Zapo ha sido el mayor benefactor que la ETA haya tenido en su historia, comparable solo a aquellos gobiernos franceses que en situaciones críticas para la banda de asesinos le facilitaron un seguro refugio donde reponerse. Zapo también ha sacado a la banda del pozo donde la había sumido Aznar y la ha colocado en una cima de gloria, desde la cual dicta la agenda de la democracia y chantajea a la sociedad española: "Si no aceptáis mi 'paz'…ateneos a las consecuencias".
No sobra insistir en las causas de todo esto. El gobierno y la ETA comparten un fondo ideológico común. Ambas son socialistas, detalle no irrelevante pero casi siempre olvidado. Ambas tienen ideas muy similares, generalmente poco compatibles con la democracia, sobre la causa de los males del mundo y sus soluciones. Y tienen intereses básicos comunes, en especial la demolición de la Constitución y lo que llaman herencia del franquismo. En fin, comparten ideas, sentimientos e intereses fundamentales, sin los cuales jamás podría explicarse lo que ocurre.
También desean ambos acabar con la violencia. Pero no como Aznar, que quería y estuvo cerca de conseguir el fin de la violencia derrotando a la ETA. Zapo y su gobierno quieren conseguirlo mediante una ETA triunfante, facilitándole casi todos sus objetivos.
En el "casi" radica el problema, pues hay, naturalmente, diferencias de matiz, que pueden hacerse importantes. La ETA es enemiga de España y Zapo es solo indiferente. La ETA busca la secesión de lo que llama Euscalerría o Euskal Herria, y Zapo quiere una España residual que le permita mantenerse en el poder. La pieza maestra de toda la maniobra han sido los estatutos balcanizantes: España se reduciría a un conglomerado de "naciones" separadas a casi todos los efectos, pero con esa unidad residual que permita asegurar el poder socialista mediante una alianza estratégica con los separatistas, teniendo así a raya a las "fuerzas de la reacción". Esto debiera bastar a la ETA, pero parece no ser así.
En este panorama, el atentado de ayer no significa el final del proceso, como Zapo dejó bien claro pese a su retorcimiento expresivo. Un proceso que ya ha alcanzado logros tan importantes como los estatutos catalán, balear, valenciano o andaluz, no va a echarse a perder por una bomba más o menos, unos muertos más o menos. Liquidar la Constitución no es tarea fácil, ya lo anunció el individuo reiteradamente: será un proceso largo, duro y difícil, o algo así. De todos modos, el gobierno debe de estar sorprendido por el último atentado etarra: ¡qué ingratitud! ¿Cómo han podido hacerle esto a él? Alguien debiera explicárselo.
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Ateísmo liberal
De momento tenemos, pues, la fuerte impresión de que el totalitarismo no es un suceso ocasional o un error corregible, sino una tendencia lógica del ateísmo cientifista. Queda, no obstante, el que pudiéramos llamar ateísmo liberal, o más bien el ateísmo extendido entre bastantes liberales (por supuesto, existen también socialistas y nacionalsocialistas que se proclaman religiosos –"Cristianos por el socialismo", recuérdese–, pero ese es otro problema).
A diferencia de los anteriores, el ateísmo liberal no tiene pretensiones científicas, aunque tenga en cuenta a la ciencia. Considerando indemostrable por vía científica o racional tanto la llamada existencia de Dios como lo contrario, no radica su increencia en una pretendida verdad científica, sino en la opinión. El ateísmo queda, en definitiva, como una opinión particular que de ningún modo puede dar lugar a sistemas políticos cargados con la misión de erradicar presuntas tinieblas ancestrales y cosas por el estilo. Suele llamársele agnosticismo, y ya Engels puso de relieve algunas de sus contradicciones, pero ello, para nuestro objeto, es secundario. Baste observar por ahora que este tipo de ateísmo, discutidor pero no proselitista, y básicamente respetuoso con las creencias religiosas, no deriva necesariamente en totalitarismo.
Claro está, los ateos que dicen basarse en la ciencia pueden descartarlo como un ateísmo falso e inconsecuente. Tampoco falta, por cierto, la crítica contraria: el marxismo, por ejemplo, no sería un ateísmo auténtico, sino una especie de religión. Disputas típicamente sectarias, aunque no sin interés.
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Odiseus: La AVT y otras organizaciones han llamado a manifestarse contra los asesinos y sus cómplices. Acude.
Creo pertinente, ya lo dije, centrar en el nazismo y el marxismo el examen de las consecuencias sociopolíticas del ateísmo, por cuanto otros posibles ateísmos no han logrado implantar regímenes acordes con sus ideas antirreligiosas, y por tanto no resulta fácil observar sus efectos.
La impresión que percibimos a primera vista, aun si todavía no plenamente justificada, es la de una fuerte relación entre ateísmo y totalitarismo. Entiendo por totalitarismo la idea de que el estado tiene algo así como una misión de redención social basada en la ciencia y que da lugar, de modo natural, a regímenes omniabarcantes, donde el estado domina e incluso engulle a la sociedad civil. Esto ayuda a distinguir un régimen autoritario de uno totalitario. Un profesor polaco me explicaba la extrema dificultad de una oposición en su país bajo el comunismo: "Simplemente te expulsaban del trabajo. Y como aquí el estado era el patrón general, no tenías adónde ir ni de qué vivir, como no fuera de ayudas familiares o cosa parecida". Esto nunca pasó en la España de Franco, una dictadura autoritaria con un aparato estatal reducido, comparativamente poco costoso y en este sentido –solo en ese sentido– más liberal que el de hoy.
La identificación entre ateísmo y totalitarismo no puede predicarse, aparentemente, del ateísmo socialdemócrata. Es cierto que cabe acusarle de complacencia y a menudo complicidad con los desmanes marxistas, pero, en definitiva, se ha acoplado a regímenes de libertades y, cuando ha obtenido el poder por vía del voto, no ha implantado campos de concentración o asesinado en masa como los sistema comunistas y nacionalsocialista.
