El día de su cumpleaños había transcurrido triste e ignorado. Primero, en el trabajo (nadie se dio cuenta de que era el día de su aniversario); después, la comida en casa de sus padres pasó sin pena ni gloria(nadie se dio cuenta de que era el día de su aniversario);luego, salió a tomar café con unos amigos(nadie se dio cuenta de que era el día de su aniversario); al atardecer, acudió al teatro con otros(nadie se dio cuenta de que era el día de su aniversario); salieron de la función y fueron a tomar una copa(nadie se dio cuenta en absoluto, de que era el día de su aniversario y eso que ella había pagado todas las copas).
Ella (como cada año, desde su más tierna infancia, es decir, cincuenta atrás)daba señales inequívocas cuando se acercaba la fecha; pistas que duraban las tres fechas anteriores, una tras otra. Para evitar olvidos. Ella sí que recordaba los de todos los demás, sin necesidad de apuntes. Normalmente, alcanzaba sus propósitos, pero ¿qué había pasado este año?... al salir del pub, rogó a los dos últimos amigos que aún quedaban, la acompañasen al cajero automático de la esquina: se había quedado sin blanca y deseaba tomar un taxi para regresar a casa (secretamente, apuntó en su lista de agravios que ninguno de los dos se había ofrecido a llevarla en su coche). Cuando esperaba la salida del dinero pedido, leyó en la pantalla de la máquina:
“Muchas gracias y feliz aniversario, señora Ruiz”.
Sintió una oleada de calor intenso, una sacudida eléctrica simultánea… sus acompañantes, muy extrañados (esperaban a unos tres metros de distancia) la vieron volverse radiante, con sonrisa extática, hasta… ¿no era un aura de luz lo que envolvía su figura? Ella los alcanzó, sin darse cuenta siquiera de que los quinientos euros retirados esperaban en vano asomados a la ranura del cajero…
Todas estas ideas habían acudido a su mente con los últimos preparativos (que incluían un lustrado especial del parquet, la acogida del público asistente en el salón de actos y la contratación apresurada de un fotógrafo amateur: el profesor de Tecnología quien, no se iba a enterar de nada dada su proverbial ignorancia, pero le debía algunos favores) hasta llegar el momento “h”, en que él y su compañero irían a buscar a “Margot” a su seguramente coquetón apartamento, tal como se había acordado.
El trayecto había discurrido en silencio. Por fin llegaron a la zona, cercana a la Ciudad Universitaria. Mientras el otro aparcaba, Manuel, lleno de impaciencia, llegó en dos zancadas a la casa de “Margot” y pulsó el timbre (miró y remiró varias veces la tarjeta de visita, a fin de no cometer ningún error) una vez, breve y enérgico. El telefonillo no arrojó la voz clara, cantarina (siempre según Manuel) de “Margot”. Dio dos timbrazos más: “Margot” no habló. Añadió otro timbrazo largo, por si acaso. “Margot” no dio señales de vida. Entonces, entre las brumas, apareció su colega tintineando las llaves del coche. Manuel, demudado y nervioso explicó lo que estaba pasando. El amigo marcó el número del móvil de “Margot”, pero salió esa voz neutra que anuncia “el número al que llama, está apagado o fuera de cobertura”… francamente irritados ya, Manuel marcó desde su teléfono el número del fijo de “Margot” aunque presentía lo que ocurrió: los ruidillos intermitentes que anuncian un aparato descolgado. De modo que ambos cofrades debieron rendirse a la evidencia: la eximia Doctora Margarita Castaño había desaparecido voluntariamente y nunca acudiría a una cita que no le aportaba nada… al menos financieramente hablando. Desarmados, cabizbajos, contritos, Manuel y el amigo regresaron al lucido Audi de éste (que lo había pedido prestado para la ocasión) rumiando qué dirían al auditorio que (muy silencioso, moderado, con la más esmerada educación digna de un colegio de ursulinas y no de un centro público) les aguardaba, cuaderno de notas y bolígrafo lleno en mano, desde las diez cuarenta y cinco, atestando el aforo (seiscientas plazas sentados, más cincuenta de pie) del malhadado (aunque pulcro) salón de actos.
