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ETA mata a dos policías, a la hija de otro y el suicido por 'síndrome del norte'

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A la una y cuarto de la tarde del 15 de abril de 1988, dos miembros de ETA asesinaban a tiros en Vitoria a ANTONIO GÓMEZ OSUNA y a FRANCISCO ESPINA VARGAS, miembros de una patrulla motorizada del Cuerpo Nacional de Policía. La patrulla realizaba unas identificaciones de sospechosos relacionados con el tráfico de drogas. Previamente, un colaborador de la banda asesina había efectuado una llamada a la comisaría de Vitoria para avisar de que en la calle Heraclio Fournier de la capital alavesa había jóvenes toxicómanos pinchándose. La llamada pretendía atraer a la Policía hacia esa zona.

Mientras los agentes llamaban por su radioteléfono para comprobar la identidad de algunas de las personas que se encontraban en la zona, tres terroristas salieron del Bar Adurzabal y dispararon contra ellos. Según varios testigos presenciales, los agresores atentaron primero contra uno de los policías y, posteriormente, dispararon contra el segundo, que intentó resguardarse entre dos coches aparcados en la misma calle. Francisco Espina recibió tres impactos en el pecho y fue rematado en el suelo. Ninguno de los dos tuvo tiempo de hacer uso de su arma reglamentaria. En el atentado también resultó herido Luis Vives, de 27 años, que tuvo que ser trasladado al Hospital de Santiago Apóstol. Era una de las personas que, en ese momento, estaba siendo identificada por la Policía.

Los terroristas, que actuaron a cara descubierta, huyeron a pie hasta la Iglesia de San Cristóbal, situada a unos cien metros, donde un cuarto etarra les esperaba en un coche Talbot 150 blanco, posteriormente abandonado en una calle de la capital alavesa. El vehículo había sido robado previamente por la fuerza, dejando a su propietario dentro durante la comisión del atentado. Antes de emprender la huida, obligaron al dueño del coche a apearse. Tras el atentado la Policía encontró bajo un coche varios casquillos 9 milímetros FF parabellum. 

Los policías nacionales fueron trasladados al Hospital de Santiago Apóstol de la capital alavesa, donde a las 13:40 ingresaron cadáveres. Según el parte médico, Francisco presentaba varias heridas por arma de fuego, una con orificio de entrada en el globo ocular izquierdo y tres más en tórax y abdomen. Antonio, por su parte, presentaba tres impactos de bala en la región craneofacial y otros tres en la región torácica. Ambos trabajaban en Vitoria desde hacía siete años y habían pedido ya el traslado a Sevilla.

La capilla ardiente fue instalada a las siete de la tarde en el Gobierno Civil de Álava, y a las once de la mañana del día siguiente se celebraron los funerales en la parroquia de San Miguel de Vitoria.

La oficina de prensa del PNV aseguró que "ETA parece querer dar la razón a los socialistas, cuando afirman que la única vía para acabar con la situación de violencia en Euskadi es la policial".

El atentado fue cometido por miembros del grupo Araba de ETA. Dos de ellos, Juan María Oyarbide y Manuel Urionabarrenetxea, no pudieron ser juzgados al resultar muertos en septiembre de 1989 en un enfrentamiento con la Guardia Civil. En 1991 fue condenado como autor material Juan Carlos Arruti Azpitarte. En la misma sentencia fueron condenados, en calidad de encubridores, el matrimonio formado por Miren Gotzone López de Luzuriaga e Ignacio Fernández de Larrinoa. Fueron los que dieron cobijo a los cuatro asesinos tras cometer el atentado. Por último, Ramón Aldasoro Magunacelaya, detenido en Miami en 1997 y extraditado a España desde EEUU en noviembre de 2001, fue juzgado y condenado por la Audiencia Nacional ese año también como autor material.

Francisco Espina Vargas, de 29 años, natural de Coria del Río (Sevilla). Estaba casado y tenía dos hijos de corta edad. Vivía en Vitoria desde 1981, donde obtuvo su primer destino en el Cuerpo Nacional de Policía. Había pedido traslado a su provincia de origen.

 

 

Antonio Gómez Osuna, de 32, era natural de La Puebla del Río (Sevilla). Casado y con un hijo, igual que Francisco había pedido el traslado a Sevilla desde Vitoria, donde estaba destinado desde 1981.

 

 

Poco antes de las ocho de la mañana del 15 de abril de 1991, el policía Jesús Villamudria Lara se disponía a llevar a sus cuatro hijos al colegio y al instituto. Coro y Josune, gemelas de 17 años -que iban al instituto de Bidebieta-, Luis, de 15 -alumno de los Maristas de Champagnat- y Leire, de 12 -colegio Eucarístico San José-. Todos, menos Coro y su padre, estaban ya dentro del coche, pese a que el padre les dijo que no se metieran en el vehículo hasta que mirase los bajos, por si había algo.

