Una mañana ajetreada en la que no ha habido tiempo de leer la prensa, sólo escuchar a Federico un poco sin enterarme bien de lo que decía, pero era sobre la nueva legislación catalana sobre al Lengua y no hace falta saber más, seguro que decía lo mismo que pensamos los que todavía conservamos el sentido común y no somos políticos que comen del pesebre.
Tuve que salir a la carrera a solucionar un papeleo que tengo pendiente sobre cuestiones de atención médica a la abuela, - que está bien, pero no hace más que dar guerra como corresponde a una nonagenaria con hija soltera, que es a la que le toca todo- por eso no pude prestar más atención a la tertulia de la radio y salir pitando dándole vueltas al tema de la inmersión lingüística y los posibles gastos que nos va a originar en un futuro más o menos próximo, a saber:
Los catalanes son peseteros, eso dicen, que yo no tengo esa opinión de ellos, válgame el cielo, pero decirlo lo dicen y por eso se me ocurrió lo que se me ocurrió pensar. Estábamos en que los catalanes son peseteros ¿vale? y los vascos reivindicativos, al menos lo parece porque en cuanto ven una posibilidad se lanzan a reclamar lo suyo y lo que les parece suyo, que a lo mejor no es así, pero esa impresión nos dan a los demás españolitos que no movemos ni pie ni oreja aunque nos mienten a la patria. Quedamos en que cuando hay que pedir, esos colectivos sacan tajada y de qué manera.
Con esas ideas y prejuicios en la cabeza iba servidora a paso ligero esta mañana a hacer unos recados. En las mañanas a mí me da por pensar porque por las tardes la abuela ya me ha puesto la cabeza como un bombo y sólo me quedan fuerzas y neuronas para pedir paciencia, por eso, porque era por la mañana y porque no pude escuchar todo lo que decía Federico, yo me entretenía dándole vueltas en mi loca cabecita a que si la famosa ley de Memoria Histórica permanece por unos años y con ella esa manía de indemnizar a las supuestos perjudicados por anteriores etapas políticas o cualquier desaguisado que pueda ser causa de interpretación "histórica", también vamos a tener que indemnizar a las víctimas de este desgobierno.
Vamos a ver si me explico, que me parece que me estoy liando. Tenía prisa; no pude escuchar entera la tertulia de la COPE; hablaban de la nueva ley sobre inmersión lingüística en Cataluña; iba por la calle pensando sobre el tema que había escuchado pero dándole mí toque personal llegando a una conclusión tendenciosa, partidista y maliciosa.
Y es que van ya una serie de generaciones que no están aprendiendo el idioma castellano porque a unos legisladores nacionalistas, que lo son porque las leyes españolas consienten que lo sean, van y prohíben la enseñanza del idioma nacional, o sea, el español. ¿Qué va a pasar? pues que habrá algún milloncejo de personas nacidas en lo que todavía es España que no aprenderán el español y no podrán moverse con normalidad en el resto del país y parte del extranjero, parte que cada día es más grande porque el español ya es la tercera lengua más hablada en el mundo y en Estados Unidos ya lo chapurrea más de la mitad de la población, o casi, porque los hispanos tienen más niños que los yanquis.
Teniendo en cuenta que a los progres y sus semejantes, aunque hablan fatal de Estados Unidos y su liberalismo económico, en realidad se pirrian por lo norteamericano, cuando viajen por esos mundos y tengan que aprender inglés para desenvolverse porque no conocen un idioma que se habla por ahí y que es el idioma oficial del país en que nacieron ¿qué va a pasar?, ¿No va a ser eso motivo de reivindicaciones?
Ya lo estoy viendo, "víctimas de la inmersión lingüística de los nacionalismos reclaman daños y perjuicios" Porque no saber el idioma castellano habiendo nacido español es de juzgado de guardia se mire por donde se mire, aunque parece que en España juzgados de guardia no hay ninguno, que están entretenidos en cómo convertirse en juzgados estrella-internacional inculpando a los que cazan focas en la Antártida mientras por aquí cuecen habas. ¡Ay! ¡Esta España mía!
Lo que digo, que ahora parece que no aprender el idioma oficial de tu país es un derecho y, dentro de unos años, por no haber tenido el derecho de aprenderlo, vamos a tener que pagar indemnizaciones. Y no sigo con las víctimas de la E.S.O. para no preocuparme más, que acabo de hacer la declaración de la Renta y he visto las retenciones que he tenido y no quiero pensar en las que puedo tener para pagar a tanta víctima y tanto gasto.
