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Zidane: gracias... y adiós

El 31 de mayo de 2018, Zinedine Zidane presentó su dimisión como entrenador del Real Madrid. Cinco días antes, el equipo blanco había ganado la Decimotercera Copa de Europa imponiéndose al Liverpool en la final por 3-1, cuestión ésta que no impidió sin embargo que el francés entrara con paso firme en el despacho de Florentino Pérez, que es un hombre muy convincente, para decirle que se iba, y la razón principal que esgrimió para tomar esa surrealista decisión no era otra que la de su convencimiento de que ya no podía sacarle más partido a esa plantilla. Luego, como todo el mundo sabe, después de dejarle un marrón sideral a Florentino, Zizou se marchó a Muebles La Oca para comprar un tresillo. Y luego de eso pasó lo que pasó, lo que tenía que pasar (porque en el fútbol casi nada es casual) y que todos conocemos: sin Cristiano, que se fue pagando, y sin Zidane, que se marchó sin avisar con el tiempo suficiente, el Real Madrid navegó sin rumbo y se estrelló, y no porque Lopetegui o Solari no fueran buenos entrenadores, no, sino porque el vacío que dejó en ese momento Zizou era imposible de reconstruir.

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Excentrizidane

Lo dije anoche: cuando la temporada anterior, tras el regreso de la Liga después del confinamiento, el Real Madrid empezó a ganar partidos por la mínima, con un fútbol insufrible, muy ramplón, un fútbol en absoluto acorde a la historia del club, luego superó al Barcelona en la clasificación y acabó ganando el campeonato, responsabilicé directamente a Zidane del mal juego y muchísimos madridistas, la inmensa mayoría de ellos, se revolvieron contra mí vía Twitter. Se revolvieron contra mí fundamentalmente por un doble motivo: porque, mal que bien, el Madrid sacaba adelante sus partidos y porque Zinedine Zidane ha ganado tres Champions seguidas. Esto último es irrebatible, Zidane ha ganado tres Copas de Europa seguidas como tre soles de grandes y se ha convertido en uno de los entrenadores más exitosos de la historia de uno de los clubes deportivos más ganadores del mundo. Sobre lo primero, lo de que el Madrid iba sacando adelante sus partidos, tampoco había demasiado margen para el debate porque era cierto: el equipo jugó mal pero ganó y acabó conquistando la trigesimocuarta Liga. Pero uno tenía que ser Mister Magoo, aquel personaje de cómic capaz de confundir una alcantarilla con la entrada del metro debido a su miopía, para no ver que aquel mal juego heredado de la mala temporada anterior no era más que el prolegómeno de otro año jugando a la nada más absoluta, una nada que puede acabar con más títulos en las vitrinas blancas pero que sigue siendo la nada al fin y al cabo.

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Koeman con Messi: arrancada de caballo y parada de burro taxi de Mijas

Estaba claro que la primera prueba de fuego importante para saber si Ronald Koeman era o no diferente al resto de entrenadores que el Barcelona ha tenido a lo largo de los últimos quince años íbamos a encontrarla en el tratamiento que diera a Messi. En los últimos tres lustros el técnico culé de turno, ya fuera Guardiola, Luis Enrique, Valverde o Setién, siempre ha tratado de sobrevivir un día más. Dicen que Pep acabó hasta el gorro del jugador argentino y es público y notorio que el actual seleccionador nacional de fútbol llegó con demasiadas ínfulas y, como dicen que hacía Franco cuando cesaba a alguien, Messi le envió entonces al motorista, que no era otro que Mascherano, para que le informara de la situación real. Zubizarreta hizo pública el otro día una frase demoledora del Tata Martino, de quien especulamos que había puesto allí la familia de Lionel: "Yo sé que si usted sube a hablar con el presidente me echan mañana, pero, por favor, no me lo repita todos los días". Dicen quienes le conocen que a Messi no le gusta que la gente piense que él manda o toma decisiones, pero manda y toma decisiones. De ahí que, y más aún después de un mes tan turbulento y con el burofax por medio, tuviera tanta importancia saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar Koeman con su principio de autoridad. Si su magisterio afectaba a todos por igual pero lo hacía desigualmente con el mismo de siempre, con Lionel Messi, el discurso del holandés se iba a deshacer como un azucarillo en un vaso de agua.

