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Que salga Zidane, que el público se va y la gente se marea...

De repente veo a mucha gente empleando la definición de 'equipo de autor' para referirse al segundo Real Madrid de Zidane. Porque el primero se lo encontró hecho y deshecho, y me explico: se lo encontró hecho porque, al llegar a mitad de temporada, la plantilla ya estaba confeccionada; y se lo encontró deshecho porque Rafa Benítez no acabó de dar con la tecla y tenía a los futbolistas aburridos. En el ánimo de aquellos jugadores estaba reivindicarse y, en cierto modo, demostrar que el culpable de la situación era el entrenador. Zidane llegó en el peor momento posible para el equipo y la calidad de los jugadores, unida al prestigio del gran Zizou, hicieron el resto, y el resto no pudo ser más maravilloso: tres Copas de Europa en dos años medio, tendrá que pasar muchísimo tiempo para que otro equipo u otro entrenador igualen semejante hazaña.

Y luego, de un modo inopinado, Zidane cogió la maleta y se fue. Intuimos, porque tampoco lo dijo claramente, que era porque no podía sacarle más partido a estos jugadores y, en su media explicación, quedó en el aire la duda de si el club, o sea Florentino Pérez, le había dejado hacer y deshacer. Porque eso era lo que quería Zidane: poner y quitar para confeccionar eso precisamente, un equipo de autor. El tiempo le dio la razón a Zidane, que consintió que su Real Madrid tocara suelo primero con Julen Lopetegui y más tarde con Solari y, de un modo tan sorprendente al de su marcha, regresó. La historia oficial dice que le llamaron pero a mí me cuentan que llamó él: "Estoy disponible. Os lo debo". Si, tras conseguir tres Copas de Europa en dos años y medio, Zinedine Zidane hubiera decidido recluirse en una casa de la montaña y convertirse en una suerte de ermitaño, una especie de J.D. Salinger del fútbol, se habría convertido en un gurú de los banquillos, un mito viviente; pero no, Zizou quería más, pretendía demostrar que había encontrado la fórmula de la felicidad, la felizidane.

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Ansu Fati y el nuevo Messi

Pues a mí no me parece que el hecho de que el hermano de Leo Messi sea el representante de Ansu Fati sea precisamente algo circunstancial o accesorio sino algo fundamental, esencial. No quiero decir que Fati sea malo, no. Y, pese a que algunos quieren convertirlo ya en el sucesor de Leo y próximo Balón de Oro, tampoco tengo el criterio suficiente para saber (o más que para saber, para vaticinar) si este crío llegará o no a convertirse en una superestrella, pero del mismo modo que una sugerencia de Lim acerca de la necesidad de darle el relevo a Kang in Lee y a Ferran Torres puede ser interpretada como una orden, el hecho de que a Fati lo represente el hermano de Messi, que algo manda en el Barcelona, también puede ir en la misma dirección. Repito: no sé si, como dijo anoche mi amigo Jorge D'Alessandro en El Chiringuito, este chico está tocado por los dioses, ni tampoco sé si esos dioses son Thor y Odín o Baco y Zeus, pero creo sinceramente que a Fati le han apupado a los altares y ha pegado este estirón por la mediación del clan Messi y, también conviene tenerlo en cuenta, por la necesidad que el entorno, y ahí incluyo por supuesto al periobarcelonismo, empieza a tener por encontrarle un sucesor a Leo.

El otro día Ernesto Valverde decía, a propósito de este chaval, que la pelota iba a crecer mucho, y lo decía adelantándose a las circunstancias y porque quien se va a encargar de pinchar esa pelota va a ser justamente él. Porque, y quizás habría sido conveniente empezar por ahí, lo más probable es que, por muy bueno que sea y por muy bien que lo haya hecho en sus primeros partidos, lo cierto y verdad es que Fati... no va a jugar. No va a jugar porque lo van a hacer Messi, Suárez y Griezmann, que es lo natural, y porque, por delante de él, está también el díscolo Dembélé. O lo que es lo mismo, y deseándole por supuesto toda la suerte del mundo para el futuro, Fati puede ser otro Riqui Puig, un genio de la lámpara, un crack, otro que iba a poner en pie la grada del Camp Nou... pero que con veintiún años sigue jugando en el filial porque la dirección deportiva decidió tapiar su progresión trayendo a un holandés de su misma edad pero setenta millones de euros más caro. ¿Por qué Puig no y Fati sí?