Sin embargo el impulso de quien aspira a una, digamos, acción social científica con eliminación de las tinieblas religiosas, parece caminar siempre hacia el totalitarismo. Este no tiene por qué obrar de forma rápida y violenta. Por meras razones tácticas o de conveniencia, como indicaba ayer, puede preferir vías más suaves y pacientes. El ateísmo socialdemócrata manifiesta la misma tendencia que el marxista, pero sustituyendo la violencia inmediata por la presión persistente, poderosa y a veces casi insensible del estado, el dominio de los medios de masas y la “ingeniería social”. Esta tendencia y su aparente conformidad con ciertas formalidades democráticas ya la percibió Tocqueville con lucidez pasmosa. He transcrito el texto en otras ocasiones, y me parece muy oportuna su difusión masiva como aviso y enseñanza realmente cívica:
Creo que es más fácil establecer un gobierno absoluto y despótico en un pueblo donde las condiciones sociales son iguales, que en otro cualquiera, y opino que si semejante gobierno llegar a implantarse, no solo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de los principales atributos de humanidad. Ese despotismo me parece, por tanto, el mayor peligro que amenaza en los tiempos democráticos.
Por encima de los ciudadanos se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más que fijarlos irrevocablemente en la infancia. Este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza en hacerlos felices, pero en esa tarea quiere ser el único agente y juez exclusivo. Provee a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias; ¿no podría librarles por entero de la molestia de pensar y el trabajo de vivir?
De este modo cada día se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío; el poder circunscribe así la acción de la voluntad a un espacio cada vez menor, y arrebata poco a poco a cada ciudadano su propio uso. La igualdad ha preparado a los hombres para todas estas cosas: para sufrirlas y con frecuencia hasta para mirarlas como un beneficio.
Después de tomar de este modo uno tras otro a cada individuo en sus poderosas manos y moldearlo a su gusto, el estado extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie con una malla de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, entre las que ni los espíritus más originales ni las almas más vigorosas son capaces de abrirse paso para emerger de la masa; no destruye las voluntades, las ablanda, las doblega y las dirige; rara vez obliga a obrar, se opone constantemente a que se obre; no mata, impide nacer; no tiraniza, mortifica, reprime, enerva, apaga, embrutece y reduce al cabo a toda la nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno.
Siempre he pensado que esta clase de servidumbre reglamentada, benigna y apacible, cuyo cuadro acabo de ofrecer, podría combinarse mejor de lo que comúnmente se piensa con algunas de las formas exteriores de la libertad, y que no le sería imposible establecerse junto a la misma soberanía del pueblo.
En nuestros contemporáneos actúan incesantemente dos pasiones opuestas: sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de permanecer libres. No pudiendo acabar con ninguna de estas inclinaciones contradictorias, se esfuerzan por satisfacer ambas a la vez. Conciben un poder único, tutelar, todopoderoso, pero elegido por los ciudadanos. (…) Esto les permite cierta tranquilidad. Se consuelan de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen sus tutores.
Creo que jamás se ha descrito mejor el ideal y la práctica socialdemócratas.
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El penúltimo atentado de la ETA: no puede decirse que los asesinos engañen a nadie. Quien engaña sistemáticamente a los ciudadanos es su compinche, el gobierno corrupto, anticonstitucional y de mentalidad totalitaria que padecemos.
Obsérvese el cambio de perspectiva: el ateísmo procede tratando de demostrar la falsedad del elemento dogmático o mítico de la religión, y derivando de ahí un juicio sobre la historia, y consecuencias prácticas (políticas y sociales). Aquí vamos al revés: sin presuponer verdad o falsedad, tanto en el ateísmo como en la religión, procedemos a contrastar la experiencia histórica conocida para aproximarnos a una conclusión sobre su verdad. Debe entenderse también que estas pequeñas observaciones no parten de una opinión ya formada, sino que son, por así decir, tanteos.
Una de las cosas que más llama la atención del marxismo y del nazismo es el modo frío y sistemático como han asesinado a millones de personas, encerrado en campos de concentración a muchos otros millones y privado de la libertad no solo política, sino también personal, a pueblos enteros, con la pretensión de consolidar una situación definitiva. Que algunos regímenes, en nombre de tal o cual supuesta certeza, hayan oprimido y matado a mansalva, no es algo demasiado nuevo, lo nuevo es acaso la escala, la sistematicidad, coherentes con el hecho de que se hayan producido en nombre de la verdad científica, algo también nuevo en la historia.
A la mentalidad corriente, es decir, muy influida por la religión, tales hechos se le presentan como infamias, crímenes o atrocidades, porque, de modo más o menos confuso, dicha mentalidad parte de la idea de una moral natural. Pero esas condenas no impresionarán a una persona de mentalidad cientifista. Mirado con los ojos de ésta, el panorama cambia por completo. Ya Marx y Engels aclararon que no existe nada parecido a una moral natural y permanente que nos permita decidir en todo caso qué es o no es criminal. El enfoque científico, desde luego, arruina tal pretensión, empezando por sus conceptos de dignidad, libertad, ajenos a él. Por lo tanto, juzgar los actos del comunismo o del nazismo según la moralidad tradicional, consciente o inconscientemente religiosa, carece de sentido.
Cabría exponerlo así: quien llega a la conclusión de que la humanidad ha vivido perdida en los desvaríos religiosos, contrae la responsabilidad moral de librarla de tan decisivos males, la obligación de actuar enérgicamente contra las ideas, la moral, los intereses creados y las personas que los perpetúan. Energía no supone violencia necesariamente, pero la incluye. La violencia no repugna en absoluto a la ciencia, que la constata en todos los procesos naturales, y, aplicada a la acción emancipadora contra las tinieblas religiosas puede ser un recurso eficaz y económico. De hecho, y no por casualidad, el método del exterminio y el terror fue ampliamente aplicado, en nombre de la razón, por los elementos más antirreligiosos de la Revolución francesa, y puede considerarse una tradición bien asentada en los regímenes ateos.
Desde un punto de vista científico no cabe hacer objeción alguna. Para la ciencia, el ser humano es simplemente un animal con ciertas características particulares, sujeto a los preceptos darwinistas: lucha por la vida, selección y supervivencia de los más aptos, etc. No hay diferencia esencial, así vista la cuestión, entre exterminar a grupos de población considerados nefastos o a manadas de lobos que perjudican la ganadería. Nadie expresó mejor que Nietzsche la consecuencia: los valores religiosos tradicionales, en especial los cristianos, como la compasión, etc., además de falsos no tienen nada de inocentes: corrompen al ser humano, mantienen lo inferior, lo malogrado, lo que la naturaleza tiende a destruir, van contra la selección natural, contra el principio evolutivo. El conocimiento de tal verdad impone obrar en consecuencia.
