«Nadie se baña dos veces en el mismo río», decía Heráclito. La realidad siempre es cambiante, siempre fluctúa. Se puede estar de acuerdo con alguien en una cosa y en desacuerdo en otra con la misma persona. En cambio, la derecha cabezona conservadora y no digamos casi toda la Izquierda es extremadamente sectaria, ven la vida sólo por un agujero, cuando hoy más que nunca es imprescindible, para poder sobrevivir ideológicamente, mantener una mirada mucho más abierta y dispersa hacia todos lados. En especial, el sectarismo de la Izquierda en la cuestión palestina es tan cerrado sobre sí mismo que en su paroxismo ideológico llega incluso a poner en duda el genocidio judío, o a minimizarlo. O entra en contradicciones e incoherencias tan flagrantes como querer prohibir los crucifijos (de los que hablaremos también más adelante) y tolerar el hiyab al mismo tiempo.
Volviendo –para ir concluyendo ya con este prolongado razonamiento– a “Tierra Santa”: no se puede estar siempre hasta el último aliento a favor, exclusivamente, de la causa palestina, o viceversa, a favor de la causa judía. El hecho de que las personas, por nuestra constitución ideológica particular (nuestro ADN ideológico), tengamos una simpatía natural hacia un lado u otro, no debe luego atarnos de pies y manos a la hora de enfrentarnos a otro tipo de problemáticas más transversales como la del uso del velo islámico en nuestras sociedades occidentales.
Por eso la Derecha, en general, –ya digo que en contra de lo que siempre se ha creído de ella–, es mucho más flexible y voluble (como lo es también la realidad y lo son las personas) a la hora de juzgar con justicia (valga la redundancia) estas situaciones delicadas, mientras que la Izquierda es tozuda e inflexible como el niño, o, mejor aún, el pre-adolescente aquél a quien sus padres le han advertido que «no debe dejar entrar en casa a nadie que no sea de la familia», y cuando alguien conocido, pero “no de la familia, de los que viven bajo el mismo techo” (un tío suyo o el abuelo) llama a la puerta, lo retiene ahí en el umbral sin dejarle entrar, cumpliendo así con el mandato (= la ideología) hasta sus últimas consecuencias, ante la sorpresa del familiar quien, comprendiendo que al niño le falta todavía un hervor, no se siente molesto y espera, divertido, a que por fin le permitan pasar. Al intentar explicarle al muchacho que no debe dejar en la puerta al abuelo, aunque no viva con ellos en casa, sus padres confían en que por fin lo habrá entendido, pero enseguida se dan cuenta de que no, cuando unos días más tarde les mete en la cocina, mientras están todos comiendo, a un señor desconocido que vende enciclopedias. Pues bien, la Izquierda es un poco así también: o no llega o se pasa de frenada.
Evidentemente somos conscientes de que aquél no es más que un niño y que como tal habrá que perdonarle su falta de madurez y en definitiva tener paciencia (ya madurará). Pero a quien no se lo podemos perdonar es al actual inquilino de La Moncloa, ya que resulta intolerable que alguien que esté ocupando el puesto de Presidente del Gobierno tenga la misma actitud infantil que la de ese niño, o la del niño de las hormigas, o el mismo comportamiento pusilánime del labriego de Esopo, y que sea incapaz además (él, su Gobierno y todo su aparato mediático) de comprender que la moraleja de la fábula no hay que tomársela al pie de la letra, como hacía el niño que siempre cumplía punto por punto con las prescripciones de sus padres, es decir, que la fábula no necesariamente nos está conminando al infanticidio generalizado ni a meter en una cárcel de adultos a un niño asesino de 12 años de edad, pero sí en un Centro de Menores, específico para él, adaptado a sus peculiaridades, casi diríamos que ergonómico, flexible, porque la realidad también lo es, con características propias de su edad, en donde por supuesto deberá tener a su disposición todo el equipo de psicólogos y psiquiatras que se estime conveniente, pero en donde la duración de la pena se corresponderá con la gravedad de los delitos cometidos, y que en los casos más horribles que todos tenemos en mente no puede ser de menos de diez años, porque eso es humillar a las víctimas hasta extremos insoportables.