En el momento en que Coro cerró la puerta, la vibración provocada por el golpe activó el mecanismo de iniciación de la bomba-lapa compuesta por tres kilos de amonal y colocada en la parte delantera del coche. La bomba provocó heridas mortales a MARÍA DEL CORO VILLAMUDRIA SÁNCHEZ, y heridas graves a su padre y a sus tres hermanos. Luisa Sánchez, la madre, lo vio todo desde el balcón de su casa, donde estaba despidiendo a la familia.

En los minutos que siguieron a la explosión se sucedieron en torno a las víctimas escenas de horror. La situación, vista por muchos escolares de la zona, era dantesca. Los cuerpos de los cuatro hermanos y su padre sobre el asfalto y atrapados entre el amasijo de hierros del coche. Coro y Leire, gravemente heridas. El joven Luis, despedido a 15 metros de donde se encontraba el vehículo, y la madre, Luisa, que en medio de una fuerte crisis nerviosa, no paraba de repetir entre sollozos "¿por qué les han hecho esto?".

Roberto Pascual, por entonces escolar y testigo de los hechos, contó años después cómo lo vivió: "Yo iba al instituto aquella mañana con un amigo escuchando música cuando de repente, a menos de 20 metros de nosotros, estalló la tragedia. Recuerdo que dejé mi mochila y me metí entre el humo sin saber por qué (...) Recogí al hermano del suelo y lo llevé a un portal para que le atendieran y que no viera aquello. Pero lo que más recuerdo es a la madre que bajó en bata a la calle gritando desesperada. Han pasado muchos años y muchos atentados más, pero aquel no lo olvidare jamás. Tengo 36 años y mientras viva no olvidaré el ruido, el silencio, el olor".

Coro falleció en la Residencia Sanitaria de San Sebastián dos horas y media después de haber ingresado. De los otros hermanos, la que estaba más grave era Leire, de doce años, que sufrió "politraumatismo, fractura de ambas piernas, heridas faciales, hematomas palpebrales y cuerpos extraños en sacos conjuntivales".

Jesús Villamudria, de 46 años y natural de la localidad burgalesa de Arlanzón, llevaba 21 años destinado en el País Vasco. Él y su familia habían sufrido dos atentados previamente perpetrados por ETA con granadas contra el inmueble en el que vivían en el barrio de Txintxerpe, en noviembre de 1990 y febrero de 1991. El ataque sepultó a Coro bajo cristales y escombros mientras dormía, aunque resultó ilesa. Debido a la tensión a la que estaba sometida la familia, Jesús pidió el traslado a otra provincia, aunque se le denegó porque el atentado no había sido selectivo contra él. Tras el asesinato de Coro fue destinado inmediatamente a Castellón.

Las reacciones al atentado no se hicieron esperar. "Siento vergüenza y ganas de llorar", comentó el lehendakari, José Antonio Ardanza, quien criticó duramente el doble lenguaje de ETA al pedir la negociación poniendo cadáveres de niños encima de la mesa.

Herri Batasuna, con su cinismo habitual, exigía al Gobierno que adoptara "los gestos requeridos" por ETA para reemprender las "conversaciones políticas", al tiempo que "lamentaba" (pero no condenaba) la muerte de la joven.

El delegado del Gobierno en el País Vasco, José Antonio Aguiriano, que hablaba el día anterior al atentado de una posible amnistía para los presos de ETA con delitos de sangre - "con el cese definitivo de la violencia todo es posible", había dicho-, expresaba tras el atentado su indignación e indicaba que "nunca podrá haber amnistía para los autores de un atentado" como el de Coro.

Los terroristas sabían perfectamente que ese vehículo lo utilizaba diariamente Jesús para llevar a sus hijos al colegio. La banda asesina asumía días después, en un comunicado publicado en el diario Egin, siete atentados, entre ellos el asesinato de Coro. En el mismo aclararon que no querían matar a la joven, sino a su padre, Jesús Villamudria. Y como habían hecho antes con aquellos atentados que provocaron especial rechazo social, la banda asesina intentó autoexculparse culpando al padre de la muerte de su hija porque "se sirvió de su familia como de un escudo". El comunicado de ETA añadía que "Coro Villamudria quería ser policía". Sobran los calificativos.

La capilla ardiente por Coro Villamudria quedó instalada por la tarde en el Gobierno Civil de Guipúzcoa y los funerales se celebraron al día siguiente en la Iglesia de la Sagrada Familia. Más de cinco mil personas recorrieron San Sebastián al día siguiente convocados por el Ayuntamiento.

Los autores del atentado no han sido juzgados. Supuestamente fueron los miembros del grupo Donosti de ETA José Joaquín Leunda Mendizabal, Francisco Javier Iciar Aguirre y Juan Ignacio Ormaechea Antepara, que resultaron muertos en agosto de 1991 en una gran operación antiterrorista de la Guardia Civil. A alguno de los fallecidos se le considera también autor, entre otros, del asesinato del coronel Luis García Lozano, el 2 de enero, y del guardia civil Luis Aragó Guillén, el 16 de marzo.

