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ETA asesina a un obrero y a un policía y secuestra y tortura a un médico

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El 30 de marzo de 1976, ETA asesina al obrero VICENTE SORIA BLASCO en Placencia de las Armas (Guipúzcoa). Eran aproximadamente las ocho de la mañana y Vicente se dirigía a su trabajo en la fábrica Tornillos Ormaechea. Dos etarras le dispararon a muy corta distancia con una pistola, e inmediatamente huyeron en un coche. Mientras se alejaban, dejaron caer una granada de fabricación alemana, que no llegó a explotar porque tenía puesto el seguro. Dos horas después fue retirada por la Guardia Civil.

Vicente recibió ocho impactos de bala. Detrás de él iba otro compañero de trabajo, Aurelio Torres, que le prestó las primeras asistencias. Aurelio comentó que Vicente, herido de muerte, se sentó en un pequeño pretil que está junto a la fábrica. Cuando se acercó a él estaba sangrando y le oyó decir "me han matado, me han matado".

Después de recibir una primera cura de urgencia que le realizó el médico de la localidad, fue trasladado a la residencia sanitaria Nuestra Señora de Aránzazu en San Sebastián. A la altura de Zarauz, Vicente dejó de quejarse de los dolores y, cuando llegaron a la residencia sanitaria, había fallecido. De los ocho impactos, dos de ellos le atravesaron el estómago y fueron los que le causaron la muerte.

Esa misma tarde ETA reivindicaba el asesinato en un comunicado que distribuyó en la localidad francesa de Bayona en el que, además, expresaba el firme propósito de la organización de proseguir cometiendo atentados. En esos momentos, la banda terrorista tenía secuestrado al industrial Ángel Berazadi, al que terminarían asesinando el 8 de abril, convirtiéndose en el primer secuestro de la banda que se resolvía con el asesinato del secuestrado.

Aunque familiares y conocidos de Vicente coincidieron en señalar que la víctima no tenía enemigos ni había recibido amenazas, en los días posteriores a su asesinato se dijo que Vicente tenía amigos guardias civiles.

Vicente Soria Blasco, de 48 años, había emigrado desde Ceclavín (Cáceres) al País Vasco veinte años antes de su asesinato. Estaba casado con María Martínez y tenía cuatro hijos de 4, 12, 14 y 17 años (Óscar, Juan Carlos, María Engracia y Secundino). Los fines de semana trabajaba también de portero en la discoteca Dantzari, para completar su salario.

El 30 de marzo de 1978 fallece el policía JOSÉ VICENTE DEL VAL DEL RÍO, tras pasar veinticinco días entre la vida y la muerte, consecuencia del atentado sufrido el 5 de marzo en el que murieron sus compañeros Joaquín Ramos Gómez y Miguel Raya Aguilar. El ametrallamiento de un Jeep de la Policía dejó heridos, también, a otros dos policías: Armando Doval González y Santiago del Canto de los Reyes. El atentado fue obra de miembros del grupo Araba de ETA.  José Vicente fue alcanzado por siete disparos en el hemitórax, hepigastrio, pared torácica derecha y bazo. Fue traslado en estado de máxima gravedad al Hospital de Santiago. Finalmente no pudo sobrevivir a las graves heridas sufridas. 

José Vicente del Val del Río tenía 21 años. Estaba soltero y era natural de Burgos.

El martes 30 de marzo de 1982, ETA asesinaba al jefe del Departamento de Traumatología de la Residencia Nuestra Señora de Aránzazu de San Sebastián, el doctor RAMIRO CARASA PÉREZ. Ramiro apareció a las once de la noche con un tiro en la sien, en un monte cercano a la carretera entre Urnieta y Andoain, cerca de un caserío.

El cadáver tenía las manos atadas a la espalda y fue localizado por unos redactores del diario Egin, donde se había recibido una llamada anónima de un comunicante que se identificó como miembro de ETA, indicando la localización del cuerpo sin vida del médico asesinado. En el aviso a este periódico, se señaló que el doctor Carasa Pérez había sido "interrogado", eufemismo que la banda asesina utilizó muchas veces en aquellos asesinatos en los que se erigió en juez y parte, sometiendo a un supuesto proceso a lo que ellos consideraban enemigos del pueblo vasco: secuestra, "interroga", y mete un tiro en la nuca, o "ejecuta", según la terminología etarra. A veces tortura antes de asesinar, y a veces no. En el caso del doctor Carasa, interrogó y torturó. Su cadáver presentaba síntomas de haber sufrido torturas antes de meterle cinco tiros en la cabeza. La banda terrorista, al reivindicar este asesinato, afirmó escuetamente que Ramiro Carasa "había sido ejecutado después de interrogarle".

