culminada en una ley de corte totalitario, que trata de imponer desde el poder una versión partidista de la historia. Torpedo contra la reconciliación ratificada en la transición y contra la democracia y la monarquía actuales, pues ambas proceden claramente del franquismo.
d) Ataque a la igualdad ante la ley en nombre de la “igualdad de sexos” o “de género”. El marxismo negaba la igualdad ante la ley, base de la democracia, pretendiendo que lo importante era la “igualdad económica”. De ello resultó el atraso y brutales dictaduras en muchos países. Abandonado –pero no sustituido– el marxismo por el PSOE, la maniobra contra la democracia se efectúa invocando la igualación utópica de sexos, afortunadamente desiguales por físico, temperamento e inclinaciones. Uno efecto evidente es la corrosión de la familia, con sus secuelas de desintegración moral, violencia “de género”, etc. Tema necesitado de análisis en profundidad, como el realizado con el utopismo económico, que la izquierda ha debido dejar de lado.
Y esto pasa. De todo ello habrá mucho que hablar.
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LOS PROBLEMAS DE RAJOY
Frente a Zapo, Rajoy invocó "los problemas que preocupan a los españoles", "los intereses de los españoles", ya saben ustedes, las hipotecas y hablar inglés, básicamente, o sea, la nena angloparlante que el señor Futurista llevaba en el corazón y la cabeza. Parece que los españoles, incluido un alto porcentaje de los votantes del PP, pensaron de otro modo sobre sus propios problemas e intereses. Pero el Futurista no se da por vencido, y frente a la oposición interna del partido vuelve a la carga con el argumento. No hay ideas que debatir, porque él, desde luego, no las tiene, y sus posibles contrincantes no osan expresarlas ni argumentarlas: apelan a la democracia pero son incapaces de hacer uso de ella.
La línea de Rajoy y los suyos está ya lo bastante clara, me parece, hasta para los más ingenuos. La presión del descontento en el propio partido le obligará probablemente a algunas maniobras y concesiones aparentes, pero el asunto no tiene vuelta de hoja. Rajoy no representa la integración de diversas corrientes en el PP, sino el triunfo de una de ellas, casi seguro la más minoritaria, mediante una especie de golpe palaciego, o genovés).
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En El economista, el martes pasado:
CUESTIONES DE TÁCTICA
Señalaba Stanley Payne que comunistas y fascistas han empleado tácticas distintas para conquistar el poder. Los primeros han preferido el asalto revolucionario, mientras que los nazis optaron por llegar al poder legalmente para desde él destruir las bases de la democracia, explotando sus normas en un proceso de apariencia legal. Así procedió Hitler, especialmente, y así procede el actual gobierno de España. No otra cosa es su proceso de destrucción de la Constitución (“proceso de paz”), su alianza con las dictaduras del Tercer Mundo (“Alianza de civilizaciones”), su socavamiento de las bases de la monarquía y la democracia, a base de falsificar el pasado (“Ley de memoria histórica”), o su ataque a la igualdad ante la ley en nombre de la “igualdad de género”.
En la “cultura” socialista española los valores democráticos nunca han tenido ningún peso, aunque se invocaran a menudo, como se han invocado unos “cien años de honradez” perfectamente imaginarios. Marxista hasta hace relativamente poco, el PSOE renunció muy tardíamente a esa ideología, la más totalitaria del siglo XX; pero lo hizo solo porque los socialdemócratas alemanes le indicaron que con ella no alcanzaría el poder. No hizo ningún análisis teórico ni histórico ni sustituyó el marxismo por otra cosa. Y se ha inventado un pasado como si tal ideología no hubiera tenido ningún efecto; es más, como si hubiera tenido un efecto positivo.
Una política así exige métodos como el adoctrinamiento ideológico desde la infancia (“educación para la ciudadanía”), la eliminación de la independencia judicial (“entierro de Montesquieu”), el acuerdo con separatistas y terroristas, más el acoso y silenciamiento de sus víctimas directas o la intimidación de la sociedad (protestar significa “crispar”, oponerse a “la paz”) Etc.
Todo ello empuja nuestro sistema de libertades hacia una democracia bananera.
Después…
26 de Abril de 2008 - 11:36:15 - Pío Moa - 62 comentarios
(Consideración al margen: ¿se han percatado ustedes de cómo el señor Rajoy lleva tiempo empleando como argumento, incluso como el principal, que él “está en plena forma para ser presidente”, que “quiere ser presidente”, que está decidido a ello y que lo haría muy bien, en suma? Argumentario infantil y contraproducente, alejamiento de la realidad y atisbo de una salud mental no tan en plena forma. La política, en cualquier caso, no se hace así. Rajoy ha sido un personaje nefasto que puede diluir al PP en la nada ideológica y llevarlo a la disgregación. Mientras, los Mayor Oreja, Aguirre y compañía, empeñados en disputar a los Arriolos y Sorayos los favores de Rajoy, en lugar de elaborar y establecer una alternativa. No se han percatado aún de que Rajoy es Arriola y Soraya ¡Qué perspicacia y altura política! Dan por perdida la batalla antes de empezarla)
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Hace semanas el recogenueces Ibarreche fue a dar una conferencia en una universidad useña. Se levantaron protestas entre españoles de allá, que al final terminaron en nada. De lo que se trata es de aprovechar tales eventos para lanzar una campaña de información a la opinión pública, en este caso useña. He aquí el texto de una conferencia que di en centreos universitarios de Varsovia y Cracovia, y que podría servir, probablemente. Pues la mayor parte de la gente, en la misma España, apenas sabe nada de las doctrinas e historia de estos nacionalismos, pese a su creciente peligro.
LOS NACIONALISMOS CATALÁN Y VASCO EN LA HISTORIA
Razones de su expansión
Trataré aquí de sintetizar las ideas de estos movimientos, así como su actuación a través de ciertos sucesos clave que manifiestan su carácter y papel político. Tales nacionalismos se definen, lógicamente, en relación con España, tenida por el enemigo a derrotar en el nacionalismo vasco, y negada simplemente en el catalán. Son un fenómeno históricamente reciente, pues nació a finales del siglo XIX, cobró impulso con el "Desastre" de 1898 y desde entonces se configuró en Cataluña y en Vascongadas como un factor importante en la vida política española, excepto durante las dictaduras que ocupan casi la mitad del siglo.
Estos movimientos derivan de los regionalismos, productos del Romanticismo del siglo XIX, con su exaltación de algunas tradiciones, del "espíritu popular" y de la Edad Media. Los regionalismos arraigaron en varias partes de España, pero sin tono antiespañol, y sólo en Cataluña y País Vasco derivaron en nacionalismos fuertes. ¿Por qué ocurrió así, y no prendió algo similar en Galicia --donde el nacionalismo ha tenido poco empuje--, o en Valencia, Baleares, Andalucía, Canarias, etc., donde el nacionalismo pudo haber explotado motivos lingüísticos u otros? Una explicación suele hallarse en el empuje industrial vasco y catalán. Sin embargo es obvio que el nacionalismo no tuvo nada que ver con las industrializaciones, ambas anteriores a él, y que las habrían perjudicado seriamente, al romper el mercado español. La burguesía catalana mostraba celo españolista en pro del mercado, y el nacionalismo vasco exaltó más bien una idealizada sociedad rural y bucólica. La industrialización influyó, pero lo hizo de modo indirecto, como un sentimiento de superioridad bien explotado por los nacionalistas. Como observa Cambó, "El rápido enriquecimiento de Cataluña (…) dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas"(1). Es decir, los nacionalismos fomentaron y explotaron ese sentimiento de orgullo, combinándolo con otro de victimismo, pero no fueron, desde luego, los causantes de aquella riqueza.
Otra explicación podría estar en la memoria de los antiguos fueros. Pero en realidad de ellos quedaba en Cataluña, en el siglo XIX, poco más que un rescoldo sentimental, y su abolición por Felipe V había derivado algo más tarde en la recuperación económica catalana, al abrirle de lleno los mercados del resto de España y de América. En Vascongadas, la abolición de los fueros en 1876, a causa de la guerra carlista, también facilitó la expansión industrial vasca, y, como muestra Juaristi (2), la reivindicación foral tuvo escaso eco inmediato. No obstante, como motivo sentimental y político invocado a posteriori, no dejó de tener también cierta relevancia.
Suele aludirse asimismo a las peculiaridades culturales e históricas, a los "hechos diferenciales". Pero esas diferencias preexistían de largo tiempo atrás, y también en otras regiones, y no habían dado pie a tales movimientos. El catalán o el vasco corrientes, aunque conscientes de esas diferencias, se sentían españoles. Como recuerda Cambó, todavía en 1898, "cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos hallásemos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras aspiraciones"(3). Aún más expresivo resulta Sabino Arana, con sus imprecaciones y amenazas a los malos bizkaínos: "El yerro de los bizkaínos de fines del siglo pasado y del presente (…) es el españolismo". "Nuestros padres vertieron su sangre en Padura (se refiere a una supuesta batalla de hace once siglos) para salvar a Bizkaya de la dominación española, por la libertad de la raza, por la independencia nacional. Nosotros ¡miserables! hemos vendido el fruto de esa sangre a los hijos de sus enemigos y hemos escupido al sepulcro de nuestros padres. ¡No sabían los bizkaínos del siglo noveno que con la sangre que derramaban por la Patria, engendraban hijos que habían de hacerle traición!". "Vosotros, cansados de ser libres, habéis acatado la dominación extraña" "Si no queréis abandonar esos caminos por donde os llevan los enemigos de Bizkaya; si os obstináis en ayudar al verdugo de Bizkaya (…) ¡Que vuestros nietos os maldigan y os execren!". "¡Cuándo llegarán los bizkaínos a mirar como a enemigos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!" Y así sucesivamente. Arana nunca defrauda.
Observemos, además, que el ancestral sentimiento español de vascos y catalanes marca una diferencia clave con nacionalismos como los de Europa central, donde las minorías integradas en los imperios austríaco, turco o ruso, como los checos, los serbios, los búlgaros o los polacos nunca se sintieron austríacos, turcos o rusos. La integración del País Vasco o de Cataluña en España tampoco procede de invasiones o conquistas, como las de aquellos pueblos centroeuropeos, o la de Irlanda, Quebec, etc.
Por tanto, los factores señalados no explican gran cosa. Los nacionalistas supieron aprovecharlos, pero no conducían de por sí a una idea de separación. La impresión de que existía un caldo de cultivo muy favorable a los nacionalismos en Cataluña y Vasconia es difícil de sostener. Los apóstoles de las nuevas ideas trataban de oponer el sentimiento vasco o catalán al sentimiento español, cuando antes la gente no encontraba esas cosas contrarias, y, en realidad, desarraigar o debilitar en parte importante de los vascos y los catalanes el sentimiento hispano, requirió un esfuerzo muy arduo y una habilidad muy notable.
La tarea exigía dirigentes capaces y entregados, y creo que en buena medida el éxito de ambos nacionalismos se debe precisamente a eso, a que encontraron sus profetas, sus líderes fervorosos e iluminados, consagrados en cuerpo y alma a una misión a su juicio redentora. No encontramos en el nacionalismo gallego u otros a personajes tan enérgicos y diestros como Arana, Prat de la Riba o Cambó. Una tradición ya larga explica la historia por causas materiales más o menos cuantificables, pero en cuanto indagamos los hechos topamos siempre con imponderables como el carácter de los dirigentes. Por ejemplo, sin Lenin resulta inimaginable la revolución rusa, socialista en un país agrario y sumamente atrasado, cuando la mayoría de los propios jefes bolcheviques vacilaba ante el golpe revolucionario, si es que no lo rechazaba. El caso interesa porque son precisamente los marxistas quienes más han insistido en la primacía de las llamadas "condiciones materiales" u “objetivas”.
Tanto Arana en Vasconia como Prat de la Riba en Cataluña, muestran en sus escritos la convicción absorbente de haber descubierto una nueva luz destinada a alumbrar en lo sucesivo la marcha de los vascos y los catalanes. Cambó resolvió siendo joven consagrar sus energías y su notable inteligencia a la causa nacionalista, al punto de renunciar al matrimonio en aras de ella. Ese espíritu exaltado lo sintetizará Prat de la Riba en su célebre frase: "La religión catalanista tiene por Dios a la patria". Arana deploraba "cuán difícil y penosa es la labor que nos hemos impuesto, de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos!", pero advirtió en su discurso de Larrazábal que, si fracasara, abandonaría Vizcaya, y "si tan triste caso llegara, juro (…) dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres". No sabemos qué recuerdo sería, aunque en su intención debía de ser terrible. En cualquier caso no cabe dudar de su determinación.
El antiespañolismo en Arana y en Prat de la Riba
Los métodos para desespañolizar a catalanes y vascos se parecieron. Un ataque inclemente a España o a Castilla, más una historia de agravios y, simultáneamente, un halago desmesurado a lo autóctono: "Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes", dice Prat, para lo cual debían combinarse "los transportes de adoración" a Cataluña con el odio a los supuestos causantes de sus males, los castellanos, pese a que Castilla había dejado hacía mucho de representar un poder hegemónico o director en España. "La fuerza del amor a Cataluña, al chocar contra el obstáculo, se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó". Había que "resarcirse" de una supuesta "esclavitud pasada". "Tanto como exageramos la apología de lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida". O, como observa más sobriamente Cambó, "El rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas" (4).
En resumen, escribe Prat: "Son grandes, totales, irreductibles, las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar nada más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín en los tiempos de la gran unidad romana, nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que al fin y al cabo, más o menos, nos entiende: les separa la lengua". De creer a Prat, nadie entendía el español común fuera de Castilla, si acaso Andalucía o Canarias, y un catalán preferiría --o más bien debía preferir, de acuerdo con la nueva doctrina-- la compañía de su perro a la de un castellano, un gallego o un vasco. Su visión histórica resalta cuando opone "el gótico y el románico de nuestros monumentos" a "la Alhambra o la Giralda", como si a Cataluña la caracterizasen el gótico y el románico, y al resto de España la tradición árabe. Para él, "Bien mirados los hechos, no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada". Debía erradicarse lo que él llama la “monstruosa bifurcación de la conciencia catalana”, que hacía sentirse español al catalán. España no pasaba de ser un aparato estatal, sin sustancia de nación.
Tanto Prat como Arana se consideraban católicos fervientes, pero Arana va más allá que Prat, y exclama indignado: "¡Católica España! Y ¡afirmarlo ahora que cualquiera (…) lee periódicos y libros! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica".
Arana decía ver en la mayoría de los españoles "el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis en sus rostros la expresión de la inteligencia humana ni de virtud alguna; su mirada solo revela idiotismo y brutalidad". Ante tan lamentable hecho, el inteligente y virtuoso Arana clamaba entre asombrado y furioso: "euskerianos y maketos ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas". Estas frases condensan el programa aranista: sustituir la amistad y fraternidad por una dura hostilidad. Así advierte al vasco renuente a sus doctrinas: "si el maketo, penetrando en tu casa, te arrebata a tus hijos e hijas para quitar a aquellos su lozana vida y prostituir a éstas… entonces, no llores". La raza bizkaína, "singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española, ni con la francesa (…) ni con raza alguna del mundo", "la nación más noble y más libre del mundo", sufría "humillada, pisoteada y escarnecida por España, esa nación enteca y miserable". Y fulminaba a sus paisanos: "Habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa". En fin, "era antes vuestro carácter noble y altivo, a la vez que sencillo, franco y generoso; y hoy vais haciéndoos tan viles y pusilánimes, tan miserables, falsos y ruines como vuestros mismos dominadores", concluye con nobleza y generosidad peculiares.
No extrañará que Arana contestara con desprecio a los primeros tanteos fraternos del nacionalismo catalán: “Cataluña es española por su origen, por su naturaleza política, por su raza, por su lengua, por su carácter y por sus costumbres”. “Ustedes, los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región de España”. Por tanto, señala sin piedad: “Maketania comprende a Cataluña”, y para más claridad, “Maketo es el mote con que aquí se conoce a todo español, sea catalán, castellano, gallego o andaluz”. En consecuencia, aclaraba a lo nacionalistas catalanes, “jamás haremos causa común con las regiones españolas”. Naturalmente no excluía “entendernos en la acción definitiva” contra España, pero en todo caso, “jamás confundiremos nuestros derechos con los derechos de región extranjera alguna”.
Así pues, si España no existía, según Prat, o era tan irrisoriamente inepta y ruin como decía creer Arana, la misión que ambos se atribuían debía haber resultado muy cómoda. Y muy difícil, en cambio, explicar dónde había estado durante siglos Cataluña, o cómo se había producido la supuesta sumisión de los vascos. Pero estas dificultades nunca les preocuparon mucho. Sea como fuere, el halago exaltado a un grupo social, combinado con el señalamiento de un enemigo culpable de todos los males, sugestiona fácilmente a mucha gente, si se insiste en ello con tenacidad
*. Y así fue.
A estas campañas ayudó de forma decisiva el "desastre" del 98, como recordaba Cambó. Si en el terreno económico aquella derrota tuvo poco efecto, y el desarrollo español incluso se aceleró luego, supuso en cambio una profunda quiebra moral y psicológica, que dio alas a los movimientos radicales, desde el socialismo revolucionario y el anarquismo a los nacionalismos. Así fue posible que a los pocos años Prat asegurase, con alguna base: "Hoy ya, para muchos, España es sólo un nombre indicativo de una división geográfica".
Los programas del nacionalismo vasco y el catalán
Aun con estas similitudes, y con un nivel intelectual no muy destacable en ambos naconalismos, existen fuertes diferencias entre el programa nacionalista de Prat y el de Arana. El primero anhelaba "más que la libertad para mi patria. Yo quisiera que Cataluña (…) comprendiera la gloria eterna que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia del ejército de los pueblos oprimidos (…) Decidle que las naciones esclavas esperan, como la humanidad en otro tiempo, que venga el redentor que rompa sus cadenas. Haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones". Ello no le impedía proclamar al mismo tiempo una vocación imperialista, pues el imperialismo "es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo". Cataluña debía convertirse en el elemento hegemónico de un imperio ibérico extendido desde Lisboa al Ródano, para luego "expandirse sobre las tierras bárbaras".
Claro que este programa, aparte de resultar ya anacrónico y, en su aspecto mesiánico, un tanto pintoresco, traería fuertes tensiones, quizá incluso bélicas, con Portugal y con Francia. Además, ¿qué autoridad moral podían tener los nacionalistas catalanes, tras proclamarse tan radicalmente distintos, para dirigir al resto de los españoles? Prat invoca “sentimientos de hermandad”, lo cual lo lleva por otro camino a la “monstruosa bifurcación” de la conciencia catalana que él quería eliminar. Y siendo tan diferentes y no habiendo recibido más que males de Castilla, ¿por qué no volcaban su entusiasmo fraternal con los franceses, en lugar de con los españoles? Por otra parte, ¿qué pasaría si el resto de España no aceptaba el liderazgo del nacionalismo catalán? Porque aunque Cataluña era la región con una economía más dinámica, no dejaba de ser una parte menor del país, y si veía al idioma español común como extranjero renunciaba al principal cauce de influencia. Sólo quedaba, en última instancia, intentar liderar y liberar a los llamados “países catalanes”, aunque los valencianos y baleares no mostrasen mucho entusiasmo al respecto.
A Arana, desde luego, ni se le ocurría pensar en los catalanes como vanguardia de los "pueblos oprimidos" o de cualquier otra cosa. Su plan, al revés del de Prat, propugnaba el autoencierro para el "pueblo más noble y más libre del mundo". La mayor distinción de los vascos, sería, después de la raza, el vascuence, "broquel de nuestra raza, y contrafuerte de la religiosidad y moralidad de nuestro pueblo", pues "donde se pierde el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad". Por eso, "Tanto están obligados los bizkaínos a hablar su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos o españoles". Nada, pues, de moralizar por vía lingüística a los maketos: "Muchos son los euzkerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los maketos que lo hablan. Esto es peor" "Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego". Etc.
Con todo su entusiasmo por el vascuence, la lengua materna de Arana era el castellano. De ella renegó, aunque la escribiera con no mal estilo. Dada la dificultad del idioma vernáculo, no debió de llegar a dominarlo, como indica su creación de la palabra Euzkadi, juzgada por sus seguidores un hallazgo genial. Según el político nacionalista Eguileor "el anhelo" de la "raza más vieja de la tierra (…) se condensa maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!". El filólogo vasco Jon Juaristi observa que el término es un dislate, compuesto de “una absurda raíz euzko, extraída de euskera, euskal, etc., a la que Arana hace significar "vasco", y del sufijo colectivizador -ti /-di, usado sólo para vegetales. Euzkadi se traduciría literalmente por algo parecido a bosque de euzkos, cualquier cosa que ello sea". Ya Unamuno criticó la "grotesca y miserable ocurrencia" de un "menor de edad mental", que equivaldría a cambiar la palabra España por "Españoleda, al modo de pereda, robleda…" (5)
Y lejos del imperio ibérico de Prat, enseñaba Arana: "Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo". Deseo lógico porque "aborrecemos a España no solamente por liberal, sino por cualquier lado que la miremos".
Otra diferencia es que el nacionalismo vasco será siempre muy derechista, salvo pequeñas variedades, hasta que en los años 60 del siglo XX se asiente una rama de izquierdas, en torno a ETA. En cambio al nacionalismo catalán, también de derechas al comienzo, le nacería pronto un sector más izquierdista, violento y radical. Con el tiempo, el nacionalismo de Cambó encontraría "en el patriotismo español la ampliación natural y complemento necesario del patriotismo catalán", en expresión de Valls Taberner en 1934 (6). Por el contrario, la izquierda acentuaba el talante separatista o al menos exclusivista.
También difería el estilo de las propagandas: bronco el de Arana, más solapado el de Prat, como él mismo advierte: "Evitábamos todavía usar abiertamente la nomenclatura propia, pero íbamos destruyendo las preocupaciones, los prejuicios y, con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos las nuevas doctrinas". En Prat y sus seguidores predominó un victimismo algo quejumbroso y sentimental, que conmemoraba derrotas históricas reales o supuestas, junto con un sentimiento de superioridad ultrajada. Este último sentimiento destacaba más en los sabinianos, con menos victimismo y mayor agresividad: Arana inició su predicación recordando nebulosas victorias bélicas o “glorias patrias” contra "el invasor español", y llamando con mucha claridad a renovar aquellas hazañas, aunque al mismo tiempo venía a privar a los vascos de otras glorias más demostrables, alcanzadas por ellos como parte de España y españoles.
Las ideas de Prat y las de Arana sobre España y sobre sus respectivas regiones son el substrato permanente de ambos nacionalismos, aunque los años les hayan traído matices o aditamentos. Por ejemplo, invocar el racismo se volvió tan impopular después de la II Guerra Mundial, que el PNV suele evitarlo, pero ese componente sigue muy vivo bajo algunas apariencias externas. También ha sido la teorización de Prat la que ha dado al nacionalismo catalán su ambivalencia y vaivén entre la idea de dirigir al conjunto de España y la de retraerse en exclusiva a Cataluña o a los “països catalans”.
Pese a los éxitos nacionalistas, el sentimiento español era y es muy persistente, por basarse en una historia compartida de muchos siglos, en una profunda mezcla demográfica y cultural, en el tronco católico de su cultura, en una densa interrelación económica, y en la conciencia de que la lengua común, pese a su origen castellano, no es patrimonio de ninguna región, pues todas han contribuido a darle forma. Además, la lengua común permite a las regiones comunicarse entre sí y ampliar a muchos países las relaciones y empresas de todo tipo. No extrañará que el propio Arana admita: "Hemos convencido a muchas inteligencias; hemos persuadido a pocos corazones. Lo cual demuestra, en último término, que ya no hay corazones en Euskeria. ¡Pobre Patria!". En cuanto a los nacionalistas catalanes, su flojera en varios momentos cruciales demostrará lo mucho que había de pose en sus maldiciones, imprecaciones y amenazas, que decía Prat.
La consecuencia inmediata de estos nacionalismos es doble. Por una parte tienden a separar y crear hostilidad entre los vascos o los catalanes y el resto de los españoles, y por otra dividen a vascos y catalanes en "buenos" y "malos", según acepten o no sus doctrinas, al modo como ciertos falangistas usaban el mismo criterio para distinguir entre buenos y malos españoles. Los nacionalistas se proclaman automáticamente representantes del pueblo, piense lo que quiera la mayoría de él. Ello tiene, desde luego, poca relación con la democracia tal como normalmente se concibe. Con tal enfoque, las elecciones, por ejemplo, son un método aprovechable, pero nunca serán admitidas las votaciones adversas. Ocurre algo parecido con los comunistas, autoproclamados representantes del proletariado, voten lo que voten los obreros, y que utilizan las elecciones de modo similar.
Estos nacionalismos no sólo alientan un sentimiento contra España, sino también contra el liberalismo: "antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser", adoctrinaba Arana, y el nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que veían en el liberalismo una amenaza. Hubo también una raíz más o menos carlista., pues tanto en las Vascongadas como en Cataluña tuvo el carlismo fuerte influencia, y ante el triunfo liberal, algunos derivaron hacia el nacionalismo como una forma de salvar lo salvable del antiguo régimen. Sin embargo no debemos olvidar que el carlismo era muy españolista, y defendía los viejos fueros como propios de la unidad española, en contraste con el centralismo traído de Francia. Por lo demás, no hubo evolución nacionalista en Navarra, Álava y otras regiones y provincias donde el carlismo tenía profundas raíces.
También influyó en el antiliberalismo la llegada de trabajadores de otras regiones, a menudo desarraigados e ignorantes, alejados de la religión por el debilitamiento o pérdida de lazos familiares, la explotación y las condiciones de vida, con frecuencia miserables. En ellos prendieron las doctrinas socialistas y anarquistas que les prometían un mundo feliz y les señalaban un enemigo. Muchos vascos y catalanes de clase media veían en esa inmigración una fuente de inmoralidad, subversión y violencia, y, si bien se beneficiaban de ella, le oponían un pasado ideal de catolicidad y moralidad estrictas, aún persistentes en sus regiones, pero supuestamente perdidas en el resto de España. Buena parte del clero desempeñó un papel importante en el auge nacionalista en las dos comunidades.
En Vasconia, el PNV mantuvo un intenso antiliberalismo, que, en una rama de él, la ETA, concluyó en un revolucionarismo de tipo marxista. En Cataluña la evolución siguió otro rumbo: el nacionalismo liderado por Cambó evolucionó lentamente hacia un regionalismo españolista, y sus contradictorias aspiraciones, imperialistas y emancipadoras de los "pueblos esclavos", derivaron hacia un liberalismo templado. También hubo en Arana una evolución españolista hacia el final de su vida, pero quedó neutralizada por sus seguidores. El nacionalismo catalán de izquierda, de irregular trayectoria, cuajará en 1931, al fusionarse tres partidos menores en la Esquerra Republicana de Catalunya. Al comenzar la República, la Esquerra desbancó al catalanismo de derecha, y acentuó su nacionalismo hasta, a veces, un separatismo abierto. La Esquerra tomó un tinte jacobino, un liberalismo inspirado en la Revolución francesa, exaltadamente anticatólico y muy distinto del liberalismo conservador, de raíces más bien anglosajonas, por simplificar de algún modo.
Etapas en la historia de los nacionalismos
Repasaré ahora, aunque muy someramente, la historia de estos nacionalismos, transcurrida a través de cinco etapas generales: el régimen liberal de la Restauración, hasta 1923, la dictadura de Primo, hasta 1930, poco después la República y la guerra, hasta 1939; luego la dictadura de Franco, hasta 1975, y finalmente la democracia actual.
La Restauración permitió el nacimiento, expresión y organización de los nacionalismos. Entonces cobró protagonismo sobre todo la Lliga catalana, liderada por Cambó, con el programa de Prat de la Riba: dominar en Cataluña para convertir España en una confederación ibérica e impulsarla a un nuevo imperialismo. Pero el plan se mostró irrealizable. Lejos de dominar Cataluña, los nacionalistas se dividieron, y gran parte de la población apoyó a los anarquistas o a los republicanos, mientras que la participación en la política general española apareció pronto como una necesidad para la derechista Lliga, la cual influyó notablemente en la vida del país y participó en gobiernos. Alfonso XIII llegó a ver en Cambó un posible salvador de la monarquía liberal.
Con todo, el nacionalismo catalán jugó más bien como disolvente de la Restauración, desestabilizándola a veces, incluso en conjunción con grupos extremistas. Desde la crisis revolucionaria de 1917, el régimen sufrió un progresivo e imparable deterioro, acelerado por el desastre de Anual en Marruecos y el auge del terrorismo. Pero los enemigos de la Restauración, incluyendo al nacionalismo catalán, no ofrecían una verdadera alternativa a aquel régimen. Al final, como reconocerá Cambó, "se había destruido un artificio y no se había creado ni una realidad ni otro artificio que viniera a sustituirlo" (7).
Por su parte el nacionalismo vasco desplegó por entonces su propaganda y organización, desentendiéndose del resto de España. Su historia, en contraste con la del nacionalismo catalán, es más bien doméstica. Surgió en él una tendencia más autonomista, llamada "euzkalerriaca", que relegaba la secesión a un tiempo lejano, y otra más radical, llamada "sabiniana", pese a la última evolución españolista del fundador.