Coro Villamudria Sánchez había nacido en San Sebastián. Tenía 17 años y estudiaba tercero de BUP en el Instituto de Bidebieta, próximo al lugar en el que residía antes del primer atentado que les obligó a cambiar de domicilio. Sus compañeros del Instituto contaron a El Diario Vasco que siempre ponía su nombre con "K", Koro. La joven, según sus familiares, deseaba ser policía como su padre y había comprado ya los temarios para prepararse el examen de ingreso a la Academia de Policía. Por ello, las honras fúnebres se celebraron como si la joven fuera agente de policía. Sus restos mortales fueron enterrados en Camuñas (Toledo), localidad natal de su madre. Con el asesinato de Coro, ETA elevaba a 15 la cifra de niños y jóvenes asesinados desde 1960, además de haber causado heridas de diversa consideración a decenas de menores en diferentes atentados. 

El asesinato de Coro no sólo destrozó a su familia, sino que tuvo consecuencias terribles en la de José Santos Pico, amigo de Jesús que, tres años más tarde, el 14 de enero de 1994, se suicidó en la cocina de su casa.

Su viuda, Eva Pato, contó en septiembre de 2009 en el digital soitu.es no sólo el calvario de su marido, afectado por el llamado "síndrome del norte", sino su lucha porque José sea reconocido como víctima del terrorismo de ETA

Eva conoció a José Santos a finales de 1978, cuando la Policía comenzó a admitir a mujeres. Ella quería ingresar en el Cuerpo y se animó a enviar la solicitud junto a unas amigas en San Sebastián, donde vivía. El chico que recogía los papeles era José. Su vida en pareja estuvo condicionada, desde el principio, por la banda terrorista. Eran los años de plomo.

"Caían por decenas. Entre los asesinados de 1979 y 1980 había varios compañeros de José y amigos de la cuadrilla con la que solíamos salir. Eso le hizo mucho daño, y le convirtió en un hombre más temeroso y, aunque él no se escondía, sí que intentaba pasar desapercibido", recuerda Eva, que también tuvo que ocultar en el trabajo la profesión de su marido. "El remate a su situación de angustia se produjo en noviembre de 1990. Fue entonces cuando fuimos a vivir a las casas de la Policía en Pasaia. La primera noche allí nos pusieron una bomba, fue la bienvenida de los terroristas".

En ese momento, el matrimonio tenía una niña de pocos meses y dos chavales de seis y diez. Pero fue el asesinato de Coro Villamudria lo que agravó la situación. "José comenzó a temer por la seguridad de nuestros hijos: dejó de llevarles a la escuela, de ir a casa de familiares, de salir con los amigos... Era otra persona", recuerda Eva. El 14 de enero de 1994 una doctora, amiga de la familia, encontró a José muy mal y le dio cita con el psicólogo y una baja para que entregara a sus superiores.

El horror de lo que ocurrió ese fatídico día lo cuenta Eva en su testimonio en soitu.es.

Esa tarde él no vino a casa y decidió quedarse en el cuartel. Llegó sobre la media noche y subió sin pasarse por la garita de los compañeros que hacían guardia, como era su costumbre. Yo estaba ya en la cama, tumbada con la niña pequeña, que sólo se quedaba dormida conmigo. Entró en el dormitorio y fue directo a coger su arma del armario. Yo le pregunté si pasaba algo. 'No, no pasa nada', me dijo, y salió. Me levanté detrás de él, pero se metió en la cocina y, entonces, pasó todo... (...) Tendré grabado para siempre el sonido seco del disparo, el estruendo del cuerpo, como un mueble pesado, cayendo sobre el suelo de la cocina... Intenté que los niños no vieran nada, pero cuando bajé a pedir ayuda a los compañeros, los dos niños -de trece y siete años- entraron y ayudaron a su padre para que no se ahogara con la sangre.

No pudieron hacer nada. José Santos Pico acababa de quitarse la vida con su propia arma, "pero quien realmente le empujó a dispararse fue ETA. Fueron los terroristas quienes le mataron día a día hasta aquel momento en el que ocurrió todo", dice Eva.

Al poco tiempo de que se suicidara José, otro compañero de la misma promoción se pegó un tiro en aquellos mismos edificios, dejando viuda y dos hijos. Los expertos lo han denominado como "síndrome del norte", aunque las autoridades y mandos prefieren no reconocerlo.

El 15 de septiembre de 1982 saltó a la luz uno de los primeros suicidios provocados por este síndrome. Ese día, el sargento de la Policía Nacional Julián Carmona Fernández, que acababa de enterrar a cuatro de sus compañeros muertos en un atentado en Rentería, estaba comiendo un bocadillo que dejó para coger el arma de un compañero y, en presencia del general Félix Alcalá-Galiano, pegarse un tiro en la sien.

Eva Pato dedica desde Covite todos sus esfuerzos a conseguir que se incluya a los afectados por el "síndrome del norte" - unos 15.000, según cálculos internos de las asociaciones de Policía y Guardia Civil- en la ley de víctimas del terrorismo.

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