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Un país que apesta

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La trimetilaminuria es una rara enfermedad genética a la que también se conoce con el nombre de "síndrome del olor a pescado podrido".

Las personas que padecen esta enfermedad no pueden metabolizar la trimetilamina, debido a la ausencia de una enzima necesaria. Como resultado, la trimetilamina se acumula en el organismo y se expulsa a través de la orina o el sudor. Y el paciente exhala de forma continua un insoportable mal olor, que la gente atribuye a la falta de higiene.

Es el caso, por ejemplo, de Ellie James, una británica de 44 años cuya existencia fue, hasta que por fin consiguieron diagnosticarla, un auténtico infierno de problemas laborales, personales y familiares, debido a ese permanente mal olor que la ha acompañado toda su vida. Dependiendo de lo que comiera, de su nivel de estrés o incluso del momento de su ciclo hormonal, podía oler a pescado podrido, a perfume barato, a neumático quemado, a azufre o a aguas residuales. Pero siempre la acompañaba un olor enormemente desagradable, a pesar de ducharse cinco veces al día. De hecho, los jabones normales sólo conseguían acentuar el olor.

Imagínense la escena: una mujer que sabe que apesta y que no sabe por qué. Y, lo que es peor, que muchas veces no es capaz ella misma de detectar cuándo apesta de manera especialmente ofensiva, porque su nariz se ha acostumbrado al mal olor. Esa mujer viaja en el autobús y tiene que soportar que algún otro viajero la insulte, pensando que esa señora es, pura y simplemente, una cochina. O tiene que ver cómo los compañeros de trabajo le dejan pastillas de jabón en la mesa, para ver si entiende la indirecta y se ducha, a pesar de que la pobre Ellie lleva ya tres duchas ese día.

El calvario de Ellie James terminó el día en que por fin los médicos identificaron qué es lo que le pasaba. La enfermedad no tiene cura, pero al menos Ellie James lograba entender a qué se debía aquel permanente olor.

Y, de hecho, aunque la enfermedad no tiene cura, sí que se pueden paliar sus efectos en buena medida, controlando estrictamente la dieta, evitando ciertos compuestos químicos y ciertos fármacos y utilizando un jabón especial.

Hoy en día, esa mujer británica lleva por fin una vida laboral y sentimental casi completamente normalizada.

Pero fíjense ustedes en algo importante: ahora, Ellie James puede controlar el olor de su cuerpo de una forma razonable. Pero aunque eso no fuera así, aunque fuera incontrolable ese olor, la vida de Ellie James ya había mejorado con solo saber cuál era la causa de ese olor apestoso. Porque el saber que tenía una enfermedad genética al menos le servía para convencerse de que ella no era la culpable, de que no se debía a una falta de higiene suya, ni a ninguna otra cosa que estuviera en su mano.

Nuestra nación, España, se parece en cierto sentido a Ellie James. Son muchas las cosas que apestan en este país. De hecho, el olor es permanente y variado, pero siempre insoportable: dirigentes que tratan a los españoles como si fueran siervos; personas que se dejan tratar como siervos por los dirigentes; funcionarios que actúan al servicio de sus propios intereses o de los de su partido; corruptos que saquean el presupuesto público sin ningún rubor; personas de a pie que callan ante la corrupción del poderoso, porque también ellas trampean como pueden; paniaguados que viven del chollo, vegetando en algún puesto de asesor; jueces vendidos; periodistas lacayunos; sindicalistas que no son tales... Todo parece estar corrompido o funcionar mal.

Y lo peor es esa sensación de no saber por qué nos pasa todo esto, de no saber qué es lo que estamos haciendo mal. Nos sentimos colectivamente culpables: no sabemos qué hemos hecho mal, pero nos sentimos culpables de algo: quizá de no ser un pueblo instruido, quizá de no ser un pueblo disciplinado, quizá de no ser un pueblo trabajador. Y no hay nada más desesperante que creer que estás haciendo algo mal, y no saber qué es.

Y a lo mejor resulta que no estamos haciendo nada mal, como Ellie James. A lo mejor resulta que hay cosas que no están, simplemente, bajo nuestro control, porque dependen de nuestra constitución cultural, de nuestra forma de ser. Y a lo mejor lo que tenemos que hacer es, como Ellie James, darnos cuenta de que a nuestro organismo le falta alguna enzima que otras naciones sí tienen. Y no vamos a poder segregar esa enzima por mucho que nos empeñemos, pero lo que sí podremos hacer es adaptar nuestro modo de vida a nuestra propia condición, para mantener los síntomas perniciosos bajo control.

Quizá fuera hora, por ejemplo, de analizar nuestras instituciones y ver si se adecúan a nuestro carácter, porque a lo mejor tenemos que desarrollar nuevas formas de participación política y ciudadana adaptadas a nuestra propia forma de ser. ¿Los españoles somos anárquicos? Bueno, pues eso puede ser un defecto que lleve a la inacción, o una virtud que fomente la capacidad creadora, así que tendremos que pensar en instituciones que conviertan esa anarquía en algo positivo. ¿Los españoles tendemos a no respetar las leyes? Bueno, pues a lo mejor necesitamos menos leyes y reglamentaciones, en lugar de más. ¿Los españoles tendemos a abusar del poder? Pues a lo mejor tenemos que repensar los mecanismos de separación de poderes y desarrollar otros que trasciendan a Montesquieu y se adapten mejor a nuestro carácter.

Los españoles somos como somos, y esa manera de ser tiene virtudes e inconvenientes. ¿Qué tal si dejamos de querer ser lo que no somos y, en lugar de ello, tratamos de aprovechar lo que tenemos?

Y ya sé que lo que digo no son sino generalidades, pero estoy seguro de que entienden ustedes la idea: basta de sentirnos culpables por cosas de las que no tenemos culpa alguna, y pongámonos manos a la obra, sin ideas preconcebidas, para adaptar las instituciones a nuestra forma de ser, en lugar de pretender que los españoles se adapten a instituciones que quizá funcionen bien en otros países, pero que aquí no parecen dar un gran resultado.

Tenemos que empezar a desarrollar y a profundizar nuestra propia forma de democracia. Y estamos, con el advenimiento de la era electrónica, en un momento óptimo para poder conseguirlo.

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