es decir, “Margot”jamás (jamás) había accedido a asistir (en calidad de nada) a ningún acto académico o cultural, que no ocurriese en uno ajeno a los diez o doce sitios ubicados en la cúspide de la galería universal. Bien, muy bien. Pues “Margot” iba a venir a éste y sin cobrar un céntimo (las otras personalidades, menos famosas a excepción del ex ministro, tampoco lo habían hecho) pese a la crisis. Manuel pensó que le había resultado muy fácil que “Margot” le diera el sí; su compañero (el de las revistas) había mediado decisivamente, pero esto carecía de importancia: la entrevista final era suya y “Margot” había cedido a su simpatía, a su experiencia como encantador de serpientes. Él había hallado muy atractiva a “Margot”; la vio apareciendo como una mujer fatal, como una faunesa (él se sentía más decadente que dandy), con su melena de tonos rojo – cobrizo – caoba (el número 6,45 de la crema – tinte de una conocida marca, firmada por un más acreditado aún ex amigo de Dalí y peluquero teórico)… “Margot” le había mirado entornando sus ojitos de iris rabiosamente gris – verde a lo Herta Müller, cromatismos que ni él ni nadie hubiera podido advertir meses atrás (resulta verdaderamente fascinante la generosidad de la industria – tecnología óptica en sus avances para aportar un poco de felicidad a las gentes, rompiendo la monotonía de las membranas pardas). El rostro de “Margot” carecía de arrugas (por más que la edad… ¡en fin!); igualmente, “Margot” exhibía una sonrisa nívea con unas levísimas, casi imperceptibles irisaciones azuladas. “Margot”mostraba un tipo despampanante con esas ropas de quinceañera que a otra persona habrían caído como un pingajo, pero a “Margot”…! Qué aspecto más fantástico el de “Margot”¡ En principio, no era su tipo, le gustaban mucho más jóvenes, nada de sesentonas (encima, mayores que él) pero… ¿con “Margot”? (pues no parecía tan descabellado, después de todo…) ¡Asombrosa “Margot”! ¡Esta “Margot”!... (CONT.)
…debidas a los mil problemas graves causados por la impresión de un catálogo fotográfico sobre la dicha exposición revisteril, entre ellos las falsas promesas otorgadas al patrocinador y editor, respecto a la futura difusión entre los estudiantes de una numerosa serie de manuales y libros de consulta (promesa que, no es que no pensara cumplirla, es que, lisa y llanamente resultaba imposible); más broncas con sus ayudantes y con el personal no docente, aburridos hasta la cólera de sus órdenes ásperas acerca de adornos murales y propagandas de última hora; doscientas cincuenta llamadas telefónicas, cuarenta de ellas perdidas(una de sus ayudantes, la anteriormente citada ex señora, aspirante a amiga y fea, terminó por no cogerle el teléfono, porque las consecuencias acarreaban inquietudes nuevas o desaforadas complicaciones); más de quince mil cigarrillos fumados, más de doscientos cincuenta mil a medio fumar; una media depresión que podía deberse a la astenia primaveral y que se tradujo en más de mil euros en automedicación adquirida a través de la Red (de sobra conocía la etiología y el proceso de sus síndromes y no tenía ninguna gana de ir al médico, por si acaso le terminaban por descubrir algo realmente grave de lo que es mejor no hablar nunca, ni siquiera mencionarlo); otros mil euros volaron en tarifas de taxi; otros tantos más en pagar rondas de cafés a sus odiados colegas a quienes sonreía (ellos le correspondían puntualmente en ambas cosas), para mantener un auditorio solidario al que ir relatando sus muchas cuitas…en fin, había acumulado en el último mes un rimero de ropa tal para la tintorería, que en las vísperas tuvo que componer su atuendo a toda prisa en la sección de firmas de unos grandes almacenes (aborrecidos hasta un grado supremo de cordialidad autoimpuesta con ellos), si no quería aparecer in puribus al día siguiente.
Manuel no había logrado cerrar los ojos en toda la noche anterior a la función. Aprovechó para ir rememorando una a una las palabras de la presentación (y ya de paso, imaginar los parabienes que él mismo recibiría, los aplausos forzados o no, pero cuantiosos, la admiración de los grupos de adolescentes a quienes sumergía en el universo de la Literatura); su dominio escénico, exquisito, del propio cuerpo (envidiada, preferentemente por todas), la consistencia y elegancia de su imagen (envidiada por todos) le capacitaba perdidamente para improvisar discursos un tanto solemnes, un tanto conmovedores, un tanto sentimentales, aunque sobrios y bien pergeñados, sin divagaciones inoportunas; les imprimía modulaciones armoniosas con su voz bien timbrada de barítono (hecho del que no era exactamente ignorante, aunque como buen actor, lo fingía de un modo “natural”) y todo ello sin necesidad de una preparación exhaustiva, ni de leerlos, ni siquiera de aportar al momento “d” una sinopsis escrita: los atriles para él constituían una pasión inútil.
