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Suspensión de la incredulidad

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¿Cuántos libros se han publicado a lo largo de la Historia? Pues según la empresa Google, que hizo un recuento en el año 2010, la respuesta es que hasta la fecha se han editado unos 130 millones de títulos distintos en todo el mundo.

De ellos, la proporción de obras de ficción es aproximadamente de uno de cada siete, según los datos de publicaciones en 2007 en EE.UU. Eso quiere decir que a lo largo de la Historia se han escrito en torno a 20 millones de novelas diferentes.

Por tanto, con un número tan inmenso de novelas publicadas, cualquiera que se plantee hoy escribir otra novela más, puede estar seguro de que alguien ha escrito alguna vez una trama similar a la suya.

¿Y películas? ¿Cuántas películas se han hecho? La conocida base de datos cinematográfica IMDb contiene en estos momentos más de 2.700.000 títulos filmados desde 1880, de los cuales 1.700.000 corresponden a episodios de series de TV y unos 300.000 a películas de cine. De nuevo, la posibilidad de escribir el guión de una serie televisiva o de una película para la gran la pantalla, y no repetir la trama de algún guión anterior, es casi inexistente.

Los folcloristas han utilizado desde principios del siglo XX el sistema de clasificación de Aarne-Thomson para catalogar las tramas de los cuentos populares, según su temática. Actualmente, el sistema cuenta con algo más de dos mil categorías distintas, es decir, dos mil posibles historias diferentes que contar.

Pero si se prescinde de detalles concretos, en realidad el número de posibles historias diferentes se reduce muchísimo. Así, el escritor francés Georges Polti desarrolló en su día una clasificación de los 36 posibles argumentos básicos que cualquier historia puede tener, y el periodista inglés Christopher Booker identificaba, por su parte, tan solo siete categorías principales de tramas.

Sea como sea, cualquier escritor tiene muy difícil ser original en lo que a la trama respecta. Antes que él, muchos miles de escritores habrán desarrollado una trama similar. La originalidad, y también el arte, no radican en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta.

Supongo que si alguien se molestara en hacer una recopilación similar de los discursos políticos, nos encontraríamos también con una inmensa avalancha de discursos que, al final, se pueden reducir a unas cuantas decenas de variantes distintas. Cualquier genialidad o tontería que a un político se le ocurra, ya se le ha ocurrido a muchísimos otros escritores de discursos políticos antes que a él.

De nuevo, la originalidad política no consiste en inventar la rueda, porque todas las ruedas están inventadas, sino que descansa en la forma de transmitir el mensaje.

Un buen escritor de ficción o un buen guionista de cine no inventan argumentos nuevos, porque los nuevos argumentos no existen. Lo que hacen es lograr que nos creamos aquello que cuentan. Los americanos tienen una frase - suspension of disbelief, suspensión de la incredulidad - para designar ese estado de ánimo que permite a los lectores o a los espectadores sentir como verosímil una novela o una película, aunque en ella salgan marcianos de piel verde y con trece piernas. El buen cine y la buena literatura son aquellos que logran esa suspensión de la incredulidad en los espectadores y lectores. Por el contrario, los malos escritores de novelas y de guiones no logran vencer nuestra incredulidad, no logran que olvidemos por unos instantes que estamos asistiendo a una película o leyendo una historia de ficción.

Con los políticos pasa lo mismo, pero con un obstáculo añadido. No buscamos que nos cuenten algo nuevo, porque nunca hay nada realmente nuevo que decir. Lo único que los votantes esperan es que el político sea capaz de vencer su incredulidad, de contarle algo que resulte mínimamente verosímil. Pero además, tenemos la posibilidad de confrontar lo que los políticos dicen con los hechos, con lo que luego hacen. Y el confrontar el dicho y el hecho contribuye a reforzar o a destruir la credibilidad del político.

Miren ustedes a su alrededor. Fíjense en un Artur Mas, en un Rubalcaba, en un Rajoy... ¿Cuando ustedes oyen hablar a alguno de ellos, experimentan esa sensación de suspensión de la incredulidad que las buenas películas consiguen? ¿O tienen, por el contrario, la impresión de estar escuchando a alguien que recita un papel?

El problema de la política española es que llevamos años repitiendo los mismos tipos de guiones, cosa inevitable, pero cada vez de una forma más cansina y rutinaria, y con actores cada vez menos profesionales. Lo cual no hace sino ahondar la brecha entre los dirigentes políticos y la ciudadanía.

Quienquiera que sea el productor de esta película llamada España, debería empezar a plantearse cambiar de reparto, porque la cosa no da mucho más de sí y la gente está empezando a abandonar en masa la sala de proyección.

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