Ese principio de aspecto científico se convierte, con unas u otras variantes, en el criterio de la nueva moral. Es bueno lo que lo favorece, y malo lo que se le opone, y ninguna noción supersticiosa de la vieja moralina debe impedir la erradicación drástica del mal: adoptar contra él métodos más suaves o más brutales será, en todo caso, cuestión de conveniencia o táctica. Por otra parte el hombre poseído por la ciencia se libera también de cualquier temor supersticioso al castigo de un juez divino o similar.
Vamos viendo, pues, que existe una correlación bastante clara entre las concepciones básicas y la experiencia histórica de los regímenes ateos. No es convincente la negativa de muchos ateos, que ponen como prueba de lo contrario el hecho de que ellos mismos repudian el totalitarismo. Pueden repudiarlo, pero difícilmente lo harán con criterios científicos, sino con otros, cuyo origen religioso es fácil rastrear. No obstante, valdrá la pena examinar otro tipo de ateísmo, el socialdemócrata y decir algo sobre el liberal.
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Un gobierno que transforma el Pacto Antiterrorista y por las Libertades en su contrario, necesariamente tiene que atacar a las víctimas directas del terrorismo, y a las indirectas (la sociedad española en conjunto), así como la expresión de quienes denuncian sus fechorías. La permanente campaña del gobierno y sus terminales mediáticas e intelectuales orgánicos (y tan orgánicos, viven del dinero de todos) contra la AVT, la COPE y por la falsificación de la memoria histórica son parte de un mismo diseño: pro terrorista y contra las libertades.
Parece que la cuestión del método científico en relación con este asunto ha despertado bastante desacuerdo. Aunque es muy difícil definir en qué consiste la ciencia y su método, para nuestro efecto valdrá decir que la ciencia procede mediante la comprobación de hipótesis por la observación y la experimentación debidamente regladas. Formular hipótesis, naturalmente, implica saber ver problemas, cosa no tan fácil. Incidentalmente, la enseñanza española enseña certezas y métodos ya establecidos, y evita el planteamiento de dudas, y de ahí tan numerosos y buenos técnicos y eruditos, y tan pocos inventores, pensadores o teorizadores científicos. De ahí también la escasez de debates intelectuales, o su bajo nivel casi siempre.
Mi amigo Miguel Prol me escribe apoyando a Dawkins y a Weinberg en sus críticas a la religión. Estas críticas siguen una tradición larguísima, se remontan a los griegos y seguramente siempre hubo personas que dudaran de los mitos. Nadie puede creer, literal y racionalmente, en la existencia de Prometeo, o de Adán y Eva, o del paraíso terrenal, o que Jesucristo resucitó al tercer día, etc. etc. Es decir, los críticos racionalistas –pero no necesariamente razonables– de antaño, al igual que los cientifistas –pero no necesariamente científicos– de hogaño, tratan los dogmas religiosos como hipótesis que, sometidas al fuego de la crítica racional o empírica, no se sostienen. En último extremo quedaría a los religiosos postular un Dios indemostrable por naturaleza; pero también, por ello mismo, carente de cualquier interés práctico para el hombre, como ya observaron Freud y otros.
Sin embargo una crítica debe ser adecuada a su objeto, y esta me parece que lo es tanto como pretender demostrar la falsedad de los personajes y sucesos de la literatura y, por tanto, la estupidez de leer novela o poesía. Desde cierto punto de vista "científico", la literatura no pasaría de una sucesión de letras más o menos ordenadas sobre trozos de papel, y de ahí, quizá, el seudoproblema de si un millón de monos tecleando en máquinas de escribir durante un millón de años podrían producir El Quijote o simplemente las novelas de El Coyote. Con el mismo enfoque, la música se reduce a una sucesión arbitraria de sonidos, y podríamos estimar los ruidos del tráfico, de máquinas, o de una sucesión de ventosidades, como superior a las composiciones de Mozart, pues aquellos son, a su modo, menos arbitrarios, y reflejan, además, la inventiva o el progreso o el funcionamiento orgánico humanos. A mi juicio, la crítica cientifista a la religión tiene el mismo valor que la aplicada al arte: nula, porque no es adecuada a su objeto.
Tautológica, además, porque los resultados vienen implícitos en el planteamiento. Y frívola, porque en la religión está el origen del arte, de la ciencia y de la ética, y tratarla como una mentira o un absurdo sin más supone una ligereza excesiva, por no decir una tontería.
Por todo ello, para acercarnos al tema he optado, de modo tentativo, por otra hipótesis, más razonable, a mi juicio: tanto el ateísmo como las creencias religiosas han tenido resultados sociales constatables, y a través de ellos podemos aproximarnos a la lógica interna de los mismos y a su grado de verdad.
Empiezo por los sistemas marxista y nacionalsocialista, el uno explícita y el otro implícitamente ateo. Muchos ateos, repito, se declaran ajenos o contrarios a tales sistemas, pero, al revés que aquellos, no han logrado hasta ahora establecer regímenes sociales y políticos basados en sus ideas, y por lo tanto se hace difícil examinar sus resultados. Los efectos del marxismo y el nacionalsocialismo son, por el contrario, bastante bien conocidos. Debemos ver ahora si existe una relación clara entre tales efectos y sus ideas cientifistas y ateas.
A muchos ateos les irrita que se les aplique el método, científicamente indispensable, de contrastar sus teorías con la evidencia histórica derivada de su práctica. El método les parece excelente cuando se emplea, mejor o peor, con la religión (para concluir, como Weinberg, que la humanidad habría vivido desde sus orígenes en una negra pesadilla. Siendo así, no se entiende bien cómo ha podido subsistir siquiera); pero les resulta intolerable cuando se emplea con ellos. Lo cual revela una actitud dogmática que, si tiene algún sentido en el ámbito de la creencia religiosa, en el del ateísmo se vuelve radicalmente contradictorio.
Vaya por delante que el ateísmo no es la simple negación de una idea, sino una teoría, implícita o explícita, sobre el mundo, la vida y la historia. Cuando se explicita da lugar a diversas variantes (marxismo y nazismo, entre ellas), pero con un fondo común.