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El Mundial de la fe

La victoria de la selección española de baloncesto ante Argentina en su segundo Mundial es una victoria contra la desesperanza, contra el pesimismo y contra la desilusión, una victoria contra el conformismo y contra la resignación, una victoria del color contra el gris, una victoria de la unión contra la división, una victoria del arrojo y del descaro contra el retraimiento y la cobardía, una victoria del orgullo de nación contra el victimismo, una victoria del optimismo contra el pesimismo. La victoria de la selección española de baloncesto en un Mundial que estaba predestinado para que conquistara Estados Unidos, y luego Serbia, y más tarde Francia, y después Australia, y por último Argentina es una victoria con lección incorporada: cuando se trabaja en equipo y cuando se confía se triunfa aunque se pierda; cuando se intenta siempre se gana aunque se pierda.

Una vez le preguntaron a Henry Ford por el secreto de su éxito y respondió lo siguiente: "El éxito pasa una vez en la vida por encima de nuestras cabezas y resulta que yo me tiro todo el día saltando desde que me levanto hasta que me acuesto sólo para poder atraparlo". El equipo de Scariolo atrapó el éxito porque cuando todos les decíamos que no saltaran, ellos hicieron caso omiso y lo siguieron intentando, siguieron saltando. La victoria de la selección española de baloncesto en el Mundial de China es, también, una victoria contra las estadísticas, una victoria contra los porcentajes, una victoria contra los números, una victoria contra la matemática, que no lo controla todo, que no lo sabe todo, que tiene espacios en blanco como el del corazón, que no hay fórmula que lo consigne.

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Al fondo a la derecha... José Mourinho

Lo que anoche dijo José Mourinho al canal 11 de la televisión de Portugal es exactamente así: se le dijo que había que evitar que el Barcelona machacase al Real Madrid, que enfrente se encontraba el mejor equipo del mundo en esos momentos y se le convenció (aunque hubo que insistir poco) para que aceptase el reto. Mourinho dice que dio el "sí, quiero" al Real Madrid porque va en su naturaleza, del mismo modo que, pese a saber que se iban a ahogar, el escorpión picó a la rana en mitad del río. Dirigir al Real Madrid siempre es un regalo, siempre es una bicoca, pero en 2010 no lo era. El Barcelona de 2010 era el de Pep Guardiola, Puyol, Xavi, Iniesta o Messi en plenitud. Entrenar al Real Madrid en ese momento y en esas circunstancias para un don nadie no suponía riesgo alguno, entrenar al Real Madrid sabiendo que lo que había que impedir es que su máximo rival le machacase sí era un problema para un entrenador del prestigio de Mourinho, que además venía de convertir en campeón de Europa al Inter de Milán más mediocre que se recuerda. Supongo que a medida que vaya pasando el tiempo el madridismo irá teniendo una idea más aproximada de la tarea que protagonizó aquí José Mourinho, que no sólo impidió que el Barcelona pasase por encima del Real Madrid sino que, además, el primer año le ganó la Copa del Rey y al siguiente se proclamó campeón de Liga. Y, lejos de resucitar, al tercer año fracasó porque todo explotó a su alrededor. ¿Por qué?... Pues porque Mourinho no es de jugadores sino de clubes y porque, siendo un hombre con una misión, pensó que nada ni nadie podía interponerse en su camino. Ni nada ni ningún nadie, por muy ilustre que fuera su apellido y muy numerosos que fueran sus cortesanos.

José Mourinho, que en esa entrevista habla elogiosísimamente del Real Madrid y que dice que tiene el mejor de los recuerdos de su paso por aquí, era el boina verde requerido para la ocasión. Pintaban bastos por aquel entonces y el Barcelona tenía el rey, el caballo y la sota, y aún así le dio la vuelta a la partida. Y yo creo que, conscientes de que Mou iba a conseguir dar el triple salto mortal con tirabuzón para acabar sumergiéndose desde una altura de mil metros en un dedal de agua, el antimadridismo cargó contra él, también el mediático, que fue a por todas. Y, aunque ya lo dije mil veces por aquel entonces, repito hoy que me parece que el madridismo no estuvo a la altura, no blindó a su entrenador, no le protegió. Lo que un sector importante del madridismo le transmitió a Mourinho es que prefería que el Real perdiera con el Barcelona tratando de jugar al fútbol como lo hacía el Barcelona y saliendo del campo dándole las gracias a Xavi que ganar como fuera, y eso no lo entendió Mourinho. No lo entendió Mou y, aunque mucho menos relevante, tampoco acabé de comprenderlo yo.