En 1923 la situación del régimen se hizo insostenible. Según Cambó, "toda la sociedad española vivía en plena indisciplina ", y los gobiernos y partidos habían perdido el respeto de la población, porque no eran respetables. Fue la crisis definitiva, y dio entrada a una nueva época, la dictadura de Primo de Rivera. Esta dictadura, dice el líder catalanista, fue causada "por la incapacidad de los poderes constitucionales para cumplir su misión". Más concretamente: "La dictadura española nació en Barcelona, la creó el ambiente de Barcelona, donde la demagogia sindicalista tenía una intensidad y una cronicidad intolerables. Y ante la demagogia sindicalista fallaron todos los recursos normales del poder, todas las defensas normales de la sociedad" (8). Quedó de relieve, pues, que los grupos antiliberales, incluyendo a los nacionalistas, habían logrado hacer la vida imposible al régimen que les permitía desarrollarse, pero no alzar una alternativa frente a él.
Siempre ha habido la convicción de que la Lliga catalanista impulsó o alentó el golpe de Primo. Pero después Cambó rehusó colaborar con la dictadura, aunque tampoco se le opuso, y el dictador reprimió los nacionalismos. Fue una represión suave, como la sufrida por otros partidos, salvo el comunista y en algunos casos el anarquismo. El PSOE colaboró con Primo. Éste admitió una amplia libertad de expresión, y no puso obstáculos a la publicación en catalán. Bajo la dictadura, se pasó de siete a diez diarios en catalán y aumentó considerablemente la publicación de libros en ese idioma. La célebre institución del "día de Sant Jordi", con el libro y la rosa, data también de la dictadura. En Madrid se produjo un movimiento de apoyo a la literatura y el idioma catalán. En el País Vasco fue proscrito el PNV, pero no la Comunión nacionalista, algo más moderada (9).
La resistencia u oposición nacionalista a la dictadura de Primo fue prácticamente nula, aunque hubo en Cataluña lo que algunos, exagerando mucho, han llamado "nacionalismo insurreccional", materializado en algún proyecto de atentado contra el rey, fácilmente desarticulado, y, sobre todo, en el suceso de Prats de Molló, preparado por Macià. Éste era un personaje apasionado y teatral, antiguo coronel muy españolista, convertido al secesionismo. Formó el partido Estat Catalá, y buscó apoyo en Moscú. Pero protestaron varios ricos catalanes emigrados en América, que le pasaban fondos, y el fogoso ex coronel hubo de distanciarse de los comunistas. Reclutó entonces un grupo de nacionalistas, anarquistas e italianos, a quienes concentró en noviembre de 1926 en Prats de Molló, cerca de la frontera, con el supuesto fin de invadir Cataluña y arrastrar a la población a la lucha. Arrestados sin problema por los guardias franceses, el juicio subsiguiente en París sirvió para promover un gran escándalo contra la España "negra" e "inquisitorial". En conjunto puede decirse que el nacionalismo en Cataluña, o en el País Vasco, apenas molestó a la dictadura y ésta tampoco lo reprimió gran cosa.
Los nacionalismos y la II República
La marcha del dictador, en 1930, provocó en toda España una carrera entre los grupos políticos por reorganizarse y conquistar posiciones. El movimiento principal fue la unidad en torno a la alternativa republicana, encabezada por los conservadores y ex monárquicos Alcalá-Zamora y Miguel Maura. La unidad tomó forma en el Pacto de San Sebastián, en agosto de 1930, suceso muy significativo, porque marca el comportamiento básico de ambos nacionalismos. El PNV permaneció al margen del Pacto, quizás por influjo del poco republicano obispo de Vitoria, Mateo Múgica. También se abstuvo Cambó, tras pronosticar a Ortega y Gasset que la república solo traería convulsiones.
Quienes sí asistieron fueron tres grupos catalanistas de izquierda, entre ellos Estat Català, de Macià, y dieron lugar a un primer encontronazo. Un enviado nacionalista, Carrasco i Formiguera, planteó la autodeterminación de Cataluña en cuanto la república se instaurase. Maura trató de demostrar a los nacionalistas "algo que estoy seguro que tenían bien sabido: que por tal camino se iba derecho a la guerra civil" (10). El acuerdo final, un "pacto de caballeros", preveía la autonomía a través de las Cortes, previo referendum en la región. En realidad, los catalanistas no creían que del pacto saliera la república
Sin embargo la república llegó, un tanto por sorpresa, en abril de 1931. Y de inmediato los nacionalistas vulneraron los acuerdos. Macià se había convertido en una especie de héroe popular, por efecto de una hábil propaganda, de redoblada eficacia en momentos de vuelco político. Su aventura en Prats de Molló no había tenido la menor repercusión en Cataluña, pero de pronto, dice Cambó, "Macià, a quien nadie tomaba en serio cuando hacía ridículas maniobras en Francia, se convirtió en un símbolo. La ida a Prats de Molló, que consistió en embarcar un día unas docenas de jóvenes uniformados en París, debidamente vigilados por la policía, para hacerse detener en Perpiñán, se presentaba como una gesta heroica a las cabezas calenturientas y las masas revoltosas" (11). Y fue Macià, cuyo partido se había unido a otros dos para formar la Esquerra, quien tomó el poder en Barcelona al caer la monarquía. Entonces, aprovechando el vacío de poder y la emocionalidad del momento, rompió el Pacto de San Sebastián y proclamó la República Catalana dentro de una imaginaria Federación Ibérica, se arrogó poderes de jefe de estado y nombró autoridades afectas. Tras nerviosas idas y venidas desde Madrid, el héroe de Prats de Molló renunció a la República Catalana, pero no a las medidas para imponer allí su poder efectivo. Prieto y otros sintieron el hecho como una grave deslealtad.
Un apoyo fundamental del nuevo poder en Cataluña fue la anarquista CNT, a la cual, a cambio, le fue permitido aplicar una sangrienta persecución contra obreros de otras ideologías. Sin embargo la luna de miel entre la CNT y la Esquerra se trocaría en odio y persecuciones al mostrarse los ácratas inmanejables.
Las primeras elecciones republicanas dieron una gran victoria a la Esquerra. La Lliga de Cambó sufrió una dura derrota, y aunque dos años después superará a la Esquerra en las elecciones generales, ya no tuvo ocasión de representar un papel decisivo en Cataluña.
El nacionalismo vasco siguió entonces una vía contraria al catalán de izquierdas, en su mayoría jacobino y anticristiano. El PNV reforzó su clericalismo ante los ataques a la religión comenzados apenas instaurada la república. Ello le atrajo el voto de muchos vascos de convicciones católicas, pero no especialmente nacionalistas, que vieron en aquel partido una defensa de sus convicciones más eficaz que en la dispersa derecha tradicional.
En el País Vasco la población se dividió en tres sectores, aproximadamente iguales: los nacionalistas, la derecha tradicional, muy a menudo carlista, y los socialistas, con grupos menores republicanos, ácratas, etc. El equilibrio entre los tres sectores permaneció estable en los años siguientes. En Cataluña hubo una división similar, entre el nacionalismo moderado y proespañol de la Lliga, el nacionalismo mucho más extremo de la Esquerra, y una masa de población ácrata. Los viejos partidos republicanos perdieron la mayor parte de su influjo, y los socialistas apenas lograron afianzarse. Entre los partidos menores, uno de ellos daría lugar al semitrotskista POUM.
La República provocó, en suma, un auge repentino de los nacionalismos catalán y vasco, por razones que no analizaremos aquí, pero muy relacionados, evidentemente, con la emocionalidad del momento y el descalabro moral y político de las derechas tradicionales. A ese auge le correspondió en el resto de España el de los republicanos de izquierda y el del PSOE. Este último resultó el verdadero árbitro del régimen, por ser el partido más fuerte y estructurado, gracias, paradójicamente, a su anterior colaboración con Primo de Rivera. Fue también un período de expansión del anarquismo.
La situación inicial de la república cambió en sólo dos años y medio. En las elecciones de noviembre de 1933 las nuevas derechas, agrupadas en la CEDA, más los republicanos moderados de Lerroux, ganaron ampliamente las elecciones. También la Lliga se rehízo y superó en diputados a la Esquerra. Pero la izquierda no aceptó la victoria derechista. Azaña y otros propiciaron un golpe de estado para impedir la reunión de las nuevas Cortes. La Esquerra, en retroceso frente a la Lliga, se colocó "en pie de guerra", como decía un editorial de su diario La Humanitat (12).
En los meses siguientes el PSOE y la Esquerra organizaron un golpe de fuerza contra el poder legítimo. El golpe se produjo a principios de octubre de 1934, al entrar en el gobierno tres ministros de la CEDA. Ésta, como partido más votado, tenía derecho no ya a participar, sino a presidir el gobierno, pero hasta entonces había renunciado, por calmar las tensiones políticas. Sólo decidió gobernar cuando la situación se volvió crítica y preinsurreccional, y aun entonces lo hizo en tres ministerios secundarios y con políticos que tranquilizasen a las izquierdas. Sin embargo éstas pretextaron que la entrada de la CEDA constituía un "golpe fascista", cosa falsa como ellos sabían de sobra, y se lanzaron a una sangrienta rebelión, que, antes de fracasar, causó numerosos muertos, sobre todo en Asturias, y un número considerable en Barcelona, Madrid y otros lugares, hasta un total de más de 1.300. Para desencanto de la Esquerra, la casi totalidad de los catalanes ignoró sus apasionados llamamientos a las armas y apoyó de hecho la legalidad constitucional.
Esa rebelión marcó la ruina de la república. Fue la ruptura del orden democrático y de la convivencia social, es decir, fue el comienzo de la guerra civil, como bien vio G. Brenan. Tras la derrota, la Esquerra y el PSOE pretendieron que se había tratado de una rebelión popular espontánea, en la que ellos habían desempeñado un papel secundario. Esa versión invertía la realidad, pues había sido la población la que espontáneamente había desoído el llamamiento bélico de los partidos. Hoy conocemos bastante bien los minuciosos preparativos insurreccionales de unos y otros. La Esquerra utilizó fraudulentamente las instituciones autonómicas para organizar una larga serie de acciones subversivas, y provocar entre la población un estado de ánimo propicio a la revuelta. También el PNV colaboró en las maniobras de desestabilización previas a octubre, formándose una extraña alianza práctica entre un partido en extremo clerical y otros dos en extremo antirreligiosos. Tal alianza se volvería a formarse en 1936, al reanudarse la guerra. Quedan pocas dudas, pues, de que la Esquerra contribuyó decisivamente a la destrucción del orden democrático y republicano, y que el PNV participó en esa destrucción en medida considerable.
Pese a su derrota de 1934, ni la Esquerra ni el PSOE cambiaron de modo significativo los planteamientos que les habían llevado a la rebelión. Al ganar el Frente Popular las elecciones de febrero del 36, los partidos de izquierda trataron de suprimir políticamente a la derecha, aunque cada uno con objetivos diferentes. Los republicanos de Azaña y los socialistas de Prieto querían reducir a la CEDA a la impotencia, a un papel testimonial y seudolegitimador del sistema, mientras los comunistas presionaban al gobierno para que aplastasen definitivamente a la derecha, lo que abriría las compuertas de la revolución. Por su parte, los socialistas de Largo Caballero veían en el Frente Popular una palanca para imponer cuanto antes la llamada dictadura proletaria. Estas actitudes se tradujeron en oleadas de asesinatos, asaltos a locales políticos y periódicos conservadores, quema de iglesias, desfiles intimidatorios de milicias, etc. Los líderes derechistas Gil-Robles y Calvo Sotelo fueron amenazados de muerte en pleno Parlamento cuando pidieron que el gobierno aplicase la ley y no permitiera la ley de la calle. Todo esto rompía la legalidad y la convivencia. Un sector del ejército fue preparando una rebelión. El 13 de julio, un equipo de policías y milicianos socialistas asesinó a Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. Unos días después la derecha se sublevó, recomenzando la guerra. España quedó dividida en dos zonas, en las dos se vino abajo la república y las dos tuvieron que poner en pie sendos estados y ejércitos nuevos. El Frente Popular se proclamó republicano, por oportunismo político, pero nada tenía en común con la república del 14 de abril (13).
Los nacionalismos y la guerra civil
Como el golpe iniciado el 17 de julio dejó a los sublevados en pésima situación, las fuerzas izquierdistas y nacionalistas, dando por segura la victoria, comenzaron una pugna entre ellas por asegurarse cada una posiciones de poder frente a sus socios. Azaña narra en sus diarios cómo la Esquerra, nuevamente aliada con los anarquistas, usurpó los órganos del poder, rompiendo el estatuto e implantando algo muy próximo a la secesión: "Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalidad y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia, han pasado al dominio público", escribe el 29 de julio del 37. Algunos nacionalistas han presentado estos actos como un modo de salvar la legalidad republicana, pretensión tan improbable como sus explicaciones, ya aludidas, sobre la rebelión de octubre de 1934.
Al PNV se le presentó un dilema: apoyar a los rebeldes, católicos como él, o al Frente Popular, que había desatado la más sangrienta persecución contra el cristianismo desde el Imperio romano. Un sector del partido optó por los rebeldes, pero la mayoría, creyendo en la victoria del Frente Popular, aceptó el estatuto de autonomía ofrecido por éste. A continuación pasó por encima del estatuto con el mismo entusiasmo que la Esquerra. Lo reconocía el PNV, algo brutalmente, ante las protestas del gobierno, establecido en Valencia: "Es ciertamente ocioso hablar de una legalidad, porque ésta ha sido superada, no solo en el terreno autonómico, sino en tantos aspectos distintos". Prieto, angustiado y furioso, escribía a Aguirre, presidente del gobierno de Vizcaya: "No llame usted con eufemismo abogadesco superación constitucional a lo que son vulneraciones constitucionales.", y criticaba "esos pujos a que se sienten ustedes tan inclinados de adquirir internacionalmente una personalidad como Estado".
Claro que las izquierdas también obtenían beneficios, como les recordaba el PNV: el trato permitía mantener el culto en las iglesias vizcaínas, y "la República se ha valido en sus propagandas exteriores" de este hecho "para demostrar en frente de la propaganda tendenciosa extendida en el extranjero" que la persecución religiosa tenía poca enjundia. Llamar propaganda tendenciosa a la denuncia del asesinato masivo de clérigos y creyentes era sorprendente en un partido católico. Otro dato significativo: al ocupar Guipúzcoa, los rebeldes fusilaron a 14 sacerdotes por su actividad secesionista. El PNV desató al respecto una vasta campaña internacional de protestas y denuncias, apoyada por las izquierdas. Sin embargo también hubo en Vizcaya una cierta persecución religiosa, y cayeron allí 55 sacerdotes, aparte de otros cientos de curas vascos masacrados en el resto del país. Sobre todos ellos el PNV mantuvo notable discreción, en prueba de lealtad a sus aliados (14).
Pero el PNV fue variando de actitud conforme percibía que el vencedor no iba a ser el Frente Popular. Cuando Franco tomó Bilbao, los nacionalistas garantizaron la entrega al enemigo de la industria pesada intacta, esencial para el esfuerzo de guerra. Los "gudaris" impidieron a las izquierdas destruirla. Poco después, los dirigentes del partido trataron con Franco a través de los italianos, pidiendo una rendición por separado. Con ello dejaban en posición insostenible a los izquierdistas que habían defendido Vizcaya codo a codo con los nacionalistas. Y fueron más allá: indicaron a los fascistas italianos vías de ataque contra los asturianos y santanderinos, sus camaradas de armas de la víspera (15).
En el Frente Popular terminaron imponiéndose las tesis disciplinarias y centralizadoras del Partido Comunista, el cual derribó del gobierno a Largo Caballero tras las jornadas de mayo de 1937, que constituyeron una pequeña guerra civil entre las mismas izquierdas. Perdieron la CNT y el POUM, cuyos militantes fueron perseguidos, a menudo torturados y asesinados por los comunistas. Pasó a gobernar Negrín, muy compenetrado con las posiciones de Stalin y del PCE, y el poder central, radicado entonces en Valencia, se afianzó en Cataluña. A las vulneraciones del estatuto catalán cometidas por la Esquerra sucedieron vulneraciones en sentido contrario por parte del gobierno de Negrín, y la Esquerra se refugió en una resistencia pasiva y resentida.
Durante la batalla del Ebro, en otoño de 1938, los nacionalistas catalanes y vascos, dando la guerra por perdida, recurrieron a Londres, a espaldas del gobierno y presentando como jefes de estado a sus líderes respectivos. Proponían crear un estado vasco y otro catalán o catalanoaragonés, bajo protección británica el primero, y francesa el otro. Se trataba de una traición en toda regla al régimen a cuyo lado se mantenían exteriormente, y no prosperó porque Londres hizo caso omiso a tales propuestas. También habían intentado tratos con los nazis (16).
Desde el principio Negrín se había quejado a Azaña: "Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca (…) españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderemos nosotros, o nuestros hijos (…) Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco" (17). El balance de la aportación de estos nacionalismos a la defensa del Frente Popular fue, con toda probabilidad, negativo.
Durante el franquismo
El final de la guerra condujo a un ocaso del PNV y la Esquerra. Como los demás partidos de la república, quedaron desprestigiados, debido, entre otras razones, a los odios mutuos, capaces de encender dos guerras civiles entre ellos, dentro de la guerra civil general. En Cataluña y Vasconia no existió resistencia nacionalista durante la etapa más dura del franquismo. Sólo los comunistas, y en menor grado algunos anarquistas, combatieron al nuevo régimen.
Ya en los años sesenta, cuando el franquismo se había liberalizado notablemente, surgió en España el fenómeno del diálogo y colaboración entre comunistas y grupos influyentes de la Iglesia católica. Hecho históricamente nuevo, aunque el PNV se adelantara a él durante la guerra. Esa colaboración remozó algo al PNV e hizo surgir nuevos nacionalismos de orientación cristiana, muy comprensivos, y a veces muy próximos, a los totalitarismos de izquierdas. Sectores eclesiásticos jugaron un papel relevante en apoyo de los grupos comunistas y de la ETA. En Cataluña, los nuevos nacionalistas, también muy vinculados a sectores eclesiásticos, aprovecharon la creciente tolerancia del régimen para practicar lo que, exagerando, llamarían luego "resistencia cultural". Resistencia molesta para el franquismo, aunque no demasiado, y en general consentida, salvo por golpes represivos menores. La preocupación básica del régimen eran los comunistas, mucho más efectivos y organizados, y el nacionalismo catalán se articuló en buena medida, ya en los años 70, en torno a la Asamblea de Cataluña, dirigida por el PSUC, la sección más stalinista del PCE, es decir, la más reacia a abandonar el leninismo.
La colaboración de católicos y totalitarios marxistas, muy importante en el desarrollo político posterior de España, siguió un camino especial en el País Vasco. La resistencia del PNV al franquismo tuvo tan poca relevancia como la de los nacionalistas catalanes, pero en las Vascongadas dicha colaboración no siguió el modelo de Cataluña, pues resultó en la formación de ETA, ocurrida también en la época blanda de la dictadura. La ETA tenía una doble raíz, peneuvista (cristiana) y marxista, y optó enseguida por el terrorismo, como medio para provocar un incremento de la represión que movilizara a las masas, según la conocida espiral "acción-represión-más acción". La ETA gozó, hasta bien entrada la democracia, del apoyo, o al menos la simpatía, de casi toda la izquierda, de amplios grupos del clero, no solo en Vasconia --donde continúa--, y de la muy importante protección de hecho dispensada por el estado francés. El PNV, aunque renuente en unos momentos y temeroso en otros, vio en el terrorismo un instrumento útil para sus fines, y su política general al respecto puede definirse como de connivencia cautelosa. Este conjunto de circunstancias favorables ha hecho de la ETA un factor de considerable peso en la historia española reciente, que recuerda un poco a la del anarquismo en viejos tiempos.
En suma, bajo el régimen de Franco los nacionalismos tradicionales fueron básicamente inoperantes, y sus raíces con el pasado se debilitaron grandemente. Los nuevos nacionalismos surgieron en buena medida de la colaboración cristiano-marxista, o tomaron de ella rasgos novedosos, incluyendo el terrorismo o el respaldo a éste. Novedad en parte, pues ya antes de la guerra el nacionalismo catalán apoyó en varios momentos al terrorismo ácrata, recibiendo a cambio el apoyo de la CNT en momentos decisivos como las elecciones de 1931 y 1936.
En la democracia
Muerto Franco en 1975, los partidos se reorganizaron a toda prisa y, al calor del cambio, varios lograron fuerza de masas. Quedaron hundidos muchos grupos definitorios de la república, como los diversos partidos republicanos, la Esquerra o los anarquistas, y los comunistas y socialistas hubieron de abandonar sus postulados marxistas o leninistas. La transición democrática salió del propio franquismo, mediante la reforma, opuesta a la ruptura pretendida por la oposición. El nuevo poder ofreció a los nacionalistas estatutos muy superiores a los de la república, esperando diluir así sus rasgos secesionistas. Esa esperanza no se ha cumplido, y el problema se ha agravado progresivamente.
Así, en el País Vasco existe hoy una situación próxima a la deseada por Sabino Arana, de creciente fractura y enemistad entre los "buenos vascos", dóciles a una intensa propaganda apenas replicada durante veinte años, y los demás vascos y españoles. Mucha gente se siente amenazada, habiéndose cometido cientos de asesinatos y viéndose forzados a emigrar decenas de miles de malos vascos. El terrorismo, en simbiosis apenas disimulada con la política del PNV (expresada en la célebre "recogida de nueces", de Arzallus), ha limitado fuertemente o anulado en la práctica las libertades y el estado de derecho.
En cuanto a Cataluña, el objetivo de hacer de España un simple nombre geográfico ha avanzado. La propaganda nacionalista, no menos omnipresente que la del PNV en Vasconia, y flanqueada, aunque más ocasionalmente, por la violencia, ha difundido sentimientos de fractura que pueden conducir a serias crisis en los próximos años. Muchos nuevos nacionalistas, de origen más o menos democristiano, parecen más próximos a la tradición de la Esquerra que a la de la Lliga, como también lo están los dirigentes del Partido Socialista. Unos y otros han procurado imbuir a las nuevas generaciones una psicología victimista y exclusivista, minimizando o desacreditando el carácter y la tradición española de Cataluña, y aplicando una política similar a la del franquismo, aunque al revés: proscribir el español común de los ámbitos oficiales o reducirlo al máximo posible en la enseñanza, con el pretexto de que "el catalán es el idioma propio de Cataluña", que lo es, naturalmente, pero procurando presentar como "extranjero" al castellano, al cual han contribuido los catalanes con una abundante literatura, y es hablado normalmente por la mitad de la población. En ambas comunidades se ha construido un fuerte entramado de intereses económicos y políticos que neutralizan o amenguan la pluralidad y la libertad de los ciudadanos.
Aunque una síntesis como ésta no permite entrar en detalles y matices, puede afirmarse, como resumen, que los nacionalismos vasco y catalán han crecido aprovechando las etapas de democracia o de libertades. Este hecho no significa que hayan contribuido a la libertad política en el conjunto de España o en sus respectivas comunidades, pues sus concepciones y teorías básicas lo hacían muy difícil. Más bien han fomentado la fractura y el resentimiento social, socavando al régimen de la Restauración primero, y luego a la República, mientras que bajo la actual democracia han establecido sistemas clientelares y aplicado políticas cuyo peligro para las libertades crece de año en año.
Por otra parte, aunque han utilizado en su provecho el sistema de libertades, tampoco han ayudado a traerlo mediante una oposición seria a las dictaduras. En realidad, al socavar la Restauración y la legalidad republicana, contribuyeron poderosamente a traer las dictaduras de Primo y de Franco, y, una vez instaladas éstas, nunca les ofrecieron una resistencia digna de ese nombre. La excepción de la ETA, durante la época más suave del franquismo, no es tal, puesto que el objetivo de esta organización, de ideas abiertamente totalitarias, en ningún momento fue asentar la democracia, sino, por el contrario, destruirla, como por lo demás ha comprobado la historia.
Desde un punto de vista histórico general cabe interpretar estos nacionalismos como intentos de invertir la tendencia unitaria española prevaleciente desde hace 500 años -- una vez superada la fragmentación impuesta por la invasión islámica--, y de establecer sistemas no democráticos. En cierto sentido los nacionalismos son un intento de vuelta a la Edad Media, que redundaría en una especie de balcanización de España.
Notas
(1), F. Cambó, Memorias, Madrid, 1987, p. 41
(2) J. Juaristi, El bucle melancólico, Madrid, 1998, p. 52
(3) Cambó, Memorias, p. 38
(4) Ib., p. 41
(5) J. Juaristi, El bucle, p. 154. M. de Unamuno, en rev. Nuevo m
25 de Abril de 2008 - 08:47:53 - Pío Moa - 147 comentarios
Dice el filósofo Jesús Mosterín:
"Las cosas que más excitan a la gente poco reflexiva son las que no existen, como Dios, la nación y todas estas cosas. Las naciones no existen. Existen los territorios y las poblaciones de distintas especies que viven en ellos, incluida la especie humana, pero los humanos que viven en cualquier territorio son siempre de distinta raza, de distinta lengua y demás. Los nacionalistas invierten los términos y piensan que lo que existe es una entidad metafísica, la nación, que es el resultado de la unión mística entre determinado territorio y determinada cultura, y luego, claro, a la población la tienen que meter con calzador para que encaje en esa nación inexistente. Pero ni encaja ahora ni encajó hace un siglo, ni en la Edad Media ni en la antigüedad, porque la gente que ha vivido en cualquier territorio siempre ha estado mezclada”.
¿Son estas apreciaciones muy científicas? Veamos, ¿existe el Quijote? Tomemos un ejemplar: por muchas vueltas que le demos solo encontraremos en él papel y tinta. Ni rastro de Don Quijote. Lo demás es una fantasmagoría de Cervantes, que nosotros entendemos o creemos entender interpretando la disposición de la tinta, transmitiendo así aquella fantasmagoría a nuestra mente. ¿Existe la evolución? Por mucho que indaguemos y diseccionemos animales y plantas, nunca encontraremos en ellos ni rastro de doña Evolución. Se trata solo de una composición mental con la que tratamos de explicar una serie de hechos observables, pero que no existe fuera de nuestra mente. ¿Y la ciencia? ¿Algún físico ha visto, tocado u oído a doña Ciencia? No deja de ser también una composición mental o fantasmagoría, por así llamarla. También podría decir el filósofo que un idioma es solo un conjunto de sonidos que además varían con el tiempo, y no una entidad metafísica.
Pero tiene razón el señor Mosterín en eso de que las cosas que más excitan a la gente son las que no existen. Él mismo parece excitarse mucho con la ciencia, o lo que él interprete como tal. Ahora bien, entre las cosas inexistentes –las llamaremos composiciones mentales o fantasmagorías, por improvisar algún nombre– las hay de muchas clases o grados: algunas, como la ciencia, resultan bastante adecuadas para explicar hechos reales, y al efecto se han ideado numerosos experimentos prácticos; otras son tan improbables o absurdas como la de los fantasmas. Otras, que llamamos artísticas, tienen su carácter propio: el mentado Quijote apela a otro tipo de realidad que el propuesto por la ciencia, pero que consideramos auténtica de algún modo, aprehensible más bien con el sentimiento que con la razón.
Mosterín quiere decir, supongo, que la nación corresponde al género de las “fantasmagorías” absurdas. No diría yo tanto. Solo hay un idioma en el que Mosterín puede desenvolverse comúnmente en toda España, y aunque hubiera más de uno, ello no alteraría necesariamente la realidad de la nación. Y por más que hable otros idiomas, probablemente Mosterín hablará el español materno mejor que los restantes. Él paga sus impuestos dentro de esa nación y recibe una serie de beneficios como miembro de ella. Vota a los políticos de aquí y no a los de Guatemala o Bangla Desh. Hizo la mili en España y no en cualquier otro territorio. Estudió aquí como no podría haberlo hecho quizá en Nigeria o China. Ni el idioma ni muchos otros hechos culturales son de ayer… Estas observaciones y muchas más debieran hacerle notar que la “realidad nacional”, que diría Arenas, esa unidad entre territorio y cultura, tiene cierta entidad no metafísica. Otra cosa es que esa entidad le disguste. Por supuesto, hay nacionalistas “místicos” y otros que no lo son tanto, y no conviene generalizar como él hace, poco científicamente. Y hay también antinacionalistas (y ateos) igualmente místicos, los vemos a diario.
A efectos prácticos, el nacionalismo es la doctrina que aparta la soberanía de los tradicionales "soberanos", reyes o similares, y la deposita en la nación o pueblo. Las naciones, claro está, son previas al nacionalismo. Este, a menudo, se identifica con una patriotería agresiva y mística, como la de los nacionalismos vasco, catalán y gallego, que, propiamente hablando, son más bien meros antiespañolismos. Pero el señor Mosterín no entiende o no quiere entender lo que son naciones y nacionalismos, ni sus variantes, generaliza en exceso y hace de su ignorancia un argumento.
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Cuestión de memoria.
Con una periodista rusa:
– Sí, Franco sería muy popular en muchas partes de España, pero en Cataluña y el País Vasco no, claro.
– Pues cuando iba por Cataluña o el País Vasco le recibían casi con más entusiasmo que en cualquier otra región.
– Cómo podía ser, si Franco prohibió sus idiomas.
– Franco no prohibió ningún idioma regional, solo los excluyó de la vida oficial y de la enseñanza pública, como ha ocurrido en Francia y en muchas democracias. Pero se podían hablar y se hablaban esas lenguas, se podían estudiar, se montaron cátedras universitarias, entre ellas las primeras de vascuence, y diversos organismos oficiales procuraron mantener el folclore y las costumbres regionales.
– Yo tenía entendido que no era así.
