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14 de Abril de 2010 - 13:57:32 - Víctor Gago
Apreciado lector: no fui capaz de tratar como se merece este hermoso libro en el último programa de LD Libros, debido a mi torpeza para glosar su calidad artística en 3 minutos y 10 segundos de reseña. Le ruego que acepte mis disculpas y considere esta entrada como una humilde prueba de resarcimiento al libro y a Usted.
Cuatro hermanas, de Jetta Carleton. Novela. Traducción de María Teresa Gispert. 412 páginas. Libros del Asteroide, 2010.

El título original de esta novela publicada en 1962 es Moonflowers vine, algo así como "Enredadera de flores de luna". Si le han puesto Cuatro hermanas a la edición española, supongo que será porque la traducción literal les habrá parecido ñoña. Sospecho que el editor deseaba evitar que el lector confundiese esta agridulce historia de una familia rural de Misuri con una novela de Bárbara Cartland o de Isabel Allende. La alternativa escogida, sin embargo, tiene dos inconvenientes: sortea la cursilería para abrazar la insignificancia y, lo más grave, prescinde de una imagen clave, que expresa la delicada estructura de la novela como una enredadera cuyos personajes van abriéndose y cerrándose, hablando y callando, iluminándose unos a otros; como esa especie floral, la Ibomea alba, que se abre al anochecer y aparece en el título original.
La historia de Cuatro hermanas es la de una familia de un pueblo granjero de Misuri, en el corazón de Estados Unidos, entre finales del siglo XIX y los primeros años de la década de 1950. Familia conformada por Mathew, el padre, Callie, la madre, y las cuatro hijas: Leonie (la mayor), Jessica, Mathy y Mary Jo. El relato arranca un verano de principios de los años 50, con los protagonistas disfrutando de la tradición de reunirse y pasar juntos unos días de vacaciones en la granja familiar, a las afueras de Renfro. Mathew y Callie tienen más de 70 años y viven solos, enteramente dedicados a la prosperidad doméstica: la tierra, el ganado, la casa. La voz que nos habla es la de Mary Jo, la menor de las hermanas, 29 años. Vive en Nueva York, trabaja en una agencia de publicidad, tiene un MG rojo, descapotable, y, al igual que a sus hermanas, se le ocurren muchas maneras mejores de pasar las vacaciones que volver a casa, comer hasta reventar, cuidar de las gallinas, pelar manzanas, bañarse en el arroyo, ir a los oficios religiosos y ser tratada como una niña por su madre. La acompañan Leonie y su hijo Soames, recién alistado en la Fuerza Aérea y a punto de embarcarse hacia la Guerra de Corea, una decisión que ha contrariado la ilusión de su madre de que llegue a ser un barítono famoso; está, además, Jessica, la soñadora, resignada a una "vida corriente de mujer de mediana edad". De Mathy, la hermana rebelde, sabemos escuetamente que falleció.
He aquí una familia rural americana, una de tantas. Padres tradicionalistas y abnegados, hijos complacientes y comprensivos aunque dispersos por los afanes, el recuerdo de una herida. Una familia unida por el amor de sus integrantes y la Fe de sus padres. Las labores del campo, el conocimiento de la naturaleza, la rutina doméstica marcada por el ritmo de las estaciones, los salmos al Dios providente y misericordioso... Todo lo que se repite, todo lo que gira, se oculta y vuelve en la ceremonia de dar vida funciona en esta novela como suelo fértil para el amor de estos personajes. La naturaleza y sus ofrendas tejen una robusta enredadera que une a los miembros de la familia. Aunque les da pereza hacer la maleta cada verano para regresar a la granja, una vez allí, las hermanas suspenden el tiempo y dejan de ser fragmentos dispersos para ser vida vuelta a nacer, belleza, unidad recobrada. Como esa enredadera cuyos capullos se abren una noche al año, los personajes de esta familia florecen con su propia gota de rocío, su vida propia, en una parra frondosa de fuertes raíces. En esta novela de delicada estructura vegetal, la naturaleza se manifiesta como un milagro que maravilla y sana.
Cada capítulo está dedicado a un miembro de la familia. Si en el primero hemos visto la floración de la enredadera en la noche, en los capítulos siguientes observaremos detenidamente cada flor con su propio secreto, su gota de rocío. Cambian la voz y el punto de vista. Ya no es Mary Jo quien nos habla. Ahora la historia fluye a través de una voz impersonal que va cambiando de punto de vista. El tiempo avanza y retrocede: saltamos de 1950 a 1896, para conocer al joven Mathew, luego a 1910, 1930, 1950, y, de nuevo, a 1930. La estructura de la novela representa esa enredadera pegada al tiempo que florece en el crepúsculo de la vida, y lo hace sólo para sanar. Son muchas, y profundas, las heridas que esta naturaleza nos va desvelando. Seres queridos que mueren, infidelidades, desamores, contradicciones, sueños malogrados, crisis de fe, pasiones inconfesables... Cada flor de la noche lleva dentro su gota de sufrimiento o de culpa. La más hermosa de todas, la imaginativa e inquieta Mathy, siempre leyendo a Shakespeare, siempre subiendo a los árboles de noche, huida por amor con un aviador acrobático, es también la que entrega su vida, la que se consume en el mundo por puro amor.
Una voz impersonal, externa a los personajes pero que mira a través de sus ojos, es la mejor consejera para no juzgarles. En esta novela, los vemos engañar y engañarse, sufrir y dañar, sentir deseo y culpa al mismo tiempo, sin que la voz que nos cuenta la historia caiga en la vulgaridad de censurarles o compadecerles. Tal vez por eso resulta tan conmovedora: porque la luz del amor que brilla en cada una de las flores blancas de la enredadera de esta granja familiar sólo se cumple enteramente en las sombras de la noche.
"Amo tu mundo", le dice Callie al buen Dios, al contemplar uno de sus regalos en la naturaleza, una garza blanca entre la luz verde de los sauces. La naturaleza, en esta novela, es la cuarta o la quinta hermana, y también el vehículo y el lenguaje fundamental que usa el amor para redimir. Lo que nos dice este relato de delicada estructura y compleja unidad vegetal es que, sea cual sea nuestro secreto doloroso o culpable, Dios nos ama y lo manifiesta en los pequeños dones naturales: la familia, la belleza, el perdón, las flores...
La señora Jetta Carleton sólo publicó esta novela. Nació en Holden, Misuri, en 1913 y falleció en 1999. Como en todo arte verdadero, hay un origen personal inequívoco en Moonflowers vine. También la señora Carleton se crió en una granja junto a sus hermanas mayores. Estudió Literatura y ejerció como profesora durante algún tiempo. Al igual que Mary Jo, la hermana pequeña de esta novela, se mudó a la Costa Este de los Estados Unidos y se dedicó a la publicidad. La novela se publicó en 1962 y se convirtió, rápidamente, en un éxito editorial. Su editor, el señor Robert Gottlieb, célebre director literario de Knopf, dijo: "De los cientos de novelas que he editado, Moonflowers vine es realmente la única que he releído en varias ocasiones desde su publicación y, cada vez que la leo, me emociona tanto como la primera vez".
Lector: le recomiendo encarecidamente esta novela, sencilla sólo en apariencia, llena de dolor y belleza, que le hará comprender un poco mejor la contradictoria intimidad del corazón humano y le transformará en una persona más sabia y mejor.