¿Exagerada? Tiempo al tiempo, que por cierto, está que no hay quien lo aguante.
Dices, Rajoy, que en la distancia está el olvido, pero yo no concibo esa razón. Mientras seguiré en mis trece y no caeré cautiva de los caprichos de tu corazón.
Supiste esclarecer mis pensamientos y mi voto al cambiar el discurso y la línea Aznar. Aumentaste en mí el sufrimiento después de que no te escuchara hablar con claridad.
Hoy mi playa se viste de amargura, al escucharte que tengo que olvidar y porque quieres que la barca parta hacia otros mares de locura que sólo tú sabes dónde están. Cuida que no naufrague tu "vivir".
No supiste darme la verdad que yo soñé y aún así sigo estando cautiva de la derecha y del PP. Dices que en el olvido está el triunfo y yo no entiendo esa razón si con la antigua línea se consiguió mayoría y con la tuya no.
Ahuyentaste de mí la esperanza desde que te empeñaste en cambiar el PP. Pusiste caras nuevas al partido pero estamos descubriendo que no saben remar.
Ahora que la luz no está alumbrando y yo me siento cansada de votar, piensa que por ti estaré esperando hasta que decidas regresar.
Hoy mi playa se viste de amargura al escucharte decir que he de olvidar. Mi barca ya no quiere ir por mares de locura que se confundan con los modelos que otros quieren imponer.
Rajoy, no estás en la verdad que yo soñé y aumentas mi miedo y mi tristeza porque, aún siendo cautiva de tu corazón, no pienso decirte que te quiero hasta que no me des más esperanza para vivir.
Ahora que la luz no está brillando y hay poco futuro por ganar, piensa que muchos estaremos esperando hasta que tú u otro decida regresar.
Tenía yo pocas ganas de madrugar esta mañana cuando me ha despertado el arrullo de las palomas que coquetean en los tejados aledaños a mi ventana. Desperezándome intento pensar en cómo puedo librarme de ellas mientras abro un ojo y miro la hora. El fastidio por la interrupción del sueño espabila el poco que me quedaba tras los párpados.
Lo primero que hago al levantarme es salir a la terraza a ver cómo está el día. Las madrugadoras y sucias palomas han dejado restos de su presencia y he de limpiarla si quiero desayunar allí sin estar viendo sus "cataplasmas". Limpio, riego las plantas y me peleo con las dichosas aves para que no dejen esas huellas tan desagradables. Espanto su desagradable visita increpándolas con palabras malsonantes propias de un rollizo camionero. Tal comportamiento por mi parte me sobresalta y he de santiguarme porque esa ordinariez no es propia en una señora de mis años, no lo es ni por edad, dignidad ni gobierno, que me las voy dando de "doña" y luego, así, por un quítame de en medio una paloma, se me vienen a la boca lo que oigo por la calle a los desinhibidos jovenzuelos. No puede ser, como el cielo no ponga remedio, servidora va camino de convertirse en algo poco recomendable.
Ni la señal de la cruz ni las buenas intenciones me hacen cambiar el dial, soy de piñón fijo. Mi saltarina mente se sumerge en otras reflexiones impropias de esas horas en que no sé si estoy en mis cabales o si todavía estoy dormida.
Como me he santiguado pidiendo disculpas por haberme puesto a insultar a las criaturitas del Señor en lugar de decir una oración para empezar el día, no se me ocurre otra cosa que empezar a pensar que cómo ha sido posible que se haya llegado a usar la imagen de esa ave como símbolo religioso o de paz. Es que yo veo a esos animalejos sucios, promiscuos y oportunistas. La verdad, no lo entiendo.
Y dándoles vueltas al asunto, lo normal, para mí, es llegar a la conclusión de que las apariencias engañan, así sin desayunar y en un abrir y cerrar de ojos.
Y dándole vueltas a las apariencias, voy y no se me ocurre otra cosa que pensar en los políticos de mis pecaos, la señora madre que los trajo al mundo, que no soy capaz de librarme de la obsesión que tengo con ellos. Es que no sé cómo, pero el mejor ejemplo que se me ha ocurrido ponerme a mí misma para personalizar eso de que las apariencias engañan ha sido pensar en ellos, mira tú por dónde, con lo que hay por todas partes. Digo yo que será la obsesión que me ha entrado por tanto despropósito que tiene una que tragarse todos los días, y es que mucha declaración altisonante, mucha verborrea, mucha dignidad, mucha parafernalia, mucha reverencia, mucho protocolo y saludos de banderas pero en el fondo sólo paja mojada.
