« Receta para un atentado islamista | Principal | Una encuesta »
8 de Agosto de 2008 - 12:24:55 - Luis del Pino
La violencia es rentable. Es triste, pero es así: no es verdad que la sociedad tienda naturalmente a expulsar de su seno la violencia, o a los violentos. Por regla general, sucede todo lo contrario.
Marruecos es un país donde el terrorismo islamista ha causado algunas decenas de muertos y eso no sólo no ha generado un rechazo social contra el radicalismo islámico, sino todo lo contrario: el islamismo avanza electoralmente desde hace años de manera significativa, al igual que sucede en Turquía.
O, mejor dicho, sí que se produce inicialmente un rechazo social aparente, pero acompañado de una aceptación parcial de los postulados de quienes practican la violencia, con lo que a la larga se llega a interiorizar como algo natural la violencia contra quienes no aceptan esos postulados.
Así, en Marruecos, esas pocas decenas de muertos en atentados terroristas han tenido un efecto enorme entre la sociedad: en los últimos diez años, se ha producido un progresivo abandono de las modas occidentales más atrevidas, por el temor de las mujeres a las represalias. Igual que se ha producido un incremento llamativo en el número de bares y restaurantes que no sirven alcohol, por temor también a ser escogidos como objetivo por algún terrorista fanatizado.
En ambos casos, esas concesiones al radicalismo islámico no se realizan por imperativo legal, ni por convencimiento, sino por miedo. Pero el resultado es que, al cabo de unos pocos años, los planteamientos ideológicos de quienes han escogido la violencia como método se terminan asumiendo como uso social normal y quienes pasan a escandalizar a la sociedad son la que lleva minifalda o el que sirve alcohol.
Pero no tenemos que irnos tan lejos para ver un fenómeno similar. La violencia ejercida por el nacionalismo en el País Vasco ha conducido exactamente a una asimilación social idéntica de los planteamientos nacionalistas. Lejos de servir para aislar y tratar como apestados a quienes ejercen la violencia, esa violencia ha servido para que casi todo el mundo en el País Vasco termine interiorizando los postulados defendidos por el nacionalismo y tratando como apestados a quienes no comulgan con ellos. No eres vasco si no conoces el vascuence. No eres vasco si no pones a tus hijos nombres vascos. No eres vasco si te atreves a criticar el racismo paranoico de un Sabino Arana. No eres vasco si se te ocurre exhibir una bandera española. No eres vasco si no quieres más autogobierno. No eres vasco si te atreves a criticar la cara más siniestra del País Vasco.
Al final, quienes toman la calle y queman contenedores en nombre del nacionalismo más radical no causan escándalo social ninguno: la mayoría de la gente es perfectamente capaz de seguir tomando su cerveza mientras dos calles más allá lanzan cócteles molotov contra las fuerzas de seguridad. Lo que causa escándalo social es que alguien se atreva, por ejemplo, a llevar en la chaqueta un pin con la bandera española.
Psicológicamente, el fenómeno es siempre el mismo: como existe esa violencia, sólo puedo hacer dos cosas: o enfrentarme a ella, o mimetizarme con el entorno para no convertirme yo mismo en objetivo. Y, a la larga, esa mímesis termina por conceder la victoria ideológica al que usa la violencia. Está pasando en Marruecos y está pasando en el País Vasco. Igual que pasó antes en la Alemania nazi, donde el partido de Adolfo Hitler ganó las elecciones, no a pesar de utilizar la violencia, sino precisamente por utilizarla.
Los que no se atrevían a enfrentarse a quienes usaban la violencia contra los judíos o los comunistas, terminaban racionalizando su terror y encontrando razones que explicaran por qué debía ejercerse esa violencia. El famoso "algo habrán hecho", que siempre se aplica de la misma forma, sea a los judíos en Alemania, a los no nacionalistas en el País Vasco o a los que venden alcohol en un país árabe.
Ese "algo habrán hecho" funciona siempre, porque en realidad quiere decir: "hay algo que yo debería hacer, pero no me atrevo a hacerlo". Y es más asumible para nuestro propio ego cosificar a quienes son objeto de violencia, encontrar justificaciones para que sean objeto de violencia, que confesarnos a nosotros mismos que, en realidad, no somos sino simples seres humanos que tienen miedo de enfrentarse con el violento.
Lo que en el fondo buscamos todos cuando la violencia comienza a ejercerse, no es sino una justificación que nos permita a la vez sobrevivir nosotros mismos y salvar la cara: "¿Por qué tendría yo que salir en defensa de ellos? Nadie ejercería violencia contra ellos si no fueran como son. Además, ¿qué podría hacer yo solo, en cualquier caso?".
Viene todo esto a cuento de una noticia que me parece particularmente triste, porque quiere decir que esos mismos reflejos de miedo se están empezando ya a generalizar en todo Occidente: la editorial Random House ha retirado una novela sobre la mujer de Mahoma por temor a que incite "a la violencia", a pesar de que la novela trata con todo respeto tanto a Mahoma como al Islam.
Aquí no pasa nada porque se ataque a la Iglesia, porque se hagan exposiciones pornográficas con las figuras de Jesús o de María como protagonistas, porque se difame a la jerarquía católica o porque se emitan programas de humor soez a cuenta del catolicismo. Sin embargo, nadie en su sano juicio se atrevería a hacer lo mismo con el Islam.
¿Hace falta una prueba mejor de que la violencia funciona?
Ante quienes ejercen la violencia, no cabe componenda alguna, ni existe posibilidad de aplacamiento. Sólo vale una enmienda a la totalidad, sin concesión de ningún tipo. Lo único capaz de detener el ascenso de los violentos es una ofensiva total, continuada e inmisericorde de la sociedad contra quienes ejercen la violencia. Una ofensiva dirigida a que se avergüencen no sólo de sus métodos, sino especialmente de su ideología.
Porque cuando una ideología genera violencia es con la ideología con lo que hay que terminar. La violencia no es más que el método que una ideología perversa escoge para imponerse.
¿Se le ocurriría a alguien en su sano juicio hablar, hoy en día, de "nazis moderados" y "nazis radicales"? De ninguna manera. La sociedad occidental decidió proscribir el nacionalsocialismo de manera global, como ideología perversa que es. Pero entonces, ¿por qué hablamos de nacionalismo moderado y nacionalismo radical? ¿Por qué hablamos de islamismo moderado e islamismo radical?
No somos nosotros, es decir, los que somos objetivos de la violencia, quienes tenemos que salvar la cara a nadie. Si el nacionalismo conduce a la violencia, deberá exterminarse legalmente el nacionalismo en su conjunto. Y serán los propios nacionalistas quienes deban aislar, expulsar y aniquilar a los violentos si desean que su ideología sobreviva.
Y de la misma manera, deben ser los propios musulmanes quienes aíslen, expulsen y aniquilen a los que practican la violencia en su nombre. De lo contrario, no dejan a las sociedades occidentales más que dos caminos: o la sumisión completa, gracias a la presión de la violencia, o la proscripción global de una ideología que demuestra que no es capaz de evitar que se genere en su nombre violencia.