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Enviado a las 26/07/2008 18:05:31
Es mi ruego: ser buena a tus ojos

 

Rogabas al Dios fiero de tus padres

antes de que tu cuerpo se encorvase,

que se abismara en el silencio eterno,

una imagen sencilla: contemplar

en el espejo de tu propio cuerpo

la ofrenda de observarte como niña

 

bondadosa, vestida de inocencia,

lo decías en tus versos, cada uno,

una furtiva lágrima abismada

viéndose prisionera entre los párpados.

sentías la pobreza de este voto.

temías andar por rutas extraviadas,

en esas horas tensas, como cuerdas de kinor

ibas hacia el reencuentro con tus raíces.

 

Nunca tuviste tiempo de lograrlo.

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Enviado a las 25/07/2008 16:59:04
Leyendo a Abraham ben Itzhak.

 

La tarde se dispone a morir lentamente

y asegura sus dedos sobre el monte amarillo.

 

Con ojos soñolientos el viento acuna al sauce

y a su sombra amorosa voy leyendo tus versos,

que interrumpen apenas los lamentos del río,

como si se negara a la melancolía

que nos deja entrever un aislado horizonte.

 

Pero aquí está tu voz tranquila y algo triste.

 

Me asoma suavemente al mundo que vivías,

y refleja tu ser aunque tú señalaras

no conocer tu alma, sino que solamente

“bebió silencio puro hasta empaparse toda”.

 

Pero, acaso, el silencio no más representara

calculada y doliente renuncia a la palabra.

Ella aguardó paciente y vuelve florecida,

desde el refugio insondable de tu corazón,

hasta la luz.

                   Primero fluía por tus dedos

y hoy, desde el papel se entrelaza a los míos.

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Enviado a las 24/07/2008 17:03:13
Otros versos a otro poeta viejo.

 

”Muy cerca de la vida. Así tu hablar,

pero no en ella: resbalando mansamente

a su orilla. Por eso lo buscabas.

 

“Azotado del viento y de los años”,

olvidando que todo era la tierra,

llamaste a Dios. Ávido le pedías

acudiera a tus dientes. Acudiera

como una fruta amarga, atormentada

que apagase el dolor desde tu boca

a la oscura caverna de tu alma.

 

¿Apareció? Tal vez el desconsuelo

la costumbre tal vez, o la esperanzate encaminaron a encontrar sus huellas

en las piedras, las hierbas, en los troncos…

y afrontaste su luz en tu palabra.

 

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Enviado a las 19/07/2008 17:35:29
Y líbranos de todo mal de conciencia.

 

Padre nuestro que estás en los cielos,

soy aquel Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno

nacido en el Paso de los Toros,

que antaño parafraseó la oración a ti debida

con no poca arrogancia,

si bien una ansiedad algo feroz, impertinente,

impulsaban la mano de metal y tinta

que escribió aquellos versos.

Pero ya he aprendido mucho; por ejemplo,

que no cierras los ojos a las uñas negras

de la pobreza; que mi voluntad impulsa a la tuya

y no a la inversa; que la tierra que piso

no parece constante:

“no estoy seguro si me gusta el estilo que tu voluntad elige para hacerse” dije con gratitud e irreverencia.

 

No sé que hayas quitado ni el más duro

mendrugo, del llamado pan nuestro, cada día

o nos hayas perdonado la esperanza

(las deudas sí, ya lo afirmaba entonces

y lo reitero ahora). Piadosamente, nos has permitido

caer en la tentación del olvido: no podríamos

asumir la conciencia de tanto error diario,

jugando a sustituirte con nuestro libre albedrío.

 

 

No he pedido disculpas con mis versos

pero juzga tú mismo mi silencio.

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Enviado a las 07/07/2008 12:17:40
Al poeta que no pide perdón por Palestina.

 

Observando el color de las tinieblas cotidianas

decidiste soñar sólo mirando más allá del horizonte,

que la poesía sería un arma cargada de presente.

 

El mundo hoy envejece más deprisa

que tú, eterno nostálgico añorando las estrellas de la infancia,

para emprender el regreso imposible (bien protegido

en una nutrida bandada de pequeños pájaros nómadas)

al nido, donde el color de la sangre eclipsa al gris del cielo

al azul negro del mar o al dorado de las arenas infinitas.

 

Has elegido oponerte al dolor o a la tiranía,

al grito de sangre del espectro de Birwa,

al silencio obligado de Dair Al Asad,

con el caos de amor de la palabra.

 

Pero tu voz, que no se pierde en el desierto,

oscurece la imagen de su origen en el laberinto feroz

del exilio, condenado a vivir en la condición equívoca

de militante en utopías desfasadas,

de ciudadano de segunda clase,

aclamado en delirios universales que aturden y no apartan

la soledad esencial de aquel que sufre

mientras se petrifica su sonrisa.

 

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Enviado a las 02/07/2008 10:46:37
Mira si puedes, extranjero, los dulces trabajos de la joven de Telos.

 

...la más joven de los poetas.

Plutón la raptó como esposa. Razón tuvo en vida

la niña al decir: «envidioso eres. Hades»

(Antología Palatina, VII, 13: 114).

Leonidas de Tarento.

 

No frecuenté la escuela

de la mujer nacida en Mitilene, de quien dicen

saltara al mar, desde la roca de Léucade

al sufrir el desprecio de Faón.

Tampoco Lesbos sustentó mi nacimiento:

telio fue mi origen como el de Baúcide, de suave cabellera,

a quien algunos, poco doctos, alianza dudosa

le suponen conmigo por oscuro interés,

porque canté la gracia de su amable transcurso y laborioso

en este mundo equívoco;

ella, a los diecinueve

años, bajo la protección oscura de las profundas

alas de la noche, se ocultó para siempre.