En este caso, había leído en currículo de la conferenciante con todo cuidado (el que ella hacía público en la Red). Vio cuántos cargos culturales de gran relevancia política había desempeñado. Encontró una pléyade de trabajos con títulos prolijamente largos y enjundiosos (no observó que, en realidad, se trataba de artículos muy cortos en su mayoría). Realizó una síntesis mental de todo e imprimió cuatro de las ilustraciones que allí se mostraban, creadas por ella misma, con pretensiones de García Lorca o Alberti y nunca mucho más allá (es decir, tan malas como las de estos dos, pensó, aunque obviamente nunca lo diría). Pero se dejó llevar por el oropel de los trabajos escritos y se sintió íntimamente orgulloso de haber conocido a alguien tan fecundo, una primera figura de las aulas universitarias y culturales de nuestro país (en realidad, nunca había hablado con ella, lo hizo su amigo, el coleccionista, pero ya la sentía como alguien digno de honrarla con su amistad).
En consecuencia, pasó a llamarla “Margot” a secas; para dejarlo claro íntimamente, llamó a dos de sus ayudantes por teléfono, con un par de preguntas nimias sobre “Margot” simulando necesitar asesoría. Y la mañana de autos, los segundos en notar el cambio fueron los conserjes: “todo está a punto para recibir a Margot, ¿verdad?; muchas gracias…” también dos de sus colegas, ante su alegre “¿qué pasa?¿venís a escuchar a Margot?” se miraron sonrientes entre irónicos y perplejos.
Lo cierto es que Manuel se iba a apuntar un tanto en su currículum y otro en su notoriedad. Esta señora jamás....
(No consuetudinario, ni acontecido en rúa alguna.)
El gran día había llegado. Margot Castaño, la famosa hispanista conocida internacionalmente (así, por ese diminutivo también) impartiría una conferencia magistral sobre la Edad de Plata en un centro de Educación Secundaria, lugar histórico, decimonónico en su arquitectura y filiación, aunque poco habituado a tales fastos. Manuel estaba nervioso. Como organizador del evento debía aparecer por el instituto sobre las nueve, con dos horas de anticipación, para cuidar que todo estuviera a punto. Media hora antes iría en coche a buscar a la conferenciante.
Este acto cerraba el ciclo de actividades culturales dedicadas al Novecentismo, abierto la semana anterior con la inauguración solemne de una exposición dedicada a las revistas del 27. El proceso había contado, desde el principio, con la asistencia de numerosas personalidades representativas del mundillo de los políticos, de los escritores conocidos, incluso acudió – y pronunció unas palabras – un poeta reconvertido en ex ministro.
Había resultado muy dificultoso reunir las cien revistas antiguas (la mayoría, facsímiles); cien era una cifra redonda, capaz de llenar todo aquel amplio corredor donde se iba a exhibir la muestra. Todas, menos dos (que milagrosamente aparecieron arrinconadas entre documentos administrativos deteriorados, en unos sótanos de la biblioteca general) se lograron gracias al tesón con que Manuel convenció (según creía él) a un amigo coleccionista, quien, como todo aquel que atesora objetos preciosos, estimaba la materia opaca (no convenientemente deslucida) de las revistas, más que como una proyección de su personalidad, como algo intrínseco a su naturaleza de individuo, indisoluble con ella.
