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14 de Julio de 2008 - 10:19:17 - Luis del Pino
El pesimista acierta más a menudo que el optimista,
pero el optimista lo pasa mejor.
Y ninguno de los dos puede detener
la marcha de los acontecimientos.
(Robert Heinlein)
En los hilos anteriores de esta serie hemos ido poniendo sobre la mesa las distintas piezas que componen el puzzle de la versión oficial sobre Jamal Ahmidan. Y hemos ido señalando las diversas contradicciones de esa versión, los fallos de encaje de esas piezas, que conducen inevitablemente a pensar que la figura oficial de ese supuesto máximo responsable operativo de la masacre es, en realidad, una construcción artificial. Una construcción artificial hecha con informaciones parcialmente ciertas y parcialmente inventadas, y en la que se han mezclado diversos personajes hasta conseguir disponer de una cabeza de turco sobre la que volcar la responsabilidad de la masacre y con la que engarzar las distintas partes de la versión oficial.
Señalábamos en el último hilo cómo las informaciones sobre el piso de la C/ Villalobos (ese piso en el que en teoría habitaba Jamal Ahmidan con su mujer y su hijo) eran enormemente contradictorias, ya que en ninguna parte del sumario quedaba claro quién había alquilado ese piso, quién había vivido en él y en qué fechas había residido allí Jamal Ahmidan.
Publicamos hoy en Libertad Digital un nuevo enigma en el que desvelamos que la Policía contaba con datos que demostraban que fue Jamal Ahmidan (con la falsa identidad de Said Tlidni) quien alquiló ese piso en 2001. En concreto, la Policía tenía en su poder el contrato de alquiler firmado por Jamal, pero ese contrato no fue aportado al sumario.
El problema fundamental es que la versión oficial necesita explicar cómo es posible que un delincuente común como Jamal Ahmidan terminara involucrado en actividades islamistas. Y para explicar eso se nos dijo que Jamal pasó por una cárcel marroquí entre finales de 2000 y mediados de 2003 y que fue en esa cárcel donde se radicalizó.
Pero la existencia del contrato de alquiler de la C/ Villalobos demuestra que esa estancia en la cárcel es falsa. Jamal no podía estar en la cárcel en Marruecos en 2001, puesto que estaba en Madrid, firmando el alquiler de aquel piso.
No es el único dato que contradice la supuesta estancia de Jamal en una prisión marroquí: contamos también con los testimonios de los vecinos de aquel inmueble, que señalan que Jamal estuvo viviendo allí en las fechas en que según la versión oficial estaba en Marruecos; y contamos también, entre otras cosas, con el análisis de uno de los ordenadores encontrados en el piso de la C/ Villalobos, cuyo usuario era Jamal y desde el cual se estuvieron efectuando accesos a Internet en los meses de enero, febrero y abril de 2003, fechas, todas ellas, en las que nos habían dicho que Jamal estaba preso.
¿De dónde sale entonces el dato de que Jamal estuvo en la cárcel en Marruecos entre diciembre de 2000 y junio de 2003? Pues de un supuesto boletín de excarcelación supuestamente encontrado en el piso de la C/ Villalobos, pero lo cierto es que Marruecos no llegó jamás a aportar ningún documento oficial que demostrara semejante estancia en prisión.
La falsa estancia en la cárcel marroquí cumple el mismo papel que los inexistentes corros de suicidas cantarines en Leganés o que las falsas llamadas de despedida de los habitantes de aquel piso: revestir del necesario carácter islamista a lo que no era sino una trama de delincuentes y confidentes policiales.
Fíjese el lector en un detalle curioso. Según la versión oficial, Jamal Ahmidan disponía de tres domicilios: el de la C/ Villalobos, el de la C/ Pozas y la finca de Morata. En lo que respecta a la finca de Morata, la Policía interrogó tanto a la propietaria de la misma como a los vecinos de la zona, y sus declaraciones fueron incorporadas al sumario, para demostrarnos que Jamal Ahmidan y sus amigos anduvieron por esa finca.
¿Cómo es posible, entonces, que no se haya incorporado al sumario ningún testimonio de ninguno de los vecinos de los otros dos inmuebles? ¿Es que no era interesante ver a quién podían reconocer esos vecinos? ¿Es que no era interesante saber cuándo había habitado allí Jamal y con quién? ¿Es que no era posible que los vecinos hubieran detectado movimientos extraños en las fechas anteriores a la masacre?
¿O es que esos testimonios, como queda de manifiesto en el enigma que publicamos hoy, eran incómodos, porque hacían imposible poder encajar determinados aspectos de la versión oficial, como esa supuesta estancia en la cárcel?
En fechas sucesivas iremos desvelando más datos que arrojan todavía más sombras de sospecha sobre el proceso de construcción de la personalidad oficial de Jamal Ahmidan.