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Enviado a las 20/08/2010 18:18:44
A propósito de "El Reloj de la Historia" del profesor don Francisco Rodríguez Adrados. QUINTA PARTE.

4.- La Libertad y su fiel compañera de viaje, la Igualdad.

Volviendo al s. XIX hay que decir que, evidentemente, los cambios surgidos de las sociedades liberales favorecieron a todos, las mejoras sanitarias y sociales fueron incontestables e irían aún mejorando todavía más, muy lentamente, a lo largo del siglo XIX y del XX. Pues bien, el factor que habría de catalizar todos estos cambios fue, sin ningún género de dudas, la Libertad, la que, igual que la Esperanza en la caja de Pandora, estuvo demasiado tiempo retenida a la espera de ser liberada, acontecimiento que tuvo lugar en 1789, cuando del interior de esa “caja de los truenos” que fue la Revolución Francesa, saltaron junto con Aquella muchos de los males que ahora mismo andan a sus anchas por el universo interplanetario de la Pajín, males que desde el principio fueron liderados por el marxismo y por “todas sus derivas”.

Es significativo el esfuerzo que realiza aquí el profesor don Silverio Sánchez Corredera por querer mantener una elegante imparcialidad ideológica en una cuestión tan vital y delicada como es ésta de la relación de fuerzas entre libertad versus/cum igualdad, pero está claro que no lo consigue, pues del halago débil, simplón y forzado que hace al principio, –como cuando dice: «El liberalismo lo que tiene de bueno es, sin duda, su defensa de la libertad», pasa enseguida a una defensa cerrada de un sistema más o menos colectivista, porque prioriza el concepto de igualdad frente al de libertad,  –sirviéndose para ello, bien de juicios de valor, (pues de forma categórica niega a la «estrategia liberal» «capacidad» [de solucionar los] «problemas político-morales de los Estados», lo que no deja de ser una terca y preocupante obsesión por no querer admitir una realidad histórica), bien de argumentos, equivocados (como trataremos de demostrar) y fuertemente ideologizados–. Tan es así que en un nuevo juicio de valor llega a asegurar que «más importante que la libertad es la idea de igualdad, sin que quepa pensar que ésta puede funcionar sin aquélla, porque el modelo que se sigue de la igualdad (que habría que definir con precisión) [ya, pero no lo hace] contiene una mayor fuerza integradora con capacidad de ir solucionando mejor el conjunto de problemas suscitados en las relaciones político-culturales».

Ante estas afirmaciones cabe plantearle varias objeciones y puntualizaciones:

En primer lugar no se entiende a qué obedece (bueno, en realidad sí se entiende) esa obcecación por priorizar una frente a la otra, pues ambas (Igualdad y Libertad) pueden y deben convivir dentro de un régimen democrático, a no ser que exista, en quien así prioriza –en realidad es una elección excluyente–, algún tipo de planteamiento ideológico primigenio, en donde el elemento igualitario le arrastre tanto y le sea tan especialmente querido y fundamental, que, como pesado lastre, le impida admitir que tanto la Libertad como la Igualdad –insistimos– pueden y deben convivir al unísono, sin que, en principio, (luego concluiremos en que hay matices de prelación, pero nunca de exclusión o retiro de una frente a la otra), ninguna de las dos sea más determinante que la otra, sino que interactúan entre sí, como si de una unión sagrada se tratara.

En esta suerte de “Santísima Binidad” –permítasenos la comparación ontológico-sagrada– las dos participarían de una, digamos, “divinidad democrática”. (¿Cómo me dicen Vds.? “¿Pedantería?”. Vamos a ver: si en las pasadas elecciones generales del 2008 hubo “orgasmos democráticos” entre algunos de los candidatos, ¿por qué no iba yo a subir a los altares… “laicistas”, por supuesto, a doña Libertad de la mano de doña Igualdad?) Es decir, –y sigo con mi irreverente símil–, ambas representarían algo así como el concepto mismo de “Dios”, pero teniendo siempre en cuenta que la Libertad, en este particular universo sagrado de la Democracia ideal, representaría al “Dios-Padre”, (para nosotros la verdadera “estrella polar” de la que habla más adelante el profesor Silverio Sánchez), mientras que la Igualdad al “Dios-Hijo”. Es lo mismo, pero no es lo mismo. Vds. me entienden, si es que no faltaron a la escuela el día en que explicaron en clase el misterio de la Santísima Trinidad, de forma parecida a como hace un par de años unos niños fueron testigos de una clase magistral impartida por doña de la Vega acerca del Bien y el Mal.

