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Catedrales

Carmen Pulín
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Cuenca recibe con un día otoñal y un cielo plomizo a los asistentes a la presentación del libro La luz y el misterio de las catedrales españolas. Su autor, José María Pérez, saluda a los invitados a la entrada de  la catedral conquense. Entrar en el templo es como pasar a otro mundo: suena la música de uno de los magníficos órganos de la catedral y, aunque fuera el cielo está gris y el día es oscuro, en el interior, la luz, que penetra por una de las modernas vidrieras del templo, baña el templo con un tono dorado. La sensación es impresionante. Es algo similar a lo que, durante siglos, han debido de experimentar millones de personas al entrar en una de estas maravillas de la Humanidad: las catedrales.

 

La capilla donde tiene lugar la presentación es una de las más bellas del templo: la Capilla Honda, donde asisten a misa a diario los canónigos de la catedral. Su artesonado, como nos explica don Miguel Ángel Albares, canónigo mayor, es una maravilla del siglo XVI, en roble, armado sin un solo clavo y magníficamente conservado. La capilla es baja y permite que podamos apreciar mejor el detalle del artesonado. Eso bastaría para distraernos del propósito para el que habíamos venido, pero la presentación que el autor hace de su libro está tan llena de interés y entusiasmo que pronto olvidamos dónde estamos y nos centramos en la historia que nos cuenta. Una historia que no es sólo la de un libro, sino también la de uno de los mayores tesoros de España: nuestras catedrales. 

 

El nombre de José María Pérez tal vez les diga poco, pero si añadimos que se trata del conocido dibujante Peridis seguro que la cosa cambia. Tal vez algunos conozcan su faceta de divulgador del arte y la historia de España en la interesantísima serie de TVE Las claves del románico, pero más desconocida es su labor al frente de la Fundación Santa María la Real, que promueve la restauración, conservación y divulgación de nuestro patrimonio, especialmente del arte románico. Es esta faceta de divulgador, amante y defensor del patrimonio y, por supuesto, su formación como arquitecto, la que hace que tanto la presentación del libro como su lectura resulten tan interesantes y amenas. 

 

La historia de La luz y el misterio de las catedrales es bien curiosa: a raíz del éxito de su serie sobre el románico, nos cuenta el autor, no fueron pocos los que se acercaron a él pidiéndole que continuara su relato allí donde lo había dejado, que prosiguiera narrando las claves del gótico, del Renacimiento, del Barroco. De esa idea han nacido una serie para TVE sobre las catedrales españolas y este libro, que no es ni mucho menos una mera transcripción de los episodios de la serie, sino algo complementario e independiente.

 

En la obra, José María Pérez selecciona siete de nuestras catedrales. Como toda selección, agradará a unos, desconcertará a otros y dejará a no pocos insatisfechos: por qué esas siete y no otras, cómo es posible dejar fuera de un libro sobre catedrales españolas a las de Sevilla, Toledo o León, se preguntarán. El autor explica su elección: había que centrarse en un número limitado, y cada una de las elegidas lo ha sido por un buen motivo: las de Jaca y Santiago, por ser de las primeras; la de Lérida, por su desacralización; la de Burgos, por su fama y belleza; Barcelona, porque es una de las más transitadas y por su integración en la vida urbana; Oviedo, por ser la más "literaria" y, finalmente, Cuenca, escenario de la presentación, por ser una gran desconocida.

Indudablemente ninguna sobra, aunque cada cual tenga sus predilectas y deseara que hubieran sido otras las elegidas.

 

¿Por qué las catedrales? Porque, para Peridis, son uno de los mayores logros de la historia de la arquitectura. Dos revoluciones son las que, en su opinión, han cambiado radicalmente las construcciones humanas a lo largo de los siglos: el paso del románico al gótico y el de la construcción en piedra al acero. Es el primero de ellos el que centra su buena parte de su presentación. Nos explica, así, lo que él denomina el "principio de relatividad en la arquitectura". El paso de la bóveda de cañón a la de crucería y del arco de medio punto al apuntado, en el tránsito del románico al gótico, descubre un mundo nuevo de posibilidades: ya no son necesarios esos muros enormes, esas paredes de piedra, para sostener el edificio. Los edificios ganan altura, esbeltez; las paredes se abren, aparecen las vidrieras: lo que antes era piedra, materia, se convierte en luz y en aire. Como en la fórmula de la relatividad, en la catedral gótica se relacionan materia y energía, piedra y luz. 

 

Es esa luz de la que nos habla el título del libro, la luz de las catedrales. Luz divina, que consigue elevar a los fieles, alejándolos, siquiera temporalmente, del mundo material para llevarlos al espiritual. La catedral es casa de Dios, ámbito para la trascendencia, nos recuerda el autor. Algo bello, grandioso, perfecto, pero que no es ni pálida sombra de la gloria y belleza de la Divinidad.