A las ocho cincuenta y cinco, Manuel traspasaba los viejos umbrales con gesto adusto. Se encontraba cansado. La celebración le había costado seis meses de su vida yendo detrás del coleccionista, convertido en su sombra; dos ordenadores portátiles (uno lo extravió, otro se lo robaron); veinte regalos costosos (a cargo de su peculio)a otras tantas personalidades a las que el centro no podía dar remuneración alguna; el consumo y los subsiguientes efectos secundarios de unos cien litros de espirituosos varios, como por ejemplo el aumento de su masa corporal, dada la ingestión de algunos de ellos entre la siempre frugal comida; cuatro broncas y el sucesivo despido de cuatro asistentas que acondicionaban el desastre de su hogar (o el sitio que de eso hacía las veces); la enemistad solapada de gran parte de sus compañeros de departamento (excepto aquellos declaradamente pasotas o aduladores), con quienes nunca contó (excepto cuando la presunción obligaba a un acto de confesión privada, en un café cercano, previa invitación por supuesto); la envidia de otros compañeros antes afines, pero secretamente detractores suyos; la quiebra total con una autosupuesta amiga (autopretendida amante para los demás), lo mismo con otra que aspiraba celadamente a serlo (amiga, nunca amante por saberse demasiado vieja y bastante, digamos, poco agraciada por la madre Naturaleza), aunque esta mujer prontó notó que él ni siquiera mantenía una amistas leal consigo mismo; le supuso además una advertencia de su jefa sobre ausencias laborales difícilmente justificables…
Miró el reloj: las dos y cuarto. La cita era a las tres. Se relajó un poco y pidió un gintonic. No sentía apetito, de modo que le haría una jugarreta inofensiva. Fingiría que ya había almorzado, así evitaría invitarle y forzaría a que su ex compañero le pagara el gintonic a él. La idea le divirtió extraordinariamente ¿y si pedía otro?
A las tres menos cuarto, ya se había echado cuatro al coleto. Curiosamente tenía tanta o más sed que el principio. Decidió no fumar más. Levantó la mano, pidió un quinto y con un gesto, rogó al camarero retirase los platillos de aceitunas (tres o cuatro con cada copa; ese tío era un estúpido ¿no alcanzaba a notar que no las estaba comiendo? Parecían teñidas en distintas tonalidades, de gris, de marrón, negras, irisadas, pintadas con betún en diferentes grados de disolución…sólo mirarlas le fastidiaba).
Mientras tomaba un trago corto (deseaba prolongar esa ronda, ya no recordaba si eran cinco, seis o… los vasos retirados), le acudió a la mente la imagen rotunda de su ex mujer. La cartelera la mostraba muy satisfecha de ella misma, embellecida, con una nariz respingona y unos ojos de iris azul luminoso, que él no recordaba. La obra que representaba con su compañía en el teatro Pavón cubría el aforo todos los días (eso de que el teatro siempre está en crisis…); faltaban apenas seis para llegar al final del cupo de representaciones y seguramente prorrogarían antes de ir a provincias. Si ya se sintió humillado cuando ella le abandonó sin ninguna razón, de la noche a la mañana (él decía a todo aquel que le quisiera oír que había sido a la inversa, que ella tenía “problemillas” con la bebida). Guardar las apariencias siempre había constituido algo vital para él; cuidar la imagen, ser un auténtico líder. Esa actitud solía llevar aparejados problemas, porque se vio obligado a mentir y después a recordar las mentiras que había dicho…con el tiempo la historia del abandono a que le sometía su hijo, amalgamaba sus argumentos y relatos hasta tal punto, que ya no sabía qué era verdad y qué no lo era. Y qué mal le había sentado la primera vez que ella alcanzó un éxito rotundo como actriz (con aquella horterada de serie televisiva en la que participaba haciendo de maruja vallecana, deslenguada, salida y medio subnormal, ¡qué bien le cuadraba ese papel!).
Ella sabría cómo actuó, qué decía de él, pero su hijo jamás había ido a pasar con él ninguno (ni siquiera uno) de los fines de semana pactados en el juzgado. Cuando él había exigido se cumpliesen las visitas (siempre con el juez de su parte), el chico rompía a llorar en silencio, de tal modo, tan intensamente, con una desesperación tan evidente, que dejó de reclamarlo desde la segunda vez que fue a recogerlo (la primera también había sido un intento fallido y doloroso). Y ahora…¿en qué se ocuparía?¿sería también actor, ejecutivo o formaría parte de la gente guapa, noctámbula, perezosa y floja? (de pequeño, como todos los niños, había soñado con ser bombero o policía y trazaba recorridos espléndidos por la casa, haciendo sonar la “bocina”)-
La copa estaba llena. (¿Era la misma de hacía un rato?, ¿cuándo había hecho una nueva seña al camarero?) De repente, alguien se levantó a su lado izquierdo (¿con quién había compartido mesa y desde cuándo?); la silueta hosca, ahora de frente, gesticuló algo y giró hacia la esquina. No entendió lo que decía su voz ronca. El agujero oscuro de su boca se agitaba aún ante él, cuando dejó de oírlo. (Se parecía a su hijo, decidió. Sí, probablemente lo era ¿quién le había dicho que él se encontraba allí? Hacía más de diez años que no lo había visto, pero tenía que ser su hijo. ¿Quién, si no iba a ser?). Respiró con fuerza. Ahora notaba algo de frío, por lo que pidió una ginebra sin tónica. (Debía andar con cuidado con los espejismos provocados por las burbujas: la silueta de hacía un rato seguramente era falsa. Había desaparecido). A su alrededor todo estaba oscuro y silencioso.