En efecto, desde siempre ha sido la Libertad, y no la Igualdad, la obsesión de Occidente. Benjamin Flanklin decía por ejemplo que los ciudadanos que renunciaban a la Libertad no eran merecedores de ella. Piénsese si no en el cuadro de Delacroix La libertad guiando al pueblo. Sin lugar a dudas ésta ha sido y es una imagen universal que trasmite una enorme fuerza y energía, pues Ella sí que representa “la estrella polar” que guía al hombre. Por cierto, profesor Sánchez: ¿qué modelo habría tenido que elegir el pintor francés si hubiese querido representar el valor de la Igualdad? ¿Quizás el lecho de Procrustes?... No sé, pero lo veo poco épico en comparación con la figura de la Libertad abriendo camino al pueblo. ¿No le parece?... Además ¿no creen también que será por algo el que todos los cantautores de todos los tiempos (muchos de ellos de izquierdas, tengámoslo en cuenta) han compuesto canciones dedicadas sólo a la Libertad? ¿Vds. se imaginan a Nino Bravo cantando su canción emblemática Libre, con la letra cambiada, y que en lugar de decir: «Libre, como el sol cuando amanece, yo soy libre, como el mar; libre, como el ave que escapó de su prisión y puede, al fin, volar; libre, como el viento que recoge mi lamento y mi pesar, camino sin cesar detrás de la verdad y sabré lo que es al fin, la libertad», allí donde dice “libre”, dijera “igual”, y allí donde dice “libertad”, dijera “igualdad”. ¿A que no sonaría… “igual”?

Esa búsqueda incansable del hombre por la Libertad se constata en «la necesidad de levantar barreras ante el ejercicio del poder, barreras que vienen de la ley (Sócrates), el cultivo de la virtud (Cicerón), la dignidad del ser humano (San Pablo), el respeto de la experiencia (Carta Magna), la prudencia y el sentido común (Burke), la desconfianza ante el dogma del progreso (Solzhenitsyn) o la división de poderes (Gelasio)».

También Adrados, en una entrevista en el Diario Montañés, nos recuerda que «nuestra cultura tiene una raigambre absolutamente griega, pues los griegos inventaron el individuo, la igualdad, la originalidad, y chocaron con el mundo egipcio, el persa...» Y en otro lugar: «En Grecia, la democracia fue una respuesta a la opresión de los tiranos, un acuerdo, desde Solón y luego Clístenes, que fue generalmente aceptado, tras una fase de literatura y pensamiento que la preparó: la que yo he llamado literatura predemocrática, que instauró los valores de la libertad, la igualdad, la crítica, el reparto del poder dentro de acuerdos pacíficos».

Luego no es cierto el axioma que, como rueda de molino, nos quiere hacer tragar el profesor don Silverio Sánchez Corredera. Los hechos no ocurrieron como él quiere. El propio Adrados lo explica detalladamente en su excelente Historia de la Democracia. Muy brevemente señalaremos los hitos fundamentales de este largo proceso: tras el establecimiento de la isonomía (o igualdad ante la ley) en la aristocrática Atenas del siglo VI a.C. como principio básico, y de la isegoría (o igualdad en el uso de la palabra), ni Solón, primero, ni Clístenes o Pericles, después, cedieron a las presiones de aquellos sectores de la población que querían ir más allá: un reparto igualitario de la tierra. En Los Persas de Esquilo, la Reina Atosa pregunta por qué los atenienses pudieron derrotar a los numerosos ejércitos persas. La respuesta emitida por el coro probablemente represente la primera loa a la Libertad en nuestra tradición occidental: «…no se llaman esclavos ni súbditos de ningún hombre» (Los Persas, 242). También Herodoto llega a una apreciación similar al postular que la Igualdad de derechos políticos es la que permite a Atenas surgir como potencia militar (Los Nueve Libros de la Historia, V, 78).