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Peter Lim se cree Dios

Lo primero que, al objeto de analizar más atinadamente la destitución en diferido (y, aún así, sorprendente) de Marcelino como entrenador del Valencia, convendría saber es la diferencia que existe entre el pirata, el corsario, el bucanero y el filibustero. No se puede poner en el mismo saco, por ejemplo, a Sir Francis Drake, Henry Morgan o Edward Teach, por poner sólo tres ejemplos. Teach, alias Barbanegra, fue un pirata; los piratas atacaban barcos e instalaciones fundamentalmente españoles o portugueses sin que hubiera detrás ningún presunto interés nacional; esto es: robaban, se enriquecían, salían corriendo y a otra cosa mariposa. Los corsarios no, los corsarios viajaban bajo la protección de la famosa patente de corso, un documento en el que un rey les daba autorización para atacar barcos y enclaves pero siempre de las potencias enemigas.

Francis Drake, que fue ni más ni menos que Sir, era un verdadero héroe para los ingleses puesto que robaba, sí, pero lo hacía a los barcos españoles, portugueses y holandeses y siempre bajo la protección de la Reina de Inglaterra. El filibustero, sin embargo, tuvo un radio de acción mucho más limitado, en concreto el mar Caribe, llegando incluso a crear una sociedad filibustera en las costas de Santo Domingo y la Tortuga, la famosa isla. Y, por último, están los bucaneros, que en principio eran cazadores de reses y de cerdos salvajes y que, al ser perseguidos por las autoridades caribeñas, acabaron abandonando su oficio y dedicándose al más lucrativo y definitivamente peligroso de la piratería.

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Neymar no es un apestado

Es triste pero de Neymar se habla ya en clave de apestado, y no sé si el futbolista ha hecho tantas cosas y tan malas como para que se le cuelgue el sambenito de leproso oficial. Valdano, por ejemplo, dijo anoche en Onda Cero que no le hubiera gustado que Neymar fichara por el Real Madrid, cuestión ésta que tiene cierta lógica porque como entrenador no quiso a Zamorano y Amavisca, que luego le ganaron una Liga (la Liga, en realidad, porque luego no volvió a ganar nunca nada), y como director deportivo trajo a Pablo García y a Walter Samuel. Luego, como director general, no sabía quién era Luka Modric, se lo tuvo que decir José Mourinho, ni estaba por supuesto enterado de que el croata estaba enfrentado con los dirigentes del Tottenham y quería salir de allí. Así que es hasta cierto punto normal que Valdano no quiera a Neymar, que es un futbolista desequilibrante.

Lo que llama la atención es el motivo que aduce Valdano para no traer a Neymar, que no es tanto futbolístico como emocional: no sabe si sería una buena influencia para Vinicius y para Rodrygo. Pero yo creo que Neymar habría sido una extraordinaria influencia para Vinicius, al que le cuesta ver puerta, o para Rodrygo, que es el proyecto de un buen jugador. Neymar es potencialmente hablando uno de los mejores jugadores del mundo y uno de los mayores talentos que ha dado el fútbol en los últimos veinte años, de modo que su influencia dentro del terreno de juego no puede ser más que buena. Neymar no ha matado a nadie, Neymar no ha robado; Neymar ha hecho lo que hacen muchísimos futbolistas, muchísimos: salir de fiesta. Lo hicieron Ronaldo o Romario y el asunto no adquirió rango de problema de Estado. Reto a quien habla de la ausencia de compromiso de Neymar a que vea uno solo de sus partidos con el Barcelona, uno. Yo no habría traído a Neymar por los 500 millones de euros a los que se iba la operación y también entiendo que el Real Madrid dudara del estado físico del futbolista, que no está nada claro, pero que Neymar en condiciones vale los 222 millones de euros que el París Saint-Germain pagó por él no lo puede poner en cuestión nadie, ni siquiera el hombre que desconocía quién era Luka Modric y por supuesto no tenía ni la más remota idea de que se quería ir de su club.

