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Un escrache en la universidad

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A las 11:15 de la mañana del 2 de noviembre de 1933, el catedrático de matemáticas Edmund Landau abrió la puerta de su despacho en la Universidad de Göttingen para dirigirse al salón donde debía impartir su clase.

Fuera de su despacho lo estaba esperando una turba de unos 80 estudiantes. No le agredieron, pero cuando Landau logró llegar al aula, comprobó que solo había un alumno dentro: solo un estudiante se había atrevido a desafiar el boicot decretado por la Unión de Estudiantes Alemana.

Aquel día, tras una conversación con Oswald Teichmüller, uno de los líderes de la protesta estudiantil, que le negó cínica y vehementemente que se tratara de un boicot organizado, Landau tomó la decisión de renunciar a su puesto.

Aquello era la culminación de una campaña de acoso que había comenzado mucho antes. En numerosos lugares de Alemania, los discursos y artículos pidiendo el despido de ciertos profesores, y las manifestaciones estudiantiles exigiendo una purga en las universidades, se habían convertido en habituales. Emmy Noether, la mujer matemática más importante de la Historia, pudo ver en esa misma universidad de Göttingen cómo los estudiantes, incluidos algunos de sus propios alumnos, se manifestaban al grito de “¡Matemáticas arias para los arios!”.

Y lo que había comenzado como un acoso verbal cada vez más virulento, y luego como acoso físico de baja intensidad, desembocó en la promulgación, el 7 de abril de 1933, de la denominada Ley de Restauración del Servicio Civil Profesional, que decretaba la expulsión de la docencia de los descendientes de judíos y los simpatizantes de grupos opositores.

Aquella primera ley preveía (por influencia del presidente alemán Hindenburg) una serie de excepciones, como por ejemplo que no podrían ser despedidos los veteranos o familiares de veteranos de la Primera Guerra Mundial, ni tampoco aquellos docentes que hubieran ocupado su plaza antes de 1914. Ese era el caso, precisamente, de Edmund Landau.

De modo que, para todos aquellos que lograron escapar del despido decretado por la Ley, la campaña de acoso se intensificó, con llamamientos al boicot, con manifestaciones pidiendo la expulsión de los docentes “traidores” y con escraches contra los profesores señalados.

El resultado de la campaña de limpieza étnica e ideológica fue devastador en las universidades alemanas. Solo en la Universidad de Heidelberg, se vieron obligados a abandonar sus puestos el 30% de los profesores de la facultad de Derecho, el 28% de la de Medicina, el 30% de la de Filosofía y el 11% de la de Ciencias Naturales. Entre esos profesores despedidos u obligados a jubilarse en Heidelberg, y que ya no podrían volver a ejercer la docencia en Alemania, estaban, por ejemplo: Gerhard Auschuetz, uno de los padres de la Constitución de Weimar; el Premio Nobel de Medicina Otto Meyerhoff o el filósofo y psiquiatra Karl Jaspers.

Muchos de los despedidos en toda Alemania emigraron a universidades extranjeras, que acogieron con los brazos abiertos esa inyección de mentes brillantes. Muchos otros de los despedidos o jubilados eligieron quedarse en su país natal. Algunos de ellos acabarían sus días en los campos de concentración.

Los escraches en la Universidad no son un problema en si mismos, sino tan solo uno de los síntomas de otra enfermedad más profunda: la del totalitarismo. Porque los escraches físicos son solo un peldaño de una escalera: una escalera que cuenta con muchos otros peldaños anteriores, comenzando por la prédica del odio y siguiendo por los señalamientos personales en discursos y artículos. Y que cuenta también con muchos otros peldaños después, como el de las purgas y, al final, la eliminación física del discrepante o del señalado como enemigo.

Que una sociedad ascienda más o menos peldaños de la escalera de la vileza, depende tan solo de su propia capacidad de reacción.

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