Al hilo de lo anterior y abonando en lo dicho, Gilbert Murray en su obra Esquilo: El creador de la tragedia (Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1943) nos hace esta interesante reflexión: «Pero era necesario el esclavismo y la violencia para que otros asumieran la penuria de la vida diaria, y de esta manera, los ciudadanos pudiesen contar con una vida libre, que les permitiera dedicarse de lleno a los asuntos de su polis. De esta manera, podemos concluir que en la visión de la democracia, la igualdad y la libertad iban de la mano de otros conceptos como la esclavitud, la coacción y la violencia, que si bien hoy nos parecen contradictorios con nuestra idea de lo que debe ser una democracia, eran totalmente armónicos en los siglos V y IV a. de C.»

Otro gran investigador y autoridad indiscutible del mundo heleno, Moses I. Finley, uno de los mejores especialistas en historia antigua, particularmente en los aspectos socioeconómicos de la Antigüedad clásica, demuestra que los atenienses nunca disfrutaron de un régimen de igualdad entre ricos y pobres. Asegura que todo eso es pura ficción: «No existía una maquinaria gubernamental para estos propósitos. En el campo político se dieron pasos para crear una “igualdad artificial” a través, por ejemplo del sorteo, la misthoi, la rotación en las funciones, el ostracismo, etc. Pero había límites, ya que la educación y el ocio, las relaciones jurídicas, las relaciones privadas marcaban diferencias entre los mismos ciudadanos. Sin embargo, existía un plano en donde la igualdad se manifestaba, ya que en la toma de decisiones en la Asamblea un hombre valía un voto». (Moses I. Finley, 1984: 111, 112).

Así pues, en ese primer escenario liliputiense en que se estrenó nuestra más prístina democracia nunca “actuó” la igualdad, al menos en el sentido en que quiere hacérnoslo ver el profesor don Silverio Sánchez Corredera, quien no obstante parece referirse sólo a que la constitución de «“c i e r t a s”  igualdades en el seno de  “g r u p o s” de poder» –queremos suponer que se está refiriendo a los aristócratas, pero estos no cejaron de batirse entre sí para conseguir el poder; además, la igualdad a la que parece referirse el profesor Silverio era partidista y excluyente, pues sólo afectaba a las familias aristocráticas– hizo posible el despliegue de «“ciertas” libertades», lo que –insistimos de nuevo– es del todo falso e inexacto, pues no fue así como ocurrieron los hechos, sino que, primero hubo una etapa inicial de Literatura predemocrática (de la que nos habla el profesor Adrados) en la que el hombre griego se descubrió a sí mismo, es decir, su yo personal, el individualismo, verdadera antesala de la Libertad, pues el ser humano no puede mirar por los demás (materia prima de la Igualdad), ni compararse con nadie, ni en definitiva interesarse por la igualdad con sus semejantes, si antes no percibe su unicidad y, por ende, su Libertad amenazada por el tirano de turno, (extraño compañero de viaje, por cierto, si bien ineludible, en la gestación de la Democracia).