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Nadal, Mujeres y hombres y viceversa y la polémica chorra del día de Isaías Lafuente

Gracias a Dios que al tenis lo llamamos tenis y no tenos porque, si lo hubiéramos llamado tenos, la Ser (o el Ser, o lo Ser, vaya usted a saber) se inventaría hoy una polémica a propósito de por qué llamarle tenos al tenis cuando se le podía haber llamado tenas. Pero no, gracias a Dios le llamamos tenis, terminado en is, y no tenos. Y le llamamos tenis por algo tan simple como que, cuando el tenista ponía la pelota en juego, exclamaba "¡tenez!" ("¡ahí va!" en francés), y de ahí se pasó al término inglés tennis, con doble ene, y eso derivó en el vocablo español tenis. Como todo el mundo sabe, este pasado domingo Rafael Nadal Parera se proclamaba brillante campeón del torneo de tenis sobre tierra batida más prestigioso del mundo, el conocido Roland Garros. Es el decimotercer Roland Garros que gana Nadal, que a esos trece títulos en París suma, y si nos referimos únicamente al Grand Slam, otros dos en Wimbledon, cuatro más en Estados Unidos y uno en el Abierto de Australia, o sea veinte. Nadie tiene más títulos que Rafa Nadal salvo Roger Federer. Nunca antes ningún otro tenista había conseguido semejante número de victorias en torneos del Grand Slam y no sería descabellado pensar que Rafa pueda convertirse en un futuro inmediato en el tenista que más títulos de Grand Slam haya logrado jamás a lo largo de la historia del tenis puesto que tiene 34 años, Federer cinco más, o sea 39, y Djokovic, que tiene 33, o sea uno menos que Rafa, acumula diecisiete títulos de Grand Slam, lo que significa que tiene tres títulos menos que él y que Roger Federer.

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Selección: toca descolgar del salón el Van Gogh heredado del abuelo

Yo pertenezco a una generación de aficionados al fútbol que esencialmente ha visto perder más veces que ganar a su selección nacional. Siempre teníamos un buen equipo y con buenas individualidades, pero casi siempre acabábamos perdiendo. Cómo sería la cosa para que mi mejor recuerdo futbolístico de aquellos años vinculado a la selección fuera la clasificación para un Mundial, el de Argentina de 1978, logrado en el Pequeño Maracaná ante Yugoslavia, en el último suspiro y con gol cochinero de Rubén Cano. Porque, y aunque haya a quien pueda sorprenderle, antes España se clasificaba por los pelos para los Mundiales cuando no se quedaba directamente fuera de ellos. De modo que mi generación, más sufrida que la actual, no tenía caviar de primero y jamón de bellota de segundo sino que de primero tenía sopa de fideos (y clarita, o sea pocos fideos) y de segundo bocata de sardinas en aceite. Bien ricas.

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Y si los Ramos se ponen farrucos...

La semana pasada, y a propósito de la designación por parte de la revista France Football de los diez mejores defensas centrales de la historia, dije que a mí no me parecía de ningún modo que Sergio Ramos fuera peor que Franz Beckenbauer, y sostuve además que el capitán del Real Madrid podría ser elegido perfectamente como el Balón de oro histórico de los defensas centrales sin que se removieran los cimientos del fútbol mundial. Sergio dentro es incuestionable y, por títulos y por números, un serio candidato a ser considerado el mejor defensa central de la historia, el mejor futbolista español de todos los tiempos y, por ende, el mejor jugador del Real Madrid. Dentro, decía, Sergio es incuestionable, otra cosa bien distinta es lo que suceda fuera. Y no me refiero, naturalmente, a su vida personal, que es modélica, ni a su comportamiento profesional, que es un ejemplo para todos, sino al modo que los Ramos (porque aquí conviene meter en la ecuación a René, su hermano y representante) tienen de plantear sus negociaciones con el club blanco, que es francamente mejorable. Sucedió con aquella oferta fantasma del United, volvió a ocurrir más recientemente con el presunto interés de un equipo chino por hacerse con sus servicios a coste cero, con lo que el pagano era el Real Madrid que no recibía ni un solo yuan, y ahora vuelve a pasar. Y vuelve a pasar porque, como recordaban anoche en El Chiringuito, resulta que Sergio será libre de negociar con quien le plazca a partir del 1 de enero del próximo año.

