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ETA asesina a Luis Domínguez, sepulturero de Vergara, en 1980

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El 25 de enero de 1980 la banda terrorista ETA asesinaba a LUIS DOMÍNGUEZ JIMÉNEZ, sepulturero de Vergara (Guipúzcoa). Como tantas otras veces "alguien" le había colgado a Luis el sambenito de colaborador de las Fuerzas de Seguridad, concretamente de la Guardia Civil. Ese era motivo suficiente para que hubiese pasado a ser objetivo de los terroristas. En el culmen del delirio, la banda asesina lo acusó de haber fabricado los ataúdes en los que enterraban a los guardias civiles asesinados, lo que da idea de la paranoia en la que se movía ETA. Había una base de verdad sobre la que la banda construía sus delirantes justificaciones, porque Luis Domínguez desempeñaba el trabajo de sepulturero en Vergara desde 1971. Ahí mismo estaba el acuartelamiento de la Guardia Civil hasta que, precisamente en enero de 1980, decidieron trasladarlo a Intxaurrondo, en San Sebastián, más moderno y con mejores medidas de seguridad.

El acuartelamiento de Vergara era un destino temido por los agentes de la Guardia Civil, las medidas de seguridad eran escasas y muchos de los guardias que prestaban allí servicio cayeron asesinados por ETA en aquellos años de plomo. En los bajos del cuartel había un local de la funeraria Santa María, donde Luis Domínguez fabricaba ataúdes. El 25 de enero, Luis fue acribillado por miembros de la banda terrorista a las puertas del cementerio de Vergara.

En un testimonio emitido por Onda Cero, en el desaparecido programa Onda 091, y del que se hacen eco en la página web de la Asociación Unificada de Guardias Civiles, la viuda de Domínguez, Arrate Zurutuza, lo recuerda así en un largo testimonio que merece la pena transcribir íntegro:

A Luis le mató ETA el 25 de enero de 1980. Ese día vino a casa, estuvo cenando y después fue a cerrar el cementerio. Allí le estaban esperando. Primero le dieron un tiro en la rodilla y luego le sujetaron la cabeza y le dieron el tiro de gracia. A mí me llamó por teléfono una señora para que fuera, que a mi marido le habían tiroteado. Fui allí y ya estaba en el lugar la Guardia Civil y no me dejaron acercarme a él. Aunque creían que estaba muerto le llevaron rápidamente a Mondragón, pero no se pudo hacer nada. Como él ayudaba mucho a los forenses a hacer autopsias, le conocían en el hospital, y nos permitieron traer el cuerpo rápidamente a casa. Al día siguiente, el periódico, como hacía siempre, dijo lo que le dio la gana, que si era un chivato, que si era esto o lo otro. Cómo sería la infamia que su hermano cogió todos los periódicos que había en el pueblo y los quemó en la plaza

Luis era muy buena persona, como un niño de 39 años. Teníamos cinco hijos, y era un chaval alegre, buen padre y muy amigo de toda la gente de bien. Le encantaba el campo, salir de caza. Hacía favores a todo el mundo, hacía de taxista y lo que le pidiesen. Así que yo me preguntaba: ‘Dios mío, ¿por qué?’. Claro, él llevaba también una funeraria, y en aquellos años ya se sabe que mataron mucho a guardias civiles, y él iba a meterlos en la caja y a solucionar los papeles para los entierros. Pasaba mucho tiempo con los guardias porque el almacén de las cajas estaba debajo del cuartel. Y él me decía: '¿por qué no voy a estar allí si allí tengo mi lugar de trabajo?'. Claro que tenía razón, pero como veían su coche que estaba mucho tiempo ahí aparcado, pues alguna gente empezó a murmurar que era un chivato. En aquellos tiempos era así: te ponían la etiqueta y ya está.

Luego tuve que salir adelante con cinco hijos, sin meterles odio, porque el chaval mayor tenía 19 años y el otro 18. Y así se vivió aquello. 
Ahora la pena es igual, el vacío es el mismo, pero en aquellos años encima te miraban como si fueses un bicho raro, con desprecio. Y eso que con mi marido el ayuntamiento se portó bien. Al menos fueron al funeral, aunque muchos amigos de él no se atrevieron a ir porque eran unos años horrorosos. A algunos amigos les tuve que decir: "Con todo el bien que os ha hecho y no os habéis atrevido ni a ir al funeral". Aunque fue gente al funeral, muchos decidieron pasar el día fuera del pueblo. Pasó lo mismo seis meses antes, cuando mataron al marido de una amiga mía. Aquello fue horroroso, no fue absolutamente nadie.

A mí sólo me quedaba una pregunta: ‘¿Por qué?’ Esperaba que cogiesen un día a los asesinos para ir a preguntarles el porqué, aunque después he entendido que no hacía falta un porqué. Los asesinos y sus amigos decían que algo habría hecho y eso les bastaba. El que le mató ya salió de la cárcel y está ahora en el pueblo. Cuando vino le hicieron un recibimiento y un homenaje. Y hay que vivir con todo eso. Me queda el consuelo de saber que él no hizo daño a nadie.

El testimonio de la viuda es uno de los recogidos por Cristina Cuesta en su libro Contra el olvido (Temas de Hoy, 2000), en el que cuenta que la persona que pasó la información a ETA era nieto y sobrino de sus vecinas, que conocían a su marido. Y añadía: "Tengo una prima simpatizante de Herri Batasuna que tiene un hijo en ETA. Prefiero ser viuda de un muerto por ETA que madre de un etarra". 

Por el asesinato de Luis Domínguez la Audiencia Nacional condenó en 1989 a José Ramón Basauri Pujana y Javier Antonio Oregui Echeberría a 28 años de prisión.

Luis Domínguez Jiménez tenía 39 años. Era natural de Cantaracillo (Salamanca), aunque hacía veinticinco años que residía en el País Vasco. Estaba casado con Arrate Zurutuza y su asesinato dejó huérfanos a cinco hijos, de entre nueve y veinte años.

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