– Pues así era, y están los documentales y documentos gráficos para probarlo. ¿Por qué era Franco tan popular allí? Pues porque Cataluña y el País Vasco habían tenido la experiencia de gobiernos nacionalistas-izquierdistas, y la mayoría de la gente estaba muy contenta de haberse librado de ellos. Por entonces se mantenía una memoria muy viva de aquellos sucesos. Esa memoria se ha ido perdiendo, y ahora hay mucha gente que recuerda los hechos al revés de lo que fueron, porque la propaganda izquierdista y separatista no ha sido contrarrestada. Además, la izquierda y los separatismos, en España, nunca fueron democráticos. Franco tampoco, pero mucha gente lo veía como un mal menor, y otros le estaban muy agradecidos por haber librado a España de la revolución.
24 de Abril de 2008 - 13:22:57 - Pío Moa - 94 comentarios
"El presidente del PP de Galicia se ha mostrado partidario de
"modular" el mensaje para que los nacionalistas no vean "antipático" al partido. "El PP admira a Cataluña, sabe que las vascas y los vascos es un excelente pueblo", ha dicho al más puro estilo Ibarretxe. Feijóo se apunta enstusiasta al
cambio de estrategia de Rajoy para acercar posturas a los nacionalistas. Además, el dirigente gallego cree que "sólo tenemos un candidato porque
sólo ha habido una persona valiente y con coraje que nos ha dicho que se va a presentar".
En lo último tiene toda la razón: solo Rajoy parece atreverse. Sería una enorme decepción constatar que los supuestos pesos pesados con ideas claras no son más que unos cantamañanas. El perfil bajuno triunfa en toda la línea, el perfil chikilicuatre, todos juntos contra la Constitución y contra la nación española. En cualquier caso, esa será su responsabilidad. O los echamos o los merecemos.
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"Amigo Director:
Cuando en ABC del jueves 19/1 se leen las certeras críticas de Paul Ingendaay, del Frankfurter Allgemeine Zeitung, sobre la "limpieza lingüística" en Cataluña, los que vivimos esta tragedia desde hace años, seguimos confiando en que algún día se impondrá el sentido común.
Dos o tres páginas más adelante del mismo ABC parece que una muestra de ese sentido común nos llega en la crónica de Bruselas que dice como el Parlamento Europeo desaconseja el uso de nuestras lenguas autonómicas, otra gloriosa ocurrencia del señor Zapatero, al que, en este caso, desautoriza el laborista británico Julian Priestley, secretario general en aquella Cámara.
Aquí, en Galicia, Manuel Fraga nunca hizo respetar el bilingüismo ni creo que vaya a hacerlo ahora desde su retiro en el Senado. Muchos los que a pesar de mantener ese error le votábamos, vemos ahora cómo su pasividad ha dejado el terreno preparado para la "limpieza lingüística" que aquí nos espera: sembró para este bipartito.
Los que estamos convencidos, con Irene Lozano, y mis hijos y mis nietos, de que las lenguas regionales son un chollo para ciertos vividores de la política, nos molesta, y este es el objetivo de esta carta, que ABC siga colaborando con ellos, todo tipo de nacionalistas, abusando del número de páginas que no se escriben en español.
Francisco Borreguero Gil (Vigo)
ABC me publicó, el 14.4.1998, una "Carta abierta a Pujol".
Si puede releerla verá que no tengo que cambiar en ella ni una coma.
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Juan Gelman recibe el premio Cervantes por su gran "compromiso social" y poético. Su vida, marcada por la dictadura argentina, ha estado entregada a una poesía "de pie contra la muerte".
¿Qué es eso del "compromiso social"? ¿Y el "compromiso poético"? ¿Y una poesía "de pie contra la muerte"? ¿Ha decidido no morirse el tío?
Tiempos de barbarie y sandez, no sé si del poeta –no lo he leído– o de quienes se explican así.
23 de Abril de 2008 - 10:11:00 - Pío Moa - 109 comentarios
Se viene insistiendo mucho en la derrota electoral de Rajoy, como si ahí radicase el problema. Nada de eso. Supongamos que hubiera ganado las elecciones, simplemente porque el número de personas angustiadas y hartas de Zapo hubiera sido de unos cuantos cientos de miles más. Ello no alteraría el hecho de que su oposición al gobierno ha carecido totalmente de iniciativa, de ideas y de energía. Peor aún, ha seguido en la práctica la política de Zapo, contribuyendo al proceso de balcanización de España, entre otros desmanes. Como he insistido en el blog, mucha gente se obstina en creer que Rajoy defiende, aunque sea torpemente, unos valores que en realidad no defiende de ningún modo. Y si no los defiende es porque no los cree relevantes, no por estar acomplejado. Desde luego no se opone a la unidad de España y a la Constitución, en realidad simpatiza con ellas, pero no les da un valor especial, pues lo que cuenta para él es la economía, las hipotecas y la nena angloparlante. Lo demás le suena a música celestial, poco útil para ganar el poder. Y por eso colabora, de hecho, con la política de Zapo. Y como él, con unos u otros matices, Gallardón, Arriola, Soraya, Rato, Arenas, Camps, Fraga (el amigo de Castro, el entreguista de la enseñanza a los nazionatas, el que combatía al franquismo "desde dentro"…) y bastantes más.
Son una minoría en el PP, seguramente, pero esa minoría tiene la sartén por el mango ante la pusilanimidad e indecisión de sus oponentes. Pena lo de Esperanza. Dice que ha sido la primera mujer ministro de educación, la primera mujer no sé cuántas cosas más, y que con eso ya le basta. Qué se puede esperar de alguien así. A ver si ahora salen otros con un poco más de sentido del deber, pues de eso se trata, y ella, por lo menos, deja de enredar, porque no está claro a quién apoyaría (ella insiste en que a Rajoy).
Así pues, si Rajoy hubiera ganado el poder –no ha estado tan abismalmente alejado de ello– ¿qué habría hecho? Enmendar su política anterior con la autoridad de los votos, suponen los ingenuos. En realidad habría seguido con más ímpetu la línea de la nena angloparlante, porque la consideraría respaldada por los ciudadanos. ¿Y cómo saber si los votantes le respaldaban o, como creemos otros, él usurpaba la voluntad de unos votantes anti-Zapo y autoengañados –en el blog hay constancia– sobre la significación política de los rajoyanos? Pero a estas alturas esos votantes no pueden decir que Rajoy les engaña o les ha engañado: se han engañado y se siguen engañando ellos solos.
La ventaja es que, habiendo perdido las elecciones, los rajoyanos se encuentran débiles. Y que el congreso da opción a otras salidas, a un cambio democrático y sin demasiados traumas, y de paso a la exposición de una alternativa clara y razonada, sin histerias, ante la opinión pública. Una ocasión de oro que los pesos pesados de antaño parecen dispuestos a perder, guiados por no se sabe qué temores fantasmagóricos. Y el tiempo apremia.
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De un viejo artículo:
"Las prédicas antiespañolas han tenido un terrible efecto desmoralizador, porque han sabido revestirse con el manto de la democracia y la libertad, sin haber recibido en muchos años una réplica a la altura, sino más bien un medroso silencio. De ahí la gravedad alcanzada por el problema del nacionalismo vasco, y por otros problemas. No es la primera vez que pasa, ni ha pasado sólo en España. Antes de la II Guerra Mundial, la mayoría de los universitarios ingleses, según las encuestas, no estaba dispuesta a defender a su país, lo cual hubo de animar mucho a Hitler. Después las cosas siguieron otro curso, pero sin duda aquella ola antipatriótica y pacifista contribuyó al desencadenamiento del horror. Confiemos en que aquí la reacción se produzca más a tiempo".
22 de Abril de 2008 - 10:39:22 - Pío Moa - 105 comentarios
De una entrevista al filósofo Jesús Mosterín, en el periódico fascistoide-guevarista:
"P.- Usted no sólo defiende la ciencia como sistema de conocimiento, sino también como sustituto de la religión, como cosmovisión, como la única fuente de trascendencia que podemos esperar. Sin embargo, hay científicos como el premio Nobel Steven Weinberg que rechazan ese punto de vista. Dicen que la ciencia sólo sirve para hacer predicciones sobre los procesos físicos, y que no puede aportar ninguna visión del mundo ni del cosmos.
R.- No hay que fiarse mucho de Weinberg, porque primero dice eso, y se mete mucho con los filósofos, pero luego es el científico que más libros de filosofía ha escrito. Prefiero la idea de Bertrand Russell, que pensaba que la contemplación del cosmos “nos hace ciudadanos del universo, y no sólo de una ciudad amurallada en guerra con las demás”. Puesto que la creencia en un Dios personal es producto del miedo, la única religiosidad que nos queda, y la única compatible con la ciencia, es la de Spinoza y Einstein, la que identifica a Dios con la naturaleza. Einstein creía que, por medio del entendimiento, el ser humano puede liberarse de las supersticiones y los deseos personales, y conseguir una “actitud mental humilde” ante el cosmos. La posibilidad de sintonizar con el universo también forma parte de la naturaleza humana”.
El universo, lástima, nos resulta quizá en exceso variado: unas ovejitas pastando apaciblemente en un verde prado y cataclismos astrales de violencia inconcebible, en uno de los cuales, presumiblemente se acabará la tierra, con el hombre y todos sus artilugios, si el planeta no se hubiere vuelto antes inhabitable. Y, por supuesto, las ovejitas pastantes forman parte de la naturaleza igual que la serpiente que causa a alguna de ellas una muerte lenta y dolorosa o que el amo que le degüella sus corderitos; Auschwitz, Kolimá o el bombardeo de Hamburgo entran en la naturaleza con el mismo derecho exactamente que la misión del padre Damián entre los leprosos o la Sorbona. Asimismo, tan natural resulta la creencia en Dios como la creencia en la ciencia, puesto que una y otra se dan inapelablemente en la naturaleza. Si los seguidores de Mosterín declarasen “antinaturales” o "anticósmicas" las ideas y conductas contrarias a las de su maestro, y alguno de ellos imitase a aquel ecologista que asesinó por algo semejante a un destacado político holandés, también serían sucesos naturales de pleno derecho. “¡La naturaleza y yo somos así, señora!”, que dijo Nerón, o pudo haberlo dicho perfectamente. En cuanto a la creencia en Dios, ¿procede del miedo, o solo del miedo? Habría mucho que hablar. ¿Y sintoniza de verdad el señor Mosterín con el universo? ¿Más que quienes discrepan de él? ¡Pues vaya usted a saber!
El pensador da la impresión de haberse sumergido en abstrusos estudios para emerger de ellos con cuatro conclusiones un tanto vulgares. Un tanto al nivel del periódico fascistoide-guevarista.
Según nos informa Javier Sampedro, Mosterín “apuesta por el individuo” y nos ofrece “pensamientos libres y críticos, absolutamente necesarios en una sociedad democrática”, “Una dosis de reflexión contra prejuicios, fundamentalismos, inercias, sectarismos, blanduras y cobardías”.
Sampedro, a su vez, “es redactor de El País, donde actualmente escribe sobre sanidad, ciencia y tecnología. Asegura ser un dibujante con aptitudes (y sin paciencia) y un guitarrista de jazz solvente (aunque sin audiencia), pero ninguna de las dos cosas ha podido ser contrastada”.
En fin, ¡cómo está la filosofía!
*** Todo ello sin contar los retos que la naturaleza ofrece a nuestra inteligencia. En mis años de Ateneo compuse este pequeño epigrama a un tal Rivas, profesor de economía en la Autónoma de Madrid:
Misterios tiene Natura
que no abarca el intelecto:
¿cómo tanta jeta, Rivas,
cabe en tan menguado cuerpo?
*** Nos asegura Mosterín: "Yo hice la mili de alférez en Bilbao, y en la cantina había un cartel que decía: “A quien muere por la patria lo recoge la inmortalidad”. Yo le dije al comandante que allí debía de haber una errata: Mi comandante, ¿no debería poner que lo recoge la mortalidad?”.
Derroche de ingenio de nuestro filósofo. En la mortalidad estamos "recogidos" desde la concepción. Y dramatiza el asunto: "Acabé dos días en el calabozo, claro". ¿De veras?
*** La serenidad ante la muerte es sin duda una gran virtud. Pero en cierto modo resulta más interesante el horror incontrolable hacia ella.
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*** ¿Crisis en el PP? ¿La expresión democrática de alternativas a la línea de Rajoy supone una crisis? Recuerda al centralismo democrático, ya saben, los partidos leninistas.
*** ¿Rato? ¿El autor de la operación pro PRISA para asegurar su carrera política? Rato es Gallardón.
*** El gran Fray Josepho: Con Z de Zapatero. Muy recomendable para aliviar tensiones
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Humor inglés, posiblemente
Nos cuenta Preston:
“Franco era como el mago de Oz: frágil, pequeño e inseguro”. No tenía el menor sentido de la realidad, pues en él “siempre predominaba el afán por mentir y tergiversar la realidad”, con “unas mentiras tan infantiles que parecía imposible que las pudiese decir", aunque, por suerte para él, “Las potencias sabían las mentiras de Franco pero les convenía no revelarlas”. Además “tenía graves problemas psicológicos", y asimismo “una fe ciega en la victoria y una suerte equiparable a la de un buen entrenador de fútbol, además de que era capaz de animar a las tropas con su voz aguda y floja”. “El Caudillo puso en marcha una potente maquinaria de propaganda para reconstruir la historia y presentarse como el gran militar que ganó la Guerra Civil, el liberador de España de la Segunda Guerra Mundial y el inspirador del crecimiento económico de los años 60, premisas todas ellas falsas”... Culmina Preston: “Estoy harto de Franco". Cualquiera lo estaría, en su lugar.
Recientemente Preston fue nombrado miembro del Institut d’Estudis catalans (IEC). No me extraña, tal para cuales. Y ayer ofreció una conferencia sobre Franco en el Museu d’Història de Catalunya. Seguro que se habrán sentido todos a sus anchas: indudablemente les encanta hacer chistes, ¡como que no salen de ahí!
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“Como señaló Jean Monnet, "el comienzo de la Comunidad Europea fue una visión política, pero aún más una visión moral. Los europeos habían perdido su facultad de convivir y de asociar sus fuerzas creadoras, y por ello, su papel en la Civilización creada por ellos mismos parecía declinar". La declaración Schuman fue una de esas acciones que cambian la Historia, que modifican el curso de los tiempos. Según el "padre de Europa", "esta idea –Europa– revelará a todos las bases comunes de nuestra civilización y poco a poco irá creando un lazo semejante a aquel del que no hace mucho tiempo se forjaron las Patrias".
Paradojas de la vida: fue poner en marcha la idea y la civilización europea ha declinado, ha perdido en gran medida el espíritu, la creatividad cultural y la moral. En ese sentido sí ha cambiado la historia. Económicamente le ha ido mejor, gracias también a Usa. Las penas con pan son menos.
21 de Abril de 2008 - 16:08:15 - Pío Moa - 75 comentarios
En el PP hay tres pesos pesados, Mayor Oreja, Vidal Quadras y Esperanza Aguirre, más alguno que despunta, como Santiago Abascal. Deberían ponerse de acuerdo y presentar una alternativa a Rajoy, pues de otro modo se convertirán en comparsas de este personaje desastroso y claudicante, o algo peor. Mas parece haber serios problemas: Aguirre dijo que no se resignaba... pero se resigna. Mayor Oreja parece más preocupado por mantener la "unidad del partido" que por los problemas reales del país, los cuales supedita a una unidad que imagina en peligro si se presenta contra Rajoy. Queda Vidal Quadras, que ha mostrado más decisión y sin embargo no acaba de dar el paso al frente.
No se trata solo de una oportunidad histórica, sino de un deber absoluto. Perder el tiempo y dejar pasar el momento nunca se les perdonará.
Un naufragio anunciado
Todavía puedo recordar con claridad los primeros compases de Mariano Rajoy al frente del Partido Popular. Se presentaba como un candidato nombrado a antojo de José María Aznar, sucesor de ochos años de Gobierno del que, sin ningún género de dudas y a pesar de sus naturales errores, ha sido el mejor presidente de esta exigua caminata democrática. El gallego de barba desaliñada y varias veces ministro, del que nadie dudaba como vencedor en los comicios de marzo de 2004 hasta que los brutales atentados de todavía no se sabe muy bien quién cambiaron el sentir de los españoles, se presentaba ante la sociedad como un dirigente competente y trabajador, un responsable político que había tenido que lidiar con serios problemas a lo largo de sus diferentes estancias en las poltronas de los diversos Ministerios que ocupó. Aparentaba ser alguien que, aparte de campechano y sencillo, brindaba sus esfuerzos a la causa de los españoles en vez de a su causa propia, al empeño de hacer de España una gran nación antes que a él mismo un gran personaje histórico de ambición desmedida. Y así transcurrieron los meses.
Con el pasar de los mismos, y tras su primera derrota electoral, poca gente dudaba por aquellas si Mariano debía continuar capitaneando el Partido Popular. Los analistas políticos coincidían en su calidad parlamentaria y en su desparpajo en las respuestas, dudando acerca de su carisma y su fortaleza en los principios liberales-conservadores que le tocaba defender con el yelmo calado y las grebas bien ajustadas para evitar los golpes en las piernas que pudieran hacerle tambalear. Pero lo cierto y verdad era que a pesar de su sencillez y espontaneidad, el gallego afincado en Madrid con sueños monclovitas no era capaz de llegar al pueblo con un mensaje claro y nítido que todos pudieran comprender. En ocasiones se perdía en grandes discursos vacuos y otras veces, por el contrario, se quedaba escaso con simples mensajes desnudos de argumentos. Y así transcurrieron los meses.
Con el pasar de los mismos, y mientras Rodríguez Zapatero hacía y deshacía a su antojo a lo largo y ancho de nuestra exangüe nación, un cada vez más acomplejado Mariano se negaba en rotundo a batallar con la fuerza de una ideología liberal contra una ideología cada vez más sectaria y liberticida. Despojó todavía más a su mensaje de claridad y fuerza, de argumentos y fiereza, cargándolo de inocencia y buenismo, de intereses patéticos y grandes dosis de complejos. Se amilanó ante ciertas corrientes ideológicas de su partido infectadas por esa perturbadora idea de acercamiento a la izquierda para lograr los votos de ésta, mientras perdía los suyos y, por añadidura, olvidaba que lideraba un partido que tenía la obligación moral de defender los intereses de España por encima de los suyos propios. Pero eso, claro, podía posponerse en el tiempo. Y así transcurrieron los meses.
Con el pasar de los mismos, y acercándonos a este nublado presente, el gallego descarriado perdió sus segundas Elecciones consecutivas. Y fue entonces cuando se abrió completamente el debate de su sucesión, a pesar de que tiempo antes ya se escuchaba el descontento de las filas populares en torno a la actuación de quien era, sigue siendo y parece que será su presidente nacional. No sólo se abrió un debate necesario, sino que además quedó en evidencia la postura de Mariano y de su equipo: todos estamos juntos mientras sea yo por el que luchéis.
Y así estamos. Un Partido Popular desnortado, sin democracia interna y cargado de apetitos políticos e intereses vergonzosos. Un Partido Popular carente de principios y de ideas en la cúspide de la pirámide, más centrado en aislar las alternativas que en plantar cara a un Gobierno liberticida que debe de estar jactándose de la penosa situación de la Oposición. Un Partido Popular que necesita un impulso serio de sus militantes, escuchar la voz de quienes sostienen este edificio, darle voto al verdadero sustento del partido y abandonar por completo unos complejos que han llegado hasta el punto de denigrar a los liberales y conservadores para aceptar a los socialdemócratas. Es decir, denigrar a todos para acoger a nadie.
Como joven militante, sólo espero un verdadero cambio en el Partido Popular. Y animo a todos los jóvenes a no plegarse ante las corrientes del Partido, sino a luchar por unas ideas liberales que, a pesar de lo que digan desde arriba, son las únicas ideas capaces de sacar a este partido de la tormenta en la que parece haber naufragado.
Ignacio de Saavedra Lage
20 de Abril de 2008 - 10:32:16 - Pío Moa - 101 comentarios
¿No está bastante claro?
DISCURSO DE RAJOY CON MENCIONES A AGUIRRE Y EL LIBERALISMO
"Me presento porque me lo han pedido mis compañeros, no ningún periódico ni radio".
Es decir, Rajoy representa a la burocracia del PP, o parte de ella, con ella se identifica y no con la opinión pública ni con las bases del partido. Nada de debate de ideas, sustituido por una retórica vacía, al estilo ZP (algo ha aprendido de él): un partido “moderado, abierto, integrador…”, los demás, lógicamente, no lo son, solo son "doctrinarios". "Si alguien quiere presentarse que lo haga pero sí quiero decir una cosa, yo voy a ser leal a mi partido". ¿Y los que se presenten contra él serán desleales? Ha decidido que el PP sea un partido sin raíces, futurista, economicista, con los principios de la nena angloparlante. Y quienes no estén de acuerdo, “que se vayan”. Poco moderado se le ve, poco dialogante, poco pluralista y poco integrador. Ha perdido las elecciones y está dividiendo al partido: alto perfil contra los disidentes, bajo perfil hacia el gobierno desmembrador de España y de la democracia. Por ahí marcha resueltamente, y ahí yace su famosa honradez. Encontrará la comprensión y el aliento de PRISA y de los aledaños del PSOE. ¿No debería irse él? Mucho depende de eso.
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ANTE LA PROPUESTA DE HACERLE HIJO PREDILECTO DE SEVILLA
Monseñor Amigo cree que González tiene "sobrados méritos para cualquier reconocimiento"
El cardenal arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, aseguró este viernes que el ex presidente del Gobierno Felipe González tiene "sobrados méritos para cualquier reconocimiento que se le haga", en relación a la propuesta del Grupo municipal socialista de nombrarle Hijo Predilecto del ciudad, que no cuenta con el beneplácito del PP.
Cierto, el hombre de Rumasa, de Filesa, del entierro de Montesquieu, de los Cien años de honradez, del GAL… tiene sobrados méritos, y Monseñor Amigo sin duda los conoce bien, gran servicio a la Iglesia. Es como el nombramiento de “padre de la patria” para el pobre cretino Blas Infante… La España Chikilicuatre.
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Querido amigo/a:
Muchas gracias por firmar por la defensa de nuestros compatriotas de Ceuta y Melilla. Si reenvías este mensaje a amigos y familiares, multiplicarás el efecto de esta iniciativa.
Muchas gracias.
El Equipo de HazteOír.org
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UNA MANIPULACIÓN DE TUSELL
Por Pío Moa
La exposición "Arte protegido", del Museo del Prado, sobre el salvamento de obras de arte durante la guerra no es, desde luego, una patraña sistemática, como la montada por los chicos de Alfonso Guerra en torno al exilio, pero dista de informar con claridad al público sobre los avatares del patrimonio artístico español durante la guerra civil. Quizá sea inevitable, dada la situación actual, aunque no deja de ser un avance. De todos modos, el visitante no se hará una idea muy clara del asunto, a excepción del aspecto meramente técnico del salvamento.
Pero es Javier Tusell –el historiador profesional y "científico", amigo de la censura y de una concepción adoctrinante (es decir, totalitaria) de la historiografía–, quien, en el prólogo al catálogo, da la nota política de la exposición. Que es lo fundamental, pues el salvamento de las obras de arte no fue ante todo una operación técnica, llevada bastante bien por la Junta del Tesoro Artístico "republicana", sino política.
Tusell, después de libros como el mío sobre los mitos de la guerra, no puede hablar con la desenvoltura de antaño sobre las maravillas del espíritu republicano, pero no obstante se las arregla para colar trolas del tamaño del propio museo del Prado. Intenta transmitir la tesis de que "fue el espíritu regeneracionista de la República el que salvó el patrimonio", mientras, por el contrario, "a los sublevados" les interesó, ante todo, ganar la guerra, y por tanto la protección del patrimonio tuvo para ellos importancia muy reducida. Naturalmente, ganar la guerra les interesó tanto a los sublevados como a las izquierdas, pero el lector desprevenido es inducido a creer que fueron los franquistas los principales destructores del patrimonio, por acción (bombardeos) o por omisión (desidia).
La verdad es totalmente opuesta, y puede resumirse así:
a) Durante la guerra fue incendiada o destruida por otros medios una cantidad ingente de obras de arte, bibliotecas antiguas y valiosísimas, acumuladas durante siglos, edificios de gran valor artístico, archivos, etc. Otros bienes artísticos e históricos fueron saqueados, en especial los que, por su contenido en metales o piedras preciosas, podían ser fácilmente vendidos.
b) La práctica totalidad de esas destrucciones y expolios se dio bajo el Frente Popular, y fue espoleada por la propaganda no sólo de anarquistas (como indica Tusell), sino de comunistas, socialistas y azañistas. Por ejemplo, el periódico de Azaña, Política, alentaba al vandalismo y bendecía a sus autores, como expongo en Los mitos de la guerra civil. Pueden citarse las incitaciones en verso hechas por Alberti, que suele aparecer en libros de historia como uno de los salvadores del patrimonio artístico. Etc.
c) Los bombardeos nacionales sólo causaron pérdidas insignificantes, y aun ellas de modo involuntario, por fallos de puntería normales en tales casos. Y de ninguna manera el traslado de las obras se hizo para librarlas de ataques aéreos, pues empezó antes de que los mismos empezasen. Además, el museo del Prado se convirtió en almacén de tránsito, durante el resto de la guerra, de innumerables obras traídas de otros lugares, prueba del poco temor de las autoridades izquierdistas a los bombardeos. La alusión a éstos fue sólo un pretexto para despistar a la opinión internacional y, de paso, culpar a los franquistas.
d) Hubo un peligro real de bombardeos, pero se debió precisamente a los traslados, sobre todo cuando, como lamenta Azaña, los depósitos fueron colocados al lado de polvorines o parques de artillería, como ocurrió en Figueras y Peralada. Si se salvaron entonces fue simplemente porque el servicio de inteligencia franquista sabía que allí estaban.
e) Siendo así las cosas, como indudablemente así fueron, por mucho que intente ocultarlo Tusell, es lógico que el bando nacional se interesase poco por la destrucción del patrimonio, pues en la zona dominada por él esas destrucciones no existieron, o cesaron tan pronto dejaron de estar bajo el poder de las izquierdas.
El salvamento, por tanto, se hizo contra las depredaciones y destrucciones realizadas por las mismas izquierdas. De una manera turbia y desvirtuada, como siempre, Tusell lo admite, al tiempo que le traiciona el subconsciente: "Tan rápida y devastadora como fue la destrucción lo fue la reacción", es decir, la reacción "salvadora" de los regeneracionistas republicanos. Pues en efecto, la reacción fue igual de devastadora. La exposición atiende solamente a los tesoros devueltos a España, que lo fueron ante todo porque el modo desastroso como terminó la guerra en Cataluña hizo imposible ocultarlos. Otras muchas colecciones de monedas de oro del museo de Arqueología, documentos antiguos, alhajas de familias humildes depositadas en los montes de piedad, pinturas, esculturas, objetos artísticos religiosos, libros antiguos de gran valor, etc., pasaron bajo control de dirigentes izquierdistas una vez perdida la guerra, para perderse en ventas fraudulentas en el extranjero. El ilustrativo episodio del yate Vita, por cuyos cuantiosos bienes pelearon Negrín y Prieto en Méjico, es conocido, pero otros tesoros desaparecieron para siempre sin posibilidad de recuperación.
Con toda razón escribió Madariaga: "el tan cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se hayan cometido jamás". Las personas que se ocuparon de salvar los cuadros eran un grupo profesional poco o nada politizado, desinteresado y ansioso de evitar la ruina del patrimonio español, cosa que hizo en lo que pudo. Eso debe ser destacado. Pero, repito, toda la historia se queda en muy poco sin explicar cómo esas personas, aunque de buena fe, fueron utilizadas en una política que, de acuerdo con Madariaga, sólo cabe calificar de criminal.
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19 de Abril de 2008 - 11:11:24 - Pío Moa - 70 comentarios
Escribe La Razón, a toda plana: “El viaje más peligroso del Museo del Prado. Arturo Colorado publica Éxodo y exilio, donde recuerda el increíble salvamento de la pinacoteca durante la Guerra Civil (…) Franco intensificó los bombardeos sobre la ruta que se escogió para evacuar el Prado (…) El Museo del Prado regresó a Madrid después de la Guerra Civil. Lo había salvado la República y un Comité internacional constituido por la Nacional Gallery, la Tate o el Metropolitan Museum, de Nueva York (…) España, por eso, aún tiene pendiente esta deuda de agradecimiento”. O sea, que estos señores entregaron a Franco aquello que Franco había intentado destruir, según ellos. A veces, no siempre, se pilla antes al mentiroso que al cojo. En Años de hierro y en Los mitos de la guerra civil he tratado bastante estos turbios asuntos. Desde luego ni el Frente Popular ni las galerías extranjeras salvaron nada, y el Frente Popular, muy al contrario, puso en gravísimo peligro la pinacoteca, como explica muy bien Azaña (aparte de destruir otras muchísimas obras de arte). Fue el franquismo quien salvó los cuadros evitando bombardear los depósitos, pues los conocía por su servicio secreto. Y quien los recuperó para España. Así fue, qué le vamos a hacer. De nuevo “la estupidez y la canallería” en pleno triunfo, como decía Marañón, o el “Himalaya de mentiras”, en palabras de Besteiro.
De La Razón fui excluido como articulista por presiones desde Barcelona, donde radica el grupo Planeta, propietario del periódico (y del separatista Avui). Que, por cierto, evita a sus lectores enterarse de mis trabajos o conferencias. A cada cual sus opciones.
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HISTORIAS DE GUERRA
El salvamento de las obras del Prado
Por Pío Moa
Durante la guerra, las obras del Museo del Prado y de otros muchos museos y colecciones particulares fueron trasladadas por las autoridades del Frente Popular a Valencia, en larga y arriesgada peregrinación, y de allí a Cataluña, donde quedaron almacenadas para ser luego sacadas a Francia en condiciones tales que llevaron a Azaña al borde de la desesperación.