Pues bien, en su práctica histórica, esas teorías han generado terror, aplastamiento de la libertad en grado nunca antes visto, totalitarismo y genocidio. Esta es una evidencia histórica innegable. La cual coloca en una difícil posición a los ateos que repudian o dicen repudiar el totalitarismo. Quiero decir que estos tienen por delante una ardua tarea: explicar que hay otros ateísmos más benéficos o que los citados no son “auténticos”, que se desvían de la sana doctrina atea. De entrada, me parece más fácil la tarea contraria, explicar la estrecha consecuencia entre el ateísmo y aquellos lamentables fenómenos. Ya lo iremos viendo.
Mencionaba ayer una de las posibles objeciones a este planteamiento, la de que existe gente buena y mala tanto entre los creyentes como entre los ateos. Algo así ha venido a decir Weinberg alguna vez, si mal no recuerdo. En cierto modo se trata de una observación trivial, pues también existe buena gente entre los comunistas o los nazis. Pero en un sentido más profundo apunta al supuesto de que la bondad o la maldad no dependen de las creencias: “La fe no es bondad”, rezaba un lema de The Economist en referencia al integrismo islámico. Tal vez. Pero la ausencia de fe, tampoco. Además, el asunto es otro: el ateísmo debería despertarnos de la pesadilla religiosa, de su mentira y consiguiente maldad. De momento tendrían que darnos algunas explicaciones más detalladas al respecto.
Ninguna persona con mentalidad mínimamente científica separa las teorías de sus resultados prácticos, como si la validez de aquellas dependiera en exclusiva de su aparente lógica interna. Por ello sorprende lo nula disposición de los ateos, pese a su ostentosa admiración por la ciencia, a repasar los datos empíricos, los efectos reales de su modo de pensar. En esto acostumbran a ser poco consecuentes.
Aunque los ateos han tendido a dar por superada la religión hace siglos, sólo en el siglo XX lograron imponer sistemas sociales basados en sus doctrinas. Los principales han sido el marxismo, extendido sobre un tercio de la humanidad durante largos años, y el nacionalsocialismo, cuya poca duración quedó compensada por su intensidad.
Al revés que el marxismo, el nacionalsocialismo no se proclamaba oficialmente ateo, sino más bien agnóstico, siendo caracterizado a menudo como pagano o neopagano por su evocación de la mitología nórtica, puro pintoresquismo, en realidad. Pero su concepción de fondo, nietzscheana y cientifista –basada en el evolucionismo darwiniano o en una versión de él– lo vuelven radicalmente antirreligioso, aunque adoptara ante las religiones una postura oportunista y provisionalmente tolerante.
Durante un período las dos ideologías se llevaron bastante bien, y si terminaron chocando a muerte se debió a razones ajenas a su componente ateo o ateoide, concretamente al designio nazi de apoderarse de Rusia. Sus prácticas políticas y sociales fueron muy parecidas: expansión omnímoda del estado, orientación de ese estado por unas ideas presuntamente científicas, aplastamiento despiadado de los disidentes o de las capas sociales consideradas inapropiadas para el nuevo orden de cosas. Tales son los datos empíricos, las consecuencias reales de la aplicación de esos sistemas. Los ateos suelen contraatacar hablando de las atrocidades de otros, pero eso no es un verdadero argumento, ya lo veremos.
¿Quiere esto decir que el ateísmo conduce necesariamente a tales resultados? En principio caben al menos tres objeciones: a) Muchos ateos no son marxistas ni nazis. b) Otra evidencia empírica muestra que entre los ateos -- como entre los creyentes--, encontramos tanto malas como buenas personas, por decirlo convencionalmente. c) Las prácticas tiránicas y exterminadoras nazis o marxistas no obedecen al componente ateo de sus doctrinas, sino a otros factores (incluso, afirman algunos, en realidad esos regímenes constituyen otras formas de religión, lo cual no es un argumento muy honesto).
Ya iremos viendo estas cuestiones. Baste señalar ahora que en principio debemos considerar aquellos regímenes como aplicaciones prácticas del ateísmo, y como tales merecen un examen atento, aun si admitimos que puedan no ser las únicas prácticas posibles.
Con motivo de un reciente congreso sobre ciencia y religión, Steven Weinberg, físico, y Richard Dawkins, biólogo, ambos ateos militantes, hicieron algunas frases: Weinberg retrató a la religión como una vieja chiflada: "cuenta mentiras, provoca mil malicias y acaso no tenga ya mucha vida dentro, pero en un tiempo fue bella. Quizá la echemos de menos cuando se haya ido". Dawkins, con menos humor o menos frivolidad, respondió acremente: "Yo no la echaré de menos en absoluto. Para nada, ni un ápice". Ambos coincidían: "El mundo precisa despertar de la larga pesadilla de la creencia religiosa".
Lo cual demuestra, una vez más, cómo la mentalidad científica no impide la charlatanería cuando se sale de la especialidad. Una actitud científica exige constatar, en primer lugar, que el fin de la religión lleva varios siglos anunciándose (y muy posiblemente seguirá siendo anunciado dentro de otros cuantos). Y, en segundo lugar, que entre tanto se han impuesto en el mundo sistemas basados en la liquidación de la religión, y no estaría de más examinar sus consecuencias antes de hablar de pesadillas.
Weinberg o Dawkins resultarán más convincentes cuando nos den una explicación clara y, digamos, científica, de por qué el ateísmo suele tener efectos prácticos tan curiosos, por decirlo con mucha suavidad. Sería una aproximación científica a la cuestión.
Dicho en otras palabras: la ciencia no puede discutir el concepto de Dios, pero sí puede (y quizá debe) examinar los efectos de la creencia y del ateísmo. Eso tendría verdadero interés.
Uriarte, digno sucesor de Setién, es, cómo no, partidario de echar abajo el estado de derecho, escupir sobre las víctimas directas de la ETA y ceder a los asesinos.
La gran trampa en que cayó la democracia española desde el principio fue la "solución política" al problema terrorista, auspiciada desde el grupo Prisa fundamentalmente. Esa "solución política", ha dado oxígeno y alimento el grupo asesino, ha creado una simbiosis entre él y los separatismos supuestamente moderados, que utilizaban su chantaje para avanzar más y más contra la unidad de España y las libertades, y, en general, ha sido un factor de descomposición del sistema de libertades, de modo muy similar a como lo fue el terrorismo anarquista bajo la Restauración.
