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Bartomeu: del ¡uy! al ¡ay!

Llamó mucho la atención lo que el martes, en vísperas del partido contra la Juve, dijo Rakitic acerca del futuro de Messi: "No puedo asegurar al cien por cien que se quedará". Y más sorprendente aún resultó que el croata sacara a colación sin venir a cuento, o quien sabe si viniendo, el nombre de Neymar. Marçal Lorente dijo el otro día en su programa "Sin Concesiones" que el contrato está firmado por los representantes del futbolista argentino y que incluso ya está cobrándolo con las nuevas condiciones. Esta información fue ratificada por Carles Fité en El Chiringuito, pero él añadió algo más: "Una cosa es que el contrato esté firmado... y otra bien distinta que se quede en el Barça". Y ahí, y no en el contrato firmado por el padre del jugador, está la auténtica madre del cordero, el meollo de la cuestión.

Es evidente que Rakitic habla por boca de ganso. Quiero decir que Leo Messi, que al parecer no se pone al teléfono cuando quien le llama es el presidente del Barça, sí habla sin embargo con sus compañeros en el vestuario y, a ellos sí, les cuenta la realidad de los hechos. Y es sintomático que salga a colación el nombre de Neymar porque el brasileño se despidió "a la francesa", contándole todo a sus compañeros precisamente en el bodorrio de Messi y dejando a un lado a la directiva azulgrana, que, hasta dos días antes del adiós, repetía machaconamente eso de que Neymar seguiría en el club al doscientos por ciento. Llegados a este punto, estando como estamos a 23 de noviembre, si el crack argentino no se ha hecho aún la foto con Bartomeu es simple y llanamente porque no quiere hacérsela, y si no quiere hacérsela es... porque desprecia a su teórico jefe.

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Odio el 4-4-2, amo a Brian Johnson

Ayer dije en Fútbol EsRadio que odio el 4-4-2 y hoy lo reitero: lo odio, odio el 4-4-2, odio el sistema que hace predecible a un equipo que precisamente ha cosechado sus mayores éxitos no siéndolo, odio ese modo de tocar, tocar y tocar, como queriendo desgastar la pelota, para no acabar yendo a ningún sitio. También odio profundamente que el Real Madrid quiera ser el Barça de Guardiola pero haciéndolo todo peor y mucho más lento, odio que el equipo haya cedido al chantaje del establishment periodístico que dicta qué es jugar bien al fútbol y qué no lo es. Odio que no haya desmarques, que la palabra engaño haya desaparecido del diccionario blanco. Odio todas esas cosas... y echo de menos las cabalgadas, los pases al espacio, el descontrol controlado, la anarquía, el despipote, el "a mí Sabino, que los arrollo", la locura...

Doy por hecho que cualquier cosa que diga o escriba será utilizada ad eternum en mi contra y que, por si eso fuera poco, será rápidamente sacada de contexto, pero, aún así, ahí va: a mí Isco me parece un futbolista sensacional, un jugador que la temporada anterior sacó de muchísimos apuros al Madrid, pero, aunque lo diga Maldini, Isco no está siempre bien. En el derbi del sábado pasado, por ejemplo, no estuvo bien y, pese a ello, se insistió en que había sido el mejor. El caso es que con cuatro jugadores en el centro del campo y con Isco como maestro de ceremonias a Benzema y, sobre todo, a Cristiano no les llega un balón en condiciones, el Real está a 10 puntos del Barça cuando aún no hemos llegado a diciembre y el equipo está en sus cifras goleadores más bajas. Culpa de todos, por supuesto, pero también de Isco.

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El procés y Victoriano

Iba a decir que para que un árbitro de Arminio le pite al Real Madrid un penalti a favor hace falta que un jugador rival le pegue a otro merengue una patada en la cabeza dentro del área y le parta la nariz, pero eso ya pasó el sábado por la noche con Lucas y Ramos y Borbalán no le sacó la tarjeta amarilla al capitán madridista de puro milagro. La verdad es que, desde que arrancó la Liga, al Real Madrid le han hecho penaltis de todas las formas y colores pero como resulta que "arbitrar es muy difícil" y al final todo queda pendiente de "la interpretación del colegiado", pues se acabó la discusión: al campeón le acribillan desde el Comité Técnico de Árbitros, le impiden competir en igualdad de condiciones y, aún así, tiene que estar agradecido de que no le expulsen a un jugador por golpear con su cabeza la bota del rival de turno.