No obstante, el “salvamento” de ese tesoro artístico aparece en muchos libros de historia como una gloria auténtica del Frente Popular. A través de José Renau, y por otras vías, las autoridades izquierdistas justificaron tal salvamento arguyendo que los bombardeos enemigos sobre Madrid “ponían en gravísimo peligro el patrimonio artístico español”, pues, como aseguraba Osorio y Gallardo, “ese y otros tesoros son bombardeados con predilección por los aviones fascistas”; además, el frío invierno de 1936 empeoró hasta límites peligrosos las condiciones ambientales de los museos; y, por fin, en Madrid no había sitio adecuado para preservar las obras de arte.
Las dos primeras razones se contradicen, pues si había tal peligro de bombardeo, las condiciones ambientales carecían de importancia, y si el peligro real eran éstas, entonces el del bombardeo debía ser escaso. Además, la segunda es obviamente falsa. En su larga existencia, los museos habían conocido inviernos sin duda más duros.
También es falsa la tercera razón. Según Sánchez Cantón, subdirector del museo del Prado por entonces, los sótanos del museo ofrecían refugio suficiente. Además estaba la cámara acorazada del Banco de España. Las autoridades izquierdistas afirmaron haber guardado allí unos cuadros, cuyo deterioro por la humedad les disuadió de utilizarla. Pero aquellas pinturas no estuvieron en la cámara, sino en otras dependencias del Banco, y Madariaga es tajante al respecto: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás. Madrid poseía, quizá entonces, precisamente la mejor cámara subterránea del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna, a treinta metros de profundidad bajo el Banco de España. A los técnicos ingleses que visitaron España entonces se les enseñó un par de cuadros del Greco enmohecidos por la humedad para hacerles creer que esta cámara no era suficiente. A la sazón presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones, pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid, y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”.
Queda el riesgo de bombardeos. El investigador Álvarez Lopera explica en una monografía sobre el tema: “¿Fueron atacados el Prado y el edificio de la Biblioteca Nacional directa y deliberadamente o cayeron bombas sobre ellos por error? Quizá el escaso número de bombas caídas sobre ambos, y consecuentemente la poca entidad de los daños, haya sembrado el escepticismo ante las afirmaciones republicanas. Pero recuérdese el tipo de estrategia empleada en esos momentos sobre el cielo de Madrid. Era el terror. Se atacaban preferentemente hospitales, asilos, los barrios más poblados. Se pretendía, dice Thomas, ver la reacción de una población civil ante un intento cuidadosamente planeado de prender fuego a la ciudad, barrio por barrio ¿En virtud de qué principios éticos o culturales se puede entonces esperar que los aviones nazis y fascistas hicieran una excepción con las pinturas y con las estatuas?” Y acompaña cifras: “Sólo los bombardeos nocturnos de los días 8 y 9 (de noviembre del 36) produjeron 350 víctimas. Ahora se hicieron diarios. El 16, una incursión que costó 250 muertos y 600 heridos iniciaba la matanza metódica de la población civil. Fue, dice Delaprée, un trabajo bien hecho, una siembra copiosa y cuidadosamente dosificada por todos los barrios del centro. Ese mismo día comenzaba el martirio de los monumentos y museos”.
Afortunadamente se conserva en el Archivo Histórico Militar la estadística confeccionada por los responsables izquierdistas, no destinada a la propaganda, según la cual en todo el mes de noviembre los muertos por bombardeos en Madrid fueron 312, y las casas dañadas 486. Nada que ver con los impresionismos propagandísticos citados. Hubo, en efecto, un ensayo de “bombardeo de desmoralización”, pero de escasa envergadura, como indican los datos. Ello aparte, la aviación soviética se mostró por entonces superior técnicamente a la enemiga, impidiendo a ésta el necesario dominio del aire. Sin olvidar que ese tipo de ataques a la población civil los habían iniciado los llamados “republicanos”.
En ese contexto salta a la vista que las escasas bombas caídas sobre edificios culturales, y contra lo que pretendía Osorio, obedecieron a errores de puntería. La excepción fue el palacio de Liria, bombardeado probablemente por creer que albergaba algún organismo político o militar izquierdista. Decenas de palacios y edificios históricos y culturales habían sido incautados por los partidos y sindicatos para sede de sus actividades.
Está perfectamente claro que la causa de la evacuación del tesoro artístico no estuvo en el peligro de bombardeos, como corrobora otro hecho decisivo: el propio museo del Prado siguió sirviendo, durante la guerra, de almacén de objetos artísticos requisados, hasta el número de 20.000, como reconoce Álvarez Lopera, muchos de los cuales siguieron siendo trasladados desde allí a Valencia. ¿Cuál fue, pues, la verdadera razón?
Eso merece un estudio aparte.
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De La sociedad homosexual y otros ensayos:
"Un rasgo esencial del feminismo es el desprecio y el odio a las labores del hogar y la educación de los hijos. Esta presión ha empujado a muchas amas de casa a adoptar aires "emancipados", a fumar y a beber, a emplear un lenguaje soez incluso con sus hijos pequeños, a ceder su papel educativo, ya medio esfumado, a la televisión, etc. Han aumentado también la depresión y el autodesprecio, la sensación de inutilidad, el alcoholismo y otras plagas que a veces recogen las encuestas, pese a la evidencia de que su desvalorizado trabajo no es menos, sino más fundamental que el profesional.
El escritor Ricardo Senabre publicaba en ABC, el 23 de agosto de 1997, un artículo titulado "Marujas", del que vale la pena citar unos párrafos: "La palabra maruja, "de ser un hipocorístico familiar del nombre María ha pasado a designar –con evidente carga desdeñosa– a la mujer que "se queda en casa", que "no hace nada", que "no trabaja". Pocas veces se ha producido con mayor rapidez la difusión de una idea más falsa e injusta" "Esta sociedad nuestra, cada vez más insensible, más ajena al raciocinio y más adicta a consignas y tópicos, descubre con frecuencia grotescas contradicciones. He discutido a veces con personas que, invocando una libertad cuyo significado parecía serles un tanto nebuloso, defendían que la prostitución, por ejemplo, es un oficio tan respetable como cualquier otro; pero luego hablaban con desdeñosa condescendencia de las "marujas", sin duda –hay que suponerlo así– porque estas no salen a trabajar por las esquinas y bares de alterne". "Pero las maurjas limpian, cosen, planchan, administran y distribuyen los ingresos de la familia, organizan su alimentación, su vestimenta, su ocio e incluso mantienen la pervivencia del grupo como tal entidad familiar. Cuando se afirma, rozando las cimas de la irracionalidad, que estas mujeres no aportan dinero a casa, habría que sugerir a quienes así se retratan que intenten calcular –si son capaces– cuánto aportan en esfuerzo, en horas de trabajo y dedicación, en desinterés –no hablemos de otras donaciones, como el amor o la generosidad, que empiezan a no llevarse– y que lo traduzcan a dinero contante y sonante (...)"
Sobre la aversión a los hijos observaba Doris Lessing, entrevistada por Juan Ramón Iborra en Blanco y Negro: "Es una de las cosas que recriminé al movimiento feminista. Ellas trataban a las mujeres que decidían tener hijos como si fueran ciudadanas de segunda clase". A lo que replica el oficioso entrevistador con una enfática tontilocada: "Con o sin hijos, son ciudadanas de segunda, de tercera. Son las mujeres, los ancianos, los pobres del Tercer Mundo...". No sé qué pensaría la escritora, que se despacha a gusto con las gansadas progres sin que el entrevistador se dé por aludido. Insiste éste: "Será cuestión de tiempo que las cosas cambien". Respuesta. "Tal vez. Aunque puede que se le haya escapado un detalle: que las mujeres no parecen tener gran prisa por meterse en política, o en la gran empresa. Me pregunto por qué. El banco Natwest tenía un proyecto para promocionar a las mujeres dentro del propio banco y descubrió que sólo interesaba a una parte muy pequeña de las empleadas. Les brindaron cursillos especiales y cosas por el estilo, pero en general las mujeres no querían competir. En cambio lo que sí deseaban era casarse y tener una familia (...) a excepción de una minoría. Y aquello me resultó sumamente interesante porque, a pesar de tanto movimiento feminista, esto es todavía lo que parecen querer la mayoría de las mujeres. Y no veo por qué no (...) Me parece que no es justo que reciban críticas por pensar así".
Contestando a otra pregunta "inteligente", comenta: "Que yo sepa, a Simone de Beauvoir nunca le gustó ser mujer. No le gustaba serlo y siempre se estaba quejando de ello. A mí no me parece nada terrible. Tiene sus ventajas. Y de todas formas, ¿qué puedes hacer? Lo que me asombra es que noto cierto tono de queja en lo que dice. ¿A quién dirigía sus quejas? ¿A la naturaleza?"
Sobre la generación de los sesenta, opina: "Tal vez sea la cosa más exasperante de tantas como se decían entonces. "Todo lo que necesitamos es amor". Sí. Todo lo que necesitamos. Para mí esto resume lo que fueron los años 60: la estupidez personificada (...) No recuerdo que mi generación tuviera unas expectativas tan descomunales. Parece haber una generación entera que se comporta como si le hubieran prometido algo que no han recibido, lo cual me parece increíble. No entiendo quién les ha prometido cosas y cuándo. Vayas donde vayas encontrarás a gente con una suerte de enfado, de ira malhumorada, como si la hubieran engañado (...) ¿Cómo existe esta generación que cree que se les debe tanto? ¿Quién les debe? Quizá tenga algo que ver con la publicidad, que te lo promete todo. Puede que exista una generación alimentada a base de publicidad y que supuso que tenía derecho a tenerlo todo. Ya sabe, zapatos, ropa... ¡y felicidad!. Coches y placer durante el resto de su vida. Lavadoras y dicha eterna".
18 de Abril de 2008 - 08:54:50 - Pío Moa - 65 comentarios
Dice Santos Juliá, antiguo cura (siempre se le olvida) y pésimo historiador: "No hay persecución religiosa en la primera etapa de la República. Hay unas quemas de conventos en mayo, pero eso entraba dentro de la tradición”. Cierto, como entraban en la tradición jacobina e izquierdista los ataques a la procesiones, incluso con bombas, o las matanzas de frailes, que recomenzaron en 1934. Nada de mayor importancia, nada de persecución, solo tradición:
“Desde Madrid, los incendios cundieron los días siguientes por Andalucía y Levante, dejando un balance final de unos cien edificios destruidos, incluyendo iglesias, varias de gran valor histórico y artístico, centros de enseñanza como la escuela de Artes y Oficios de la calle Areneros, donde se habían formado profesionalmente miles de trabajadores; escuelas salesianas, laboratorios, etc. Ardieron bibliotecas como la de la calle de la Flor, una de las más importantes de España, con 80.000 volúmenes, entre ellos incunables, ediciones príncipe de Lope de Vega, Quevedo o Calderón, colecciones únicas de revistas, etcétera; o la del Instituto Católico de Artes e Industrias, con 20.000 volúmenes y obras únicas en España, más el irrecuperable archivo del paleógrafo García Villada, producto de una vida de investigación. Quedaron reducidos a cenizas cuadros y esculturas de Zurbarán, Valdés Leal, Pacheco, Van Dyck, Coello, Mena, Montañés, Alonso Cano, etcétera, así como artesonados, sillerías de coro, portadas y fachadas de gran antigüedad y belleza… Un desastre casi inconcebible, perpetrado por los ilustrados republicanos amantes de la “cultura”.
Pero lo más revelador fue la reacción del Gobierno y de las izquierdas. Azaña paralizó en seco cualquier intento de frenar los disturbios, arguyendo: "Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano". Alcalá-Zamora, jefe del Gobierno provisional, escribe con amargura en sus memorias: "La furiosa actitud de Azaña planteó, con el motín y el crimen ya en la calle, la más inicua y vergonzosa crisis de que haya memoria". Pero omite su propia actitud contemporizante y amedrentada, reseñada en cambio por Maura. A los pocos días, en una reacción final muy desmesurada cuando el mal estaba hecho, el Gobierno declaró el estado de excepción y movilizó al Ejército, cesando instantáneamente los desmanes. Unas pocas compañías de la Guardia Civil habrían bastado para impedirlos.
Las izquierdas en general justificaron las tropelías atribuyéndolas "al pueblo", y culpando a las derechas por haber "provocado a los trabajadores". El Socialista amenazaba: "Si de algo han pecado los representantes de la revolución victoriosa es de excesivas contemplaciones con los vencidos" (no habían vencido a nadie, los monárquicos les habían regalado el poder).Viejo talante, que identificaba al pueblo con unas turbas de delincuentes y, lógicamente, a las mismas izquierdas con semejante "pueblo". Aún más grave que los incendios resultó esta clara inclinación de las izquierdas a vulnerar la ley y amparar las violencias so pretexto de un pretendido carácter popular. No se trataba de delincuentes, sino del "pueblo soberano", es decir, de las mismas izquierdas.
La Iglesia y los católicos protestaron, pero sin violencia. Ello no aplacaría a las izquierdas, que lo interpretaron como signo de flojera y mantuvieron su agresividad. Contra toda evidencia, siguieron acusándolos de violentos e intolerantes, manifestando al mismo tiempo burla y desprecio hacia ellos y sosteniendo, con sorna contradictoria, que la misma Iglesia había provocado adrede los disturbios con el fin de desprestigiar a la República.
Pero la casi increíble mansedumbre de la reacción derechista, debida en parte a su desorganización, no impidió que en aquel momento se abriese una grieta profunda en la opinión pública. Quienes desconfiaban del nuevo régimen vieron confirmados sus temores, y muchos que lo habían recibido con tranquilidad, incluso con alborozo, mostraron su preocupación. Entre ellos Ortega. Empezaron también las conspiraciones monárquicas en el Ejército, aunque tan irrelevantes como las republicanas anteriores.
No cabe exagerar las consecuencias políticas, bien descritas, tardíamente, por Alcalá-Zamora: los incendios crearon a la República "enemigos que no tenía; quebrantaron la solidez compacta de su asiento; mancharon un crédito hasta entonces diáfano; motivaron reclamaciones de países tan laicos como Francia o violentas censuras de Holanda. Se envenenó la relación entre los partidos". Alcalá-Zamora calla otro efecto, oculto pero no menos trascendental: su pusilánime gestión de la crisis al frente del Gobierno le hizo perder el liderazgo moral y político de la derecha, y esa frustración le llevaría a sabotear a los nuevos líderes de Acción Popular, con efectos finalmente trágicos.
En cuanto a Maura, ministro de Gobernación, había intentado atajar a tiempo los desmanes, sin conseguirlo, por la oposición de Azaña y las izquierdas y la indecisión de Alcalá-Zamora. A partir de entonces, "dejé prácticamente de ser ministro de un Gobierno para pasar a ser cabo de vara o loquero mayor de un manicomio suelto y desbordado", empeñado en "la lucha a brazo partido con las bandas de insensatos que estaban hiriendo de muerte a un régimen recién nacido, régimen que les había devuelto las libertades y derechos".
Es preciso recordar a Pérez de Ayala: "Cuanto se diga de los desalmados mentecatos que engendraron y luego nutrieron a sus pechos nuestra gran tragedia, todo me parecerá poco. Nunca pude concebir que hubieran sido capaces de tanto crimen, cobardía y bajeza". O a Marañón: “Tendremos que estar varios años maldiciendo la estupidez y la canallería de estos cretinos criminales, y aún no habremos acabado”. Etc.
O al mismo Azaña, según fue conociendo a sus cofrades: “Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para poder confiar en ellos. ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?”. “No saben qué decir, no saben argumentar. No se ha visto más notable encarnación de la necedad”. “¿Estoy obligado a acomodarme con la zafiedad, con la politiquería, con las ruines intenciones, con las gentes que conciben el presente y el porvenir de España según los dictan el interés personal y la preparación de caciques o la ambición de serlo?”
Así eran. Y, por lo visto, así siguen siendo, ¡la tradición no muere! Ahí tienen a Berzosa, rector de la Complutense: "¡Viva la Educación, viva la cultura, vivan los libros, viva la República!"; a ese nivel degradan la universidad; o a la afusilaora Grandes, dedicados todos ellos, con fondos públicos, a falsificar triunfalmente la historia. Ahí está su cultura. Nada de qué preocuparse: la tradición, simplemente.
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Si necesita que se lo expliquen es que este hombre está muy por debajo del nivel intelectual que exige su puesto.
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“EL DIARIO COLABORÓ EN LOS INSULTOS Y MENTIRAS SOBRE ETA
Tertsch pregunta a El País dónde está cuando atacan a periodistas críticos con Zapatero”
Estará donde siempre, apoyando a Zapo e insultando a los demócratas. Como, cuando los escándalos de corrupción y de terrorismo del gobierno socialista, insultaba a los periodistas que los destapaban: el sindicato del crimen, los llamaba El País ¡Qué significará el crimen para estos individuos!
O para el jefe de la SER ("Pajilleros, reprimidos, grasientos, puteros, siniestros, mirones clandestinos, fetichistas de la mugre, cobardes y acomplejados") ¿Y a él qué podríamos llamarle? ¿Palanganero?
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“Aun si los testimonios del Informe Hite dibujaran fielmente una realidad social, las conclusiones feministas no derivan, ni pueden hacerlo, de esos testimonios, sino de principios ideológico previos. Y a la contra, la validez de esos principios no requiere para nada los testimonios. Ejemplo: la denuncia por Marx de la explotación obrera en la Inglaterra de su siglo describía seguramente una situación muy corriente. Pero ello no sostiene en lo más mínimo la teorización marxista. Pues la corrección de la teoría nace, en primer lugar, de la coherencia doctrinal interna, y si la misma no existe, como es el caso, el que la realidad parezca corroborar partes de la teoría es puro espejismo. Ni el capitalismo funciona como Marx dictaminó, ni la dictadura del proletariado es factible ni va a traer a la Humanidad mayor democracia y paz, por mucho que la descripción marxiana de determinados fenómenos sociales resulte aproximadamente fiel.
O bien: el nazismo no sería más verídico ni sus soluciones mejores para la propia Alemania si hubiera llegado a apoyarlo el 90% de los alemanes.
Así, la dinámica del feminismo conduce a una sociedad homosexual. Y no solo como “cultura” preferible mientras no llegue la igualdad de sexos, sino siempre, porque tal igualdad cuenta con escasísimas probabilidades de pasar de la imaginación. Y ese remedio tiene marca común con la dictadura proletaria o con la promesa de andar a cuatro patas para superar las molestias del espinazo.
Y a la inversa, la lógica de la ideología no precisa que los datos reales la verifiquen. Siendo la vida tan multiforme y cambiante, nunca faltarán al ideólogo datos en que apoyarse. Y da igual si esos datos son del orden de un 4% o de un 90%, porque es privilegio de la ideología discernir qué datos poseen relevancia y cuáles no. En tal sentido, un 4% favorable a las tesis recibirá un valor decisivo, y el resto se juzgará como paja, apariencia o hipocresía. Y así los feministas siempre se creerán autorizados a hablar en nombre de “la mujer”, sin necesidad de consultarla. La consulta, si se hace, tiene solo un valor ilustrativo o de añadidura.
Entre las ideologías, el marxismo ha suministrado alternativas trabajadas, con un gran esfuerzo de coherencia. Por comparación, las del feminismo tipo Hite son de una tosquedad solo parangonable a la del anarquismo butifarreño. La sociedad deberá regirse por “valores femeninos”… no definidos en absoluto, salvo con brumas de verbosidad en torno al concepto de “nutricio” y de “positivo”: amor, sensibilidad, comprensión, comunicación, etc.; y oponiéndolos a los valores masculinos inapelablemente negativos, ligados a la idea de “jerarquía” y concretados en opresión, incomunicación, lucha por “estar arriba” y demás plagas que han conducido al mundo “al borde de la destrucción” y del desastre ecológico. El conjunto de caricaturas presentadas como teoría queda un poco alucinante y a su modo divertido.
La cuestión estriba en que, como expone Hite de otra feminista, “el próximo siglo es nuestro, tanto mentalmente como en cualquier otro aspecto” (o sea, también quieren “estar arriba”). O mejor todavía: “Las actuales metas políticas (…) no son las de participar en plan de igualdad en el mundo del hombre, como tampoco devolver a la esfera y los valores de la mujer su dignidad y mérito. Semejantes ideas han quedado superadas ante la voluntad actual de suprimir a un tiempo los sexos y su jerarquía, y junto con ello todo tipo de dominación”… excepto la dominación de los feministas, se entiende.
Hite, aunque cita estos hallazgos con simpatía, vacila. No obstante, ella y las demás prometen tal cantidad de amor, comprensión, comunicación y ternura que ¡cualquiera se resiste! Quizá el punto débil resida en que las buenas promesas e intenciones no pertenecen a la esfera de los bienes escasos. Son bienes por así decir inagotables y automáticamente renovables, con lo que cualquiera puede hacer uso masivo de ellos sin apenas gasto de energía mental”
(De La sociedad homosexual y otros ensayos)
17 de Abril de 2008 - 10:13:53 - Pío Moa - 98 comentarios
De nuevo: Mayor Oreja, Vidal Quadras, Esperanza Aguirre, tienen ahora la gran oportunidad de poner las cosas en su sitio. No se trata, ante todo, de ganar o perder contra el aparato no democrático del partido, sino de dejar clara su alternativa ante los españoles y las bases del PP. Esperanza ha hecho algo de eso, aunque con graves fallos (y, al final, ¿se resigna o no se resigna?), Vidal Quadras vuelve a plantear cuestiones interesantes, y Mayor Oreja parece seguir fuera de juego.
Sin embargo los tres tienen un historial brillante: Vidal Quadras levantó al PP en Cataluña y atemorizó a los nacionalistas; Mayor Oreja era el ministro de Aznar más clarividente y más valorado por la opinión pública; Aguirre ha conquistado la comunidad de Madrid, plaza fuerte hoy de la derecha. Son los mejores del PP, a salvo de que surja alguien todavía desconocido. Las dificultades están para afrontarlas y superarlas. ¿Qué les impide, a ellos y a otros, ponerse de acuerdo y presentar esa alternativa? Tan solo unos temores y falsos respetos infantiles. Definirse más tarde será más difícil y cargado de peligros.
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Acaba de salir a las librerías Falacias de la izquierda y silencios de la derecha, de un servidor. He aquí el prólogo:
“Sobre la base de la sociedad reconciliada y próspera que legó la dictadura de Franco, sobre una alternativa de reforma y no de ruptura con cuarenta años de paz productiva, aun con restricciones a las libertades políticas, años tan distintos de los vividos por las dictaduras marxistas, se produjo en España la transición democrática. Pues bien, ¿cómo ha sido posible que en los cuatro años últimos se hayan invertido todas las bases de la convivencia en libertad implantadas en los años 1975-78, para entrar en una etapa de alianza entre el PSOE, los terroristas y los separatistas, de acoso a las víctimas del terrorismo, a la Constitución, a la Iglesia, a la libertad de expresión…? ¿Cómo ha sido posible poner en riesgo por enésima vez en la historia de España los beneficios alcanzados a tanto coste, y predicar como una virtud el enlace con un Frente Popular totalitario, que causó la guerra civil y la perdió muy merecidamente?
Podemos encontrar muchos factores para explicarnos tal involución, en particular el enorme predominio de la izquierda y los separatismos en los medios de masas y en la enseñanza a todos los niveles. Pero ese predominio, a su vez, no les ha caído del cielo a sus detentadores: les ha costado una gran dosis de esfuerzo, osadía y perseverancia, y aun así nunca lo habrían logrado si la derecha no les hubiera cedido el terreno desde el comienzo mismo de la Transición. La derecha procedente del franquismo, que no la oposición antifranquista, organizó la transición democrática. Lo cual quiere decir que fue posible evolucionar con normalidad desde una dictadura autoritaria a un régimen de libertades. Y lo fue porque aquella dictadura constituyó una réplica excepcional a una situación excepcional planteada por un movimiento revolucionario: Franco no derrotó a la democracia, sino a la revolución, pues el Frente Popular era un conjunto de partidos totalitarios o golpistas (y antiespañoles varios de ellos). Agotado el franquismo con la muerte de su líder, se abrió el camino a la normalidad democrática. Quienes menos derecho tienen a quejarse de la dictadura son quienes la hicieron inevitable (la alternativa, que también pudo triunfar en la guerra civil, habría sido incomparablemente peor). Y son precisamente los antifranquistas retrospectivos (pues en tiempos de Franco los antifranquistas algo activos éramos muy pocos) quienes protagonizan la actual involución: Josu Ternera, Ibarreche, Carod Rovira, Zapatero y su gobierno, Mas, De Juana Chaos, tienen en común su antifranquismo, su falta o escasez de identificación con España y su aversión a la democracia liberal. No por azar.
Pues bien, la derecha procedente del franquismo logró imponer su solución en 1976-78 frente al irresponsable rupturismo de una oposición que agrupaba por igual a comunistas, grupos más o menos terroristas, maoístas, democristianos, socialistas marxistas y menos marxistas. Y a continuación esa derecha triunfante renunció al combate por las ideas, asumiendo el supuesto, repetido últimamente por Rajoy, de que la gestión económica es lo único realmente importante, pues, cree él, de ella depende todo. Esta idea, que rechazaría el más tosco de los marxistas, se completaba con la invitación a olvidar el pasado para “mirar al futuro”. Pero el futuro es opaco y las pitonisas fallan más de lo aceptable. Con ello no solo reducían la política a niveles realmente pedestres, sino que dejaban a sus adversarios el control del pasado, es decir, la desfiguración del pasado a su conveniencia política actual, y les permitían socavar las bases mismas de su propia legitimación y de la transición.
Porque la izquierda, que ha recibido golpes tan duros y en principio demoledores como la caída del Muro de Berlín o la evidencia de sus “cien años de honradez”, ha podido sobrevivir a ellos transfiriendo su vieja legitimidad ideológica –el marxismo, ante todo–a la historia: era el pasado el que legitimaba a las izquierdas y los separatistas, pues en el enfrentamiento crucial de la guerra civil ellos habían defendido la libertad frente a los “fascistas”, los asesinos de la democracia, de quienes desciende la derecha en general y el PP en particular. Figúrense, los stalinistas, marxistas del PSOE, racistas del PNV, anarquistas, golpistas del nacionalismo catalán y de las izquierdas republicanas… ¡defendiendo la democracia todos juntos (aunque a menudo también se mataran entre ellos)! La falsedad es evidente, chocante, estridente, y sin embargo se ha impuesto en gran parte de nuestra sociedad, incluida la derecha. Un fenómeno tal, con tan graves repercusiones políticas actuales, solo ha podido producirse por una abdicación moral e intelectual casi inimaginable por parte de quienes debieran haber defendido la verdad.
Abdicación no del todo nueva en nuestra historia, pues una actitud similar llevó a la claudicación asombrosa que trajo la II República en 1931. La república, se dice, llegó por un golpe de estado y no por unas elecciones municipales, que además ganaron los monárquicos. Y es verdad. Pero el golpe de estado lo dieron los monárquicos, no los republicanos, al renunciar a su derecho y despreciar a sus propios votantes. Los monárquicos, en plena quiebra moral, hundieron la monarquía. Y ahora mismo la derecha futurista está colaborando, con su inhibición, al hundimiento de la democracia traída por ella misma hace algo más de treinta años.
En su época contemporánea, España ha pasado por tres períodos de unos 60-70 años, caracterizados por el intento de poner en pie un sistema de convivencia en libertad. Los dos anteriores fracasaron, y precisamente en sendas repúblicas, la de 1873 y la de 1931-36. Hoy nos hallamos ante otro momento de crisis, un nuevo desafío histórico del que la democracia española puede salir robustecida o hundirse en una nueva etapa de descomposición. De todos nosotros dependerá.
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“Ah, el amor en los años 80. Hombres que lloran. Mujeres que compiten. Padres que crían a los hijos. Mujeres que saben imponerse. Sentimientos compartidos entre compañeros iguales. Igual cuota de trabajo casero y de orgasmos. Dos carreras provechosas…” Así empieza la tímida crítica de Time al informe Hite, sintetizando el ideal feminista. Lo malo es que, como concluye la crítica a propósito de un ideal derivado, ¿para qué se necesitarán entonces hombres y mujeres? “Por fin una salida pacífica a la guerra de sexos”…
El objetivo del feminismo es la igualdad, y por tanto la exclusión de la complementaridad entre los sexos. El feminismo siempre ha vacilado entre la igualdad con el varón y la idea de los valores femeninos como “otra cultura”. Pero la base es siempre la abolición de la complementaridad. En unos momentos ha predominado la masculinización de la mujer arguyendo que no hay valores ligados a los sexos, y en otros se exaltan disparatadamente ese tipo de valores, negando que la “cultura” femenina necesite del varón, o proponiendo una feminización de éste, que parece ser el bandazo hoy prevaleciente.
Ausente la complementariedad esencial, el único aspecto de interés mutuo serán las relaciones sexuales físicas. Empero, dichas relaciones no tienen por qué ser heterosexuales. Siguiendo la vía por la que encauzan el asunto las ideologías, el sexo se limita a una necesidad fisiológica, satisfactible de muy diversas maneras igualmente válidas. Como lamenta Germaine Greer (con aversión que sus propios principios no justifican), la cuestión se reduciría a “descargar la energía sexual de manera regular, como un lavado de estómago”. O, como instruía el buen Wilhelm Reich a la juventud avanzada, vendría a ser algo parecido al rascarse.