Por asombroso que suene, el fracaso sistemático, año tras año, del cuento de la solución "política", es decir, antidemocrática –que llegó a combinarse con el terrorismo de partido en el poder–, no enseñó nada a los políticos hasta que Aznar propugnó, por fin, la única solución admisible, la solución policial. Con tan buenos resultados que la derrota final de los pistoleros se vislumbraba ya a plazo medio. De esa postración han venido a salvarla Cebrián, Zapo y los suyos con su proceso de "paz", proceso de guerra a la Constitución.
Hay un interés y un sentimiento profundo en estas maniobras. El interés de acabar con la democracia liberal y el sentimiento antiespañol, compartidos de siempre por una gran parte de la izquierda y por los secesionistas.
Una experiencia particular. Hace poco me entrevistó Canal Sur en torno a la guerra civil, una intervención, como es natural, entre muchas otras contrarias. Pues ni por esas. Tamaña osadía desató protestas y hasta exigencias de dimisiones en dicho canal. La Sexta, de Polanco, y por la misma razón de ofrecer un rasgo de pluralidad, en principio loable aun si tan restringido, también me llevó a un breve debate, con seis minutos para hablar sobre los llamados vestigios del franquismo. Otro "error", que también motivó la protesta de los miserables. He estado recientemente en Sevilla, Bilbao y Valladolid para dar unas charlas y presentar el libro La república que acabó en guerra civil, y ahí los medios no han cometido error alguno: ni los de izquierda ni los de derecha, dominados por Vocento, enviaron un redactor a hacerme una entrevista o reseñar el acto. Y aun menos mal si lo comparamos con Barcelona, donde, en dos conferencias mías, los organizadores no lograron siquiera anunciarlas en la prensa o en la radio. Allí, en el balneario, van por delante, como diría Maragall. Etc.
Experiencia personal, ya digo, pero no sin significación. Revela el designio de acallar una disidencia que no han podido rebatir nunca con argumentos y datos. Seguramente encuentran más útil para la información y formación de los ciudadanos conceder su limitado y por ello precioso espacio a hechos y personajes que definen la prensa basura. No digo, claro está, que todo sea basura ni mucho menos, pero esta ocupa casi siempre un especio desmesurado. Como lo ocupan versiones de la historia de falsedad probada. Una historia falseada envenena el presente, y en la base de todos los ataques a la democracia española, violentos y no violentos, encontramos siempre la desvirtuación del pasado.
Afortunadamente existe la COPE. Gracias, especialmente, a Federico, a César y a Cristina, millones de personas encuentran otras voces y otras actitudes. Sin ellos, los partidos y corrientes de opinión que combinan la basura y la corrección política dominarían por completo el panorama, dejando subsistir tan solo algunos focos de resistencia dispersos e inefectivos, presentados por los liberticidas, para más inri, como prueba de su espíritu "democrático". Sin la COPE, España habría avanzado muchísimo hacia el Méjico del PRI, modelo no confesado de gran parte de la izquierda, una vez caído el muro de Berlín. Sin la COPE, en España no subsistiría la democracia. Se explica, por tanto, la ofensiva permanente de los liberticidas por silenciarla.
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Odiseus. Tu pasividad es su fuerza. En tu ámbito puedes hacer mucho por combatir la anestesia ciudadana impulsada por la Infame Alianza, por el Pacto Proterrorista y contra las Libertades. De lo que hagas depende mucho.
Para coordinarse, suscríbete al grupo "Ciudadanosporlaconstitución":
http://es.groups.yahoo.com/group/ciudadanosporlaconstitucion/
En el congreso de la universidad San Pablo CEU sobre la guerra y la república, José Andrés-Gallego comentaba un hecho archisabido, pero apenas resaltado: después de la guerra, la división entre vencedores y vencidos desapareció con rapidez. Unos y otros, o sus hijos, se casaron entre ellos, y la mayoría de la gente tiene abuelos o familiares que lucharon o estuvieron en uno y otro bando. Y buena prueba de ello son la mayoría de quienes, con el dinero de todos, alientan el resurgir de la propaganda y el odio, que no de la memoria. Empezando por el mismo Zapo. Cualquiera con memoria de la última época del franquismo sabe que las heridas de la guerra estaban cicatrizadas, salvo para una pequeña minoría de rencorosos enfermizos o de políticos interesados, ajenos al sentimiento común. Ha sido años después cuando esos politicastros y rencorosos, amos de las subvenciones, gente que en su mayoría no luchó contra la dictadura y muy a menudo trepó en ella, se declaran furiosamente antifranquistas e intentan dar la vuelta a la historia.
La realidad es que muy pocos se sintieron vencidos al terminar la guerra, como observó Julián Marías. La conducta del Frente Popular, las peleas, asesinatos y guerras civiles entre sus componentes, la fuga de sus jefes con ingentes tesoros saqueados al país, llevó a la mayoría de sus seguidores a desentenderse de aquellas ideas, grupos y líderes. Su descrédito fue radical.
Hace falta dosis de estupidez muy fuera de lo común para identificarse con aquel funesto Frente Popular, prohijado por Stalin, y presentarlo como el bastión de la democracia; y para, en función de tales sandeces, volver a crispar la sociedad con los polvorientos embustes de antaño. Estupidez malévola, también ignorancia en los más jóvenes: "Si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, nunca dejarás de ser un niño".
Recuerdo ahora mismo tres momentos en que oír una canción por radio cambió por completo mi estado de ánimo. Una fue Milord, en la prisión de Caranza, de Ferrol. Nos levantábamos los presos para ir a desayunar, y alguien encendió una radio de la que salía la canción de Edith Piaf. Llevaba muchos años sin oírla –bueno, muchos... tenía entonces veinticuatro– y me produjo una duradera sensación de plácida euforia, algo así.
Años después, cuando yo intentaba, infructuosa y frustrantemente, "reconstruir el partido del proletariado" tras haber sido expulsado del PCE(r)-Grapo, estaba una mañana esperando sin mucha esperanza y un tanto aburrido a unos camaradas en un bar, no recuerdo su nombre, de la plaza de Chueca, que medio cierra el lugar en dirección a Augusto Figueroa, cuando saltó por el hilo musical "No me llames Dolores, llámame Lolaaa...", y su alegre tonada me produjo un inexplicable optimismo.
