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Nuestros barras bravas son aún peores

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Pese a los malos augurios y a pesar de las aves de mal agüero, no pasó nada. Miento, lo que pasó fue el espectáculo del fútbol argentino, la pasión contenida pero vibrante de sus aficionados, un acontecimiento histórico que probablemente jamás vuelva a vivirse en Europa y que congregó a seguidores de River Plate, campeón a la postre, y de Boca Juniors en una final irrepetible y que, quienes tuvieron el privilegio de asistir anoche al estadio Santiago Bernabéu, podrán contar a sus nietos: "El 9 de diciembre de 2018 yo estuve en el templo del fútbol mundial contemplando un hecho histórico". A estas horas, el desastre anunciado días antes no ha sido tal, el comportamiento tanto de los ganadores como de los perdedores ha resultado ejemplar y las policías nacional y municipal han demostrado su profesionalidad amoldándose a unas circunstancias que, todo sea dicho de paso, no eran las mejores posibles.

Porque nada más conocerse que, a petición de la Conmebol, el estadio Santiago Bernabéu albergaría la primera y última final de la Copa Libertadores fuera del continente americano, todo fueron reproches inquisitoriales, y todos se produjeron curiosamente desde aquí, desde España: ¿Quién lo iba a pagar? ¿Nos merecía la pena poner en riesgo a nuestros hijos trayendo aquí un espectáculo tan violento? ¿Por qué un River-Boca sí y un Barça-Athletic no? ¿Y si había muertos o heridos?... Esos eran los que veían el vaso medio vacío, por no decir que vacío del todo; los que lo veían medio lleno, aquellos que fueron capaces de aparcar sus prejuicios y darse cuenta de la tremenda oportunidad que suponía para España el reto de la organización de un evento de estas características, sacaban de la ecuación al club propietario del campo, el Real Madrid, y al hombre que lo organizó, Florentino Pérez. Pero, insisto una vez más, el River-Boca se ha jugado, se ha disputado sin incidentes reseñables, la organización ha sido modélica y las cadenas de radio nacionales, que al principio no lo veían, han cambiado su programación para ofrecer la final de la Libertadores... en detrimento de otros partidos de nuestra Liga que se jugaban al mismo tiempo. Enhorabuena a todos los que creyeron desde el principio en esta bendita locura. Felicidades a los que no predijeron terremotos, maremotos, ciclones o directamente el fin del mundo. Todo salió bien. Esto y no otra cosa, querido Miguel Cardenal, es la genuina marca España.

Y hablando de la marca España y de los barras bravas, que estos sí que son temibles. A estos gánsteres se les impidió el acceso a Madrid, fueron rechazados en caliente en la entrada misma del aeropuerto de Barajas, y el efecto de la devolución ejerció de repelente para otros que estaban en Buenos Aires y llegaron a la conclusión de que no se iban a zampar 9 horas en avión para llegar y tenerse que volver. Esto, claro, no debe ser allí tan fácil como parece aquí, pero aquí funcionó y la gente normal, los aficionados que iban al campo con sus familias a ver un partido de fútbol, pudieron hacerlo con la sensación de que estaban protegidos. Pero nosotros, y es a lo que iba, no podemos mirar a nadie por encima del hombro. Hemos estigmatizado a todo un país por 300, 3.000 ó 30.000 violentos organizados, y Argentina es más que eso, mucho más. Lo sucedido con el amago de partido de vuelta fue terrible, la imagen de esa madre irresponsable metiéndole bengalas a su hijo debajo del pantalón es lamentable y hería la sensibilidad del espectador pero aquí no estamos para dar lecciones. Para hacer una tortilla habrá que romper antes los huevos.

Si Argentina quiere acabar con los barras bravas, tendrá que romper los huevos para hacer la tortilla. Y si nosotros queremos acabar con nuestras barras bravas, deberemos hacer lo propio. Porque aquí tenemos barras bravas también. Por ejemplo los barras bravas de los denominados Comités de Defensa de la República, los CDR, que han levantado barreras, han amedrentado y han amenazado propiciando que los coches pudieran pasar este fin de semana sin pagar por los peajes de las autopistas AP-7, C-16 y AP-2. Lo han hecho, por cierto, con la anuencia de la policía local catalana. Otro barra brava, y éste con mando en plaza puesto que preside ni más ni menos que la Generalidad catalana, ha apelado a la vía eslovena para independizarse de España; Eslovenia se independizó de Yugoslavia en 1991 a través de un conflicto armado en el que hubo un centenar de muertos y miles de heridos. Hemos demostrado que somos capaces de acabar de un plumazo con las barras bravas que vienen de fuera pero somos absolutamente incapaces de acabar con las que tenemos aquí dentro. Rompemos sin miramientos huevos para hacer tortillas ajenas, pero la nuestra queremos hacerla sin mancharnos las manos. Yo a los barras bravas a los que tengo miedo son a los de aquí, los de allí, comparados con estos irresponsables que sueñan con muertos ajenos, son unos angelitos.

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