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Punto en boca ya con la leyenda Ramos, Robert Moreno

El de Gijón contra las Islas Feroe de ayer fue un partido especial, y no precisamente por el rival, que era muy inferior a España, ni tampoco porque fuera oficial, puesto que los tres puntos estaban logrados antes incluso de saltar al cesped. El de ayer fue un partido especial por doble motivo, el primero porque sirvió de homenaje al gran Enrique Castro Quini, un hombre bueno y un extraordinario rematador; y el segundo motivo que convirtió en especial el anodino y aburrido partido contra las Islas Feroe fue el récord que logró el capitán español, Sergio Ramos. Ramos alcanzó ayer a Iker Casillas como el futbolista que más veces ha vestido esa camiseta, un total de 167, muy por delante ya de Zubizarreta, que fue 126 veces internacional, Iniesta, que lo fue en 131 ocasiones, o Xavi, que lo fue en 133. Hoy por hoy nadie duda de que Sergio se convertirá en el futbolista con más internacionalidades y no creo que sea impensable que llegue a las doscientas.

Ramos debutó el 25 de marzo del año 2005 y, en todo ese tiempo, ha contribuido a conseguir 125 victorias para España, ha empatado 23 veces, ha perdido 19 y ha marcado 21 goles, dato que no resulta en absoluto baladí: de todos es conocido el afán, a veces desmedido, con el que Ramos se lanza al ataque. Si nos vamos al ranking de los diez futbolistas que han sido más veces internacionales comprobaremos que, salvo los casos de Buffon o del mejicano Suárez, sólo nos encontramos con selecciones de un nivel medio o bajo: Ahmed Hassan, que es quien lidera la clasificación, ha sido 184 veces internacional con Egipto; Al-Deayea, lo fue 178 con Arabia Saudí; el citado Suárez, 177 con Méjico; Buffon, 176 con Italia; luego están el kuwaití Al-Mutawa, Mubarak de Omán, Hossan Hassan de Egipto, Hurtado de Ecuador y, en novena y décima posición, Sergio Ramos y Casillas.

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Del Bosque y el madridismo recalcitrante

El adjetivo recalcitrante no suena demasiado bien, de ahí probablemente que Vicente del Bosque lo empleara en el programa Estudio Estadio para referirse a un sector del madridismo, el madridismo recalcitrante que pensó que Cristiano ya estaba amortizado. Vamos al diccionario: Recalcitrante: "Que se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones, a pesar de estar equivocado". Pongamos un ejemplo: los terraplanistas, que defienden que la Tierra es plana pese a todas las evidencias que demuestran que no lo es, que es redonda, son unas personas recalcitrantes. Pero en el fútbol no es tan sencillo decir que alguien mantiene una postura pese a estar equivocado por la sencilla razón de que el fútbol no es una ciencia exacta.

Le pondré un ejemplo al señor Marqués, y uno además en el que están implicados él y Jorge Valdano. Un día entran al despacho del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, el entrenador, Del Bosque, y lo que fuera por entonces Valdano, director deportivo, asesor a la vocalía adjunta a la dirección general corporativa, payador perseguido a tanto la hora o la chorrada que se hubieran inventado por aquel entonces en el club para encajarle en el organigrama. Entran, como decía, Del Bosque y Valdano al despacho y urgen a Florentino para que fiche a un jugador indispensable, un futbolista sin el cual no podía seguir ni un minuto más el Real Madrid, cuya estabilidad dependía de este caballero en cuestión. Florentino pregunta por el nombre del futbolista y se lo dicen: Flavio Conceição, centrocampista brasileño que jugaba por aquel entonces en el Deportivo de La Coruña.