Hará diez años, mientras me preparaba en casa para salir a pegar por la Complutense anuncios de un curso que daba, los compases iniciales de una canción completamente olvidada me dejaron parado: "Aaaaay, mi maare... Maaaaare hermoosa, vieja de pena por dentro, por fuera como una roosa....Con los ojitos de novia, y la caraaaaaaaaaa de azucena..." Me sentí trasladado casi violentamente a la infancia, a domingos por la tarde algo tediosos, cuando salía a la calle a buscar amigos con quienes jugar, y de las ventanas abiertas salía Mi mare. Y tantas otras, Me debes un beso, Tatuaje..., que identifico también con los domingos, con el puerto o las subidas desde el puerto de Vigo. No tenía idea de los nombres de los cantantes, simplemente oía las canciones y ellas formaban parte de la existencia de entonces.
Hace unos días compré en el Corte Inglés, por dos euros y medio, un cedé de Juanito Valderrama. "Vaya, dijo la dependienta, hace unos días estaba a diecisiete euros". En él, varias canciones tan asociadas con mi infancia, El emigrante, Su primera comunión, Como una hermana... Según en qué momento, uno puede emocionarse mucho, y ya no con aquella sensación de euforia de antaño. ¿Por qué? A cierta edad se vuelve muy aguda la percepción del paso indominable del tiempo, de lo que no tiene vuelta atrás, de las sensaciones intransferibles, que de todas formas tampoco interesan a casi nadie –cada cual tiene las suyas– destinadas a enterrarse con cada cual.
Leido en algún sitio: el contraste entre la novela picaresca española y la de aventuras británica indica diferencias culturales básicas. Dos tradiciones, con grandes obras y flaquezas. El tosco desencanto moral, el moralismo de pandereta de la picaresca. Sensación melancólica de la aventura: ¿y después? ¿La vuelta a la rutina vulgar?; mal resuelto el problema en la degradación de las series interminables de aventuras de algún protagonista. Sensación de pesadez.
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Rajoy quiere matar al cerdo a besos: ha vuelto a ofrecer su apoyo al gobierno “solo para derrotar a ETA”. Entre el mayor colaborador que haya tenido la ETA en su historia y el gaznápiro que quiere ayudarle, buenos vientos para los terroristas.
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¿Alguien puede creer que Sánchez Manzano obraba por propia iniciativa?
1.- Quienes luchan por la libertad bajo una dictadura y sufren por ello no necesitan reparación moral. La tienen automáticamente.
2.- Cosa distinta es que bajo la reparación "moral" se escondan otras pretensiones. Económicas, por ejemplo. O políticas, contra algún partido democrático.
2.- El franquismo fue una dictadura, pero es falso decir que sus víctimas lo fueron por luchar por la democracia. El franquismo no derrotó a la democracia, derrotó a la revolución, derrotó al estalinismo.
3.- Quienes destruyeron la democracia fueron las izquierdas del Frente Popular, y con ello causaron la guerra civil.
4.- Revisar los procesos del franquismo es inviable jurídicamente, pero podría ser muy conveniente historiográfica y políticamente: recuperaría la memoria de los crímenes, realmente extraordinarios, cometidos por el Frente Popular contra las derechas y los cometidos entre las propias izquierdas, unos partidos contra otros. La memoria, también, de la conducta de sus jefes.
5.- El argumento de que los juicios del franquismo no tenían garantías suficientes es solo un pretexto para disimular el intento político de reivindicar a los culpables de esos crímenes mezclándolos con los inocentes, todos ellos en calidad de "víctimas".
6.- Ese argumento obligaría a revisar todos los procesos de los tribunales populares y otros asimilados, así como todos los anteriores en la historia que no se adecuen a las exigencias actuales de garantías judiciales. Una buena tarea para los historiadores, pero ridícula desde el punto de vista jurídico
7.- Quienes proponen la ley de la memoria histórica se sienten herederos del Frente Popular, y lo son. Herederos de quienes destruyeron la democracia, la amenazan gravemente de nuevo. Ley contra la verdad, contra la democracia y contra la reconciliación.
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Comí con Loyola de Palacio y Miguel Platón hace cosa de seis u ocho meses. Loyola quería hacer una página de internet para contrarrestar la sistemática falsificación de la historia reciente por los socialistas y pensaba introducir trabajos míos, en lo que, por supuesto, estuve de acuerdo. Se mostraba indignada ante la falta de escrúpulos y de respeto a las normas del juego democrático por parte del PSOE. También le preocupaba la insuficiente claridad y vigor en la reacción de su partido. Se la veía algo cansada, pero no hizo ninguna alusión a su enfermedad, y yo no sabía que estuviera tan grave. Me quedé con la impresión --no porque ella lo dijera explícitamente-- de que la dirección del PP iba relegando a sus políticos de mayor valor y valía política.
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Una pandilla de diputados que apenas conocen la historia (ni muchísimas otras cosas), o tienen sobre ella ideas pintorescas y vagas, pretenden determinar por ley la "memoria histórica". La cosa sería simplemente ridícula, propia de un estado bananero, si no fuera, en realidad, un paso más en el proceso de guerra contra la Constitución, contra la convivencia en libertad instaurada hace treinta años. Es una ley, por su propia naturaleza, antidemocrática, muy propia de la Infame Alianza, de cuyo programa forma parte.
Alcanzan el colmo de la desvergüenza al invocar la "reparación moral a las víctimas"… de un bando, naturalmente. Olvidando además, a los numerosos izquierdistas asesinados por otros izquierdistas. Englobando bajo el membrete de víctimas a personas inocentes y a otras culpables de crímenes horrendos.
El sentido de la "reparación moral" consiste en hacer aparecer a estalinistas, marxistas, racistas, anarquista y golpistas, aquel conglomerado siniestro que fue el Frente Popular, como "defensores de la libertad y la democracia". Tan defensores de la libertad como la ETA, los separatistas y el propio Zapo. Aproximadamente.
También dirá esta gente que criticarlos es atacar la democracia...
Le Monde, 10 de diciembre. El documento es de junio de 1940, después de la derrota de Francia ante Alemania:
"1º) Ustedes han permitido periódicos comunistas en otros países, Dinamarca, Noruega, Bélgica. Nosotros también pedimos autorización normal.