No obstante, más que en prolongar en varias décadas la reclusión obligada y permanente del menor, o en rebajar la edad penal –que también, aunque en ningún caso iba a ser ésta la solución del problema, ni muchísimo menos–, habría que insistir mucho más en la educación de los valores tradicionales fundados en una ética mucho más universal, que, en principio, no deberían estar reñidos con los de la moral particular de las religiones, pero que a veces sí que lo están, y otras en cambio curiosamente coinciden, pero para oponerse las dos juntas, codo con codo, de forma irreflexiva e irresponsable (desde nuestro punto de vista), a la hora de descongestionar un problema tan necesitado de soluciones prácticas como es éste de la violencia entre menores. Y así, el laicismo y la Izquierda en general, por una parte, que beben ambos de las fuentes del buenismo roussoniano y, por otra, el cristianismo que lo hace del buenismo evangélico, a veces no saben cómo hacer frente al problema concreto que plantean unos adolescentes de –pongamos por caso (uno que por cierto es real)– 17 y de 16 años que mataron a un niño de 10 metiéndole la cabeza y ahogándolo en la cisterna de un wáter, y todo por negarse a hacerles una felación. Sólo les cayeron 5 y 2 años. Este crimen, –pero también la escasa pena que les cayó a estos dos “sujetos”– es algo abominablemente repugnante e intolerable.
Estos son los “detalles”, los matices a los que ya antes me refería al hablar del «niño que susurraba a las hormigas» o de este otro que deja a su abuelo en el umbral de su casa, sin dejarle entrar, porque está convencido de que así “está cumpliendo” con la “orden” (= el lastre de la ideología) que le han impuesto sus padres de no dejar entrar a “nadie que no sea de la familia” (igual de absurdo que si tomamos como dogma la actual Ley del Menor que impide que los menores de edad en España puedan estar internos durante más de ocho años). Como aquél no entiende todavía nada de las excepciones ni de los detalles o matices que ofrece la realidad, no le deja entrar a su abuelo, mientras que otras veces, lo interpreta justo al revés (por su innata veleidad e inmadurez) y lo que hace es dejar entrar a todo el mundo (un vendedor de enciclopedias, por ejemplo). Es eso también lo que continuamente hace la Izquierda buenista: como su ideología sectaria le insta a que los menores de 18 años no pueden ir a la cárcel como un adulto, se encierra en esa idea y, sin ella pretenderlo, comete injusticia por partida doble: primero contra la víctima y segundo contra el verdugo.
Es posible que a más de uno le hayan resultado inapropiados, o fuera de contexto, o ridículos, o incluso hasta ofensivos los ejemplos que hemos aportado sobre “el niño de las hormigas” o este último del “niño-portero”, para explicar con ellos la veleidad antojadiza típica de la Izquierda, que a lo mejor han podido ser mal interpretados por alguien, que los ha visto como una imagen grotesca de lo que nosotros, sin ánimus iniuriandi, creemos, con humildad, que puede representar fielmente el genuino “pensamiento” de la Izquierda. Pero piensen los supuestamente ofendidos que igualmente habrá también personas del otro bando a quienes les pueda pasar lo mismo, cuando por ejemplo la Izquierda se regodea propalando ciertas noticias sobre recientes estudios científicos que parecen indicarnos que el cerebro humano es el “culpable” de generar la noción y la necesidad de Dios, así como la de una religión que lo sustente. Dichas noticias, supuestamente avaladas por un rigor científico acrisolado, pueden sentar igual de mal que nuestras anteriores observaciones y comparaciones antropológicas entre la mente de un imberbe de 11 años y una persona de Izquierdas. «Si los cristianos se ofenden por eso es porque no quieren saber la verdad», –dirá la Izquierda científica–. De acuerdo, de acuerdo,… yo lo único que digo es que donde las dan las toman. En cualquier caso, y por lo que a nosotros nos toca, pedimos sinceras disculpas a todas aquellas personas que se hayan podido sentir molestas por el binomio “niño-hormigas, niño-portero” - pensamiento de Izquierdas, porque –insistimos– no ha habido por nuestra parte ninguna malévola intención, ni de burlarnos ni de hacer cruel escarnio de nadie.
