Mentiras ejemplares
4 de Abril de 2009 - 11:26:31 - Víctor Gago
Hola. El folleto sobre la mentira política, de
J. Swift y
J. Arbuthnot, se publicó en 1712. Adopta la forma de un anuncio dirigido a los suscriptores de una editorial. Se les promete "un tratado ciertamente curioso" sobre
El arte de la mentira política, en dos volúmenes, al precio de catorce chelines por la obra completa, pagaderos en siete chelines a la recepción del primer volumen, antes del Día de San Hilario, y los restantes siete cuando reciban el segundo, sin fecha comprometida. El folleto, por supuesto, no lleva firma. Hablamos de un prospecto publicitario. Se presenta como un resumen de la obra prometida, animando a suscribirla porque, además de sus cualidades, llevará impresos los nombres y domicilios de los sucriptores y se obsequiará con un séptimo ejemplar a quien adquiera seis.
Todo mentira, claro. Una broma corrosiva, como las que acostumbraban a perpetrar estos maestros de la sátira política.
No hay ni habrá tal "tratado ciertamente curioso" sobre
El arte de la mentira política. Swift y Arbuthnot saben que la esencia del "arte de la mentira política" es la construcción de verosimilitud. No basta con fantasear, al modo de
Juanita la Fantástica. Swift y Arbuthnot distinguen cuidadosamente la "falsedad saludable" que se administra al pueblo, por el bien de éste, de "lo maravilloso", es decir "todo aquello que traspasa los niveles habituales de lo verosímil". Hay que ir con cuidado, nos dicen, a la hora propagar mitos que espantan e infunden terror, no sea que el pueblo "acabe acostumbrándose a ellos" y dejen de servir para mantener a raya a las masas. Una alegoría de esta variedad de "lo maravilloso" la encontramos en
Cortina de humo, en la que un asesor se inventa una guerra en Albania para liberar al presidente de los Estados Unidos de la presión de un impeachment por perjurio, al haber negado su escarceo sexual con una becaria. En este ejemplo, "lo maravilloso" es una solución de emergencia para una mentira política inverosímil y, por lo tanto, defectuosa, que amenaza los intereses del gobernante.
Es curioso observar cómo políticos y escritores comparten obsesión por la verosimilitud. Lo que Swift y Arbuthnot hacen, al remitir a un libro inexistente del que dan todo tipo de detalles, no es más que seguir el camino abierto por
Cervantes con la técnica del manuscrito encontrado. Desde entonces, el escritor no ha dejado de preocuparse por la verosimilitud de sus mentiras. Siempre hay un libro inexistente que sostiene una historia prodigiosa. Los ejemplos de verosimilitud que prefiero, además de El Quijote, por supuesto, son
Tristam Shandy,
Los viajes de Gulliver,
Sartor Resartus,
Del asesinato considerado como una de las bellas artes y, muy particularmente,
Pálido fuego, en el que un
Nabokov en estado de gracia compone toda una novela a partir de los comentarios que un profesor de literatura interpola en un soneto inexistente pero real en el mundo autónomo de la ficción; tan real, que el propio Nabokov da un paso más y no se limita sólo a una recensión del manuscrito encontrado (en este caso, un soneto), como hacen
Thomas Carlyle en su
Sartor Resartus o los propios Swift/Arbuthnot en este tratado sobre la mentira política, sino que muestra el soneto completo.
¿No hace lo propio el buen Príncipe? ¿No hace, de la mentira "saludable", por el bien del pueblo, un arte de lo verosímil?
Ese arte, ¿es cada día más virtuoso o más chapucero? ¿Evoluciona parejo a la calidad de la literatura? ¿Cómo lo ven Ustedes? ¿Mienten mejor o peor nuestros políticos? ¿Inventan mejor o peor nuestros escritores?
Se atribuye la redacción del folleto
a Arbuthnot, pero el hecho es que es Swift
quien ha pasado a la historia como su autor: otra demostración de las enormes posibilidades de "la mentira por traslación", aquella que "transfiere el mérito de una buena acción de un hombre a otro poseedor de cualidades superiores".
De utilidad para estadistas y poetas épicos:
(...) cuando se atribuye a alguien algo que no le pertenece, debe elaborarse la mentira de modo que ese algo no sea directamente contrario u opuesto a las cualidades conocidas de la persona: por ejemplo, no conviene decir que el Rey de Francia asistió a una asamblea de Protestantes o que, siguiendo el ejemplo de la Reina Isabel, restituyó a sus súbditos lo que sobró de los impuestos. Tampoco se hará creer que el Emperador adelanta dos meses de paga a sus tropas, ni que los Holandeses pagan más de lo que establece su cuota-parte. No se dirá que una misma persona defiende al mismo tiempo el mantener en pie de guerra un ejército y la libertad pública; ni que un Ateo defiende los intereses de la Iglesia o que el libertino vela por las costumbres, ni pondrá como ejemplo de moderación al exaltado, al loco, al aturdido o al descerebrado. Pero si resultara absolutamente necesario atribuir a alguien determinadas cualidades accesorias y buenas, y conferirle así méritos de los que carece, el Autor nos enseña a no dárselas de entrada in extremo gradu. Por ejemplo, si se trata de un avaro al que pretendéis hacer pasar por generoso, no deis a entender que podría dar a bote pronto cinco mil libras (...)
(El arte de la mentira política, traducción de Francisco Ochoa de Michelena, Sequitur, 2006)