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3 de Diciembre de 2009 - 14:27:25 - Víctor Gago
Vasili Grossman y Vesko Branev. Dos puntos de vista sobre la realidad soviética. Dos miradas sobre la violencia totalitaria.
De un Grossman (1905-1964) anterior a la caída del caballo, es decir, anterior a Vida y destino y Todo fluye, nos llega Años de guerra (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2009), sus crónicas del frente bielorruso para el Estrella Roja (1942-45) más la propina de una novelita, El pueblo es inmortal, ortodoxa exponente del arte de propaganda.
A Vesko Branev (Sofía, 1932), periodista búlgaro afincado en Quebec, lo descubro por El hombre vigilado (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2009), una memoria de su sufrimiento como enemigo del pueblo bajo la dictadura comunista. El dosier de la policía política búlgara sobre Branev tenía 800 folios. Su crimen fue decir no a una oferta de reclutamiento del KGB durante una estancia de estudios en el Berlín oriental, en 1957. Pasó al lado libre (entonces, aún no se había erigido el Muro) y, cuando regresó bajo promesas del embajador búlgaro de que no habría represalias y podría seguir con sus estudios de cine, lo detuvieron, torturaron, repatriaron a Bulgaria y su vida se la tragó el Estado durante quince largos años. Por medio del relato kafkiano de los servicios secretos, va descubriendo su propia vida: qué fue de Vesko Branev, quién fue Vesko Branev mientras fue invisible para los demás, visible sólo para el poder que lo vigilaba día y noche.
Grossman y Branev. Dos discursos sobre la violencia política. Uno la glorifica y el otro da testimonio de su crueldad. Tan humano el uno como el otro. La elección de uno u otro discurso tiene mucho que ver con pequeños accidentes personales. El paso de uno a otro discurso, también. Eso es lo que nos enseñan estos dos libros.
Si Grossman no hubiese sido un periodista superdotado (ya quisiéramos hoy tratar los detalles, lo físico, los pequeños hechos significativos, con la morosidad artesana con que Grossman modela con ellos retratos del alma y episodios históricos. ¿No era eso el periodismo?) , probablemente, el Estado no se habría fijado en él como un instrumento más para la guerra.
Si Branev hubiera aceptado la oferta del KGB en vez de rechazarla y pasar a Berlín Occidental, seguramente no habría sufrido la violencia del poder, sino que la habría infligido a otros.
En ambos casos, hay extrañeza y fascinación ante la fuerza bruta del Estado. Grossman y Branev no se limitan a mirar para otro lado, como la mayoría de la gente. Observan la violencia, la ven siempre nueva y su objetividad la vuelve grotesca, además de cruel. Tarde o temprano, una inteligencia de calidad acaba comprendiendo lo que sucede y deserta, se pasa al otro lado, abre los ojos, se cae del caballo, lo denuncia, como le ocurrió a Grossman y le ha ocurrido a tantos intelectuales ex comunistas. Creo que el Estado ha llegado a comprender este mecanismo por el cual mitificar su propia fuerza es peligroso y hoy la ejerce con discreción, confundida con la libertad: el sistema de vigilancia Sitel en la era de Facebook y Twitter, donde todo el mundo vuelve su vida transparente, es casi una red social más.
La dictadura soft o dictadura perfecta no amenaza, integra en el consenso. El disidente no está en la red del acuerdo, no tiene amigos en Facebook ni followers en Twitter salvo cuatro o cinco frikies como él. De hecho, la palabra "disidente" ha desaparecido del habla. El consenso se extiende sobre todos los aspectos de la vida como una ameba de terciopelo. El Gobierno y la Oposición tienen que alcanzar un acuerdo. Empresarios y sindicatos deben ponerse de acuerdo. El "todos" y "todas" invade las campañas de publicidad institucional sobre esto y aquello. Cuando una mujer sufre, sufren todas las mujeres. Cuando un cluster nacionalista está airado, lo están todos los catalanes, vascos, canarios, gallegos o valencianos. No hay "vida de los otros" en la edad de los realities y la Red 2.0. No hay dioses, no hay tabúes sexuales. No hay sueños. No hay misterio, sólo vida transparente y Estado reflector.
Jamás imaginé que un día el poder público llegaría a anexionarse el espacio más profundo y más íntimo del ser humano (...) como cuando en tiempos de guerra se requisa una casa con su dormitorio, las sábanas y las mantas e incluso el orinal debajo de la cama.