Muy al contrario, también a nosotros –siguiendo la estela de estos científicos que de alguna manera siguen a su vez la de Descartes, quien buscaba y creyó encontrar en el bulbo raquídeo la localización exacta del alma humana, y procediendo nosotros igual que aquéllos, que con denuedo y sin descanso rastrean por nuestras neuronas y dendritas la clave que nos ayude a entender el que sin duda es uno de los mayores misterios del ser humano, tan importante, (si no más), como descubrir la vacuna contra el cáncer o el origen del universo: por qué el cerebro del hombre busca a Dios– nos mueve el mismo interés que a esos científicos, quienes, aunque sus conclusiones puedan importunar a los cristianos, no buscan, ni mucho menos ¿verdad?, la burla y la mofa descarnada, sino tan sólo ese noble deseo de alcanzar la sabiduría y descubrir los misterios de la vida a través del rigor científico. Es más: escasas nos parecen las ayudas y subvenciones dadas para estos estudios de la que yo ya llamo «escatología cerebral». Se equivocan los creyentes y cristianos en general si piensan que lo único que buscan estos estudiosos es burlarse de la religión (¡pero qué mal pensados!) Nada de eso hay: tan sólo les mueve la luz de la Ciencia y de la Razón. Confiemos en que esa misma luz les ilumine por las estrechas y oscuras angosturas capilares del cerebro por las que sin duda habrán de moverse –en particular, yo he estado siempre muy intrigado por saber cuál fue exactamente la neurona que creó a San José–.
Por todo ello les deseamos muchísima suerte en sus investigaciones; estaremos muy pendientes de sus progresos; pediremos también a Berzosa, el decano de la Complutense, que nos deje algún recinto de la Universidad para encerrarnos en protesta por la escasez de subvenciones que el Gobierno concede a estos sabios investigadores de esta importantísima nueva rama del saber, –¡qué digo!, Ciencia–, llamada «escatología cerebral». ¡Quién sabe, si a lo mejor, gracias a nuestras reivindicaciones, consiguen el nobel de Medicina! (miren a Obama). Ya veo los titulares de las revistas especializadas: «Científicos “escatológicos cerebrales” sorprenden a Dios y a la Virgen María juntos en el tálamo… del cerebro», titular que seguro haría las delicias de los lectores del diario Público, y al lado una micro-fotografía aumentada un millón de veces en la que se pudiera ver a la pareja divina estupefacta y con la boca abierta, ante la inopinada presencia de los científicos y reporteros gráficos allí acreditados, y con un comentario a pie de foto que dijera: «“La verdad es que no os esperábamos tan pronto”, acertó a decir la Virgen». Y en páginas interiores de la revista: – «“Señora, para la cadena Tv.Secta: ¿se conoce ya el paradero del Espíritu Santo”?, preguntó un intrépido micro-reportero». –«“Por aquí anda, sí”, respondió atónita la Virgen». – «¿Y San José? Tengo un amigo que está muy interesado …» – «“Ni está ni se le espera”», le cortó Dios con aspereza, celoso de que los periodistas estuvieran más interesados por el P.P. (el Padre Putativo) de su Jesús, que por Él Todopoderoso.
Es lógico –hablando ya en serio– que este tipo de noticias, igual que aquella otra protagonizada por el “cantante” Javier Krahe, que elaboró una receta de cocina sobre “cómo cocinar un Cristo”, causen malestar entre los creyentes. Yo lo entiendo, porque es evidente que lo único que se pretende es provocar a la Iglesia y burlarse despiadadamente de los creyentes. Pero creo que sería un error llevar a juicio a los responsables de este tipo de actos tan estúpidos y descerebrados, sobre todo, si lo que buscan no es otra cosa que zaherir –si bien, he de reconocer que lo de cocinar al Cristo tiene su punto de gracia (aunque menos mal que no les dio por poner al horno al Niñito Jesús en tamaño natural con una suculenta guarnición de patatas; en fin, mejor no darles ideas). Al denunciarlos, lo único que se consigue es convertirlos –¡qué contrasentido!– en mártires ateos. Y mayor error sería aún el ir nosotros de mártires. Casi diría que me desconciertan más los casos como el de los “científicos escatológicos cerebrales” del diario Público que el del “Cristo al horno” de Krahe o el de Carod Rovira y Maragall burlándose de la corona de espinas de Cristo. En cualquier caso, y aunque duela, hay que tomárselo con sentido del humor y no hacer asunto, porque ¿acaso se enfadarían Vds. con su hijo de siete u ocho años, si en la procesión de Viernes Santo, –y esto es algo que sucedió realmente–, delante del Cristo yaciente, y en medio del respetuoso silencio de los fieles asistentes, al niño se le ocurriera decir en voz alta: –¡Mira, papá, Cristo la ha “palmao”!...? ¿Comprenden ahora mejor mi postura tolerante con Krahe?... Hay cosas que los «niños» no pueden entender todavía.
JALEPÁ TA KALÁ (Las cosas difíciles son hermosas).