Porfía el mensaje feminista en que la homosexualidad y la sexualidad normal son perfecta e igualmente válidas. Pero la lógica debiera inclinarle a preferir resueltamente la homosexualidad, cuando menos en tanto no se alcance la igualdad real de los sexos (que parece ir para largo). Otro problema consiste en que la homosexualidad reproduce a menudo, en remedo, la división de papeles; pero eso se superaría, sin duda, con mayor rapidez que la desigualdad heterosexual.
Los feministas han negado, ambivalentemente, la propensión de su doctrina a una sociedad homosexual. Pero el informe de la señora Hite posee mayor consistencia lógica: es un ardiente canto al lesbianismo. Según Hite, “el 46% de las lesbianas piensa que que homosexualidad es una elección”, y, más significativamente, la mitad de estas la consideran una “elección de carácter político”, esto es, de carácter feminista.
Si a las mujeres de Hite les va muy mal con los hombres, en cambio “el 82% dicen que sus relaciones (lesbianas)… son excelentes”; “tienenun porcentaje mayor de orgasmos”, “el porcentaje de mujeres homosexuales que aprecian la vida con unas relaciones apasionadas es bastante más alto que entre las mujeres heterosexuales”; “el enorme entusiasmo y orgullo expresado por casi todas las mujeres lesbianas es notable”. Y un largo etc.
De lo que deduce la sagaz encuestadora: “Las vidas de las mujeres juntas tiene un entramado muy rico y propio (…) La existencia de ese mundo es un gran recurso cultural; él provee un lugar de donde se extrae fortaleza y belleza, está abierto a todos los placeres (…) y muestra nuevos modos de ver las cosas (…)” “De hecho, la historiadora Carroll Smith-Rosenberg ha escrito (…) “Ver la heterosexualidad cual una construcción artificiosa impuesta a la humanidad, sería un concepto revolucionario. ¿Quién puede decir que los más natural es amar al sexo opuesto al propio? Los griegos de la Antigüedad se habrían visto en un dilema para responder a eso”.
“En cierto modo las relaciones entre mujeres son superiores”, reconoce nuestra buena Hite, si bien advierte virtuosamente que “no se puede decidir que las mujeres dejen de ser heterosexuales y se hagan homosexuales”. La propia encuestadora no se ha decidido, pese a tanta maravilla, por la superior cultura lesbiana…”todavía”.
(De La sociedad homosexual y otros ensayos)
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Dentro de unos días cerraré el blog, no sé si provisional o definitivamente. Lo hago con un punto de decepción, por cuanto lo concebí al principio como un foro no solo de argumentación sino también de movilización, y es obvio que no he sabido hacer lo segundo, ni dispuesto del tiempo necesario para ello.
En otro sentido el blog ha sido un éxito. Muchos miles de personas lo han seguido, han argumentado dentro de él, se han esbozado ideas que precisan un mayor desarrollo, etc.
Incluso ha sido positiva la contribución del elemento "rojo", o nazi o separatista –se parecen demasiado–, a menudo abiertamente amenazante, pues si no han contribuido a ningún debate racional han dejado constancia de una vileza, retorcimiento e insolencia que recuerdan los de la propaganda que llevó a la guerra civil. Sujetos que aplastan allí donde puede la libertad de expresión, la invocan para sus provocaciones. Esto debe ser tomado como un dato objetivo y revelador de una realidad. Algunos de sus mensajes han sido borrados, por un lógico hartazgo, y ahora que lo pienso es lástima, porque no dejaban de ser un documento. Aun así, el muestrario es suficiente.
Otro factor me obliga a cerrar este foro, y es la falta material de tiempo y la urgencia de otros trabajos. Seguiré escribiendo, no obstante, en las columnas de opinión de LD, el periódico español en la red más vivo y de mayor enjundia intelectual.
16 de Abril de 2008 - 08:39:21 - Pío Moa - 109 comentarios
¿Quién habría sido más adecuado para ministro de Defensa zapotesco, Chacó o Zerolo? Ardua elección, pero me inclino por Zerolo. No sabemos si es separatista, pero tiene otros méritos, y separatista puede hacerse de la noche a la mañana, no cuesta ningún esfuerzo a esta gente. Con toda probabilidad tampoco se considera español, como no se lo considera Zapo el Rojo (rojo, nada mejor que nazi, precisamente) ni la Chacó. Claro que tiene la desventaja de ser hombre, eso sí....
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“El socavamiento de la relación de pareja, acompañado de contradictorias prédicas moralistas opuestas, se manifiesta a la perfección en el problema del aborto, acaso el más machacón caballo de batalla internacional del feminismo en años recientes. La doctrina al respecto se concentra en el lema “nosotras parimos, nosotras decidimos”, el cual condensa a su vez la filosofía de las legislaciones abortistas adoptadas en muchas naciones. Ello equivale a una invitación, punto menos que irresistible, a la rresponsabilidad paterna. Y siendo el sentimiento paterno más débil que el materno, el efecto no podía ser otro que el conocido: un cada vez mayor desentendimiento del varón respecto a la prole y a la relación estable, percibidas como una simple carga.
Sorprende entonces que los mismos feministas se embarquen en campañas de persuasión y hasta persecución legal del padre para que peche con su “responsabilidades” (económicas, porque otras se vuelve arduo). Pero el padre irresponsable y feministizado replicará: “¿No es la mujer quien decide? Que cargue con las consecuencias y no me arrastre a mí, que no deseaba más que un rato de diversión. ¿Voy a tener que pagar la vida entera por un impulso momentáneo? No dramaticemos el sexo. Si ella quiso tener al niño, o se descuidó, que no me complique. Que la ayude el estado”.
Pocos hombres hablarían con tan brutal franqueza, pero muchos comportamientos siguen la lógica de esa respuesta, inducida por el feminismo, y se manifiesta en el aumento de madres solteras y madres adolescentes, en el aumento de los abortos y el descenso anormal de hijos, piadosamente embellecido como “calidad de vida” por determinados ideólogos”. Y seguramente también en la violencia doméstica.
(De
La sociedad homosexual)
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Preguntaron a Zapo el Rojo cuál era su patria. No podía decir que España, pues evidentemente no lo sentía. Tras vacilar unos instantes le llegó la inspiración, y soltó: "La libertad". Luego supimos que se trataba de la libertad de De Juana Chaos y otras libertades similares. Lógicamente, su gente le acompaña en tan elevados sentimientos.
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"EL ITALIANO TACHÓ DE "ROSA" AL GOBIERNO ESPAÑOL
Alfonso Guerra responde: "¿Pero Berlusconi no es un delincuente?"
Pues Mienmano sabrá, de eso él entiende mucho. Y como tal entendido, miente demasiado.
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El PAPEL DE LAS CREENCIAS
En “El derrumbe de la República” dediqué un espacio bastante amplio a exponer las creencias básicas de anarquistas, marxistas, falangistas, separatistas, etc. Ello es inhabitual en los libros de historia españoles, que apenas tratan esos aspectos, quizá por pensar que basta exponer sus hechos para entender sus puntos de vista. Sin embargo no es así. Los actos solo reflejan parcial y pasajeramente los puntos de vista o creencias de los protagonistas. Por lo común, el desarrollo histórico resulta de una inextricable combinación de creencias, presiones externas, cálculos y sucesos a menudo inesperables, pero son probablemente las creencias las que dan mayor coherencia a las actuaciones de políticos y partidos.
Por creencias debemos entender convicciones que no se apoyan, o no se apoyan por completo, en conocimientos contrastados y juicios racionales. Los cálculos racionales, por ejemplo, llevan mucho más tiempo del que permite la urgencia de nuestras acciones cotidianas, y en general los reservamos para situaciones desacostumbradas o a las que damos importancia especial.
Podemos distinguir al menos dos tipos de creencias: las que Tocqueville llamaba “ideas dogmáticas”, es decir, las que nos impone la escasez de tiempo, la cual nos mueve a confiar en las ideas recibidas de otros, sin posibilidad de comprobarlas a fondo, pues de otro modo invertiríamos toda la vida en obtener unos conocimientos mínimos y precarios. Damos, por tanto, nuestra confianza a una multitud de informaciones e ideas que no podemos contrastar, pero que necesitamos para bandearnos en la vida. Ello nos lleva a menudo a engaños y choques con la realidad, pero lo único que podemos hacer al respecto es aprender de la práctica y aplicar criterios lógicos en la admisión de esos datos, de modo que disminuyan las decepciones (nunca desaparecen del todo, naturalmente). A esas “ideas dogmáticas” podemos llamarlas creencias utilitarias, y sus datos, aunque no sea comprobables en la práctica por los individuos, o solo en pequeña medida, son comprobables, en principio.
Pero hay otras creencias que no son comprobables racionalmente. Son las de carácter religioso o ideológico, y podemos llamarlas creencias metafísicas. Las ideologías han atacado las creencias religiosas aplicándoles una lógica de diverso nivel (utilitaria, práctica, científica), pero ellas mismas descansan en creencias que por calificarlas de algún modo llamaremos metafísicas, o tratadas metafísicamente, como “el progreso”, la “libertad”, “el pueblo”, “burguesía y proletariado”, “la mujer”, “la democracia”, etc. Estas creencias no son menos importantes que las utilitarias, porque ofrecen un sentido general a la vida, mientras que las utilitarias solo proporcionan una acumulación de datos e ideas prácticas en continuo crecimiento, y cada más abrumadores por la imposibilidad de encontrarles un sentido general.
15 de Abril de 2008 - 09:30:10 - Pío Moa - 189 comentarios
Alguna gente que no entiende bien lo que lee –el famoso analfabetismo funcional– se ha escandalizado por mi comparación entre Zapo y Hitler, señalando diversas diferencias entre ambos. Por supuesto, existen diferencias, y la comparación no puede extenderse a todos los aspectos, pues entonces no habría comparación, sino identidad. Así, Zapo no dispone de una organización como los SA (pero ha utilizado abundantemente, para llegar al poder, a chusmas que se manifestaban violentamente, asaltaban locales del PP y extendían por todo el país las tácticas de la kale borroka, ¿por qué se olvidan estas cosas?; al parecer tiene bula para hacerlas). Ni ha montado campos de concentración (pero está destruyendo la independencia judicial, reforzando las prácticas antidemocráticas en Cataluña y el País Vasco donde la libertad de expresión ya apenas existe, maniobrando constantemente para silenciar a los pocos medios y personas críticas que permanecen, y persiguiendo a los discrepantes: ¿qué son las querellas contra Alcaraz, los intentos de meterme en la cárcel, las intrigas para dividir y acallar a las víctimas del terrorismo, etc.?).
Zapo tampoco tiene la obsesión hitleriana contra los judíos (pero impulsa políticas de alianza con terrorismos y dictaduras que darían lugar a un segundo Holocausto si lograran imponerse). También hay diferencia entre el extremo nacionalismo alemán de Hitler y la aversión a España de Zapo y los suyos, y su tendencia a disgregar la nación española en un conglomerado de nacioncillas al gusto de mafias políticas locales.
Asimismo la violencia en Alemania era mucho mayor por entonces, aunque menor que la desatada en España por el Frente Popular, con el que se identifica Zapo (pero aquí estamos asistiendo a la perversión moral y política de la legalización de los cientos de asesinatos de la ETA, del premio a los asesinos, en suma de la utilización del terrorismo, desde el poder, como ariete para demoler el estado de derecho). Y así podríamos encontrar bastantes más diferencias un tanto relativas.
Además, en España sigue habiendo democracia, lo recuerdan muchos, como si las libertades debieran algo a Zapo. No solo no le deben nada, sino que, justamente, están en serio riesgo debido a él y su Infame Alianza, a la conversión del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo en su opuesto.
Así, pues, ¿en qué se parecen ambos personajes? Justamente en esto: en que habiendo llegado legalmente al poder operan de manera golpista desde él, demoliendo la Constitución con maniobras de apariencia legal. Su circunstancia también se parece mucho: el “bajo perfil” de la oposición permitió a Hitler ir hasta el final en la destrucción de la democracia alemana, como ahora está facilitando la demolición de la Constitución y la unidad de España. En eso son parecidísimos.
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César Alonso de los Ríos supo verlo
El donjulianismo de la Izquierda
Como otras clarificaciones importantes, ha pasado inadvertido el artículo de César Alonso de los Ríos en ABC, "Don Julián, hoy", donde denuncia el tic antiespañol de buena parte de la izquierda. Juan Goytisolo, en su reivindicación del conde famoso fue, en efecto, el más claro formulador de ese talante, en realidad viejo: "la negación del suelo patrio, de las tradiciones, de la moral convencional, incluida la heterosexualidad... Quizá esta última nota fue la menos celebrada: se tomó como un dato puramente personal aun cuando la consigna de Goytisolo era bien clara: la revolución total, la traición total, el entreguismo total pasaba por la reconversión sexual".
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“Básicamente –dice Denébola– los padres quieren a sus hijos”. Básicamente sí, pero no todos. Y cada vez menos. La crisis de la institución familiar no solo se revela en los asesinatos entre cónyuges, en su gran mayoría de mujeres, sino también en los malos tratos, abusos sexuales y asesinatos de niños, también en auge. ¿Y manifiestan mucho amor a sus hijos las madres que, pudiendo evitarlo, se pasan el día fuera de casa, los entregan a guarderías y cuidadoras y dejan su educación en manos de la telebasura, y apenas los ven, si es que los ven, ya cansada, un corto rato antes de acostarlos (“tiempo de calidad”, le llaman los estafadores)? Cabe dudarlo. Estas vidas "familiares” son cada vez más frecuentes, uno de los subproductos del feminismo.
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Me lo manda Jesús Laínz:
Si quieres que en el Consejo de Europa no se apruebe el proyecto por el cual se impulsa la despenalización del aborto en todos los países de la Unión Europea, facilitando el acceso al mismo, visita:
Debemos conseguir que en todas partes se respeten el derecho a la vida de los niños por nacer.
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Hoy, en "El economista"
EL ANTIFRANQUISMO COMO PRETEXTO
Una aproximación serena y ecuánime al franquismo exige reconocer dos cosas: que terminó fracasando como la alternativa que pretendía ser a la democracia liberal (además de al comunismo); y que, no obstante, reunió méritos considerables: derrotó a la revolución, mantuvo a España fuera de la guerra mundial, evitó una segunda guerra civil, disolvió los odios que habían destruido la república y dejó un país próspero. Todo lo cual permitió una transición razonable evitando las tentaciones rupturistas, que tan nefastas se habían demostrado en la salida de otra dictadura, la de Primo de Rivera. Los méritos mencionados superan los de cualquier otro régimen anterior en los últimos dos siglos, pese a tratarse de una dictadura (autoritaria, no totalitaria).
En vida de Franco la oposición a su régimen fue escasa, y toda ella, al menos la activa, tuvo carácter totalitario y más o menos terrorista: el PCE dejó de matar solo cuando fracasó su maquis, y cabe recordar la simpatía casi generalizada de la oposición hacia la ETA cuando esta comenzó sus asesinatos, ya en 1968. Pero hoy, muerto Franco y desaparecida su “democracia orgánica”, los antifranquistas se han multiplicado misteriosa y absurdamente, y ha cobrado tintes de auténtico fanatismo su odio al finado Caudillo, a quien intentan vencer retrospectivamente.
Ese antifranquismo alucinado ha servido de cobertura para mentir sin freno, falsificando el pasado de sus promotores y la historia general, hasta llegar a una ley reivindicativa de los chekistas y de la ETA. Y cualquier intento de restablecer la verdad es tildado de “franquista”, como si alguien creyese factible una vuelta al régimen anterior. Esto me parece una enfermedad moral con graves efectos políticos. A Franco ya no lo van a derrotar, hagan lo que hagan. En cambio amenazan peligrosamente la convivencia en libertad alcanzada con la transición.
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Por aligerar:
“Los españoles son los que han triunfado sobre los alemanes y les han puesto el yugo en la guerra de Alemania, cosa no oída, ni vista ni realizada desde el gran Julio César u otros grandes emperadores romanos.
Ellos son los que, siguiendo la divisa de su gran emperador Carlos, de avanzar más allá, han cruzado el mar y caído sobre África y tomado su principal ciudad y fortaleza, Túnez y La Goleta.
Ellos son los que han pasado a Berbería y tomado el reino de Orán, las ciudades de África y de Trípoli, Vélez y su peñón, y que más hubieran logrado sin el bárbaro elemento del mar y del cielo, no más suave ni piadoso el uno que el otro, que les detuvo con su emperador, privándoles de la ocasión de tomar el reino de Argel (…)
Son ellos quienes, con unos puñados de tropas instaladas en las ciudadelas, roques y castillos, mantienen bajo la rienda a imponen la ley a los potentados de Italia y a los estados del Flandes y en diversos lugares de la Cristiandad, incluso en Berbería, Morea y otros países infieles y hasta en Transilvania con el valiente Castaldo, y en Hungría y Bohemia.
Son ellos los que hacían sentirse invencible al emperador Carlos cuando, en lo más apurado de sus negocios y batallas, se veía en medio de no más de cuatro o cinco mil españoles, sobre cuyo valor arriesgaba su persona y su imperio y todos sus bienes (…)
Ellos fueron quienes valieron a Don Juan de Austria para ganar la grande y señalada batalla de Lepanto, y siguen siendo los que, con el gran capitán príncipe de Parma, han hecho temblar a toda Francia, teniéndola en alarma largo tiempo (…)
Y lo más notable de todas estas hazañas es que no las han llevado a cabo grandes masas de hombres, sino tropas reducidas; porque nunca se han hallado diez mil españoles juntos en una ocasión, que la mayor no pasaban de ocho o nueve mil, de los cuales nunca quedaron tendidos los cadáveres de más de tres mil, por grande que fuese la carnicería en algunos combates desastrosos o batallas infortunadas (…)”
(De Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme,
Bravuconadas de los españoles, ed. Áltera).
14 de Abril de 2008 - 12:52:52 - Pío Moa - 66 comentarios
El caso de Zapo recuerda al de Hitler. Este obtuvo legalmente el poder y desde él desmanteló el sistema democrático. Le salió bien y siguió de provocación en provocación (perfil alto), ante las cuales retrocedían una y otra vez sus adversarios (perfil bajo), que desecharon las oportunidades de pararle los pies a tiempo, hasta verse obligados a hacerlo de la peor forma posible, cuando ya se había perdido demasiado terreno.
Se le puede llamar golpismo desde el poder, algo que también muy practicado en las repúblicas bananeras latinoamericanas. Vivimos con un gobierno ilegítimo, por antidemocrático y antiespañol. Este hecho está por encima de los votos, pues la legitimidad de estos para destruir el sistema de libertades y la nación es nula, por muy numerosos que sean. Las reglas del juego se han roto, y se trata de ver si los golpistas triunfan sobre la ley o la ley sobre los golpistas.
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Monarquía y república
Muy importante el blog de Federico aludiendo a la implicación del rey en las maniobras por acentuar el perfil bajo de la oposición. Juan Carlos, aparte de sus méritos políticos anteriores, tiene en su haber bastantes hazañas poco confesables pero bastante notorias y conocidas, sobre todo de la mafia socioprisaica. Y sabe que ésta, de tendencia antimonárquica, no tendrá el menor escrúpulo en utilizarlas contra él si lo ve conveniente, mientras que la derecha conserva otra consideración hacia la monarquía salida, como la democracia, del franquismo. De ahí la casi permanente claudicación regia ante Zapo y las presiones sobre la oposición para aplacar a la izquierda y los separatistas. Podría admitirse que el rey permaneciera impasible ante las fechorías del gobierno, pero una intervención a favor de él ya entraría en lo intolerable, y empujaría a gran parte de la opinión neutra y de derechas hacia la república. Pues las izquierdas y los separatistas son republicanos de raíz, cosa que no debiera olvidar nadie, y si no actúan abierta y masivamente en esa dirección se debe al apoyo que la monarquía retiene en la opinión pública. Desde luego, si alguien puede hundir la monarquía es la propia Casa real, como ha sucedido en el pasado.
También guarda el caso alguna similitud con el de Niceto Alcalá-Zamora: tratado sin consideración, incluso de forma insultante, por Azaña (lo dice el alcalaíno en sus diarios y cartas), Don Niceto trató siempre a este con exquisito respeto. En cambio se cebó contra la derecha, siendo él derechista, y provocó en su seno crisis incesantes, ayudando a eliminar a Lerroux y expulsando a la CEDA, hasta conseguir la reanudación de la guerra civil. Alcalá-Zamora era el jefe del estado, como Juan Carlos.
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Azaña y los republicanos
Cuando fracasó el golpe militar con que los republicanos pensaban imponer la república, en diciembre de 1930, Azaña se escondió, y así seguía después de las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, hurtándose a cualquier actividad conspirativa.
Fue Maura, seguro de la quiebra moral de la monarquía, quien le buscó y le llevó, casi a rastras, a tomar el poder en el Ministerio de la Gobernación en la Puerta del Sol de Madrid, el día 14. No tuvo, por tanto, parte alguna en los sucesos que trajeron el nuevo régimen. Tampoco era un republicano, y menos un republicano activo, de larga trayectoria. Tras el golpe de Primo de Rivera había roto con la monarquía, pero pocos sabían de esa ruptura, y su actividad de oposición a la dictadura había sido mínima. A lo largo de 1930 había pronunciado algunos discursos que atrajeron una fugaz atención sobre su persona, pero políticamente seguía siendo un desconocido, y sus pocos conocedores le recordaban más bien por sus obras literarias y de crítica en revistas. Era sólo un escritor con pocos lectores, pese al indudable mérito de, por ejemplo, El jardín de los frailes, y a menudo se sentía fracasado.
Sin embargo, a partir del 14 de abril del 31, en muy poco tiempo se convertiría en el principal personaje del nuevo régimen, en “la revelación”, o la “encarnación de la república”. La raíz de esta súbita elevación no se encuentra en intrigas ni en conspiraciones, sino en el sorprendido reconocimiento que le tributaron sus correligionarios por su inteligencia y calidad razonadora, unidas a su resolución para llevar a la práctica sus medidas reformadoras. Casi todos vieron y, lo más asombroso, aceptaron un tanto admirados, su notable superioridad política e intelectual, pese a tacharle al mismo tiempo de hombre adusto y algo hiriente. Pero si en un sentido suena asombrosa esa admiración, en otro no tanto: la tradición de los republicanos españoles, en general, apenas si cabe calificarla de pintoresca. Una tradición de muy escasa sustancia intelectual, bravucona, sin apenas noción de la responsabilidad política y con proclividad a la violencia y a las divisiones reyertas entre sus partidos. No sólo políticos de derecha, como Cambó, manifiestan un convencido desprecio hacia ellos, los mismos socialistas los miraban como personas y partidos insolventes desde cualquier ángulo que se les considerase. En este sentido, pudieron estar encantados de hallar entre ellos a un personaje de mucha más talla.
Azaña, desde luego, percibía la calidad no muy alta de sus correligionarios, pero no se desanimó, debido a la extraordinaria autoconfianza adquirida en los primeros tiempos del nuevo régimen. Desde el primer momento miró con una mezcla de condescendencia e irritación a sus correligionarios. A los militares republicanos los trata en ocasiones de botarates, y no mejor a los partidos. Así describe un congreso del principal partido republicano, el Radical Socialista, que transcurría en medio de continuas trifulcas y amenazas de unos y otros políticos de destapar corruptelas y de escindirse (y se escindiría, en efecto): “Llevan tres días, mañana, tarde y noche, desgañitándose. Y lo grave del caso es que de allí puede salir una revolución que cambie la política de la república”. Se descubrió que los delegados de Murcia iban con representación de miles de votos inexistentes, pero después de mucho escándalo, se les admitió ante la amenaza de los murcianos de “destapar” otros asuntos de los escandalizados. Y por fin, “después de tan feroces discusiones, se han echado a llorar oyendo el discurso de Domingo; se han abrazado y besado, han gritado… Gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta. Están redactando una propuesta que podrán votar todos, y hasta otra”.
Calificativos semejantes, si bien con menos intensidad, podían aplicarse quizá a sus partidarios de Izquierda Republicana. Cuando Azaña pasó a la presidencia de la república, tras haber destituido a Alcalá-Zamora, los azañistas se resistían a que abandonase la jefatura del partido, como era obligado, al no percibir otro jefe de su talla. La resistencia fue vencida en una escena vista así por Azaña: “Llorera general… Explosión de entusiasmo, abrazos, promesas, juramentos cívicos… En fin, muy bien. Es posible que ahora lo destrocen todo”.
La concepción, por así decir, estratégica de Azaña con vistas a realizar sus proyectos políticos consistía en orientar la energía de “los gruesos batallones populares” –principalmente las grandes organizaciones sindicales– bajo el influjo de la “inteligencia republicana”. Pronto comprendería que esa inteligencia era todo menos abundante, y si su confianza inicial en sí mismo le llevó al principio a mencionarla con una especie de desdén amable, como cuando señala la incapacidad de los diputados para percibir un sarcasmo o una ironía algo finos, pronto acumuló una impaciencia y un fastidio próximos a la desesperación: “Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para poder confiar en ellos ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?” Cuando, en verano de 1933, suspendió las vacaciones de las Cortes a fin de aprobar unas leyes a su juicio muy importantes, suspensión muy mal llevada por los diputados, fulmina contra la “terquedad, suficiencia y palabrería” de los suyos: “No saben qué decir, no saben argumentar. No se ha visto más notable encarnación de la necedad. Lo que están haciendo me ha hecho pensar, por vez primera, desde que hay República, en la del 73. Así debieron de acabar con ella. El espectáculo era estomagante. Diríase que estaban llamando al general ignoto que emulando a Pavía restableciera el orden”.
Y son sobradamente conocidos sus comentarios mordaces sobre personajes diversos, como Domingo, Albornoz, Gordón Ordás, Companys, etc. donde reluce su poca estima hacia sus colaboradores, actitud identificada a menudo con la soberbia. Pero cabe la duda de si tales sarcasmos no estarían justificados.
En algunos momentos parece a punto de tirar la toalla: “¿Estoy obligado a acomodarme con la zafiedad, con la politiquería, con las ruines intenciones, con las gentes que conciben el presente y el porvenir de España según los dictan el interés personal y la preparación de caciques o la ambición de serlo? Obligado no estoy. Gusto, tampoco lo tengo. Entonces ¿qué hago yo aquí?”.
Expresiones semejantes abundan en su primera época de gobierno, de 1931 a 1933. Y sin embargo, una vez perdido el poder intentará recuperarlo, con sorprendente irresponsabilidad, mediante la alianza entre la casi inexistente “inteligencia republicana” y los “batallones populares”, en condiciones mucho peores que en el primer bienio. Sus discursos de 1935, origen del Frente Popular, revelan su conciencia de estar despertando un “torrente popular que se nos viene encima”. Pero, con incomprensible optimismo, asegura que para encauzarlo “nunca nos habrán de faltar hombres”. Pocos meses después, ya en el poder, volverá a su vieja lamentación: “No existe el centenar de personas que se necesita para los puestos de mando”. Peor aún, la talla moral e intelectual “ha bajado tanto que hombres muy modestos se ofenden si se les ofrece un Gobierno civil”. Nadie parecía contentarse con menos de un Ministerio.
Los diarios de Azaña alumbran una de las claves, casi siempre desestimada por los historiadores, del fracaso de la república: la escasez de hombres capaces y de miras elevadas, y la abundancia de demagogos ambiciosos e ineptos. No sin despecho llega el político que encarnó aquel régimen a atribuir al conjunto de los españoles una inteligencia escasa, o una aptitud limitada para utilizar el cerebro. Creo que se trata de una extrapolación ilegítima, a partir de su experiencia con sus correligionarios, no muy representativos del conjunto del pueblo.
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Propaganda feminista
"La suposición básica del feminismo residen en que las diferencias entre los sexos se ciñen a lo genital, sin más consecuencias social o cultural necesaria. De ahí que la diferenciación de los sexos en papeles, actitudes y talantes sea vista como una imposición arbitraria, cuyo objeto sería afianzar la opresión del varón sobre la mujer.
Entre los elementos de la propaganda feminista se encuentran:
– Una incitación tenaz a la incorporación e igualamiento de la mujer en todos los planos profesionales, políticos, deportivos, etc. Incitación que se expone como progresista y emancipadora.
– Desvalorización simétrica de las funciones típica y tradicionalmente femeninas, en especial la maternidad, la crianza de los niños y la atención al hogar. Papeles que aparecen con signo neutro en el mejor de los casos, y explícita o implícitamente negativo en la mayoría: “Mujer, tu casa es tu prisión”. Se trataría de una tara a superar mediante la “socialización” según unos, o adjudicando al varón los mismos papeles que a la mujer en la casa, la crianza, etc., según otros. Lo contrario sería “injusto”.
– Consideración de la sexualidad como una diversión o entretenimiento individual, sólo muy secundariamente ligado a la procreación o al establecimiento de vínculos personales estables (lo último no suele defenderse, pero es consecuencia de lo primero).
Estos tres aspectos van muy trabados entre sí, aunque el acento recaiga sobre este o aquel, según las tendencias: el tercero ha sido llevado al extremo en ciertos ácrato-feministas, mientras que los socialismos reales han probado a conciliar el igualitarismo con la institucionalización del matrimonio y la familia. Conciliación frustrada, desde luego.
Todo lo cual no impide que se insista en que la mujer mantiene su condición femenina (quizá algo innecesaria sobre tales bases). Son instructivas las apreciaciones de la prensa en torno a la ministro de Asuntos Sociales Matilde Fernández, a raíz de su nombramiento. “De ella cuentan que es capaz de poner orden en una reunión de hombres con solo pegar un buen puñetazo en la mesa”, explicaba admirativamente Cambio 16 (8-8-88), mientras Diario 16 (misma fecha) resaltaba lo “femenino”: cuando hace años se vio obligada a viajar a Londres para abortar, antes de regresar a España fue de tiendas por la ciudad del Támesis “porque de alguna manera irse de trapos cura las depresiones”.
