Richard Sennett y los artesanos
22 de Marzo de 2009 - 21:25:41 - Víctor Gago
Hola. Estoy leyendo
El artesano, del Sr.
Richard Sennett (Anagrama, 2009). Su tema es el vínculo ético entre el individuo y el trabajo; o, para ser precisos, entre individuo y oficio, un vínculo más estrecho y complejo. Oficio: destreza técnica dentro de una tradición; aptitud y fidelidad; el genio individual sometido a leyes antiguas, no verbales, evolutivas. Pura artesania. O también, orden espontáneo, tal y como lo contempla
Hayek: un tipo específico de convivencia en el que el conocimiento está disperso, nadie lo domina en su totalidad y, sin embargo, todos se sirven del conocimiento de los demás.
A Sennett, esto último le da repelús. Él está pensando en el concepto pre-capitalista de oficio. Su ideal es el artesano omnisciente, dueño de todos los resortes de su producto. Está pensando en el telar y la alfarería. En la forja, el minifundio, la apicultura ecológica. Cosas así. Incluso cuando piensa en el científico, ve a cada uno como un depósito salvífico de los de su especie, el arca del conocimiento. A Sennett no le gusta que estas élites tan reconcentradas dependan del popularcho. Siente pavor a que su conocimiento se desparrame, en sentido evangélico, ya saben, aquello de que quien no siembra, desparrama. ¿O era, más bien, "quien no recoge, desparrama"?
Sennett es un nostálgico del Antiguo Régimen, aunque dé clases en la London Economics y se le identifique como el sociólogo de la
Tercera Vía entre el capitalismo y el socialismo. A su juicio, el capitalismo lleva en su naturaleza la destrucción del vínculo ético entre el individuo y el oficio. Es inevitable que, dentro de nuestra forma de vida -dice Sennett-, el hombre acabe desentendiéndose del resultado de su trabajo. Deja de mimarlo, como hace el artesano de la época áurea. Ser un mero engranaje en la división del trabajo conduce a una sociedad de tipos alienados, drogatas, psicópatas y frikies de toda laya. También lleva a una pérdida del orgullo por el trabajo bien hecho.

Aquí está la clave, en el orgullo. Cree que la nuestra es una sociedad de productos basura, en la que las ensaladas ya no saben a ensaladas, como antes, el café es puro aguachirle, la ciencia es sólo ciencia aplicada al I+D y hasta
La Creación de
Haydn suena a pachanga. Y todo, ¿por qué? Porque se ha perdido el orgullo por lo bien hecho.
Sin embargo, Sennett pasa por alto un pequeño detalle que derrumba a plomo el edificio de su mullida nostalgia: la gente nunca ha vivido mejor que ahora. Nunca ha sido tan higiénica, ni ha gozado de tanta salud, ni ha comido tan bien, ni ha vivido en casas tan confortables, ni ha tenido a su alcance tanta instrucción como ahora, bajo el capitalismo supuestamente "disolvente" del orgullo artesanal.
Sennett es un hacha trabajando con esta clase de conceptos: orgullo, bondad, tradición, oficio. Sennett le ha dado hondura lírica y potencia épica al materialismo de toda la vida. Es curioso: Sennett aparece como el consuelo de las élites prescriptoras de la Opinión y de las políticas públicas, cada vez que el capitalismo, dicen, entra en crisis. Su anterior éxito,
La corrosión del carácter, sobre cómo el "nuevo capitalismo" del empleo inestable y precario supuestamente afecta a la psique individual, apareció, si mal no recuerdo, en pleno
crash bursátil de las
punto com, allá por 2000. Es un fiera, este Sennett, para detectar los fantasmas populares y explotarlos muy hábilmente con su nostalgia por los paraísos perdidos. Todo un artesano, este Sennett.
Me pasa con él lo que a
Orson Welles con la tele y los cacahuetes; que detestaba una y otros, pero no podía dejar de ver la televisión, como tampoco de comer
manises, como los llamamos en Canary Islands. En fin, os dejo un pequeño fragmento de
El artesano, para que lo comentéis, si os peta. Nosotros lo haremos, D.m. en uno de los próximos pogramas.
(...) el orgullo por el trabajo también plantea su propio e importante problema ético, que se ejemplifica en los creadores de la bomba atómica. Se habían sentido orgullosos de hacer algo que, una vez acabado el trabajo, produjo gran zozobra a muchos de ellos. El poder de seducción del trabajo los había conducido, al modo de Pandora, a hacer el mal. Estos científicos, que se aferraban al orgullo absoluto del trabajo mismo, como Edward Teller, el planificador de las bombas de hidrógeno que derivaron del proyecto de Los Álamos, tendían a la negación de Pandora.
En el otro extremo del espectro estaban los firmantes del manifiesto Russell-Einstein de 1955, documento que constituyó el punto de partida de las Conferencias de Pugwash a favor del control de las armas nucleares. Dice el manifiesto: "Los hombres que más saben son los más apesadumbrados".
El pragmatismo carece de una buena solución para el problema ético que plantea el orgullo del trabajo propio, pero dispone de un correctivo parcial, que consiste en llamar la atención sobre la conexión entre medios y fines. El creador de la bomba habría podido preguntar durante su fabricación: ¿cuál es el poder mínimo que debe tener la bomba que produciremos?
Esto es efectivamente lo que preguntaron científicos como Joseph Rotblat, por lo que muchos colegas los acusaron de perturbadores, o incluso de desleales. La intención del pragmatismo es enfatizar el valor de la indagación ética durante el proceso de trabajo, en oposición a la ética "ex post facto", investigación que comienza tras la consumación de los hechos.