El problema no es que los árbitros sean buenos o malos, que en líneas generales son bastante malos, sino el sistema. ¿Cómo ha sido posible que Ángel Villar, cuyas tácticas han quedado ahora aireadas por la Operación Soule, saliese elegido una y otra vez, y otra más, presidente de la federación? ¿Lo estaba haciendo tan bien Villar?... En absoluto, Villar lo estaba haciendo rematadamente mal, pero el sistema estaba precisamente diseñado para que siempre saliese elegido presidente de la federación. Lo único que hizo Victoriano, que lleva siendo 30 años la mano derecha de Villar, fue aplicar exactamente el mismo sistema al colectivo arbitral. ¿Qué es lo que quieren los árbitros por encima de todas las cosas?... Lo que quieren es sobrevivir y harán todo lo que esté en sus manos para conseguirlo.

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Simeone: más fútbol y menos naftalina

¿Otra vez con lo del presupuesto? ¿De nuevo con el victimismo? ¿Otra vez el cuento chino de David contra Goliath? ¿De nuevo con el Real Madrid en el punto de mira? ¿En serio?... Ayer pudimos ver otra vez al Simeone más cutre, al actorzillo de segunda, al demagogo, al histrión, al acomplejado. Todos pensábamos que esa etapa del Cholo había pasado a la historia, que habría que revolver en el baúl de los recuerdos para rescatar al impresentable que dijo aquello de que la Liga (que ganó el Barça) estaba peligrosamente preparada para el Madrid, pero no, estábamos confundidos: Simeone sigue siendo exactamente el mismo y ni dos finales de la Copa de Europa van a cambiar eso, puede incluso que lo agraven.

Simeone parece un hombre templado en la sala de prensa y un ciclón sobre el campo pero no se trata de Jekyll y Hyde, no, él es Hyde todo el rato. Simeone hierve por dentro y la rueda de prensa de ayer no fue una excepción. Hierve siempre porque yo creo que, en el fondo, sabe que ya ha tocado techo en el Atleti. De ahí que, cuando Simeone quiere distraer a la afición colchonera, agita el señuelo madridista. Seamos sinceros: el Atlético de Madrid no juega a nada, está al borde de la eliminación de la Champions en la primera fase y muy descolgado de la Liga. El Cholo sabe perfectamente que habrá un tanto por ciento de aficionados y seguidores que sigan reaccionando airadamente al ver la muleta roja del Madrid. Muy elemental. Muy básico. Pero, al parecer, funciona. Y eso es lo que me preocupa.

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Si Cristiano no es feliz en el mejor club deportivo de la historia...

El lunes, el periodista Edu Aguirre dijo en El Chiringuito que Cristiano se quería ir del Real Madrid en junio, que se lo había comunicado al club y que Florentino Pérez había vuelto (vuelto) a remitirle a la cláusula de rescisión, que está valorada en mil millones de euros. El martes, Edu añadió que Cristiano quería dejar claro que no era por dinero sino porque no se había sentido bien tratado, que le había parecido una falta de respeto que el club se interesara en M'Bappé y que la gota que había colmado el vaso había sido el presunto interés por Neymar. Ante esta información, uno puede reaccionar básicamente de dos formas: creyéndola o no creyéndola. Nuestros lectores, oyentes o telespectadores suelen acusarnos a los periodistas, y en especial a los deportivos, de especular o, directamente, de mentir; pero, lejos de ser pura, la visión del aficionado suele estar tanto o más mediatizada que la del periodista.

Habrá quien no crea la información de El Chiringuito porque haga una permanente enmienda a la totalidad del periodismo como profesión o porque no le caiga bien el periodista en cuestión u odie el programa en el que interviene. Habrá quien no crea la información simple y llanamente porque no quiera creerla o porque se agarre al clavo ardiendo de que otras veces también se dijo que Cristiano quería irse, y ahí sigue, en el Real Madrid: lo de Pedro y el lobo. Habrá, en fin, quien no crea la información porque tenga a su vez otra distinta, pero convendremos en que estos casos serán uno entre un millón. Y, por el contrario, habrá quien la crea porque sea antimadridista y piense que el jaleo en el Madrid le viene bien para su propio beneficio, que es el mal del Madrid. Todas estas posturas, y alguna más que se me escapa, son por supuesto lícitas... pero ninguna, goza de esa angelical pureza que se nos pretende vender.

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Los tres enemigos de Gareth Bale

Gareth Bale llegó al Real Madrid en el mes de septiembre de 2013. Lo hizo después de un verano muy tenso, con el propietario del Tottenham apretándole las clavijas a Florentino Pérez y el jugador en un paso previo a lo que podriamos denominar como declaración unilateral de independencia. De lo que pagó por él el Real Madrid, 91 millones de euros, no tiene la culpa el jugador, que yo creo que los valía, sino la situación; y es que poco antes de que el Madrid se acercara a Bale el Barça se había entrometido en el fichaje de Neymar y acabó ofreciéndole al jugador lo que nadie salvo Rosell, hoy en prisión, y Bartomeu, posteriormente investigado por ese fichaje, podían darle... de aquella manera. A mí la de Bale me pareció una operación deportiva fantástica porque, independientemente de dónde fuera o por qué lo hiciera Neymar, y el futbolista galés me parecía (y me sigue pareciendo) un potencial Balón de Oro.