Por supuesto que he seguido con mis divagaciones filosóficas buscando ejemplos de personas con altos rangos y sin calidad humana, intelectual o moral. En ese ejercicio me he desahogado asignado unas cuantas lindezas al gobierno, sobre todo a algunos que yo me sé, sin dejar atrás a jefes de autonomías, algún que otro juez, periodistas o altas jerarquías que deberían cuidar el exquisito respeto a la democracia y se la pasan por donde la espalda pierde su honesto nombre.
Y en esas estaba yo mientras pasaba la fregona, cuando se me ha puesto a tiro una aladapecadora gris marengo con irisaciones verdes que pretendía picotearme las petunias, al instante la he asociado - porque le tocaba el turno de improperios en ese momento- al jefazo de un alto grupo de legisladores que hace tres años que, supuestamente, claro está, marean la perdiz porque se lo manda un presidente para que otro chisgarabís no deje de apoyarle y mantenerse en el poder. Así, puesta el ave representativa al alcance del mocho que tenía en las manos, no dudé en soltarle un tarantantán que si la pillo la desplumo. Ciertamente que no lo conseguí, como pasa en nuestro avanzado y moderno país, los de las apariencias no pagan sus culpas, sus incumplimientos, dejación de funciones o sus mangoneos y los españolitos de a pie tenemos que seguir manteniéndolos y pagando sus atropellos.
Después del arrebato contra el animal he dejado a un lado la fregona y las cuestiones filosóficas, me he preparado el desayuno e intento sosegarme contemplando el panorama olvidándome de poner plumas a los señores importantes no sea que me emplumen ellos a mí.
Serían las nueve y cuarto de la noche del viernes cuando me he cruzado con Luis del Olmo por la calle Toro de Salamanca y he tenido que reprimir las ganas de preguntarle que qué opinaba del atentado de esta mañana. Es que no se lo iba a preguntar de buenas maneras, sino en plan de qué han sido de sus encendidas intervenciones contra ETA de hace años, cuando defendía a las víctimas, cuando él mismo estaba amenazado, cuando ponía a Alfonso Guerra a bajar de un burro y a todo el PSOE también. Me hubiera gustado preguntarle el por qué del cambio que ha dado y de lo blandito que se ha vuelto con la corrupción y el terrorismo y por qué saca su mala baba contra el comunicador que le hace sombra. Pero como hace años que no le oigo y no sé si sigue en la línea de hablar mal de la competencia o de desear "accidentes", me he aguantado las ganas.
La verdad es que tampoco su cara invitaba a acercarse ni a saludarle, es que lleva un rictus extraño, una mezcla entre asco y prepotencia que parece que va diciendo "quítate p'allá".
Ni me ha mirado, así que he pasado rozando su rodilla, que es aproximadamente la parte de su anatomía que me llegaba a la altura de los ojos, y he seguido mi camino pensando si tenía que entrar a comprar algo en el antiguo "Simago", que hoy se llama "Carrefour" pero yo lo sigo llamando "Simago" porque me da la gana.
Tampoco tenía yo el talante como para entrar en conversación con gente poco afín a mi admirado Federico, y menos en esos momentos en que me estaba mordiendo un zapato justo en una uña que me "machuqué" el otro día por lista. ¿No lo he contado? pues sí, se me cayó encima de los dedos del pie derecho un objeto pesado y tengo un dedo que parece una morcilla de Burgos. El accidente tendrá como consecuencia que se me caiga alguna de las uñas y en todo el verano no voy a poder pintármelas y lucirlas con las sandalias abiertas, lo que es una tremenda desgracia desde el punto de vista femenino, dicho sea de paso. No, no se me rompió ningún hueso, pero casi, y no cojeo con esa pierna, que ya es lo que me faltaba, que se me estropeara la que tengo decente.
