Lucrecio
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Última anotación

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Es hora de decir adiós. Sin motivo. Salvo, quizá, un agotamiento físico que me puede. Y un desconcierto moral y político que cada vez esquivo más difícilmente. Ha sido casi un año. Las gentes que pasaron por aquí estuvieron muy por encima de mis manifiestos límites. Les agradezco a todos lo mucho aprendido. Lucrecio seguirá dejando sus artículos en la Libertad Digital. La bitácora se cierra. Un abrazo muy fuerte a todos.

Cataluña: urnas desiertas

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Una barrera cada vez más impermeable separa a la casta política de la ciudadanía. Se fue blindando en toda Europa a lo largo del último tercio del siglo XX. Hasta llegar a esto de hoy que, en España, toma dimensiones de caricatura.  Las reglas del juego son perversas pero claras: yo, ciudadano, os pago un sueldo desmedido, aun a sabiendas de que es todavía más desmedida vuestra incompetencia; a cambio, os conformáis con eso y me dejáis en paz. Es un acuerdo ficticio, por supuesto. Porque el político acaba por imponer siempre, en mayor o menor medida, su interés sin más límite que el que pudiera oponerle una resistencia ciudadana, por desgracia, cada vez más leve. Queda la última trinchera de la resistencia pasiva: la abstención electoral. Es un espectro que avanza en las sociedades europeas. Y que aquí, entre nosotros, parece ya el último refugio para el ciudadano desvalido.

Más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña han juzgado a sus políticos lo bastante locos como para ya ni querer saber de su existencia. Y han desertado de las urnas. Pero la casta política es inmune a moral o ridículo. Y la humillante bofetada la deja indiferente. Menos de un tercio del electorado catalán decidió ayer violar la Constitución vigente y hacer saltar por los aires la nación española. Lo escalofriante es que la infinita mayoría que componen los ciudadanos españoles acepte resignadamente guardar silencio. Y rumie su resignación frente a una casta fuera de control ahora, como siempre lo estuvo fuera de decencia.

Tiempos difíciles

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Para obtener la paz, sólo hace falta rendirse. A eso se reduce todo. A eso se redujo siempre. Aquí y en todas partes. ¿Vale la pena combatir para ser libre? ¿O es mejor ser apaciblemente esclavo? Rajoy vaciló durante meses. Hoy fue claro. Aguardan tiempos malos. Pero es mejor mirar al mal de frente.

El disparate africano

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El disparate africano. Oleadas de gentes que huyen. Y un gobierno español que afirma querer ejercer como suplencia de los inexistentes Estados del África Negra. Pero eso tiene un nombre. De onerosa tradición. Colonialismo. Y un arquetipo, la Bélgica del rey Leopoldo, exterminando a todo indígena que se cruzara en sus designios. Y un monumento literario: El corazón de las tinieblas. Conrad hace, allí, que su mitológico Kurz dé todas sus ilusiones ilustradas por cerradas en una sola certeza: "¡El horror!" El horror. Ahora.

¡Amamos tanto a Mister Chance...!

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Una vez más, lo mismo. Uno de los dos habla como un adolescente en el umbral de la debilidad mental. El otro, sencillamente, habla como un adulto. No hay diálogo posible. Pero, ¿se puede dialogar acaso cuando un border line ocupa la Presidencia de un país moderno? ¿Se puede dialogar con una mente que no rige, que no rige, al menos, a la manera del común de los humanos adultos?

La película se llama Bienvenido Mr. Chance. Peter Sellers hizo en ella la interpretación memorable de un sonriente subnormal que accede la Presidencia de los Estados Unidos. Quienes no la hayan visto, no tienen más que rastrearla en Internet o en su videoclub favorito. Es hoy bibliografía imprescindible para entender el horror del debate de hoy. El horror de lo que viene. El horror de que a la gente le encante tener un gobernante del cual uno pueda pensar que es aún más tonto que uno mismo. (¡Y uno se sabe siempre tan humillantemente tonto! ¡Salvo los tontos, claro!)