2º) Somos comunistas, hemos aplicado la línea del PC bajo Daladier, Reynaud, el judío Mandel. El judío Mandel, después de Daladier, nos ha encarcelado. Ha fusilado a obreros que saboteaban la defensa nacional. Somos PC francés y no hemos tenido miedo.
3º) No hemos cedido ante la dictadura del judío Mandel y el defensor de los intereses capitalistas ingleses Reynaud. Valor de los obreros franceses parisinos, y cuando se habla de obreros franceses y parisinos se habla del PCF.
4º) Somos una fuerza (...) Representamos una fuerza que sobrepasa las fronteras francesas. Ustedes comprenden que detrás de nosotros está la URSS. Es una fuerza la URSS, ustedes lo han tenido en cuenta, el pacto germano-soviético lo prueba. No se pacta con los débiles, sino con los hombres fuertes.
Nuestra defensa del pacto les ha beneficiado a ustedes. Hemos trabajado a fondo para la URSS y en consecuencia, de rebote, para ustedes.
5º) Al prohibir L´Huma(nité) os mostráis opuestos a las masas obreras y pequeñoburguesas de Francia, opuestos a la URSS en París.
6°) Queremos evitar que las masas sufran sucesos dolorosos. Queremos ayudarlas con vuestra colaboración y permiso: refugiados, niños. No haremos nada por vosotros, pero tampoco contra vosotros".
Se trata de una oferta, que no tendría éxito, del Partido Comunista francés a las fuerzas alemanas de ocupación. El judío Mandel, ministro del Interior con Reynaud, había perseguido el sabotaje organizado en 1939-40 por los comunistas a favor de la invasión nazi. Sería asesinado en 1944 por los colaboracionistas.
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El PSOE no tiene el menor empacho en culpar al PP por el probable fracaso de su "proceso de paz", una acusación gravísima, demoledora en caso de ser cierta. El PSOE dispone de una base política-ideológica que le permite maniobrar, embaucar a parte de la población y poner al PP a la defensiva, como viene ocurriendo: hay en marcha un proceso de paz para acabar con el terrorismo, y el PP lo está saboteando con su oposición radical e irresponsable.
A su vez, el PP es incapaz de decir la verdad más obvia: que no se trata de un proceso de paz, sino de guerra a la Constitución; que no destruye el terrorismo, sino que lo premia, convirtiendo el asesinato en un modo aceptado de hacer política y destruyendo las bases de la convivencia en libertad, las bases del estado de derecho. Un proceso que trae aparejados inevitablemente otros: el ataque sistemático a la unidad nacional, a la independencia o a la simple decencia judicial, el acoso a las organizaciones de las víctimas, etc.
Por incapaz de señalar estos hechos, el PP se priva de cualquier base sólida de maniobra para denunciar y demoler cada maquinación del proceso. Gira a la defensiva ante las iniciativas del gobierno, y termina por seguirle en medio, eso sí, de protestas irrisorias o de ofertas grotescas sobre el "precio político". De paso desmoraliza y divide a sus propios votantes y desconcierta a los indecisos.
El caso más sangrante, hasta ahora, ha sido su actitud ante los estatutos, punto clave del proceso de guerra a la Constitución y del acuerdo con los separatistas y los terroristas. Tras denunciar la estridente inconstitucionalidad del estatuto catalán, así como la completa falta de demanda social para los estatutos –exigidos en cambio por castas de políticos corruptos e indisimuladamente antiespañoles--, termina entrando en la carrera por unas autonomías cada vez más disgregadoras.
En el mito de Babel, los hombres terminan por no entenderse, a base de pervertir el lenguaje en función de intereses o aspiraciones espurios. "Proceso de paz", "alianza de civilizaciones", "autodeterminación", "Euskadi", "interés ciudadano"... No hay trampa en la que no caiga el PP. En buena medida la lucha por la libertad consiste en una permanente clarificación de los significados, frente a sus perversores.
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En la derecha se ha extendido como una enfermedad la pretensión de que mirar al pasado es inútil o contraproducente. Y lo es, si lo que se pretende es crear una sociedad infantilizada y manipulable. Pues, ya lo observó Cicerón, "Si ignoras lo que ocurrió antes de que nacieras, siempre serás un niño". O, en la celebérrima frase de Santayana, "Quien olvida la historia se condena a repetirla". No a repetir la historia, claro está, sino su peor parte, los viejos errores.
Peor aún es la falsificación sistemática del pasado que venimos soportando desde hace cuarenta años, de manos de la izquierda, aunque no solo. Una historia falseada envenena el presente; y, por lo mismo, una historia veraz lo sanea. Nótese que para muchísimos intelectuales y profesionales de la historiografía la cuestión de la veracidad ha llegado a carecer de interés, incluso niegan la posibilidad de tal cosa. Les interesa, en cambio, etiquetar a los discrepantes como "franquistas", "reaccionarios" o lo que crean más útil.
En ese anhelo, a menudo inconsciente, de sanear el hoy y el mañana, radica el creciente interés social por el conocimiento del pasado. "La verdad os hará libres". A pesar de tantos políticos.
Rajoy: “Nada tengo que ver ni yo ni nadie de mi familia con ninguna ideología política ni con lo sucedido en España hace 70 años?”. ¿De veras? Todos tenemos que ver con lo sucedido en España hace 70 años, ¿O no era aquello España y aquellas gentes españoles? ¿O ya no es esto España ni nosotros españoles? Cuánta cobardía moral, en tan pocas palabras.
Pedro J.: “Es una vergüenza que se encarcele a un policía por hablar con un periódico y a ninguno por dar un chivatazo a ETA” ¿Solo una vergüenza? Es un acto de persecución e intimidación contra los policías honrados y de encubrimiento a quienes colaboran con los asesinos. Colaboran siguiendo órdenes, claro.
“Los socios de Zapatero vuelven a plantar al Gobierno en el aniversario de la Constitución”. A quien plantan es a la Constitución. A la democracia española.
“PP y PSOE, únicos partidos presentes en el izado de la bandera del día de la Constitución”. ¿Para qué se habrán molestado? Un partido que traiciona a diario la Constitución a favor del terrorismo y el separatismo y un partido incapaz de defender aquello en que dice creer. ¿Para qué se habrán molestado? La farsa.
O la democracia española acaba con estos políticos, estos políticos acaban con la democracia española.