La propaganda feminista posee un alto voltaje emocional y un arsenal de descalificaciones inmediatas contra las ideas o tendencias discrepantes, tachadas de “reaccionarias”, “machistas”, “sexistas”, “opuestas a la mujer”, cuando no fascistas, oscurantistas, etc.
Así, las críticas al último informe Hite, acusado de mala metodología y otros defectos, provocaron un comunicado firmado por varias conocidas feministas, y muy publicitado en la prensa useña, que aseguraba: “El ataque conservador al informe Hite forma parte de la actual reacción conservadora y (…) va dirigido (…) contra los derechos de todas las mujeres”. Por su lado, la autora del informe condenaba “la histérica reacción conservadora contra el proceso irreversible de liberación de la mujer”, felicitándose de que “los ataques se aplacaron después del comunicado conjunto” recién citado. Los efectos de la “reacción conservadora” se pintan con colores espeluznantes: “En América ni siquiera se puede hablar de sexo, y mucho menos pensar en disfrutar de él”, informa Shere Hite con un peculiar sentido de la veracidad.
La similitud con la retórica empleada por los comunistas en los años 20 sorprende; y sugiere un aprendizaje en esa escuela, cosa nada improbable. Pero un rasgo de las ideologías consiste en la reproducción estereotipada de formas de ataque y racionalización. Por ejemplo tratan de impresionar relegando la razón y poniendo en primer plano factores de fuerza semimística: el futuro, o la vida “están con nosotros”; la revolución “es irreversible”; la reacción, aparte de malvada, resulta inútil…”
(La sociedad homosexual y otros ensayos)
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Luis:
No lo digo en tu blog porque me resulta difícil acceder. Mis conocimientos informáticos son limitados. Tus comentarios a ¿Sofisma de Tagore? son excelentes. En esta misma línea quisiera añadir una frase de Popper: "Cuanto más sabemos, menos sabemos". El sentido es que cuando, metafóricamente hablando, subimos un escalón en el conocimiento, descubrimos nuevos ámbitos, antes desconocidos. Esto aumenta nuestra ignorancia pero a partir de un nivel de conocimiento superior. Esto supone nuevos retos, en un camino sin fin. No por casualidad, otro libro de Popper se titula "Búsqueda sin término".
Un abrazo.
Sebastián Urbina.
13 de Abril de 2008 - 10:16:38 - Pío Moa - 99 comentarios
De entrada parece haber un sofisma en el argumento de Tagore (blog 10 de abril).
a) La comparación entre la inteligencia de la polilla y la humana, diferencia no solo cuantitativa (la inteligencia humana captaría muchas más cosas que la de la polilla) sino cualitativa, en dos sentidos: la inteligencia de la polilla, como, en general, la de los animales, está limitada por sus apetencias digamos materiales, básicamente la nutrición, la reproducción y la prevención contra sus depredadores. La inteligencia humana no está limitada en ese sentido y ha operado a lo largo de los siglos al margen de las apetencias materiales, buscando más bien el por qué y el para qué de las cosas… aunque luego sus hallazgos tuvieran repercusiones utilitarias. El ser humano se pregunta constantemente por más cuestiones de las que entiende o incluso puede entender, mientras que en la polilla los límites de su comprensión (y de su interés) vienen genéticamente dados. En el hombre no existe programación genética en el mismo sentido, pues de otro modo nuestros saberes serían siempre los mismos y siempre ligados a esas apetencias que solemos llamar materiales.
b) Tagore niega la posibilidad de tener alguna impresión de una verdad por encima de nuestras capacidades sensoriales o racionales, pero no parece cierto. Existe esa posibilidad de dos maneras: el conocimiento funciona de de tal modo que un avance en él abre nuevas interrogantes o problemas que a menudo no se presentaban antes a nuestros sentidos y a nuestra razón. Y esas verdades antes desconocidas influían, a veces de modo muy poderoso, sobre nuestra vida, sin que fuéramos conscientes de ello. Así, antes del descubrimiento de América nadie en Europa tenía conocimiento sensorial o racional de ella, y sin embargo el continente existía y además influía en muchas condiciones de la vida europea, por ejemplo a través de la corriente del Golfo. Lo mismo ocurre con los descubrimientos científicos: por ejemplo, la alternancia entre eras glaciales y cálidas, desconocida hasta no hace mucho, ha influido profundamente en la evolución humana. Y qué decir de los conocimientos cosmológicos o genéticos alcanzados en los últimos decenios.
Tagore, claro, hablaba en un sentido algo distinto: todas esas verdades, aunque ocultas por un tiempo al hombre, estaban en principio a su alcance, como ha demostrado la práctica. De lo que se trata es de considerar si existe algo incognoscible por naturaleza, parecido a la “cosa en sí”, kantiana. Muchos dirían que se trata de una contradicción o un absurdo, puesto que la declaramos de antemano inconocible. Se trataría de una extrapolación ilegítima de la experiencia práctica: el descubrimiento de hechos previamente ignorados nos lleva a imaginar, sin base alguna, la existencia de algo esencialmente misterioso. Siendo absurda esta operación mental, y puesto que la religiosidad va ligada al sentimiento de un esencial misterio, concluiríamos que la ciencia, al avanzar una y otra vez, va acosando al fantasma religioso, y “la retirada de la religión del terreno ocupado por la ciencia es casi completa” como dice Weinberg repitiendo un tópico de Engels.
No obstante, el misterio se presenta a nuestra mente de dos modos: no ya en un límite más o menos precisable a nuestro conocimiento, sino en el hecho desconcertante de que cada nuevo conocimiento nos abra nuevos problemas e incertidumbres, antes impensables. No sabemos si esto es una propiedad misma del conocimiento o un fenómeno pasajero mientras no se complete nuestro saber sobre el mundo; pero si se trata de lo primero, como sugiere la experiencia habida hasta ahora, entonces el ignorabimus está servido de antemano, por mucho que se desarrolle la ciencia, y tal como podemos caminar hacia el horizonte sin alcanzarlo nunca.
Con todo, el misterio no debe presentarse solo como una última verdad o una serie de verdades inaccesibles, sino que debe reflejarse en todos los aspectos del mundo y la vida, subtendiendo todo conocimiento y toda comprensión de nuestra mente. Debe estar presente en nuestros mismos saberes científicos y en nuestra vida cotidiana, no como una montaña remota, no solo inaccesible sino también e invisible (y sin efecto real sobre nuestra vida, como ya proclamaban los epicúreos). Claro que, se ser así, quedaría por justificar la relación entre religión y misterio.
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Tiorrilla en Defensa
El Niñato Rojo, fiel a su política provocadora de perfil muy alto, ha puesto al frente de Defensa a una tiorrilla frivolona, nacional-socialista o social-nacionalista catalana y partidaria de la autodeterminación. Los otros cargos fundamentales del ministerio los desempeñan también tías. Con ello, el Niñato ataca a un tiempo el llamado “machismo” (palabra-policía creada por una de las ideologías más necias del siglo XX) propio de las fuerzas armadas y desafía a la misión constitucional de éstas como garantes de la integridad de España. Se trata de avanzar en la descomposición del ejército y tiene también relación con la política de abandono de la defensa de Ceuta y Melilla.
Por otra parte la incorporación de la mujer al ejército me parece un signo de la barbarie de nuestro tiempo. Al cuerpo femenino le sienta muy mal el uniforme militar, dato anecdótico pero reflejo de otras realidades. Un valor fundamental en la milicia es la camaradería, valor típicamente masculino, muy difícil de mantener con mujeres por medio (camarada, palabra española, procede de los Tercios y se ha extendido a otros idiomas). Lo más probable es que la camaradería degenere en puterío, otro “valor” muy cultivado por el rojerío Chilkilicuatre y en pleno auge en nuestra sociedad. Por el rojerío de la colaboración con los asesinos y el ataque a la Constitución, por los simpatizantes de la cheka. Todo va junto.
Durante la última guerra mundial Stalin fue el único que, por movilizar al máximo las fuerzas sociales, incorporó gran número de mujeres al ejército, incluso en unidades de primera línea. No las apreciaban mucho sus compañeros, que solían atribuir sus medallas al mérito militar al “mérito sexual con los oficiales” y burlas parecidas. Eran injustos, pero transmitían toscamente una oscura sensación de repugnancia: la mujer, considerada transmisora y cuidadora de la vida, dedicada al negocio contrario (lo menciono en Años de hierro).
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"ABASCAL LAMENTA QUE CONTINÚEN "LOS MINISTROS MÁS SECTARIOS"
Por supuesto. ¿Por qué había de arrepentirse? ¿No ha ganado las elecciones con su política de perfil altísimo? ¿No las ha perdido el PP con su perfil bajito, con su oposición de caniche? Quien tendría que arrepentirse es el PP, pero ni él mismo sabe si de su perfil bajo o de no haberlo rebajado más aún.
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"La importancia histórica del Descubrimiento de América, así como su mérito y su gloria han llenado, seguramente, más páginas que cualquier otro acontecimiento profano, pero sobre todo el polémico origen del descubridor parece haber batido todos los récords biográficos, habiendo llegado a considerarse su origen casi tradicionalmente genovés, o al menos italiano, concepto casi indiscutido.
Algunos colombistas le han hecho judío o converso; muy pocos español. El estudio sistemático y detallado de unas y otras fuentes hace patente la inconsistencia de tales hipótesis y descubre la debilidad de las mismas, cuando no los errores de su interpretación o su falsedad total.
El mismo Pérez de Tudela dice en su obra: "La concepción españolista tuvo muchos menos estímulos para fomentar la línea crítica frente a la glorificación colombina que el entusiasmo del italianismo para sublimar el pedestal de las glorias personales de Cristóbal Colón. Y esto será esencial para la trayectoria del colombinismo" (María Virginia Martínez, Cristóbal Colón y España, Prósopon Editores)
Ahora que la figura de Colón suele ser mirada como abominable más que gloriosa, quizá se abra paso su reivindicación como español, más probable que la reivindicación italiana. Otro abominable español, a fin de cuentas.
Reparo ahora en que la portada del libro presenta un mapa del reino de Aragón... en inglés. Increíble. Solo por eso dejo de recomendar el libro, que he prologado.
12 de Abril de 2008 - 12:49:48 - Pío Moa - 25 comentarios
Anoche, cena un poco multitudinaria con "Hazte oír", uno de esos grupos espontáneos que surgen en la sociedad para hacer frente a la deriva desastrosa impuesta por el gobierno. Conversación en una de las mesas: la honradez de Rajoy. No dudo, claro está, de su honradez personal, y comparado con Zapo es por fuerza un dechado de virtudes; tampoco de sus buenas intenciones, el mismo Zapo las tiene, desde luego; pero, ¿honrado como político? Recordaba Luis María Ansón cómo Rajoy empezó la campaña electoral de 2004 con una ventaja de más de 13 puntos sobre el PSOE, y en vísperas de la matanza del 11-M se las había arreglado para disminuirla a 1,5 puntos. Es decir, pudo haber perdido las elecciones incluso sin el atentado. Y, desde luego, perdió toda posibilidad de mayoría absoluta.
Pero he aquí lo importante: Rajoy se lo debía todo a Aznar, incluida aquella gran ventaja inicial, y sin embargo su campaña ya fue una traición al legado recibido. Parece haber querido distanciarse de Aznar, intentar algo nuevo, y se presentaba como quien sale de la oposición en un combate de promesas vacías con Zapo, en el que éste le fue comiendo el terreno con rapidez. Si ustedes recuerdan la campaña, con aquellos ridículos espacios televisivos, verán que reflejaban ya al político de la nena angloparlante y el bolsillo bien repleto. No ha variado. Repasen ustedes sus actitudes de estos cuatro años, siempre claudicantes ante las fechorías de Zapo, siempre traicionando los valores que sus votantes le suponían ingenuamente, en un esfuerzo por atraerse unos cuantos votos que, de todas formas, preferían al PSOE. Y si antes tuvo algunas vacilaciones sobre el camino a seguir, da la impresión de haberlas perdido tras su "gloriosa" derrota.
En el PP existen dos grandes tendencias. Pero una de ellas, la futurista, tiene liderazgo, ambición de poder y decisión, mientras que la otra adopta ante Rajoy la misma postura sumisa e indecisa que Rajoy mantiene ante Zapo. Los Vidal Quadras, Mayor Oreja, Aguirre y otros tienen ahora la oportunidad democrática de establecer claramente otra línea de acción, que seguramente obtendrá el apoyo de una gran parte, incluso de la mayoría de este partido, tan poco democrático en su funcionamiento interno (como los demás). Y aun perdiendo la partida habría sentado y propuesto a los ciudadanos una alternativa a tiempo.
Es su ocasión, que puede no repetirse, o repetirse en condiciones mucho peores. Si la dejan pasar simplemente habrán demostrado una muy escasa talla política, para mal no tanto de ellos como del país.
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¿Analfabetos? Algo mucho peor. Tampoco simple estulticia. Pero es preciso hacer más que denunciar con resignación presuntamente cristiana ("apañaos vamos") estas fechorías, dando la razón implícitamente a los chantajistas ("¡qué burros, creían que eran franquistas y no lo eran!"). Es como quien ve la violación de una hija y reacciona con un "¡qué asco, las cosas que hay que ver en estos tiempos!". No. La ley de memoria histórica es antidemocrática y totalitaria. DEBE SER DENUNCIADA Y NO DEBE SER OBEDECIDA. No nos dobleguemos a los simpatizantes de la Cheka.
Me lo envía Francisco Alamán:
"Analfabetos y osados.
Andrés Cárdenas Muñoz.
PERMÍTANME ustedes que comience contándoles un acaecido, entre preocupante y gracioso, relacionado con mi pueblo. Resulta que allí, en Bailén, hay un Colegio llamado ’19 de julio’, nombre puesto en honor de aquel día en que un ejército andaluz venció a las tropas de Napoleón en la llamada Guerra de la Independencia. Fue un hecho histórico muy importante y por eso este año, en el que se cumple el bicentenario, se quiere celebrar por todo lo alto. Pues bien, un Sindicato Andaluz de Estudiantes se reunió hace unos días en Sevilla y decidió enviar una carta a este colegio, acompañada por una resolución aprobada nada menos por el Consejo Escolar del Estado, en la que se instaba al centro a cambiar de nombre porque, asómbrense ustedes, ¿hace referencia al régimen franquista! Con un par. Señores y señoras, así está el patio educativo en Andalucía. A ellos, a los del sindicato, les debía sonar 18 de julio de 1936 y ni cortos ni perezosos quieren suprimir el 19 de julio de 1808.
Hasta aquí lo gracioso. Ahora viene lo preocupante. La Concejalía de Cultura de Bailén y el director del citado colegio enviaron una carta a los responsables del sindicato para sacarlos de su error y estos, en vez de agachar la cabeza y decir aquello de tierra trágame por demostrar su ignorancia supina con la historia, van y dice que esta equivocación esta siendo utilizada por todos aquellos que no quieren aceptar la Ley de la Memoria Histórica. «Utilizan un error inocente para desprestigiar una iniciativa de gran calado político que ha sido apoyada incluso personalmente por José Luís Rodríguez Zapatero», dicen los estudiantes, los cuales terminan su comunicado diciendo que en Andalucía hay decenas de centros educativos con nombres ligados a la dictadura franquista y «no descansaremos hasta que cambien sus denominaciones, ya que suponen todo un insulto para las familias obreras que tuvieron que sufrir la Guerra Civil y la dictadura». También, en su escrito, el sindicato estudiantil pide que se les quite el nombre todos aquellos centros andaluces que llevan el nombre del Padre Poveda, ya saben, ese linarense que tanto tuvo que ver en la educación de los niños pobres de las cuevas de Guadix y que se preocupó de erradicar el analfabetismo en Andalucía. Hablando de analfabetismo, si estos estudiantes se hubieran interesado por su biografía, que por lo que se ve no lo han hecho, habrían comprobado que este hombre fue asesinado a los diez días (el 28 de julio de 1936) de comenzar la guerra civil y que el único delito que le habían encontrado fue que era cura. Los muy analfabetos se atreven a decir que este hombre es un símbolo franquista, cuando en realidad el pobre ni siquiera se imaginaba que Franco iba a ganar la guerra tres años más tarde. ¿Qué les parece? No solamente estos estudiantes son ignorantes, sino osados, las dos cualidades que permiten identificar a los tontos de capirote, por decir algo que está en consonancia con la Semana Santa.
Como nadie le ponga remedio a tanta estulticia, lo más preocupante para el futuro no será el cambio climático, sino la estupidez de los que están empeñados en demostrar que la inteligencia humana está en peligro de extinción. ’Apañaos’ vamos".
11 de Abril de 2008 - 12:45:12 - Pío Moa - 57 comentarios
En Barcelona, el martes pasado, a presentar Años de hierro en el foro “España hoy”, una de esas iniciativas sociales a favor de Cataluña frente a la degradación catalúfica. Rueda de prensa por la mañana. “¿De veras vendrá alguien? Tengo pésima experiencia de los medios en Cataluña. Mucho menos pluralistas y más envilecidos que en el resto de España. Ni siquiera publican las convocatorias de conferencias mías, por contar mi caso, y no lo creo único”. “Han dicho que vendrían cuatro o cinco, las ediciones catalanas de periódicos nacionales”. Llegan solo dos, de ABC y un periódico de zona cuyo nombre no recuerdo, y lo lamento porque seguramente será el que mejor se haya portado; me dicen que el ABC no publicó nada. En fin, los amos del cotarro han decidido que mis libros no deben interesar a los catalanes. Y debe reconocerse que saben hacer bien las cosas. Y mano larga: de Barcelona llegó mi exclusión de La Razón, periódico madrileño. Exhibición de miedo, también, consuelo ambiguo. Y así estamos, en democracia involutiva.
A la comida, en el club del Liceu, vino Montserrat Nebrera, nerviosa y optimista. La charla no dio para grandes precisiones, aunque su posición anti nacionalista pareció clara. La presentación del libro, en la cena, originó un coloquio interesante, que derivó del libro acerca de los años 40 a la realidad actual, sobre la que tanto influyen aquellos, pese a los futuristas.
A destacar la intervención de un militante del PP (había también de Ciutadans, y una mayoría independiente): “La batalla de las ideas no tiene por qué darla el partido directamente, Convergencia, por ejemplo, no opera así, se rodea de un aparato de asociaciones culturales e ideológicas que cumplen ese papel”. Pues claro. Pero el PP no lo hace, solo se aprovecha de las que surgen espontáneamente, sin apenas apoyarlas. Falto de medios de expresión en Cataluña, el PP está a merced de los medios hostiles, y si retiene un número de votos algo considerable se debe al hartazgo de tantos catalanes ante la demagogia ambiente, más que a su capacidad para liderar ese hartazgo. “Aquí, envolverse en la bandera de España, como hace Rosa Díez, no tiene ningún efecto”. Por supuesto, han sido muchos años de ceder el terreno. Habrá que empezar por poner en evidencia el argumentario nacionalista-separatista, a fin de ir recuperando espacio, por lo menos para respirar. “Rosa Díez se ha portado con enorme autoritarismo y sectarismo hacia Ciudadanos”. “La ley electoral no beneficia especialmente a los nacionalistas, contra lo que se dice, sino a los grandes partidos nacionales. Por eso, si el PP se dividiera, entre las dos partes podrían conseguir más votos y sin embargo menos diputados”…
Descontento muy extendido con la política del PP, que nadie sabe ya qué defiende (¿los puestos de poder? ¿la nena angloparlante y pudiente?). En rigor, una variante de la política de Zapo.
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Ha cerrado Chesterton, noble iniciativa de José Antonio Fuster, revista de ideas que aspiraba a ofrecer un buen argumentario a la derecha y, en general, lo conseguía. Pero la derecha no está por las ideas, sino por “la economía”, como llama al dinerito en el bolsillo, preocupación real y casi única del ciudadano, a su juicio. Para llegar al poder, el PP solo tiene que convencer a la gente de que le llenará el bolsillo mejor que el PSOE, y lo demás le parece música celestial: ¿para qué hace falta más argumentario? La derecha en España apenas lee, apenas tiene interés cultural (¿por qué, si no, es incapaz de competir con los titiriteros, pese al ínfimo nivel de estos?), y la cultura la deja de buena gana a las izquierdas, como hace Gallardón. Una revista de ideas le produce alergia: ni el menor esfuerzo en su apoyo.
Había en Chesterton algunas cosas que no acababan de convencerme, ante todo cierto aire exótico. Pero ahora no viene al caso hablar de ello. Sí constatar que el panorama cultural, informativo y político se ha vuelto un poco menos plural y un poco menos digno.
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Observa algún comentarista del blog que el discurso de Esperanza Aguirre criticado aquí ayer tiene otras cosas más positivas. Muy cierto, las tiene y no pretendo juzgarlo solo por lo visto. También entiendo que un político no puede mantener posiciones sobre el franquismo como las que yo expongo, pues, como en muchas otras cosas, se ha perdido un terreno enorme y recuperarlo exigirá tiempo, diplomacia y el antes mencionado aparato de asociaciones culturales. Pero si un político no puede cantar, a veces, verdades comprometidas, cuya difusión en la sociedad exigirá algún tiempo, menos aún debe sumarse al campeonato de mentiras sobre nuestro pasado.
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Muy importante el comentario de Luis del Pino ayer, en su blog. El PP rajoyano en acción.
10 de Abril de 2008 - 14:10:10 - Pío Moa - 71 comentarios
En relación con el mito, un problema interesante, el de la incognoscibilidad. En una célebre conversación entre Einstein y Tagore, el segundo decía: “Está la realidad del papel, infinitamente distinta de la realidad de la literatura. Para el tipo de mente identificada con la polilla, que devora ese papel, la literatura no existe para nada; sin embargo, para la mente humana la literatura tiene mucho más valor que el papel en sí. De igual modo, si hubiera alguna verdad sin relación sensorial o racional con la mente humana, seguiría siendo inexistente mientras sigamos siendo humanos”. Y replica Einstein “¡Entonces yo soy más religioso que usted!”. El científico indicaba que él creía en una verdad independiente del hombre, a la cual este podría acceder, aunque probablemente solo de forma muy parcial. En relación con eso, la frase de Du Bois-Reymond ignoramus, ignorabimus (ignoramos e ignoraremos). Habría, pues, una ignorancia esencial, aparte de la provisional.
Desde su aparición en la tierra, el hombre ha sentido que había cosas conocibles y otras más allá de su capacidad intelectiva. La enorme expansión del conocimiento después de la tardía aparición del pensamiento científico ha llevado a muchos a concluir que no existen verdades inasequibles a la capacidad cognitiva humana (o si existen es como si no existieran, siguiendo a Tagore) pero esa idea constituye una profesión de fe, no científica. En sentido contrario, cabe identificar esa sensación de lo incognoscible, de lo esencialmente misterioso, como el origen de la religiosidad, pero esto plantea dos problemas, uno en torno al argumento de Tagore (si hay algo inaccesible a nuestra mente, ¿cómo podemos decir que existe?) y otro al carácter sagrado, religioso, de la impresión del misterio en la mente humana (¿por qué lo incognoscible, sea eso lo que fuere, habría de ser sagrado?)
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Rajoy, perfil bajo ante Zapo, alto frente a Esperanza Aguirre. La cual se asombra de unas reacciones que debiera haber dado por descontadas. Pero el tiempo apremia: o se decide a articular una clara alternativa en el PP con otros afines, o su ocasión habrá pasado, quizá para no volver o para volver en circunstancias mucho peores para el propio partido.
Y compárese el discurso típicamente “femenino” de Rajoy con el “viril” de Rosa Díez. Debe de ser la inversión de valores esa. No me arrepiento de haber apoyado al partido de Rosa, ojalá siga por esa vía. Y ojalá llegue a acuerdos con Ciutadans, una fuerza que puede adquirir peso, sobre todo en Cataluña.
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Esperanza Aguirre me parece muy preferible a Rajoy sin que, no obstante, difiera ella mucho de él: viene a ser la personificación del sublime ideal del futurista, la nena angloparlante y adinerada. Véase: “Nuestro partido, que (…) no tiene la menor concomitancia con el franquismo…” ¿De veras? ¿Y de dónde viene una gran parte de sus líderes y componentes, los más viejos directamente y los más jóvenes por familia? El argumento hace reír a sus adversarios políticos y a la gente común, que guiña el ojo al oírla. La presidenta de la comunidad madrileña podría decir con más verdad, en cambio, que en el mismo caso del PP están el PSOE y los separatistas.
Sigue Aguirre: “Esos alegatos a favor de "mirar hacia el futuro" han sido percibidos por muchos como una muestra de inseguridad de nuestra postura, cuando no como un intento de justificar la dictadura de Franco”. Pues no. Han sido percibidos como lo que son: puro pánico a afrontar la demagogia socialista-separatista sobre la historia, pánico propio de líderes de dignidad y altura de miras nada excesivas. “Y esa negativa a afrontar el debate ideológico en la interpretación de la Historia –porque la Historia se interpreta desde posiciones ideológicas– nos lleva a parecer herederos de un régimen antidemocrático, antiliberal y antinacional, como el franquismo.” Vamos a ver, si ustedes rechazan el debate por ideológico y a continuación dicen que la historia se interpreta siempre desde la ideología, jamás habrá debate. Pero además ¿cuándo han planteado un debate los socialistas? Lo que han planteado ha sido el falseamiento máximo de la historia por medio de una propaganda masiva y abusiva. Y ustedes, en lugar de clarificar los hechos, han contribuido a un falseamiento que enturbia el presente y el porvenir. Y que les empuja a ir siempre más allá renegando de sus propios padres (como los socialistas, claro).
En esos renuncios prosigue Aguirre definiendo al franquismo: “Un régimen que abominaba de la libertad y que negaba la Nación como sujeto de la soberanía. Un régimen con el que el Partido Popular no tiene nada que ver”. Venga, no nos haga reír: si hoy tenemos una democracia, aunque en constante deterioro, no se debe a ustedes, no se debe a los socialistas ni a los separatistas, ¡menudos héroes de la libertad todos ustedes juntos! Se debe a aquel régimen autoritario –no totalitario–, que, con ser una dictadura, hecha inevitable por el derrumbe republicano, salvó al país de la revolución, de la guerra mundial, de una nueva guerra civil, diluyó los odios que hicieron inviable la república y dejó un país próspero, gracias a lo cual fue posible una transición democrática con pocos traumas. ¿No son hazañas, no son méritos suficientes? ¿Alguno de los políticos o partidos actuales han adquirido, ni remotamente, méritos semejantes? Ustedes, a derecha e izquierda, simplemente explotan, en el mal sentido de la palabra, un legado inmejorable, mientras escupen en las tumbas de quienes lo hicieron posible, de sus propios padres muy a menudo.
Luego, la presidenta autonómica recuerda a los socialistas su carácter totalitario durante la república y su responsabilidad en el “fracaso colectivo de la guerra civil”. Bueno, menos mal. Pero ese “fracaso” impidió una revolución totalitaria, tal como el “fracaso colectivo” de la guerra civil useña mantuvo a Usa como un país unido y aseguró las bases de su prosperidad y poderío.
En fin, opino que este país seguirá moralmente enfermo mientras la falsedad sobre nuestro propio pasado siga imperando a casi todos los niveles.
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Con unos días de retraso me entero del fallecimiento de Pedro Zaragoza, el constructor de Benidorm como gran centro turístico. Del monstruo que iniciaría el destrozo de la costa levantina, se le critica también. Arduo problema: El turismo, o, mejor dicho, la en general hábil explotación del turismo, sustentó el rápido enriquecimiento de la sociedad española: ¿era un precio inevitable a pagar el estropicio paisajístico? Sin duda se pudo haber hecho mejor, pero Pedro Zaragoza, gran iniciador de la feliz aventura cuando muchas de sus malas consecuencias no podían preverse, no es responsable de que siguieran sin afrontarse cuando más que previstas estaban constatadas.
Si hubiéramos de creer a los antifranquistas retrospectivos, el régimen anterior se compuso de gentuza en la que rivalizaban la ineptitud con la corrupción (¿cómo duró tanto, entonces?); pero en realidad la dictadura intentó desde el principio ser una meritocracia y en alguna medida lo consiguió. Pedro Zaragoza fue un ejemplar típico de lo mejor del franquismo, que no resultó tan malo, sobre todo comparado con el antifranquismo.
A raíz de la publicación de Los mitos de la guerra civil me invitó a dar una conferencia en Benidorm y a visitar su excelente bodega. Volví a verlo en una comida en Madrid. Hombre franco, generoso, leal, alegre y emprendedor. Que hubiera muchos así. Harían un gran bien a la democracia.
9 de Abril de 2008 - 17:42:40 - Pío Moa - 82 comentarios
(Los de Diel y Penrose, expuestos el otro día):
1. Llama la atención que Penrose recurra a un mito (una invención literaria, en este caso) para justificar la presunta oposición entre el mito y la ciencia; y que, para reforzarlo, olvide el lado místico –no ajeno al espíritu religioso– de los pitagóricos.