Entre unas cosas y otras estaba contenta servidora, como para andar saludando famosos. Otra vez volvemos a escuchar declaraciones demagógicas y vacías de repulsa del terrorismo y apoyo a las víctimas porque han asesinado vilmente a un hombre y una familia está destrozada; otra vez nos quieren hacer tragar ruedas de molino cuando han estado dialogando, queriendo vender a la ciudadanía que ese diálogo era positivo, que había esperanzas de cambio. ¿Qué cambio? Se veía venir un atentado desde que el PNV perdió las elecciones y han elegido bien su víctima. Estos inútiles creen que con decir palabras grandilocuentes en un momento de dolor puedan salir bien del paso y esperar a ver cómo siguen bailando con los asesinos. Lo malo es que en ese baile son los políticos incompetentes que nos gobiernan los que bailan a son que tocan los nacionalistas salvajes. Y así nos va, de pena.
Otra vez más tenemos que tragarnos el dolor y sufrir esta sensación de impotencia porque ningún partido ni ninguna institución intenta poner orden en este destartalado país. Hoy toca llorar y rezar una vez más y que Dios me perdone por los deseos que tengo hacia los asesinos, sus señoras madres, a los que los apoyan, los que se callan o miran hacia otro lado y a quienes votan partidos o siglas que medran con la sangre y el terror.
Otra vez tenemos seguir luchando para soportar tanta ignominia y tantas palabras huecas. Otra vez manifestaciones y declaraciones. Pasado mañana habrá otras noticias y todo se irá diluyendo hasta la próxima víctima en que todo, otra vez, vuelva a rodar.
Después de casi un mes de abandono y silencio cuesta volver a poner por escrito lo que pasa por este corazoncito y mi femenina mente.
Muchas cosas en el tintero y no sabe una por dónde empezar a contar. He estado ocupada, con la casa sin muebles y a disposición de los últimos obreros que han dejado el suelo como un espejo.
Las amistades no me dejaron ir a un hotel, que sería la libertad que yo hubiera deseado, pero se empeñaron en llevarme con ellos y hubo que transigir, así que he estado en casa ajena. Lo he llevado bien menos estar sin ordenador y tener que consumir las últimas horas de la noche viendo la cadena de televisión que seleccionaba la señora de la casa. No quiero contar los berrinches que me he llevado porque sería como volver a vivirlos, pero un día me invadió una alegría malsana, Dios me perdone. Hacía mucho tiempo que no veía imágenes recientes del presidente porque no me daba la gana de echármelo a los ojos, pues bien, en esas penosas noches de tertulia familiar le vi en las noticias y me sorprendió el deterioro que se observa en su rostro. Está viejo y demacrado y la sonrisa se le ha vuelto una mueca, pobre. Me llevé una maligna satisfacción de la que me confesaré convenientemente cuando se me pase, porque lo que es propósito de la enmienda parece que no tengo.
Por eso de seguir contando cosas podría extenderme en relatar mi pelea particular con la aspiradora y cómo me gana siempre las batallas atascándose en las esquinas, retorciendo el cordón entre mis piernas o negándose a soltar la boquilla que no me sirve y evitando con fuerza poner la nueva, más no me parece de interés cosa tan anodina como escribir sobre la guerra con mi aspiradora.
También podría extenderme en contar cómo pude organizarme un día en que tuve que atender a la abuela, a los antenistas, a los pulidores, a los primos de Madrid y al antiguo alumno, pero lo dejo porque tampoco es que sea demasiado interesante, sólo decir que ese día ha quedado en los anales de mi historia como uno de los más aprovechados y estresantes.
Contaré, así por encima, lo más divertido de estos días: Entró a arreglarme el piso, era grande, más que eso, enorme, daba la impresión de llenarlo todo y era admirable la habilidad con que manejaba su volumen. Con la ropa de faena sudorosa, el pelo blanquecino por el polvo acumulado, se movía con agilidad sorprendente agachándose doblando su humanidad. Yo sufría observando el pantalón colgando inestable por debajo del abultado abdomen y que amenazaba caerse a cada paso. Cada vez que se inclinaba a por las herramientas dejaba ver casi en su totalidad un trasero piel de luna impropia de un hombre de sus años. Temerosa del inminente espectáculo de sus nalgas al aire, le observaba y me divertía seguir sus movimientos en espera del accidente que, sorprendentemente, no ocurría.
El sentido común me instó a dejar de mirar no fuera a descubrir la mirada maliciosa o mi reprimida sonrisa y el buen señor llegara pensar que mi interés por su nacarada piel era otra cosa. Además, la maldad del deseo del pantalón por los suelos era otra cuestión a confesar y sin arrepentimiento, es decir, más leña al fuego del infierno que me espera por malísima.
