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24 de Junio de 2007 - 11:00:18 - Luis del Pino
Como si se hubieran puesto de acuerdo (de lo cual no me cabe la más mínima duda), vienen insistiendo últimamente ciertos defensores de la mentira oficial (Ernesto Ekaizer, algún abogado de la acusación de Pilar Manjón, José Jiménez Villarejo) en la tesis de que los que cuestionamos esa mentira queremos una sentencia abierta, y que el juez Bermúdez no puede, no debe, dictar semejante sentencia.
Resulta curiosa la manía de esos muchachos por intentar fijarnos el terreno de juego. Lo llevan haciendo, con un éxito manifiestamente mejorable, en el tema de la posible implicación de ETA: insisten en que nosotros estamos empeñados en que fue ETA la autora del 11-M e intentan por todos los medios desmentir o ridiculizar esa tesis. Pues no se molesten en hacerlo, señores, porque nosotros lo que nos tememos es, precisamente, que no fue ETA. Lo que nos llevamos mucho tiempo preguntando es otra cosa: nos preguntamos si el 11-M fue la condición necesaria para poner en marcha la ronda definitiva de disgregación del Estado y de superación de la Constitución que estamos viviendo desde que aquellos trenes fueran volados.
En el caso de la sentencia del juicio, vuelven a intentar la misma táctica: nos atribuyen el deseo de que haya una sentencia abierta. Pues no, señores, nosotros tampoco queremos una sentencia abierta, así que, en eso, estamos de acuerdo con ustedes.
Lo que nosotros cuestionamos es otra cosa: lo que venimos afirmando (y demostrando) desde hace ya mucho tiempo es que todas y cada una de las pruebas que supuestamente ligaban a los acusados con la masacre de los trenes son pruebas falsas. Falsas pruebas utilizadas para presentar ante la opinión pública una falsa trama islámica a la que responsabilizar de los atentados. Una falsa trama con la que conseguir que los verdaderos autores no salgan nunca a la luz.
Incluso admitiendo que Leganés no hubiera sido un tétrico teatro (que lo fue), ¿me pueden ustedes decir, nos podría el tribunal decir, qué pruebas hay que vinculen a cualquiera de los acusados con la voladura de los trenes?
¿Una Goma2-ECO encontrada siempre fuera de los trenes y que no se puede demostrar que estallara en los trenes?
¿Una mochila-bomba que nadie vio en la estación de El Pozo, que estaba preparada para no estallar y que fue encontrada en una comisaría dirigida por un comisario condenado por falsificación de pruebas?
¿Una furgoneta en la que, al ser llevada a dependencias policiales, aparece un resto de explosivo que ningún testigo vio en Alcalá y que los perros no olieron?
¿Un coche Skoda que no estaba en Alcalá en la mañana del 11-M?
¿Una conversación telefónica grabada a ese sujeto que dice que dispone de un secador de pelo mucho más mortífero que todas las armas americanas?
Nosotros no reclamamos una sentencia abierta. De ninguna manera. Aquí lo que está dirimiéndose es otra cosa, así que no insistan en fijarnos un terreno de juego que no aceptamos en modo alguno. La cuestión, aunque sé perfectamente que ustedes ya la conocen, es la siguiente: probablemente muchos de los que se sientan en el banquillo merecen ir a la cárcel, pero ninguno de ellos participó en la voladura de los trenes. Al menos, eso es lo que se desprende de las pruebas existentes.
Probablemente muchos de ellos sean responsables de delitos tales como el tráfico de drogas, el tráfico de explosivos, el tráfico de coches robados o la falsificación de documentos. Varios de ellos son también, probablemente, culpables del delito de integración en banda armada, porque son auténticos islamistas que quizá no le harían ascos a la posibilidad de atentar contra Occidente. Hay, asimismo, algunos imputados que muy probablemente han participado de manera consciente en la gran mentira, declarando ante el juez y ante la Policía lo que les dijeron que tenían que declarar, para poder construir esa mentira oficial que gira en torno a El Chino y al resto de presuntos muertos de Leganés. Muchos de los imputados son, por tanto, culpables de graves delitos. Pero ninguno de ellos voló los trenes de la muerte.
La cuestión es precisamente esa: si el tribunal dictara lo que ustedes denominan "sentencia abierta", estaría culpando de la voladura de los trenes a alguno de los que actualmente se sientan en el banquillo, aunque luego añadiera que puede haber más implicados y que hay que seguir investigando. Y, para culpar de la voladura de los trenes a quienes actualmente se sientan en el banquillo, tendría que dar por buenas algunas de las pruebas que relacionan a esos imputados con los trenes: el Skoda, la Kangoo, los explosivos, la mochila de Vallecas... Y, si el tribunal hiciera eso, cometería una ignominia, porque estaría confirmando la validez de esas pruebas colocadas por nuestros propios servicios del Estado. ¿Cómo vamos a querer nosotros esa "sentencia abierta"? ¿Cómo vamos a creer nosotros que el tribunal puede ser capaz de cometer semejante tropelía?
No insistan en reclamar que no haya una sentencia abierta. Nosotros tampoco queremos ese tipo de sentencia. Así que pasemos al verdadero debate: ustedes quieren una sentencia cerrada; nosotros también. Pero nosotros queremos que esa sentencia haga justicia: si no se pueden determinar los verdaderos autores, por lo menos que no se encubra a esos autores condenando a ningún cabeza de turco. Ustedes, por el contrario, necesitan otra cosa: que el tribunal prescinda de las pruebas y, en virtud de un falso interés de estado, otorgue carta de naturaleza a la mentira oficial y condene a alguien, a quien sea, por la voladura de los trenes.
Ése es el verdadero dilema al que ha de enfrentarse el tribunal: dar validez a las pruebas o no. Todo lo demás son fuegos de artificio.