Si echamos la vista atrás, los números de Bale en el Madrid no son tan malos como algunos pretenden hacernos ver. En realidad, sus números en el Real son incluso mejores de lo que fueron en el Tottenham. Allí, 56 goles y 58 asistencias en 6 temporadas completas; aquí, 70 goles y 55 asistencias en 4 temporadas y unos meses. Bale no vino al Madrid como un goleador porque para eso ya estaba Cristiano, así que 70 goles no parece una cifra nada despreciable: 22 el primero, 17 el segundo, 19 el tercero y 9 el cuarto; este año lleva 3. En 4 años, Bale ha ayudado a conquistar 11 títulos, 8 europeos y 3 nacionales: una Liga, una Copa, una Supercopa, tres Copas de Europa y dos Mundiales, que en diciembre pueden ser 3. Asi que quienes comparan a Bale con Woodgate lo hacen para provocar o para ofender, aún más, al jugador. Y quienes comparan su rendimiento con el de Robben o con el de Prosinecki, lo hacen con el ánimo de desinformar.

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El 93 y un dado trucado

En vez de la bandera de España, un dado trucado. No vi la carrera de motos del domingo por lo mismo que tampoco vi el partido de fútbol contra Costa Rica del sábado, porque yo necesito tener un vínculo emocional con el deportista o deportistas que compiten para ponerme delante del televisor durante un par de horas en lugar de leer, ir al cine o irme a comer por ahí con los amigos. Esto, y más aún viniendo de un periodista deportivo, sonará a herejía pero, en el fondo, no lo es tanto: ¿cuántos periodistas deportivos españoles vieron el Mundial de curling mixto por parejas que se celebró este año en Lethbridge, Alberta, Canadá?... De acuerdo, el curling no es precisamente popular en nuestro país, pero seguro que si hubiera un español, pongamos por caso uno de Almadrava de Monteleva, en la provincia de Almería, con posibilidades de ganar el Mundial, muchos lo habrían visto.

El bádminton no es mucho más popular que el curling y yo madrugué para ver los partidos de Carolina Marín en los Juegos Olímpicos de Río. ¿Lo hice por el deporte?... Qué va. Lo hice porque jugaba una chica nacida en Huelva y que tenía posibilidades de darle sopas con honda a todas las orientales juntas, que las atacaban como O-Ren Ishii y su ejercito a Beatrix Kiddo, la Mamba Negra. Por eso me levanté tan pronto. Por eso y porque, al final, si ganaba Carolina, como así sucedió, sonaba el himno nacional español. Y por esa misma razón, porque no me siento concernido, no vi el partido de La Roja, La Bomboncito, La Marrón Glacé, ni tampoco vi la carrera de Cheste en la que participaba un piloto nacido en territorio nacional español pero que ya dijo la víspera que su bandera no era la mía, la de España, sino la del 93. Por cierto que, tal y como estaba anunciado, el 93 ganó el Mundial, lo perdió el 4, que era el mío, y, al parecer, según comentan los especialistas, el 93 está ahora en disposición de superar en Copas a Valentino Rossi, una heroicidad digna del mismísimo Hércules.

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El 93

Al 93 le preguntaron el otro día si sacaría la bandera de España en Cheste en caso de proclamarse campeón mundial y él respondió que su bandera era... la del número 93. Todo el mundo me dice que el 93 es muy simpático, muy agradable, un buen tío, muy campechano; es más, a mí también me lo pareció hasta que el otro día me quedé absolutamente perplejo con su respuesta porque, además, conviene decir antes de continuar que, hasta la fecha, el 93 siempre había sacado la bandera de España tras un éxito deportivo. Después de estas declaraciones, el 93 concedió una entrevista al diario ABC en la que insistía en que él se sentía "catalán y español", pero la última referencia oral que tenemos del 93 es que, como mucho, se está pensando si hacer o no publicidad de su país, que es España, sacando su bandera, que es la rojigualda, en caso de victoria en el circuito de Valencia.

