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ETA mata por Lemóniz y asesina al primer mosso d´Esquadra

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En torno a las tres de la tarde del 17 de marzo de 1978 hizo explosión una bomba en uno de los tres generadores existentes junto a la vasija del primer reactor de la central nuclear de Lemóniz (Vizcaya) en construcción. La explosión provocó la muerte de los obreros ALBERTO NEGRO VIGUERA y ANDRÉS GUERRA PEREDA, empleados de Ibemo, empresa de montaje contratada por la central. Ambos quedaron materialmente destrozados. Hubo, además, otros catorce obreros que resultaron heridos y cuantiosos daños materiales. 

Alberto y Andrés fueron las dos primeras víctimas mortales de las cinco que provocó ETA en su campaña de atentados contra la central de Lemóniz iniciada en 1977. Durante cinco años, ETA perpetró doscientos cuarenta y seis atentados, que dejaron cinco muertos y catorce heridos. Entre las víctimas mortales ya reseñadas, el ingeniero Ryan, secuestrado y asesinado en 1981.

Cinco días antes del atentado decenas de manifestantes protestaban en las cercanías de la central nuclear vizcaína, en la que se corearon gritos tan demagógicos como irresponsables: "ETA, Lemóniz, Goma2". Francisco Letamendía, diputado de Euskadiko Ezkerra, que junto a Bandrés apoyaba la campaña contra la central, llegó a afirmar que David Álvarez, un terrorista herido el 19 de diciembre, y que posteriormente falleció en el hospital, "había sido el primer mártir de Lemóniz". 

Sobre esta campaña, María del Mar Negro, hija de Alberto, contó en Olvidados, el libro de Iñaki Arteta y Alfonso Galletero, lo siguiente:

Una de las peores características de la banda terrorista ETA es que emponzoñan, pervierten todo lo que tocan. Puede parecer un hecho menor frente a las bombas, el tiro en la nuca, el 'impuesto revolucionario' o la 'kale borroka', pero no lo es. La mafia hace lo mismo que ETA, por ejemplo, pero no van por la vida de buenos samaritanos, de defensores de causas nobles. (...) Ocurrió con su postura contraria a la autopista de Leizarán, con su lucha contra la droga o con su defensa antinuclear. En todos los casos recogieron causas, que podían ser nobles y justas, y causaron estragos, dolor y crímenes de gente inocente. En una de estas luchas, el ataque a la central nuclear de Lemóniz, asesinaron a mi padre, Alberto Negro, y no fue el único.

Conclusión: para, supuestamente, preservar el medio ambiente, se recurría al asesinato.

En este atentado la banda contó con colaboración interna, tal y como reflejó la sentencia de la Audiencia Nacional de 1981 por la que se condenó a José Antonio Torre Altonaga, alias Medius, a 20 años de reclusión menor. El etarra Torre Altonaga, detenido en diciembre de 1978, trabajaba como electricista para la empresa Elecnor en las instalaciones de la central. Fue él quien investigó durante tres meses, por orden de Argala, la forma de llevar a cabo el atentado. Después, siguiendo indicaciones de Juan Lorenzo Lasa Michelena, alias Txikierdi, se reunió con tres terroristas en la Plaza del Sagrado Corazón. Estos eran Miguel Ángel Goyenechea Fradua, alias Txo, Martín Apaolaza Azcargorta, alias Apolo, y Emilio Martínez de Marigorta Fernández, alias Gasteiz.

Los tres etarras aparecen en la sentencia, a efectos meramente narrativos, como "Miguel", "Martín" y "Emilio", porque no fueron condenados en este proceso, ni posteriormente. En este sentido, resulta sorprendente que María del Mar Negro, hija de Alberto, contase en Telemadrid (Víctimas: la historia de ETA) que "del asesinato de mi padre sólo se conoció un nombre, en el resto de la sentencia sólo aparecen alias". Y es sorprendente porque, casualmente, lo que Mari Mar cree que son alias coinciden con el nombre de pila de los tres etarras, tal y como se recogen en el sumario 1/1979, del que se deriva la sentencia 55/1981.

Sea como fuere, estos tres terroristas se habían hecho con monos y cascos similares a los utilizados por la empresa Tamoin, que también realizaba trabajos para la central. Haciéndose pasar por trabajadores de la obra y guiados por Torre Altonaga, colocaron los 36 kilos de explosivos en el interior de uno de los generadores de vapor. La bomba se programó para que estallase a las 14:55. Torre Altonaga acabó su turno a las 14:00 horas, y sobre las 14:40 horas llamó a la central desde una cabina telefónica del puente de Plencia para avisar de la colocación de la bomba. Las dos primeras veces se cortó la comunicación. A la tercera pudo avisar, pero la bomba estalló tres minutos después, a las 14:53 horas.