 

Ese afán de perfección, de honrar a Dios en una obra que estuviera por encima de cualquier otra construcción, refleja también la luz humana. "Vosotros sois luz del mundo" (Mt 5,14), dijo Jesús a sus discípulos, cita Peridis, y esa luz es imposible de ocultar. Las catedrales son impresionante muestra física de la fe, del amor a Dios, que lleva artistas y artesanos a dar lo mejor de sí, a ofrecer lo mejor de su capacidad al servicio de una obra destinada a ser testimonio de la grandeza divina, pero también de la pericia y habilidad humanas, del poder de reyes y señores. “En una catedral no hay chapuzas”, nos dice el autor. Y ese afán, esa perfección manual, son algo que se ha perdido con el paso de los siglos, al menos a la escala en la que existían en la época de las grandes catedrales. 

 

Y he ahí parte del misterio de las catedrales: cómo es posible que con medios y herramientas que, para el siglo XXI resultan incluso rudimentarios, se hayan solventado problemas técnicos como los que se ponen de manifiesto al examinar detalladamente los procesos de construcción de estos edificios en sus labores de restauración. Impresionantes e ingeniosas soluciones y, sobre todo, un virtuosismo y afán de perfección  casi increíbles. Las catedrales son, no lo olvidemos, de los pocas construcciones que siguen sirviendo al propósito para el que fueron construidas. Se sigue celebrando el culto en la mayoría de ellas (la de Lérida, por ejemplo, es una excepción), y que hayan resistido el paso de siglos, guerras, catástrofes y saqueos, se debe en buena parte a la solidez y perfección de su construcción.

 

Por eso las catedrales son un tesoro, no una carga, una rémora de tiempos pasados que arrastramos y a la que debemos destinar fondos ingentes. Su conservación es vital, es un legado, un regalo que debemos conservar para nosotros y para generaciones futuras. No sólo por motivos artísticos o religiosos: las catedrales son testimonio de nuestra historia. Una catedral se construía por muchos propósitos, el principal de ellos religioso, sí, pero también eran reflejo del poder temporal de quienes ordenaban su construcción, de la riqueza y pujanza de las ciudades (la catedral es una construcción eminentemente urbana) frente al campo, de la libertad de la que disfrutaban sus habitantes y del poder y la importancia de sus gremios. Eran (y son) motivo de orgullo para el pueblo, que se ufanaba de la grandeza y belleza de su seo frente a las de otras ciudades.

 

En una época sin televisión, radio, sin los entretenimientos a los que estamos tan habituados, sin las imágenes de todo el mundo que nos inundan a cada momento, imaginemos lo que sentiría un campesino al entrar en una de estas catedrales. Se sentiría abrumado, inundado de sensaciones, entusiasmado. “Las catedrales eran como el cine o los estadios de la época,” -nos dice José María Pérez-, “el espectáculo máximo, un lugar donde al entrar los visitantes se trasladaban a otro muy distinto. La ciudad que tenía la mejor catedral, la más grande, era como el equipo que juega en Primera.”

 

Son este tipo de comentarios, simpáticos y amenos, los que hicieron de la presentación de La luz y el misterio de las catedrales algo tan especial. Sin duda, Peridis conoce el arte y la historia pero es, ante todo, un narrador. En vez de viñetas dibujadas, en este libro emplea viñetas escritas: cada capítulo, dedicado a una catedral, está a su vez dividido en pequeñas viñetas, episodios en los que se nos narran las vicisitudes de la construcción de estos edificios, las leyendas que pueblan su historia, anécdotas personales del autor...No falta ni el reciente robo del Codex Calixtinus ni las restauraciones a las que muchas catedrales se han visto sometidas en los últimos tiempos. 

 

José María Pérez, Peridis, ama nuestro patrimonio y desea transmitir ese mismo amor e interés a los lectores, quiere conseguir que sientan que el patrimonio cultural y artístico español no es algo reservado únicamente a una élite, a una minoría ilustrada conocedora del arte y de la historia. Todos somos capaces de apreciar la belleza y todos podemos disfrutar de una experiencia personal y única al visitar una catedral. Indudablemente, conocer la historia que hay detrás de estas maravillas nos hará disfrutar aún más de ellas. Por eso nace este libro, no como una obra erudita o un libro de referencia, sino, simplemente (y no es poco), como un libro breve, ameno e interesantísmo que anime a la gente a acercarse a las catedrales, a entrar en ellas, no con temor o con el hastío que produce la obligada visita cultural, sino con la misma ilusión con la que hace siglos entraban en ellas hombres y mujeres, sabedores de que lo que allí iban a contemplar no tenía igual en el mundo.

 

 

LA LUZ Y EL MISTERIO DE LAS CATEDRALES. José María Pérez, Peridis. Espasa Libros (Barcelona), 2012. 232 páginas.

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comentarios
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1 EspeMall, día

Pa'l saco.
Por paisanía y afición quiero saber q dice de la Seu de Mallorca y el resto las catedrales góticas.
Muy buena reseña, Carmen

2 pato90, día

Me alegra que una maravilla como la de Cuenca, a la que alguna vez habrá que reconstruir el Giraldo, o sea la torre que perdió, figure en esta lista. La verdad es que sorprende el Cuenca el contraste entre la antigüedad y las vidrieras de grandes artistas modernos.

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