Mi decepción es total con el 93, de quien creía que me podía fiar. Pero está visto que no, de él tampoco. Así que, como ciudadano del mundo que soy, he decidido poner todas mis espectativas, que tampoco son demasiadas porque la cabriola debería ser espectacular para que el 93 no se proclamara campeón mundial, en el 4, que es de Forlimpopoli, en Emilia-Romaña, a 8 kilómetros de Bolonia, y que también es un tío simpatiquísimo, un buen chaval que sí tiene claras las cosas y que sacará la bandera de Italia si acaba ganando al final. Me dicen que el 93 está harto de este debate, pero no me puedo creer que lo esté más que todas esas personas de a pie que han tenido el coraje de colocar la bandera de España en sus balcones aún a riesgo de su propia seguridad. Me dicen que el 93 tiene miedo y que está muy presionado, pero no me puedo creer que tenga más miedo o más presión que esos cientos de miles de ciudadanos que han salido a las calles de Barcelona para pedir libertad y respeto a la Constitución y al Estado de Derecho.

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Un hombre coherente

Decía Confucio lo siguiente: "El verdadero caballero es el que solo practica lo que predica". Hoy traigo aquí el ejemplo de un hombre coherente, Joan Cardona, seleccionador de la Federación Catalana de Esquí de montaña. Cardona estuvo ayer en RAC 1 y allí dijo algo muy coherente: "Si nos creemos que somos una República, evidentemente al campeonato de España no debemos ir". Y es cierto, es exactamente así. Si el otro día Puigdemont declaró la República y esta fue festejada por cientos de miles de catalanes por las calles, y Joan Cardona, que interpreto que es independentista, se cree verdaderamente que Cataluña es una República Independiente, ¿qué hace la selección catalana participando en el campeonato de España, un país extranjero? Cardona, que añade que seguirán participando en campeonatos europeos y que los deportistas podrán participar en el campeonato español a título individual, termina diciendo que quien va a perder más es el esquí español, "ya que el noventa por ciento del potencial del esquí de montaña está en Cataluña". Cardona, en suma, es un hombre coherente con sus ideas.

¿Quiénes no son coherentes? Pues por ejemplo los diputados de Esquerra, que mantienen su asiento en el hemiciclo de un parlamento extranjero y, pese a que el otro día Puigdemont declaró la independencia, continúan cobrando del erario público español. ¿Quién es un caradura? Pues por ejemplo Pep Guardiola, que mientras estuvo en activo ocultó su independentismo para poder jugar con la selección de otro país, en esta caso España, y en cuanto colgó las botas se declaró secesionista y ahora va diciendo por ahí que aquí no hay democracia y que los Jordis y Junqueras son presos políticos. Rufián y el rufián no son coherentes, pero he de reconocer que Joan Cardona sí lo es: "Si nos creemos que somos una República, no podemos participar en el campeonato de España". Lo ha dicho un hombre, un hombre coherente.

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El azul-azul de Larrea que España entera ve morado-morado... incluso después de mojado

Hoy se ha convertido en viral un vídeo. En él se ve cómo un marchante de arte, Philip Mould, limpia el cuadro "Mujer en rojo", que ha estado guardado durante 400 años. Lo único que se sabe de la obra es que es el retrato de una mujer de 36 años que fue pintada en 1618 por un autor desconocido. El marchante decidió someter el cuadro a un proceso de restauración que eliminase el barniz y utilizó para ello varios productos disolventes y con aguarrás. Al humedecer la suciedad con el disolvente y retirarla con un bastoncillo, el equipo de Mould descubrió el verdadero color que ocultaba el cuadro. Entonces, viendo el vídeo de Mould, me vino a la cabeza la camiseta que la selección de estrellas de la Liga de Fútbol Profesional, el All Star conocido popularmente como La Roja, llevará en el Mundial del año que viene.

Estaba pensando que podríamos contratar a Philip Moud para que, aguarrás en mano, trabajase el morado que todos vemos para comprobar si, al final, aparece el azul que dice Larrea. Porque Larrea asegura que es azul. La portada de hoy del As iba en esa dirección: "No es morado. Es azul, azul". Azul, azul. Y atención a las declaraciones de ¡Arrea!: "La hemos probado hasta mojada y sigue siendo azul" ¿Y qué esperaba, que una vez mojada se convirtiera en rosa? A ojos de Larrea la camiseta será azul-azul, pero es que ante esos mismos ojos Ángel María Villar era un ejemplo de gestión. A ojos de Larrea será lo que sea pero a ojos del público en general la camiseta de la selección de estrellas de la Liga de Fútbol profesional es morada-morada, y ese morado-morado le recuerda al podemita Iglesias a la II República mientras que la banda lateral nos recuerda a todos a la senyera. Sobre lo que no hay ninguna duda es sobre la equipación de entrenamiento del All Star, que es un claro homenaje al azul y grana del Barça, ese club que, un día sí y otro también, presta su campo para que se ataque impunemente a España, con la que esta selección de estrellas de la LFP ya tiene poca conexión.

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