"La Constitución es la paz", ha dicho Mikel Buesa. No se puede expresar más verdad en menos palabras..
La misma corrupción, en fin de cuentas, que llevó y mantuvo a Hitler al poder o ahora a Chávez en Venezuela. Y en nombre de la democracia. Una idea muy extendida en el ámbito latinoamericano y que el PSOE intentó imponer en España, y a poco lo consiguió, y vuelve ahora a la carga: las elecciones constituyen el alfa y omega de la democracia, y quien saca más votos puede abolir la ley y la separación de poderes, y atacar las libertades.
Corrupción extendida al lenguaje, destrozado por los políticos. Proceso de paz llaman al proceso de guerra a la Constitución; política antiterrorista llaman al cambio del Pacto antiterrorista y por las libertades por su opuesto; alianza de civilizaciones llaman a la alianza de dictaduras contra la civilización…
Puestos a definir lo indefinible, podríamos caracterizar la hombría como el valor, la audacia y la entereza templados por el buen sentido o la prudencia. Sin los últimos, el valor se disgrega en agresividad y cobardía alternadas, la audacia en insolencia y bajeza, la entereza en fanatismo y corrupción.
Excepto para los contadísimos privilegiados que parecen haber nacido con tales dones, se ha considerado tradicionalmente la hombría como una adquisición educativa, una formación del carácter. No obstante, la pedagogía aplicada desde hace bastantes años, la pedagogía progre, va en dirección contraria. Por muchas razones que aquí sobra exponer, tiende a formar o deformar al varón en una mezcla de macarrilla y chisgarabís.
Me comentaba Gotzone Mora su sorpresa ante numerosos jefecillos del PSOE en las Vascongadas, que decían un día lo contrario de lo que sostenían poco tiempo antes. Mudaban de opinión y de "principios" conforme el Pacto Antiterrorista y por las Libertades devenía su contrario. La explicación más obvia estaba en la economía. Casi todos ellos viven del aparato del partido, y por eso obedecen como títeres las consignas de arriba. ¿Por eso? Nadie en su sano juicio arriesgará su pan por nimiedades, claro, pero aquí no se trata de nimiedades, y lo que falla es, precisamente, la cualidad que solía llamarse hombría. Hoy tan desacreditada por la ideología CFC.
Compárese la dignidad de Gotzone Mora, Rosa Díez o Maite Pagaza con la patética bajeza de los Bono y los Ibarra, por no mencionar a los más directamente cómplices del crimen totalitario. Y obsérvese la cobarde agresividad, la baja insolencia y el fanatismo corrupto con que éstos atacan a aquellas. Las instan a abandonar el PSOE, cuyo honor, lo que reste de él, defienden ellas, precisamente. Como en otro tiempo Besteiro.
La tardía representación de los centauros con figura entre humana y equina mantiene una fuerza simbólica muy lograda, según explica Paul Diel en El simbolismo en la mitología griega: el impulso de las apetencias animales incontroladas, de las cuales se convierte en servidor o agente el lado humano, el intelecto desprovisto de espíritu. Los centauros se presentan en tropilla o rebaño anónimo, sin elevación que destaque a alguno, salvo algún caso raro, como el de Quirón.
Alguien ha bautizado CFC (Comer, Follar y Cagar) la ideología imperante hoy. Deriva, supongo, de las iniciales de Cela interpretadas, creo que por él mismo, como "Comer, Joder y Caminar". Lo que en los animales constituye un comportamiento natural, en el hombre ha de intelectualizarse, convirtiéndose necesariamente en ideología. La CFC se impone por muchas vías, la publicidad, el cine, la televisión, de forma casi insensible. Ha encontrado en Marx y en Freud sus profetas, hoy no reconocidos y sin embargo influyentes. Y ahí está el gobierno de Zapos, Vicetiples y Zerolos, el gobierno de los centauros, empeñado en contraeducar a la gente desde la infancia y crear una sociedad a su medida.
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La campaña de insultos y ataques contra Alcaraz está inequívocamente orquestada por el gobierno, y solo testimonia una cosa, una vez más: la complicidad del gobierno con los asesinos.
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Coordinación contra la Infame Alianza del gobierno con los separatistas y los terroristas. También para "Amigos de la senda". Odiseus48@gmail.com
El gobierno quiere atribuirse la iniciativa francesa de detener a algunos etarras que habían delinquido en Francia. Los ingenuos pueden creer que con ello Zapo ataca al terrorismo. Al contrario, su política es premiarlo. Pero en el proceso golpista de destrucción de la Constitución, es normal que surjan roces entre los socios de la empresa: gobierno, ETA y separatistas. Por lo demás, unas detenciones en la perspectiva de una próxima liberación y triunfo de los asesinos nada tienen en común con las detenciones de la etapa de Aznar, en la perspectiva de un cumplimiento estricto de las penas. Parecen lo mismo, y son lo contrario. Como las frases de Aznar con que Zapo quiere justificar su colaboración con los terroristas.
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Ha dicho Fraga que él contribuyó a la transición "al combatir desde dentro al régimen franquista". Cierto. Gracias a tales "combates" se mantuvo el franquismo durante cuarenta años. Uno se pregunta si lograrán engañarse a sí mismos tantos políticos e intelectuales empeñados en falsear su pasado, bastante bien conocido del público en general.
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Dos congresos. Con típico descaro ha dicho Santos Juliá una "verdad sabia" (sic) atribuyendo a su congreso "investigación y debate público en condiciones de autonomía y pluralismo, sin ponerlos al servicio de inmediatos intereses políticos". Exactamente al revés: ha sido un congreso patrocinado, subvencionado y dirigido por el partido del nietísimo, con fines políticos más que evidentes, pagado con fondos públicos y al servicio de una "memoria histórica" que intentan imponer por ley los totalitarios. Las palabras de Juliá describen más bien al congreso organizado por el CEU, es decir, por la sociedad civil y sin carácter oficialista.
Verdad, también, que la función les ha salido bastante mal. Ni siquiera allí ha sido posible mantener del todo la leyenda, tan provechosamente difundida hasta hace poco por los Juliá, Reig y sus pares, de una república idílica y democráticamente frentepopulista destruida por el monstruo reaccionario. Esto es un avance de la verdad, y un retroceso para todos ellos. Quizá se estén preguntando si no habrán malgastado "su" dinero.
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