Es el aristócrata Clístenes quien en un instante único y mágico en toda la historia de la humanidad toma una decisión incomprensible (hasta ese momento) en la mente del hombre antiguo: renuncia a la tiranía que tiene él solo al alcance de su mano y ¡cede el poder al pueblo! Para comprender algo lo que esto significó, es como si un futbolista, Iniesta, por ejemplo, en la final de la copa del mundo contra Holanda, a quien le hubieran pitado un penalty a favor, que supiera él que no fue tal, se acercara al árbitro inglés y, humildemente, le hubiera instado a que reconsiderara su decisión y anulara el penalty. ¿Vds. lo entenderían? Pues eso mismo fue lo que hizo Clístenes por todos nosotros (afortunadamente Iniesta no nos obligó a hacernos pasar por ese prurito de honestidad quijotesca el pasado 11 de Julio). Y es aquí (y no antes) donde entra en juego el concepto de Igualdad, pues, si ya no va a ser el tirano el que nos diga lo que tenemos que hacer, sino que cada una de esas individualidades, conscientes por fin de su yo personal y que conforman el pueblo –bien es verdad que, de momento, sólo votaba el 15% de la población total–, es la que a partir de ahora tiene la potestad de llevar las riendas de la ciudad, entonces cada uno de esos votos individuales tiene que valer lo mismo, tiene que ser  i g u a l  (aparece aquí la isonomía).

Fue así como se instauraron en la polis los valores de Libertad, primero, e Igualdad, después, aunque el orden en que surgieron es para nosotros un dato secundario y circunstancial: lo verdaderamente importante es que ambas son imprescindibles en el juego democrático, siendo un ejercicio de estulticia mental intentar determinar cuál de las dos es más determinante, como quien en un acertijo irresoluble se entregase uno a intentar descubrir qué fue antes, si el huevo o la gallina, y de la solución a ese enigma cósmico se pretendieran luego derivar conclusiones definitivas sobre quién debe regir sobre quién. Es como si a un niño se le preguntara a quién quiere más, si a su padre o a su madre. Quien así obrase, está claro que lo haría porque es su deseo y necesidad encontrar en ese acertijo alguna pieza importante para hacerla así encajar, sea como fuere, en su “puzzle ideológico”. Y más chasco se llevará, si encima se lanzase a encontrar pruebas históricas (como parece pretender el profesor don Silverio Sánchez Corredera) sobre una imaginaria “Igualdad primigenia” en la Atenas predemocrática de Clístenes, justo un instante antes del big-bang de nuestra democracia: en las habitaciones vacías del Palacio del tirano Hipias, este “arqueólogo de la igualdad” tan sólo acertaría a escuchar aún los ecos de un único clamor: «¡Libertad, libertad, libertad, el tirano ha huido!»; lo más parecido al concepto de Igualdad que oiría sería el de isonomía (igualdad ante la ley) o el de isegoría (igualdad en el uso de la palabra). Los atenienses de la época de Pericles podrían tal vez parecer muy raros a ojos de sus vecinos oligarcas por su celo democrático, pero no tan estúpidos como para llevar a su máxima expresión el concepto de “igualdad” (reparto generalizado de las tierras y de la riqueza), defecto éste (el de la estupidez) que, –sin ánimo de insultar a nadie, y dicho esto sea de paso, y, exclusivamente, en el sentido etimológico del término–, procede de stupere: ´sentir estupor, quedar maravillado`, de donde el “estúpido” sería el “aturdido”, el “extasiado”, el “estupefacto”, el “pasmado”, lo que cuadraría muy bien con quienes durante los siglos XIX, XX y XXI defendieron (y siguen aún haciéndolo) «la aportación del marxismo “y de todas sus derivas”».

Otra cosa muy distinta es que a la hora de organizar justamente una sociedad que acaba de estrenar su libertad nos planteemos una prelación y/o relación de fuerzas entre Libertad e Igualdad. El hecho de que ambas sean imprescindibles para la Democracia no quiere decir que tengan el mismo valor. No lo tuvieron ni en la época de Pericles, ni, mucho menos, lo tienen en nuestras actuales sociedades democráticas. Y es que cuando la libertad del hombre es total (aunque constreñida por los idénticos límites de libertad de sus semejantes) reina la justicia, pero cuando la igualdad se extralimita, reina la injusticia y el totalitarismo.

Y así como un químico sabe bien que el resultado de una mezcla depende no sólo de los ingredientes que introduzca en su probeta sino también de las cantidades milimétricas utilizadas, así también, del valor que se le dé a una u otra dependerá el que haya sociedades más o menos abiertas, o, más o menos colectivizadas.