2. En cambio, según Diel el mito no solo está en el origen del arte (aserto muy aceptable, en principio), sino de la ciencia. Con respecto a esta afirmación se pueden decir varias cosas, como las siguientes:
a) Puede considerarse el mito como fuente de la ciencia en cuanto a que responde a una inquietud fundamental –y fundadora– del ser humano por explicarse el mundo y su sentido: mezcla de curiosidad y angustia (La mente humana es capaz de plantearse más preguntas de las que puede responder). Esa inquietud angustiosa o curiosidad angustiada le empuja, a falta de mayores conocimientos, a encontrar explicaciones mediante relatos imaginativos y simbólicos. La ciencia nace con mucha posterioridad a los mitos, pero la inquietud causante de una y otros es la misma, y así los mitos estarían en el origen de la ciencia.
b) Una hipótesis muy probable, a mi juicio, es que tanto la invención de la escritura como de los números y cierta geometría práctica, así como las primeras observaciones algo sistemáticas sobre el firmamento, virtudes curativas de plantas, etc., provienen de los templos y grupos sacerdotales y tenían inicialmente fines religiosos (y mágicos). También aquí encontraríamos en el mito el origen de la ciencia. Gustavo Bueno opina –aunque no parece esencial a su teoría– que la ciencia viene a ser un refinamiento de la técnica, de la actividad práctica humana, con una relación fuerte con la guerra. Mi impresión es que la técnica es solo una fuente de la ciencia, habiendo nacido y evolucionado esta, en gran medida, al margen de preocupaciones técnicas o prácticas.
c) Como ha observado el mismo Bueno, las contribuciones a la ciencia no ya de personas religiosas, sino de clérigos, en especial cristianos, han sido enormes. “Quien conoce un poco la teología tomista de la transubstanciación no puede dejar de admirar el refinamiento y sutileza de las teorías teológicas, que además han preparado muchas veces ulteriores conceptos o ideas científicas o filosóficas, incluso materialistas. No queda otra alternativa sino la de mirar con desprecio a quienes hablan, en general, de la rudeza del pensamiento teológico y de su acción retardataria, y creen, con ingenuidad de adolescente idealista, que removida la religión e instaurado el ateísmo, el progreso, el bienestar, la paz y la felicidad vendrán por sí mismos” (La fe del ateo, p. 263).
c) No obstante, el mito es cosa distinta de la ciencia o del arte y no debe mirarse como una especie de antecedente primitivo de una u otra. Pero en general, el arte acepta su paternidad mítica, mientras que los ciencistas la rechazan. Me parece que con ello incumplen una primera exigencia científica: considerar su objeto (el mito en este caso) tal cual es, no deformándolo de entrada con una aversión hija del prejuicio.
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"Pujol duda que España acepte un presidente catalán como Cataluña acepta uno andaluz". Como siempre, trampeando el molt honorable. Claro que Cataluña acepta un presidente andaluz, aunque extremadamente maleado por el separatismo. Quien no lo acepta, pero debe resignarse a la fuerza, son los pujoles, ¿o es que han llevado ellos al poder al charnego domesticado? ¡Hace falta cara dura!
¿Y qué tiene que ver eso con un presidente catalán para España? ¿Es que se presenta alguno? ¿Es que tendría que salir elegido por el mero hecho de ser catalán? ¿Es que nunca ha habido catalanes influyentes en la política y los altos cargos en España? Por supuesto que España aceptaría a un presidente catalán. Estoy pensando ahora mismo en Vidal Quadras. A quien no aceptaría es a un catalufo, claro.
Pujol también ha reconocido que fueron asesinados en Cataluña muchos más derechistas que izquierdistas. La mayoría de estos, además, no fueron asesinados, sino juzgados y ejecutados, lo cual no es lo mismo, aun si las normas aplicadas fueron muy duras y las garantías escasas (escasas comparadas con las actuales, pero no con las de los tribunales populares famosos... En esta represión cayeron bastantes inocentes, pero ya está bien de equipararlos con los asesinos).
Y dice Pujol que la Generalidad tendría que pedir perdón por aquellos crímenes. ¿Por qué había de pedir perdón, si fue otra Generalidad la que presidió aquellas matanzas? ¿Quizá ve Pujol similitudes entre aquella y esta...?
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Rajoy, con un perfil cada vez más bajo. Problemas: como si hubiera sido planeado en una jugada maestra de ajedrez –pero sin duda no ha sido así–, Esperanza Aguirre está en malas condiciones para rivalizar con Rajoy, y lo mismo Mayor Oreja o Vidal Quadras: están fuera de las Cortes, y por tanto difícilmente podrían liderar la oposición. Pero ¿es posible que entre las muchas decenas de diputados del PP no surja uno con ideas y decisión, por lo menos para continuar la política de Aznar, liquidada a conciencia por el Futurista Solemne?
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"SOBRE EL PERIODISTA ITALIANO PESA UNA FATWA
Suspenden la visita a España de Magdi Allam porque no se garantiza su seguridad"
La misión del gobierno es cumplir y hacer la ley, aparte de que por eso cobran. Pero ni la cumplen ni la hacen cumplir: es, una vez más se comprueba, un gobierno ilegítimo de toda ilegitimidad, el gobierno de la colaboración con el terrorismo y las dictaduras.
7 de Abril de 2008 - 11:44:27 - Pío Moa - 197 comentarios
Con cierta frecuencia se oye esta afirmación, cuyo significado práctico sería: una pandilla de delincuentes ha destruido la ley básica, esto es, las reglas del juego democrático, y… aquí no pasa nada, aparte de la constatación del hecho y algunas quejas impotentes. Unos delincuentes armados de votos –como los nazis– podrían, están en trance de, liquidar nuestro sistema de libertades y la cohesión territorial, en combinación con terroristas y separatistas, y debemos dar el hecho por normal y consumado, incluso por “democrático”. Es más, esos mismos destructores de la ley exigen a la sociedad que no proteste, que no se “crispe”, y ahí tenemos, obediente, al Solemne Futurista Angloide diciendo que él no está nada crispado ni fomentará crispación alguna, faltaría más, o, como dice la Barbie, la derecha no solo tiene que ser de centro, sino parecerlo.
Cada país tiene el gobierno que se merece, muy cierto. Una sociedad que ante tamaño desmán no se crispe, por lo menos –hace falta algo más que crispación–, está moralmente muerta. ¿Lo está la sociedad española?
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Un libro divertido:
“La mayoría de los progresistas de base cree sinceramente que apedreando McDonald´s, llenándose el cuerpo de hierrecillos y tatuajes, participando en algaradas callejeras –cuanto más violentas, mejor–, o tocando los timbales étnicos, el capitalismo acabará colapsando. Usted no debe caer en ese error. Desengáñese, el sistema de libre mercado no va a desaparecer por muchos recitales de tambor africano que ofrezca a sus convecinos a altas horas de la noche. Lo sensato, por tanto, es seguir la senda trazada por los iconos progres que han alcanzado el estatus de referente moral. Ellos, lejos de sacrificar su existencia intentando destruir un sistema que en última instancia les permite vivir de prostituto progenitor B, aprovechan las ventajas que les ofrece para disfrutar de una vida regalada. Y lo que es mejor, sin dejar de impartir doctrina desde la altura ética que les proporciona su condición de exquisito benefactor de la humanidad.
Mire a su alrededor y repare un momento en las condiciones de vida de los enemigos más famosos del capitalismo. ¿Se les ha visto alguna vez trabajando de sol a sol o entregando sus bienes a los más desfavorecidos? ¿Tiene noticia de que las estrellas del rock hayan destinado en alguna ocasión una mínima parte de sus riquezas a los fines para los que organizan todo tipo de actividades de denuncia?...”
(Pablo Molina:
Cómo convertirse en un icono progre. Prólogo de J. C. Girauta)
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Compárese el primer texto, de Paul Diel, con el segundo, de Roger Penrose. Sugiero que hagan observaciones sobre ellos:
“La historia muestra que la vida cultural de todos los pueblos comienza por la creación de los mitos. Ellos son la fuente común de la religión, del arte, de la filosofía y de la ciencia. En cuanto al arte, incluso si tomamos los mitos por expresiones puramente fantasiosas, por fabulaciones carentes de todo sentido profundo y verídico, no se les puede negar su carácter estético. Además, todas las formas artísticas han tomado de ellos su punto de partida: música, danza, teatro, literatura, pintura, escultura, arquitectura…”.
“Sucedió que Amphos tuvo noticias de un sabio que vivía en otro lugar de la tierra, y cuyas creencias parecían estar en armonía con las suyas. Según este sabio, uno no podía basarse en las enseñanzas y tradiciones del pasado. Para estar seguro de las propias creencias, era necesario llegar a conclusiones precisas mediante el uso de una razón indiscutible. Esta precisión tenía que ser de naturaleza matemática, dependiente en definitiva de la noción de número y su aplicación a las formas geométricas. En consecuencia debían ser número y geometría, y no mito y superstición, los que gobernaran el comportamiento del mundo. Igual que había hecho Am-tep once siglos antes, Amphos se hizo a la mar. Encontró el camino a la ciudad de Crotona, donde el sabio y su fraternidad de 571 hombres sabios y 28 mujeres sabias estudiaban en busca de la verdad. Al cabo de un tiempo, Amphos fue aceptado en la fraternidad. El nombre del sabio era Pitágoras”.
5 de Abril de 2008 - 18:24:31 - Pío Moa - 116 comentarios
– ¿Qué opina de la masonería?
– Me aproximo a la opinión que alguna vez expresó Franco: en los países anglosajones ha funcionado más bien como una sociedad patriótica, pero en España ha desempeñado un papel en general negativo. Otra cosa es que el franquismo, o muchos franquistas, la persiguieran como el germen de todos los males.
– ¿Negativo en qué sentido?
– En gran parte de las convulsiones españolas de los dos siglos pasados encontramos al fondo, como una sombra oscura, a la masonería: la mayoría de los pronunciamientos militares, la brutal propaganda antirreligiosa (me parece legítima la propaganda antirreligiosa, pero en España tomó un cariz realmente brutal), el magnicidio de Cánovas y probablemente algún otro, el modo como llegó la república, etc. La masonería ha jugado un papel favorable al imperialismo inglés y francés (aunque no hay que olvidar que en Usa apoyó la independencia contra Inglaterra, por ejemplo), pero en España cobró un tinte antiespañol, pues recogía los enfoques anglofranceses de la Leyenda Negra. No era consciente y deliberadamente antiespañol, en realidad defendía "otra idea" de España que "modernizase" nuestra sociedad y empezaron muchas titulándose "sociedades patrióticas". Pero se trataba de romper con las raíces reales de España para implantar por las buenas algo radicalmente distinto y presuntamente mejor. Añádase que quienes así pensaban demoler la historia y la cultura españolas siempre distaron de ser unas lumbreras. La propaganda antirreligiosa, por ejemplo, los retrata más bien como charlatanes iluminados y soeces, de muy bajo nivel intelectual. Azaña los describe muy bien cuando habla de los republicanos, que eran masones en proporción muy alta.
– Pero Azaña fue masón.
– Azaña entró en la orden, ya implantada la república, pero su espíritu racionalista rechazaba aquel tipo de ceremonias y misticismos, y se burlaba de ellos. Sin embargo el punto de vista masónico estaba muy difundido en la intelectualidad y él lo compartía. Ya antes de ser masón compartía ese punto de vista, con su "programa de demoliciones", su simpatía por las izquierdas revolucionarias a las que aspiraba a dirigir mediante la "inteligencia republicana", etc. Luego encontró que aquella inteligencia era escasísima y no cesa de fustigarla en sus diarios, tratando de orates y corruptos a sus representantes…
– ¿Y en la actualidad?
– Tengo entendido que una proporción muy alta de los miembros del Parlamento europeo y otros órganos de decisión en la UE son masones, y desde luego no me parece un hecho favorable para nosotros. Otro ejemplo podría ser Zapo. No tengo la certeza de si es masón o no, pero su forma de pensar y de actuar presenta un evidente estilo masónico, intenta llevar a cabo el programa de Azaña, radicalizándolo, porque Azaña era patriota y este sujeto no lo es.
– ¿Debemos encontrar entonces a la masonería como el elemento más o menos oculto que ha gobernado la historia de España, incluso del mundo?
– No, por supuesto. Una cosa es reconocer su influencia y otra pensar que todas las desdichas se pueden explicar por ella. Entre los masones existen discrepancias y a veces han llegado a matarse entre ellos, como en la Revolución francesa. Pasa en todas las sociedades y partidos políticos. Hay además diversas orientaciones y gente de muy distinto carácter y de muy distinto nivel intelectual y moral entre ellos. No cabe duda de que bastantes masones eran moralmente mejores que muchos señoritos católicos, por ejemplo, tradicionalmente crápulas y parásitos… Y aunque las conspiraciones son parte de la historia y no pueden ser ignoradas, la historia no puede explicarse por conspiraciones. De hecho la gran mayoría de ellas fracasa. Pero encontrar una causa maléfica de todas las desgracias seduce a muchas personas, porque ofrece una explicación sumamente económica que presuntamente lo aclara todo, a menudo una cosa y su contraria. Me inclino más bien por el punto de vista de Croce, que he expuesto en algún libro.
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En
Años de hierro, referido a un momento
, en 1942, en que Inglaterra podía haberse apoderado de las islas Canarias
.
"El espionaje franquista accedió, por medio de una agente, a mensajes alarmantes de círculos masónicos que parecían preparar psicológicamente la mutilación del país. Uno de ellos, de la Asociación Masónica Internacional, con sede en Ginebra, instruía sobre el peligro comunista tras la prevista derrota alemana, juzgando a Inglaterra la única potencia capaz de contrarrestarlo. Por tanto, “La reivindicación de Gibraltar y otros puntos para España y la conservación forzosa y sin consideraciones universales de Cabo Verde, Baleares y Canarias en sus soberanías actuales, constituyen un germen de destrucción del equilibrio mundial de la paz, por ser ventajoso a todos que un arma, potente y difícilmente manejable, esté en manos fuertes y expertas y no de las naciones caducas. La fuerza de Inglaterra es garantía plena –la Historia es testigo– de conservación de la Humanidad”. Los masones peninsulares eran exhortados a superar dudas, reservando “en lo hondo del corazón el sentimiento de un pueblo para apoyar el bien de todos los pueblos y por tanto del vuestro”. Propugnaba asimismo “desprestigiar la figura del Generalísimo Franco, ahondar en el malcontento entre Ejército y Falange, muerte política de Serrano Súñer”, así como “Abrir las puertas de las cárceles en que gimen, en dantesco infierno, rebaños desdichados de hombres honrados, prisioneros de la tiranía más espantosa que registra la Historia (…) sometido todo a la voluntad despótica de un solo hombre, pigmeo-idiota, engreído por la adulación más baja y servil que haya deshonrado a la Humanidad”. Otra comunicación atribuida a Martínez Barrio animaba a los masones, si bien eludiendo detalles escabrosos. Es difícil decidir si los documentos son apócrifos o genuinos, pero entraban en la lógica de la situación".
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EL PP BALEAR NECESITA A LOS LIBERALES PARA SU RENOVACIÓN IDEOLÓGICA
El PP balear quiere atraer a la corriente liberal encontrándose dicho partido en una absoluta indigencia intelectual. Su renovación debe pasar por una necesaria intervención de "pesos pesados" del pensamiento liberal balear.
Sebastián Urbina, Román Piña, Antonio Alemany, Joan Font... deberían ser consultados para rearmar ideológicamente al PP balear, ya que fuentes del propio partido afirman que se quiere atraer a aquellas personas identificadas con el pensamiento de corriente liberal.
De confirmarse este extremo, ya sea a través de la creación de un Consejo Político o participando directamente en la ejecutiva que salga del nuevo Congreso Regional, el Partido Popular debe conjugar en esta nueva y dura etapa la presentación al electorado de "caras nuevas" con un importante equipo en el ámbito ideológico del pensamiento liberal balear.
Los permanentes y agotados reclamos de los actuales dirigentes del PP basados en palabras vacías de gran déficit intelectual han motivado la decisiva pérdida de apoyo en los sectores de nuestra sociedad donde más se cultivan las ideas como es el universitario.
La estrategia cortoplacista del PP balear obsesionada en manternerse en el poder a cualquier precio con constantes gestos vergonzantes a formaciones corruptas como UM, han conseguido hartar a gran parte del electorado.
Desde Baleares Liberal, como seguidores del pensamiento liberal y dado el importante respaldo social del PP balear como principal referente en este campo ideológico, aconsejamos que si dicho partido quiere volver a ilusionar a su electorado debe hacerlo desde posiciones ideológicas atractivas, claras y apasionantes, resultado de una necesaria batalla de ideas.
4 de Abril de 2008 - 17:20:16 - Pío Moa - 65 comentarios
Como reacción espontánea de la sociedad frente a los abusos de la Infame Alianza, han nacido o tomado impulso asociaciones como la AVT, la de Luis del Pino, otras en Cataluña, Galicia y Vascongadas, los movimientos por la reforma de la Constitución, etc. Son frentes de acción y respuesta a la ofensiva donjulianesca, pero quizá han estado condicionados por la política del PP rajoyano, que los ha parasitado sin promoverlos realmente y los ha mantenido dispersos. Ahora se trata de desarrollar todos ellos y darles una orientación común en la perspectiva de una regeneración democrática.
Otro frente esencial es el de la verdad histórica, referida especialmente a la guerra civil y sus consecuencias. Se trata, contra lo que piensan los de la nena economista y angloparlante, de una cuestión de primerísimo orden, como han sabido apreciar las izquierdas y los separatistas. Urge una asociación que la promueva.
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"¿Cómo ha sido posible una falsificación tan sistemática, y a menudo tan grotesca, de nuestro pasado? No lo entenderíamos sin tomar en cuenta la inhibición intelectual de la derecha. Esta –al igual que gran parte de la izquierda–, procede del franquismo y, tras cosechar un gran éxito al organizar la transición frente a los partidarios de la ruptura, pasó a eludir la batalla de las ideas, juzgó que a los españoles no les interesaba su historia, sino su bolsillo y “mirar al futuro”. Ideas, o más bien falta de ellas, expuestas recientemente por Rajoy, junto con un entusiasmo oficioso o servil por el idioma inglés. “Mirar al futuro” es una expresión demagógica, una de esas frases biensonantes que no significan nada. Por desgracia o por suerte, el futuro permanece oscuro y las pitonisas fallan más de lo aceptable, aunque cobren caro. Con tal actitud, la derecha ha atacado también a algunos intelectuales independientes que recordaban los hechos y ha reducido la política a niveles pedestres.
Pero, por supuesto, a los españoles nos interesa mucho conocer nuestro pasado, aunque solo fuera por el dicho de Cicerón: “si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, siempre serás un niño”. Y, por cierto, percibimos un auténtico programa de infantilización de la sociedad, desde el enorme aparato del estado y desde la oposición derechista, como el que profetizaba Tocqueville: “Un poder inmenso y tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”. Pienso ahora en la nena angloparlante de Rajoy. Si la izquierda vive con una visión distorsionada de la historia de España, la derecha, poco lectora, ignora cada vez más el pasado.
Esa mentalidad derechista recuerda, por paradoja, a un marxismo en extremo vulgar, más tosco aún de lo que fue siempre el marxismo español. En plan revolucionario, Rajoy pretende que la gestión económica lo determina todo y que el pasado carece de relevancia actual. Se ha contagiado de la aversión izquierdista-separatista hacia la historia de España y aspira a una ciudadanía sin raíces,
futurista, interesada exclusiva o muy preponderantemente en llenarse el bolsillo y aprender inglés. Pero cuando el PP rehúsa clarificar la historia reciente está cavando su propia fosa, pues por un lado deja libre a sus adversarios ese terreno crucial, y por otro demuestra cuánto teme ver confirmadas las horripilantes acusaciones que le hace la izquierda. De nada le sirve al PP afirmar que no existía como partido durante la dictadura, pues sin duda viene del franquismo, sociológica y a menudo personalmente. Así, pues, ¿qué futuro cabe esperar de un partido con un pasado tan negro como el que se le achaca? Es natural que el PP no quiera ni acordarse de él, y no menos natural que sus contrarios se lo recuerden, no vaya a repetir en el futuro sus criminales inclinaciones fascistas. El pasado importa, vaya si importa, incluso más que algún punto de crecimiento económico, aunque no logren entenderlo los expertos del PP, extraviados marxistas ultravulgares".
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El SUP llama a Bermejo "defensor de terroristas, moralmente despreciable"
En un comunicado el SUP dice que Bermejo actúa como "defensor de terroristas" y define al ministro como "representante de la izquierda judicial más sectaria, líder de los pijorrojos, socialista de salón, bronquista tabernario...”
Claro y justo, así es exactamente. Me refiero al gobierno en pleno, la pandilla grotesca y siniestra que intenta liquidar España y, por supuesto, la justicia. El peligro está en no ver o no querer ver el peligro. En eso está empeñado, en anestesiar a la opinión pública, el poderoso imperio de Don Julián, el sindicato del crimen. Moralmente despreciable, políticamente calamitoso.
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Como gallego me parece excelente el cultivo del idioma regional, y más si en él se escriben obras interesantes. Lo mismo digo del catalán y el vascuence. Pero es obvio que no debemos exagerar: se trata de idiomas regionales de difusión y utilidad muy limitadas, y los intentos de imponerlos más allá de sus condiciones y tratando de excluir el español común como idioma “impropio”, foráneo, van contra el sentido común más elemental, contra los derechos de las personas y contra los intereses de los propios vascos, catalanes y gallegos, a quienes, entre otras cosas, pretenden mutilar de parte esencial de sus culturas. Sin ser presionados por nadie, los escritores de estas tres regiones se han expresado tradicional y mayoritariamente en el español común, mientras que los separatistas llenan de auténtica basura sus idiomas regionales.
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Desclot nos ha transmitido cómo se presentó el conde de Barcelona ante el emperador de Alemania al acudir a defender con su espada el honor de la emperatriz acusada: “Senyor, yo son hun cavaller de Spanya”. Y ante la emperatriz: “Yo son hun compte de Spanya a qui dien lo compte de Barcelona”.
Muntaner (1265-1336) dijo de Iacme de Xirica, sobrino del rey de Aragón: “fo dels mellors barons e del pus honrrats d´Espanya”. En su Crónica reclamaba una política conjunta de todos los reyes “de Espanya, qui son de una carn e una sang”, haciendo lo cual “poc dubtaren tot l´altre poder del món”. El autor anónimo catalán de Flos Mundi, (principios del siglo XV), se lamentaba de que tantos autores extranjeros se hubiesen dedicado a escribir de historia de España con superficialidad: “Yo, empero, qui son spanyol, teniré e reglaré la dita storia” (Adiós España, Jesús Laínz).
3 de Abril de 2008 - 21:44:14 - Pío Moa - 90 comentarios
El sector dominante del PP, el de la nena angloparlante y con pasta, estima que si ha conseguido tantos millones de votos se debe a su política de claudicación, de práctica colaboración con la política de Zapo en cuestiones básicas; y acentúa ahora su bajo perfil, como estamos viendo. A ese sector solo le preocupa ganar poder, lo cual no quiere decir que vaya a conseguirlo o que acierte en su análisis. Cierto, una parte de los votos de los que dependen sus puestos de poder vienen de derechistas "progres", no muy lejanos de las políticas de Zapo; pero otros muchos, probablemente una buena mayoría, proceden de españoles que se hacen una idea falsa de la verdadera orientación de Rajoy o prefirieron, en cualquier caso, echar a Zapo del gobierno. En este blog, antes de las elecciones, se alzaban voces clamando por un apoyo sin crítica al PP, por cuestión de oportunidad: ya se le presionaría críticamente una vez ganadas las elecciones. Ni las ha ganado ni, de haberlo hecho, tendría efecto alguno la crítica. Como no la tiene ni siquiera habiéndolas perdido. Y de nada vale el clamor enfadado de muchos: "no volveré a votarle". Por supuesto, cuando se presente la ocasión le volverán a votar por aquello del "voto útil", que funciona de modo parecido a la drogadicción.
Es difícil demostrarlo, pero, repito, me parece muy probable que el número de votantes partidario de un perfil alto y claro en defensa de la democracia española sea mayor que el partidario del perfil bajuno; probablemente también ocurre así entre los militantes del PP. Y sin embargo son los arriolos, sorayos y rajoyes quienes tienen la sartén por el mago, mientras los opuestos, los Vidal Quadras o Mayor Oreja, permanecen quejosos pero mansos e impotentes. Ni siquiera se les ve capaces de plantear con seriedad un debate y elaborar una crítica y una alternativa clara a los del perfil bajuno ante el próximo congreso. Si no tienen arrestos para aprovechar la ocasión, perderán de la manera más abyecta y dejarán sin representación a millones de personas.
En parte se ven contenidos por el seudomito de la unidad del partido. Un partido no puede funcionar sin un grado de unidad y disciplina interna, pero estas deben girar en torno a unas ideas y un programa y no meramente en torno a personalismos y ansias de poder. Por aquel seudomito fue incapaz Besteiro de plantear en el PSOE una verdadera batalla política, de romper en su momento, y terminó haciendo de comparsa de los líderes más demagogos, pero más resueltos, que llevaron al país a la catástrofe.
2 de Abril de 2008 - 13:02:24 - Pío Moa - 136 comentarios
Ayer, conferencia en Jerez patrocinada por las hermandades y cofradías de la ciudad, en el ciclo sobre II República y religiosidad popular. Lleno total, con mucha gente de pie y en el pasillo inmediato. Algunas intervenciones de izquierdistas, siempre interesantes (no capciosas, como varias de Zaragoza, aunque las preguntas capciosas suelen ser las mejores). La prensa, algo menos sectaria que en la ciudad de los Sitios. He aquí el texto de la conferencia. Ruego a los lectores que estén de acuerdo le den la máxima difusión, como a la de Zaragoza:
LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA
Como es sabido, durante la guerra civil española se produjo una de las mayores persecuciones religiosas de todos los tiempos, marcada por muy numerosos actos de vesania y de crueldad extrema con fines explícitos de exterminio del clero y de los fieles más militantes, abarcando la matanza incluso a gente por el mero delito de ir a misa. Hubo además un programa deliberado de erradicación de cuanto recordase la religión cristiana: incendio de iglesias y monasterios, destrucción de las cruces y lápidas con signos religiosos en los cementerios, destrozo o robo de objetos valiosos de culto, de bibliotecas valiosísimas, etc. Dada la enorme acumulación de cultura y arte debida a la Iglesia, la persecución causó daños invalorables al patrimonio histórico, artístico y bibliográfico de la nación.
Esta persecución no irrumpió como un rayo en un cielo sin nubes. Al contrario, fue preparada por un hostigamiento permanente desde el siglo XIX, que alcanzó su máxima intensidad durante la II República. La acción anticristiana comenzó, apenas llegado el nuevo régimen, con la célebre quema de conventos, bibliotecas, obras de arte y centros de enseñanza, protegida por la inhibición de la fuerza pública. Pero lo más grave no fueron los delitos mismos, con ser gravísimos, sino la autoidentificación casi unánime de las izquierdas con los delincuentes, a quienes otorgaron el título de “el pueblo”. Y como el pueblo es soberano, los delincuentes se convertían así en soberanos de la nueva situación. No creo exagerar en lo más mínimo, pues tal identificación constituye el prólogo de actos todavía peores. Luego las izquierdas rompieron las normas democráticas que decían representar, con una Constitución no laica sino anticatólica, la cual reducía a los clérigos a ciudadanos de segunda y permitía usar el poder, ilegítimamente, para asfixiar a la Iglesia, vulnerando de paso las libertades políticas.
Los años siguientes, sobre todo con ocasión de la insurrección de octubre de 1934 – verdadero comienzo de la guerra civil– y el triunfo del Frente Popular en febrero del 36, volvieron los incendios de templos y comenzó la matanza de clérigos, más de treinta en Asturias; y episodios significativos como el de los caramelos envenenados, cuando algunos agitadores soliviantaron a las masas con el cuento de que las monjas distribuían tales caramelos a los niños, provocando así un motín con algún muerto y heridos. La propaganda anticatólica cobró mayor virulencia. Es decir, la sangrienta persecución lanzada al reanudarse la guerra civil en julio de 1936 solo culminó una preparación de años. Poco después de la victoria del Frente Popular, el periódico satírico La traca publicó esta encuesta: “¿Qué haría usted con la gente de sotana?”. Vale la pena citarla como botón de muestra, pues incluye 345 respuestas del siguiente tenor: “Cocerlos como se cuecen los capachos; los prensaba y luego el jugo que soltaran lo quemaba, y con las cenizas y pólvora cañoneaba el palacio del Papa”. “Pelarlos, cocerlos, ponerlos en latas de conserva y mandarlos como alimento a las tropas italianas fascistas de Abisinia”. “Darles una buena paliza de quinientos palos a la salida del sol de cada día”.
“Lo que se hace con las uvas: a los buenos colgarlos, y a los malos pisotearlos hasta que no les quedara una gota de sangre”. “Castrarlos, hacerles tirar de un carretón, hacerlos en salsa y darlos a comer a Gil Robles y al ex ministro Salmón”. “Hacerles sufrir pasión y muerte, como Cristo, a ver si, como dignos representantes suyos, lo sufrían con aquella resignación del Nazareno. Si le imitaban en todo, entonces, después de muertos, sería cuando creería en ellos”. “¡Pobrecitos curas! Es tanto lo que les quiero, que uno a uno los haría colgar de la torre de mi pueblo para que no hicieran más crímenes, que bastantes han hecho ¡Canallas!”. “Ponerlos en los cables de luz eléctrica, rociarlos con gasolina, pegarles fuego y después hacer morcillas de ellos para alimento de las bestias”. “Castrarlos. Molerlos. Hervirlos. Hacerlos zurrapas. Echarlos a la estercolera”.
Y así sucesivamente. Las respuestas venían de todo el país, con sus correspondientes firmas, lo que revela dos cosas: el profundo “envenenamiento de la conciencia de los trabajadores”, denunciado por el socialista Besteiro, y la sensación de impunidad que se iba adueñando de aquella gente. De ningún modo se trataba de desahogos grotescos y bravucones, pues actos muy similares se pondrían en práctica pocos meses después. Aquella propaganda incesante creó el ambiente para la gran matanza.