Esta mañana veraniega con el sol iluminando mis pasos, siento sus rayos rozar mi cuerpo que agradece ese amoroso abrazo, tan pacientemente esperado, de amante díscolo e inconstante, y recibo sus caricias con pasión de enamorada.
Envuelta en ese idilio de ternuras y cariños entre los luminosos rayos y mi piel, avanzo sin ganas hacia el destino acostumbrado. Entro en el pabellón y suspiro rezando pidiendo fuerzas y paciencia mientras enfilo el pasillo con resolución sabiendo que mi presencia es un alivio.
Acabo de decidir que hoy voy a ser buena. Hago el propósito de que mi ánimo no se pierda mientras desfilo entre sombras de locura, dolores inabarcables, cuerpos mustios y esperanzas absurdas. No quiero perderme en impaciencias, no buscaré olvidos o defectos, no seré mordaz con los que visten de blanco ni estaré pendiente de sus fallos. Hoy seré buena y razonable.
Prometo dejar de lado las censuras, no interpretar maliciosamente nada, ni responder a las acometidas del ambiente. Hoy quiero estar tranquila.
No me enfado si el eructo se produce enfrente de mi cara. No me indigno si el ruido o las voces interrumpen mi lectura o mi descanso. No respondo a los empujones que me dan por la calle y, a la vista del excremento de un perro que alguien se ha olvidado en medio de mi camino, no me acuerdo de su madre. Hoy, ya lo he dicho, he decidido estar tranquila. No, no me altero si finaliza el día con nubes y tormenta, me he prometido estar tranquila y yo cumplo mis promesas.
Hoy he viajado con los rayos del sol por un día suave soñando con prados verdes.
Al final del día llueve y el agua lo despide con olor de ozono, frescor y sueño.
Los atardeceres se me han convertido en poesía. Encuentro en ellos momentos para valorar pequeños y elementales detalles que me pasaban desapercibidos. Fuerzo a mis sentidos a reparar en lo que antes no hacían y disfruto con sencillas cosas por el mero hecho de que están a mi lado. Busco espacios diferentes y nuevos, camino lentamente disfrutando del aire que me trae cálidas caricias y ese suave silbido que produce al pasar por los aretes de mis orejas arrullando mi paseo.
En el parque cercano a casa contemplo los árboles plagados de alas, aire y verdes, me dejo mecer por el aroma de los tilos y que se despierten los sueños.
Entre gente ociosa y alboroto de juegos infantiles, encuentro acomodo en un banco buscando entretener mis pensamientos hasta que los agonizantes rayos solares dejen de iluminar los senderos.
Es esa escasa hora en que cada día intento reconciliarme con mi vida, me esfuerzo en compaginar lo que perciben mis sentidos con los pensamientos y sensaciones que me invaden. Es el momento de hacerme confidencias, hablarme de lo que soy o debo hacer, de disfrutar el momento y la vida que tengo por el hecho de tenerla, de agradecer al cielo su protección y enviar mentalmente mi afecto a quien lo quiera recoger entre las brisas que vienen y van.
Es una tarde en que la temperatura me permite sentarme a disfrutar del entorno vegetal y del bullicio ciudadano, medito que en lugar de buscar compañía siempre deseo la soledad para encontrarme, mirar en mi interior y saborear demasiadas melancolías. Se me antoja que debo "vivir" más y "pensar" menos.
En estas reflexiones entretenía el crepúsculo hasta que noté que mis músculos no estaban demasiado conformes y se acabó la poesía. Les presté atención para descubrir su disgusto y reparé que el banco en que me aposentaba era demasiado duro y bajo, un banco metálico de diseño pseudo modernista con patas demasiado rechonchas para que esté cómodo un cuerpo maduro. "A ver cómo me levanto de aquí sin hacer el ridículo", pensé rompiendo el hilo de lo que antes me entretenía. La incomodidad del asiento me ha sacado de mis filosofías personales y toda mi atención se agolpa en que mi cuerpo protesta. Las posaderas no son, que están bien amuebladas, es la espalda la que no encuentra descanso y en la cintura noto una presión desagradable. Es el pantalón reciclado, que debería tener algo más de holgura en la cintura. La cinturilla del pantalón y su correspondiente botón me han cambiado bruscamente de estar inmersa en pensamientos, emociones y sensaciones a notar la incomodidad de una ropa y un asiento.