Hoy en día la extrañeza de Branev ante la crueldad del totalitarismo es inconcebible ante la crueldad de los variados consensos colectivistas. Hoy nadie osaría decir, al modo de Branev: "Jamás imaginé que podría plegar toda mi vida a las prescripciones sobre el cambio climático, el aborto, el sexo, la dieta o la ideología de género".
Cuando Grossman describe a esa anciana, Biriukova, que pasa la noche en vela junto al granero donde se guarda la cosecha de trigo, armada sólo con un mango de sartén, para impedir que "los sudores de sangre de mis hijas" durante la cosecha se pierdan por la rapiña de los alemanes, nuestro cronista del Estrella Roja está enalteciendo un sistema en el que las mujeres han sido reducidas a esclavas en el campo y las fábricas, mientras los hombres son esclavizados para la guerra. La idílica vida de los koljoses matriarcales y las crudas imágenes de la batalla de Stalingrado que nos presenta Grossman componen la lógica de la violencia en una dictadura explícita y feroz: la esclavitud justifica el sufrimiento y exterminio del pueblo; la esclavitud es el premio a los sacrificios de la guerra. ¿No es, acaso, la lógica perversa de la dictadura castrista para mantener a raya, mediante el chantaje moral, a los cubanos? Se les dice: el bloqueo americano explica vuestra esclavitud, la cual, a su vez, es el premio a vuestro heróico sacrificio.
Grotesco, sí. Pero no más que esa escena surrealista en la que Branev, recién llegado a la RDA como estudiante búlgaro de la Escuela de Cine, es invitado a dar una conferencia sobre la Revolución de Octubre en un centro juvenil del Partido Comunista de la RDA cuyo público está formado exclusivamente por ancianos, en un clásico choque de lenguaje y realidad típico de los regímenes comunistas. Branev no habla una palabra de alemán, pero sí francés, al igual que su amigo Wolfgang (el mismo que luego informará sobre Branev al KGB para que intenten reclutarle). Branev acuerda exponer su conferencia en francés y Wolfgang irá traduciendo al alemán.
Cuando llega la hora, el joven Branev apenas ha escrito dos frases. Un arranque escrupulosamente estereotipado, es decir, rigurosamente falso y estúpidamente grandilocuente:
Señoras y señores: ¿les sorprende que un búlgaro hable sobre la Revolución rusa en francés ante un público alemán? No, porque la Revolución de octubre es la fiesta de todos los pueblos y se celebra en todas las lenguas.
Branev es incapaz de seguir por la senda del cliché propagandista y decide improvisar. Lee la primera frase. Arranca una ovación de los ancianos del club juvenil. A partir de ahí, incapaz de decir un solo tópico más, le dice a Wolfgang (en francés) que va a recitar versos de Paul Valery, y le pide que él los traduzca al alemán como quiera.
Branev: Vierte en un puro cristal un oro aleonado y azucarado, enciende un fuego, sueña un dulce sueño y huye del mundo...
Wolfgang: La industria pesada... millones de toneladas de acero, ... señoras y señores... Un bosque de pozos de petróleo...
El Público: ¡Bravo!
Branev: Cierra tu puerta a toda amante, morena o rubia, abre un libro dedicado al puro éxtasis...
Wolfgang: Millones, miles de millones de torrentes de fueloil, combates heróicos, una potencia militar, señoras y señores...
Branev: Acaricia a tu viejo gato y contempla el cielo en sus ojos, verdes espejos del rosado crepúsculo...
Wolfgang: Una "salva de eslóganes".
Público: Calurosa ovación.
Branev estaba descubriendo, con esta travesura juvenil, un poderoso mecanismo de la violencia totalitaria: su capacidad de imponer un único significado a todas las palabras. Da igual lo que piense el individuo, si el poder es capaz de traducirlo al idioma oficial.
Grossman, por su parte, se comporta en sus crónicas de guerra al servicio del Estado soviético, como un artesano que busca un lenguaje sincero que demuestre la realización del ideal. Es un propagandista convencido: cree en la bondad del Estado revolucionario y sale a la realidad en busca de signos de confirmación.
Grossman y Branev, dos aproximaciones a la violencia del Estado contra el invididuo. Léanse, si es posible, simultáneamente, como dos caras del mismo rostro humano, demasiado humano.
En fin, me gusta la línea que está llevando Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg al rescatar y presentar al lector español a autores que dan testimonio del horror del totalitarismo comunista: Humphrey Slater, Vasili Grossman, Vesko Branev... Ojalá estos libros caigan en las manos de esa joven dirigente de IU, Esther López Barceló, que dijo al diario El País que "fue una tristeza que cayera" el Muro, "el único reducto que quedaba de posibilidad de luchar por un socialismo".