El ruido estridente de un teléfono fijo martilleó sus sienes. Se dio cuenta, de pronto, de que era el de su estudio. Se incorporó del suelo del estrecho cuarto de baño a duras penas. Estaba literalmente incrustado en el pie de la ducha, vestido. Había aplastado el barreño donde ponía la ropa sucia. Le dolía fuertemente el ojo izquierdo y vio el puño de su camisa manchado de sangre. Se pasó la mano por la cara, pero no aparecía herida alguna por allí… el teléfono volvió a sonar, pero no reaccionó. El contestador hizo su función y le dejó asombrado:
-Jaime, Jaimito ¿estás ahí? Como es jueves y llevas tres días sin venir por la oficina, hay mucho papeleo que firmar… ¿estás bien? ¡llama!, chaooo…
Pensó que no podía repetir… además le salía muy caro… (¿Y la cartera? Se palpó el pecho…estaba liso). Saldría y se despejaría. Compraría las botellas y latas necesarias y a partir de ese momento, bebería en su casa. Tranquilamente. Sin agobios de que le reconociese nadie. Él solo. Tranquilo. Inventaría algo, un resfriado. Se tomaría libre el día siguiente. La semana que asomaba rubricaría este proyecto.
Estaba cansado. La mañana había sido agotadora; de las cincuenta personas que trabajaban en la oficina, había tenido que resolver problemas, al menos de cuarenta y ocho…así le parecía, cuando llegó a un punto en el que daba respuestas mecánicas, prácticamente sin mirar a nadie. Por eso suspiró aliviado con una secreta alegría no perceptible en sus ojos, cuando llegó el momento de salir a almorzar.
La calle estaba desierta. En la glorieta de Embajadores sólo un par de terrazas bulliciosas exhibían una mezcla densa de aromas a especias, de humo de fritanga, de palabras perdidas mesa a mesa. Subió hacia ellas, pero al llegar a la primera, torció por un callejón tortuoso (“el de los pájaros”), salió a la Ribera de Curtidores y compró un paquete de cigarrillos en el quiosco de prensa. Empezó a fumar. Dando un rodeo, ascendió hasta la plazuela de Cascorro, entró por el callejón de las Maldonadas y llegó al cafetín de San Millán. Hacía un calor sofocante, que presagiaba tempestad. Jaime estaba cubierto de sudor y esa zona da sombra al mediodía. Comprobó con satisfacción que tanto el bar como la terraza estaban casi vacíos y tomó asiento en una mesita resguardada del tráfico. Se palpó el pecho con inquietud, pero allí seguía la cartera; miró ansioso la silla de al lado y recordó que había salido sin su maletín. Tampoco lo necesitaba, pero no sabía ir sin él por la calle; una amiga irónica le había mostrado cómo andaba torcido cuando no lo llevaba colgando de su mano izquierda (la costumbre lo marcaba como un apéndice que prolongara su puño).
Estaba nervioso. Se había citado allí con un antiguo compañero de trabajo al que debía algunos favores. El tipo le había llamado por teléfono la tarde anterior repetidas veces: nueve, para ser exactos. Viendo que no contestaba, le había dejado tres mensajes y uncorreo. De vuelta a la oficina, había comprobado las llamadas y leído la breve misiva de Daniel: le urgía a que se vieran, cuanto antes, porque era muy urgente. Jaime había tenido un sobresalto al ver el nombre del otro; pero le había remitido otro correo citándole a comer en aquel sitio tranquilo (él vivía en un estudio alquilado de la calle Toledo, casi allí mismo), excusándose por su descuido telefónico (el exceso de trabajo atrasado y luego había olvidado devolver las llamadas…se reconocía un desastre en eso)pero no se atrevió a preguntar para qué le quería el otro… (CONT.)