Según testimonios de personas que trabajaban en la residencia sanitaria, la última vez que se vio al doctor Carasa con vida había sido hacia las 15:50 horas del martes 30 de marzo, cuando salía del citado centro sanitario. Se cree que, poco después, fue secuestrado.

Ramiro recibió un disparo detrás de la oreja izquierda; otro en el hombro izquierdo, con orificio de salida por encima de la fosa supraclavicular, y tres más en parrilla costal izquierda. El cadáver presentaba, asimismo, un hematoma de grandes dimensiones en la zona del ojo derecho, con fractura del hueso supraorbitario. Esta última herida era  consecuencia de un fuerte culatazo.

Un miembro de la redacción de Egin explicó que, poco antes de las diez de la noche, se recibió una llamada telefónica y que se dio aviso de ella a la Policía, al tiempo que se desplazaban al lugar un redactor y un fotógrafo. Los informadores de Egin encontraron en el lugar indicado el cadáver, que estaba con las manos atadas a la espalda y un tiro en la sien, que le había causado la muerte de forma instantánea. Después, los dos redactores volvieron al periódico y recibieron una llamada de la Policía, en la que se les solicitaba que indicasen el lugar exacto donde se encontraba el doctor Carasa. Nuevamente un miembro de la redacción de Egin volvió al lugar donde estaba el cuerpo de Ramiro acompañando a la Policía.

Pasadas las doce y cuarto de la noche, una ambulancia de DYA de Guipúzcoa trasladó el cadáver del doctor Carasa hasta el cementerio de la localidad de Urnieta. Los miembros de este servicio tuvieron que subir hasta una zona elevada al lugar donde, en un camino escondido, se encontraba el cadáver con las manos atadas a la espalda, y después lo bajaron en una camilla hasta la ambulancia. Dos traumatólogos de la residencia Nuestra Señora de Aránzazu, compañeros del doctor asesinado, se trasladaron hasta el lugar de los hechos y reconocieron el cadáver.

Por otra parte, fuentes policiales que investigaron el asesinato destacaron la eficacia y rapidez de la red informativa con la que contaba la banda terrorista ETA que le permitió, en este caso, decidir y ejecutar el atentado en pocas horas. Ramiro Carasa, según las fuentes citadas, había abandonado su domicilio de San Sebastián hacía un par de semanas para someterse a una operación en una mano en Madrid. Llegó a la capital guipuzcoana el mismo martes, y pensaba regresar a Madrid al día siguiente, miércoles. Todo parece indicar que los terroristas que actuaron contra el doctor Carasa poseían una información muy precisa de sus movimientos y lograron secuestrarle en algún punto del trayecto.

Otra información que no hizo sino añadir confusión al atentado fue que el doctor Carasa había sido asesinado por no haber querido atender al etarra Enrique Letona Viteri, herido en el atentado que causó la muerte a dos policías y a la novia de uno de ellos, en el restaurante Rancho Chileno de Sestao el día 22 de marzo. Posteriormente pudo confirmarse que Ramiro Carasa nunca negó asistencia médica a un militante de ETA herido. La versión de que no había auxiliado a terroristas procedía, al parecer, de una primera declaración de su novia en la comisaría de San Sebastián. Compañeros del médico asesinado puntualizaron la inexactitud de tales hechos. Tanto el Colegio de Médicos, como la Sociedad Española de Cirugía Ortopédica, difundieron una breve nota en la que se insistía en considerar imposible que el médico asesinado hubiera negado asistencia a ningún herido.

Por este asesinato fue condenado en 1986, como autor material, Jesús María Zabarte Arregui, el Carnicero de Mondragón. En 1990 fue condenado Juan José Iradi Lizarazu, en concepto de cómplice, por ser la persona que participó en el seguimiento y vigilancia de Ramiro recabando la información necesaria para su secuestro y asesinato. 

Ramiro Carasa Pérez, de 38 años, había nacido en Liendo (Santander) pero vivía en San Sebastián desde 1975. Estaba soltero, pero tenía novia en la capital donostiarra. Con una brillante trayectoria profesional, había ingresado como médico residente en La Paz, de Madrid, y pasó a ser adjunto al término de los tres cursos correspondientes. Más tarde fue jefe clínico en la Residencia Primero de Octubre, durante cuatro años, hasta que consiguió por oposición la plaza de jefe de servicio, en 1975, con el número uno, y pidió destino en la capital guipuzcoana. Mantenía intercambios científicos con médicos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y había participado en reuniones académicas y congresos en los países citados.

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