Buenas tardes.
Como vengo de zona tan profunda no saben ustedes lo que me ha costado llegar. Es que a los de las profundidades nos ha llegado tarde el “internete” este. Si hay errores es que hago honor a la “profundidad” pero ya iré aprendiendo.
Para inaugurar el blog voy a presentarme, soy española y a mucha honra, no como otros que reniegan de sus raíces y llaman pilingui a la tierra de sus ancestros.
Si señores de la España Profunda. De la que trabaja, aguanta, va viviendo y empuja al país haciendo patria como puede.
Como dice el cura del pueblo, ya soy señora por edad. Cuando me lo dice me dan unas ganas de soltarle un sopapo pero tiene razón.
Me considero cristiana, pero con cáscara amarga que dice la abuela.
Estos últimos días he estado muy pendiente de poder entrar a charlar con ustedes, saludarles y compartir inquietudes, anhelos y enfados. De esto último quería hablar. De momento y por ser mi primera intervención, no me voy a enfadar con el del blog ese que está tan contento porque le han llevado a su tierra unos papeles de Salamanca, pero les voy a contar una historia verídica que me contó mi vecina, amiga de una señora salmantina. Nos hizo tanta gracia que la expresión se ha quedado en nuestra memoria.
Me van a perdonar la ordinariez final, pero los de España Profunda somos así y cuando leí el blog con la tercera entrega de su recochineo, se me vino a la boca. Qué le vamos a hacer.
Aquí me despido de la buena gente hasta otro día. El cuento es para el otro.
Cuentan que en un pueblo salmantino malvivía un pobre hombre, solitario y sin recursos, poco dotado intelectualmente y vilipendiado por todos que ya se sabe que al perro flaco todo son pulgas. El tal individuo tenía una sola gallina que le daba un huevo diario, el cual constituía la única comida "con fundamento" que podía conseguir. Una noche cerrada, unos desaprensivos entraron en su corral y le robaron la gallina. Eran tiempos de hambre, ya se sabe. Aquel pobre hombre se quedó sin su medio de subsistencia y se sintió desesperado. Como no confiaba en que la gallina hubiera sobrevivido ni que la justicia terrena le ayudara a encontrarla, se acercó hasta la ermita del pueblo, de esas que solo se abren una vez al año para la romería del día del patrón. En ella se guarda la imagen del Cristo del Humilladero al que los lugareños tienen por muy milagrero. El pobre se acercó a la puerta y la encontró cerrada, así que rezó a voces para que la verdadera Justicia le oyera. Todos le oyeron gritar: “Cristo bendito del “Millaero”, que no la puedan cagar”.
Niee, pues eso.