Ella había matado el tiempo intermedio mirando una y otra vez las flamantes vitrinas donde descansaban los libros, amorosamente colocados (por ambos) la tarde anterior. Hubo un momento en que creyó entrever, reflejada contra el vano de una ventana, la silueta de Luis que iba y venía por el corredor oscuro. No podía ser, por lo tanto no prestó atención. Pasada la hora, Marta se presentó en la entrada… las cajas estaban allí, pero habían sido abiertas más de la mitad. El conserje le indicó que acababa de recibir órdenes expresas de que nadie las tocara. Obviamente, ese “nadie” era ella. El impacto de la orden la hizo venirse abajo. Entonces recordó otra de las innumerables conversaciones telefónicas mantenidas con él la semana anterior. Estaba deprimido, con una resaca monumental y la voz pastosa, agradeció las palabras de aliento de la mujer y la definió como “un soplo de aire fresco” en su vida. Así siguió apelándola en otras dos conversaciones más, que tuvieron lugar a la mañana siguiente. Siempre la llamaba él. Ella estaba un tanto harta de lo que en su fuero interno consideraba una intromisión intempestiva en su vida; pero no quería afeárselo porque eso hubiera supuesto una incómoda ruptura y se veía condenada trabajar con él como jefe, los próximos quinientos años… entonces, como temiendo de que Luis pudiera adivinarle el pensamiento, alababa su quehacer de gestor creativo e imparable ¿cambiar de trabajo? Lo pensó muchas veces, pero no se atrevía a abrir y arbitrar ella su propia galería. No estaba la vida para bromas, su hijo todavía no podía independizarse: le estaba costando un esfuerzo ímprobo terminar la ingeniería en la que se embarcó, con tesón y no demasiada capacidad para los estudios. Todas las tardes, a eso de las seis y pico, cuando ya habían entrado algunos gintonics en el hígado de Luis, sonaba el teléfono. A veces no descolgaba el aparato, pero la mayor parte de las ocasiones sí lo hacía, sobre todo cuando en un lapso muy breve acumulaba cinco o seis llamadas perdidas.
-¿Mar, dónde te metes? Farfullaba él en un tono entre cariñoso e irritado.
Le enternecía lo mal que él llevaba su condición de solitario, sus amores frustrados, se sentía abandonado, como un niño pequeño y a la vez, acosado por las mujeres (a las que menospreciaba por ello, aunque se sentía incapaz de no sonreírles, bailarles el agua, salir con ellas, celebrar saraos). Pero, entonces, ¿qué era ella sino un instrumento cómodo, manejable mientras no llegaba otra persona de esas a las que amaba intensamente unos días y luego desaparecían sin dejar rastro?
Marta se había juzgado manipulada por alguien que, como su ex marido la juzgaban tonta, bajo el barniz amable del comentario “es muy buena persona” y luego la exprimían para humillarla y abandonarla cuando despertaba de la sumisión. Le daría una lección. Ante la mirada colérica del ordenanza, abrió una de las cajas y sacó doce catálogos; tomó un par de bolsas para poder trasladarlos. El conserje, sin decir nada, cerró de nuevo la caja con un papel de precinto. Previamente, escribió una nota para Luis: “tu n’as pas accompli notre accord; j’en emporte douze et ne t’ attendrai pas. A bientôt”. No quería que la persona de recepción entendiese nada. Salió a la calle, giró a la izquierda y entró por la puerta de servicio, sin ser vista abrió el despacho y colocó las bolsas en los bajos del armario del material de oficina. Entonces volvió a la calle, eran las 13.55h.
Sólo en los treinta escasos minutos que tardó en llegar a casa (quiso hacer el trayecto a pie, a pesar de la lluvia con viento racheado que le volvía el paraguas) contó nueve llamadas perdidas y siete mensajes. Calentó su comida en el microondas: estaba sola. Su hijo andaba en la facultad, atareado en su proyecto, regresaría hacia las ocho… sentó a comer y sonó el teléfono. Por un minuto, lo dejó pasar, no sabiendo qué hacer, hubiera preferido hablar con Luis el lunes cara a cara. Casi inmediatamente, volvió a sonar. Dejó acabarse la llamada y marcó ella. La voz enronquecida y furiosa, rebosante de ironía, no se hizo de rogar.