Torre Altonaga, el único condenado por el asesinato de Andrés y Alberto, salió a la calle en febrero de 1998, tras cumplir algo más de 19 años de condena. En 1999 se presentó como concejal de Herri Batasuna en el municipio de Munguía. También estuvo en la presentación de la nueva marca de Batasuna, Sortu, el 8 de febrero de 2011.

Andrés Guerra Pereda, de 29 años, era ajustador. Estaba casado.

 

 

 

Alberto Negro Viguera de 31 años, era encargado de montajes. Estaba casado y tenía tres hijos. Así lo vivió su hija María del Mar, según testimonio recogido en Olvidados de Iñaki Arteta y Alfonso Galletero:

Fueron unos días terribles. La casa llena de gente, y no me refiero a familiares y amigos, sino a gente extraña a la familia, representantes sindicales, políticos, periodistas, telegramas, llamadas de teléfono. De pronto apareció un cura. Era un cura muy conocido en Portugalete y le recibimos con los brazos abiertos porque pensábamos que venía a darnos el pésame, a consolarnos. La sorpresa fue mayúscula cuando se identificó como emisario de la organización terrorista. Venía a decirnos que cuando ETA puso la bomba no tenía intención de que muriera ningún trabajador (...) Le pedí que se marchara inmediatamente de mi casa y nunca más he vuelto a tener ningún contacto con él (...) Pasaron tres días y todo el mundo desapareció. Sobre nosotras cayó la soledad más absoluta. Era como si no hubiera pasado absolutamente nada.

En aquel entonces yo no trabajaba, estaba en paro y tenía dos hermanos, uno de 14 años y otro de cuatro. Nuestra situación era preocupante. Pero yo podía ponerme a trabajar y ambas empresas, Ibemo, en la que trabajaba mi padre, e Iberduero, me habían ofrecido trabajo públicamente (...) me dirigí a la empresa para la que trabajaba mi padre. Era allí donde, según creí, encontraría un apoyo más sincero y cercano. (...) La persona que me recibió me dijo que si yo me creía todo lo que salía en los periódicos y que los tiempos no estaban como para dar trabajo a cualquiera, que sentía mucho lo de mi padre pero que para mí no había trabajo. (...) En Iberduero me recibieron bien. Y aún sigo trabajando en la empresa.

Yo nunca supe quién había sido el que mató a mi padre, pero hace cosa de unos años, un compañero mío de la oficina, leyendo la prensa me dijo: '¿Has visto esta noticia?' y me enseñó un recorte de prensa pequeñito en el que se hablaba de que uno de los autores del atentado de Lemóniz había salido a la calle y que era el preso de ETA que más tiempo había estado en la cárcel. Ese fue el único conocimiento que tuve, sin buscarlo y totalmente accidental (...) La Audiencia nunca te informaba de nada. Tú vivías aislada, con tu dolor y tu vida y dependías muchas veces de la casualidad para enterarte de la existencia de ayudas o cambios legislativos. [...] descubrí que en el año 87 se promulgó una ley que duplicaba las pensiones de las víctimas y, mira tú por donde, me entero de que no se avisó prácticamente a ninguna víctima.

El 17 de marzo de 2001 es asesinado en Rosas (Gerona) el mosso d´Esquadra SANTOS SANTAMARÍA AVENDAÑO. El método utilizado fue un coche-bomba activado por un temporizador. Hacía ocho días que otro conche-bomba había acabado con la vida del ertzaina Iñaki Totorika Vega.

El vehículo fue robado en la localidad francesa de Tarbes, con matrícula doblada con la placa que correspondía a un coche matriculado en Gandía. En esta localidad también dejaron otro coche-bomba, que fue explotado de forma controlada por artificieros de la policía a las 4:30 horas de la madrugada en la playa, bajo la supervisión personal del director general de la Policía, Juan Cotino, que se encontraba en Valencia con motivo de las Fallas, acompañado, precisamente, por el comisario francés Roger Marion, máximo responsable de la lucha antiterrorista en el país vecino. El director general de la Policía lo había invitado personalmente, pese al malestar que en el Ministerio de Interior provocó la supuesta negligencia de las autoridades francesas en la custodia de la dinamita robada por ETA en Grenoble.