Con cierto disgusto, porque se ha roto el encanto del descanso, anoto mentalmente otro inconveniente de llevar una talla estrecha a la vez que, disimuladamente y no sin cierta alarma porque la escasa altura del banco fuerza mi postura, palpo la parte posterior de la cintura del pantalón para confirmar que todo esté en orden y que no se me ve ni el comienzo de la "Y".
Me levanto, añorando la agilidad de otros años, y me encamino a casa divirtiéndome en darle vueltas a la idea de que la riqueza de la filosofía griega pueda deberse a que tenían la oportunidad de disfrutar del aire libre paseando por jardines o plazas y sus ropas eras holgadas y no tenían botones. Cerca de casa, al reflejarme en el cristal de la farmacia, me miro, me sonrío y me digo: estás como una cabra.
Lleva muerto cinco años y hoy le echo de menos. Nos parecía que no había distancia entre nuestras almas y, sin embargo, entre ambas cabían mil mundos. No había nada en común salvo, aparentemente, el gusto por la honradez, la justicia y la verdad, poco más.
Sus ojos se perdían en otros paisajes y yo no podía mirar más lejos de una ventana. Su vida consistía en conseguir éxito y admiración, mientras, yo me envolvía en servidumbres y causas perdidas. Nunca me hubiera amado porque no era el ideal que buscaba a su lado y nunca pensé en amarle porque sus causas no eran las mías.
Hoy, su recuerdo asalta mi memoria y aparece un sentimiento desconocido al descubrir parte de su obra, un pequeño cuento. Un corto escrito que he encontrado entre los papeles que reviso para ordenar un poco mi destarlalada casa.
Después de mucho tiempo, años de distancia y silencio, me reencuentro con su obra y despiertan viejas historias, anhelos y desilusiones. Sé que su obra no es él, que lo que en ella se describe no es real, que es un ejercicio artístico que buscaba la gloria y que no debo dejarme impresionar por la imaginación. A pesar de ello, dejo que me invada la nostalgia y que mi alma se impregne de sucesos no vividos, ilusiones no cumplidas que me descubren un sentimiento escondido y sin control.
Es extraño, de pronto me estoy enamorando de un muerto, un recuerdo, un fantasma. Siento que me invade una nube de locura absurda y que estoy alimentándola morbosamente.
Hoy, mirando por otra ventana sin cristales, con el olor húmedo que me llega siento el dolor de su muerte, prematura y trágica, como si quisiera hacerme llegar la soledad y el frío de su tumba.
He de salvarme de esta agonía de saberlo muerto, de no haber conseguido su mirada en mi mirada. He de librarme de la locura que me invade en un día gris en que todo a mi alrededor se vuelve triste, vacío y desesperanzado.
No puedo ceder a la espiral de melancolía que me invita al abandono y a la tristeza. Doblo las hojas y empapo el papel con lágrimas y alcohol y, desde la barandilla de mi nuevo balcón, prendo fuego a su recuerdo, sus palabras, el retazo que guardaba de su vida. Le veo convertirse en pavesas que el aire se lleva con mi oración.
Inmediatamente levanto mis ojos al cielo y la belleza de la luz que se filtra entre las nubes de tormenta, el aire limpio, el silencio y el sentido común me invitan a dar la espalda, entrar en casa y seguir mirando detrás de la ventana.
Al anochecer, camino de casa, percibo un agradable olor a celindas que me trae un eco de tardes felices y románticas. Presto atención a los sonidos del tráfico, las voces de los niños, el murmullo de las conversaciones y me siento bien, estoy en un entorno conocido y protector, me envuelve un manto de seguridad, me siento parte de la tribu, en casa.
Esa sensación hace que preste atención a mis vecinos en la parada. Algunas caras son harto conocidas, coincidimos con frecuencia pero no nos saludamos ni sabemos unos de otros aunque yo ya tengo elaborada la historia de cada cual. Me doy cuenta de la indiferencia que demostramos a pesar de que, probablemente, todos tenemos curiosidad por saber quiénes somos y algo de nuestra vida. Imagino lo que pueden pensar de mí, me ven salir del hospital por lo que es normal que me adjudiquen una profesión relacionada con el edificio. Yo también deduzco sus vidas de pequeños detalles, gestos, retazos de conversaciones, anatomía, el lugar que suelen ocupar.
Me siento bien entre ellos a pesar de no tener un contacto amistoso, no puedo brindarles una caricia, ni un abrazo, ni siquiera me atrevo a cruzar un breve comentario.
