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Ya sabemos cómo acaba esta película

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Todos ustedes han tenido esa sensación alguna vez: “Esta película me suena. Ya la he visto”. Es lo que me pasa a mi con el atentado de Niza, igual que me pasó con los anteriores atentados de París en noviembre. En los momentos posteriores al atentado, hemos tenido la consabida reacción de solidaridad de la gente: banderas francesas, mensajes de condolencia, lágrimas sinceras por parte de algunas personas…. También hemos tenido las consabidas declaraciones grandilocuentes de los políticos: los unos, hablando de que la sociedad y el gobierno serán firmes, de que el terror no derrotará a la democracia, de que los violentos no se saldrán con la suya; los otros, pidiendo no generalizar, advirtiendo frente a la tentación de la xenofobia, eligiendo cuidadosamente las palabras para evitar condenar el islamismo radical…

Ya hemos vivido todo esto. Ha querido el azar que el atentado de Niza coincida casi en el tiempo con el aniversario de la muerte de Miguel Angel Blanco. Y conocemos bien en España de qué va el guión. Treinta años de asesinatos de la banda terrorista ETA nos han permitido vivir exactamente las mismas reacciones: una sociedad conmocionada ante cada crimen, en la que muchas personas lloraban sinceramente de dolor por las víctimas; unos políticos que se limitaban a repetir sus grandilocuentes condenas, a prometer que los terroristas se pudrirían en la cárcel, a hablar de firmeza, de que las instituciones no se doblegarían ante el chantaje del terror…

Y ya sabemos cómo acaba la película. Ya sabemos cómo los gestos de solidaridad y condena por parte de la sociedad se olvidan, no ya a las pocas semanas, sino a los pocos días de haberse producido cada crimen. Ya sabemos cómo las promesas de firmeza de los políticos quedan en nada, cómo la sociedad se acostumbra a vivir con el terror, cómo la democracia se envilece.

No pretendo hacer ninguna valoración. Me limito a señalar los hechos. Y los hechos son que, a falta de una clase política dispuesta a combatirlo con todas las armas de la ley y de la razón, el terror termina rindiendo fruto. Porque cuando lo único que el terrorista encuentra enfrente es una solidaridad y una indignación informes, desestructuradas, carentes de objetivos, la sociedad aprende a aceptar que el único que tiene objetivos claros es el terrorista. Y la sociedad arroja la toalla.

Lo de Niza acabará como lo de los atentados de noviembre en Paris: en el olvido. Y mientras tanto, la democracia se habrá envilecido un poco más; las libertades se habrán coartado un poco más sin que eso sirva para detener el terror y los políticos terminarán dialogando con los que defienden los mismos objetivos que los terroristas, pero sin armas en la mano, lanzando así a la sociedad el mensaje de que lo malo del terrorista no son sus objetivos, sino solo sus métodos.

Y Europa terminará aceptando – de hecho, ya lo hace – que en determinadas zonas no rija la ley común, sino la sharia. Terminará aceptando que los derechos se restrinjan para una parte de la población, a cambio de poner fin a la violencia. Y terminará aceptando que una pistola puede más que cinco constituciones.

Ya hemos visto la película. Sabemos cómo acaba. Así que, al menos, no finjamos que creemos que las reacciones de solidaridad y las declaraciones pomposas van a alguna parte. No van a ninguna. En ausencia de un gobierno que le plante cara de verdad y esté dispuesto a defender la democracia, el que gana es el terror. Lo hizo en España y lo hará ahora en toda Europa.

Siento que sea así, pero así es.

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