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El Decimotercero, Rafa Nadal y un ñiquiñake llamado Echenique

Quiso el Covid 19 que a diferencia de otros años, de todos los años en realidad, este Roland Garros se celebrase entre septiembre y octubre en vez de hacerlo entre mayo y junio como viene siendo habitual desde tiempos inmemoriales. Cambio de estación, otoño en vez de primavera. Cambio de situación, crisis sanitaria mundial en lugar de situación controlada. Y cambio también de actitud, de estado de ánimo. En líneas generales España suele ser un país optimista y alegre, uno de esos que se lanza en tromba a la calle en cuanto sale el sol. Y como, gracias a Dios, en España sale el sol muchas veces, los españoles estamos más en la calle que el resto. Y nos abrazamos. Y nos tocamos. Y nos besamos. Nos gusta hacerlo. Hoy somos más pesimistas porque al menos cincuenta mil compatriotas nuestros han perdido la vida por el camino debido a una gestión política lamentable y porque a la puerta del invierno está tocando ya una segunda oleada y una crisis económica galopante. El virus es lo que tiene, mata y aleja, enferma y distancia, nos ahuyenta a los unos de los otros, nos impide querernos y nos hace recelar de una tos, de un estornudo, de alguien con fiebre. Siempre hemos sido una nación jovial pero la pandemia se está cebando especialmente con nosotros, como si quisiera hacernos pagar en poco tiempo todo lo que disfrutamos a diario, la luz, nuestras playas, la comida, la vida que se nos ha regalado.

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La piel de Barto

A las cuatro de esta tarde la mesa del voto de censura contra José María Bartomeu y su junta directiva ya había validado cerca de veinte mil firmas, en concreto diecinueve mil trescientas ochenta, más de tres mil firmas más de las que hacían falta para que prosperase el proceso contra el actual presidente. Según yo lo veo, de esta moción de censura, que ya ha triunfado puesto que su simple puesta en marcha supone la constatación de un amplio descontento entre la masa social azulgrana, y siempre y cuando prospere, sale un gran beneficiado, Juan Gaspart. Gaspart arrastraba hasta ahora la bien merecida fama de ser el peor presidente del Barcelona desde que éste club fuera fundado allá por 1899, de modo que si los socios expulsan a Bartomeu y pasa a convertirse en el primer presidente reprobado con éxito, Barto sustituirá a Gaspart como el peor de todos los tiempos. Pero que nadie se llame a engaño porque, aún con esa sonrisa un tanto bobalicona que exhibe haga sol, llueva, nieve o caigan truenos y rayos, Barto es un luchador y, ayer mismo, se presentó en la comandancia de la Guardia Civil una denuncia por falsificación de trescientas papeletas, cuestión que supondría, según los servicios jurídicos del club catalán, la perpetración de ilícitos de carácter penal.

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Sergio Ramos es mejor que Beckenbauer

A la revista France Football se le ha ocurrido la brillante idea de conceder los Balones de Oro a los mejores porteros, defensas, centrocampistas y delanteros de la historia y hete aquí que, en la lista de diez candidatos a mejor central de todos los tiempos, han cometido la temeridad suicida de incluir a Sergio Ramos. Es el único español de los diez, el único. Y también, por cierto, el único que está en activo. Por edad, muchos de los que aseguran que Ramos no se lo merece no vieron jugar a Beckenbauer o a Passarella, mucho menos a Bobby Moore, pero, sin embargo, Sergio es curiosamente peor que todos ellos y no merece estar ni siquiera entre los diez. Pero Ramos no es ni de lejos el peor, yo diría que es uno de los mejores; el problema de Sergio Ramos, su bendito problema, es que lleva catorce años vistiendo la camiseta del Real Madrid y por ahí sí que no están dispuestos a pasar muchos aficionados.

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Como Morata, Thomas se quedó... yéndose

El Arsenal llevaba más de un año coqueteando con Thomas Partey de modo que la sorpresa del Atlético de Madrid al conocer la noticia de que el club londinense estaba dispuesto a depositar los 50 millones de euros que aparecían en su contrato como cláusula de rescisión tiene que ser necesariamente una sorpresa fingida. Al Atleti le han vuelto a hacer un Lucas. Como con Thomas el Arsenal, con Lucas Hernández coqueteó el Bayern de Múnich durante muchísimo tiempo. Como con Thomas, al periodista que llamaba al club le decían lo mismo con Lucas: "No hay nada. Y, además, el futbolista quiere seguir". Eso mismo es lo que Enrique Cerezo decía sobre Lucas: "Quiere seguir". Luego, el Bayern llegó con los 85 millones de euros, el futbolista que no se quería ir se fue y se despidió con una carta: "No he querido molestar a nadie". Transcurrido el tiempo, el defensa añadió: "El Bayern es más grande que el Atlético de Madrid". Fin de la carta.

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