En este asunto no es baladí la obsesión del profesor don Silverio Sánchez Corredera (como la de casi toda la Izquierda sectaria) por introducirse en el umbral mismo del big-bang de la democracia y enarbolar con mayor autoridad la bandera de la Igualdad, como chispa primigenia de aquélla, pues habla de la Libertad sólo como un medio, «uno de los medios ineludibles (sic) –¡menos mal!– para llegar a la Igualdad»; es decir, “de usar y tirar” ¿no?: como ya hemos conseguido la Libertad y hemos echado al tirano, ya podemos desprendernos de ella y guardarla en el fondo de nuestro armario ideológico, para sacarla sólo en las grandes solemnidades y en los discursos inaugurales del Año Judicial. Por contra, concibe a la Igualdad como un «fin que da sentido a todo intento de concebir una historia universal». Y aclara (por si nos quedaba alguna duda): «Bien entendido que no es un fin sustantivo a alcanzar sino sólo un fin a seguir, un fin funcional, como quien para guiarse sigue la estrella polar». Está claro que su proyecto de sociedad hasta que no nos precise un poco más qué quiere decir con eso de «[la igualdad], bien entendid[a], [es] un fin a seguir», o con qué “dinamómetro” podemos calcular el grado de intensidad de una frente a la otra no está muy lejos del que propusieron otros en 1917.

Siempre he creído interesado el esfuerzo que hacen algunos por querer contemporizar la Libertad con relación a la Igualdad, para luego, descaradamente, abrazarse más a la segunda que a la primera. Ello obedece a una exigencia ideológica, no a un planteamiento sincero de la situación. Francamente, no veo ningún obstáculo para que estos dos principios éticos convivan en un régimen de libertad y democracia.

Igualmente, siempre me ha parecido que esa “consigna” tan trillada de “igualdad antes que libertad” en el fondo no esconde otra cosa que una suerte de chantaje y de apoyo decidido por una sociedad más o menos colectivizada (que anula la libertad individual del hombre). Los comunistas de viejo abolengo nunca han tenido demasiado reparo en reconocer que la Libertad se la pasan por debajo del arco de triunfo («¿Libertad?, ¿libertad para qué?» se preguntaba Lenin).

Pero hay otra clase de socialistas no tan radicales (el socialismo actual, por ejemplo) que es de los que nadan pero guardan la ropa. Ese socialismo, evidentemente, tiene que ser muy prudente a la hora de hacer uso de sus “consignas”. Debe ser más cauto y sibilino con el lenguaje (y ya sabemos que precisamente ese es uno de sus puntos fuertes). Por eso, porque saben que no es políticamente correcto dejar de lado a la Libertad, dicen aquello tan ecléctico de «sin igualdad no hay libertad». La consigna es perfecta: alaba a unos (los socialdemócratas) y a otros (los liberales), pero al final se queda con lo único que verdaderamente le interesa: la Igualdad, desechando aquello que les molesta, (la Libertad). Siempre son consignas vacías, (todas las de la Izquierda lo son); la última la escuché hace unos meses: «La tierra no pertenece a nadie, salvo al viento», sobre la cual prefiero no hacer comentarios, porque creo que su autor se (des)califica a sí mismo con ella.

 

Suelen ser frases además que, por su vacuidad, son dóciles al retruécano: «sin igualdad no hay libertad». ¿Y por qué no decirlo al revés: «sin libertad no hay igualdad»? ¿También suena bastante bien? ¿No? … Da igual que lo mismo da: es el triunfo de los sofistas, del relativismo, del todo vale con las palabras: ¿me interesa tener una sociedad de pensamiento único, global, uniforme, colectivizada? Muy fácil: suelto «al viento» una de mis frasecitas sacadas, por ejemplo, del manual La medicina de la tierra de Jamie Sams, descendiente de cheroquis e iroqueses, y ya tengo una legión de incondicionales detrás de mí. Sin ir más lejos, eso fue precisamente lo que hizo hace unos meses en Copenhague nuestro Presidente Zapatero: el indio.

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