Siento la necesidad de tocar y de que me toquen. Me doy cuenta de que hace dos semanas que no veo a mis amigas y que a las únicas personas que toco son la abuela y sus compañeros de fatigas. Se me hace raro que no haya echado de menos tener cerca otra piel, otro calor que no sea el de los que habitan el hospital. Cierro los ojos y entro dentro de mí buscando respuestas pero no es el momento, respiro profundo y ya no llega el olor dulzón de las celindas pero sí el estrépito de los pájaros que llenan los árboles para pasar la noche. Subo al autobús y, al agarrarme a una barra para no perder el equilibrio ante la inesperada arrancada del vehículo, mi mano toca la de otra persona y su contacto me agrada. En otra ocasión no hubiera sido así, que servidora es muy territorial, pero hoy me gusta sentir ese calor de otra piel y no retiro la mano, ella tampoco lo hace y así avanzamos con el traqueteo del transporte sintiéndome cogida en un leve abrazo de sensaciones. Enseguida me asalta la chispa del humor pensando en lo fácil que se presta ese leve roce para sacar punta a la situación. No me atrevo a girar el rostro y enterarme del aspecto de la dueña de la mano, menos me atrevo a buscar su mirada, no vaya a pensar que estoy intentando una zerolada. Desplazo mi mano lo suficiente para que mi piel no roce la suya y se acaba todo. Suspiro silenciosamente para evitar que se me agolpen un torbellino de ideas, sonrisas, soledades o morriñas, y vuelco forzadamente mi atención a otra cuestión que se me ha quedado prendida en la retina, el exótico conductor.
El ambiente crepuscular, el dulce olor floral, recuerdos o deseos reprimidos y el calor de una mano extraña han hecho emerger a la superficie de mi piel una necesidad casi olvidada. La chispa del humor o la tendencia al prejuicio me han hecho temer que surgiera un mal entendido. No me preocupa que alguien pudiera imaginar lo que no era, no sé por qué he roto el encanto que me envolvía en un entorno tan anodino, posiblemente porque mis ensoñaciones buscaran un epílogo más apetecible o que inconscientemente prefiriera otra piel, el caso es que todo ese rato servidora no ha dejado de mirar al guapo negrazo que conducía el autobús.
Al descender del vehículo envuelta en ensoñaciones inconfesables, el aire fresco de la noche espabila mis sentidos y troto hacia casa riéndome porque todavía siento, deseo y vivo.
He vuelto a verle, al desconocido de la sonrisa. Estaba yo en la farmacia que hay al lado de casa y él ha pasado por delante, lo que me ha permitido observarle desde detrás de los cristales con tranquilidad y escudriñar su rostro buscando algún dato reconocible. Nada, no recuerdo haber hablado con él en la vida y vete tú a saber por qué me regaló aquella sonrisa tan cordial. Volvió a desaparecer calle arriba sin que mi memoria pueda descubrir en qué rincón puede habitar algún átomo del pasado que me lo recuerde.
El caso es que al volver a verle se despertaron en mí sensaciones olvidadas. Ajusté la camiseta, enderecé la espalda y levanté el mentón, creo que hasta logré crecer un par de centímetros. Cada vez que me acuerdo de esa reacción me río como una tonta, sobre todo teniendo en cuenta para qué estaba yo en la farmacia.
Estaba en la farmacia para satisfacer otra curiosidad y es que, con esta etapa ajetreada y nebulosa que estoy atravesando, las comidas que hago son de lo más anárquicas y me parecía que estaba adelgazando. Vana ilusión, la báscula modernísima dice que no he crecido y que sigo clavada en los sesenta kilos.
No, si no me importa pesar sesenta kilos porque ya estoy en una edad en que lo que importa es la salud, qué otra cosa merece más la pena, pero es que podían estar mejor repartidos y no distribuirse en plan triángulo isósceles, nada arriba y todo abajo. Las señoras me comprenderán.
Y, como todo hay que explicarlo, tengo que contar que me gustaría tener un poco menos de contorno y poder ponerme unos vaqueros antiguos que quería reciclar.
De camino a casa, veinte metros mal contados, he llegado a la determinación de que lo mejor era mandar la báscula a hacer puñetas y sentirme divina, Los pantalones son de tela elástica y me los he puesto. Casi no pudo respirar pero ¿quién por un gustazo no lleva un cantazo?.
En cuanto me vea la abuela me pone la autoestima en su sitio.