-¿Cómo te has atrevido a llevarte los catálogos? ¿Cuántos has cogido?
-Doce, ya te lo digo ahí – le asombró la calma de su propia voz, frente a la agitación del otro.
-¡Pues devuélvelos inmediatamente! Te recuerdo que yo soy el coordinador y comisario de la exposición y tú eres…
-Sé perfectamente lo que eres, lo que soy y lo que de verdad represento – le interrumpió serena, pero muy firme. Hubiera querido una voz normal, pero le salía triste y cansada muy a pesar suyo – y …no te preocupes, no los quiero para nada en absoluto. De hecho, están guardados en el armario de material del despacho, abajo, en dos bolsas de Adidas. Sólo he querido que experimentaras un poco de lo que he sentido yo, cuando he visto las cajas…ahora te dejo, no tengo batería.
Y, sin dejarle tiempo a replicar nada, colgó. El corazón le golpeaba tan fuerte, que jadeaba. Comenzó a notar un eco amargo y aceitoso subiéndole garganta arriba.
Poco a poco la fue arrinconando hasta dejarla inactiva; sin embargo, cada vez que ella intentaba recomponer su maltrecha situación del único modo posible, es decir, saliendo de la actividad, él pregonaba por doquier los grandes logros obtenidos por ella. Eso halagaba su vanidad hasta el punto de impedir cualquier ruptura, incluso cualquier crítica. La situación se fue acrecentando a medida que Marta permanecía gradualmente más y más hundida en la inacción, como testigo impotente. Y culminó la víspera de la inauguración solemne, cuando la imprenta envió los catálogos. En el ejemplar enviado para corregir las pruebas, su nombre aparecía inmediatamente debajo del coordinador, como responsable de una de las tres dimensiones que conformaban el total. Pero, ante la mirada atónita de los ordenanzas fue severamente advertida, con un tono elevado y duro que no admitía réplicas:
-No toques las cajas. Espérame, tengo que salir un momento. Dentro de una hora, sin falta, las abrimos (“las abrimos”).
Marta levanta los ojos del libro que está leyendo y mira un momento hacia la calle. La lluvia cae con fuerza y ha regresado el frío navideño a este viernes primero de marzo. Apenas han dado las cinco de la tarde, pero la oscuridad pone un manto lúgubre al ambiente interior. Ella vuelve la mirada al libro y observa aterrorizada el número de la página: 72. Ha comenzado a leer ese libro (Huída y fin de Joseph Roth) en la madrugada, porque no podía conciliar el sueño. Le ha parecido ameno, interesantísimo por los aspectos nuevos que da a la vida – obra de un escritor tan cercano a ella misma en su desarraigo. Aunque la densidad y cantidad de sus informaciones subliminales y las notas a pie de página han potenciado una lectura muy lenta. Pero no puede recordar nada de lo leído esta tarde; sólo que había recomenzado por la página 13…no recuerda nada de lo que hay en las restantes hasta llegar a la actual, ¿cómo ha podido pasar maquinalmente tantas páginas? Y es que la obsesiona el recuerdo de la conversación telefónica del mediodíamantenida con Luis, solitario, ególatra empedernido, brillante, culto, fatuo y amigo…aunque él sólo se reconoce en el adjetivo antepenúltimo y ella acepta – mal – la situación.
Marta siente una gran opresión en la garganta, similar a la que la ahogó meses atrás, desde la muerte de su padre, un hombre por el que ella sentía verdadera adoración, aun reconociéndose culpable de caer en la cuenta de los defectos del anciano, mucho más de lo necesario, desde los dos últimos años, como una especie de refugio liberador contra el dolor del que no puede desprenderse y permanece agazapado siempre, consumiendo sus espacios libres del día a día. Intenta reproducir las palabras de Luis. Se remonta atrás en el tiempo, al mes de julio, cuando ambos decidieron llevar a cabo una exposición de revistas antiguas, de ésas que todos citan y nadie lee. De las que confiesan el pasado precario de las grandes figuras de la poesía, hoy ignorantes de sus orígenes. Entonces, ella abrigó grandes esperanzas en la tarea colectiva (cont.)