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Si Rafael Casanova levantara la cabeza

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El 11 de septiembre de 1714, el Duque de Berwick, que comandaba las tropas borbónicas que cercaban Barcelona, dio la orden de asalto tras dos meses de asedio. En la batalla, que fue feroz, resultaron heridos tanto Antonio Villarroel, el general al mando de los defensores, como Rafael Casanova, consejero jefe del Consejo de Ciento.

Ante la crítica situación de la ciudad, Rafael Casanova hizo pregonar por las calles de Barcelona su famoso bando, en el que:

- informaba de que la situación era desesperada, porque el enemigo había conseguido ya tomar posiciones en diversas brechas de las defensas, así como en algunos baluartes,

- pedía a los habitantes en disposición de tomar las armas que se presentaran en las plazas de Junqueras, Born y Plaza de Palacio,

- recordaba los males que derivarían de quedar la ciudad sometida al dominio francés de los Borbones

- y avisaba de que si en el plazo de una hora no conseguían reunir el número de defensores suficientes, pedirían la capitulación antes de la noche, para evitar el saqueo de la ciudad.

Pero no se consiguió organizar una defensa suficiente, así que no hubo más remedio que ofrecer la rendición. La capitulación de la ciudad se firmó el 12 de septiembre y las tropas borbónicas entraron en la ciudad al día siguiente. Terminaba de esa manera en el frente catalán la Guerra de Sucesión que había enfrentado a los dos pretendientes a la corona española: Felipe de Borbón y Carlos de Austria.

Los nacionalistas, siempre dispuestos a inventarse la historia, reivindican la figura de Rafael Casanova cada 11 de septiembre, pero aquello no fue una guerra de independencia de Cataluña, sino una guerra de sucesión que afectó a toda España. De hecho, ni siquiera podemos calificarlo de guerra civil española. Se trató, más bien, de un conflicto entre potencias europeas por situar en España a un rey favorable a sus intereses. Cataluña cometió el error de cálculo de ponerse del lado del pretendiente austriaco, apoyado por Inglaterra. Al final, sería el pretendiente apoyado por Francia quien se alzaría con la victoria.

Pero hay algo todavía más ridículo que la manipulación histórica. Si comparamos la figura de Rafael Casanova con la de Puigdemont, las diferencias son demoledoras:

- Rafael Casanova se negó a rendir la ciudad cuando el Duque de Berwick llegó a sus puertas. Lo cual es aún más notable si tenemos en cuenta que el propio pretendiente austriaco había llegado ya a un acuerdo con Felipe V y había evacuado a sus tropas del principado, dejando solos a los catalanes.

- Rafael Casanova no salió huyendo de la ciudad cuando las tropas borbónicas la pusieron cerco. Se quedó en ella para organizar la resistencia y liderar a esos barceloneses a los que representaba y a los que había convencido de protagonizar una resistencia numantina.

- Rafael Casanova luchó como cualquier otro defensor de la ciudad, siendo herido de gravedad en la batalla decisiva del 11 de septiembre.

- Rafael Casanova solo se avino a rendirse cuando las autoridades de la ciudad constataron que ya no había gente suficiente para empuñar las armas y detener el asalto final. Y solo se rindió para evitar que la ciudad fuera arrasada.

En suma, Rafael Casanova cumplió con su obligación de liderar a su gente, asumiendo con ella los riesgos y demostrando la valentía que su cargo le demandaba. Todo lo contrario de ese Puigdemont que ha llevado a los separatistas catalanes a un callejón sin salida, para al final huir él mismo a las primeras de cambio. Es el típico Capitán Araña, que manda a sus hombres al frente, pero él se larga de España. Se lo preguntó muy claramente un periodista inglés a Puigdemont en su primera rueda de prensa en Bruselas: "¿Es Vd. un cobarde, Mr. Puigdemont?".

La respuesta, por supuesto, es que sí. Es un cobarde. Y si la cobardía personal tiene disculpa (cada uno elige los riesgos que quiere asumir), lo que no tiene disculpa alguna es que metas a los demás, que metas a tu gente, en un lío en el que tú mismo no quieres meterte. Jugar con las esperanzas de los demás para dejar que sean solo los demás los que asuman los riesgos es la peor forma de la cobardía. Se puede ser cobarde y buena gente; Puigdemont es cobarde y, encima, mala persona. Ha dejado tirados a aquellos que creyeron en él.

Pero bueno, tampoco es de extrañar que haya esas diferencias entre Casanova y Puigdemont. Rafael Casanova luchaba de verdad por algo en lo que de verdad creía. Y lo explica muy bien en aquel bando del 11 de septiembre de 1714: "Acudid a los lugares señalados", decía Casanova a los barceloneses, "a fin de derramar gloriosamente vuestra sangre y vuestra vida por vuestro Rey, por vuestro honor, por la Patria y por la libertad de toda España."

Puigdemont no cree de verdad en nada y no luchaba por nada de verdad. La hipotética república catalana que Puigdemont pregonaba no es otra cosa que la excusa con que una casta ladrona lleva expoliando a los catalanes cuatro décadas. Nada más lejano de la valentía o del honor que el imperio del 3%.

Si Rafael Casanova levantara la cabeza, se iría hasta Bruselas a vomitarle a Puigdemont encima.

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