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En memoria de Blanca Fernández Ochoa

Aquel día situamos Albertville en el mapa, tal es el poder del deporte: ciudad francesa del departamento de Saboya, en los Alpes. Los Alpes, poca cosa para un parrao. Veinte años antes, en 1972, gracias a un hermano tuyo, el gran Francisco Fernández Ochoa, había sucedido lo mismo con Sapporo: ciudad japonesa, situada en la parte suroeste de la isla de Kokkaido. Aquel día, decía, localizamos Albertville en el mapa... gracias a ti, Blanca, gracias a ti. Cuatro años antes nos llevaste de la mano hasta Calgary, en Canadá, y entonces el sabor que nos quedó fue muy amargo, el de un cáliz que tuvimos que bebernos a pequeños sorbitos y tapándonos la nariz, los sorbitos del aceite de ricino de una caída que vivió en directo tu hermano Paco, tu guía, comentarista de excepción de la televisión. Fuiste la mejor en la primera manga, la disputada en Nakiska, en Alberta, y te caíste en la segunda, y España se cayó contigo.

Pero luego se recuperó contigo. Y contigo regresó, cuatro años más tarde, a Albertville, que, como decía, tú nos ayudaste a situar en el mapa. Dijiste "o gloria o nada", y fue gloria. Veinte siglos antes dijeron algo muy similar los legionarios de César, a las puertas del Rubicón: "O César o nada", y luego César Borgia empleó ese mismo lema: "O César o nada". Fue César en ambos casos, y en el tuyo fue la gloria. La gloria de Blanca, la gloria de España, la gloria de una familia querida, respetada y admirada, la gloria de aquella niña que tenía miedo a las pendientes heladas, como relataba hoy mismo el maestro Carlos Toro en El Mundo, y que como tenía miedo a las pendientes... se lanzó por ellas. Aquel día en Albertville, ya felizmente situada por todos los españoles, te convertiste en una leyenda, Blanca, y convertiste en femenino el sustantivo masculino eslálom, te convertiste en una pionera del deporte español al ser la primera mujer en lograr una medalla en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Y España, que se cayó contigo como decía en Calgary, se levantó contigo cuatro años más tarde en Albertville. Venciste tus miedos y, gracias a ello, nos ayudaste a vencer también los nuestros: todo volvía a ser posible. O gloria o nada. O Blanca o nada. Y fue Blanca.

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Zidane, ¿'quesquesé'?

Reconozcámoslo: existe cierto desánimo en la parroquia madridista, cierta desazón y frustración tras el cierre definitivo del mercado de verano. Hay una canción de La Trinca que se llama El barón de Bidé que retrata un poco lo que piensa el aficionado del Real Madrid ahora mismo acerca de esto: "¿Quesquesé se merdé?, preguntaba la nobleza, la revolución francesa, ¿quesque vous avez pensé?" ¿Quesquesé se merdé?, pregunta el madridismo, la revolución de Zidane, ¿qué os habíais pensado vosotros?... Porque eso es lo que prometió o sugirió el nuevo Zidane, un cambio profundo. Es más, lo que dejó entrever el viejo Zidane, el Zidane que se marchó repentinamente a comprar un sofá a Muebles La Oca después de presentarle la dimisión irrevocable a su amigo Florentino Pérez, fue que él se iba porque ya no podía extraerle más zumo al limón (o a la naranja) de un vestuario que ya lo había dado todo. Y lo que el nuevo Zidane, el joven Zidane, el Zidane redivivo traía bajo el brazo era esa revolución que todos entendimos que no pudo o no le dejaron hacer y que todos deducíamos que ahora sí le habían prometido que podría acometer o él se encontraba en disposición de iniciar.

Ojo, yo no digo que hubiera que llevar a cabo una revolución, lo que digo es que lo que Zidane dejó caer cuando se fue es que estos jugadores ya no eran ganadores y lo que Zidane dejó caer al volver fue que iban a cambiar las cosas. Y el cambio, con todos mis respetos, no puede ser Mendy. El cambio no puede ser Militao. El cambio no puede ser Jovic. El único cambio es Hazard, que es uno de los cinco mejores futbolistas del mundo, pero Eden Hazard suena a poco cambio y, por supuesto, a lo que no suena en absoluto es a revolución. Yo no creo que, estando en forma, haya en el mundo un lateral izquierdo mejor que Marcelo, sinceramente no lo creo. Ni que haya un centrocampista mejor que Kroos. Y, estando en forma, no creo que haya un delantero mejor que Bale. Pero lo que yo le interpreté al viejo Zidane fue que, siendo estos futbolistas buenísimos, estaban sin embargo empachados de éxito, embriagados de títulos, y que él era incapaz de convencerlos de que volvieran a remar.

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