El anticatolicismo, no simple anticlericalismo, era el rasgo más propio de las izquierdas y los separatistas catalanes, su cemento de unión por encima de tantas rivalidades como los separaban hasta llevarlos a verdaderas guerras civiles entre ellos. No toda la izquierda, claro está, odiaba a la Iglesia con el mismo grado de intolerancia, pero incluso la más moderada veía con simpatía o indiferencia aquellas conductas y, en el mejor de los casos, se contentaba con abstenerse. Los más tradicionales comecuras eran las izquierdas republicanas, la Esquerra catalana y los anarquistas, mientras que socialistas y comunistas sostenían conceptos algo más pragmáticos que, desde luego, no excluyeron, llegado el momento, su participación de primera fila de la persecución.
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Este hostigamiento brutal, antidemocrático y sistemático, inclinó al grueso de la Iglesia al bando nacional, que salió en su defensa, frente al revolucionario empeñado en exterminarla. No fue, con todo, una postura unánime. Algunos sacerdotes izquierdistas y bastantes otros separatistas vascos y catalanes trataron de disimular la masacre o justificarla con diversos argumentos y, en esa medida, contribuyeron a ella.
Me extenderé un momento sobre estos últimos: en Cataluña se dio el caso curioso de que la Esquerra, pese a su intenso jacobinismo, hiciera lo posible por salvar a los curas nacionalistas. Un informe al cardenal Gomá, guardado en su archivo y recientemente publicado por José Andrés-Gallego y A. M. Pazos, dice: “Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido todos indemnes, mientras sucumbían a centenares sus hermanos”. Cabe dudar de que todos los nacionalistas salieran indemnes, pero hubo una operación política para favorecerlos, excluyendo a los curas catalanes no nacionalistas. El propio Vidal i Barraquer pudo librarse, dejando abandonado, al parecer por un malentendido, a su obispo auxiliar, Manuel Borrás, asesinado poco después. El nacionalismo de Vidal, comenta Azaña, “llega a extremos chistosos. No ve con malos ojos la disolución de los jesuitas, pero estima que ha podido hacerse una excepción con los jesuitas de Cataluña, que son de otra manera, y, por supuesto, mejores”.
La solidaridad de los clérigos nacionalistas con los martirizados fue escasa, si acaso existió. Madariaga cita a una de sus “lumbreras”, como lo llama, acaso el mismo Vidal i Barraquer: “Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia”. No se entiende cómo pudo ocurrir aquello. Los revolucionarios no solo destruyeron iglesias, sino que masacraron a los sacerdotes. ¿Por qué tenían que hacerlo si los sacerdotes habían servido tan bien a sus designios de arrasar la Iglesia? ¿No debieran haber premiado y felicitado, más bien, a aquel clero tan conveniente para ellos? Al final de estas retorcidas justificaciones queda, de un modo oscuro y contradictorio, la vieja pretensión de presentar a las víctimas como culpables. Posturas que seguimos viendo hoy en el fraile ideólogo Hilari Raguer, por ejemplo.
O en el clero nacionalista vasco. Buena parte de él se sentía estrechamente ligado al PNV, en el cual veía un defensor de la religiosidad de los vascos, considerados una especie de nuevo “pueblo elegido”. Quien quizá expresó mejor su insolidaridad radical fue el muy católico Irujo, ministro de Justicia en el Frente Popular, con una propuesta de decreto encaminada a mejorar la imagen de las izquierdas en el extranjero: “La pasión popular, confundiendo la significación de la Iglesia con la conducta de muchos de sus prosélitos, [hizo] imposible en estos últimos tiempos el ejercicio normal del derecho de libertad de conciencia y práctica del culto”. La matanza y destrucción sistemáticas quedaban reducidas, para ventaja de la propaganda de los perseguidores, a la simple eliminación del derecho al culto, atribuido, además, a una “confusión popular”. Las víctimas, por su “conducta”, habían merecido de algún modo el castigo.
Al revés que los nacionalistas de Álava y Navarra, los de Guipúzcoa y Vizcaya, creyendo en la victoria de los revolucionarios, optaron por éstos a cambio de un estatuto de autonomía, que se proponían conculcar aprovechando las circunstancias. Cuando los navarros ocuparon Guipúzcoa, la autoridad militar fusiló a 12 ó 14 sacerdotes nacionalistas por sus actividades políticas. El PNV y el clero adicto hicieron grandes protestas en la prensa extranjera y en el Vaticano, apoyándose en sectores “progresistas”, especialmente franceses, pese al carácter tradicionalmente muy reaccionario y antiliberal del nacionalismo vasco. Franco cortó los fusilamientos, pero el clero peneuvista persistió en su campaña para negarle el carácter de defensor de la Iglesia. En realidad, el clero separatista se desentendió de la suerte de los sacerdotes perseguidos, justificando de diversos modos su matanza.
El proyecto de decreto de Irujo señalaba, además: “Una parte de la Iglesia católica, concretamente la de Euzkadi, ha sabido en todo momento cumplir su misión religiosa con el máximo respeto al Poder civil (…) Por eso no ha sufrido el más leve roce con sus intereses”. Estas frases eran tan falsas como la anterior. En la zona bajo autoridad del PNV habían sido asesinados nada menos que 55 sacerdotes que, por ser ajenos al separatismo, no merecieron atención reivindicativa ni protesta del clero ni de los políticos sabinianos, tan clamorosos por los fusilados en Guipúzcoa. Otros muchos religiosos vascos fueron masacrados en el resto del país ante la misma fundamental indiferencia de los clérigos nacionalistas.
Desde luego, Irujo hizo aquí y allá algunas gestiones en favor de los perseguidos y algunas denuncias ocasionales. Por ellas ha recibido un reconocimiento algo excesivo, si las comparamos con su política básica de ocultación de la verdad, de connivencia con los perseguidores desde el gobierno, y de apoyo a la propaganda revolucionaria, todo ello sin protesta alguna de los religiosos peneuvistas, que yo sepa. Pues esta connivencia de hecho constituía la contrapartida de las vulneraciones del estatuto por el PNV, como exponía el lendacari Aguirre ante las protestas de las autoridades izquierdistas: “Euzkadi sirvió con su ejemplo de único argumento en el exterior, invocado tantas veces en la Sociedad de Naciones y por numerosos políticos, incluso comunistas, como la señora Ibárruri en sus mítines de propaganda exterior”. Los servicios prestados por el PNV y su clero al Frente Popular fueron muy estimables, pero las izquierdas creían excesivo el pago que por ellos se tomaban los sabinianos. Estos precedentes, creo, ayudan a entender sucesos más recientes.
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La persecución, tan apasionada y sistemática, no respondía al odio político, pues la inmensa mayoría de las víctimas no pertenecía a partidos más o menos fascistas, de los que las izquierdas pudieran temer agresiones. Su utilidad desde el punto de vista bélico fue nula, y políticamente perjudicó en extremo a sus autores, al dejar en evidencia sus pretensiones de libertad, humanitarismo y cultura, y alimentó la desgana de Gran Bretaña, Usa y Francia por ayudar al Frente Popular, pese a los clamores "republicanos" y "democráticos" de éste. Esa aparente irracionalidad, unida a una crueldad tan extrema, ha obligado a buscar explicaciones al fenómeno, que a menudo han derivado a críticas a la Iglesia perseguida, y no tanto a sus perseguidores.
Entre ellas apenas trataré el bulo de que las iglesias y conventos servían de polvorines o de fortalezas desde donde curas y frailes disparaban contra "el pueblo". El evidente infundio continúa una larga tradición, iniciada en la primera mitad del siglo XIX, cuando los frailes fueron acusados de envenenar las fuentes públicas. Erraríamos al atribuir tales patrañas, por su tosquedad, a mentes incultas "del pueblo", pues, por extraño que suene, han sido divulgadas y más o menos creídas por intelectuales. Con ocasión de la magna pira de conventos, bibliotecas y escuelas a comienzos de la república, Rivas Cherif cuenta una frívola charla entre él y Azaña, en la que éste, "si se le argüía aduciendo la matanza de frailes del 34 del siglo pasado so pretexto de haber envenenado las aguas, decía que él no lo creía así; pero que si el pueblo lo aseguraba, era desde ese momento una verdad histórica irrebatible". En realidad, los bulos partían de círculos relativamente cultos y politizados, que los utilizaban para incitar a masas sugestionables, por lo común del lumpen. No se trata, pues, de una explicación, sino de una parte de la persecución misma.
Madariaga hace una acusación en la línea de la “lumbrera” por él aludida: en la Iglesia predominaría un estilo rutinario, hipócrita y hueco, sin apenas contenido espiritual, y un nivel cultural muy bajo. Pero el mismo autor se contradice, al menos en parte, al observar cómo las provincias de mayor cultura popular, donde el analfabetismo estaba erradicado, eran las muy clericales de Santander y, especialmente, Álava, “la provincia más devota de toda España”. No obstante, insiste: “Que la Iglesia española, un tiempo gloriosa y liberal, que con Vitoria y Suárez fundara el derecho internacional, y con Mariana definiera al príncipe democrático, viniese a degenerar hasta producir los curas guerrilleros y las monjitas místicas (...) La Iglesia española fue grande mientras se nutrió de la cultura de las grandes universidades del siglo XVI”. Pero ese hecho, aun en el caso de que fuese cierto, de ningún modo podría justificar la persecución. Además, aunque la Iglesia española tuvo parte muy importante en el despliegue intelectual del siglo XVI, y son extremadamente apreciables sus contribuciones a un pensamiento pre liberal, para su propio criterio, religioso y no directamente político, se trata de méritos derivados y no esenciales. Por otra parte, si bien la Iglesia no atravesaba su mejor momento en la II República, suponerla, entonces o en el siglo XIX, compuesta fundamentalmente por curas guerrilleros y monjitas místicas, distorsiona la realidad. La Iglesia mantenía numerosas publicaciones y trabajos de investigación muy variados, e instituciones culturales de primer orden, como la universidad de Deusto, donde se hallaba lo único parecido a una facultad de Economía en el país, cerrada sin mayor reparo por el gobierno de Azaña, tan afecto a la cultura. También se esforzaba la Iglesia en formar élites profesionales y políticas, y por contrarrestar intelectualmente las doctrinas laicistas y revolucionarias, como reconoce Martínez Barrio. Esfuerzo mejor o peor encaminado, pero en conjunto notable. Sin vivir una etapa de brillantez intelectual, tampoco estaba el clero tan decaído como se le achaca, ni mucho menos.
En cuanto a la presunción de una religiosidad formulista y hueca, choca con la evidencia de las víctimas, que muy a menudo aceptaron el tormento y la muerte antes que renegar de sus creencias, y lo hicieron perdonando expresamente a sus asesinos. Los célebres versos de Claudel sobre los miles de mártires "y ninguna apostasía" parecen bastante próximos a la realidad. Pues, como una muestra más del extraño carácter, por así decir antipolítico, de la persecución, a menudo se ofrecía a las víctimas salvarse si hacían algún acto simbólico como pisotear un crucifijo o blasfemar. Sea cual sea el punto de vista con que se trate el hecho, está claro que la fe de los católicos no era superficial y formularia, al menos la de un sector amplio de ellos.
Y cualesquiera fueran los defectos culturales o espirituales de la Iglesia, resulta grotesco el intento de justificar o explicar por ellos la sanguinaria y obsesiva persecución a la que se libraron sus enemigos. Como si los nazis hubieran perseguido a los judíos acusándolos de no cumplir como era debido con su religión.
Otra acusación común destaca una supuesta enemistad de la Iglesia hacia la república. Este argumento ha calado profundamente, también en la derecha, y ha originado una abundante literatura sobre la cerrazón eclesial. J. Caro Baroja afirma: "El clero español dio unos cuantos diputados avanzados, otros reaccionarios. Pero en conjunto, al menos en el Norte, la campaña más sorda y necia contra la República se hizo en las sacristías, utilizando la amenaza, la idea de persecución, etc. (...) La retirada de los crucifijos de las escuelas, las leyes acerca de licencias para procesiones y otras sancionadas por las Constituyentes, los incendios de iglesias y conventos, dieron lugar a interpretaciones torcidas o equívocas, que irritaban a hombres y mujeres, según los cuales, los castigos de Dios eran inminentes. Todo quedaba englobado bajo la misma interdicción clerical: desde "bailar el agarrado" o ir en el "correcalles" a leer La Voz de Guipúzcoa”. Puede ser, pero todo ello no pasa de pintoresquismo inocente al lado de las propagandas y actos anticristianos, realmente violentos y agresivos. Y hechos como las quemas de conventos, bibliotecas y escuelas por los supuestos adalides de la cultura, o las leyes que vulneraban las libertades ciudadanas para reducir a los clérigos a ciudadanos de segunda y a la indigencia, no admitían la menor “interpretación torcida o equívoca”: su realidad e intención estaban clarísimos.
A decir verdad, la acusación dicha tampoco encuentra respaldo en los hechos. La postura eclesial no fue homogénea. Las diferencia podrían personificarse en los cardenales Segura, por un lado, y Vidal i Barraquer por otro. El primero, impregnado del espíritu tradicional, pidió a los creyentes colaboración con las nuevas autoridades, sin dejar de recordar con gratitud a la monarquía. Aunque sus expresiones hacia la república no pasaban de frías, eran perfectamente legítimas en un sistema de libertades, y el gobierno le respondió con menos tolerancia de la que los republicanos habían disfrutado bajo la monarquía: le respondió con auténtico despotismo, resultando una colisión en la que Segura llevó las de perder. Vidal, próximo en algunos puntos a la democracia cristiana, prefería olvidar el pasado, aceptaba más abiertamente el espíritu del siglo y cerraba los ojos a muchas asperezas anticlericales, esperando que el tiempo las limase. Esta posición fue en parte auspiciada por el Vaticano –representado en Madrid por el mundano nuncio Tedeschini– y en el conjunto de España predominó la actitud intermedia de Ángel Herrera, con mucho peso en el episcopado y cofundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, de los diarios El debate y Ya y del partido de Acción Popular, embrión de la CEDA, en la cual influía ideológicamente.
La Iglesia adoptó, pues, una actitud respetuosa y contemporizadora, aunque, claro está, disgustada por las injurias que sufría no de la república, concebida inicialmente como democracia liberal, sino de los partidos izquierdistas, nada liberales ni demócratas, aunque no cesaran de invocar la libertad. La argucia de Azaña cuando alude al peligro, puramente inventado, de un gobierno de obispos y abadesas, o explica la persecución por la supuesta "intransigencia, la ferocidad del todo o nada" que achaca a los católicos, falsea por completo la realidad. Ni siquiera cuando la tremenda agresión de la quemas de conventos en mayo del 31, respondieron el clero y los partidos católicos con la violencia o la subversión, que no habrían dejado de estar justificadas como legítima defensa. La CEDA no sólo acató el nuevo régimen, sino que lo salvó literalmente en octubre de 1934, cuando lo asaltaron las propias izquierdas, como está hoy bien documentado. No fue la Iglesia la que hostigó a la república, sino las izquierdas de la república las que hostigaron sin tregua a la Iglesia.
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Una tercera explicación afirma que la Iglesia se ganó la animadversión de amplias capas populares, de los pobres, por haberlos olvidado, por no haber atendido a sus necesidades. Pero esta acusación ignora dos cosas: que los autores de la persecución no fueron “los pobres”, sino unos partidos y políticos que decían hablar en nombre de ellos. La inmensa mayoría de los pobres no participó en las matanzas, y una gran parte de ellos siguieron sintiéndose cristianos. Y por otra parte la Iglesia no estaba tan alejada de los necesitados como se pretende. Sostenía, entre otras cosas, una red muy considerable de asilos de ancianos y desvalidos, y de asistencia a enfermos, tanto más apreciable en una época en que apenas existía seguridad social, desarrollada más tarde, en época de Franco. Además dirigía centros de formación profesional y de enseñanza a obreros y jóvenes sin recursos, de ambos sexos, etc. Lo que hacía el clero en este orden, mucho o poco y desde luego no era poco, casi nadie más lo hacía. El argumento podría tener algún peso si el objetivo del exterminio hubieran sido las jerarquías eclesiásticas o los sacerdotes de los barrios y zonas acomodadas, pero no fue así. Los perseguidores detestaban especialmente las actividades eclesiásticas en las zonas populares, pues las veían como una intromisión en el campo proletario, que ellos creían monopolio suyo. Los curas y frailes dedicados a esas labores fueron también asesinados, a menudo con verdadero sadismo. Ya en mayo del 31 los incendios se dirigieron, significativamente, contra centros de formación profesional o escuelas salesianas y jesuitas para obreros, y Azaña quiso prohibir incluso la beneficencia eclesial.
Pese a estos hechos, la acusación permanece con fuerza, completada con la de haberse aliado la Iglesia tradicionalmente con los “ricos”, con los poderes “reaccionarios”, “explotadores”, con el “capitalismo”. Hace poco un ex sacerdote o ex seminarista pasado al socialismo, el historiador Santos Juliá, criticaba las beatificaciones de los mártires cristianos, asesinados muchos de ellos por socialistas, apoyándose en el intelectual católico francés Maritain, de quien citaba: "Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo– por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxistas, son cuerpo de Cristo– en nombre de la religión". Le repliqué en un artículo de Libertad Digital: “Un historiador con algún sentido crítico no puede emplear de ese modo la sentencia de Maritain oponiendo sacerdotes y "pobres". Los sacerdotes eran asesinados por el mero hecho de ser sacerdotes, pero, ¿de dónde saca Maritain que los pobres sufrían matanzas por serlo? Eso es propaganda stalinista, y su falsedad resalta no ya para un historiador, sino para cualquier persona con sentido común. Ello aparte, los muertos por la represión de los nacionales durante la guerra ascendieron a unos 70.000, según los cálculos más solventes de Martín Rubio: ¿tan pocos pobres había en España? Como sabe todo el mundo, cayó entonces gente acomodada, de clase media y de escasos recursos, pero ninguno de estos últimos lo fue por su posición social, sino por considerársele enemigo político o por venganzas personales. Lo mismo vale para la represión del Frente Popular (unas 60.000 víctimas, más proporcionalmente que sus contrarios, al haberse ejercido sobre un territorio menor), la cual sacrificó también a numerosos obreros y campesinos desafectos. La persecución de los clérigos y monjas se emparenta cualitativamente con el Holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos, pues en ambos casos las víctimas eran asesinadas simplemente por ser judíos o clérigos. Un historiador serio debe tener en cuenta otro detalle que Juliá también olvida, y que ayuda a explicar la evidente falsificación del intelectual francés: la preocupación de este por su país, pues le alarmaba la influencia alemana e italiana en España en detrimento de los intereses franceses, y por ello presentaba a Franco como un títere de Hitler. Pudo tratarse de una mentira inconsciente, pero desde luego faltaba a la verdad y escondía que, en cambio, el Frente Popular sí fue dominado por Stalin desde el envío del oro español a Rusia”.
Maritain, por cierto, tenía bastante influencia en el Vaticano, donde, según Sainz Rodríguez, “nos consideraban un pueblo al que se tiene seguro, en el que no existe peligro de que se aparte de la disciplina católica, pero al que no hay que prestar excesivas atenciones. En cambio, el elemento francés pesaba enormemente en el Vaticano”, e incluso “los asuntos españoles eran interpretados a través de lo que se decía en Francia”. Tengo la impresión de que Sainz no iba aquí del todo descaminado.
Terminaba mi artículo: “Juliá y tantos otros desvirtúan la espeluznante persecución religiosa con argumentos especiosos, han pretendido durante años que la Iglesia pidiera perdón a sus torturadores y ahora se oponen a que honre a sus mártires. ¡Imaginemos que en Alemania se hiciese hoy algo semejante con los judíos! El envenenamiento de las conciencias prosigue, con las mismas falsedades de los años 30. Juliá y compañía no revelan el menor sentimiento por lo que entonces hizo el Frente Popular, y uno queda con la sospecha de que repetirían, si hubiera ocasión. Después de todo siguen demostrando una vocación en verdad fanática por defender a los pobres”.
Además, aunque la Iglesia se hubiera desentendido efectivamente de los pobres o los trabajadores, ello tampoco justifica en modo alguno la persecución. Al revés, sus enemigos deberían estar muy contentos de esa actitud.
Debemos atender a otra faceta de la acusación, muy próxima a la teoría marxista de la lucha de clases. Según ella, nada más natural que el compinchamiento de la Iglesia con los llamados explotadores, pues servía a estos para suministrar a los explotados el opio religioso que les hiciera resignarse, en lugar de rebelarse contra su triste situación. Esta doctrina incidía sobre algunos rasgos tradicionales del cristianismo, y no ha dejado de seducir a algunos sectores religiosos, que propugnaban el arrepentimiento por la identificación eclesial con los ricos y los poderosos. La Iglesia debía regenerarse para ganarse a los pobres, a los trabajadores manuales, a los desheredados del Tercer Mundo y, en el caso español, pedir perdón por haber apoyado en la guerra civil a quienes la estaban salvando del exterminio, en lugar de apoyar a sus exterminadores, los partidos llamados obreros del Frente Popular. Las víctimas de la persecución debían recibir así la suprema injuria de un olvido despectivo.
Se trata de un enfoque, ya digo, aproximadamente marxista, esto es, materialista, y creo que conducía a la Iglesia al suicidio teórico y práctico. Teórico porque le hacía renunciar o dejar en segundo término su legado espiritual, no materialista; y práctico porque los partidos marxistas quedaban como los auténticos defensores de la justicia social, de los pobres, mientras la Iglesia debía purgar su larguísima identificación con los opresores y solo muy a última hora reconocía su error y pretendía rectificar. Al estar la verdad, en lo esencial, al lado de aquellos partidos, el mensaje de la Iglesia se volvía redundante, quedaba a la defensiva o se diluía, y tal efecto tenía la célebre consigna de la cruz en una mano y la hoz y el martillo en la otra. El llamado diálogo con el marxismo, así planteado, benefició mucho a este y perjudicó a la Iglesia, en cuyo seno introdujo una notable confusión. En fin, hoy debiera estar bastante claro que los partidos autodenominados obreros nunca representaron nada parecido a unos “intereses históricos” del proletariado, que se combatieron y asesinaron entre sí y que nunca los pobres sacaron nada bueno de ellos.
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En mi opinión hay tres factores que explican suficientemente la persecución y sus rasgos criminales. En primer lugar, la tradición jacobina. En España, mucha gente identificó el liberalismo con la invasión napoleónica y la Revolución francesa, identificación errónea en general, pero apropiada en el caso de la fracción de los liberales llamados exaltados, luego progresistas y republicanos. Para estos, en efecto, la Revolución francesa constituía el modelo, y un punto fundamental de ella consistía en el aplastamiento de la Iglesia, como había ocurrido en Francia y habían predicado algunos ilustrados, particularmente Voltaire: écrasez l´infâme! Esta concepción difería de la de la Revolución useña o de la experiencia inglesa, que no conocieron tales convulsiones y persecuciones; en la misma España, el liberalismo tenía corrientes moderadas y enlazaba con la tradición intelectual española de los siglos XVI y XVII, eclesiástica en tan gran medida. Sin embargo el sector republicano, de estilo muy jacobino, propugnó la eliminación de la Iglesia, a la que presentaba como el obstáculo mayor a la modernización del país, a la razón y al progreso. Ese fue su objetivo esencial, causa de matanzas y quemas de iglesias ocasionales, así como de una copiosa propaganda. Debe destacarse que la literatura anticlerical en España nunca tuvo la altura intelectual de la francesa, y si destaca por algo es por su carácter soez y pedestre. No obstante, su persistencia y masividad le fueron ganando un influjo social considerable.
En segundo lugar, las nuevas corrientes revolucionarias, desde finales del siglo XIX, adoptaron un punto de vista parecido al de nuestros jacobinos. Los anarquistas miraban la creencia religiosa como un enemigo incluso mayor que el propio sistema capitalista, y desde muy pronto hizo objeto a la Iglesia de una hostilidad incondicional, mediante atentados con bombas y otras manifestaciones violentas. Probablemente fueron los más entusiastas incendiarios de templos (no los únicos, ni mucho menos). Los marxistas manifestaban una oposición menos frontal, pues daban la importancia decisiva al factor económico, al derrocamiento del sistema capitalista, después de lo cual la religión debía ir disolviéndose de forma natural, ayudada, eso sí, por la dictadura del partido, llamada del proletariado. No obstante, los marxistas creían necesario apoyar a los republicanos más radicales a fin de cumplir la “revolución burguesa”, preludio necesario de la proletaria, y por tanto apoyaban su anticristianismo, participando, como ateos militantes, en la propaganda y el hostigamiento a la Iglesia, así como, a su debido tiempo, en las matanzas. Como señalé al principio, este era el único punto de coincidencia entre todos aquellos grupos, y su influjo sobre sectores de la población no cesó de crecer en el primer tercio del siglo XX.
Estos dos factores, que se reforzaban, podían ser mantenidos relativamente a raya mientras persistiera la legalidad que convencionalmente llamamos burguesa, una legalidad no utópica o revolucionaria. Pues en una sociedad repleta de intereses, creencias, aspiraciones y sentimientos muy dispares, solo el mantenimiento de la ley garantiza una convivencia razonablemente pacífica, aun si con crisis naturales. Pero la república, nacida en principio como democracia liberal, sufrió desde muy pronto un proceso de derrumbe cada vez más agravado, que he descrito en tres fases: una fase de desbordamiento, de origen sobre todo izquierdista, durante el primer bienio (quema de conventos, insurrecciones anarquistas, golpe de Sanjurjo desde el otro lado, fracaso de algunas reformas razonables, pero aplicadas con ineptitud y transformadas en pura demagogia…). Una segunda fase de asalto de las izquierdas y los separatistas al poder que las urnas les habían arrebatado en 1933 (intentos de golpe de estado por Azaña y los republicanos, preparativos de guerra civil en pro de un sistema soviético por parte del PSOE, movimientos de rebeldía de los nacionalistas catalanes y vascos), culminada con la insurrección de octubre del 34, que dejó 1.400 muertos en solo dos semanas y en 26 provincias. Y una tercera fase al volver al poder las izquierdas agrupadas en el Frente Popular, tras las elecciones anómalas y no democráticas de febrero de 1936, para desatar de inmediato un movimiento revolucionario desde la calle, con cientos de asesinatos, incendios, ocupación de fincas etc., más la liquidación por el gobierno de la legalidad republicana, antes concebida como una democracia liberal.
Este proceso arruinó la convivencia social en España, acabó de quitar toda legitimidad al gobierno de izquierdas y motivó la rebelión de las derechas, reanudándose la guerra civil. Importa subrayar que la rebelión de julio de 1936 no fue un pronunciamiento militar al estilo de los del siglo XIX y algunos del XX (la gran mayoría de ellos, contra un tópico común, tuvo carácter izquierdista, es decir, exaltado, progresista o republicano), sino una verdadera sublevación de una parte muy amplia del pueblo en torno a un sector del ejército. Y que no ocurrió frente a un gobierno legítimo y democrático, como siguen pretendiendo diversas propagandas, sino contra un gobierno despótico y un proceso revolucionario. No sería la democracia, como a menudo se pretende, sino la revolución, la que saldría derrotada.
Fueron, pues, las izquierdas y los separatistas quienes hundieron la legalidad republicana, aunque persistieran luego en llamarse republicanos, un artificio de propaganda para retener una legitimidad ficticia y obtener apoyo exterior (solo lo obtendrían de Stalin, que convirtió al Frente Popular en protectorado suyo). La ruina del ideal demoliberal dejó una pugna entre dos ideales dictatoriales, el totalitario de las izquierdas y el autoritario de las derechas. Este último, muy preferible para cualquier demócrata, ganó la contienda, mantuvo a España fuera de la guerra mundial y facilitó un importante desarrollo económico y la disolución de los viejos odios de la república, para dar paso, son el tiempo y de forma bastante normal, al actual sistema de libertades políticas. No me extenderé aquí sobre estos hechos, hoy suficientemente documentados.
La caída de la ley tiene siempre o casi siempre los mismos resultados: el desencadenamiento de los odios y las pasiones, y con ellos, de los crímenes. El levantamiento derechista fracasó al principio y quedó en posición casi desesperada, recurriendo al terror para asegurar su retaguardia, mientras que el Frente Popular, seguro de su victoria empleó el terror como aplicación de un programa de “limpieza” acariciado y preparado por su propaganda desde largo tiempo atrás.
A mi juicio, estos tres factores, es decir, las concepciones jacobinas, su reforzamiento por las ideas revolucionarias marxistas y anarquistas, y la destrucción de la legalidad republicana por el Frente Popular, explican suficientemente la matanza de religiosos y muchos otros fenómenos de la época. Podemos hablar del pensamiento utópico y mesiánico detrás de tales actos, pero aquí dejaremos ese aspecto de lado.
¿Cuáles fueron los fallos de la Iglesia en relación con todo este proceso? Como he indicado, no creo que fueran los que habitualmente se le achacan. La Iglesia perdió mucho terreno en la sociedad española durante aquellos decenios, como lo ha vuelto a perder ya desde antes de la transición democrática, y eso requerirá seguramente un análisis interno. Pero no abordaré esa cuestión, pues no enfoco el tema desde el punto de vista del creyente, sino del demócrata. Como tal, considero que la Iglesia tiene el mismo derecho a expresarse y organizarse que cualquier otra asociación, máxime teniendo en cuenta su extraordinaria relevancia en la historia y la cultura españolas. Y estoy convencido de que los ataques que ha venido sufriendo y que sufre hoy nuevamente, perjudican seriamente no solo a la Iglesia, sino a la democracia misma, a la estabilidad de la sociedad y a la integridad del país.