 

Ennoblecí la rueca y escribí versos que los niños

de tiernos años coreaban en la escuela; abeja

dulce me apodaron poetas, como Asclepíades;

también a edad muy corta

alcancé a conocer el sigilo de las esferas

etéreas; sin embargo, las Musas y los hombres

mortales estimaron mis poemas,

aun cuando no supieron conservarlos.

 

Me otorgaron un sitio junto al ciego inmortal

aquel nacido en Quíos, la montuosa;

Átropo, la inflexible, nunca veló mi fama

que traspasó los siglos.

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Enviado a las 24/06/2008 17:00:15
La mano de Neóbule

 

 

 

"Si pudiera tocar la mano de Neóbule!

Si esto me sucediera...!”

 

Pero ella pasó andando por su lado,

despaciosa, con calma,

ni una sola mirada le brindaron

aquellos ojos fríos,

el glauco tan extraño de su iris

empañado entre nieblas de distancia.

 

(Eros, el más funesto de los dioses

disfrutó del dolor de aquel instante).

 

Con ademán resuelto y estudiado

cortó la flor rosada que crecía

a la sombra de aquél que la adoraba,

acechando sus pasos a esa hora,

yendo a la playa, como cada día

y siguió decidida su camino.

 

Y sólo en ese gesto,

cubrió al poeta con su indiferencia

y acalló cualquier signo de esperanza.

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Enviado a las 11/06/2008 21:21:05
Canción de vidrio y de esperanza

Tu voz sonaba, entre las gentes, firme.

"Voy bajo tempestades y tormentas

ciego de sueño y loco de armonía”

 

Era la soledad que por ti hablaba.

 

Nada sé contestarte. Solamente deseo

constatar cosas, nunca demasiado

olvidadas:

por ejemplo, hoy el mundo, se ríe

de la princesa triste,

atrapada en sus oros y en sus tules.

Sigue el cisne azorado entre los charcos.

Quirón ha comprobado que los dioses

ya no sufren por no alcanzar la muerte.

Muchos millones de personas hablan

- que no se comunican – en el inglés ajeno,

y tan hostil y extraño

a la unión del quetzal y la paloma.

 

Y de ti, a veces, sólo hay una sombra

que se vende en el Rastro, solitaria,

medio oculta entre libros usados de Derecho,

de cocina, de toros (todo el lote a diez céntimos

la pieza).

 

Sombríos desde lo alto, como buitres,

los críticos aguardan las palabras ocultas

de tus archivos, soñando devorarlos

en sus ágapes doctos aunque inútiles,

de los que tú renacerás muy pronto.

 

¿Quién habla ya de Grecia? ¿Quién se adentra

en el arcano de tus tardes? Siento frío.

 

 

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Enviado a las 27/05/2008 20:36:35
Viajando de Ricardo a Neftalí, a través de Pablo.

 

 

“Y yo, mínimo ser,ebrio del gran vacío constelado...”

Sí tú, mínimo ser. Parte pura del abismo,

rodaste con estrellas, con planetas quemados,

con invierno, con río, con madera,

con vinagre corriendo debajo de las sillas,

con flechas, plantaciones, fuego, flores,

con planetas, con nubes, con tijeras,

con pasos silenciosos de perfume,

sueño de gatos, extravagantes huesos

de polvo y cal, para adorar a Dios a pesar tuyo;

con las voces del cóndor, del quetzal, del barranco,

del metal, del absurdo, del azar y la angustia.

 

Corriste entre vocablos y entre océanos,

entre islas delirantes, entre viejos o nuevos continentes;

a veces con los pies plenos de estrellas;

a veces, escribiendo en la noche los más tristes

versos,  de amor, de soledad en compañía;

salpicando de barro y manchando de sangre

en otras ocasiones.

 

(También eras un hombre y nada

de lo humano era ajeno para ti)

 

Y siempre con el mar, con la madera,

con las manos del día, con las uvas del viento,

con las odas a seres que nunca figuraban

en versos, sino que se rompían

en las facturas viejas, borradas en el tacho.

 

Residiendo en la tierra. Soñando en Machu Pichu.

Hablando a la mamadre.

Desatando tu corazón en las palabras. Nombrándolas

a todas, una a una, como nunca

nadie las había dicho: dejando de ser formas,

convertidas en seres cercanos o remotos, pero dotados

siempre, de vida propia y solidaria contigo,

nunca llamando al silencio.

                                           Evocando el secreto

que tú solo sabías.

                            

Tú que conocías la tierra. Que reías, viajabas

y sin embargo,

estabas triste.

 

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Enviado a las 26/05/2008 19:03:39
A Vicente, en su sueño.

 

“Hay momentos de soledad en que el corazón reconoce,

atónito, que no ama”.

 

Eso dijiste aludiendo a la tristeza

del que despierta, después de un falso acto de amor

que le arrastró a la oscuridad de la noche

siendo de día; que sembró lluvia lenta

e impiadosa, que no aquella fecunda

de la que luego brotará la hierba; ni esa otra

de vida, que dando música, no produce frío.

 

Eso dijiste y yo recuerdo ahora.

 

Yo también callada, cruzando las manos

bajo la mesa áspera de voces; voces de silencio

de aquel silencio, marcado por palabras que no apuntan

sino dolor y desesperación,

bajo el ropaje dulce del halago,

mal ocultas. Pensando en quien las dice,

que siembra otoño y se proclama amigo,

que no sueño.

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