Puig, carné entre los dientes

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Lo grave no es –con serlo–, que el señor Puig invadiera por la fuerza un domicilio privado. Ni siquiera lo es –y lo es, sin embargo, mucho– que el señor Puig fuera, al realizar su asalto, un diputado electo. Lo peor es que, además de Meyba y prodigiosos michelines, el señor Puig cargara, entre los dientes, con su carné de diputado; que hiciera de él barrera de impunidad; que la Guardia Civil se le cuadrara, incluso. Sin eso, el señor Puig sería sólo un asaltador domiciliario más: como esos que en estos días asolan, nos dicen, la Cataluña de la impotente señorita Tura. Pero ese carné entre los dientes, esa arrogancia en hacer de un cargo electo sinecura para cuanto le pete, trueca un delito privado en atentado contra la ciudadanía. Y al señor Puig en diputado indigno.

Sobre la paz

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Sobre la paz


"“Si hay que llamar paz a la esclavitud, la barbarie y la soledad, nada hay más miserable que la paz para los hombres”.

"Un cuerpo político en el que la paz depende de la inercia de los sujetos que lo han conducido como un rebaño formado sólo para la esclavitud, merece más propiamente el nombre de soledad que el de cuerpo político".


Baruch de Spinoza

Nacional-socialismo en Cataluña

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Campaña electoral del PSC para el referéndum del 28 de junio:


El PP usará tu no contra Cataluña.


No es ni siquiera electoral su lógica. Los expertos en sociología electoral recomiendan no citar al adversario: eso lo magnifica y lo hace más peligroso. Pero aquí se trata precisamente de esto: de hacerlo aparecer como el peligro, como el monstruo que amenaza a la madre patria, la figura demoníaca en combate contra la cual debe forjarse el ángel cuyo destino es salvar a Cataluña.

No, no es electoralista. Ni es nuevo. Carl Schmitt lo fijó como clave política del nacional-socialismo, en su manifiesto programático del año 1932. No hay más identidad nacional que la que se suelda ante la amenaza de un agresor mitológico:

“El enemigo no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo… Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo”.

Hitler se limitó a aplicarlo. Dio resultado.

Estupidez o nazismo

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La estupidez. Más fuerte y más pesada que cosa alguna. Construyendo su plácido lenguaje de evidencias. La estupidez. O el fiscal general aseverando que es la función de un  fiscal jefe velar para que la Audiencia Nacional sea, “en el proceso de paz, el hilo conductor de las decisiones de los españoles, expresadas a través de la Ley”. Pero las decisiones políticas de una nación constituida las toma el poder legislativo. Y las aplica el ejecutivo. Y la justicia sólo lo es si se ajusta a una blindada independencia, tanto respecto del uno como del otro. “Es necesario que, por la fuerza de las cosas, el poder se contraponga al poder”, escribe Montesquieu en un pasaje imprescriptible. Una justicia que sea hilo conductor del Parlamento, no es justicia. Ni un parlamento o un gobierno que persigan tal cosa son parlamento ni gobierno constitucionales. Axioma garantista básico, con ya más de dos siglos: “Un régimen que no garantiza la autonomía y contraposición de poderes no posee constitución”.

La estupidez. Lo más terrible de todo es que, muy probablemente, Conde Pumpido ni siquiera sabe que lo que ha formulado es, en su literalidad, el postulado jurídico básico de la Alemania nazi: el Führer crea derecho; jueces y fiscales son tan sólo sus hilos conductores.

De un dolor estatalizado

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Nada tiene quizá consecuencias más graves, en las sociedades modernas, que la atribución que se arrogue lo público para intervenir en el ámbito de lo privado. De esa potestad han nacido todas las tiranías en los últimos dos siglos. En sus formas más odiosas: del estalinismo al nazismo, de Castro a los Khmer Rojos, de Jomeini a Hasán IIº.

El Gobierno español instituyó una figura administrativa para el comisariado político de quienes vieron truncadas vidas o cuerpos de los suyos por el terrorismo. Estatalizó –trató de hacerlo, al menos– lo más íntimo: el dolor. La obscenidad del intento de golpe de Estado en esa esfera de lo privado que fue escenificada este fin de semana en la asamblea de la AVT consuma eso. En fracaso, de momento. Pero es la tentación de haberlo planificado lo que escalofría. Volverá a suceder. Es la lógica del tiempo en que vivimos.