El mosso d´Esquadra Santos Santamaría estaba libre de servicio y se presentó de forma voluntaria a sus superiores para trabajar en el acordonamiento del lugar, evacuación de posibles víctimas, coordinación de desalojos y en todo aquello que se juzgara necesario para preservar la seguridad de los ciudadanos de Rosas. La explosión le alcanzó a Santos y a un policía municipal, Carlos Ruiz Borrego, precisamente mientras establecían el cordón de seguridad y desalojaban el Hotel Montecarlo, frente al que los etarras habían dejado el coche-bomba. Ambos fueron trasladados al Hospital de Figueras. Santos fue alcanzado por un amortiguador del vehículo, que se le incrustó en el abdomen y murió pocos minutos después de ingresar en el hospital. También resultó herida una ciudadana francesa. La explosión causó, además, numerosos desperfectos materiales en inmuebles y vehículos. 

El relato de hechos probados de la sentencia de la Audiencia Nacional de 2005 señala que los autores del atentado fueron Eider Pérez Aristizabal y Aitor Olaizola Baseta, integrantes del grupo Sugoi de ETA. Ambos celebraron, desde mediados del año 2000, diferentes reuniones en Francia con los dirigentes etarras Ainhoa Múgica Goñi, Juan Antonio Olarra Guridi y Lorenza Beyrie Chembero (en rebeldía), en las que estos últimos les fijaron hoteles de la Costa Brava como objetivos contra los que atentar. En una de estas reuniones, Múgica les dijo que debían colocar un vehículo con explosivos en la zona del Hotel Montecarlo, en la urbanización Santa Margarita de Rosas. Para ello, les hizo entrega de un Ford Escort cargado con 50 kilos de explosivos preparados para ser activados.

El día de los hechos, el 17 de marzo de 2001, Aitor Olaizola precedió con su motocicleta a Eider Pérez, quien a su vez conducía el vehículo que portaba la bomba. El coche fue aparcado con su maletero orientado hacia la entrada del Hotel Montecarlo.

La sentencia añade que "con la finalidad de causar el mayor número de daños personales y materiales y con la misma finalidad de aparentar una falta de peligro y conseguir una excusa falsa", una persona, de forma anónima pero en nombre de ETA, avisó al diario Gara, a la DYA y a los Bomberos de Barcelona de la colocación del coche-bomba.

Por ello, la Policía Local de Rosas y los Mossos d'Esquadra se dirigieron al lugar y, una vez comprobaron la existencia del vehículo, comenzaron a desalojar a las personas que se encontraban en los alrededores. Mientras las fuerzas policiales desarrollaban esta labor, sobre las 22:56 horas se produjo la explosión, cuatro minutos antes de lo previsto. La misma ocasionó un socavón de 40 centímetros de profundidad y dos metros de ancho.

Asimismo, "como consecuencia de la anticipación de la explosión respecto de la hora indicada por el comunicante anónimo", la onda expansiva y la metralla alcanzaron al mosso d'Esquadra Santos Santamaría Avendaño, que se hallaba a 105 metros del lugar de la explosión, colaborando en las tareas de desalojo del hotel. La distancia no impidió que se le incrustase un amortiguador del coche-bomba en el cuerpo, lo que provocó su fallecimiento.

La sentencia indica que, en el momento de la explosión, se encontraba aparcado un autocar de dos pisos entre el coche-bomba y el Hotel Montecarlo que actuó como parapeto de la misma "evitando mayores daños en la estructura del hotel y en las personas que en el mismo se encontraban y aún no habían podido ser desalojadas".

La Sección Primera de la Audiencia considera que la "preparación y cualificación" de los procesados en el manejo de los explosivos lleva a establecer que la diferencia horaria entre el momento anunciado de la explosión y el momento en el que realmente se produjo "no fue una mera coincidencia o error fatídico", sino que los terroristas "temporizaron la explosión de forma que causara el mayor daño, anticipando la misma".

Santos Santamaría Avendaño tenía de 32 años. Este agente de los Mossos d´Esquadra es el único policía autónomo catalán que ha muerto a manos de ETA. Su asesinato fue, por otra parte, el último de la banda terrorista en Cataluña. Natural de Barcelona, Santos Avendaño era licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. En la fecha de su asesinato llevaba tres años trabajando en la Unidad de la Policía Judicial de la comisaría de Rosas. Un hermano suyo también es agente de los Mossos d´Esquadra y su padre, Santos Santamaría Zaragoza, fue presidente de la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas.

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